Mi amigo Canone

Gabriel Canone

Mi amigo Canone no era mi amigo hasta comienzos del siglo, cuando yo promediaba mi quinta década y ya había hecho y deshecho casi todas las amistades que se hacen o se deshacen a lo largo de la vida.
Yo no tenía noticias de su existencia ni creo que él las tuviera de la mía, por lo menos hasta los días previos a aquéllos que lo trajeron hasta mi casa.
Recuerdo que golpeó a la puerta del taller, por la ochava de Urquiza y Avellaneda que mira al sur, y que no esperó a que le abriera: entró.
Yo soy el doctor Canone -me dijo-, ¿usted es el profesor Portiglia? Y me tendió la mano. Fumaba y traía un maletín.
No sé -o tal vez no lo recuerde- quién le había sugerido mi nombre; era, probablemente, alguien de Ascensión o de Ferré.
Lo invité a sentarse, se sentó, le alcancé un cenicero. En su paisaje interior dudo de que yo estuviera representado. Abrió el maletín y saltaron los papeles. También algunos casetes de audio. Apretó el segundo pucho y me miró a los ojos, creo que por primera vez.
Yo junté todo esto -me dijo- y quiero hacer algo; usted me dirá qué puedo hacer.
Había manuscritos y mecanografiados; en castellano y en inglés. Había apuntes, libretitas y fotos. Había algunas piedras, lapiceras y lápices. Había, también, algún pequeño libro.
Lo miré.
¿Conoce la historia del Star Dust, el avión que se perdió en la cordillera?
Mi cabeza se fue para los rugbiers uruguayos, pero enseguida comprendí que no.
No.
Bueno acá está todo el material documentado. Unos primos míos, que son montañistas, encontraron los restos después de más de cincuenta años que se lo tragara la nieve. Algunos creyeron que se trataba del avión del oro que traían los nazis para los bancos chilenos. Pero hay otra historia que es la que yo quiero contar. Usted me dirá cómo la encaro.
¿Una historia, cómo? ¿Testimonial? ¿un relato histórico? ¿O usted quiere escribir ficción: un cuento, una novela?
No sé -me dijo-; se lo dejo y estudie el asunto. Pero quiero empezarlo rápido, porque yo escribí hasta donde pude y me trabé. Ahí va a ver que hay algunos borradores. Empecé por ‘el objeto’, que tengo colgado en una pared, por encima de la chimenea, y que conserva el alma del avión. Después me dice cuánto sale, cobremé lo que me tenga que cobrar; pero quiero empezarlo rápido.
Se levantó, me tendió la mano y se fue. La mesa quedó llena de sus cosas. A la semana siguiente empezamos a trabajar; primero, una vez por semana; después, dos; después, tres. Después estuvimos tres años antes de presentar la novela. Amigos y compinches, así, de repente.
“Historias que devolvió la montaña. Búsqueda y hallazgo del Star Dust”. Nunca disfruté tanto con mi trabajo. Presentamos el libro en Buenos Aires, Junín, Mendoza y Alem: cuatro puntos estratégicos de la historia. Una amiga que participó de las dos primeras presentaciones, Ana Guillot, me recordaba que fueron unas noches mágicas. Todo era mágico lo que giraba en torno de Gabriel. Hasta su caída, hasta su coqueteo por las lindes del infierno, hasta su mudanza a Godoy Cruz y su progresiva recuperación, hasta cada una de las fotografías con las que nos deleitó y nos emocionó durante los últimos años.
El otro día se le dio por morirse. Así, de repente también, como todo lo que hacía. Acababa de retomar la escritura y de mandarme el último cuento que le alcancé a devolver con algunas observaciones. Yo viajaba esa semana para verlo y para laburar entre mates, faldeos, churrascos y vino. También para contarle ciertas cosas personales. La idea era volver de Mendoza con el libro encauzado. Después nos iríamos ocupando de lo fino.
Esta vez no llegué como la vez del balcón; esta vez él no tuvo la culpa. La peleó, según me cuentan, como pudo. Pero al cuarto o quinto round le contaron hasta diez. Fue el último de mis amigos en llegar a mi vida. Físicamente, el que se fue primero. Y temprano, demasiado temprano. De mi corazón y mi memoria, sin embargo, difícil que se vaya este cabrón.

"Ya la vas a aprender, pichón"

Tres años / casa de los abuelos paternos / Bmé. Mitre 194, Junín, Bs. As., Argentina

Una amiga a la que no conozco disparó el motivo que sustentará los renglones que siguen.
Yo necesito reconciliarme con la memoria de mi padre de cuya muerte, pronto, se cumplirán diez años.
No era un mal tipo. De hecho, mucha gente lo quiso y lo quiso de veras. Mi relación con él, sin embargo, salvo durante la infancia demasiado breve, fue harto conflictiva. Era, como diría cierta ola del momento no exenta de fanatismo, un hijo sano del patriarcado al que poco le gustaron el trabajo, los compromisos y los cuestionamientos que sus conductas pudieran merecer. Y yo, hijo único de una madre habitualmente enferma, me puse siempre del lado de mamá.
Hubo otros episodios desagradables en el ámbito familiar, algunos que sólo conocí con el tiempo, pero que ahora no vienen al caso. Tampoco pretendo hacer de este muro una sesión de psicoanálisis. Lo que quiero es recordar. Y de allí lo del motivo.
La amiga que cito en el comienzo reprodujo un tango de Sciamarella y Amadori cantado por Ignacio Corsini. La letra inmortalizó un verso: “Qué cosas, hermano, que tiene la vida…” Y esa sola referencia me trasladó a la infancia; una infancia de pobreza rayana con la indigencia, pero en mis imágenes, feliz. 
Papá era fanático de Corsini, casi tanto como de Gardel, y vivía cantando y silbando sus temas. El que la amiga recuerda, por supuesto, no faltaba en su repertorio. Tampoco los del “ciclo federal” de Héctor Pedro Blomberg. Y a mí me extasiaba verlo afeitarse en el baño externo, frente a un espejo redondo que colgaba de un clavo, siempre con un tema de Corsini o de Gardel entre los labios o entre los dientes. Era una ceremonia. Primero entibiaba un poco de agua en una pavita. La pavita se tiznaba sobre el fuego entre rojizo y amarillento del Brahm-Metal que cumplía su doble función de estufa y de cocina. Ya tibia, vertía el agua en una palangana, remojaba una brocha que en tiempos que yo no conocí habría tenido la cerda más larga y más pareja, la revolvía sobre el jabón y luego espumaba la zona a rasurar, menos el bigote, claro, cuyo recorte merecería una ceremonia posterior, tanto o más delicada que la que voy narrando. 
Mientras la espuma ablandaba la barba, papá desarmaba la maquinita, la abastecía con una Gillette Colorada que sabía de anteriores combates, y la volvía a armar, cuidando de que el mango no quedara flojo. Éste era mi momento preferido, porque al entrelabios y al entredientes le sumaba la gola y la expresión de los ojos que me instaban a acompañarlo. Después, cuando la maquinita empezaba su recorrido desalojando la espuma y los pequeños brotes capilares, y obligaba un silencio momentáneo, yo recibía los copos, los deshacía con los dedos y ensayaba mientras tanto la canción que quedara interrumpida con escasa, con escasísima fortuna. Papá se reía, me alisaba el flequillo con la mano y me decía: “Ya la vas a aprender, pichón”.
Todo eso me anuda la garganta y me nubla un poquito la vista mientras escribo. Después llegarían los tiempos feroces, el distanciamiento, los rencores encontrados, los fallidos intentos de reconstrucción, la muerte y lo que la muerte deja. 
“Qué cosas, hermano, que tiene la vida”. Fue larga y lenta la procesión. No sé si estoy curado, pero, bueno. Ya está. Qué la memoria nos absuelva, viejo, ya que la vida no supo cómo. O nosotros no supimos, qué sé yo.

"A solaassss..."

Hugo Guerrero Marthineitz

Técnico operativo: pip pip pip pip piiiiipp... Musical: papára-papáiba / papára-papá // papára-papáiba / papára-papá. Voz modulada, cavernosa y suave: "Éste es el top del segundo en el Show del minuto". Musical: papára-papáiba / papára-papá // papára-papáiba / papára-papá // papára-papáiba / papára-papá... Silencio.

 

"No digass que nos hass pensado alguna vezz que también la verdadd puede ocultar al mentiroso". Silencio. "Noo díígass que tú mismo no mientess máss de una vezz..." Silencio. "Nóó díígaasss..." Aspirado: "hhegh hhegh hhegh hheeghh. Mejor no lo digass, no-lo-díígass. ¡Nó dígass! Sal a la caie, mira el sol, mira las señoritas que menean sus con-tor-neadass caderass; camina, préndate de la niña que te ofrece una rosa con moco en la nariz, del muchacho que te ofrece el diario. Quítate si puedess ese moco que obbsscurece tus ideas. Maldice en todo caso". Silencio. "Pero no mientas..." Silencio. Prolongado, inacabable, contrito silencio. Hasta que el oportuno regreso del operador precede a la voz cavernosa: tactác / tác: "Otro que clavó su sintonía en Radio Belgrano; y en su radio Noblex, Giulietta".

 

Años y años conviví con la voz inimitable de Hugo Guerrero Marthineitz; años con su risa tragada y socarrona; años con sus silencios incómodos, pero fecundantes; sobre todo fecundantes. Años rastreándolo por el dial: Belgrano, Splendid, Continental ("Apretadditoss entre la os-ten-to-ssa Colonia y la po-de-ro-ssa Rivadavia"), Del Plata, Colonia, Continental... Años de impasse forzado; años de "Reencuentro". Años esperando la alta noche para verlo y escucharlo "A solass". Años y años de aprendizaje que jamás terminaré de agradecer.

 

Con Guerrero conocí a Di Fulvio y a Larralde. Con Guerrero seguí esperanzado la convalecencia del niño, el heroico martirio y la mágica resurrección de "El hombrecito del azulejo". Con Guerrero atravesé todo el norte argentino, me hinqué a la orilla de un río y descarné con mis propias manos el cadáver putrefacto de Juan Galo de Lavalle, para salvar su corazón de la infamia. Por él, que cedía su tiempo de manera generosa, me dejaba llevar por el relato de Sabato mismo y me amparaba en los timbres magistrales de Eduardo Falú y de Mercedes Sosa. Amé con él a Damacita Boero. Con Guerrero afiné mi percepción para alcanzar las cumbres de Beethoven y temblar con la Novena Sinfonía. Y con él descubrí la voz de Piero, bálsamo que me regaló un estribillo para los primeros desengaños de amor: "...y en una servilleta blanca / yo te dibujaba / yo te dibujaba".

 

Guerrero me enseñó que la Argentina late mejor en Borges que en Jauretche. Él me reveló la dramática hondura de "Doña Soledad" y la templada melancolía de "El violín de Becho" en la voz insuperable de Zitarrosa. Con Guerrero supe lo que significa resistirle al poder, cuando se negaba a emitir publicidades que traicionaran la buena fe de los oyentes. Guerrero me enseñó a decirle negro al negro, no los humillantes "negrito, moreno u hombre de color". Con Guerrero aprendí a plantarme frente a los poderosos y a no cederles ninguna iniciativa; con él, también, aprendí a masticar la impotencia y la injusticia y a repeler la demagogia, la hipocresía y la estupidez.

 

Guerrero me enseñó el valor de la intransigencia en los momentos en los que se juega la dignidad y el valor de la conciliación y del diálogo en los momentos en los que se juega el destino. Con Guerrero supe que ser peruano, argentino, uruguayo, chileno o venezolano es transitar por el mismo camino, sin que por ello tengamos que confundir las identidades ni, mucho menos, resignar libertades y derechos en oprobiosos mazacotes bolivarianos. Por Guerrero vibré con Violeta Parra y con Joan Báez y me emocioné con Horacio Molina. Guerrero me leyó por primera vez a Rulfo y a Arciniegas, a Benedetti y a Cortázar. Con Guerrero descubrí a Piazzolla y a la dúctil fertilidad del tango, cuando parecía morirse arrastrado por el machismo irredimible de Julio Sosa.

 

Suele contar Florencia Ibáñez, partenaire del mejor Rolando Hanglin y actual locutora de Víctor Hugo Morales en "La mañana de Continental", que, apenas pasados los 20 y habiendo tomado la profesión con cierta liviandad, un día recibió de Guerrero la siguiente pregunta: "Y tú, ¿tienes proiectos? ¿o piensas seguir mostrando el ombligo durante toda tu vida?"

 

El sábado 21 de agosto de 2010, Hugo Guerrero Marthineitz se murió en la más espantosa miseria. No era fácil ayudarlo, claro; nunca fue fácil entenderse con él. ¿Cómo acordar en esta sociedad gobernada por las frivolidades con una persona que mantiene su voz firme en las circunstancias más adversas; que devuelve un silencio a la tilinguería lisonjera y que amonesta con la mirada?

 

Guerrero se murió literalmente en la calle, como se mueren los cuerpos que abonarán la tierra para que crezca la mies y alimente a los cómodos, los inútiles y los desentendidos. Formó, con el citado Hanglin, con Antonio Carrizo, Mario Mactas, Carlos Ulanovsky,  Pepe Eliaschev, Quique Pesoa y Jorge Lanata, el selecto grupo de los que usan el micrófono porque algo tienen para decir; lo demás suele ser entretenimiento.

 

Pero Hugo Guerrero Marthineitz era, al menos para el que escribe, un prócer entre los próceres. Pocos se enteraron de tamaña muerte. La televisión estaba narcotizada con el fútbol para todos y con las esquirlas que provoca Tinelli y para La Nación, un diario serio, fue más destacable la muerte de Fogwill.

 

Claudio Portiglia

 

(Nota originalmente publicada en "Las doce y una", sept. de 2010 / Hugo Guerrero Marthineitz nació en Lima el 11 de agosto de 1924 y murió en Buenos Aires el 21 de agosto de 2010)

Y quien sabe, quien sabe...

Retrocedo, pongamoslé, sesenta años. Recién empieza el '61. Gobierna Frondizi y mi papá está contento. Todavía, ferroviario. Todavía se ríen con mamá.
La noche, calurosa, revienta de luces. Arriba, las estrellas. Aquí, sobre el vapor oloroso que dejara el camión regador, los bichitos de luz.
Junín es bajo. Sólo la casa Conde y el molino Muscariello sobresalen modestamente. El cielo, como quien dice, al alcance de la mano.
Sobre el caño de la bicicleta bordó, papá fijó un asientito que fabricó en el ferrocarril. Es de madera lijada y barnizada, con la protección que me sirve de respaldo de chapa y fierro.
En casa trabajan albañiles para cerrar la galería y convertirla en jol. Yo pedí una carretilla y herramientas para ayudarles a los albañiles.
No sé si me parece, pero el tiempo transcurre demasiado lento. Me quiero ir a dormir, mamá me dice que todavía es temprano. Papá, entonces, alista la bicicleta, se prende dos pinzas en las botamangas y me sube a mi asientito.
Atravesamos Junín.
Del otro lado me esperan mis abuelos y mis tías con algunos dulces y con algún adelanto.
Yo me sujeto del manubrio y no dejo de mirar el cielo. Ahora deben estar por aquella estrella, me dice mi papá. Y yo veo que esa estrella reluce. Ahora, por aquella otra. Y yo veo que esa estrella se agranda.
Mis tías, como era de esperar, me llenan de agasajos. Mi abuela me convida con torta y mi abuelo me da un billete de los grandes.
Pero yo quiero volver a mi casa. ¿Será la hora de irnos a dormir?
De vuelta hay un ligero celaje. Ya deben estar por esas nubes, me dice mi papá. Mirá qué cerquita. Y a mí se me acelera el corazón. Y veo en el movimiento de las nubes las siluetas de los camellos. Y las coronas de los tres reyes que apenas sobresalen de las bolsas enormes.
Mamá me recibe con un beso. Ahora sí podés ir a dormir.
Y yo voy y me acuesto vestido, sólo despojado de los zapatos que pongo debajo de la ventana, allí donde trabajan los albañiles. Y cierro los ojos. Y los aprieto hasta que me duelen. Y quién sabe, quién sabe si ya no están sobre la casa Conde, o mejor, sobre el molino Muscariello.

Un recuerdo para Aníbal Ottonello

-¿Tenés hora buena, che?
-Sí, padrino: las once y cinco.
Sacaba su viejo reloj de bolsillo -que había tenido tapita, como los modernos celulares- y ajustaba o simulaba ajustar la posición de las agujas. Pocos minutos después repetiría la operación:
-¿Tenés hora buena, che?
Ésa era su manera de estar, de comunicarse durante el tiempo que abarcara su visita de todos los día. Antes había sacado de su bolso de lona las uvas chinches, los pejerreyes o las mandarinas que dejaba sobre la mesada; después, a la salida, repartiría unos billetes “para los gastos” y montaría la bicicleta camello de color anaranjado con la que volvería a su casa, que nunca fuera suya del todo.
Hombre del siglo diecinueve, como le gustaba ostentar, difícilmente guardara algún recuerdo de los cinco años transitados por el siglo de la fundación. Y aunque callara esas cuestiones por respeto a la opinión de cada uno, pude conjeturar con el tiempo que había sido hombre del alvearismo, de la época dorada de la mejor Argentina.
Una vez, por ejemplo, cuando yo despuntaba a la adolescencia y me perfilaba con las inquietudes que se manifestaron después, me preguntó si conocía algo acerca de la masonería. Por supuesto que no tenía la menor idea. Pero, como tampoco me gustaba callar, improvisé una respuesta larga y barroca que no lo convenció. Otra vez, y por el mismo defecto de fabricación que arrastro, le conté que quería ser periodista de radio porque me gustaba hablar. “Ahá -me dijo-; a mí, en cambio, me gusta escuchar”.
Tiempo después me financió los meses que duré en Santa Fe, cuando había decidido estudiar Derecho. Pero sé que íntimamente festejó que me volviera pronto.
Me alentó para que empezara a trabajar y se lo veía satisfecho con mis rápidos y sucesivos ascensos en una empresa de vinos. Pero no emitió opinión ni transmitió emoción visible cuando supo que escribía poesía y que estudiaría Letras. Me hubiera preferido ingeniero o constructor. Aun cuando se alegró cada vez que veía mi nombre en el diario, en especial la primera que me mencionaron como escritor y no como poeta. Para él, como para Platón, los poetas decididamente no resultábamos confiables.
Se murió recogiendo una tanza imaginaria, pero sobre ese detalle no me extenderé porque ya lo he tratado en un poema. Un tiempo antes nos había provisto, a mi madre y a mí, de la casa que nunca tuvimos y que es la misma que habito todavía, después de varios años de matrimonio y de errancia.
Mi padrino fue un hombre singular. Tanto que resultó alguien bastante más sanguíneo que un mero padrino. Del asunto me enteré con los años, con la verdad que fuera construyendo indicio tras indicio, mucho pero mucho después de que él y mi abuela murieran. En familia, del tema jamás se habló. Deduje por mi cuenta, tras cierta revelación velada que provino de un tío, que a mi manera y tardíamente rendía homenaje a su memoria: había devenido constructor.
Deduzco, de la misma manera, que aquellas presencias silenciosas -o silencios presentes que rompía de a ratitos preguntándome por la “hora buena”- guardaban relación con un secreto pesado y difícil de comunicar para gente que venía del siglo diecinueve.
Curiosísimo para los ‘60s, los ‘70s, los ’80s sonaba el saludo con que se anunciaba: “¡Ave María Purísima…!” Al que nadie respondía como se respondía en su tiempo: “...sin pecado concebida!”, sino que se le autorizaba el ingreso con un lacónico: “Pase, padrino”.
Y los silencios profundos y pesados que sucedían al intercambio de alguna información vinculada con la salud, el estudio o el trabajo hablaban, también lo sé, de la pobreza conceptual de sus interlocutores: mi madre, yo; eventualmente, abuela, tíos o primos. ¿De qué podría conversar un hombre intelectualmente adelantado a su tiempo y formalmente detenido en el alvearismo?
Su presencia, con todo, fue decisiva para mí. Y cuando no estuvo más dejó el vacío más grande que recuerde. Vacío fértil, sin embargo. Tanto que las semillas que, sin que nadie lo notara, echó en calidad y cantidad generosas, siguen alimentando, treinta y pico de años después de su muerte, mis ganas de aprender.

Barrio de las Morochas

El viejo puente de madera sobre calle Chile, en su intersección con Alsina, que se cerraba cada vez que llovía para que los vecinos pudieran pasar de una vereda a la otra.

Muchos años después, Dario Lobato la recrearía en 'Patio de Juana' -su libro más logrado a mi entender, a la par de 'Judas y los parecidos'-, de la siguiente manera:
"todavía quedan patios con solapas de chapas y rombos negros que alargan los corredores
quedan patios anchos hasta el alambrado
vistos desde una pieza ciega
patios profundos de siesta de galpón
de gallinero"
Pues, bien: yo viví en esa casa.
Casa que, primero, fue de sus abuelos y, después, de los míos.
Esa "pieza ciega" que menciona el poeta fue mi pieza de niño, cuando el corredor ya no estaba, pero sí los "patios anchos hasta el alambrado", el galpón, el gallinero. También un palomar.
Y también los árboles que hicieron mi delicia de sombra, de jugos y de dulces. Un limonero sobre el primer jardín, frente a la celosía del comedor; un naranjo y un mandarino sobre el segundo patio, frente a lo que habría sido el corredor con "solapas de chapa"; un quinoto al final de la galería y, tras el tapial que separaba del "patio ancho hasta el alambrado", la majestuosa higuera.
Mamá cultivaba, además, geranios y malvones, calas y alegrías del hogar, violetas y margaritas.
La casa, sobre calles de tierra que ayer evoqué cuando hablaba de las mariposas, estaba en el 418 de la calle Guido Spano, calle con nombre de poeta. A cuadra exacta del Moreno si se miraba hacia el oeste y del Puente Alsina si se miraba hacia el este, escenario de las fiestas infantiles cada vez que llovía y la calle Chile devenía canal.
Barrio de las Morochas. Resumen mismo de la ciudad de Junín.
Al lado de los Tomeo y los Azcune. A pasos de la panadería de Crecchia y del mercadito de María Esper. A metros del campito donde 'los grandes' me dejaban pegar mis primeras patadas a una pelota y donde cada tanto venían los circos. De uno de ellos, nació mi primera sensación de amor: La contorsionista, una nena apenas más grande, pasaba mañana tras mañana camino a la panadería, me saludaba con la mano y a mí el corazón me latía fuerte. Lloré cuando el circo levantó su carpa. Solito, en la "pieza ciega".
Viví en la casa del 'Patio de Juana' hasta los nueve. Tiempo suficiente para ser de Argentino para toda la vida. Después nos mudamos al barrio de la capilla de Luján, donde tuvimos el kiosco. Pero ésa es una historia que queda para otro día.

Penique

 

Cuando yo era chico tuve un perro que se llamaba Penique.

 Vino a casa con nombre, porque me lo regaló una tía después de criarlo unos meses para aplacar mi desconsuelo tras el envenenamiento de Rock. Vivió muchos años con nosotros, hasta que también me lo envenenaron siendo yo muchacho grande. Eran comunes los envenenamientos cuando no era común la democracia. El asunto es que Penique se había ganado la simpatía del barrio, incluida por supuesto la nutrida clientela del kiosco. Inquieto, juguetón, festivo, superaba ampliamente en valor real el escaso valor de su nombre que apenas equivalía al céntimo. Pero tenía una curiosa particularidad que a mí me causaba mucha gracia, además de infinita compasión: su dificultad para ejercer.

 Entrenaba en el patio su predisposición activa con una bolsa de arpillera que solía oficiar del felpudo; ponía en aquellos actos absoluta dedicación; mordía la bolsa por una de sus puntas y la pisaba con sus patas delanteras para que la bolsa se tensara; recién entonces descargaba su pasión juvenil y abundante con ritmo frenético, hasta acabar agotado.

 Pero cuando salía a la calle para poner en juego las habilidades que había entrenado en soledad, solía verse rodeado por otros perros callejeros, de mayor porte y con mejores mañas, que no sólo le ahuyentaban el objeto de su deseo -a la que se disputaban con saña-, sino que, los relegados en la disputa, convertían en pasiva la activa predisposición de Penique.

 Hacía mucho que no me acordaba de él. Pero se viven tiempos políticamente complicados en la Argentina; uno ve cosas, coteja comportamientos y bueno, la memoria es caprichosa y los recuerdos se disparan solos.

Cuatro días, tres noches

12 de julio de 2O19 / Gabriela Delgado, Norberto Barleand, María del Mar Estrella, Beatriz Shaefer Peña, Rubén Balseiro, Lidia Vinciguerra, Carina Paz, Antonio Requeni, Claudio Portiglia y Ricardo Rubio.

Llegué el jueves, pintaba destemplado. Tomé el hotel, me di una ducha, comí algo, descansé hasta la tarde.
Buenos Aires me había sorprendido: no más de veinte minutos entre Vélez y la Terminal de Retiro en un trayecto que no demandaba menos de una hora. Magnífica obra la del viaducto del bajo.
Cercano a las dieciocho rumbeé para San Telmo. En la vieja casona de la SADE, sobre la calle México, Beatriz Schaefer Peña presentaba su ciclo “El balcón de los poetas”. La invitada, en la ocasión, era María Rosa Lojo: vieja amiga desde nuestros respectivos inicios. Hacía un tiempo largo que no la veía. Para ser preciso, desde que la Fundación Argentina para la Poesía nos incluyera en la Antología del Cincuentenario, por 2016. Es un placer escuchar a María Rosa. Aun cuando la lluvia que pegaba con fuerza sobre el techo de acrílico del patio Mujica Láinez compitiera con su voz y por momentos la apagara. Tampoco las goteras fueron un obstáculo. Finalmente, algo más de treinta voluntades estábamos dispuestos a celebrar la poesía. Tras el cierre, impactante, desde el balcón, llegó el momento de la camaradería. Buen vino, bocaditos de olivas rebozadas y un triplete de empanadas fritas que sabían deliciosas. Yo empezaba a probar mis intestinos, nunca demasiado consecuentes con mi hedonismo natural. Para entonces la lluvia había cesado. Nos despedimos. El viernes prometía actividad.
Me desperté, en efecto, hacia las nueve y un rato más tarde desayunaba en el Café de los Angelitos. Amo ese lugar que huele a tango y a viejas tenidas de payadores y orilleros. Llevaba como tarea seleccionar lo que leería a la noche, pero mi mente volaba con la música hacia los versos de Cátulo Castillo: “Café de los Angelitos, / bar de Gabino y Cazón, / yo te alegré con mis gritos, / en los tiempos de Carlitos, / por Rivadavia y Rincón”. Los turistas entraban y se sacaban fotos; los habitués hablaban de política y elaboraban estrategias para las próximas elecciones. 
Comí en Alameda, el bar de Avenida de Mayo y Salta que frecuento desde que abrió, hace un cuatro de siglo. Pasé por el Disco de Callao y compré las botellas de vino para la noche. La reunión sería en casa de Carina Paz y prometía emociones de las fuertes.
Wimbledon, siesta, ducha y al subte. De Congreso, por la A, hasta Plaza Miserere. Desde allí, las interminables escaleras y el andén de la H, contrastante con el de la A. Una mujer se me acerca y me habla: yo llevaba bolsita; Gaby Delgado, también. “¿Vas para lo de Cari?” “Voy para lo de Cari”. Y bajamos en estación Las Heras.
Cuando cruzábamos por la cebra vimos a Lidia Vinciguerra que ya había tocado el portero. Subimos los tres juntos, nos esperaban momentos mágicos.
Julián, el esposo de Carina, nos convidó sendas copas de vino. La amplia mesa ratona de la sala, donde algunas horas después descollaría la poesía, mostraba delicias irresistibles: quesos, embutidos, encurtidos, salsas. Y unos chipás calentitos que bien desconocían o bien provocaban el pecado de la gula. Por entonces ya estaban Rubén Balseiro, Antonio Requeni y María del Mar Estrella; al ratito llegaron Ricardo Rubio, Beatriz Schaefer Peña y Norberto Barleand. Pasamos al comedor y nos ofrecieron un locro que tenía dos versiones: la power y la soft. La power ganó por goleada. Las botellas de vino, por su parte, se vaciaron con infrecuente rapidez. A los postres soplamos las velitas de una torta-misil: por Rubén, por Lidia y por Beatriz, que ya habían cumplido; por Norberto, que estaba por cumplir. La charla fue animada y rica; pícara y picante por momentos; y elegíaca, de a ratos, por los que ya no están. Requeni supo por mi boca que una vez, hace mucho, cometió el error de votarme para un premio. Integraba un jurado del Instituto de Cultura Hispánica con Elías Carpena y Jorge Vocos Lescano y fue la primera ocasión en la que recibí algún dinero por algo que había escrito.
Cuando volvimos a la sala, previo brindis y posterior café, llegó el momento de los homenajes: Michou Pourtalé, Ernesto Costa Perazzo, Jorge Paolantonio: los amigos y colegas recientemente fallecidos cuyos poemas se sucedieron, en ronda y con emoción.
Algunos se fueron yendo; otros nos quedamos hasta bien entrada la madrugada. Y hubo intercambio y hubo proyectos y hubo planes.
En la habitación del hotel me derrumbé y soñé esas cosas que se sueñan con el estómago cargado y el alcohol percutiendo en ambas sienes. De pronto me despertaron la sirena de los celulares, una sucesión de disparos, ruidos y corridas. Pensé que estaba en mi casa. Pensé que los delincuentes andaban por el techo y por el patio. Temí que alguna bala atravesara la celosía y salté, en la oscuridad, hacia la hipotética ventana. Choqué contra el placar y recién entonces comprendí que estaba en un piso siete. Fui al baño, tomé un trago de agua y no supe más hasta que fueron las once.
A la noche me esperaban mi hijo y su pareja para cenar. Tenía curiosidad por conocer los platos de Gastón Acurio, famosos en el mundo entero. Pero el cuerpo empezaba a pasarme factura. Desayuné livianito, caminé, me topé con el Congreso Internacional de Folklore, que llenó la Avenida de Mayo de coloridos atuendos, de música y de carruajes, de bailes y de caballos. Dudé si almorzar. Almorcé. Después, otra ronda de tenis y a descansar hasta la cita.
Nos encontramos en Tanta, al 900 de Esmeralda, puntuales, a las veintiuna. Había que esperar. Nos ofrecieron unos tragos para matizar la espera. Mayra y Santiago los pidieron con pisco, cítricos y especias. Yo me abstuve. No confiaba en mi respuesta física y me quedaba una jornada por delante. Cuando se hizo lugar nos ubicaron. Amplio salón, mesa confortable, mucho vidrio y una selva amazónica a escala en el patio interior. El murmullo traía los ecos de una Babel posmoderna.
Como ellos invitaban y conocen eligieron los platos. Como yo los invitaba con el vino busqué la carta y decidí el Malbec. Novedosas delicias y renovado atracón que apenas disimuló el café que, un rato más tarde, tomamos en Exedra. 
Despedida en la esquina de Córdoba y Talcahuano y saudades a cuenta. ,¿Cuándo nos volveremos a encontrar? Ellos se fueron por el bondi que los llevara hasta Chacarita; yo, patacón por cuadra hasta la esquina del hotel. Quince, más o menos, con la luna encendida. Me hizo bien caminar.
Hoy me levanté pesado e intranquilo. Tenía boleto de vuelta para las dieciocho y el check out fijado para las diez. Pedí en conserjería que me tuvieran la maleta. Desayuné en los Angelitos, me fui hasta el subte y le pegué hasta Facultad de Derecho. Pasé por delante de Bellas Artes. Iba a entrar. No entré. Crucé Libertador. Justito enfrente había una feria de comida francesa. Es 14 de julio y flamea la tricolor. Las múltiples ofertas gastronómicas lucían tan bien como olían. Pero yo tenía que hacer tiempo y tampoco me gusta comer de parado. Recorrí las callejuelas de los artesanos, bordeé el Cultural Recoleta -tan pintarrajeado, tan cool, tan qué sé yo- y torcí para La Biela.
Allí empecé lo que narro. Quería volver a lo normal y me pedí una milanesa con papas fritas. ¡Sabe tan bien la cocina modesta después de tres días de sofisticación! Ahora me vine por un baño. Espero ponerme en condiciones para cuatro horitas y monedas de viaje. Cuando llegue les cuento. O tal vez, no. Pero ya no hará falta me parece.

"Te faltan palabras más poéticas"

Marcelo Alonso

Una tarde, hará diez años, golpearon a la puerta de mi taller. Un muchachón grandote y desarrapado, que aparentaba menos edad de la que supe tenía, me ofreció a la venta un cuadernillo. Prevenido y escaso le dije que no. “¿Por qué me dice que no si ni siquiera lo mira?” Lo miré a él: “Porque no –le dije- no tengo plata”. “Todos me dicen lo mismo –protestó-, vine acá porque me dijo el tintorero que usted me iba a comprar”. El tintorero vive al lado de mi casa; compartimos el gusto por la lectura y la zozobra por llegar a fin de mes. “¿Y el tintorero qué sabe? –me defendí- ¿Qué es?” “Poesía que escribo yo”. Lo miré otra vez, firme, a los ojos. “¿Poesía?” “Sí” –me respondió y me sostuvo la mirada. “¿Te gusta la poesía?”. “No, yo escribo, pero no me gusta leer”. “Y si a vos no te gusta leer, por qué suponés que tendríamos que leerte a vos…” Pareció inseguro por primera vez. “Qué sé yo. Yo escribo porque no sé hacer nada. Mi novia dibuja, hacemos estos cuadernillos y los vendemos. A mí me cuestan cincuenta centavos, los vendo a cinco pesos y así podemos vivir”. Desde ese momento fui yo el inseguro. “Pasá” –le dije.

 Cinco pesos, diez años atrás, tenían el mismo billete pero diferente valor. Muy diferente. Calcule usted que por esa plata compraba, por ejemplo, una bandeja de nalga para milanesas. Y el cuadernillo, de doce hojas tamaño oficio dobladas y abrochadas, cuyo costo fue denunciado por el autor en cincuenta centavos, hoy no se haría por menos de diez pesos en ninguna fotocopiadora. Es más: cinco pesos era todo el dinero que ese día tenía en el bolsillo.

“A ver”. Me mostró. Leí. “¿Vos no leés, me decís?”. “No”. “¿Y escuchás música?” “Sí, a veces. Cuando estaba internado escuchaba más. A mí me metieron en cana, me echaron del pueblo y después me internaron. Ahí la conocí a mi novia que dibuja. Ella me empezó a ayudar”. “¿Y vos de dónde sos?” “De Los Toldos (en realidad era nacido en San Martín, pegadito a capital), pero vivía en Naón cuando me echaron por drogadicto. Después me internaron en Mercedes. Ahí la conocí a mi novia que dibuja”. “Tenés cosas muy buenas, ¿sabés?” “No, no sé; yo ando siempre por acá. Mis amigos me dijeron que se los diera a unas profesoras de literatura para que los vieran; y algunas los vieron, pero me dijeron que me faltan palabras más poéticas.” “¿Palabras más poéticas? ¿por ejemplo…?” “Qué sé yo, palabras más poéticas me dijeron, que sean más lindas; que tengo que leer más; pero yo escribo de lo que me pasa. Y mi novia me ayuda con los dibujos”. “No les des pelota a las profesoras de literatura; leé, sí, pero no hagas caso a eso de las palabras poéticas. Acá hay cosas muy buenas, en serio”. “¿Y usted quién es…?”

Directo a la mandíbula, como los textos que acababa de leer. Y además, cerraba con coherencia: si ese tipo fuera un chanta, como tantos de los que golpean la puerta con ofertas parecidas, no me habría dicho que le costaba cincuenta centavos y lo vendía a cinco pesos, con rentabilidad casi absoluta; hubiera mentido algo así como que le costaba cuatro o cuatro cincuenta y lo vendía a cinco para tener unas moneditas con las que comer. Nada de eso, ninguna mentalidad comercial, sinceridad pura; bruta, casi, como su misma poesía.

“No importa quién soy, me lo quedo”. Saqué los cinco pesos y se lo pagué. “Pará que te regalo unos libros míos –le dije antes de que se fuera-; si tenés ganas, leelos”. Miró las tapas y me dijo: “Ah, sí, algunas profesoras me hablaron de usted…” “Bueno, me alegro; mirá: yo organizo un encuentro de poetas todos los años, ¿te animás a leer en el próximo?” Me miró, ya con menos desconfianza. “¿Yo? ¿y qué leo?” “Esto que tenés acá; o algún otro poema que escribas”.

Se fue contento y más contento, aún, vino al encuentro siguiente, en la Sociedad Española. Contento, pero nervioso. Miraba su nombre, que por lógica alfabética encabezaba el programa, me miraba a mí y se reía. Cuando le tocó el turno arrancó tartamudeando y bajito; lejos de ese tono seguro y casi arrogante del día que me golpeara la puerta. Transpiraba; yo transpiraba más que él y el auditorio, casi todos poetas de trayectoria, miraba y oía tratando de entender. Hasta que alguno captó una cosita y se la transmitió al de al lado. Y al ratito, nomás, lo aplaudieron todos.

 Marcelo Alonso, tal era el nombre de aquel muchachote, acababa de presentarse en sociedad y de presentar sus “Cuentos y Poesías bizarras” ilustrados por su novia. Tomó vino hasta cruzar la línea de lo recomendable, hizo amigos con los que intercambió direcciones y hasta se encontró con un hijo mío, al que conocía de los terrenos aledaños al ferrocarril donde jugaban al fútbol provenientes de todos los destinos. Tiempo después me llamó por teléfono: “¿Sabés dónde estoy, Claudio? En Mar del Plata: me invitaron a leer”. Tiempo más tarde me volvió a llamar: “¿Sabés dónde estoy?, en Córdoba”. Y así fue recorriendo el país, conociendo poetas, haciéndose de amigos, haciendo conocer lo que escribía. Otra vez, después de un tiempo sin noticias, me escribió por mail; andaba por Centroamérica. Ya había visitado Perú, Colombia y Ecuador según me dijo. En 2007, la Municipalidad de General Viamonte le financió la impresión de un libro: “Neo-Bidimensionalidad”, en cuya contratapa se autorretrata de manera rotunda.

 Estos días, ordenando la biblioteca que desmonto cada tanto para volverla a montar, aparecieron el libro y el cuadernillo de Marcelo que aparté y releí. Abajo compartiré algún poema. Antes confieso que lo extraño. No recuerdo quién fue, tal vez José Luis Visconti, tal vez Sergio Giuliodibari, el que un día, hace tiempo, me escribió para pasarme la noticia: Marcelo Alonso se murió. Hacía changas en una panadería, salió del horno para fumarse un cigarrillo y el golpe de frío le produjo un infarto.

 

BUENOS AIRES, AQUELARRE

 

Buenos Aires, cúmulo infinito de diversas culturas.

 El mundo sintetizado, enfocado naturalmente por hombres con creces.

 Buenos Aires: nostalgia y corso, espíritu perfumado,

 alma bohemia.

 Quien nunca ha vivido en ella se enamora al visitarla,

 y quien nació allí,

 nunca puede dejarla y si lo hace vuelve

 al laberinto porteño. (Tarde o temprano).

 

Por Gardel, Tita, los gorriones y las palomas.

 El adoquín y las vías de los tranvías,

 todo el arrabal en cada esquina.

 La tana del barrio y la quiniela, Chaca y Atlanta.

 El polaco con su carro lleno de mimbres

 y por si fuera poco, el croto, el linyera.

 Con la botella de alcohol en la mano y juntando puchos.

 La purretada jugando al poliladron

 o al cachurra montó la burra.

 

El conventillo de la churrera hoy está de fiesta,

 cumple años de casados (cincuenta) el matrimonio más viejo,

 don Aurelio y doña Berta.

 Habrá brindis y un gran baile y participará

 todo

 el rioba, por supuesto será en la calle.

 

(Estoy a punto de prender otro cigarro, ya

 son

 las siete de la tarde y hoy la música no cesó

 desde la siesta, hoy nadie la durmió.)

 

Llegando a las nueve de la noche, se presenta el negro Alpargata

 con la murga “Corazón, Corazón” y se larga la función

 mezcla de tango y rayuela.

 Alboroto quejumbroso hasta la madrugada,

 una ametralladora de corchos centellea por el cielo.

 Se escuchan los gritos. ¡Vivan los novios!

 Y con el lucero en la nuca, el patio va quedando solo.

 

Buenos Aires: ciudad de antaño, que

 nunca

 te acostumbraste a los cambios modernos.

 Dónde estarán (el Abasto, el tranvía, los picados y la morfina).

 Yo te llevo en la memoria de quien te conoció,

 en el corazón de un primer amor y en un

 grito

 del domingo.

 Sí sí señores yo soy de Chaca…

 

(de “Cuentos y Poesías bizarras”; Marcelo Alonso; Los Toldos, Noviembre de 2004)

La difícil

Soñada Nro. 5

En 1965 fueron Puntorero, Hoster y Ressucchi y no conseguí ninguna de las tres. Dos años más tarde, con Racing campeón de la Libertadores y de la Copa Europeo-Sudamericana, la difícil fue Pizzutti, el mítico técnico racinguista. Mamá ya tenía el kiosco funcionando y yo, en consecuencia, una mayor posibilidad de provisión. Abrí paquetes, fijé candidatos, me entrené para no fallar ni en la arrimada ni en la tapadita a la vuelta de la escuela y llené todas las páginas del álbum, menos la de la Academia. El premio era la número 5, de cuero, que nunca había tenido; pero me faltaba Pizzutti. Llegué a delinquir. A escondidas abría, con una tijera filosa y por la pestaña ancha, los sobrecitos de cada caja nueva que llegaba de la distribuidora, miraba si estaba Pizzutti y los volvía a cerrar, con plasticola. Un día la ansiedad me delató. Me pasé de cola con el apuro y con la rabia que me daba la ausencia repetida y, apenas secó el pegamento, los sobrecitos empezaron a blanquear. Algún cliente se quejó, también, porque dijo que las figuritas le salían pegoteadas. Mamá me interrogó con los ojos y enseguida confesé. La pena fue leve a pesar del tamaño de la falta, pero suficiente como para recortarme al mínimo el flujo de figuritas. Un mes y medio estuve con el álbum casi lleno, la esperanza casi perdida y la paciencia casi agotada. Hasta que el amigo de un amigo me comentó que un chiquito de su barrio lo tenía a Pizzutti. Lo mandé a buscar. Era chiquito en serio. Yo andaba por los diez y éste no pasaba los siete. Pero lo que le faltaba en altura y en edad lo compensaba en astucia. Vivía en la calle, me dijeron. Me miró por abajo del flequillo despuntado y me tiró, de una: No lo cambio a Pizzutti. ¿Vos juntás?, le pregunté. No. ¿Y entonces para qué lo querés? Porque sí, me dijo y el razonamiento me pareció irrebatible. Te doy veinte, propuse. Ni loco. Treinta. Tch tch tch. Dale, boludo, ¿para qué la querés si vos no juntás? ¿A vos qué te importa?, y boludo serás vos. Los ojitos negros le bailaban en la carita cachetona; parecía paladear con malicia el pequeño poder que le daba su codiciada pertenencia. Saqué primero de un bolsillo y después del otro; junté los dos pilones y le ofrecí el montón. Hay más de cien, lo tenté. No lo cambio, te dije, a Pizzutti. Pizzutti parecía divertirse desde el fondo celeste del círculo de cartón y semitapado por el pulgar mugriento. La puta que te parió, le dije desde la bronca que me daba la impotencia. Como respuesta me embocó de puntín en el medio de la canilla: Más puta será tu madre, retrucó, y los ojitos negros astillaron el espacio que nos separaba. Al borde del llanto me le quise tirar encima, pero uno de los amigos me contuvo. Dejalo, me dijo, ¿no ves que es más chiquito? Sentí que la humillación me subía por las orejas. Andate a la mierda, pendejo, le dije y enfilé para mi casa. Pero al pequeño cachorro de puntero político le quedaba una movida por hacer. ¿Tu vieja tiene kiosco?, me frenó. Me di vuelta y lo miré, callado. Dale, boludo, no te enojés; dame el pilón y una caja. ¿Vos sos loco? Y qué, boludo, si con ésta llenás, ¿cuánto vale una pelota? Pero una caja son cincuenta paquetes, ¿de dónde los saco?; si se los saco del kiosco mi vieja me mata. Pediselós. Lo volví a mirar, callado, ahora sonreía y de los ojos le saltaban chispitas. Vení, le dije y me siguió. Con mamá negocié desde la vereda y ventana de por medio. La poca resistencia que me ofreció fue por no consentirme, aunque yo sabía que la pérdida le licuaba las ganancias de dos días. Me pasó la caja por el vidrio y yo se la pasé al extorsionador, con el montón de repetidas. ¿Viste?, me dijo; me dio a Pizzutti y me palmeó en el hombro.

Conservé la pelota de gajos hasta grande. La engrasaba con pella que pedía en la carnicería de la esquina para mantener el cuero lubricado y sentía cierta pena cuando se llenaba de tierra al rodar por el campito. Entonces comprendí que el objeto se imponía al deporte.

Cuando nacieron mis hijos, a mí no me faltaba plata y ellos tuvieron las pelotas que necesitaron. También juntaron figuritas, pero ya no existían las difíciles. Tampoco la palabra boludo decía demasiado y la puteada a la madre, como insulto supremo, carecía por completo de significación.

 

Las doce y una / Número Presentación; septiembre de 2010

Las Morochas

Plazoleta de los Trovadores / Desaparecido monumento al poeta Luis B. Negreti

Salí de casa por Urquiza, crucé la avenida, seguí una cuadra, por Alberdi, y doblé por Francia con dirección suroeste. A medida que avanzaba me alejaba del centro y me metía de lleno en Las Morochas, el barrio de mi primera infancia.
Llegué hasta la esquina de Arquímedes y doblé a la derecha. En la esquina de Arquímedes con Malvinas Argentinas me encontré con la primera referencia que buscaba: una vieja casona, que fuera casa-quinta y que por aquellos años me llenaba de admiración. Distaba seis cuadras escasas de la casa donde yo vivía, en el 418 de la calle Guido Spano; pero el recorrido de la mano de mamá, que por entonces pasaba levemente los treinta, me parecía una aventura digna de las historietas que canjeaba a la vuelta, en una de las casitas del Barrio Obrero.
Retomé una cuadra hacia el noreste, por Malvinas, y doblé por Bolivia hacia la izquierda. Y allí estaba la segunda referencia: Panadería “La Pequeña”. El mismo nombre y casi el mismo aspecto en medio de un paisaje urbano que ya no pude reconocer. En ese negocio, como escala de nuestra excursión hasta la casa-quinta, mamá solía comprarme alguna guaranguita o alguna torta negra, que pagaba con el bordado de unos pañuelitos de mano de linón y de unas batitas y unas toallitas para bebé que hacían las delicias de la dueña.
Seguí por Bolivia, tal era mi objetivo. En la esquina con Guido Spano no está más la Casa de Admisión -o algo así- y se levantan modernas casitas iguales que también cambiaron el aspecto de los silos de Schultz, convertidos ahora en una cerealera. Lo que era un campito se transformó en plazoleta y la callejuela interna, donde estuviera el canje de revistas, se llama Pasaje Nicolás Campasso, en memoria de un señor muy culto, buen músico y algo poeta que antes de morir me legó su biblioteca de autores de Junín, tesoro que conservo y aprecio.
Crucé Winter, orillé el paredón suroeste del Club Moreno y desemboqué en Javier Muñiz. Y allí estaba, espléndida, la loma. Hoy asfaltada, pero con sus casitas de cuentos, sus terraplenes y sus escalinatas tal como los recordaba cuando mi tía Irma me dejaba buscar bochinchitos que después me regalaría en los canastos y cuando mi tío Cachalo, transpirado y con la camisa desprendida a la vuelta del taller, me hacía reír a carcajadas con sus cuentos y sus chistes y me regalaba los ejemplares de El Gráfico con Rojitas o el Tanque o Marzolini en la tapa. No están más las ligustrinas, una pena; tampoco los tapialitos con balaustradas. Pero reconocí la tercera de las casitas a la derecha porque, justito enfrente, Teresa Acebal conversaba con otra persona. Ella, claro, no me reconoció a mí. Y continué el trayecto.
Crucé Uruguay. ¿Cuál sería la casa de mi tío Nuto? Ésta, me parece; ¿o aquella? Yo le tenía un poco de miedo a ese “tío barbudo” o “tío borracho”, como él mismo se llamaba en su bondad, y sólo iba de visita de vez en cuando, durante los veranos, si me llevaba mi tía Mabel.
Por Édison retomé una cuadra hacia el noreste y por Colombia doblé otra vez hacia la izquierda. Una cuadra hasta Negretti y un codito a la derecha y me topé con la irreconocible capillita San Francisco de Asís, donde tomara mis dos comuniones, hoy devenida parroquia de una sub-barriada que ya no se ve marginal.
Extremo de mi recorrido.
Por Chile doblé hacia el sureste para iniciar la vuelta. Repetí el caminito que hiciera con mis compañeros de catecismo y recordé, vagamente, aquellos cuadernos llenos de dibujitos alegóricos que prometían linduras inexistentes.
Otro codito en Javier Muñiz y el Moreno, ahora por el frente, después de cruzar la plazoleta de los Manuale. En esta vereda, justito aquí, fue donde nos agarramos a las piñas con Roldán, el hijo del querosenero, y el gordo Chacón, que era su amigo, se me subió a cococho y me mordió la cabeza. Ni siquiera parece que hubieran pasado cincuenta y tres años. Salvo por el asfalto y por las casas de enfrente que no reconozco.
En el campito donde venían las calesitas sólo se conserva la gigante araucaria. Y la callejuela interna, a cuyo frente daba el mercadito de María Esper, que siempre nos fiaba para que nosotros comiéramos, se llama Pasaje Saborido. Por Mataco, claro. Que vivía enfrente y que compusiera la Marcha de Sarmiento. Del club. Y el predio se llama Plazoleta de los Trovadores: por él, por Negretti y por los vates que le dieron mentas a este barrio que fuera de cafishios, de caudillos y de pistoleros.
Mi casa estaba allá, frente a los González. Está, todavía; ¡pero tan cambiada! Ni tapial bajo con jardín al frente, ni naranjo, ni limonero. Todo pared y portón cerrado. Igual que la de Azcune, igual que la de los Tomeo o la del Cacho Pereyra o la de Jorge Juri.
Por Colombia bajé hasta Alsina, me alejé un poco otra vez, hasta Arquímedes, volví a pasar por la casona de mis excursiones y esta vez me pareció que mamá me apretaba de la mano. Entonces emprendí el regreso.
Quince minutos después ya estaba de nuevo en mi casa; pero el viaje de ida -lo aseguro- duró muchísimo más tiempo.
Yo necesito caminar y agarro cada día un rumbo diferente. Hoy, lo había decidido, sería para allí. Y aunque siempre me resisto a la nostalgia, el corazón esta siesta me latió más fuerte; también más descansado.

Los hermanos mayores

Un matrimonio llegó al bar para almorzar. Dos de los hijos, por la apariencia mellizos, no superan los cinco años y el tercero, en cochecito, rondará el primero.
Los papás se sientan a la mesa y disponen los lugares para cada uno, el cochecito en la punta. Pero el bebé reclama que lo liberen. Está aprendiendo sus primeros pasos y los quiere ejercitar sobre la cerámica resbalosa del piso.
Lo bajan y lo sueltan. El bebé levanta sus bracitos en señal de triunfo, ancho en su sonrisa, y cae de panza por primera vez.
Para esto llegó el dueño a la mesa (parecen conocidos) y los papás se entretienen en la charla con él. Comienza entonces el protagonismo de los hermanos, sobre todo el de uno, al que llaman Vicente.
Se hace cargo de su hermanito. Lo levanta del suelo una, dos, diez veces y lo lleva a caminar de la mano, por el corredor estrecho que forman las hileras de mesas. Al bebé se lo ve exultante, aun en las caídas. Y Vicente mira a los parroquianos, se muerde el labio inferior e infla el pecho, orgulloso.
Se sabe -y lo es- necesario. Se sabe -y lo es- importante. Se sabe -y lo es- el hermano mayor, secretamente admirado por el bebé y responsable de que su hermanito aprenda a recorrer los caminos de la vida. Sano, fuerte, feliz, en libertad.
Le sonrío mientras cierro el libro y acomodo mis cosas para irme. Y Vicente me devuelve la sonrisa antes de continuar con su trabajo. La hamburguesa, las papas y la coca que le trajeron pueden esperar; también sus ganas de atacarlas. Aunque apetitoso el olorcito que se desprende de los platos, el hermanito lo necesita y eso es lo que más importa.
Acaso con el tiempo tengan sus diferencias, se peleen, se distancien, incluso. Pero la función de los hermanos mayores es difícil de valorar y difícil, también, de que se la olvide. Ellos estuvieron allí, sosteniendo a los más chicos, cuando el futuro era grande como el cielo y el piso, todavía resbaloso e inestable, como todos los pisos que pisamos por tentadores que parezcan.

"Las casas de Junín"

Después de Buenos Aires, de Palermo, de Ginebra, de Londres, de Islandia y de Noruega, probablemente sea Junín el topónimo que más aparece en la obra de Borges.
No siempre para referirse al mismo lugar; pero, en cada caso, para unir tres eslabones de una corriente empática. Toda la vida de Borges, de principios a finales, estuvo vinculada con el nombre Junín. Y como su literatura, más allá de la pátina fantástica y de acceso restringido que le pintaron los legos, es de claro corte autobiográfico, no podría prescindir de nombrarlo, como no pudo prescindir de Muraña, de Iberra, de Macedonio Fernández, de Groussac o de Cansinos Assens.
Y son tres las instancias borgeanas de la palabra Junín:
En la primera se refiere a la batalla -la “escaramuza”, según su apreciación- en la que tuvo destacadísima participación su bisabuelo por vía materna, el coronel Isidoro Suárez, y que significó la definitiva derrota de “los godos” y la consecuente liberación de toda la América del Sur.
La segunda instancia refiere a mi ciudad, ubicada sobre las márgenes del Río Salado, en el noroeste de la provincia de Buenos Aires, adonde se refugiara Mitre después de la humillación que las fuerzas comandadas por José Inocencio Arias le impusieran en La Verde, y donde su abuelo paterno, el coronel Francisco Borges, que sirviera a las órdenes de Mitre, “se dejara matar” para salvar la ofensa.
Y la tercera instancia, que por lo general es referida dentro de la construcción “las casas de Junín”, remite a los prostíbulos de Buenos Aires, que alimentaron el tango, la milonga, los amores y los duelos a cuchillo y que tuvieron y tienen como eje esa calle que atraviesa los barrios de Balvanera y Recoleta. Lo saben los lectores, los frecuentadores y los vecinos. También, algún ex ministro de la Corte Suprema de Justicia de la Nación, muy afín al cámporo-cristinismo, famoso por sus tratados de Derecho y sus clases de moral.

"Con medio millón alcanza"

doctor Ángel Norberto Petraglia

 

También eran tiempos de inflación, pero no de complejos ocultistas. Y a pesar de que un millón de pesos era un millón de pesos, es decir, bastante más que el valor de una casita, la máxima denominación monetaria no se reducía a los billetes de cien, no tenía ínfulas de equivalencia con el dólar norteamericano, no: el billete de máxima denominación era “la fragata”, violeta, de mil, acorde con una economía del tercer mundo, aunque todavía no desquiciada.

Fue para esa época, en la que tal vez gobernaba Guido, en la que tal vez ya había llegado Illia, cuando mamá vivió una de sus crisis de salud más severas, si aquello era posible en una vida de crisis casi continuas. Vivíamos en casa prestada, sobre calle de tierra, campito de por medio con el Club Moreno, y papá, que había dejado de ser ferroviario a una edad que no puedo recordar, cirujeaba con una chatita vieja, aunque con aspiraciones de alto comerciante. El resultado, catastrófico: si no había un mango para comer, mucho menos lo habría para una sucesión indefinida de consultas médicas y sus correspondientes recetarios. Al asma crónico, por lo tanto, se le sumaba la mala alimentación y un estado de nerviosismo permanente que atenuaban, apenas, los fiados elásticos de los Chemile, de Omar Chumillo, de María Esper más el socorro sistemático de mi abuela Catalina, de mi padrino Aníbal y de los familiares que pudieran.

El Cholo, mi tío paterno, que había dejado de ser ferroviario al mismo tiempo que mi papá, pero que tenía menos pajaritos en la cabeza, se había comprado un camión con la indemnización del ferrocarril y pasaba por un momento de buen trabajo. Una tarde, me acuerdo, en la que estábamos en cama mamá y yo, los dos con fiebre y con catarro,  mi papá deambulaba de un lado para el otro sin saber muy bien qué cosa hacer, en tanto los créditos se le iban acabando. Llegó el Cholo y me regaló una fragata. Yo no lo podía creer: en mi casa, mil pesos no se veían ni pintados. Y, como había que cambiarlos en alguna casa grande, porque en negocios de barrio el cambio siempre escasea, papá se los llevó y no los vi más, aunque ese día tuve un Topolín y algunos paquetes de figuritas.

Y aquí entra el tema sobre el que me quiero detener. Ángel Norberto Petraglia era el médico de la familia desde antes de que yo naciera. También era político frondicista y andaba de aquí para allá en esos días de república ajetreados. Vergara, Losada, Pérez Herrera lo suplían ocasionalmente; pero a ellos había que pagarles y, dada la situación, más que alivio traían aumento de las tensiones y recrudecimiento de las crisis de respiración. Petraglia no. Petraglia, para mí, era un ángel tal como su nombre lo indujera y con cada visita, cuando estaba en Junín, producía el milagro: llegaba con su auto, todavía antiguo, y con su maletín un poco más bajo que su altura, abría la puerta sin llamar, se anunciaba con un “¿Qué te pasa, Edeltita…?” y se iba para la cocina, donde hervía las cajitas metálicas de las jeringas para el Decadrón que sabía tendría que inyectar, a la llama aceitosa y rojiza del querosén, que salía de una cocinita de mesa bastante desvencijada. Canturreaba, mientras tanto. A mamá, que aguardaba en la cama, habitación de por medio, ni siquiera la había visto todavía; pero los bronquios empezaban a abrírseles y el aire, a entrarle con mayor fluidez. Papá, mientras tanto, fingía conversaciones de empresario acosado por los vaivenes de la economía y contaba anécdotas que, con los años, entendí que sonarían ridículas. Ángel, sin embargo, lo escuchaba con toda seriedad. Poco importaba, para el caso, que sumaran ocho o diez o quién supiera cuántas las visitas que se le adeudaban, con la medicación incluida. “¿Estás mejor, Edeltita…?”, preguntaba cuando mamá ya sonreía y cuando a mí se me iluminaba la cara de felicidad y  de asombro. Guardaba sus cosas en el maletín, me acariciaba la cabeza y se levantaba para irse. Entonces llegaba la pregunta temblorosa y balbucida desde los labios de mamá: “Doctor, ¿cuánto le debemos? Ya son varias visitas…” “¿Cuánto tenés? –contestaba él, entre paternal y pícaro, antes de abandonar la pieza sin recibir un solo peso, pero tranquilizando-: Cuentas viejas no cobro, así que no me debés nada.”

Papá y yo lo acompañábamos hasta la salida y, antes de que Petraglia se subiera al auto, la grandilocuencia de papá le ofrecía su reconocimiento: “Un millón de gracias, doctor”. “Con medio millón alcanza”, respondía él. Después daba arranque y partía, sabiendo que tendría que volver, antes incluso de retomar su actividad política.

No sé por qué me acordé esta mañana del doctor Petraglia. Quizá por una extraña sucesión de relaciones que incluyen el festejo por el 9 de Julio. Fue mi médico y mi amigo hasta que falleció y cada vez que lo visitaba en su consultorio, por lo general con la sala de espera abarrotada de pacientes, demoraba cinco minutos en atenderme y cincuenta en extender la conversación política. Nunca logró convencerme para que me afiliara al MID, pero respetaba y apreciaba todo cuanto le decía a pesar de mi juventud. Discutimos, incluso, por Malvinas. Yo, con infantil y candorosa ignorancia aun con los veinticinco ya cumplidos, me había subido a la ola nacionalista que vivaba la recuperación, más allá de la dictadura. Él, enojado, me decía que era la mayor barbaridad histórica que pudiera cometerse; y que Nicanor Costa Méndez, el Canciller que manejaba las negociaciones en nombre de la Junta, era un energúmeno, cobarde, ignorante y soberbio, que no entendía nada de política internacional y que mandaría a morir inútilmente a un montón de soldados.

Tenía razón. Como tantas otras veces, lo supe demasiado tarde.

Aníbal Ottonello

Homenaje para el Día del Padre, in memoriam

LA VILLA QUE SOÑÓ Y PROYECTÓ MI PADRINO EN LA ‘LAGUNA DE GÓMEZ’

 

 

En la página juninhistoria.com/ver puede leerse la siguiente información:

 

“El 6 de junio de 1937, el Concejo Deliberante, presidido en aquel entonces por Ramón Frene, autorizó al Departamento Ejecutivo la compra a Miguel Di Pierro y Herminio Pratolongo, el predio que ocupaba la laguna de Gómez y una fracción de tierra "contigua a ella -dice el texto de la ordenanza-, formando en conjunto un total de 440 hectáreas, por la suma de 102 mil pesos moneda nacional, de acuerdo a los contratos ad-referendum celebrados con fecha 28 de septiembre y 30 de octubre de 1936, registrados en el libro de contratos de la Municipalidad".

(…)

Por el artículo cuarto se establece que el Departamento Ejecutivo firmará la escritura respectiva y tomará posesión de las tierras.

(…)

Era intendente de Junín en esa época, Juan Alejandro Borchex.

Esta ordenanza, muy poco conocida, fue publicada por el historiador Roberto Carlos Dimarco en el número 2 de la revista "Historia de Junín" del mes de enero de 1969.”

……………………

 

Por documentación que poseo, puedo afirmar que mi padrino, Aníbal H. Ottonello, fue uno de los primeros ciudadanos de Junín que reparó en esa fuente de agua y en los terrenos contiguos para construir una villa.

No se lo recuerda, sin embargo, y hasta el pequeño sello metálico que lucía en la esquina del Palacio Municipal –y que fuera su orgullo- fue quitado tras la reciente reforma. Mi padrino no construyó el edificio, que data del siglo XIX; pero fue el encargado de las transformaciones que abrieron la puerta de doble hoja, clausurada tras la pueblada de 2012 que la incendió, y ese sello fue el ‘pago simbólico’ que las autoridades consideraron suficiente por tanto aporte gratuito.

Pero vuelvo a los testimonios.

De chico oía de su boca y de la boca de mi madre (¿su hija?) las anécdotas de tanto en tanto. Resumo: Autodidacta que cursó la escuela hasta segundo grado, mi padrino fue un lector ávido, un matemático sagaz y un sarmientino típico. También un incansable proyectista, un frecuente escritor de cartas -y no tan frecuente de otros textos con alguna inspiración literaria- y un conspicuo socio de la Societá Italia Unita, cuyas comisiones directivas integró, lo mismo que las de la Sociedad de Constructores. Nacido en Alberti cuando todavía pertenecía a Chivilcoy, “diez días más joven que Perón” (al menos si Perón nació en el ’95 y en Lobos y no en el ’93, en Roque Pérez), instalado en Junín por trabajo hacia la tercera década, nadador y pescador entusiasta e inspirado, precisamente, por el Gran Sanjuanino, advirtió que la Laguna de Gómez era un lugar más que propicio para explotar el turismo a partir de su riqueza ictícola y de la propiedad curativa de sus aguas.

Obsesionado con la idea, visitó personalmente a cada gestión de gobierno municipal, envió decenas de cartas y mapas y proyectos –todos elaborados a mano, salvo alguna carta que alguien le dactilografiara después de corregirle la precaria ortografía- y rebotó una y cien veces contra urgencias e intereses que diferían de los suyos. Primero, con los radicales; después con los conservadores –aunque éstos tuvieron el tino de adquirir el predio- y, finalmente, con los peronistas; a quienes, empero, les reconocía el mérito de haberlo atendido y de haber dado curso a algunas de sus ideas aunque, por supuesto, como si fueran ideas originales y propias de la gestión. En tal sentido, me hablaba especialmente de Héctor Asor Blasi.

Pero antes de Blasi y del Mayor Arrieta; antes, incluso, de la Revolución del 4 de junio de 1943 que inauguró oficialmente el peronismo, mi padrino había cursado una carta con documentación a las autoridades municipales de Junín, cuya intendencia ocupaba Juan Alejandro Borchex y cuyo Concejo Deliberante era presidido por Oscar Schultz. Respetuoso de las formas y de las vías institucionales que dispone la república, a este último se dirigió el 19 de junio de 1942. Le decía:

“De mi consideración: Al iniciarse un nuevo período administrativo y en la seguridad de que los miembros de ese Honorable Cuerpo ponen toda su buena voluntad al servicio de la Comuna, me permito llegar a él, por medio de su digno Presidente, en mi carácter de vecino de esta Ciudad, con una idea que, de realizarse, daría a Junín un rasgo característico más entre las populosas Ciudades mediterráneas del País.

La Ciudad de Junín (…) tiene además el privilegio de poseer dos hermosas lagunas cuyas aguas han provocado elogiosas ponderaciones por el caudal y la propiedad curativa de las mismas. (…) Las márgenes de la Laguna de Gómez por las propiedades enunciadas y por la proximidad de nuestra Ciudad podría convertirse en una hermosa Villa Balnearia, complementando con la mano del hombre lo que la Naturaleza ha dado por sí espontáneamente. Para su realización, creo que ese Cuerpo debe, si lo cree oportuno y conveniente, proyectar el trazado de un Pueblo, con miras al futuro progresista de nuestra Ciudad, dejando como cinturón una gran avenida de circunvalación alrededor de la laguna y vendiendo en subasta pública lotes de terreno para que la acción privada, buscando descanso y alivio de sus tareas, impulsen el progreso del mismo (sic) construyendo sus residencias veraniegas o sus refugios de fin de semana, tan generalizados ya en nuestro país (…)

Me permito insinuar también el aprovechamiento del salto de agua producido por el Tajamar para proveer energía a una futura Usina, (y) la expropiación de tierras circundantes, aunque entiendo que los estudios generales y de detalle de este proyecto corresponden a ese Honorable Concejo y al Cuerpo técnico de la Comuna. Como asimismo no debe dejarse de lado el acceso a la Laguna por caminos radiales, buscando conexión con los caminos de las Ciudades y pueblos de la zona.

De su apoyo Sr. Presidente y del de ese H. Concejo, Junín surgirá como una nueva y hermosa atracción al turismo (…)

Aníbal H. Ottonello

Junín, Junio 19 d 1942.-”

 

………………………

 

Escribo también un 19 de junio, rodeado por papeles, sobres, recortes de diarios, planos, números, cuentas, anotaciones. Siento emoción al hacerlo. Pasado mañana se celebra el Día del Padre y Aníbal H. Ottonello –mi padrino, ¿mi abuelo?- fue de algún modo mi padre en la práctica, ante ciertas defecciones del biológico, a quien igual recuerdo con cariño.

Quería contar esta historia que acompaño con algunas fotos. Me parece un ejercicio de justicia.

Una foto, una historia pequeña, una impagable deuda de gratitud

Kiosco, mamá, tío Yin

Una prima rescató una foto, la foto disparó unos recuerdos y los recuerdos ameritan el homenaje.

En 1966 yo tenía nueve años y en mi casa, literalmente, no se comía. A fines del ’65 nos habíamos mudado de Guido Spano 418, porque se vendía la casa que nos prestaba mi abuelo paterno, don Félix, a Orellanos 204, donde había que pagar un alquiler. La mudanza no pasaría de lo anecdótico si no fuera porque plata para pagar el alquiler no había. Y María Esper y los Chemile y Omar Chumillo que nos abastecían a pura libreta habían quedado demasiado lejos, además de demasiado incumplidos. A mi viejo, esos asuntos de laburar que se le ocurren a la gente nunca lo convencieron del todo, así que vivió imaginando viajes a la luna o rescates de tesoros en el fondo del océano que por supuesto no se concretaron. Mamá, asmática crónica y en grado severo, vivía más en cama que levantada. En parte por el asma mismo, en parte por el descontrol emocional. Yo empezaba a darme cuenta de algunas cosas, sobre todo cuando los paseos con papá iban de la FICCO (una casa usurera que le proveía livianitas dosis de oxígeno) a las fundiciones o las chacharitas, donde vendía los cacharros que juntaba por ahí, o a la Barraca Fernández, donde don Mero le tiraba unos mangos a cuenta de futuras entregas de cerda o lana con que complementaba los cacharros, o a la casa Ipharraguerre, donde había trabajado un tiempito de joven y donde vaya uno a saber por qué filantrópica simpatía,  don Rodolfo, el dueño, o Ávila, el cuñado, le tiraban unos pesos y unos puchos para calmar los nervios. Los suyos, claro.

Por la vía familiar, la materna sobre todo, llegaban provisiones. Y así vivíamos la esperanza de la democracia que encarnaba el presidente Illia y que sólo duraría hasta mitad de año.

Hasta que un día mi padrino, don Aníbal Ottonello, principal sostén económico, anímico y formativo de esa familia pequeñita y deshilachada, le propuso a mamá que abriera un kiosco, en la habitación de la esquina, para lo que él -¿por responsabilidad de padrinazgo? ¿por identificación genética?- aportaría el primer capital. Fueron diez mil pesos de aquella época, si mal no recuerdo. Diez ‘fragatas’ con las que se echó a navegar una ilusión, con más incertidumbre que esperanza.

La inversión se prorrateó en cuatro o cinco lugares estratégicos, una vez que se decidió con qué productos inaugurar la oferta: Nanni hnos, donde se compró unas bolsitas de caramelos bolita, unas cajas de chicles y una caja de turrones Namur; Atilio Mastromauro, que proveyó de escarapelas (-¡había que ver cómo se vendían las escarapelas!-), de broches,  agujas, hilos, cuadernos y unos talonarios de recibo (-¡había que ver cómo se vendían los talonarios Huemul!-); la peluquería Fénix, donde conocí de muchacho al ilustre Víctor Grippo, hijo de los dueños, y de donde se trajo invisibles, hebillitas, peines, peinetas y, sobre todo, spray en botella de litro que después venderíamos fraccionado (-¡¡había que ver como se rociaban las señoras con esos líquidos rosa, amarillo o azul de olor y consistencia insoportables!!-) y La Juninense, emblemática fábrica de don Tomás Adaglio, de cuyos caramelos de dulce de leche era imposible prescindir.

Con un recorte de la misma partida, mamá compró unas cartulinas, unos ovillos de hilo lonero y choricero y dos fibrones: uno negro y uno de color. Pidió prestado un juego de moldes de letras de imprenta, trajo su escuadra de costurera y un lápiz negro y dispuso la confección de los carteles; en la que yo y mi prima Alicia tuvimos protagonismo central. “KIOSCO – MERCERÍA – LIBRERÍA”, decía cada una de las tres tiras de cartulina, con las letras pintadas a fibrón y con los colores alternados para que la psicodelia jugara su efecto de marketing. Se las prendió, con chinches, sobre la madera de una de las hojas vidriada de la ventana. Sobre la otra, se cruzaron cuatro hilos loneros de los que se colgaron, con broches de ropa, las escarapelas, los invisibles, las hebillitas, las agujas.

Con cañas aportadas por mi padrino, con tres maderas terciadas que no sé de dónde aparecieron y con el hilo choricero, improvisamos una estantería para sostener a la vista de los clientes la mercadería pesada: caramelos, chicles, turrones, cajas de hilo de coser y las revistas que juntamos de donde hubiera para canjear a cambio de unos centavos. La botella de spray, quedó escondida en un rincón, para que no se la patera sin querer y se derramara su contenido, como tantas veces nos pasaría con la estantería de cañas a la que debíamos reparar. Y de caja (-¡parte fundamental la caja que acumularía la recaudación diaria!-) mamá improvisó un descolado botinero verde que alguien, no sé cuándo, le habría regalado. Allí, en el único cajoncito que se trababa al abrirlo si no se lo hacía con cuidado, tres maderitas mal lijadas separaban los billetes grandes, que no entraron por bastante tiempo, de los billetes chicos y de las monedas, que fue el compartimento más exitoso de los tres.

Por las noches, cuando cerrábamos las celosías después de toda la jornada ‘Abierto’ y antes de irnos a dormir, hacíamos la caja, anotábamos en un ‘1810’ de veinticuatro hojas la recaudación del día y, en otra columna, los gastos y las ‘inversiones’ si las hubiera.

Pasaron casi quince años desde aquella tarde de junio hasta 1980 cuando -ya grande yo, ya recibido, ya gerente de ventas de una importante empresa vitivinícola- le pude decir a mamá que cerrara definitivamente, que nos fuéramos a vivir a la casa que le había ofrecido mi padrino, la de Urquiza 94, mientras yo vería de edificar en los lotes que había comprado, que no se preocupara por los ingresos y que nunca terminaría de pagarle ni de agradecerle lo que quiso, lo que pudo y lo que supo hacer para solventarse ella y para criar a su hijo.

Sería injusto no recordar en esta reseña a la gente que nos ayudó para que el kiosco de “la ventanita” evolucionara en un importante negocio del barrio de la capilla de Luján. Además de los clientes, fieles en todo momento; además de Roberto y Chola Garavaglia, que vivían enfrente y me socorrían cada vez que quedaba solo al frente del kiosco porque mamá caía enferma; además de mi abuela Catalina, incondicional como mi padrino; además de mis tías Norma y Elba, principalmente, y de Edith, Irma y Mabel cuando venía en los veranos; además de mis tíos Yin (el de la foto), Arturo, Eduardo, José, Olga; además de mi prima Alicia, otra incondicional y en parte la hija que mamá no tuvo; además de Alejandra, la prima chiquita que creció conmigo, tengo que mencionar al aporte invalorable de Polo Zinani –sin él que se aguantó todo y nos tapó de mercadería y de novedades nada hubiera sido como fue- de Pocho Bergero, de Pocho Lucas, de Crupi, de Terrón, de Juan W. González que fueron los principales proveedores y fiadores. A todos, mi reconocimiento emocionado y un gracias que llevo impreso en la memoria y que llevaré mientras viva.

Y basta. Se hizo demasiado largo. Ya está. “Suficiente, che”, como decía mi padrino las Nochebuenas y los Findeaños, mientras partía las nueces y las almendras con un martillito sobre una tabla de punta, cuando se le ofrecía la copa que él ya estimaba de más.

 

(Publicado en Facebook el miércoles 31 de diciembre de 2014, a la hora 13,15)

Cuatro páginas de apretada memoria

Fiscal Strassera

 

.  Alguien celebra desde el estribo de un viejo coche sobrehabitado el derrocamiento de un Presidente constitucional.

.  Alguien azuza la división del pueblo entre ‘anglófilos’ y ‘germanófilos’ y alienta una fingida neutralidad ante la expansión del nazismo.

.  Alguien que se formó con Mussolini se levanta en armas contra sus antiguos camaradas y les impone el rumbo a seguir.

.  Alguien alimenta con dineros públicos el crecimiento geométrico de su propia imagen.

.  Alguien se asocia con el sector más recalcitrante de la Iglesia Católica para alcanzar la presidencia de la nación.

.  Alguien recibe, alberga, protege y garantiza cambio de identidad a una cantidad indefinida de criminales nazis que huyen tras la derrota y el suicidio del Führer.

.  Alguien persigue y encarcela opositores –también manda que se torture a muchos de ellos- y entorpece el trabajo de la prensa libre.

.  Alguien ordena que todos los niños aprendan a leer con libros de propaganda y exaltación de su imagen.

.  Alguien usa la imagen de su esposa enferma para consolidar un poder que empezaba a serle esquivo y después la humilla públicamente obligándola a renunciar a la candidatura con la que soñó.

.  Alguien también escribe ‘Viva el cáncer’.

.  Alguien rompe con sus antiguos socios de la Iglesia Católica y ordena que le quemen varios de sus templos.

.  Alguien desde el supremo poder de la república cooptada atemoriza a su pueblo por cadena nacional amenazando con que ‘caerán cinco de los otros’ por cada uno de los propios que caiga.

.  Alguien ordena los infames bombardeos sobre la Plaza de Mayo por los que mueren cantidad de civiles.

.  Alguien, tras el golpe de estado que acaba de encabezar, anuncia que ‘No hay ni vencedores ni vencidos’ antes de renunciar por imposición de sus propios camaradas.

.  Alguien que había gobernado con la suma del poder público huye y se asila en el exterior.

.  Alguien fracasa en su intento por restituir el viejo régimen y termina fusilado con un grupo de camaradas en los basurales de José León Suárez.

.  Alguien que había prometido institucionalizar la república se constituye en nueva y férrea dictadura que proscribe al líder exiliado, a su partido y a sus símbolos.

.  Alguien entiende que prohibir que se pronuncie el nombre del dictador derrocado alcanzaría para justificar y coronar el éxito de su propia dictadura.

.  Alguien que sobreestima la inteligencia que lo distingue piensa que podrá pactar con el líder exiliado, usar sus fuerzas, llegar al gobierno y gobernar de acuerdo con su intención.

.  Alguien que desconfía de los unos y de los otros se asocia con un grupo de camaradas que se identifica con el azul y se enfrenta con sus pares que desconfían de los mismos, pero que se identifican con el colorado.

.  Alguien decide que es tiempo de acabar con la parodia tras la visita de un muchacho pintón y promitente, pero con boina y con ideas raritas.

.  Alguien se anticipa a los golpistas y golpea primero.

.  Alguien que se encargaba de imaginar nuevas leyes se encuentra de pronto con que tiene que ejecutar las que están. Y que las que no están ya les serán dictadas.

.  Alguien decide que es tiempo de emprolijar las cosas, al menos para la tribuna, y convoca a elecciones.

.  Alguien se convierte en Presidente con apenas el 23% de los votos.

.  Alguien que desde la actividad gremial había crecido a su amparo, cree que puede reemplazar al líder que opera desde el exilio y hacer política en su nombre; pero sin él.

.  Alguien, por supuesto, se encargará de liquidarlo.

.  Alguien, que circunstancialmente cambiara la boina por un engominado gardeliano y la ropa de fajina por un buen casimir, cree que podrá convencer al líder y lo visita con su apetitosa propuesta revolucionaria.

.  Alguien desalentado y despechado morirá tiempo después en la selva de Bolivia acribillado por las balas militares.

.  Alguien de rango insuficiente pide la renuncia del Presidente constitucional; como no la obtiene, pero a cambio recibe una lección de dignidad que ofende su altanería, lo saca a empujones de la casa de gobierno.

.  Alguien con cara de morsa y con cerebro de morsa se adueña del poder y se molesta y secuestra una publicación humorística porque en tapa lo había caracterizado como una morsa.

.  Alguien en nombre de la misma morsa ordena que los bastones de la policía irrumpan en la universidad.

.  Alguien ajusta en nombre de la morsa y empiezan a perderse los primeros ceros en la inacabable carrera por el desprestigio y la desvalorización de la moneda nacional.

.  Alguien se levanta en contra de la morsa desde Córdoba, Rosario o Mendoza, que son los escenarios pioneros.

.  Alguien que fuera monaguillo y que estudiara en el Nacional Buenos Aires se junta con otros alguien que fueran monaguillos y que estudiaran en el Nacional Buenos Aires; se sienten jóvenes, superiores y fuertes, aptos para encarnar la ‘revolución desde arriba’.

.  Alguien con los otros alguien deciden necesario presentarse en sociedad con una demostración de osadía y de arrojo. Se acuerdan de aquél que echó por tierra el lema ‘Ni vencedores ni vencidos’; lo conocen, lo visitan, lo secuestran, lo mantienen un tiempo escondido y finalmente lo matan.

.  Alguien les admira el patriotismo, la juventud y el coraje.

.  Alguien incluso los distingue como ‘juventud maravillosa’ y como ‘reserva de la patria’.

.  Alguien les confía operaciones que se empiezan a multiplicar.

.  Alguien les financia las operaciones.

.  Alguien que venía de lecturas opuestas y de fallidas experiencias románticas en el norte del país resuelve conveniente asociarse con los porteños católicos.

.  Alguien les cede lugares, santos y profanos, desde donde operar.

.  Alguien les facilita la logística.

.  Alguien recuerda que es tiempo de repatriar al líder para que ordene el caos y complete su ‘inconclusa’ revolución.

.  Alguien que deriva de la facción azul y que encabeza una nueva dictadura opina públicamente que al líder ‘no le daría el cuero’. Su yerno atruena, mientras tanto, con el ‘argentino hasta la muerte’.

.  Alguien mata a diestra y a siniestra: adultos y menores; hombres y mujeres; uniformados y civiles; ajenos y propios.

.  Alguien pone fecha al retorno del líder y se monta la fiesta popular; alguien, cuando llega, le sostiene el paraguas.

.  Alguien que ni sueña con llegar a famoso presta su nombre para que el líder proscripto acceda al poder y mientras tanto ‘gobierna el país’ por cuarenta y tantos días.

.  Alguien abre en ese tiempo las puertas de las cárceles.

.  Alguien, levantada la proscripción, organiza el retorno definitivo del líder para que retome el gobierno. Se monta una segunda fiesta popular, con un par de millones de personas movilizadas y eufóricas que nunca verán a su líder, pero que serán testigos de la masacre que su nombre acontece.

.  Alguien decide que es tiempo de acabar con el señor del paraguas y lo acribillan a balazos.

.  Alguien dice que al líder con esa muerte ‘le cortaron las piernas’.

.  Alguien que al poco tiempo será poderoso,  opera en las sombras y con extraños mecanismos, pero al amparo del mismísimo líder.

.  Alguien concluye que el líder los empezaba a defraudar; alguien, por el contrario, que la juventud ya no le parecía tan maravillosa.

.  Alguien ordena el retiro de la Plaza, mientras el líder se lleva a otro lugar  ‘la más maravillosa música’.

.  Alguien que lo sucederá con más pena que gloria anuncia su muerte entre sollozos.

.  Alguien decide que es momento propicio para acelerar la sucesión e intenta primerear a la multitud de herederos.

.  Alguien se radicaliza, alguien pasa a la clandestinidad, alguien organiza clandestinidades paralelas.

.  Alguien forma y ordena los escuadrones de la muerte.

.  Alguien gobierna como puede entre Chapadmalal y Ascochinga.

.  Alguien de un lado y alguien del otro hace bastante tiempo que dejaron de responderle.

.  Alguien que después disputará la presidencia firma un decreto para ‘aniquilar la subversión’.

.  Alguien ordena la remoción de la Junta Militar y le confía a los nuevos componentes la tarea de aniquilamiento.

.  Alguien cercano a la Junta Militar irá confeccionando el programa para una situación que ya no tiene retorno.

.  Alguien se entera por la radio de que el gobierno constitucional había caído durante la mañana de un 24 de marzo. Lejos de preocuparse o entristecerse, festeja con los amigos y con la familia.

.  Alguien con voz ceremoniosa le informa al festejante –y a los millones de festejantes que se replican en el país- de qué manera ‘se recuperaba el orden’ a través de una sucesión de comunicados que perfilan el consiguiente ‘proceso de reorganización’.

.  Alguien ordena los primeros secuestros y las primeras matanzas; después, los primeros apremios ilegales y las primeras torturas.

.  Alguien cuestiona los ‘procedimientos’, alguien confirma que ‘resultan necesarios’.

.  Alguien denuncia los excesos públicamente, alguien ordena que lo maten.

.  Alguien empieza a desesperarse por la desaparición de familiares, vecinos y conocidos.

.  Alguien que vio guarda silencio; alguien que oyó guarda silencio; alguien que se enteró guarda silencio; alguien al que le mostraron no creyó.

.  Alguien lava su conciencia al conjuro milagroso del ‘algo habrán hecho’.

.  Alguien empieza a rodear la plaza con un grito desgarrado y silencioso que reclama justicia.

.  Alguien empieza a transitar con cuidado y a desconfiar de todos y de todo.

.  Alguien nuevo desaparece cada día, a la vista de todos y con destino incierto.

.  Alguien pone una bomba y la hace estallar debajo de la cama de su amiga adolescente.

.  Alguien celebra con alborozo el Mundial de fútbol y alguien, incluso, se abraza en el festejo con el carcelero que acostumbra torturarlo.

.  Alguien con impunidad le grita al mundo que los argentinos somos tipos ‘derechos y humanos’.

.  Alguien también populariza los papelitos.

.  Alguien define a los desaparecidos como: ‘Eso, desaparecidos; no están’.

.  Alguien le suministra la comunión al definidor.

.  Alguien imagina desde su delirio una contraofensiva exitosa y manda a morir a los pocos que se habían salvado.

.  Alguien disimula con plata dulce las heridas sangrantes de un país que agoniza.

.  Alguien aprovecha la simulación y monta su carrera de abogado exitoso.

.  Alguien autoriza la timba de financieras y bancos y la economía estalla en pedacitos, arrastrando en su desmadre a los arrastrados de siempre.

.  Alguien decide conveniente distraer el disgusto ‘recuperando’ Malvinas.

.  Alguien desafía al Principito que atraviesa el Atlántico al mando de su flota.

.  Alguien llega desde Roma para ponerlo en su lugar y persuadirlo que se rinda.

.  Alguien esconde los sobrevivientes al regreso para salvar las apariencias de una derrota digna.

.  Alguien deduce que es preciso buscar una salida democrática y nombrar un dictador de transición.

.  Alguien se preocupa para que antes se pacte con sindicalistas, religiosos y políticos la impunidad de los salientes.

.  Alguien negocia en el extranjero dineros sucios de secuestros y extorsiones con antiguos enemigos.

.  Alguien pergeña la aparición de la virgen, para que distraiga la atención y ocupe en la construcción del fastuoso templo que en su honor encomienda a parte de los desocupados por las quiebras siderúrgica y textil en la conflictiva zona del milagro.

.  Alguien, enseguida, ve oportuno reactivar el turismo.

.  Alguien que ganará las elecciones cuando nadie se lo esperaba manda que se investigue y que, si cabe, se juzgue y se condene a los responsables del terrorismo y del terrorismo de estado.

.  Alguien trata de abortar el intento, pero un pueblo advertido y cansado se lo impide.

 

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Hasta acá lo que mi memoria cascoteada y desprolija se permite recordar de democracia a democracia. Después, con la consolidación institucional, llegarían episodios que más o menos conocemos todos y que quedarán para ser revisados en mejor ocasión.

No sé si serán muchos los que hoy, 24 de marzo, se tomen el trabajo. De los que fueren, cada uno dará formas a sus propios recuerdos, a sus propias emociones, a sus convicciones más íntimas y a sus propias fuentes de información. Para eso se supone que existe este feriado. Aun cuando el turismo explote en todas partes a caballito de una idea magistral que se heredó de ‘la derecha’. ¡Oh, sorpresa! Como sucediera con el Prode, basamento de la explosión incontenible de los modernos juegos de azar, que tanto rinden y que tanto se multiplican y empobrecen al pueblo en beneficio de campañas electorales y financiación de favores, fue el viejo ‘gorila’ Francisco Manrique, un protagonista prominente en aquellos tiempos de fusilamientos en el basural, quien ideara los ‘feriados largos’ para favorecer el turismo cuando ocupó una secretaría al efecto durante el gobierno de Alfonsín. A esta gestión ‘nacional y popular’, tan distinta y tan distante de la derecha ‘gorila, reaccionaria y golpista’, le cabe el mérito de haber anexado los feriados puente para perfeccionar el ‘método Manrique’ de distracción y recaudación.

Tal vez sea lo que amerite el feriado, tal vez ni siquiera; nos diga lo que nos dijera la meneada propaganda.

 

(Publicado en Facebook el martes 24 de marzo de 2015, a la hora 01,05)

Noche de Reyes, luna llena

Carta original de Ernesto Sabato

Noche de Reyes, luna llena, reconciliación necesaria con alguna memoria. La de papá, por ejemplo, que me dejó esa marca incómoda, poco estética, difícil de disimular como las suturas de las viejas cirugías. Un cordón de tejidos que se amorata por aquí, un cordón de impotencia que se amorata por allá. Lo que quede de vida por delante. Y una conciencia de reparación que aún no puedo discernir si genética o cultural.

Prefiero relatar el recuerdo, amable en todo caso, de mis noches de Reyes.

No fueron tantas. Hasta los cuatro, no las recuerdo; desde los siete, la sospecha seguida por la confirmación les quitaron la magia. Saldo mínimo, estrecho para cualquier valoración. ¿Dos noches de Reyes, tres? Poca cosa en seis décadas. Pero suficiente para darles la fuerza de un símbolo que a lo largo del tiempo permanecerá inalterable y que durante algunos años se repetirá con los hijos. Suficiente, sobre todo, si una de ellas tocó en luna llena.

La recuerdo con total nitidez, aunque olvidé el juguete recibido;  distante de los triciclos, las bicicletas o los autos a pedales con los que solía soñar.

Nosotros vivíamos, sobre calle de tierra y campito de por medio, frente al Club Moreno; mis abuelos paternos, casi en el centro, al 194 de la calle Bartolomé Mitre, es decir, a tres cuadras de la plaza principal. Mamá me bañó, ese día, en un fuentón de cinc, me puso la ropa más nueva que tenía, me peinó y me roció con unas gotas de colonia. Papá, acaso en su último año como ferroviario, tenía todavía la sonrisa fresca.

Privilegio de ferroviarios, había construido en los talleres una sillita para mí, con asiento de madera y espaldar envolvente y enrejado, que atornilló sobre el caño de su bicicleta. Y ahí viajé yo, a través de ‘medio Junín’, como si fuera en la proa de un Titánic rodante. La noche era cálida; el cielo, enorme y estrellado; la luna, como una pelota de crema americana. “¿Ves? –me señalaba papá mientras pedaleaba-, ya deben estar bajando por aquellas estrellas; mirá, mirá la luna: hay como unas sombras, ¿las ves? Deben ser los camellos ésos…” Y yo recorría con la vista estrella por estrella, deteniéndome en las que más brillaban, para volver una y otra vez mis ojos a la luna redonda que alumbraba el camino.

En casa de los abuelos me atendieron bien, me dieron galletitas y caramelos, me dieron un billete para que me comprara alguna cosa. Pero yo no me quería quedar, estaba impaciente por volver a mi casa, poner los zapatos y apretar fuerte, fuerte los ojos hasta dormirme. Claro que sabía que no sería así. Al contrario, trataría de quedarme despierto, despierto para ver si los veía. ¿Cómo pasarán los camellos por el ojo de la cerradura? ¿Cuál de los tres me dejará mi regalo? Mi preferido era Melchor, tal vez porque en los dibujos y en las maquetas aparecía como el más grande y el más poderoso de los Magos y podría, de esa manera, dejarme un regalo más lindo. “¿Qué les pedís?” –me preguntó la mayor de mis tías, con la que menos simpatizaba. “No hay que pedirles –dijo la menor, que era mi madrina y a la que sí quería de verdad-, los Reyes le traen a cada uno lo que puedan, según como se hayan portado”. Yo me había portado bien, así que no titubeé: “Yo quiero un auto a pedales. Y si no, un triciclo.” “Tienen muchos chicos para visitar y reservan regalos para los más pobres –terció mi papá que era pobre-; así que te van a dejar lo que puedan. Pero va a ser un regalo lindo, ya vas a ver. Cuando te despiertes, mañana, vas a tener en los zapatos un regalo lindo”.

Y volvimos, por las mismas calles y con la misma luna. Comimos y me acosté; boca arriba y con los ojos abiertos, como para no dormirme. Mamá y papá se sentaron a un lado y otro de la cama. Me hicieron algún chiste, me acariciaron la cabeza. “Dormí, pichón, que ya es tarde y deben venir demorados; dormí y soñá con los angelitos. Los Reyes van a pasar.”

Y pasaron. Apenas despuntaba el sol cuando pegué el salto de la cama y corrí hasta los zapatos. No me acuerdo qué había en el paquete grandote y vistoso; tal vez una carretilla de madera, tal vez un camión con la cabina de caucho y la jaula de madera también. Son dos juguetes que recuerdo que tuve. Auto a pedales, no; triciclo, uno usado que me habían traído de la casa de un primo bastante más grande. Pero de lo que así me acuerdo, es de los dos chocolates gigantes que acompañaban el paquete. No era común. Golosinas veía muy de vez en cuando, por lo general aportadas por mi tía Elba que vivía a dos cuadras. Y muy de vez en cuando, algún chocolatín blanco que me compraba papá en el mismo kiosco donde le reservaban su billete de lotería. Pero chocolates, chocolates, aireados y con cereal, como los de esa mañana, nunca. Por eso quizá no recuerdo el juguete. Por eso comprendí que los Reyes  eran Magos, aunque no resistiera para ver, por mucho que lo quise y por mucho que la luna alumbrara, de qué manera se afinaban los camellos hasta pasar por el ojo de la cerradura.

 

(Publicado en Facebook el lunes 5 de enero de 2015, a la hora 08,25)

El campito de Ghirardi

Eduardo Tortorella

No había celulares con camarita para selfiarse -tampoco había celulares ni telediscado, aunque los viejos y pesados teléfonos negros de la Unión Telefónica ya le habían dado paso a los más livianos y grises de la moderna Entel-. Con esto quiero decir que no hay registro fotográfico, aun cuando alguna Kodak o alguna Polaroid se viera cada tanto por allí.

El equipo, llamémosle base, iba con Carlitos Mansilla; Jalil y yo; el Pocho De Vega, Cachín Baro y Alfredito Meoni; Pepín Bracco, Omar De Lázari, Marito Turano, el Coco Nedaf y Roberto Lacarbonaro. Con Pepín, que llegó a probarse en La Candela, teníamos algo en común y algo que nos distanciaba: éramos los dos más chicos; él era bueno.

El líder y capitán emérito era Alfredito Meoni por tres razones convergentes: sabía persuadir, tenía pelota de cuero número cinco y vivía enfrente del campito, sobre Orellanos. Pero el símbolo de aquella formación histórica fue, sin dudas, Marito Turano: iba al Nacional, usaba Lee hasta de entrecasa, también tenía una cinco de cuero y vivía enfrente del campito, sobre la transversal, se vestía de jugador de en serio como casi todos los de ahora y corría, corría, corría como un Di María precursor, aunque nunca supiera demasiado para qué ni hacia dónde.

Yo me sentía orgulloso de pertenecer al Equipo de Ghirardi. El nombre lo heredamos del campito y el campito lo heredó de la metalúrgica contigua, por más que nunca nos tirara un mango. Tampoco fueron tantas las veces que pudimos armar ese once ideal. Las edades desparejas, las procedencias de barrios distintos, el colegio o las novias y alguna que otra visicitud nos emparentó con la mítica Máquina de River, a la que ocho partidos le bastaron promediando los '40 para marcar la historia. Ojo que no estoy comparando calidades ni trascendencia, apenas circunstancias. Además, ni las comparaciones son buenas -sobre todo las diacrónicas- ni La Máquina necesita que le engordemos el prestigio.

Todo esto sucedió antes del '74 y en varias barriadas quedará algún eco y la bronca contenida y añeja de saber que los de Ghirardi, completos, eran poco menos que invencibles.

Me acuerdo ahora, y al margen de que otras veces escribí sobre este asunto, porque desde la vereda alta de Ataliva Roca, mate en mano y manguera pronta para lavar el 4L, miraba mi tío, Eduardo Tortorella, que se acaba de morir. Él me llevaba a la cancha de chico para que lo viera jugar a Taqueta y tal vez soñaba, entre choripanes y manises, con que un día el sobrino burro al que miraba soplar en el campito se calzara la celeste  de Defensa, el mismo club modesto del sur de Junín con el que había contribuido cuando pibe para que ascendiera a la primera división de la Liga Deportiva del Oeste.

 

(Publicado en Facebook el martes 22 de julio de 2014, a la hora 17,07)

La revolución pendiente

 1.

 

            Todos los días son uno en determinadas ocasiones. Y ese día puede ser cualquiera; hoy, por ejemplo, que es 9 de febrero de 2008 y amaneció lluvioso. Aquí, claro. No sé en Kinshasa o en Teherán. En cambio sé que sucedió un milagro en el estado de Tennessee y que un joven universitario llamado Eliecer Ávila rompió con una larga costumbre cubana de callar frente a los abusos del poder. Ocurre que la ventana por donde miro es amplia y se ve lejos, aunque también es arbitraria.

             Cuando llegué no había mucha gente. Con cierta comodidad me desplacé por las callejas más próximas hasta que, orillando el mediodía, el flujo se puso intenso y me costó continuar. Igual terminé mi cortado antes de plegar el cuerpo con el que iniciaría mi aventura y saliera para mi casa. Lo demás fue tomar la decisión. Habría que empezar ahora, o a más tardar por la noche, porque mañana el mundo será otro y, aunque contiguo y hasta consecuente, cambiará sus estructuras.

            El problema no es de contenido, sino de dirección. Podría ser unívoca y progresiva, pero carecería de sorpresa y me pondría bajo riesgo de copia. Multívoca la cuestión se complica; yo no tengo demasiada experiencia y largarme para navegar al garete parece un desatino. Ni el puro fluir ni el formato rompecabezas me atraen, así que las posibilidades se achican, amén de tener que lidiar con el talento. Eso sí, resolví lo del tiempo, que es lo que traía plegado y sujeto desde que salí del café, y la acción, que quedará librada a una dosis necesaria de memoria y de fortuna. A mí me conformaría que, con sólo zambullirme por cualquiera de las ventanas que se multiplican a partir de la mayor, una corriente líquida me sirviera como vehículo. Líquida, sin embargo, no debería significar material. El recorrido será bivalente, del centro a la periferia y de la periferia al centro; cubriendo, por supuesto, adyacencias y estaciones al paso. Pero lo que no debería perder de vista a lo largo del                                                                                                                                                         trayecto es el valor de conjunto, porque entonces, si ocurre, cambiará el sujeto y el proyecto naufragará.

            Por un momento tuve la sensación de estar metiéndome en una especie de selva de la que, después de ingresado, no sería tan fácil regresar. Pero ya estaba allí, a un paso nada menos, a una mera decisión que tomaba o dejaba; y la tomé.

 

 

 2.

 

            Dije que el día puede ser cualquiera y recordé: Si marco un punto sobre la mesa / el contenido de toda la mesa / cabe en ese único punto / porque todo le será referido / Si pongo un hombre sobre el mundo / el contenido de todo el mundo / cabe en ese único hombre...

            El poema sigue, pero, a los fines y  efectos que persigo, su utilidad, por ahora, concluye aquí. Antes que experimentar con otro lo haría conmigo, y resultó que: yo soy ese punto, yo soy ese hombre, yo puedo contener el mundo porque dispongo de la mesa. Todos los días, y justo del lado de la ventana.

 

  

3.

 

            A las once de la mañana del martes 5 de febrero, ya habían votado casi todos los electores en el condado de Middlesex, Nueva Jersey, donde fui a observar la marcha de las primarias para las candidaturas presidenciales de los Estados Unidos. La mayoría lo hizo temprano, antes de ir al trabajo o a las clases, o de abrir los negocios. La política sólo detiene la vida de los políticos. Diferente que el fútbol. Noventa y siete millones y medio de norteamericanos se paralizaron el domingo con el Super Bowl. Podrá objetarse que se trató de un domingo y que, por lo tanto, no afectó el funcionamiento del Estado. Pero es que tampoco se habló del Estado antes, sino apenas de la vida de los políticos. Que a veces son el Estado, como se ve en la foto de Chávez con Benedetti. Aunque el tema no viene al caso, porque el nombre Middlesex, donde digo que estuve, me suena a sexo por la mitad y es esa cuestión la que interesa; o, al menos, la que aparece con insistencia en cada una de las ventanas por abrir.

 

 

4.

  

            Hace ciento diez años, el 13 de enero de 1898, el escritor Emile Zola publicó el texto “Yo acuso”, en L´Aurore.  Pensó publicarlo como folleto, pero luego supuso que tendría mayor resonancia en un periódico. “Desde entonces –escribió- ese periódico se convirtió en mi refugio, en la tribuna de la libertad y de la verdad, donde podía decir todo”.

            Y algo tenía Zola para decir, incluso acerca del sexo. Por eso, tal vez, cuando conocí el “Manifiesto” del chileno Pedro Lemebel lo asocié enseguida  con el “Yo acuso” del francés Zola, aunque ambos textos dataran de fechas bien distintas y se escribieran por motivaciones bien diferentes; más próximo aquél a mi edad y mis razones, más próximo éste a mi inquietud y mis ideas.

            De cualquier manera, el sexo y la política siempre arrimaron sus límites hasta confundirlos peligrosamente; es una cuestión de fondo que tiene que ver con la búsqueda y el ejercicio del poder. A mí, por ejemplo, me perturbó Naná y, acaso por eso, remarco las coincidencias que me emparienten con su autor. Nací un 13 de enero, a más de medio siglo del “Yo acuso”, pero en medio de algunas turbulencias que podrían recrear las circunstancias. La historia sucede dos veces, aprendí después,  la primera como tragedia; la segunda, como farsa. Y el tiempo es irreversible. Fui yo quien llegó después, de ahí la inevitable parábola.

También llegué por la aurora. Hijo único de un matrimonio mal avenido, crecí entre el descuido y la sobreprotección. De corriente desinformado, a no ser por los recortes sonoros que tomaba de una radio siempre encendida y que armaba, después, con desaconsejable ingenuidad. Llegué, por esa vía, a temer de todo. En cada activista de los meneados ´60 creí ver un guerrillero terrorista y huí durante años del sexo después de una perturbadora iniciación.

Será, por lo pronto, una consecuencia o un acto reflejo de la mente que, parado en una esquina de Middlesex, a una edad que me vincula de manera inexcusable con la generación dirigente, me pregunte, con la misma ingenuidad y parecida desinformación, si no dejé yo también mi sexo por la mitad, enterrado en alguna depresión del trayecto, junto a mi otra mitad caracterizada por el desapego político.

  

 

5.

 

            Me da vergüenza ajena ver a las edecanas militares de la señora Presidenta soportando el plantón en los actos de la Casa Rosada, a cuyos asistentes varones debe resultarles incómodo ocupar un asiento mientras esas damas permanecen de pie. Sin embargo, así parece darse ahora el juego de los sexos. Es un problema de conceptos que el género femenino sostendrá a rajatablas, principalmente desde las vanguardias que gobiernan de las que las edecanas forman parte. No es mucho lo que aporta el lector Baeza, sólo que se trata de profesionales universitarias que deben resignar el ejercicio de su vocación para desempeñar tal ayudantía de campo. Con todo, a los efectos de instalar la inquietud resulta suficiente. Me pregunto si no se trata de una discriminación por motivo de género en perjuicio de oficiales varones que, perteneciendo  al cuerpo de combate, podrían cumplir perfectamente la función. Es decir, esto se lo preguntaba el lector Baeza. ¡Cómo han cambiado las cosas! ¿Para mejor? Y... depende, como dice la lectora Kelly. El precio de la leche, por ejemplo, no se justifica con el producto ni con el servicio recibidos. Y éste también es un problema de géneros. Hace ya muchos años, tuvimos reparto de leche a domicilio. Solamente se dejaba la botella y una nota si se deseaba manteca o yogur. Por supuesto que también el dinero. El lechero y sus ayudantes los recogían y dejaban la mercadería. Hoy, en cambio, las amas de casa son changadores y deben ir a servirse. Por culpa de la bromatología. ¡Ay, qué dice lectora Kelly! ¿Qué le han puesto a la leche que si se corta la cadena de frío aparece el síndrome urémico hemolítico? A mí se me cortó cuando tuve, como contaba, mi primera experiencia sexual. Hace unos años no había heladeras ni conservadoras, solamente una barra de hielo envuelta en papel de diario. Yo acabé viéndome como una barra de hielo envuelto en aquella sábana. La leche traía un tapón de crema y si se cortaba se consumía como yogur. Hoy viene un agüita, ya que los subproductos los venden por separado. Ya no me acuerdo si ella se enteró. Y los laboratorios, chochos. ¡A los lácteos le incorporan vitaminas! ¿Para qué? Me asombro con la lectora Kelly y me pregunto lo mismo, aun cuando aquella vez las hubiera necesitado. A los chicos de campo no les falta color en las mejillas. ¡La salud les salta por todos lados! Claro, como la leche. Y la leche la toman como los terneros, al pie de la vaca. ¿No eran mejores los tiempos aquellos? ¡Con seguridad absoluta!

            El asunto   es que yo no había sido un chico de campo y allí radicaría mi problema, se me ocurrió.

 

 

6.

 

            Con respecto a la nota publicada ayer en La Nación, es muy importante este adelanto en la comprensión del poder curativo del arte que han hecho los médicos argentinos. Ahí debe estar la clave. Muchas veces se privilegia la repetición de ejercicios aislados en las sesiones foniátricas en vez de incorporar la plástica como ayuda en los tratamientos. Eso mismo intentaba yo, con mi prima abajo como ya contaré; pero no tanto por interés foniátrico, porque ella jadear jadeaba bastante bien. Mucho tiempo y gasto de energía y dinero se evitaría si privilegiáramos la creación de procedimientos fonoaudiológicos estructurales que incorporaran la imagen como un aspecto fundamental para mejorar. La prima y yo apenas disponíamos de las imágenes de las revistas que yo usaba para taparme, pero entonces desconocíamos su valor.

            Como siempre, el problema termina siendo una cuestión de precios. Algunas naciones han respondido de modo dispar a estos altos precios. Entre ellas, una decena introdujo controles o bien restricciones arancelarias, similares a las de nuestro país, aunque en medida comparativamente muy limitada. Yo me quedé mirándola. ¿Los precios o la medida a introducir configuraban el problema? Ella pareció relajarse, pero yo no. Contrariamente, la Unión Europea decidió eliminar de manera temporal las tarifas de importación. ¿Nos habríamos dado cuenta? No entiendo por qué las obras sociales y las prepagas prefieren largos y tediosos tratamientos, que a su vez son más onerosos, en vez de innovar, aplicando lo que nuestros profesionales van encontrando como útil en la curación y la docencia.

 

 

 

 

 

7.

 

 

            Los acontecimientos bursátiles y su probable impacto económico están despertando sentimientos proteccionistas  que tienen su correlato en Ginebra, en el seno de la Ronda Doha, donde pugnan dos corrientes. ¿Qué proteger?

            Hace pocos días, en Córdoba y San Martín, un sujeto se me abalanzó para robarme. Me arrancó el reloj mientras me decía que me iba a pegar un tiro. Salió corriendo, se subió a una moto  en la que había otro sujeto y huyeron. Una persona que pasaba me dijo “en la esquina siempre hay un policía, por qué no le avisás para que esté atento”. Pensé en la Ronda Doha. No sólo no estaba en la esquina, sino que por Córdoba, hasta la 9 de Julio, no había ninguno. Territorio liberado, añadí al pensamiento original. Eran alrededor de las siete de la tarde. No debería ser un gran sacrificio para las naciones ricas una cesión en materia agrícola cuando los altos precios mundiales les aseguran la protección que buscan. No sé. Con un mínimo esfuerzo podrían avanzar en este temita, que parece que está de moda en la ciudad.

            Y no se equivoca Sergio López. En el complejo contexto descripto, sí sabemos en todo caso que un importante grupo de naciones exportadoras agrícolas; sean Australia, los Estados Unidos, Canadá, Nueva Zelanda, Chile, Uruguay o Brasil; está aceitando sus mecanismos para no perder la oportunidad de aportar crecimiento y bienestar a los suyos. ¿Por qué aquí no?

            Me parece fantástica la idea de tener un tren bala en nuestro país; pero, como digo, fantástica... Porque me parece una fantasía hablar de un tren bala cuando no podemos operar un tren común, cuando se siguen cruzando las barreras cerradas –no sólo las aduaneras-, cuando hay barreras que no abren y otras que no cierran, cuando se roban los cables de las señales o desvíos, cuando para hacer un túnel necesitamos meses. Salvo que contemos con el auxilio de los boqueteros. ¿Alguien pensó en los precios? ¿No será algo prematuro un proyecto tan moderno en un país que está tratando de posicionarse en vías de desarrollo? Creo, como el ingeniero Bohlmann, que estamos más cerca de la carreta que de un tren bala. Pero también creo que el desarrollo de las naciones suele ser como el desarrollo de las personas, por ahí ocurre de golpe. Pum, se da; como se me dio con las primas. ¿Qué podíamos saber si alcanzábamos o no la edad del desarrollo cuando nadie, nunca, nos hablaba de eso.

 

 

8.

 

            En París, en 1895, Teodor Herzl, según cuenta en sus memorias Stefan Zweig, “había asistido en calidad de corresponsal a la degradación pública de Alfred Dreyfus, había visto arrancar las charreteras a un hombre pálido que exclamaba ´soy inocente´. Y en aquel mismo instante se había convencido, en lo más hondo de su conciencia, de que Dreyfus era inocente y de que sólo era acusado por ser judío”. El caso me impresionó desde que tuve conocimiento de él y más cuando, de grande, conocí también el texto completo de Zola, que termina señalando que se pone a disposición de la justicia si su denuncia es considerada difamación.

            “Miente, miente que algo siempre queda”. No sé por qué, el testimonio de Herzl y la encendida defensa de Zola me llevan a la infancia.

            En junio de 1966 me faltaba más de medio año todavía para cumplir los diez. Mis primas, veteranas de diez y once bien cumplidos, me habían motivado durante el verano anterior para que esperara con ansiedad la llegada de la edad de los dos numeritos, una especie de certificado de adultez que abriría las puertas al mundo verdadero. Yo, menor y obediente de sus mandatos, ya les había metido el dedo por debajo de sus bombachas, dedo que olía después para que se me parara el pito. Ellas disfrutaban de su poder. Nunca pasó de un juego, pero cumplieron con seriedad sus roles de maestras y los meses que siguieron, hasta el verano siguiente, se estiraron demasiado, entre una escuela que detestaba y las continuas bronquitis.

            Una de las dos me gustaba, pero vivía en otra ciudad, bastante alejada de la mía; por eso la veía únicamente durante los veranos, cuando nos reencontrábamos los tres por un espacio de cincuenta días, incluso con otro primo, un año menor que yo. A él también habían querido amaestrarlo, pero prefería las series de la tele y, por lo general, se mantenía al margen. Todavía es chico, nos envanecíamos; y yo disfrutaba de mi pequeño harén que me provocaba unas cosquillas distintas que aquéllas en las axilas o en las plantas de los pies con las que me fastidiaban los adultos. Los cuatro cumplíamos años para la misma época y esa coincidencia fue razón suficiente para que el mosaico de aprendizaje evolucionara sujeto a método. Así ocurrió, entre fiesta y fiesta. En esa bisagra maravillosa de los nueve años, algunas cosas sucedieron que habrían de marcarme y otras dejaron de suceder, acaso para siempre.

 

 

 

9.

 

 

            Cuando en la mañana del 28 los esbirros de Onganía empujaban hasta la calle al presidente Illia, yo estaba sentado en el sillón de la peluquería y Ángelo, un ex combatiente de la Segunda Guerra, se puso nervioso al escuchar la noticia por radio. En eso, el ruido de dos aviones rompió con el silencio helado de la ciudad y Ángelo salió a la calle y quedó paralizado, fijos los ojos en el cielo. Yo empecé a incomodarme en el sillón. Cuando volvió, un par de clientes más esperaban su turno y noté que al peluquero le temblaba la tijera. Otra vez tenemos revolución, le dijo uno como si dijera parece que va a llover. Ángelo no le contestó y los clientes se pusieron a comentar entre ellos. A mí me pareció que la frente de Ángelo transpiraba, aunque recordé la escarcha que había pisado cuando atravesé la placita y el sudor me resultaba inverosímil. Eso sí, no pude volver a cerrar los ojos, como hacía cada vez que me cortaba el flequillo. Por el rabillo miraba la tijera en su venir vacilante y tuve la sensación de que se incrustaría   y me los vaciaría. Traté de protegerme con un ligero movimiento de cabeza que sorprendió al peluquero y una punta me rozó la sien, provocando la inmediata gotita de sangre. “¡Ma, Dío!”, se quejó Ángelo que nunca había cortado a nadie. Yo no me asusté. No podía asustarme cuando me faltaban pocos meses para entrar a la edad de los dos numeritos y ya me había ganado el derecho a humedecerme los dedos entre las piernas de mis primas. Pero una extraña aprehensión modificó mi comportamiento. Desde aquella mañana aprendí a mirar por el rabillo del ojo y fui construyendo la teoría, nunca formulada, de que una realidad paralela sucede por los costados, de manera casi imperceptible.

            Cuando volví a mi casa, mamá, apolítica pero ultraconservadora, me dijo que había revolución y que mejor que no fuera a la escuela. En su memoria rebotaban, seguro, las bombas sobre la Plaza de Mayo y los tanques avanzando desde el oeste con dirección al Bajo. Yo le dije que sí, que lo había escuchado en la peluquería y que Ángelo me cortó con la tijera. Le mostré el puntito en la sien y mamá se largó a llorar.

 

 

10.

 

            Otro aspecto en el actual debate acerca del negacionismo. ¿Se puede considerar una opinión negar el Holocausto? ¿No es más bien una conducta justificativa del delito? ¿No se trata de un arma de la ideología nazi? Zola, que murió asfixiado con una estufa –una muerte bajo sospecha-, había recibido numerosas amenazas. Su fallecimiento nunca fue aclarado del todo.  En cualquier caso, este escritor  fue un ejemplo de compromiso intelectual consciente y responsable. Zola estaba menos preocupado por la venta de libros y por el aplauso que por el despertar de conciencias. Daba valor y significado a la palabra, con lo que impedía la derrota del pensamiento. Abrió  en su tiempo una brecha de prejuicios.

            Es ahora que pienso en el comportamiento de Ángelo y su mutismo elocuente. Desde aquel episodio, me costó mantener la vista fija ante cualquier elemento punzante. Recuerdo, por ejemplo, la sensación de horror que sentía, ya grande, cuando viajaba para una empresa de vinos y debía enfrentarme en la ruta con alguna trilladora con sus dientes desplegados. Ni qué decir de los que apuntan con el dedo cuando hablan o de los que se aproximan demasiado para conversar, casi hasta invadirnos con la nariz. Nunca supe qué pensaría mi peluquero sobre Hitler o Mussolini, a quienes sin dudas habría servido. Tampoco de eso se hablaba entonces, en mi familia al menos. Sólo mi abuela materna tenía cada tanto algún recuerdo para Giusseppe Garibaldi y un estribillo en cocoliche que mencionaba al Brigante Mussolini, cuyo contenido no alcanzaba a comprender. También mi padrino; firme, paciente y cauto; que me sondeaba como al pasar si en la escuela me habían enseñado qué era ser masón. Por supuesto que no me lo habían enseñado, aunque de la Logia Lautaro los manuales  escolares, y revistas como Billiken o Anteojito, hablaban todos los agostos desde que tuve memoria.

            A mí la palabra masón me sonaba raro y la relacionaba con el significado de la palabra degenerado, que mi papá utilizaba con frecuencia para advertirme sobre los homosexuales; más precisamente, sobre el único que en aquellos días circulaba por la ciudad.

            En cambio la palabra revolución era una palabra conocida; común, diría, en el repertorio de la infancia; y no gozaba en casa de ninguna reputación. La revolución la hacían los militares, que sacaban los soldaditos a la calle para tomar el gobierno y recuperar el orden, dejándolos expuestos a que los mataran. Los soldaditos no eran militares, eran muchachos que hacían la colimba si no les tocaba número bajo o si no tenían algún pariente o amigo con influencias que los salvara. Yo no distinguía bien entre la palabra influencias y la palabra ínfulas, porque mi papá  decía tener de las primeras y que me quedara tranquilo, pero mi mamá decía que lo que tenía mi papá eran ínfulas y ella vivía atormentada por lo que fuera a pasarme cuando creciera. Yo no quería hacer el servicio militar que, de todos modos, veía demasiado lejano: debería vivir el doble de lo que llevaba vivido para preocuparme por eso y ahora tenía cuestiones más urgentes.

  

 

11.

 

            Detrás de Zola había un periódico impreso y, además, trescientos mil compradores, cada uno de ellos portador de una voz y una conciencia. Y ellos hablaron en los hogares, las fábricas, las tabernas, contribuyeron a pensar y a cambiar una injusta situación. La palabra debe buscar la verdad, pero nada dice si no encuentra ese que la escucha. También este enero fue el aniversario de esos lectores del “Yo acuso”. Esos lectores comprometidos dieron los primeros pasos de la modernidad.

            Ni Illia ni Lemebel ni yo tuvimos la misma suerte que Dreyfus. No hubo un Zola detrás de nosotros ni un periódico con trescientos mil lectores. Y si el primero tuvo periódicos y tuvo lectores detrás por el cargo que ocupó, no le sirvieron para salvarse, sino para acelerar su caída. De Lemebel no supe hasta hace poco. Y de mí, trataré de seguir la evolución desde aquella bisagra de los nueve años, como empecé a contar.

            Papá tenía sus amigos influyentes, decía. Lo conocía media ciudad y se había salvado de la colimba porque de chico se quebró la clavícula. Una hermana suya, además, mi madrina, era novia de un Mayor que cortaba el bacalao. Yo nunca conocí al Mayor, aun cuando visitaba a mi tía casi todos los días. Está en destino, justificaban mis abuelos, a lo que papá añadía que era un tipo importante.

            Papá no sólo no hizo el servicio militar, otras cosas tampoco hizo. Mamá decía que era un vago y un charlatán y, en los picos de tensión, solía caer redonda por el asma y por los nervios. Entonces nos socorría otro Ángelo, el médico, que había sido diputado y que la revolución devolvió a la ciudad para alegría de mamá.

            Yo no tuve hermanos ni fui lo que se dice sociable, así que viví desde chico las alternativas de los adultos y, entre ellas, los alcances de la palabra revolución. Mis compañeros de grado se asombraron y se rieron cuando les conté por qué no fui a la escuela el 28 de junio. Y qué tiene, decían y se miraban; y alguno hasta me dijo maricón. Yo optaba por callarme en tales situaciones; además, nunca me pesó demasiado faltar a la escuela, cuyos fines y mecanismos sigo sin comprender. Al contrario, disfrutaba quedándome en casa; y si la revolución servía para eso, bienvenida la revolución.

 

 

12.

 

            El Poder Ejecutivo Nacional y la Comisión de Legislación de la Cámara de Diputados, al tratar un proyecto de modificaciones de la ley del nombre, han interpretado que llevar sólo el apellido del padre, y no también el de la madre, implica una discriminación en contra de la mujer y forma parte de un discurso machista y peyorativo. Y que esta opción vigente violenta los compromisos internacionales asumidos por el país en materia de no discriminación.

            En primer lugar, pareciera que olvidan que, de acuerdo con la ley del nombre vigente, es facultativo para los padres inscribir a sus hijos con uno o con ambos apellidos, si así les place. Pero además el hijo, una vez cumplidos los 18 años, puede pedir que se agregue a su apellido compuesto el del padre o de la madre. En segundo lugar, parecen ignorar que hay países que siguen la línea materna, y no paterna, en materia de apellidos, y los padres no se sienten por ello discriminados. Pero lo que realmente asombra es que los autores del proyecto hayan decidido que será obligatorio el uso del doble apellido, no ya facultativo como es hoy, sino obligatorio.

            En esto parece concentrarse la revolución con la que sueña la izquierda nacionalista, la misma que rebela a Lemebel y que, aun con su doble apellido, ostenta sólo el materno: Nacionalista, supone, le sienta mejor que izquierda. A mí el asunto nunca me desveló, aunque la relación con la familia paterna, cuyo apellido llevo, fue traumática y distante. Ni me desvelaron las revoluciones, acaso por repetidas.

            Supe, con todo, que había revoluciones mejores o peores. Ésta no se sabía, porque Illia era radical y en mi familia presumían de radicales. Es más, Ramón Laurete, un primo de mi abuelo que tampoco conocí, pero del que me llegaron sobradas anécdotas de guapeza, había sido guardaespaldas no sé de quién en los tiempos de Yrigoyen y ése era un blasón que nos confirmaba como radicales. Claro que el Illia éste verdaderamente era una tortuga; y a lo mejor con la morsa no nos iría tan mal. Algunos decían que llegaba con ideas filoperonistas, cosa que aprendí mucho después, y por ahí, quién no dice, se acomodaba el pastel. A Perón, al final, hace más de diez años que lo sacaron y qué hicieron los que vinieron. Nada  hicieron. La Libertadora había sido una revolución de las mejores, porque había terminado con una tiranía que clausuró la despensa de un tío mío, cuñado de mi mamá, que había envuelto un kilo de papas en un diario con la foto de Evita. Había que tener pelotas, como tuvieron Lonardi y el Almirante. Pero después se agarraron entre ellos y ahora andá a saber. El problema son los pibes que matan, que si no; acá hace falta un poco de orden. Igual que con Frondizi; tanto joder con el desarrolio y después qué hizo, nada hizo. Y ganó por los votos que le mandó Perón. Mi papá lo había votado y salió del ferrocarril cuando la huelga del ´61. Si ya no se podía más. Con la indemnización nos compramos un camión con el tío y ya vas a ver cómo salimos adelante. La cagada fue que enseguida vino Illia. Mi papá también lo votó, pero al final resultó ser un viejo pelotudo. Cada vez hay más impuestos en este país. Dentro de poco van a golpear y te van a decir: ¿tenés perro?, pagá un impuesto porque tenés un perro; ¿no tenés perro?, pagá impuesto porque no tenés un perro. ¿O no? Con el camión éramos patrones nosotros y nadie nos iba a andar diciendo lo que teníamos que hacer. Pero ahí tenés vos; vino Illia. ¿Para qué carajo lo habremos votado, digo yo; no ves que se le ve en la cara que es un viejo infeliz?

 

 

13.

 

            Si bien es natural que el Estado legisle sobre el nombre, no debemos olvidar que no hay nada más personal que el propio nombre, y por ello resulta una intromisión excesiva en el ámbito de decisión familiar no permitirles a los esposos y padres optar por una forma u otra, indicándoles paternalmente qué es lo que deben hacer en la conformación de su propio apellido.

            En síntesis, resulta contradictorio que quienes quieren proteger a la mujer la traten de minusválida y pretendan decirle hasta cómo se tiene que apellidar, diciendo con magnífica soberbia legislativa –tanto el Ejecutivo que mandó el proyecto, como la Cámara de Diputados que lo trató- que no puede usar el de ni aunque le parezca un acto de amor, una atención a su esposo o un honor para ella misma. Tampoco se les permitirá a los padres decidir que sus hijos se inscriban con un solo apellido, sino que quienes saben más que ellos lo que les conviene a las familias argentinas han decidido que tendrán, por lo menos, un doble apellido.

            Yo nunca tuve doble apellido y mi mamá usó el de hasta muchos años después de separados, por lo menos hasta que yo terminé la escuela. Y no lo hizo por ninguna de las razones apuntadas, lo hizo por costumbre o por vergüenza o por una extraña mezcla de las dos cosas; porque ella terminó odiando, y con razón, a mi papá y ese odio se trasladaba al apellido.

            Como te decía, yo lo hubiera votado a Aramburu. Pero acá lo llevaba de intendente a ese culopuntudo de Lorenzo, que es un piojo resucitado. Se daba dique con eso de la Udelpa y ya se veía en la Municipalidad, pero al final sacaron cuatro votos. Si no fuera por Lorenzo, lo votaba; ¿o no, Flaco? Si al final fue el único que se le animó al peronismo. Él y el almirante Rojas, porque Lonardi resultó ser un blando de mierda. Gracias a ellos no tuvimos al peronismo de nuevo y meta palos, nomás. Aunque no sé qué hubiera sido mejor. Porque digan lo que digan, si vos no te metías con ellos no pasaba nada, y se vivía mejor. Yo ni siquiera me tuve que afiliar para entrar al ferrocarril. ¿Cómo es, Flaco? Con Perón comíamos lechón, / con Frondizi comíamos cuises, / y ahora, con Illia-Perette, / comemos sorete. Es así, Flaco, qué querés que te diga.

  

 

14.

 

            El Flaco, peronista de la primera hora, había sido compañero de Lorenzo Pepe cuando trabajaba en Buenos Aires y era el padre de una de las primas, la que vivía acá, que no se dejaba meter la mano por debajo de la bombacha si no estaba la mayor. A mí me gustaba menos ésta que la otra, pero me calentaba igual; así que buscaba la manera de mantenerme cerca. Y al padre le gustaba escuchar aquello de con Perón comíamos lechón, aunque a mi prima y a mí no nos dejaban pronunciar la palabra porque estaba prohibida y si pasaba la policía nos metería en cana.

            Una tarde, ya próxima al verano, mi prima y yo tratábamos infructuosamente de armar una pileta en la vereda de tierra de su casa. Contábamos para la ocasión con los ladrillos que en una estiba aguardaban la llegada de los albañiles. La intención era bañarnos esa siesta para combatir el calor. Así fue que montamos cuatro o cinco filas, en un perímetro que iba de árbol a árbol y del cordón a la pared y, cuando lo creímos suficiente, desenrollamos la manguera y abrimos la canilla. El agua, por supuesto, no se contuvo. Filtrándose por cada una de las hendijas que quedaba entre ladrillo y ladrillo, no tardó en convertir la vereda en un lodazal. Quizá por los nervios, o por la ansiedad, nos pusimos a cantar la marchita mientras buscábamos desesperadamente la manera de reparar el desastre. Mi tía escuchó, se asomó y le avisó al Flaco, que se levantó de la siesta hecho una furia, nos pegó a cada uno una patada en el culo y nos mandó para adentro. Aburridos y agobiados por el calor, ese día mi prima de acá se dejó tocar un poquito y hasta sacó mi pito parado por debajo del calzoncillo y dejó que lo apoyara sobre el culo de ella, aunque los dos nos hacíamos los desentendidos mientras ojeábamos unas revistas en la cama chica y esperábamos que se hiciera la hora para que nos llevaran a pescar.

 

 

15.

 

            Un hombre de nacionalidad uruguaya fue detenido ayer por la Policía Federal en el partido bonaerense de Ezeiza, como sospechoso de haber violado unas diez mujeres en los barrios de Mataderos y Villa Lugano. Se trata de una persona que los investigadores apodaron el sátiro de la bicicleta, porque se desplazaba en una bicicleta playera negra, amenazaba con un cuchillo  a sus víctimas, de entre 15 y 20 años, y las obligaba a dirigirse a un descampado donde las violaba. Anoche la Policía Federal difundió un comunicado que solicitaba a las mujeres que pudieran haber sido víctimas del detenido, se comunicaran a la Unidad Fiscal de Investigación de Delitos contra la Integridad Sexual, Trata de Personas y Prostitución Infantil. Y daba un teléfono.

            Una unidad semejante, con tal denominación y tanta especificidad, no hubiera sido imaginable cuando transitaba los nueve. Sátiros, sin embargo, parece que había igual, porque una de mis primas mayores se quejaba de que al salir del trabajo le habían tocado el culo y otra le contó a su mamá que había dejado de ser virgen a la fuerza, con un noviecito que tenía y que después se rajó.

            El que a mí me preocupaba se llamaba Quiroga. Y era, como dije, el único homosexual conocido en la ciudad. Tené cuidado con el Negro Quiroga porque es bufarrón, me decía mi papá. Si lo ves, cruzate de vereda. Es un marcha atrás degenerado  que le gustan los pibes lindos como vos y los engatusa con caramelos para hacérsela tirar. Yo no entendía bien aquella jerga, pero bastaba que lo viera al Negro Quiroga para cruzar de vereda.

            Un día me gané un disco con un vale de las figuritas. Fui a buscarlo y me dieron un simple de los Beatles que tenía Obladí obladá. Para qué quería el disco si no tenía dónde pasarlo. Yo hubiera preferido una pelota o un anillo con el escudito de Boca, pero aunque intenté negociarlo con el encargado de la agencia, me tendría que conformar con el disco. De última me lo cambiaban por un trompo de madera con cordel, que ya había tenido y que nunca pude hacer funcionar. Me volví a mi casa con los Beatles.

            Mamá escuchaba Radio El Mundo y solía interrumpir las tareas cuando pasaban a D´Arienzo. O a Tita Merello, que le daba una dosis de entusiasmo con aquello de más vale pasar por gila / y ser viva de verdá. Papá silbaba yo sé que ahora vendrán caras extrañas / con sus mentiras de alivio sin tormento, mientras dejaba los recortes de barba flotando en la espuma de jabón, cuadro en el que yo creía ver el paradigma de virilidad que sólo alcanzaría cuando llegara a la etapa de los dos numeritos.

            Aunque nunca coincidían, esa vez se pusieron de acuerdo. Para qué diablos traer un disco de esos flequilludos que se la pasan yeah, yeah y que nos van a llevar a no sé qué desquicio de droga y degeneración. Ni siquiera importó que no tuviéramos donde escucharlos. Yo no sabía por qué, pero me despertaban cierta curiosidad, por más que íntimamente pensaba que si escuchaba a los Beatles por ahí terminaba como el Negro Quiroga. Dejé mi premio sobre la repisa y me fui con la Pulpito a jugar una cabeceada.

 

 

16.

 

            A mí la música nunca me interesó demasiado; y menos si no entendía la letra de la canción. Pero me había ganado un disco por el que varios compañeros de escuela se hubieran peleado y, en vez de cambiárselo a alguno por figuritas, enfilé para escucharlo a la casa de mi prima.

            Ella tenía dos hermanas con novios que ya bailaban. Y los padres tenían plata porque, con la indemnización del ferrocarril, en vez de comprarse un camión pusieron una despensa; y la gente comer tiene siempre que comer, qué carajo. Así que también tenían un Winco.

            No me fue, sin embargo, mejor que en mi casa. Mi tía quería, pero mi tío no. Dejalo al chico que es chiquito y no sabe, decía. Pero el Flaco dijo que los Beatles eran unos piojosos degenerados; y que si quería escuchar el tocadiscos, ahí tenía longplays de Los Chalchaleros, o de Troilo con Marino. Yo no sabía qué responder y mi prima lloraba; entonces, conciliador, nos ofreció que escucháramos Despeinada, de Palito Ortega, que era más para la juventud, o Decí por qué no querés / decí por qué no querés, que servía para que bailaran las primas más grandes y hasta para que el Flaco se gastara unas bromas con los novios que yo no alcanzaba a comprender.

            Después nos consoló con unas obleas y nos explicó que esos degenerados te meten el imperialismo en la cabeza, como quisieron hacer antes de que llegara Perón con los culosucios de los conservadores. Porque Justo fue una cosa y Ortiz más o menos, pero el junigramputa malparido de Castillo se entregó a Norteamérica y si no venía la Revolución del ´43 no sé qué pasaba. Y ustedes quieren escuchar a esos pitucos melenudos. Che, vieja, ponele a Los Chalchaleros. Y vos tirá a la mierda ese disco roñoso que yo te voy a regalar uno como la gente cuando te compren un tocadiscos.

            El tocadiscos a mi casa no llegó nunca. La culpa, ahora, la tenía Onganía, que vino para dar leña, nomás. Que un poco de leña hacía falta, ¿no?; porque si no, no se entiende. Pero que ahora se estaba cada vez peor.

            Así supe que Norteamérica era el imperialismo y que la Revolución del ´43 nos había salvado, porque de ahí salió Perón y los que no tenían nada, como nosotros, tuvieron una heladera y una cocinita a querosén; y hasta sidra y pan dulce para las fiestas y alguna colonia de vacaciones para que lleven a los pibes. En mi casa no había ni heladera ni sidra ni pan dulce ni colonia de vacaciones y la cocinita a querosén de repisa que teníamos, un ex patrón se la había regalado a mi papá. ¿Para qué iba a tirarla, no; si siempre puede hacerle falta a alguien?

            Yo lo escuchaba al Flaco y trataba de aprender. Parecía más sensato que mi papá y, además, trabajaba. No te dejés llenar la cabeza por lo que te dicen los giles, me decía. A tu tío le clausuraron la despensa porque fue un boludo; ¿qué le costaba mirar con qué diarios envolvía las papas? Pero bien que después lo llamaron de la Agencia y al final ahí está mejor, cobrando un sueldo seguro y no corriendo la liebre como un pelagatos. Igual que tu viejo. ¿O no entró tu viejo en el ferrocarril cuando estaba Perón? Decí que el pique le gustaba poco y la que cinchaba en tu casa era la zonza de tu mamá; que si no. ¿Pero qué le decís al chico? Nada le digo, la verdad. Que si el padre no hubiera jodido tanto con los radicales y con Ramón Laurete y le hubiera gustado un poco más el pique, yo lo hubiera hablado a Lorenzo Pepe y hoy hasta sería capataz. Pero él no creyó en la Revolución y ahí lo tenés, yirando con esa chata de mierda que le da más problemas que plata.

 

 

17.

 

            El problema no eran sólo la Revolución y los degenerados, sino, por lo visto, también el imperialismo. Crecer traería sus beneficios, pero con ellos venían las complicaciones. Cerca del cumpleaños, tenía una sarta de cuestiones de las que cuidarme: el Negro Quiroga, los Beatles, el imperialismo, el boludo de mi tío que envolvió las papas y el boludo de mi papá que no quería trabajar.

            La chatita vino después del camión y antes del Cordobazo y tuvo dos versiones: primero una Chevrolet ´27, con capota de lona, y después una Rugby 29, con volante a la derecha. Con ellas íbamos al campo a comprar lana, cerda, fierros y acumuladores viejos. Compra y Venta de Frutos del País, me decía mi papá que dijera en la escuela cuando me preguntaban cuál era su ocupación. Yo no sabía muy bien lo que quería decir, pero sonaba importante. Lo suficiente como para paliar en parte la vergüenza que me daba llevar los cuadernos forrados con papel de tienda y con las hojas que al contacto de la pluma entintada abrían abanicos de hilachas azules.

            Por esos tiempos aprendí un nuevo significado de la palabra revolución. Unos compañeros de grado me habían interesado en la colección de estampillas y, con un lote de repetidas que me regalaron para empezar, me dieron también las direcciones de varias Embajadas. Allí deberíamos pedir por correo sellos de los distintos países. Me asocié con dos más y empezamos la remisión. Tuvimos éxito con tres o cuatro, algunas no contestaron nunca y una nos devolvió el sobre cerrado, cruzado con dos bandas rojas y con una leyenda que decía: Rotas las relaciones. Cuando quise averiguar qué quería decir, una compañera, cuyo padre militaba en el comunismo, me contestó: Por una Cuba libre, ¡Viva la Revolución!

            Mamá me retó cuando lo conté en mi casa y no volví a pedir nada por correo; pero las frases Rotas las relaciones y Viva la Revolución me quedaron grabadas. No entendía el alcance de lo que pudieran significar, aunque el tono que mi ignorancia advertía no concordaba para nada con las revoluciones militares de acá.

 

 

 18.

 

            Inusual reclamo de libertad en Cuba. Un video que difundió ayer la BBC en su sitio web mostró a jóvenes estudiantes universitarios preguntándole al jefe del Parlamento, Ricardo Alarcón, por qué los cubanos tienen que pedir permiso para viajar al exterior, por qué se restringe el acceso a Internet y por qué se mantienen dos monedas en la isla.

            “¿Por qué el pueblo de Cuba no cuenta con la posibilidad viable de ir a hoteles o viajar a distintos lugares del mundo?”, preguntó Eliecer Ávila, uno de los doscientos estudiantes de la Universidad de Ciencias Informáticas que participaron del encuentro con Alarcón. “Ojalá pudiéramos viajar y ver el mundo real”, agregó Ávila, que lucía una remera estampada con el dibujo de una arroba, en una aparente protesta implícita por la imposibilidad de los cubanos de acceder a los correos electrónicos de Yahoo! y Gmail.

            El encuentro se realizó como parte de unas jornadas de reflexión convocadas por el presidente interino, Raúl Castro, que pidió a la población criticar el sistema político prevaleciente en el único país comunista del hemisferio, para lo que se organizaron debates en centros de trabajo, los barrios y en varios niveles.

            La solicitud de Castro se produjo cuando faltan pocos días para que la Asamblea Nacional de Cuba decida si lo consagra o no presidente del país caribeño en lugar de su hermano Fidel, lo que se definirá el 24 de este mes.

            Mientras tanto, una ola de críticas parece recorrer Cuba, que alcanza en algunos casos la salud y la educación, consideradas conquistas históricas por el régimen de la revolución castrista. Todo comenzó con un debate, vía correo electrónico, entre intelectuales enfurecidos por la aparición en la televisión estatal de varios ex censores de la década del ´70.

            Incluso hicieron sentir sus objeciones figuras prominentes del régimen, como el cantautor Silvio Rodríguez, que dijo que se le debería permitir a los cubanos viajar al exterior, y el ministro de Cultura, Abel Prieto, que se manifestó a favor de los casamientos entre homosexuales. Estos cuestionamientos dan cuenta de las mayores expectativas de la población de que Raúl impulse reformas que habían quedado postergadas durante el gobierno de Fidel.

 

 

 

19.

 

 

            Del caso cubano tampoco se hablaba en casa. Por retazos que hilvané con el tiempo, descubrí más tarde que se trataba de unos guerrilleros que adoctrinaban terroristas, según una nueva y extraña coincidencia de mis padres, o de unos caudillos patriotas que luchaban contra el imperialismo, según la versión del Flaco. Los nombres compuestos Fidel Castro y Che Guevara cobraron relativa habitualidad en las conversaciones familiares poco antes de la muerte de éste, y era común que se los asociara con otros nombres compuestos, como Felipe Varela o Chacho Peñaloza, que tampoco sabía  quiénes eran, pero que sonaban mucho más viejos en las letras de algunos folcloristas, casi tanto como Rosas o San Martín.

            En el verano del ´67 llegué, por fin, a la escala de los dos numeritos y empecé a vivir mi propia revolución.

            Cuando vino de vacaciones la prima que me gustaba, noté que le despuntaban las tetas, pero ya no dejó que le metiera la mano por debajo de la bombacha. Ése había sido un jueguito de niños, me decía, y ahora tenía un novio que le daba besos en la boca, aunque con él tampoco se dejaba tocar. Consecuente, mi otra prima tampoco se dejó.

            Esto empezaba a suceder justo cuando las cosquillas se volvían más urgentes y el pito se me paraba con periódica insistencia. Lo máximo que logré, durante aquel verano, fue que con la excusa de sacarme los barritos, la esperada viajera me acariciara el cuerpo, incluidas las piernas hasta el borde de mis calzoncillos anatómicos. También que, al hacerlo, me apoyara sus blandas tetitas sobre la cara y me pasara cada tanto un dedo con saliva sobre los barritos rebeldes que se irritaban al apretarlos.

            La sangre se me encendía; y por más que tratara de que no, el pito se me ponía cada vez más duro y me abultaba el pantalón corto y elastizado, abriendo un hueco por la manga que permitía que se me vieran los huevos. Mi prima sonreía y continuaba como si nada sucediera mientras yo me moría de calentura y de vergüenza.

            Una vez fue ella la que avanzó con la mano y me rozó con la uña. El pito me saltó como un resorte, pero mi prima hizo como si fuera un accidente, no me miró siquiera y siguió, laboriosa, barrito por barrito. Cuando se fue me dio un beso húmedo cerquita de los labios y yo corrí para el baño donde me encerré por primera vez.

            El juego se repitió casi todas las tardes para mi decepción adulta. ¿De qué me valía llegar a la escala de los dos numeritos si ahora, que necesitaba de esos toqueteos más que antes, me los empezaban a prohibir?

 

 

20.

 

            “Hay un exceso de prohibiciones que hacen más daño que beneficio”, reconoció el propio Raúl en diciembre pasado, ante el Parlamento cubano.

            El estudiante Ávila, nacido en Puerto Padre, un pueblo a unos setecientos kilómetros al este de La Habana, se autodefinió en el encuentro con Alarcón como “un revolucionario” y aclaró que sus planteamientos críticos estaban destinados a “conseguir más socialismo”.

            “No quiero morir sin visitar el lugar donde cayó el Che Guevara, allí en Bolivia”, dijo el joven al fundamentar su pedido de que se levanten las restricciones para viajar al exterior. Y seguidamente recordó que el héroe nacional cubano, José Martí, viajó fuera de Cuba, al igual que lo ha hecho Fidel Castro.

            El joven también cuestionó la imposibilidad para los cubanos de acceder a los hoteles, exclusivos para extranjeros, ubicados en el propio país caribeño. Los cubanos requieren de un permiso gubernamental para salir del país y sólo pueden acceder a los hoteles en el área de la playa para trabajar.

            El estudiante contó que a un obrero haitiano, que le preguntó sobre las famosas playas cubanas de Varadero  y el cabaret Tropicana, sólo le pudo responder: “No sé nada de esos lugares; ¡qué voy a saber yo de eso!”

            Alarcón, por su parte, recordó a los estudiantes las transformaciones sociales en Cuba desde 1959, cuando triunfó la revolución cubana, y subrayó que, con el contacto con el mundo real  del exterior del país, “nadie querría emigrar” a causa de las injusticias sociales. Y agregó que “en el mundo viajar cuesta muy caro”.

            “Yo no conocía Varadero tampoco; no conocía Tropicana. ¿Y saben por qué? Porque mi padre no tenía dinero para pagar por eso”, replicó Alarcón. “Sin embargo, pude llegar a la Universidad”.

            En ese sentido, Alarcón dijo que él votaría “con las dos manos porque todo el mundo viaje por todas partes”, pero añadió: “Estoy seguro de que va a disminuir a cero la cifra de los cubanos que sueñan con irse al Norte para vivir una vida feliz”.

            El estudiante cuestionó también el tema de las dos monedas que circulan en la isla. “¿Por qué el comercio interior de todo el país ha migrado al peso convertible a dólar, cuando nuestros obreros, nuestros trabajadores y nuestros campesinos cobran un salario en moneda nacional, que tiene veinticinco veces menos de poder adquisitivo? Un trabajador tiene que trabajar dos o tres días para poder comprar un cepillo de dientes”, dijo Ávila. Alarcón no tuvo respuesta.

 

 

21.

  

            Cuando no se encuentra lo que se espera por las vías directas hay que empezar a mirar para los costados. Lo confirmé cuando pasó el verano, mi prima viajera se volvió para su ciudad y yo empecé a girar la cabeza para ver a quiénes tenía cerca.

            El desierto desconsolaba. Me interesó una vecina bastante feúcha que vivía a mitad de cuadra. Su padre regenteaba un almacén y mi mamá acababa de abrir un kiosco. Intercambiábamos, entonces, los roles de proveedor y cliente; y esa circularidad nos reunía casi a diario. Ella solía mirarme con pícara firmeza, pero no con tanta como para que quebrara mi timidez.

            En el almacén estaban siempre el padre y un montón de parroquianos, convocados por el despacho de bebidas. Así que como alternativa para  alguna aproximación me quedaba el kiosco, al que yo atendía con bastante frecuencia debido a los quebrantos de salud de mamá. El mayor problema radicaba en que, allí, las transacciones se hacían ventana de por medio. Cada tanto, y como al descuido, nos rozábamos las manos con la excusa de un vuelto con monedas. Mi prima viajera me había enseñado que rascar con la uña del índice la palma de la mano del otro o de la otra insinuaba que se quería jugar a lo prohibido; y que después había que esperar. Ella misma, en el verano, me había rascado una tarde; pero cuando yo le rocé una teta con el dorso de la mano, se levantó y se fue.

            Con la vecina del almacén habría que probarlo. Para darle el vuelto, buscaba las monedas de menor valor a efectos de estirar las posibilidades; pero ella me rezongaba y me decía que la llenaba de peso de gusto. Nunca acusó recibo de la críptica señal. La oportunidad se me presentó, con los meses, un día de lluvia. Atendía mi mamá esa nochecita, pero como mi vecina se mojaba mientras elegía las revistas para canjear, le dijo que entrara por la puerta del costado. En ese momento la tormenta se desató con furia y eso demoró la retirada de mi vecina. Mamá, que cocinaba adentro, le dijo que esperara que parara un poco y nos dejó con las revistas mientras volvía a cocinar.

            Quedamos solos entre el mostrador y los escaparates de caña. Afuera diluviaba y no pasaba nadie y adentro se escuchaba poco por la fuerza del agua contra las chapas de los techos.

            Mi vecina se entretuvo ojeando varias historietas y yo, como si me ocupara por recomendarle algunas, me le arrimé por atrás y me le apoyé. Ella se quedó quietita. Era más bien piernuda, usaba la pollera tableada de la escuela apenas por encima de las rodillas y se le iban redondeando las caderas. Yo estiré un brazo para señalarle una tira y me afirmé un poco más; tampoco entonces hizo ni dijo nada y ésa fue la mejor respuesta. Yo tenía el pito parado y duro y no podía ser que ella no lo sintiera, apoyado como lo tenía en el medio de su culo. Presioné. Ella se movió un poquito y sacó su culito para afuera, con lo que mi pito, imaginariamente y con pollera y pantalón de por medio, calzaba justo donde debía calzar.

            Sentí una cosquilla parecida a la que antes había sentido con las primas, o tal vez más intensa. Ninguno hablaba y yo me empecé a mover. Ella resistía y cada tanto devolvía un movimiento. Bajé una mano y le toqué una pierna, por debajo de la pollera. Eso sí parece que la molestó; pero no hubo tiempo para reproches. El prolongado silencio nos había jugado en contra y mamá venía a ver qué pasaba. Yo salté para atrás. Mamá no me dijo nada y mi vecina tampoco. Como llovía menos, le prestó un paraguas y la mandó para su casa. El bulto en mi pantalón seguía marcado y yo quería disimularlo arqueándome hacia delante, como si revisara las revistas. No hubo más oportunidades. Cuando, tiempo después, fuimos compañeros en la escuela y yo quise recordarle el episodio para ver si reincidíamos, mi vecina hizo como que no entendía y yo no le insistí.

 

 

22. 

 

            Antes de que Eliecer Ávila lanzara su desafío, el estudiante Alejandro Hernández, que se definió como joven comunista, preguntó cuál era el sentido de votar unido en las elecciones de diputados a la Asamblea Nacional. “Veía las fotos, las biografías de todos los delegados y diputados y decía quiénes son. ¿Cómo voy a votar por cada uno de ellos si yo no sé quiénes son?”

            Tampoco sabía yo quién era el Negro Quiroga, pero había bastado la descalificación impiadosa de mi papá para que fuera desde siempre un degenerado. Me lo crucé infinidad de veces y siempre cambié de vereda, aun crecidito. Nunca, sin embargo, me dijo ni me insinuó nada. Era un señor atildado y canoso, bastante mayor que mi papá, que cargaba con un sambenito que podía leérsele en el gesto. Se le ve en las manos, ¿no ves? Tiene la piel llena de canchas blancas y eso es de tanto andar en yunta haciendo la porquería. A mí me costaba ver las manos de Quiroga de una vereda a otra; pero mi papá no era de ésos que hicieron su hombría con los militares, como dice Lemebel, porque por aquello de la fractura de clavícula, de la colimba se salvó. Así que habría que creerle. Uno termina siempre creyéndole a los padres.

            Fue ese año, me parece; o acaso el anterior; que la primera muerte más o menos cercana golpeó a la familia. Un tío bonachón y borracho, casado con la mayor de las hermanas de mamá, se murió, decían, quemado por el vino. Recuerdo poco de aquel tío, pero dos detalles me quedaron en la memoria. Uno, la enorme pelota que le colgaba de la entrepierna, producto de una hernia sin operar; otro, su piel con canchas debajo de la barba rala y desprolija. Será por mecanismo de asociación que relacioné su muerte con el Negro Quiroga y supuse que nos tratábamos poco porque algo sucio y peligroso escondería aquel tío. La única que me llevó alguna vez a visitarlo, cuando yo era más chico, fue mi tía menor, la mamá de la prima viajera. El pobre viejo se alegraba de verme, me tendía los brazos y me decía: “Venga con su tío barbudo”. Pero a mí un secreto terror me subía por las orejas.

            Más o menos por la misma fecha mataron al Che Guevara. La revista Así publicó la foto de su cadáver en la tapa y ese cuerpo desnudo y pálido, con los ojos entreabiertos y la barba desprolija, me recordaron a mi tío y, por extensión, al Negro Quiroga. Algo cerraba en mi cabeza de manera brutal: también al Che oí llamarlo degenerado dentro y fuera de mi familia. ¿Serían bufarrones los tres y tendrían por ello merecidas sus muertes?

 

 

23.

 

            Tres o cuatro años antes también se habían muerto Kennedy y el Papa. Pero a ellos los lloraron. De ahí que me formara una idea temprana de muertes dignas y muertes indignas, muertes justas y muertes injustas con la que en adelante tuve que cargar. Asumir esa idea significaba asumir  una axiología, aunque mi incomprensión de niño lo desconociera. Y dentro de esa axiología, quedaba claro que la escuela que yo detestaba me serviría, sin embargo, para ser como el Papa o como Kennedy; es decir, me alejaría del riesgo de la degeneración que por lo visto acechaba por todas partes.

            Una pequeña cuña a mi provisorio sistema de razonamiento se le interpuso, empero, al año siguiente. Yo ya tenía once, mis padres habían dejado de hablarse y la muerte pegó más cerca. Otro tío político se murió de un infarto y a éste sí que no podía sospechárselo de nada. Era un gallego ferroviario, colorado y calentón, que instalaba la fiesta con sus chistes en cada lugar donde llegaba. Sano, sanote / puro machote, según la celebrada descripción de uno de sus cuentos de rancheros, preocupó primero con un par de avisos coronarios y se colgó un mediodía de domingo, al cruzar un alambrado, cuando iba a pescar. En casa de mi abuela, donde con mamá pasábamos el día, la noticia trajo una secuela de desmayos  con el consiguiente alboroto de los que quedábamos conscientes. A mí me encomendaron avisarle a mi papá, que dormía en mi casa y en mi cama. Me acuerdo que fui corriendo. Cuando se lo dije, levantó un poco la cabeza de la almohada y lamentó: “Mirá vos, pobre gallego”. Después se acomodó para seguir durmiendo.

            Papá lo quería a ese tío que nos visitaba casi todas las semanas. Es uno de los pocos como la gente en la familia de tu mamá, me decía. Yo sabía que a otros no quería ni verlos, entre ellos al que envolvió las papas con la foto de Evita y vivía con su mujer y su hija en casa de mi abuela. “Y a costillas de la vieja”, según el remanido sermón. Tampoco al negro ese, jetón y sucio, que les toca el culo a las otras tías. Pero a éste sí, con éste compartía picadas y, a veces, hasta viajábamos juntos con la chatita al campo.

            No sé; el asunto fue que ese día; o, mejor, esa noche y velorio de por medio; también aprendí a mirar para abajo. Y encontré una nueva dimensión. Esa prima tardía, hija única como yo y especie de juguete que había pasado sus primeros años mimada y malcriada por toda la parentela, estaba por cumplir los siete y ya tenía las piernas redonditas y la piel color mate, diferente de todas las demás. Cuando yo era más chico, vivíamos a dos cuadras y casi la vi nacer. Después fue creciendo conmigo, como una hermana bastante menor que me seguía para todos lados y que más de una vez me causó cierto fastidio, porque me sentía obligado a tenerle que jugar. La noche del velorio también me siguió. Ella lloraba porque veía llorar a su madre y a la mía y se quiso venir conmigo cuando me llevaron a mi casa. Tenía miedo, me dijo, y dormimos los dos solitos en la cama grande. Papá seguía atrincherado en mi pieza y casi que no se ocupó de nosotros. A mí me costaba dormirme y en algún momento empecé a sentir las mismas cosquillas que sintiera con las otras primas. Pero a ésta no la toqué. Recordé, eso sí, que tendría su misma edad cuando jugábamos al doctor con mi prima viajera y yo me bajaba el calzoncillo y la dejaba que me tocara el pito y ella se bajaba su bombacha y me dejaba ver esa montañita con ranura, que olía de manera penetrante y que tanto me llamaba la atención.

 

 

24.

 

            Mamá no vino por casa durante toda la noche y a la mañana siguiente nos pasaron a buscar para llevarnos al entierro. Cuando me despertaron, tenía el pito enrojecido y duro, por lo que tardé en salir de la cama. Mi prima ya estaba en el baño sacándose las lagañas y yo no quise orinar en su presencia como lo había hecho tantas veces, así que la hice salir. Su papá, que era a la postre quien nos llevaría, me golpeaba a la puerta apurándome, pero yo no conseguía bajar el pito ni sabía, tampoco, si quería que se bajara.

            Ese día transcurrió con tristeza; y el otro y el otro, en el que para colmo se murió mi perro. Sin embargo, nada me parecía más fuerte que la imagen de mi prima más chica durmiendo conmigo, con la cola redondita y dura apenas levantada mientras yo, confinado por voluntad al borde del colchón, trataba de no tocarla y de que ella no se diera cuenta de que a mí se me paraba el pito.

            Primero, los socorristas pensaron que era una muñeca. Pero vieron, de pronto, que se movía. En un pastizal en el que había desparramados juguetes, ramas desgajadas, troncos astillados y fragmentos de ladrillos arrojados violentamente por la ira del tornado, Katty Stowell, de once meses, yacía tendida boca abajo, en el barro, a ciento cincuenta metros de lo que había sido su hogar.

            “Parecía una muñequita”, dijo David Harmon, un bombero que ya había recorrido el terreno una vez en busca de sobrevivientes. Parecía improbable encontrar alguien vivo, pero cuando chequeó el pulso de la “muñequita que yacía allí sin moverse”, ésta tomó aire y se puso a llorar.

            Horas después de la tormenta huracanada que azotó Tennessee todo era devastación. El cadáver de la madre de Katty fue encontrado en el mismo terreno, donde muchas casas habían sido arrasadas y una oficina de correos de ladrillos visto había volado en pedazos. Katty, salvo algunos rasguños, estaba bien. En un refugio improvisado para las víctimas del tornado, en la Iglesia de Cristo de Hartsville Pike, en la cercana localidad de Gallatin, el reverendo Doyle Farris señaló que el caso de esa niña “nos recuerda que la gente nunca debe rendirse ni siquiera en medio de la peor tormenta. Esa niña siempre hará que esta comunidad recuerde ese mensaje”.

            Esa niña y aquélla; la muerte que arrasa y la vida que se empecina en despertar. Tensiones de un milagro que se repite desde los orígenes. La tormenta, el impulso; la culpa y la fe.

 

 

25.

 

            La pequeña Katty fue dada de alta en un hospital y pasó al cuidado de sus abuelos. Tenía raspaduras y tajos en una mejilla, pero salvo eso se encontraba bien. Prendida de su abuela se sentía un poco molesta por el alboroto, aunque su abuela dijo que es algo que le ocurre habitualmente a la hora de la siesta.

            Desde aquella noche, a mí me perseguía más que nunca la imagen del Negro Quiroga, ese degenerado con las manos llenas de canchas blancas como las del cadáver del Che. ¿Yo también sería un bufarrón que se calentaba con una prima chiquita? ¿Sería como mi tío barbudo y me tendría que morir como él, con una muerte indigna? ¿Qué querría decir la palabra bufarrón?

            Un día se lo conté a mi primo, que seguía mirando la tele, pero que ya andaba por los dos numeritos él también y empezaba a tener urgencias parecidas a las mías. No le asomaba la cabecita, me dijo, y su papá lo llevaría al médico para ver si se la operaba. A mí no me asomaba tampoco, pero nunca se lo dije a nadie ni nadie me preguntó. Notaba, sí, que cuando se me paraba mucho la cabeza se arqueaba y me dolía un poco; entonces me estiraba el capuchón para que entrara aire y se inflara y ese movimiento me producía un enorme placer.

            Mi primo también se había dado cuenta de lo buena que se estaba poniendo mi prima más chica. Pero es muy chiquita, me decía él a mí, y después me contaba como se refregaba en la pileta con la prima de acá, la que no me gustaba tanto como la que venía en los veranos. Yo a la pileta no iba, así que fui dejando que ellos siguieran con sus juegos y empecé a arrimarme a mi prima más chica, que iniciaba para entonces sus clases de baile.

            Además de atender el kiosco, mamá cosía y bordaba con mucha prolijidad y mi tía, la mamá de mi prima más chica, aprendía a manejar el auto y venía para mi casa casi todas las tardes. Ahí pasaban largas horas charlando, tomando mates y diseñando modelos de vestidos con volados y lentejuelas que mi prima usaría en la exhibición de fin de año. Ella con casi ocho y yo con doce largos, leíamos revistas, cambiábamos figuritas y jugábamos.

            Ese año pasaron muchas cosas.  Por mayo estalló el Cordobazo, en julio la Apolo XI llegó a la luna y en noviembre yo viajé solo por primera vez, con la escuela y a Tucumán. Sandro enamoraba a las chicas  sacudiendo la pelvis y desabrochándose la camisa y yo me pasaba con insistencia la maquinita de afeitar para ver si me crecían las patillas como a él.

 

 

26.

 

            Finalmente vinieron una tarde por el vestido para la gala. Mamá me pidió que me ocupara del kiosco y con mi tía se recluyeron en la cocina entre catálogos y moldes. Hacía mucho calor y mi papá no estaba ese día. Últimamente no estaba casi nunca y eso me permitía disponer buenos ratos del uso de mi pieza. Tampoco venían demasiados clientes, así que con mi prima juntamos unas cuantas fotonovelas que estaban para el canje y nos fuimos a mirarlas a mi cama. Los besos de los protagonistas se veían exagerados, sobre todo en María Rosa o Anahí. El Nocturno trataba cuestiones más serias, decía mi mamá, pero para nosotros, menos entretenidas.

            Descalzos, nos tiramos en el piso, panza para abajo, y desparramamos las revistas sobre la cama. Yo me empezaba a motivar. Estiré un pie hasta rozar el de mi prima y ella se rió. Volví a estirarlo y ahora le rocé una pierna, ella se volvió a reír. Hasta que nos pusimos de costado, mirándonos las caras. A mí se me había parado y a ella le llamó la atención. Me preguntó si dolía y le dije que no. Los ojitos le brillaban; a mí se me calentaron las orejas. Entonces fue ella la que estiró la mano y me lo tocó por arriba del pantalón corto. Cuando notó que saltaba endurecido, se mordió los labios y volvió a reír. Yo no aguanté más y le metí una mano entre las piernas, mi prima se quedó quietita. Tenía la bombacha mojada y caliente como lo había notado de más chico en la prima que me enseñó; pero ésta parecía dispuesta a llegar más lejos; o, por lo menos, a dejarme hacer. Cerramos la puerta. Entretenidas como estaban con los modelitos, mamá y la tía ni se dieron cuenta. Volvimos al piso y de nuevo le metí la mano. Ella entonces me abrió las piernas. Le pregunté si le gustaba y me contestó que sí. Con un dedo le corrí la bombachita y empujé para adentro. Abrió la boca y soltó un quejido. Yo creí que le había hecho mal, pero me dijo que siguiera, que a eso jugaban casi siempre con la vecina de enfrente, que ya tenía diez, y que lo que nosotros veíamos en las novelas se llamaba encoger. A mí me dio risa la confusión porque ya conocía la palabra, pero igual le seguí el juego. Saqué el pito bien duro por abajo y ella me lo agarró con los dedos y lo sacudió un poquito; pero enseguida me pidió que lo sacara por arriba, para verlo entero, con huevos y todo. Yo me bajé un poco el pantalón y el calzoncillo y mi prima arrimó la nariz a la punta para olerlo. Entonces se volvió a morder un labio. ¿Sabías que las novias se lo ponen en la boca?, le pregunté. Y me dijo que sí, que se lo había dicho su vecina que se lo hacía al hermanito, pero que a ella le daba asco. ¿Y vos no me querés oler la chula?, me preguntó. Acerqué la cabeza y olí en directo. Una acidez concentrada y placentera me invadió todo el cuerpo y sentí un escalofrío. La cabeza del pito se me arqueaba como si fuera a quebrarse y eso parece que la terminó de excitar. Se agachó y me rozó el capuchón con los labios, cerca de la puntita. Yo tiré del cuerito para atrás y quise que me lo besara, pero volvió a negarse. Entonces, loco de calentura, la di vuelta como para apoyarla por el culo, sabiendo que se dejaría. Pero no pudimos. La puerta se abrió de golpe y mamá y la tía nos preguntaron que qué hacíamos; y nosotros dijimos que nada, que estábamos jugando. La tía, sin embargo, se puso seria y avisó que se iban; mamá no me dijo nada, pero tampoco me habló hasta la mañana siguiente.

 

 

27.

 

 

            El bombero que la encontró dijo ayer que se sentirá vinculado a la niña por el resto de su vida. “Siempre tendrá un sitio en mi corazón”, afirmó.

            Antes de la tragedia, tan pronto se advirtió que el tornado era inminente, los Stowell (Douglas y Kay, abuelos de Katty) llamaron a su hija Kerri, de veintitrés años, para avisarle que se refugiara. En una conversación telefónica con la mamá de su novio, Kerri dijo que esperaba la tormenta metida en la bañera, aferrando contra ella a Katty. La comunicación telefónica se cortó mientras Kay Stowell y su hija hablaban. Luego sólo llegó la ruidosa furia del viento.

            Entre tantos escombros en el camino, torres de alta tensión derribadas, árboles arrancados de cuajo, los Stowell tardaron dos horas en automóvil para recorrer los dos kilómetros que los separan del hogar de Kerri, o lo que queda de él. Fue durante ese lapso que los socorristas Harmon y Karl Wegner resolvieron peinar el terreno una vez más. Cuando los Stowell llegaron al lugar, lo primero que vieron fue un bombero con la niña en los brazos. No mucho después, otro socorrista mostró a Douglas una foto de un cadáver encontrado cerca. El hombre confirmó que se trataba de su hija. “Si ambas hubieran muerto no lo habría soportado”, confesó.

            Charles Scott, de veintidós años, novio de Kerri, dijo que era evidente que ella había tratado de mantener a salvo a su hija frente al tornado. “Kerri habría dado la vida, como lo hizo, para protegerla”.

            Desde aquella tarde, con mi prima nos hicimos casi inseparables. Buscábamos todas las maneras de burlar la vigilancia y por lo general lo conseguíamos. El año que cumplí los trece, ella llegó a los nueve y las piernas y los brazos se le pusieron más firmes y más torneados.

            En el país, en tanto, la realidad se enrarecía. Secuestraban y asesinaban a Aramburu y las palabras subversión y terrorismo se volvían sinónimas y se adentraban en el ámbito familiar. Los más informados pronosticaban el retorno de Perón y la P y la V encabalgadas poblaban las paredes, siguiendo la tendencia de graffittis que popularizara el Mayo francés.

            Onganía, para la gente, parecía inamovible, aunque los entendidos decían que el Cordobazo le había consumido las reservas. Algo se gestaba, entonces, en las entrañas de un ejército que se pasaba viejas facturas entre sus cuadros y que reflotaba el runrún de la revolución. Los afiches al estilo far west ganaban las tapas de los diarios y la pantalla de la televisión, todavía en blanco y negro. Puedo, aún, repetir de memoria los nombres buscados, como si se tratara de la formación completa de una delantera a la antigua: Mario Eduardo Firmenich, Fernando Luis Abal Medina, Norma Esther Arrostito, Gustavo Ramus y Fernando Vaca Narvaja. Mamá despotricaba contra ellos y, por extensión, contra todos los hombres con barba que, según entendía, o eran Montoneros o eran Tupamaros. El Flaco con su esposa, en cambio, los defendía. Según ellos, estos muchachos traerían de nuevo a Perón y estaba bien lo que hacían; y todavía faltaban Manrique y el Chino Rojas y todos los junigramputas que quedaban vivos, responsables del fusilamiento de Valle y de los otros en el basural. Pero la mayoría no estaba ni con unos ni con otros; la mayoría decía que qué pasaba y que en este país no se podía vivir tranquilos. Eso lo decía también la mamá de mi prima más chica, que no quería saber nada con que volviera el peronismo, a ver si se la agarraban con el marido otra vez como cuando envolvió las papas.

            En la ciudad, por lo pronto, soplaban vientos de progreso. Una corporación de medios manejada por la curia lanzaba la primera frecuencia de radio en amplitud modulada de la región y el único edificio de torre que había hasta el momento disfrutó de compañía. Los chicos de mi edad se entusiasmaban con los Beatles, que empezaban a despedirse. Por la radio, sin embargo, no los pasaban casi nunca. Sí pasaron, en los comienzos, temas de Joan Báez o de Bob Dylan, hasta que alguien les avisó y dejaron de pasarlos. A mí, como dije, la cuestión de la música me importaba poco, pero me sabía de memoria varias canciones de Sandro, incluida Como lo hice yo, con juramento besado sobre los dedos. De la que no me acordaba era de la letra de El manequí, que para mis amigos era la mejor que tenía Sandro, o la única.

            En los asaltos que organizaban mis primas más grandes se bailaba con Zapatos rotos y Otra vez en la vía y algunos de los de mi grupo empezaron a fumar. Yo probé, pero no me gustó. Mis necesidades pasaban por otro lado y tenían que ver, sobre todo, con el juego inconcluso que llevaba con mi prima.

 

 

28.

 

            Con catorce, casi, todavía no tenía pelos ni había eyaculado, a pesar de las pajas más o menos sistemáticas que me hacía siguiendo las instrucciones que traía del campito. Mi prima, con casi diez, anunciaba sus tetas.

            Los dos buscábamos el contacto en cada oportunidad  que se nos presentaba. A veces se daba en la laguna, por abajo del agua; a veces, en el auto de su papá, durante las siestas de los domingos; a veces, para las fiestas de cumpleaños, en el cordón de la vereda o en los porches de las casas vecinas.

            A mí me gustaba el auto. Era donde menos expuestos estábamos y donde más tiempo disponíamos. Y ahí nos llevábamos cantidad de revistas, no tanto porque las leyéramos, sino porque nos servían para taparnos si éramos sorprendidos.

            Dos hechos recuerdo de aquel período, los dos en la casa de ella que era, como ya dije, la casa de mi abuela materna. El primero sucedió en el auto y adentro del garaje. Comenzaba el verano y yo ya había cambiado los cortos por los jeans, con el plus de dificultades operativas que el cambio significaba. Era domingo y el clima venía pesadito. Terminado el almuerzo, los mayores habían enfilado de a uno para la siesta. Mamá se fue a casa, molesta por la fatiga, y yo sabía que para el sueño mis tíos eran de tiro largo. Quedaba como riesgo nada más que la abuela; pero, ajena de sospechas, si llegaba a levantarse pronto difícilmente saliera del jardín y del riego de sus plantas.

            Por las dudas, igual llevamos las revistas. Mejor dicho, llevé. Mi prima ese día no estaba de buen humor y vino con desgano, guiada más por cierta curiosidad mecánica que por el deseo de exploración de las otras veces. Nos sentamos en el asiento trasero del viejo Ford 8 adonde la temperatura, de por sí alta, ascendía varios grados. Mi prima se puso a mirar las revistas y yo, que a pesar de anteriores escaramuzas conservaba mi timidez y una buena dosis de temor, traté de hacer lo mismo.

            Estuvimos así por un buen rato, pasando las páginas al voleo, sin interés alguno. Mi cabeza y mis ojos se iban para el costado, pero las manos seguían en su lugar. No adivinaba, siquiera, qué querría o qué pensaría ella, seria como nunca.

            Al rato me preguntó si quería un vaso de coca y le dije que sí. Los dos empezábamos a transpirar. Miré cuando bajaba del auto y el culo, redondito y carnoso, me pareció más lindo, cubierto como estaba con un short liviano y con vuelo que dejaba traslucir la bombacha. Arriba llevaba una musculosa, también clara, que resaltaba la piel tierna, morena y mate de los brazos, el cuello y el comienzo del pecho, apenas insinuado por dos puntitos subidos.

            Verla descender  del asiento alto me bastó para sentir el primer cabeceo que terminaría en erección. El pito me martillaba contra el cierre del vaquero y, por más que quisiera pensar en otra cosa para evitar una calentura sin destino, la sangre púber actuó por su cuenta y me lo tuve que correr con la mano para que no me doliera.

            Cuando volvió con los vasos de gaseosa con hielo lucía mejor. Parecía que se hubiera lavado la cara y quitado el malhumor que tenía. Yo me había cubierto con una revista abierta porque no quería que me viera abultado si no había juego. Me dio mi vaso, se sentó y separó un poquito las piernas. Entonces tomé coraje y, antes de dar el primer sorbo, la rocé con el vaso transpirado, bien arriba, en el muslo. El relámpago frío la hizo contraerse y en ese movimiento derramó sobre sus piernas, el pantaloncito y el asiento una parte de la bebida. En lugar de enojarse se rió. Secamos el cuero  para que no se pegoteara y antes de que hiciera lo mismo con sus piernas, me incliné y sorbí. No dijo nada, pero volvió a reír. La miré y los ojitos oscuros le brillaban de nuevo. ¿Querés?, le dije; pero no contestó. Me animé y le agarré la mano libre, que conduje hasta mi bragueta. La dureza del cierre y de la lona  aumentaba la sensación del volumen que podía ofrecer; y  al tacto debió parecerle descomunal, porque agrandó los ojos y entreabrió la boca, en un gesto que ya le conocía.

            Mantuvo su mano obediente por donde yo la llevara, ejerciendo una leve presión; yo, entonces, me aventuré con la mía por su entrepierna. Enseguida se abrió. Me filtré por la manga con vuelo y le metí la mano completa por debajo de la bombacha. Mojaba y quemaba esa conchita nueva. Mi prima ajustó las piernas con un movimiento de tijeras y yo le hundí el dedo y chilló. Volví a hundirlo y chilló otra vez. Entonces dejé el vaso en el piso y me bajé el cierre. No hizo falta que le dijera nada. Metió su mano por la parte elastizada del calzoncillo y me agarró la cabeza. Yo empujé para arriba y el movimiento pareció gustarle, porque se mordió los labios. Sacala, le dije; y me la sacó. Desabroché el botón que me ajustaba en el vientre y pija y huevos se le ofrecieron como un racimo. Con la mano entera bajó al tronco, bien cerquita de los testículos, y tiró para abajo. La cabeza pelada salió al aire por primera vez. Brillaba un jugo que anunciaba futuras eyaculaciones y eso parece que la asustó, porque enseguida retiró la mano. Yo ya estaba lanzado y le seguía friccionando la concha. Dale, seguí, le dije. Dudó. Dale, seguí. Entonces me agarró de nuevo la cabeza y empezó, con tres dedos, a hacerme una paja suave y rítmica que me llenó de hormigas hasta la cintura.

            Cuando sentí algo próximo a un estallido, le retiré la mano con violencia. Pará, le dije. Mi prima se sorprendió. Era yo el que ahora se había puesto serio. ¿No te gusta?, me dijo. Sí me gusta, pero pará. Entonces tocame vos a mí. No, pará. Dale, tocame, no seas malo. Abrí la puerta de un empujón, salté y corrí para el baño. Cuando volví, mi prima lloraba.

 

 

29. 

 

            El segundo de los hechos sucedió a los pocos meses. Yo tenía los catorce cumplidos y ya me había franeleado con una vecina de la misma edad que nos atendía a mí, a mi primo y a un par de amigos en forma simultánea, aunque nunca la habíamos puesto. Y no tanto porque la vecina se negara, sino porque ninguno de nosotros se le atrevía. Ella parecía disfrutar con esa situación que se jugaba por los bordes, yo, en cambio, me sentía incómodo. En la memoria se me había instalado la imagen de la última tarde con mi prima en el garaje de la abuela y sentía una mezcla de vergüenza, producto de haber disparado, de calentura y de frustración. Por otra parte, la intensidad del cosquilleo que sentí con mi prima no había vuelto a sentirla más, ni con las pajas casi diarias ni con los juegos con la vecina.

            De mi prima no sabía qué pensar ni tampoco cómo reaccionaría si me le arrimaba de nuevo. No tuvimos, por un tiempo, demasiadas ocasiones. Una se dio para las Pascuas, pero andaban cerca mis otros primos, que algo parecían intuir y no nos dejaron solos en ningún momento. Así y todo, en uno de los escasos respiros que nos dieron los vigilantes, me quise acercar y tocarla un poquito; como toda respuesta, mi prima más chica se fue para adentro y se sentó con la mamá.

            Ahí me sentí otra vez sucio. No sé por qué, pero se me representaron las caras del Negro Quiroga, mi tío barbudo y el Che Guevara, todas juntas y todas superpuestas, y el mote degenerado, que tanto escuchara pronunciar en las bocas familiares, me retumbaba en la cabeza.

            Los dos sabíamos que lo que hacíamos estaba mal. Sobre todo lo sabía yo, que ya andaba por segundo de la secundaria; mi prima tenía el beneficio de la edad. Y no se trataba de la edad, tampoco; sino del parentesco sanguíneo que, según escucháramos desde muy pequeños, nos llevaría a cometer un pecado mortal si avanzábamos en nuestras intenciones.

            La familia, aunque la practicara poco, blasonaba su condición de católica y este tipo de relaciones era comentado con desprecio y escándalo cuando se hablaba de algún caso por ahí.

            Entre los muchos relatos que habíamos escuchado, el que más nos impactaba era aquél que decía que los hijos de la misma sangre salían defectuosos o se morían pronto por debilidad. A mí ni se me representaba la idea de tener hijos, pero mi prima tenía miedo y me lo llegó a transmitir.

            Por lo demás, nos movía el instinto. Un día le pedí a un amigo del campito que me comprara forros en la farmacia; me fui solo al parque y me calcé uno para ver cómo me quedaba. Fue una experiencia negativa; al sacármelo, con el pito medio fláccido, se me trabó en el cuello y me dio impresión. Desde ese día le tomé idea a los preservativos.

            Pero no era ése el caso con mi prima. Teníamos abierto un desvelo que los dos queríamos recorrer, aunque no volvimos a encontrarnos  hasta entrado el invierno. Papá se había ido de casa después de que el odio de mamá se tornara irrevocable y su ida fue un alivio para todos, aunque me daba un poco de vergüenza cargar con el rótulo de hijo de padres separados, sobre todo en la escuela. Mamá tuvo un par de crisis de salud, mitad por el asma, mitad por los nervios, y en plena convalecencia recibía la visita diaria de mi abuela con mi tía, además de la de otras hermanas.

            Una noche se juntaron todas, con esposos incluidos, y como hacía frío se encerraron en la cocina a jugar a la lotería. A mí me gustaba prenderme con los cartones porque, ganara o perdiera, con alguna moneda me quedaba siempre. Pero mi prima se aburría y fue suya la idea de ir al kiosco para ver unas revistas y jugar. Ya que íbamos, mamá me dijo que cerrara.

            Fuimos, cerré, nos elegimos un par de golosinas y hurgamos entre la pila de revistas. De mostrador había un mueble  que atravesaba por debajo de la ventana y allí se apoyó mi prima con las que había elegido para leer. Yo me arrimé por atrás, como para tomar alguna, y ella no se corrió. Entonces me le apoyé, firme. Hizo la misma sonrisita que ya le conocía y se dejó presionar. Ésa era la ocasión que buscábamos; la cocina rebasaba de gente, de mates y de tortitas y nadie tendría tiempo para ocuparse de nosotros.

            Me le moví un poquito, como para tantear sus ganas, y me dejó que hiciera. El pito se me había puesto duro como en la siesta que los dos recordábamos y ella parecía disfrutar con esa inflamación que amenazaba con explotar en su culo. Los dos estábamos con la ropa puesta, pero podíamos sentir los latidos del otro. Mi prima era alta para sus diez años, así que ni necesité agacharme.  Me acomodé la cabeza con la mano hasta ubicársela en el centro e hice dos o tres movimientos de perrito que cumplieron su función. Mi prima dejó la revista y se dio vuelta, mordiéndose los labios. Era buena señal. Enseguida entreabrió la boca y le volvieron a brillar los ojitos.

            Tenía una jumper de corderoy azul que le cubría hasta la mitad de los muslos y una blusita blanca, con botones. Le metí la mano por debajo de la pollera y le toqué la conchita por encima de la bombacha. Sentí que quemaba otra vez y mi prima tembló. Presioné con el dedo y escuché el quejido. Esa especie de gemido nasal y sordo que le salía por los labios carnosos y entreabiertos me calentaba de manera incontable. La lengua se le veía dispuesta entre medio de los dientes. ¿Hoy me la vas a besar?, le pregunté; pero no me contestó. Digo si me la vas a chupar con la lengua. No me contestó tampoco. Le pregunté si quería que yo se la besara a ella y, antes de que intentara responder, me agaché, le levanté la pollera y le apoyé la boca sobre la montañita caliente.

            De nuevo sentí ese olor penetrante que me alborotaba el cuerpo y que yo identificaba con la revolución. Así la entendía, como un disloque de sentidos y pensamiento en el que cualquier cosa que sucediera quedaba fuera de todo control posible. Mi prima seguía callada, pero me dejaba hacer. Le corrí la bombachita con el índice y repetí la operación con los labios. Sentí la humedad y otra vez el quejido. Entonces me levanté. Vamos para la pieza, le dije. Y me siguió.

            La pieza de mamá era contigua al kiosco. Nos deslizamos despacito, sin encender la luz y dejando prendida la de la esquina, como si siguiéramos allí. Corrí el cubrecama y las sábanas y nos filtramos adentro, los dos vestidos. La ansiedad o el temor a que nos descubrieran me habían quitado la erección y transpiraba pese al frío. Un rato nos quedamos boca arriba y en silencio, atentos por si se acercaba alguien. Pero desde la cocina, sala y comedor de por medio, sólo llegaban las risas y los gritos. Todo estaba normal, el riesgo parecía mínimo y entonces fue ella la que reinició.

            Sentí que se bajaba la bombacha y me dijo tocame. La toqué. Con el estímulo levantó un poco la cintura del colchón y los labios de la conchita se le abrieron quemando. Le froté el dedo y escuché varios quejidos juntos; uno, dos, tres. Nos guiábamos al tanteo y con la leve luz que llegaba desde la esquina, por el vano de la puerta entornada. Yo me aflojé el cinto del vaquero y desabroché el botón, el resto lo hizo solita. Bajó el cierre, metió la mano y sacó el racimo completo, como la tarde del garaje. Me tiró el pantalón para abajo y se levantó la pollera de la jumper por arriba de la panza. Metemela, me dijo. Yo no me animé, aunque ahora sí que la sentía dura. Por un momento se me cruzó la imagen de la huida y a ella, supongo, le pasó lo mismo, porque no dudó. Se puso de costado, se deslizó un poquito  y me arrimó los labios a la punta de la pija. Un escalofrío me partió la espalda y me parece que grité, porque ella me tapó la boca. Dejame, me dijo. Me quedé quieto. De a poquito me corrió el capuchón con los dedos y arrimó los labios. ¿Te gusta? La sensación fue menos intensa que cuando tenía la cabeza adentro. Se lo dije. Levantó el cuerito y me devolvió el escalofrío. Nunca había sentido nada que pudiera asemejarse. ¿Te gusta?, insistió. No pude responder, pero era yo el que ahora gemía. Mi prima parecía feliz en su posición dominante; me miraba y reía. Llevó por tercera vez su carita hacia abajo, me separó un poco las piernas que sentía tiesas y me acarició los huevos. Después se prendió con chuponcitos cortos, como si se tratara de la bombilla de un mate. Yo apretaba los dientes y veía estrellitas; ella, a pesar de la edad, era dueña absoluta del juego. Y el ejercicio del poder la terminó de calentar. Se animó con la lengua, me la pasó por el agujerito y me volvió a chupar. Sentí que las fuerzas no me respondían; una descarga eléctrica me paralizó el cuerpo y vi todo negro, desdibujado, lejano. Me entregué. Mi prima, después de un tiempo que no puedo precisar pero que parecía contener las edades de la historia, se echó para atrás, flexionó las rodillas, separó las piernas y casi me exigió: cogeme. Me le subí, erré los primeros intentos hasta que hundí, apenas, la punta de la cabeza. Otra vez creí que estallaba y quise escapar; pero la encontré preparada. Me apretó fuerte con las uñas y repitió: Dale, no seas malo; cogeme. Y la cogí, según me contó después, porque caí como desmayado.

            Apenas recuperé el aliento, salté de la cama y corrí al baño. Tardé. Cuando volví, mi prima no lloraba, ya se había vestido y estiraba las sábanas.

 

 

 

30.

  

            La estrategia de comparar a Barack Obama con John F. Kennedy, no sólo busca exaltar la energía juvenil y el poder de inspiración del candidato negro, sino, sobre todo, equiparar su emergencia con el espíritu de transformación que acompañó la llegada de Kennedy a la presidencia.

            Esto explica por qué la palabra “cambio” se ha vuelto la consigna mágica de esta campaña y es utilizada aun abusivamente por los que se encuentran en las antípodas del cambio.

            El cambio es una mudanza, la transición de un estado a otro, de un lugar  a otro, de una costumbre a otra. Y las mudanzas pueden ser excitantes o traumáticas, según sea la relación de cada uno con el movimiento. Hay espíritus aventureros que necesitan continuamente de lo nuevo y personalidades totalmente refractarias a la noción de que algo deje de ser lo que era.

            Pero llega un momento en que la continuidad se torna tan intolerable que aun los más reticentes  a la mudanza aspiran a un cambio, y éste es, en buena medida, el punto al que se ha llegado durante la presidencia de George W. Bush. Los Estados Unidos están padeciendo una crisis que no es meramente económica o estratégica o social, sino algo más profundo y menos aprehensivo: es una crisis de rumbo.

            No fueron muchas más las veces que estuvimos. Yo me venía demasiado grande y mi prima me empezó a esquivar. Por esa época tuve mi primera eyaculación, después de una paja corta inspirada  en aquella noche, y dos o tres escarceos con la vecina que no me dejaron nada.

            El último encuentro fue durante la primavera, fría como pocas. Sucedió algunas semanas después de que muriera la tía mayor, viuda de mi tío barbudo, muerte que generó el primer duelo de sangre que me tocara vivir. Cuando ocurrió la de mi abuelo materno, mamá era todavía adolescente y aquella herida ya había cicatrizado. Ésta no, ésta estaba fresca y, a juzgar por los días corridos de llantos y de médicos, tardaría en ser asimilada por mi abuela y por las hermanas de la fallecida, sobre todo por mamá.

            Aquel domingo helado salieron todos para el cementerio y mi prima y yo quedamos en su casa, solos por un buen rato. Nos metimos en la cama chica y nos tapamos hasta la cabeza. Los preámbulos de otras veces ahora no eran necesarios. Ella estaba en bombacha y con la remera del pijama; yo, en calzoncillos.

            No le había contado de mi eyaculación; pero íntimamente tenía miedo de que se embarazara. Sí le conté de las trenzadas con la vecina, pero le dije que había sido con la bombacha puesta. Igual se molestó y se acurrucó de costado, dándome la espalda. Los cuerpos casi pegados entraron en calor y a mí se me paró enseguida. Ella no dijo ni hizo nada, aunque tenía que sentir la dureza que cada tanto le rozaba las piernas. Pareció dormirse y yo fingí que dormía también. Pero de a poco me le fui arrimando.

            En un momento los cuerpos encajaban como en un rompecabezas. La cabeza me latía con frecuencia inusual y parecía que iría a romper el calzoncillo. Más no podía aguantar y pensé en levantarme; pero antes jugué mi intención y presioné sobre el culo.

            Mi prima se estiró un poquito. Creí que se alejaría, pero no; también ella jugaba su estrategia. Tiró un brazo para atrás y sin decir palabra, como siempre, me la sacó por encima del elástico. Esperé, levantó la cabeza de la almohada, me miró de costado y la volvió a apoyar. La señal había llegado. Le pasé un brazo rodeando la cintura, abrí completa la mano sobre su panza y me le afirmé por atrás. Ella se corrió un poquito para demorar mi embestida. Me agarró otra vez la pija entre los dedos y empezó con una pajita lenta y suave. Disfrutaba con eso, le gustaba jugar. El capuchón subía y bajaba al ritmo de sus dedos y un sinfín de agujas se me clavaba en la cabeza. Intenté afirmármele de nuevo y de nuevo se me corrió. Notó que tenía los dedos humedecidos con el jugo de la pija, lo que para ella era una novedad. Se los llevó a la nariz y los olió, como cuando éramos chiquitos. Pareció gustarle. Enseguida los devolvió a su lugar y siguió masturbándome.

            Antes de que me saltara la leche, le saqué la mano de la panza, se la metí por adentro de su bombacha y le abrí un poquito el culo con los dedos. Pensé en clavarla, pero yo también quería prolongar el placer, así que imité su juego. Llevaba y traía las yemas de mis dedos por la amplia ranura, en un recorrido que iba del agujerito grande al borde de la montañita. Se estremeció. Entonces le abrí el culo un poquito más, rocé el orificio y esperé un instante. Noté que se le ponía la piel de gallina y soltó el quejidito. Creí que la pija se me desprendería por la quemazón. Cuando la resistencia se hacía insostenible, repitió lo que también conocía. Echó su culo para atrás, me lo encajó entre las piernas y me pidió: cogeme.

            Fue la primera y la única vez que le puse la pija desnuda por atrás. ¿Así?, le pregunté. Sí, así. ¿Por el culo? Sí, dale, por el culo. Mirá que me va a saltar, ¿sabías que ya me salta? Metela, dale, cogeme. Se lo abrí un poquito más con las manos y la clavé; una, dos, tres veces, como antes lo hiciera por la concha.

            La obra estaba concluida. Nos habíamos explorado hasta descubrirnos y fundarnos a una edad extraña. Y fuimos hasta límites que no sé si habremos repetido en nuestras vidas adultas. No recuerdo si le acabé adentro, pero una explosión de leche sucedió a la última embestida y quedé paralizado. Mi prima tardó un momento en reaccionar; palpó con la mano, pegó un salto y salió de la cama. Malo, me dijo; y se puso a llorar.

            Volvió del baño con una toalla grande mojada y jabón. Raspó frenéticamente la sábana para quitar la mancha. Me secó a mí y me dijo que me vistiera. Yo no supe qué hacer y lloré también. Se fue para la cocina y encendió el televisor.

 

 

31.

 

            Levingston había sucedido a Onganía y la vecinita sucedió a mi prima. Pero no era lo mismo. Cogíamos cada tanto, sin que yo recuperara la sensación aquella, aun cuando la vecina fuera de mi misma edad y tuviera ese triángulo de pelo negro que tanto me calentaba. Se movía muy bien, pero lo que no me gustaba era, justamente, ese aire magistral de vení que te enseño. Todo lo hacía ella. Y lo hacía con una risita sobradora que yo asociaba con mi inseguridad. Mi primo me contaba que con él hacía lo mismo y, por traslación, lo haría con los demás pibes del barrio; de ahí que echara fama de puta, aun cuando su único propósito fuera la diversión. ¿Lo era?

            Un día la llevábamos entre los dos para el parque, dispuestos a intentar nuestra primera orgía. El cuerpo desarrollado de la vecina contrastaba con los nuestros, esmirriados y en plena transformación. Pero a ella parecía no importarle y hasta podría decir que gozaba con cada apoyada que le hacíamos. Llevaba esa tarde un minishort amarillo y una remera color naranja que remarcaba sus formas contundentes. Nosotros, a cuatro manos, la palpamos durante todo el trayecto. La vecina arisqueaba, pero nos dejaba seguir. No sabíamos si para ella también sería la primera experiencia en grupo, pero apostábamos en contrario. Le gastábamos bromas sobre quién se la pondría primero; o quién por adelante y quién por atrás; y ella se reía y nos decía que no sabía si se iba a dejar y que a lo mejor nos teníamos que conformar con una paja o a lo mejor nos sorteaba. Todo ese juego nos calentó lo suficiente, y una cuadra antes de que llegáramos al pórtico, la afirmamos contra una pared y quisimos adelantar la ejecución.

            La vecina zafó sin dejar de reírse. Avanzó hasta la avenida con intención de cruzarla y nosotros le íbamos detrás como perritos hambrientos. Un Fairlane, entonces, se nos puso a la par. Lo tripulaban dos tipos de alrededor de veinte y el que acompañaba sacó la cabeza por la ventanilla. ¿No les parece que es mucho para ustedes, borregos de mierda?, nos dijo y abrió la puerta. Parece que era mucho, nomás, porque la vecina subió y se fue con ellos. Ganamos la apuesta sobre la experiencia que tendría, pero la idea de estrenarnos en grupo la tendríamos que postergar, acaso definitivamente.

  

 

32.

 

            Tampoco con Levingston anduvieron las cosas; al contrario, decían los mayores. El ignoto general rescatado de la burocracia diplomática parecía más hábil como anfitrión que como piloto de tormentas, y la nación no podía permitirse esos lujos.

            Todo el mundo sabía que los hilos los manejaba Lanusse y que la extendida disputa de azules y colorados se volcaba irreversiblemente a favor de los azules. En las calles se hablaba con insistencia del inminente regreso de Perón. Y el murmullo dividía las aguas.

            Eran tiempos de revisionismo, por lo que Rosas no era tan malo como me contaron durante la primaria; ni Sarmiento tan bueno. De Rosas se decía que había sido un patriota de la estirpe de San Martín; y que por eso San Martín le dejó su sable. Y de Perón, que no fue el tirano que derrocó la Libertadora, sino que completaba con aquéllos la trilogía de padres de la patria; y que volvería, para felicidad de sus contemporáneos, a completar su inconclusa revolución.

            Yo, que tras la ida de papá recuperé mi pieza, llené de fotos la pared, y de recortes periodísticos, y pegué sobre el espaldar de mi cama las 20 Verdades Peronistas. Así me sentía incluido entre los jóvenes de mi generación. Así fui todo lo rebelde que debía ser para con los gustos y los mandatos de los mayores.

            Mamá renegaba, pero no me prohibió ese despliegue contestatario; contestación que trasladaba a la escuela, acompañada por un gesto hosco y prepotente que me daba seguridad. Adoraba las clases de Historia y con un grupo de compañeros nos identificábamos, para dar las lecciones, con la divisa punzó. El paso siguiente fue cambiar a Sandro por Rimoldi Fraga. Ya no me interesaba aprender la letra de El manequí, sino alardear con aquel sonsonete de argentino hasta la muerte, que me llevó al paroxismo de leerme casi completos los insufribles poemas de Carlos Guido Spano.

            Tras nueve meses sobrevino el golpe. La incertidumbre se adueñaba de la gente de la calle y crecía la agitación subversiva, en buena medida alentada desde Madrid. Los reclamos sociales fueron convenientemente fogoneados por los militantes de base que le agregaban dramatismo. El operativo retorno sonaba por todas partes y hasta los más fervorosos antiperonistas empezaron a creer necesaria la vuelta del líder.

            Lanusse pretendió pisar fuerte. Desde la presidencia de facto que asumió desafiaba con que al viejo general no le daría el cuero, y esa provocación enardeció a los peronistas y hasta a los que no lo eran. Paradójicamente, se le devolvió legalidad a los partidos políticos y se levantó la proscripción del peronismo que llevaba alrededor de dos décadas.

            José Daniel Paladino, con las mismas iniciales que el jefe, fue por esos días el nombre más voceado después del propio Perón. Y la CGT, liderada por Rucci, rescató una suerte de folclore cuarentista y auguraba el triunfo definitivo de la revolución justicialista. No quedaba más que esperar.  La felicidad que traería una patria libre, justa y soberana era cuestión de tiempo. Y el tiempo corría veloz; acaso demasiado.

 

 

33.

 

            La justicia española suspendió ayer la actividad de dos partidos presuntamente vinculados con Batasuna, el brazo político ilegalizado de ETA, decisión que impide que el entorno de la organización terrorista pueda presentarse a las elecciones generales del 9 de marzo. La decisión adoptada por el juez Baltasar Garzón, de la Audiencia Nacional, afecta a Acción Nacionalista Vasca (ANV), que preveía presentarse a las elecciones, y al Partido Comunista de las Tierras Vascas (PCTV).

            En Moscú, mientras tanto, el presidente ruso Vladimir Putin advirtió ayer que el mundo afronta una nueva “carrera armamentista” a la que no quiere ser arrastrado. Según él, Moscú debe protegerse ante despliegues cerca de su territorio, en referencia al escudo antimisiles en el este europeo, planificado por Estados Unidos, al que criticó, lo mismo que a la OTAN, por expandirse militarmente hacia la frontera de Rusia. Putin dijo que Moscú responderá modernizando su sistema militar y de armas.

            Yo me empecé a sentir a gusto con ese clima de agitación. Me gustaba escuchar a Pedro y Pablo con su Marcha de la bronca y llegué a coincidir con mis tíos de la despensa, que hablaban del proyecto nacional de esta generación de muchachos corajudos e idealistas que habían terminado con el junigramputa de Aramburu y que también terminarían con el Chino Rojas. Tanto era mi entusiasmo que intenté persuadir a mamá de las bondades de los caudillos y de las nobles patriadas de las montoneras; y hasta  salté de alegría con cada oferta de Los Olimareños que llegaba por la radio: “...se rematan  casas, se rematan camas, se rematan botas...”

            Con quince, yo mismo me hice caudillo  y tenía un grupo de compañeros que me respondía, aunque con el tiempo comprendí que aquella militancia nuestra no podría haber inquietado a nadie, porque la ignorancia y la estupidez con la que nos movíamos nos ponían mucho más cerca del juego patético que de la militancia revolucionaria.

            Ese año volvió Perón y los de mi entorno quedamos hipnotizados viendo el despliegue frente al televisor. El mito viviente, el General, el Pocho, el primer trabajador o el jefe de los argentinos pisaba suelo patrio tras diecisiete años de exilio. Buenos aires soplaban otra vez  en el Río de la Plata. El clima generalizado era de expectación fundante; sólo el odio recalcitrante de los gorilas  podía no conmoverse   con tanta algarabía popular. ¡Perón, Perón, / qué grande sos!

            Yo no recuerdo haber vivido ansiedad parecida. Sólo aquel paso de Neil Armstrong sobre la superficie de la luna; pero aquélla era la gesta de otros, la gesta del imperio. Ésta, en cambio, sería nuestra propia gesta; la que había quedado inconclusa, la que teníamos la fortuna de protagonizar los de esta generación, esta juventud maravillosa que, de la mano del líder, le devolvería a la Argentina la gloria perdida. Y ya lo ve, y ya lo ve, / es la gloriosa jotapé.

            A media cuadra de mi casa habían habilitado una unidad básica y ahí estaba yo, al día siguiente del histórico regreso, viendo la posibilidad de alistarme como un soldado de Perón, para el horror radical de mi familia paterna, tan devota de Ramón Laurete, y para el creciente temor de mamá, tan conservadora y reaccionaria.

 

 

 

 

34.

 

            Pese a los intentos del Gobierno por sacar el tema de la agenda pública, el caso de la valija volvió a golpear la puerta de la Casa Rosada: la fiscal María Luz Rivas Diez reclamó que el ex funcionario Claudio Uberti declare como sospechoso.

            Rivas Diez sostuvo que existían elementos para pensar que Uberti era partícipe de los hechos que se le atribuían a Guido Alejandro Antonini Wilson, el venezolano estadounidense que intentó ingresar una valija con 800.000 dólares, sin declarar, en su última visita a la Argentina, el 4 de agosto pasado, y que, según confesión de dos de los procesados en Miami por contrabando agravado, habrían estado destinados a financiar la campaña electoral de la actual presidente peronista Cristina Fernández de Kirchner.

            Antes del surgimiento del escándalo, Uberti era el director del Órgano de Control de Concesiones Viales (Occovi). En la madrugada del sábado 4 de agosto viajó en el mismo avión en el que llegó Antonini al aeroparque Jorge Newbery, desde Caracas. La valija con los dólares quedó secuestrada en el puesto de la Aduana.

            En el vuelo también iban Victoria Bereziuk, que era la secretaria de Uberti; Exequiel Espinosa, presidente de la petrolera estatal argentina Enarsa, tres directivos de la petrolera estatal Pdvsa y Daniel Uzcátegui Spetch, hijo del entonces vicepresidente de esta última compañía, Diego Uzcátegui Matheus.

            Mi vinculación con el periodismo empezó cuando cursaba el cuarto año de la Comercial y me adscribí a uno de los diarios locales. Allí  ocupaba el cargo de jefe de redacción y era, en consecuencia, mi maestro el presidente de la unidad básica a la que yo concurría. Los dueños del periódico, curiosamente, eran radicales de raza y de renombre, ya que el fundador, ahora fallecido, había sido convencional por la UCR en la Asamblea Constituyente de 1949 y era uno de los históricos de la Declaración de Avellaneda. Por entonces conducían la viuda y su hijo, estudiante de abogacía y homónimo de su padre, aunque, a juzgar por los corrillos siempre insidiosos de la redacción, sólo homónimo.

            La competencia, en la información gráfica de la ciudad, era despareja. El otro diario formaba parte de la corporación conducida y financiada por el Obispado y, a caballo de su condición de decano de la prensa lugareña y su imagen de diario serio, monopolizaba los lectores de la mañana. El mío salía por las tardes, destinado sobre todo a los jugadores de quiniela, por lo que la información en sí no importaba demasiado. Mi función de aprendiz tenía, por lo tanto, tres variantes: una, revisar cada mañana los telegramas policiales en la Comisaría Primera; dos, copiar modificando el texto las noticias del matutino católico y tres, seguir a mi jefe en cada uno de los mitines de campaña, que se hacían en las plazas de los barrios y que, cobijados por banderas argentinas y gigantografías de Evita y de Perón, impulsaban las consignas de batalla: Perón, Evita, / la patria socialista o Ni yankis ni marxistas, / peronistas o Cámpora al gobierno, Perón al poder. ¿Respondían a los mismos objetivos? Yo creía que sí. Lo creía y lo escribía. Yo iba a ser parte de la historia grande. Yo seguía a Perón.

 

 

35.

 

            Los dirigentes peronistas  que se oponen a Néstor Kirchner debaten cómo enfrentar al ex presidente dentro del PJ. Francisco de Narváez  es el más convencido con la idea de competir como candidato contra Kirchner en las elecciones internas del peronismo.

            Pero el empresario debe resolver un dilema. Su principal socio político, Juan José Álvarez, le advirtió que “Es muy difícil enfrentar al poderoso aparato partidario de Kirchner. Podemos perder muy mal”. El empresario, no obstante, tendría el respaldo de Álvarez si decide dar la pelea. Controlan apenas uno de los sectores del peronismo bonaerense y recibirían, llegado el caso, apoyos de Ramón Puerta, de Misiones, y de Miguel Ángel Toma, en la capital federal.

            Todos ellos manejan otra opción: afianzar la alianza Unión-Pro (con el macrismo), por fuera del PJ. El jefe de gobierno porteño, Mauricio Macri, sería el aliado de todos en las elecciones legislativas de 2009 y en las presidenciales de 2011.

            Kirchner, sin embargo, todavía haría todo lo que esté a su alcance para obligar a encolumnar en su misma lista a De Narváez y a Puerta. Procuraría, así, la operación de disciplinamiento a Roberto Lavagna, a quien los kirchneristas  se jactan en estas horas de haber borocotizado.

            “Kirchner quiere que no haya internas. Quiere ganar con lista única, sin elecciones internas y sin oposición en el peronismo. Y decir que controla a todos los sectores del partido”, confiaron fuentes muy cercanas al ex mandatario que conservan sus puestos en Balcarce 50, en la gestión de su esposa.

            Lo interesante de aquella experiencia militante y periodística que daba proyección pública a mis dieciséis años fue que en ninguno de los dos ámbitos comprendí el mecanismo. No tengo certezas, tampoco, de que tuvieran comprensión.

            “Todos los que tengan voluntad de trabajo y de compromiso tienen lugar en el Movimiento Peronista”, había dicho el fundador en ocasión de su retorno. Pero ese todos que ensanchaba y confundía fronteras contrastaba con los discursos de cada una de las partes que lo componían y que ni siquiera podía distinguir.

            Mi jefe en el diario lideraba una fracción montonera. El referente, más que Perón, era Evita; e Isabel, una sombra indeseable que se debía ningunear. Tampoco la pata sindical, que a nivel nacional se identificaba con José Ignacio Rucci, gozaba de consideración en la unidad básica. Sí se hablaba del movimiento obrero y de la corriente purificadora que traía la iglesia del tercer mundo y la figura señera del padre Carlos Mugica. Cámpora y Bidegain, oficializados como candidatos del Frejuli para la nación y la provincia respectivamente, tenían la aprobación montonera y, por extensión, la de mi jefe, la mía y la de mis tíos de la despensa. No así los compañeros de fórmula, Vicente Solano Lima y Victorio Calabró. El primero, conservador popular varias veces reconvertido, y el segundo, cercano a la ortodoxia sindical, eran vistos como representantes de la vieja política, corrompida y responsable de que la revolución quedara inconclusa. En la unidad básica no se hablaba de justicialismo, sino de peronismo, y la patria justicialista que auguraba la propaganda oficial del Frejuli era reemplazada en las charlas de adoctrinamiento por la patria montonera, que se estaba construyendo a partir del compromiso militante de la gloriosa JP.

            En los mitines, en cambio, el discurso cambiaba y se volvía curiosamente próximo al del candidato a intendente, peronista leal desde el ´45, abogado, poeta e ingenuo, que proponía un municipio de puertas abiertas para que todo el pueblo se exprese y cogobierne. Este candidato, sostenido por la ortodoxia, se alineaba detrás de las 62 Organizaciones y del compañero Miguel, que tenía entre sus más conspicuos asesores al ferroviario Lorenzo Pepe, aquél al que, durante el primer peronismo, mi tío de la despensa hubiera hablado para que mi papá, si no fuera tan vago, ascendiera a capataz.

            La mera asociación me producía simpatía, porque, aunque en disenso con mi jefe, yo sentía con esa gente una especie de contacto familiar. ¿Qué dudas había de que la historia me estaba tocando?

            Los dueños radicales del diario no intervenían, como no fuera para hacerme alguna corrección de estilo o para obligarme a pagar el diario que me llevaba si quería conservar mis notas impresas. Sueldo, por supuesto, no cobraba; si yo era un practicante...

            A mi convicción peronista, sin embargo, le llamaba la atención que la superficie destinada a Balbín y a los candidatos radicales de la provincia y de la ciudad fuera desmesuradamente inferior a la que se destinaba para toda la información concerniente al Frejuli. La Hora del Pueblo, que había recuperado el entusiasmo y la actividad políticos y que prometía un bipartidismo central con un juego de partidos satelitales que fortalecerían el sistema democrático, empezaba a perder su equilibrio y, a juzgar por la evidencia, a cooptar desde un sector piezas claves del otro.

 

 

36. 

 

            La escuela organizó para mi curso un viaje de estudio al Túnel Subfluvial. Años atrás me había perdido otro al Chocón, porque en el sur hacía frío y mamá temía por mis bronquios; y yo no tenía por entonces edad para protestar. Pero ahora sí, ahora tenía dieciséis y era miembro de esa juventud maravillosa que asumiría el alto mandato de la historia de poner a la Argentina de pie. Además, en abril y en el litoral, no cabía la posibilidad de enfermarme por el frío. Fui.

            Desde que me había adentrado en la política, había perdido interés por noviazgos y aventuras sexuales propios de la adolescencia. Durante el verano anterior, más por sentirme incluido en el grupo de amigos que por satisfacción personal, me había arreglado con una porteña que anduvo por mi ciudad de vacaciones y que me largó por carta ni bien regresó a su casa, tal vez porque yo no avancé más allá del beso.

            Pero algo sucedió que reavivó mis ganas mientras viajábamos en colectivo a Santa Fe. Como siempre sucede en esos casos, se formaron grupos, se gastaban bromas, se ensayaron guerras verbales, se tejieron y destejieron historias. A mí me gustaba una flaca que tenía novio y que nunca me dio pelota y yo le gustaba a otra flaca que, alentada por el grupo de celestinas ad hoc que teníamos en el curso, insistía en paciente persecución. No la estaba pasando bien. Nunca me gustaron los grupos numerosos y exaltados ni las exageraciones patéticas de compañerismo y amistad. Desde el año anterior se había incorporado al curso una piba, tres o cuatro años mayor, que había abandonado la escuela temporariamente y que decidió retomarla. No éramos amigos, pero había una corriente de mutua atracción. Ella era buena lectora y a mí me gustaba escribir. Me había dado algunos consejos sobre cómo corregir un conjunto de textos insalvables y ese gesto casi maternal aumentó mi confianza. Fue ella la que advirtió mi malestar y me rescató del acoso. ¿Querés jugarme un partido de ajedrez?, me dijo; y nos fuimos con la valijita de miniaturas para los asientos del fondo.

            Mi heroína tenía unos pechos inflados y macizos que en la escuela y con guardapolvos no había descubierto. Me costó concentrarme en el ajedrez. La estrategia de defensa italiana que ensayé con las blancas fracasó enseguida y tuve que tumbar el rey. Dame la revancha, le pidió mi orgullo. Dejate de joder, me dijo; vamos a charlar.

 

 

37.

 

            Supe que estaba de novia. Supe que había vivido en Buenos Aires un tiempo y que el padre era un aguerrido dirigente sindical. Supe que ella militaba en la Juventud Peronista. Supe que quería terminar el secundario para casarse y emigrar otra vez; tal vez de nuevo a Buenos Aires, me dijo, o tal vez a La Plata. Noté que su amabilidad y su elocuencia guardaban información. Ella supo poco de mí. Acaso, y con cierto desencanto, que era un poco más tonto de lo que suponía. Sin embargo, fogueada en las asambleas, no se dio por vencida. Creyó que podía ser un cuadro con futuro promisorio y no anduvo con vueltas. Tenés que entrenarte, me dijo, ¿por qué no te venís para la Unidad? Pero yo ya voy a una. Ah... –pareció replegarse-, ¿leíste algo de Paulo Freire? No, lo sentí nombrar. Tomá, me dijo, y me regaló un manual de teología de la liberación.

            Dos o tres minutos nos quedamos callados. Yo ojeé la contratapa del librito y dudé que me fuera a interesar. Tampoco era un gran lector, como sucede con casi todos los chicos que escriben. ¿Tenés novia? Tch, tch, negué con la cabeza. Pero la flaca te gusta de veras... Y, sí –concedí-, pero anda con González y a mí no me da bola. Seguro que te enganchaste con las tetas. La miré. No sé, le dije, me gusta; me gusta de cara también. Ah, también; pero te enganchaste con las tetas... Bueno, si fuera por eso me podría enganchar también con vos. Probá, me dijo. Sentí que me subía la vergüenza por la nuca y se me alojaba, como siempre, en las orejas, seguro que enrojecidas. Sonreí. Probá, me insistió; ¿me tenés miedo? No, pero me dijiste que estás de novia y que te querés casar... No seas pelotudo.

            La palabra, más cálida que insultante, a mí me cayó como una piña; era la primera vez que me la decía una mujer. Debo haberla mirado con odio, porque ella ablandó el gesto y, de dominante, pasó a sugestiva. ¿Te gustaría tocármelas? ¿Acá?, le dije. Mhm. Pero nos van a ver. Dejalos; qué nos van a ver si están todos emputecidos allá adelante, con profesora y todo. A ésta el colectivero se la pincha esta noche. ¿Y a vos?, le pregunté. Ahora fue ella la que enrojeció un poco, pero me sostuvo la vista. No sé, depende de vos. Entonces abrí y extendí la mano.

            No había tocado nunca una cosa semejante. Era la primera vez que estaba con una mujer de verdad y ese par de bochas redondas y duras me devolvió la memoria de los mejores días con mi prima. Se me empezaba a parar y el cabeceo sobre la tela liviana del short de baño no pude disimularlo. ¿Con quién dormís esta noche? No sé con quién me van a poner, le dije. Yo duermo sola; ya le avisé a la profe que me pago la diferencia, porque no me aguanto a las pendejas de mis compañeritas y con los varones no me dejan estar, jajá. Bueno, no creo que me controlen si me escapo, le dije. Y si te controlan te escapás lo mismo, ¿o no?

 

 

 

38.

 

            “Queremos representar a los tres millones de votantes a los que estafó Lavagna, pero no a los dirigentes que hicieron la estafa”. Con esta frase, la radical Margarita Stolbizer marcó sus límites al diálogo que la UCR anunció que iniciará con la Coalición Cívica que ella integra desde el año pasado.

            Crítica desde siempre del acuerdo que su partido selló con el peronista Roberto Lavagna, Stolbizer consideró que los Kirchner son los únicos beneficiados con el acuerdo; pronosticó que Alfonsín, Nosiglia y los radicales K se quedarán con la UCR y opinó que Néstor Kirchner busca destruir al radicalismo utilizando a sus socios K.

            También le apuntó a la Presidenta. “Si es más noticia que Kirchner presida el PJ que la gestión de su mujer, es porque no hay gestión”, señaló.

            -¿La tomó por sorpresa el anuncio de Lavagna?

            -No el anuncio, sino el poco tiempo que pasó. Durante más de un año, argumentamos que apoyar a Lavagna era una falsa opción y que no podíamos competir contra los Kirchner postulando a su ministro estrella.

            -¿Quiénes ganaron y quiénes perdieron con esa decisión?

            -Como todas las decisiones de los Kirchner, los que ganan son ellos. El resto ha perdido. Y también el sistema político, con semejante pase de un competidor a un aliado.

            -¿Gerardo Morales tendrá que dejar la conducción de la UCR?

            -Él llegó a ser presidente sin que el partido discutiera los motivos de la renuncia de Iglesias. Forzó su reelección sin discutir los errores de la estrategia electoral, con mandatos prorrogados y distritos sin elecciones. No creo que pueda conducir el debate que debería venir.

            -¿Quién va a conducir la UCR?

            -En el estado de cosas actual, el que pueda conseguir el apoyo de los delegados que manejan Raúl Alfonsín, Enrique Nosiglia o Leopoldo Moreau. Como parece que éstos también están negociando con los radicales K, será un entremezclado de todos ellos.

            -Morales y Ernesto Sanz anunciaron que iban a dialogar con la Coalición Cívica, ¿lo aprueba?

            -Es un manotazo de ahogado. Pero claro que nunca es tarde.

            -¿Los recibiría a todos con los brazos abiertos?

            -Si eso es buena disposición sí. Igual, no podemos recibir a los que quisieron hacer negocios con Lavagna y, como no pudieron, ahora quieren hacerlos acá. Queremos representar a los tres millones de votantes a los que estafó Lavagna, pero no a los dirigentes que hicieron la estafa.

            -¿Por qué los radicales K quieren volver al partido?

            -Porque los manda Kirchner como parte de su estrategia de construcción de un poder hegemónico.

            -¿El alfonsinismo les quiere abrir la puerta para no tener que negociar con usted y con Carrió?

            -Puede ser. Temen encontrarse con el aislamiento que construyeron. Y algunos también quieren participar cuanto antes de la mesa del Gobierno pensando que ahí se come bien.

            -¿Qué le pareció hasta ahora tener una presidenta?

-Ella tomó el Gobierno sin beneficio de inventario y está pagando las facturas que su marido le dejó. La veo desorientada; no hay una impronta propia. Si es más noticia que Kirchner presida el PJ que le gestión de su mujer, es porque no hay gestión.

-Pero, ¿las decisiones del Gobierno se toman en la Casa Rosada o en las oficinas de Puerto Madero?

-En el dormitorio de Olivos...

 

 

39.

 

            Cuando bajamos la escalinata de la Catedral, en Paraná, confirmé que la cosa iba en serio. Es difícil torcer la voluntad de una mujer cuando decide algo y más si esa mujer tiene la experiencia que yo no tenía y el propósito que conocería después.

            Un poco me empecé a asustar. ¿En serio querría que me acostara con ella y en la habitación de la hostería donde parábamos todos? Me dio la mano y resbalamos escalones abajo, como si quisiera guiarme. Los demás compañeros advirtieron el detalle y nos empezaron a cargar; algunas de las compañeras, en cambio, tiraron sus darditos. Mirá si se entera tu novio cuando volvamos. Difícil si alguna pajera no se lo cuenta. Su voz sonaba desafiante y segura, casi masculina, aunque mi calentura creía ver entonces a la más encantadora de las mujeres.

            Fuimos a un parador para merendar. La mayoría de los varones se escondió para tomar cerveza y las chicas se fueron con la profesora a recorrer el parque. Mi conductora y yo nos tiramos en el pasto, debajo de un algarrobo y cerquita del agua.

            Te van a cagar, le dije. A mí me chupa un huevo; si cuentan, cuando volvamos, las busco de a una y las cago a trompadas. ¿Y si se entera? ¿De qué?, si no hicimos nada... Bueno, pero... ¿Bueno, pero qué? ¿lo vamos a hacer? Sí, claro, si vos querés... Ah, ¿y vos no? No me jodas, vos tenés miedo, ¿te arrugaste? Qué me voy a arrugar yo...  Tenía que dar una señal; giré, me puse de costado y volví a tocarle las tetas. Te gustan, puto, ¿no? ¿Por qué te gustan tanto las tetas? ¿no mamaste de chiquito? Recordé, en efecto, que mamá las tenía pequeñas, casi insignificantes, pero no le contesté. ¿Y vos, mamaste?, me animé. Probá, me paralizó, ahora parecés avivadito...

            La pija se me volvía a parar. Ella también se puso de costado, mirándome a la cara, y me dijo: Ahora no, a la noche, ¿querés?; en mi pieza. Pero estoy recaliente, boluda; qué querés con todo lo que me decís. Que me cojas, quiero; pero a la noche, ahora no, ahora bajala porque no quiero quilombos. Con un martillo la voy a bajar. Bueno, vení, nos metemos un rato en el agua así se te enfría.

            El tiempo parecía detenido, pero la noche llegó volando. A esa altura lo que había empezado siendo un susto se aproximaba al terror. Por un lado me comían las ganas, por el otro, la ansiedad. ¿Qué cosas me va a hacer esta mina? ¿Qué cosas le podría hacer yo que a ella la impresionaran?

            Comimos en el mismo restaurante de la hostería. Después, algunos se pusieron a mirar televisión, otros a jugar al truco, yo entre ellos, y otros, varias mujeres y tres o cuatro chicos, a mirar las estrellas y esperar que les iluminaran las horas que llevan al amanecer.

            Mi capitana se quedó en un sillón, con un libro, y al rato desapareció. Yo empezaba  a inquietarme de nuevo. Me ligué un par de puteadas de mi compañero por señas mal atendidas, hasta que dije que me dolía la cabeza y que me iba a acostar.

            Salí para la habitación casi temblando. Tenía la sensación de que todos me seguirían, de que todos se daban cuenta de lo que estaba pasando y esperaban la oportunidad para tendernos una emboscada, para descubrirnos, para montar el escándalo. Nada de eso ocurrió; cada uno siguió en su pequeño mundito  y si alguien más, incluida la profesora, se fue para las habitaciones, el resto no se enteró.

            No sabía si irme derecho para mi pieza, disimular un rato y después buscarla, o si irme para la suya y decirle viste que vine; o si no ir, y convencerme y convencerla al otro día de que verdaderamente me dolía la cabeza. Pero no hizo falta que pensara más; ella se había quedado sentada en el primer escalón de la segunda escalera, por donde yo debía pasar, segura de que no sería mucho el tiempo que esperaría.

            Igual se lo dije: ¿Viste que vine? Se rió y me sentí más chiquito. Ella parecía imponente. No sólo las tetas le reventaban debajo de la camisa, sino que el jean ajustado le marcaba un culo que me pareció inabarcable. Vení que no hay nadie, me dijo, no te me vas a cagar ahora. Me agarró de la mano, como a la salida de la Catedral, y nos metimos en su pieza.

 

 

40.

 

            Cerró la puerta y me apretó contra la pared. Estás lindo, pendejo, me dijo y me besó en la boca. ¿Ahora también se te va a parar? Aunque yo no confiaba, no hizo falta que me repitiera la pregunta; después de muchos meses de inactividad, la resiliencia jugó su papel  y al tacto la firmeza pareció convincente. Ah, guachito, me dijo, qué linda la tenés. Y sentí su mano buscando en la bragueta.

            Casi una semana después de conocerse su decisión de colaborar con Néstor Kirchner para normalizar el PJ, las primeras encuestas muestran que el cambio de traje no será gratis para Roberto Lavagna, aunque su acuerdo provoca casi tanto rechazo como indiferencia en la opinión pública.

            Los números indican que Lavagna llevó las de perder. “Fue una muy buena jugada de Kirchner, que obligó a Eduardo Duhalde a un cambio de estrategia. Él había pensado una posición más activa y no tuvo más remedio que admitir quién tenía el poder”, opinó el analista Ricardo Rouvier, en tanto para Roberto Bacman, director de la consultora CEOP, “Kirchner  se colocó en el centro de la escena y a partir de ahí obligó a todos los líderes políticos a definir con quién van a estar”.

            Bacman dijo que Lavagna es  el miembro más débil de la alianza entre los dos justicialistas, pero consideró que todavía es pronto para saber cuánto se verá afectada su imagen.

            “El pacto fue una nueva demostración de que el ex presidente sigue en el centro de la escena política, él manejó la agenda y la iniciativa”, coincidió con ellos Eduardo Fidanza, director de Poliarquía.

            Los analistas consultados tuvieron otro punto en común: todos marcaron como centrales los efectos que la decisión de Lavagna tuvo en el mapa político local.

            “No es un tema de encuestas, porque Lavagna ya no medía  muy bien, sino de cómo se están reacomodando todos los partidos a partir de eso”, en palabras de Hugo Haime.

            En esa línea, el interrogante que se plantea es si Elisa Carrió sabrá conquistar a los tres millones de votantes que habían acompañado a Lavagna como alternativa al oficialismo o si la UCR, aliada de Lavagna en las últimas elecciones, será capaz de reciclarse a sí misma y retenerlos.

            “Esto recalentó la interna radical y aceitó el mecanismo de desembarco de los radicales K a la conducción del partido, a la vez que le dio mayor protagonismo a la Coalición Cívica como oposición nacional realmente existente”, opinó Artemio López.

            El otro punto es cómo queda el peronismo con el nuevo perfil que le aportó Lavagna. “Se afirmó el camino para que el PJ se acerque más a un partido socialdemócrata, ése es el perfil que Kirchner buscó a través de Lavagna, en oposición a la Democracia Cristiana de la época de Menem”, analizó Rouvier.

 

 

41.

 

            ¿Vos sabés la que te espera, pendejo? ¿sabés que desde el colectivo que vengo caliente con vos?

            Mi pija en su mano me pareció más grande de lo que era, pero no mi coraje, arrinconado como me tenía y a merced de su voluntad. Yo no hablé. Me descubrió y me acarició la cabeza y con la otra mano empezó a tironear del cinto. ¿Me la vas a poner, eh? ¿me la vas a poner?

            Saqué fuerzas del mismo miedo. Le abrí de un manotazo la camisa y, por debajo del corpiño, le agarré un pezón. Era duro, enérgico, amenazante. Te gustan las tetas, putito, me dijo y me metió una pierna entre las mías, apretándome más contra la pared.

            Le acabé en la mano. Sos boludo, me dijo, ¿cuánto hace que no fifás? Pero vos no me dejás así, ¿sabés? Vos no sabés de lo que soy capaz cuando estoy caliente. Vos no te vas hasta que me cojas bien, pendejito; esta noche te voy a enseñar a coger.

            Se limpió la mano con la camisa a medio arrancar y  se la sacó del todo. Salvo en el cine, nunca había visto un cuerpo de ésos. Pero la vergüenza  me había paralizado y perdí todo rasgo de erección. Entonces se puso dulce, como una maestra. Vení, me dijo, vamos para la cama.

            Dudé seguirla. Si no vuelvo para mi pieza se van a dar cuenta, le dije. Que se den; vos esta noche no te vas de acá, ¿sabés, chiquito? Sos un pendejo hermoso y tenés que saber coger; y yo te voy a enseñar, tranqui, despacito. No tengas miedo. Te voy a hacer ver estrellitas, pero no te voy a comer. No te vas a olvidar más de esta noche.

            Su cambio de voz, el tono conciliatorio, me achicó los miedos; pero me alimentó la bronca. ¿Quién era esta compañera que parecía tan seria, tan madura, tan intelectual y dedicada a los asuntos de la revolución? ¿Esto que me iba a enseñar lo habría aprendido con su novio? ¿o era otra puta? ¿A cuántos tipos se habrá volteado con veinte años? Me descubrí celoso; con unos celos que no tenían ninguna justificación, pero que igual me encendieron los ojos. Volví a dudar si seguir o irme; y ella lo notó. Pero, al revés de lo que había hecho antes, mantuvo el perfil negociador y me fue llevando hasta la cama.

            Me senté. Me empujó suavecito por los hombros para atrás y quedé recostado, con las rodillas flexionadas y los pies apoyados en el suelo. Terminó de desabrocharme el jean y me lo bajó hasta quitármelo. Antes tuvo que quitarme también las zapatillas, instancia que aprovechó para pasarme la lengua por entre los dedos de los pies. Yo sentí que empezaba a parárseme de nuevo.

            ¿Te gusta?, me dijo. Mhm. ¿Alguna vez te lamieron los pies? Nhn, nhn... No saben lo que se perdieron, ¿cuánto hace que no estás con una chica? Mucho, le dije; desde que empecé con el diario y con la política no estuve más. ¿Y con ninguna compañera del curso tampoco? Tampoco, no me gustan. ¿Pero la flaca sí? Pero la flaca te dije que no me da bola. ¿Te gusta más que yo? Me gusta; vos estás rebuena, pero sos más grande  y...  Shh, shh, shh, ¿qué es eso de que soy más grande? ¿soy vieja para vos? Yo no cumplí los veinte, todavía, ¿sabés?; y vos ya no sos un pendejito. Escribís para un diario, te interesa la política, vas a militar conmigo, vamos a terminar la revolución de la mano de Perón...

            Se cruzaron por mi cabeza un montón de cosas juntas. El tío, las primas, lo prohibido que teníamos pronunciar la palabra, la foto muerta del Che Guevara, el Negro Quiroga y las cogidas con mi prima más chica. Sentí que me había relajado y una llamita de orgullo me quemaba el pecho y le iba ganando la batalla al temor. Quién iba a decir que en este viaje me iría a encontrar con semejante mina, enterita y solita para mí. También me acordé de la orgía frustrada con la puta de mi vecina.

  

 

42.

 

            En un reciente experimento, un equipo de psicólogos de la Universidad de Yale alteró la opinión que un grupo de personas tenía sobre un extraño, dándoles simplemente una taza de café.

            Los participantes, estudiantes universitarios, no tenían idea de que sus instintos sociales estaban siendo manipulados deliberadamente. Camino del laboratorio, cada uno de ellos se cruzó con un asistente que sostenía libros, una tabla sujetapapeles, hojas y una taza de café caliente o helado, y que les pidió que lo ayudaran con la taza.

            Eso fue todo: los estudiantes  que sostuvieron una taza de café helado dieron su parecer acerca de una persona hipotética mucho más fría, menos sociable y más egoísta que el de los que habían sostenido una taza de café caliente.

            Descubrimientos como éste, por más improbables que parezcan, han proliferado en la investigación psicológica en los últimos años. Los nuevos estudios revelaron que las personas arreglan más su aspecto cuando se percibe un leve olor a líquido de limpieza; que se vuelven más competitivas si hay un maletín de mano a la vista o que son más propensas a cooperar si oyen palabras como apoyo o confiable o responsable. Y todo sin tener conciencia del cambio ni de lo que lo causó.

            Los psicólogos afirman que preparar la gente de esa manera demuestra cómo las imágenes, los olores y los sonidos cotidianos pueden selectivamente activar objetivos o motivos que las personas ya tienen. Así, los nuevos estudios revelan un cerebro inconsciente mucho más activo e independiente, y con propósitos firmes, de lo que se sabía hasta ahora. Objetivos como comer, formar pareja o tomar un vaso de leche helada funcionan como softwares neuronales  que sólo pueden ser desarrollados de a uno por vez, mientras que el inconsciente es perfectamente capaz de ejecutar el software que elija.

            La mutua concesión entre esas elecciones inconscientes y nuestros objetivos conscientes, racionales, pueden ayudar a explicar algunas de las realidades más misteriosas del comportamiento, por ejemplo, cómo podemos ser generosos en ciertos momentos y mezquinos inmediatamente después, o actuar groseramente en una cena cuando estamos convencidos de que irradiamos encanto.

            “Cuando se trata de nuestro comportamiento de un momento al otro, el gran interrogante es este: Inmediatamente después, qué? ”, dijo John A. Bargh, profesor de psicología de Yale y autor, junto con Lawrence Williams, del estudio con las tazas de café.

 

 

43.

 

            Retomó como si empezáramos de cero, pero cuidó los detalles para evitar una segunda frustración. Yo me estiré a lo largo de la cama, boca arriba, y me quedé esperando. No sé por qué me acordé de la partida de ajedrez: ahí también tenía las blancas y decidí esperar.

            ¿En qué piensa el tiernito?  -me dijo-; ya está, ya pasó. Ahora vamos por lo que me debés, ¿vamos?  Vamos, le dije con poca convicción. Se estiró en la cama, pero se puso de costado, sosteniéndose la cabeza. Me rozó levemente las bolas con los dedos, pero no se detuvo. Con el índice dibujó una espiral sobre la mancha de leche que me había quedado en el calzoncillo y siguió para arriba, metiendo la mano por debajo de la remera. Jugó con la panza, el ombligo, las tetillas; volvió para la panza, se estacionó. La erección sucedió al cabeceo. Mmm..., me dijo y se mordió los labios. Sacate la remera. Me la saqué mientras ella desprendía su vaquero. Volvió a girar y me arrimó la cara. No tenía una boca carnosa, pero en ese momento me pareció que se inflamaba  y se humedecía. Acerqué los labios y nos besamos; lento, largo, como novios adolescentes en su primera exploración. Hurgué por debajo del corpiño y ese nuevo contacto con la bocha hirviente acentuó mi excitación. Se lo desprendió. Se lo saqué. Se extendió boca arriba. Giré, lamí, contorneé los pezones con los dedos, mordí, apreté. De a poco noté que era ella la que empezaba a gozar. Metí una mano por el cierre de su jean y tropecé con una mata espesa, mayor en superficie que la que recordaba de mi vecina. La pija me volvió a su grado de mayor endurecimiento. Sacala, le dije. Me la agarró por la manga del calzoncillo. Qué dura la tenés, putito; qué linda que la tenés. Llegué hasta la concha donde sentí que se me disolvía la mano. Quemaba. Entonces di un salto, me puse de rodillas y le saqué el pantalón. Ella tenía la bombacha mojada y sentí, por un momento, que estábamos iguales. Sacámela, me dijo, mientras hacía lo mismo con mi calzoncillo. Nos estrechamos y nos volvimos a besar. Yo quise entrarle, pero se corrió. Pará, despacito, te quiero disfrutar, pendejo; y quiero que te acuerdes de mí para siempre. Se bajó, me pegó tres lengüetazos firmes sobre la cabeza descubierta, se la puso en la boca y empezó a chupar. Nunca me había pasado después de la prima; pero además me pasaba con una mujer, como las del cine, como las que imaginaba haciendo lo que ahora me hacían a mí en escenas cortadas por la censura; con una mujer que tenía una mata de pelo negro como tenían Ornella Mutti, Agostina Belli, las estrellas con las que me pajeaba; con una mujer que parecía tan caliente y tan puta como parecían ellas.

            Me entregué. Los movimientos de los labios y de la lengua, suaves, untuosos, llevaban el compás de la mano que subía de los huevos al tronco y volvía hasta los límites del ano. Qué linda que la tenés, putito, ¿te la chuparon antes? Negué con la cabeza. Te voy a desvirgar para siempre, ¿sabés? ¿Cuántos polvos me vas a echar esta noche? No pude contestarle, sentí que la leche volvía a amontonárseme en la punta de la pija y que mucho más no podría contenerla. Me quise correr. No, me dijo, tranquilo que hay tiempo para todo; tenemos la noche, pendejo, porque de acá no te vas. Acabame, si querés; después me la cobro doble. Acabame. Y aceleró la succión.

  

 

44.

 

            En el mundo real, los efectos del inconsciente son claros para cualquier persona que alguna vez haya ido corriendo hasta el auto para resguardarse de la lluvia y terminó conduciendo demasiado rápido, o que salió a buscar la ropa al lavadero y volvió con un vino y el diario.

            El cerebro parece utilizar los mismos circuitos  neurales para ejecutar tanto un acto inconsciente como uno consciente. En un estudio publicado en Science, un equipo de neurocientíficos ingleses y franceses estudió por imágenes el cerebro de dieciocho hombres y mujeres que participaban de un juego de computación por dinero. Los jugadores sostenían una palanca de control y se les dijo que cuanto más apretaran, cuando una imagen de dinero aparecía súbitamente en la pantalla, más dinero obtendrían.

            Como era de esperar, los jugadores apretaron más fuerte la palanca cuando aparecía la imagen de un peso que cuando lo hacía la imagen de un centavo, sin importar si lo percibían conscientemente.

            Pero los circuitos cerebrales activados en todos los participantes fueron similares: el área llamada pallidum ventral permanecía activa cada vez que los participantes respondían. Esto sugiere la existencia de un proceso de toma de decisiones de abajo hacia arriba, en el que el pallidum ventral forma parte de un circuito que primero pondera la recompensa y decide, y luego interactúa con las regiones conscientes de mayor nivel, si es que lo hace. La ciencia ha dedicado años a tratar de identificar las precisas regiones neurales que sustentan el estado consciente, hasta ahora en vano. Pero casi no hay dudas de que incluye la corteza prefrontal.

            “A veces, los efectos no conscientes pueden superar en magnitud a los conscientes –explicó el doctor Mark Schaller, profesor de psicología de la Universidad de la Columbia Británica, en Vancouver- porque no podemos moderar ciertas cosas a las que no tenemos acceso de manera consciente, y el objetivo permanece activo”. Hasta que se cumple, es decir, cuando el programa es posteriormente suprimido, según el estudio.

            Las nuevas investigaciones confirman que no estamos solos en nuestro estado consciente. Tenemos compañía, un socio invisible con intensas reacciones sobre la realidad que no siempre coinciden con las nuestras, pero cuyos instintos tienden tanto a ayudar y ser atentos con los demás como a desorganizar.

 

 

45.

 

            La historia contrafáctica es frágil, pero es demasiado tentadora como para anularla entre los recursos con aptitud de enriquecer la interpretación de los hechos políticos y aumentar la eficacia de la lupa con la que se observa el movimiento de sus actores.

            Así como se han escrito páginas clásicas sobre la hipótesis imaginaria de lo que habría ocurrido en Europa si Napoleón hubiera vencido en Waterloo, en lugar de ser derrotado, de igual modo se podrían hacer algunas anotaciones -mucho más modestas, claro- en procura de respuesta para interrogantes como el siguiente: ¿cómo habría sido el eco en la sociedad argentina si el domingo último, en lugar de haberse desayunado todos, sin preparación de ningún tipo, con la noticia de que el ex ministro Roberto Lavagna había estado de Olivos con el ex presidente Kirchner y volvía de ese modo a la militancia activa del Partido Justicialista, se hubiera conocido, simultáneamente, un documento de cinco carillas que aquél ha hecho llegar a éste con no pocas apreciaciones críticas sobre la marcha del país?

            Ahora que te tragué no te vas más, pendejo; ahora sos mío.

            La explosión que le había estallado en la boca pareció transportarla, aunque su voz sonaba convincente y lúcida y sus ojos mantenían el mismo poder hipnótico que al principio me había amedrentado.

            Sos el único tipo al que le tragué la leche además del que me violó, ¿sabés? Y aquélla casi toda la escupí. A mi novio ni siquiera se la chupo. Pero no por asco ni por mojigatería, no por el trauma que me pudiera haber quedado; no se la chupo porque siento que le faltan los huevos que tenía aquel hijo de puta que me supo dominar. Yo tenía dieciséis, imaginate, como vos ahora, y ya comandaba la comisión de prensa y propaganda; ya me había tumbado a los dos guachos más lindos que había en el Departamento de la Juventud y al líder de Militancia, que anduvo por Timote y vino con ganas de carne fresca. Pero éste no, éste era un señor en La Plata y ni siquiera estaba sospechado por la dictadura. Coordinaba lo que después sería la UB Descamisados, cuando Lanusse levantó la veda, y se decía que tenía llegada directa a Plaza; o sea, que jugaba a dos puntas.

            Todos jugaban a dos puntas allí, pero eso lo entendí después. Yo tenía dieciséis, como te digo, y lo tuve que acompañar como delegada de la juventud a una reunión en la catedral. Debíamos entrar separados y simular que yo no lo conocía, porque él iba por la Acción Católica. Se nos quería advertir a los subversivos que la Iglesia no nos apoyaría. Bueno, no importa eso.

            El asunto fue que este turro tenía fama de revolucionario comprometido, capaz de sacar información de los sectores más altos del poder. Y yo me había hecho una famita de intelectual rebelde y combativa que los jerarcas se disputaban. Así, entre otras cosas, conocí a mi novio y fue él el que me presentó a este fulano. Era un tipo grande, cuarenta y cinco arriba; pero a mí me producía algo verlo; no sé, me calentaba.

            Tampoco sé si se habría dado cuenta, porque nunca hasta entonces me dijo nada. Ese día, menos. Cuando terminó la reunión, a los otros nos hicieron salir por una puerta del costado. El tipo no, el tipo bajó las escalinatas con el vicario y dos o tres oligarcones que no me acuerdo. Yo debía esperarlo a una cuadra, por la diagonal. Llegó y me subí. ¿Te llevo a tu casa?, me dijo. No, le dije, ¿no le vamos a informar a los compañeros? Bueno, me dijo, vamos a informarle a los compañeros. Me tocó la cabeza y aceleró.

            No fuimos para el local. Giró, pegó un rodeo y volvimos para la catedral. Estacionó del lado de atrás, por 15. Estaba bien oscuro ya y los árboles tapaban la poca luz de los faroles de la calle. Lo miré sin abrir la boca. Yo ya tenía las mismas tetas que ahora y parecía de más de dieciséis. Te gusto, me dijo sin darme opción a responder. Lo volví a mirar, ahora a los ojos. ¿Qué me dice? Que te gusto, y no me trates de usted, borrega; me hacés muy viejo. No sé qué me quiere decir, traté de decirle; pero no me dejó terminar. Se me echó y me agarró una teta, firme, con ganas. Aunque le quise sacar la mano con todas mis fuerzas, en el fondo no sé si quería que la sacara. Sos un hijo de puta, lo tuteé. Un hijo de puta  que te calienta, me dijo. Y me tiró sobre el asiento del Rambler, boca abajo; peló la verga, me bajó el vaquero a los tirones y me la quiso mandar por atrás. La posición era incómoda y no pudo. Quedate quietita, me dijo; acá es territorio mío y nadie te va a creer que estás por la fuerza. Además te gusta, ¿nocierto?; te tiembla el culo, borrega.

            Yo no pude distinguir entre la rabia y el placer; pero era cierto que estaba caliente. Cuando intentó clavarme de nuevo volvió a fallar, se echó para atrás, me agarró del cuello y me bajó la cabeza para la pija. Abrí la boca casi instintivamente. ¿Ves que te gusta?, me dijo. Me quise correr, pero me apretó más fuerte. Chupá, ordenó. Yo eso no lo había hecho antes; me lo habían pedido, pero nunca la había tenido adentro de la boca. No sé si no tuve ganas, porque resistí poco. Primero sentí sobre los labios la humedad pegajosa; y, en vez de horrorizarme, me envalentonó. Levanté lo que pude la vista. Había algo de paternal en esa violencia; algo tal vez de diabólico que me produjo al mismo tiempo rechazo y atracción. Y no fue necesario que me ordenara de nuevo; a la siguiente presión de sus dedos cerca de la nuca, abrí la boca y dejé que entrara. Te mato si me mordés, me dijo. Pero ni se me había ocurrido. Lo dejé que manejara los movimientos y en medio de la humillación sentí placer. La sensación era bien distinta de la idea que me había hecho.

 

 

46.

 

            ¿Te jode que te lo cuente? Yo no había vuelto a hablar ni a moverme desde que inició su monólogo y ella pareció que regresaba de un sueño, o de una pesadilla. Se había puesto tierna y estaba casi acurrucada contra mi pecho, por debajo de la axila. Decime la verdad, ¿te jode? Nunca se lo conté a nadie, nunca lo volví a hacer con nadie; ni sé por qué estoy haciendo terapia con vos. ¿A vos te jode? No sé si me jode, no me gusta; ¿por qué me elegiste a mí? No te elegí, me dijo, se fue dando. Sí te había fichado para el Movimiento; ahí necesitamos gente que no se venda, que tenga huevos para terminar la revolución, que tenga ideales. Pero no, de lo otro, no; se fue dando en el colectivo, cuando vi a las tilingas de mis compañeras revoloteando. ¿Vos te creés que somos los únicos que andábamos con ganas? Si te dejo, te agarraba alguna; te iba a histeriquear un rato, te iba a dejar que le pusieras un chupón y te iba a largar por otro para seguir la cuenta. Yo las conozco, son así.

            Me quedé un rato, creo que largo, mirando al techo. Ella me respetó el silencio y se quedó en la misma posición, como si buscara protegerse. Nadie me había dicho, hasta entonces, que tenía huevos ni que tenía ideales; yo me veía a mí mismo como la antítesis de la revolución, a pesar de las parodias escolares. Tampoco entendía el por qué de la fascinación que sentía por quien la había violado ni por qué esa súbita necesidad de repetir conmigo una experiencia que la marcó.

            ¿Vos me quisiste decir que te enamoraste de aquel tipo? ¿Enamorarme? ¿vos sos loco? Yo no me enamoro de nadie. Cuando termine la escuela nos casamos para irnos al norte, porque tenemos la idea de sumarnos para activar la revolución desde allá, como soñaba el Che. Pero de mi novio tampoco estoy enamorada. Con él estamos, nomás; hasta ahí. Hasta donde lo necesite la causa. Al final fue él  el que me presentó aquel tipo. Es un grosso, me dijo, mantenete cerca; tiene llegada al ejército y al obispado. Y es leal. La puta si fue leal; me hizo debutar de arriba y, de alguna manera, me ató.

            ¿Y de abajo? ¿De abajo qué? Digo, ¿con quién debutaste? ¿Ves que sos un pendejo?, qué carajo te importa a vos con quién debuté. Bueno, vos empezaste. Empecé las pelotas, ¿con qué empecé? Te confié lo que no creía que pudiera confiar a nadie, te banqué la borregada, te mamé como no te van a mamar en tu vida, pelotudo, ¿con qué empecé yo? ¿Vos no te das cuenta de que algo me pasa con vos que no me pasó con nadie?

            Aunque sonaba auténtica, no terminó de convencerme. Igual me quedé callado. Por un rato dejamos de mirarnos, los dos boca arriba. Después, ella se volteó, como si quisiera dormir. Boca abajo y desnuda todavía no la había visto. Si no lo era me pareció perfecta. Tenía el culo más redondo y más compacto que vi en mi vida; las piernas proporcionadas, elegantes y macizas a la vez, la cintura, aunque ancha, bien marcada, y una espalda que invitaba a ser recorrida. Di media vuelta y la recorrí con las uñas, desde el cuello hasta la curva que delineaba las caderas. Noté un ligero temblor y los poros inflamados. Me gustás, le dije. No me contestó. Volví a sentir los cabeceos que anteceden a la erección y me le monté. Desde arriba la vulva se veía carnosa y apetecible. Nunca había visto una parecida ni creo que la volviera a ver durante mucho tiempo. Se me cruzó la imagen del tipo sin rostro queriéndosela clavar en el auto y traté de imaginar la dimensión de aquella verga. La mía me pareció poca cosa, una verga de pendejo. Tenía razón en tratarme así. ¿Qué podía hacer yo sobre las ancas de esa yegua, preparadas para grandes domadas, dotadas por la naturaleza para recibir vergas enormes de machos poderosos, que literalmente la partieran por la mitad, le arrancaran el grito, la obligaran a pedir más, a pedir por favor, a pedir que la cojan, que la claven como imaginaba pedían las del cine? ¿Qué podía hacer yo con una pijita de borrego que se iba al primer contacto de la mano, a la primera mamada?

            Sin embargo, me vi presionando, con la cabeza dura y afiebrada tratando de abrirse paso entre esos otros labios ni siquiera presentidos. Ella los mantuvo cerrados, con las piernas juntas, pero levantó levemente el culo, que se abrió como un damasco, y, como una vez lo escuchara de mi prima más chica, me dijo cogeme. Entonces arremetí. Sentí la presión del anillo y la pija me fue devorada por una cavidad cilíndrica de hondura insondable. Un ardor apretado me subió hasta los huevos y se extendió, derramándose,  hasta mi propio vientre y hasta mi propio culo. Me quedé así, incrustado, durante un momento que también se pareció a la eternidad; después escuché por segunda vez, como en un gemido, el ábrete sésamo del cogeme. Y empecé a bombear con desesperación.

            Por primera vez resistí todos los corcovos, todas las reptadas, todas las presiones. Lejos de acabar, sentía la pija cada vez más grande, cada vez más dura, cada vez más digna del lugar que ocupaba. Cómo cogés, pendejo; yo sabía que me ibas a coger; cogeme, pendejo, no me lo perdones; cogeme, por favor. Cuando la saqué, para recuperar el aire, parecía un hierro candente a punto de fundirse. Entonces se dio vuelta y, ahora sí, me ofreció la concha abierta que invadí con toda la potencia de la que podía ser capaz.

            El estallido llegó como un bautismo. Volqué toda mi leche en esa cuenca que a mí me pareció nunca abordada y ella dio un grito y un bramido largo que entendí como una aprobación.

            Nos soltamos y nos desparramamos sobre la sábana empapada de transpiración. ¿Sabés una cosa, pendejo? También es la primera vez que entrego el culo; me dijo y me besó en los labios.

 

 

47. 

 

            Los jueves nos reunimos en la Unidad y los sábados a la tarde en la capillita. Vos vení el sábado, que la cosa es más social, así para el jueves siguiente preparás un poco de doctrina; me dijo mientras nos vestíamos. “Ahora que te tragué sos mío”, me había dicho y actuaba como si fuera así. El Presi traza las líneas de acción, pero vos después te manejás conmigo. Yo te propongo como adjunto en Propaganda y nos movemos en yunta.

            La expresión en yunta no traía buenos recuerdos para mí; en yunta, según mi papá, andaba el Negro Quiroga haciendo la porquería. Y aunque a esa edad ya tenía cierta autonomía de pensamiento, las marcas de la niñez resisten los quitamanchas.

            No sé, intenté justificar. No sé un carajo; este polvo tiene su precio, mi amor. Te dije que de esta noche no te ibas a olvidar; aparte, es tu oportunidad, agarrá y empezás con cierto vuelo, porque si querés empezar solo y de abajo, te masacran. ¿Y tu novio? Mi novio nada, ya te dije. Él hace la suya, yo hago la mía. Cuando termine, me caso y nos vamos al norte. Me queda un año y pico. Si en ese tiempo te sabés mover, te llevo con nosotros y eso incluye un servicio personal, jajá; como el de recién.

            En Cariló, entre las dunas que la perseverancia de Héctor Manuel Guerrico fue conteniendo desde 1918 con la implantación de pinares, Lavagna dató, el 4 de enero, un mes antes de la revelación que sacudió al país, una serie de reflexiones sobre la actualidad nacional.

            Probablemente no alcancen para descomprimir la estupefacción, primero, y la ira, después, de los radicales o de muchos de entre sus más de tres millones de votantes en las elecciones de octubre. Menos, todavía, para convencer de otra cosa a los opositores, para quienes el matrimonio presidencial constituye un caso político irredimible.

            Pero sin el tono con algo de épico que las justas comiciales requieren para asumir, aunque más no sea, visos de competencia verosímil, esas reflexiones marcan disidencias con la conducción gubernamental en terrenos delicados. Por eso es interesante conocerlas, a fin de evaluar su repercusión ulterior, dado que el autor ha sido bastante vapuleado a lo largo de la semana como un político que se había entregado atado de pies y manos a quien se suponía, hasta ayer nomás, un adversario cuyas posiciones estaba dispuesto a combatir.

            Para una rendición incondicional de esa naturaleza, el documento que Lavagna dejó, según sus amigos, en manos del ex presidente, tiene poco de factura ortodoxa.

            Casi no hablamos durante el viaje de regreso, aunque volvimos a sentarnos juntos. Poco antes del arribo me dijo a quemarropa: ¿Sabés cómo terminó aquel tipo?, con un chumbo en la cabeza. Dicen que fue un ajuste y lo encontró la policía, de madrugada, a la vuelta de la catedral, a menos de dos cuadras de donde estuvo conmigo. No te puedo explicar bien qué me pasó cuando lo supe; lástima no me dio ni nada, pero fue como si yo le hubiera absorbido el espíritu, como si él me hubiera elegido para que ocupara su lugar. Qué sé yo, bah; como si hubiera sabido lo que le esperaba y, a su manera, eligió descendencia.

            La miré y no quise preguntar nada de lo que se me cruzó por la cabeza. Pero mis ojos habrán hablado lo que yo callé, porque ella me sonrió como cuando estábamos en la cama, tierna, y me dio un último beso en los labios. Boludo, me dijo.

 

 

48.

 

            Aunque Lavagna había considerado que no es éste el diario más indicado, sino algún otro, para publicar de forma anticipada  y textual lo que ha sentado por escrito, se puede decir que el meollo de las ideas por él expuestas está en lo siguiente:

  1. La continuidad democrática es un valor por sí misma, pero después de un cuarto de siglo, la democracia conquistada en 1983 sigue sin dar respuestas de mejora institucional; la reforma constitucional de 1994 nada hizo en su favor.
  2. Debe buscarse el reequilibrio de la influencia de los tres poderes de gobierno; esto incluye un menor uso de los poderes extraordinarios ejercitados por el Poder Ejecutivo.
  3. Es necesario afirmar la federalización del país, lo que es imposible de lograr sin gobiernos locales con suficientes recursos propios.
  4. Como consecuencia de lo anterior, debe irse a una ley de coparticipación pensada para el largo plazo y aplicada de manera progresiva.
  5. Aggiornamiento del Partido Justicialista: no a la hibernación actual, no a un retorno a esa federación de partidos locales o provinciales que fue en un pasado reciente.
  6. Ese aggiornamiento  supone la discusión interna y la aceptación de los sectores minoritarios; supone igualmente que el PJ deje de ser un mero aparato político y adquiera el contenido por el cual pueda cumplir con su compromiso social.
  7. Un PJ moderno equivale a una agrupación con voluntad de diálogo con otras fuerzas políticas y con quienes sustenten otras ideas.
  8. No a una política exterior de relaciones carnales, pero tampoco de alineamientos personales con amigos o compañeros de ruta que afecten las posiciones estratégicas del país (¿acaso era necesario hacer hincapié en Hugo Chávez?)
  9. El ámbito natural de la política internacional de la Argentina es el Mercosur y las relaciones con Brasil, sin que nadie tenga derecho a adjudicarse un papel rector.
  10.  Después de 68 meses de crecimiento  económico sostenido, sería imperdonable fracasar ahora por falta de responsabilidad, y la responsabilidad de evitar ese fracaso mal podría descansar sobre la base de la obediencia ciega en un país que vivió la tragedia de la obediencia debida.

El documento de Lavagna omite, entre muchos otros capítulos, los de la seguridad física de los ciudadanos, en particular en los centros urbanos, y el capitalismo de amigos a los que había abordado durante la campaña electoral como flancos vulnerables del gobierno. Penetra, sin embargo, entre esos flancos con una sutileza que apunta a la línea de flotación de la credibilidad oficial, al aludir veladamente a las denuncias de manipulación de las cifras del Indec, que están siendo examinadas hasta en las más altas instancias de la política financiera internacional.

            Así, con eufemismo imbatible, Lavagna se ocupa, bien que con sesgo negativo, de la contabilidad creativa. En ese mismo tono deja constancia de alguna inquietud económica por síntomas que no pueden ser percibidos plenamente ahora, pero que afectan a muchos ciudadanos y gravitarán sobre la evolución ulterior del país.

 

 

 

 

49.

 

 

            No fui por la Unidad Básica ni aparecí más por la que frecuentaba a media cuadra de mi casa. Tampoco insistí con el periódico. Miré de lejos las vacilaciones del Frejuli tras la pronta renuncia de Cámpora a la presidencia y el interinato de Lastiri. Tampoco sentí emoción alguna cuando Perón ganó las elecciones en fórmula con su esposa y comenzó su tercera gestión de gobierno. Me retraje en el estudio, la poesía y la atención del kiosco de mamá. Advertía, por las narraciones de algunos clientes que habían estado, las secuelas irreversibles que dejó Ezeiza. Me invadía un temprano desencanto con la política y con mi país.

            No volví a tener sexo. Pasé el verano con una noviecita de la cuadra que llegó a entusiasmarme, pero que, con sus catorce años y el estricto cuidado de la familia, no me permitió ir más allá de algunas memorables calenturas contra la pared de la panadería.

            Al año siguiente me enfermé. Con Perón debatiéndose entre el cáncer y su entorno, recrudecieron las peores miserias sectoriales, cuyas alternativas seguía por radio desde la cama. Gelbard dominó la inflación heredada  a costo de desabastecimiento y la figura del secretario López Rega se hizo omnipresente. La agitación de la izquierda peronista creció en intensidad y se asoció con otras izquierdas radicalizadas; la derecha, apoyada por buena parte del movimiento obrero, fue ganando espacios de poder. Rucci había sido asesinado y la CGT de Casildo Herrera despertaba más recelos que adhesiones. Una profesora que me visitó en el hospital me regaló los dos tomos de Estudio sobre los orígenes del peronismo. Supe, creo que desde entonces, que entender el peronismo es entender la Argentina; y el juicio no conlleva valoración. Con todo, lo que se vivía y lo que se veía se parecía muy poco a la revolución soñada. Era, en todo caso, un revoltijo de intereses demasiado oscuros y demasiado intrincados  para un Perón definitivamente agonizante.

            Poco y nada supe durante aquel período de mi ex capitana. Nunca se llegó por el hospital. La supuse imbuida en los estudios y en sus aprestos matrimoniales que eran, a los efectos que perseguía, más o menos la misma cosa. Más de una noche me masturbé recordándola; y, con cada eyaculación, fue creciendo un desprecio por mí mismo que me aproximaba mucho más a la imagen del Negro Quiroga que a la del promisorio cuadro revolucionario con la que alguna vez me entusiasmé.

            Debí cambiar el viaje de egresados por un cuarto de clínica. El mismo día que la voz cascada y castiza de la vicepresidente María Estela Martínez  anunciaba la muerte de Perón, un agente patógeno no diagnosticado todavía me perforaba la pleura. Nunca como ese día sentí un dolor tan íntegro y total. El líder, mi salud, el sueño se quebraban en simultáneo y con ello se quebraba la esperanza de cualquier revolución. No sabía que también empezaba la noche más amarga.

            El 4 de julio, por rara paradoja el mismo día en que el imperio celebra su independencia, una ambulancia me trasladó hasta el Instituto del Tórax, en la calle Caseros. Allí me depositaron en una sala, desmantelada y desatendida por los días de duelo, desde cuyo ventanal, enorme hacia el oeste, podía ver la mole carcelaria recién estrenada, en donde los presos, del tamaño de una figurita, colgaban como adornos de las ventanas. Muchos de ellos, se murmuraba, habían jugado a la revolución. Dentro de la comunidad de internados me construí, durante setenta y pico de días, en contertulio de largas tenidas sobre fútbol, en oyente entusiasta de la primera victoria de Reutemann al mando del Brabham relatada por González Rouco, en seguidor incondicional de un burgués hipposo y cursi que, sin embargo, revolucionaría el tenis y en fisgón de los culos de dos mucamas correntinas, poderosas y treintañeras, que me adoptaron como mascota y me dejaron tocarlas por debajo de las bombachas, como me sucediera con las primas.

            En eso consiste, en definitiva, toda revolución; en una vuelta a los orígenes, por oscuros o por innobles que fueran. A una de las dos le tocó afeitarme la víspera de mi operación y, en medio del temor y la ansiedad que sentía, recuerdo el placentero contacto de su mano con mis huevos, que me produjo una erección con reminiscencias de aquella noche al amparo de mi capitana. La correntina me miró con lascivia, se mordió el labio de abajo, con un gesto también reminiscente, y me besó en la punta. Si pudieras, me dijo; y me entregó al camillero.

 

 

50. 

 

            Es interesante a estas alturas ver de qué manera fundamenta el ex ministro las razones de la recuperación económica lograda desde el tercer trimestre de 2002. Lavagna habla a secas de 2002, pero de igual modo eso tiene su miga: fue por entero un año de la presidencia del doctor Eduardo Duhalde.

            El ex ministro señala seis motivos del despegue de la megacrisis de comienzos de siglo. Las que siguen son también sus palabras y, según el caso, sus conceptos, no necesariamente los del cronista: a) haber considerado el consumo de la mayoría de la población como motor de crecimiento; b) la política de lograr un aumento permanente  y progresivo en la distribución del ingreso; c) el tipo de cambio en consonancia con una sociedad en desarrollo; d) el superávit fiscal y la política de reservas a fin de que haya una situación económica sin condicionamientos internos o externos (Lavagna subraya la importancia de generar reservas en la Tesorería, lo que no es igual, dice, a tenerlas acumuladas en el Banco Central); e) las tasas de interés sustentables con el superávit fiscal; f) el desendeudamiento, con referencia a una deuda pública que sigue siendo, a pesar de todo, muy grande.

            En el quirófano y a la salida de él toda la realidad se vuelve mágica. Desaparecen los contornos  del espacio y del tiempo y una dulce y liviana sensación de somnolencia desdibuja las figuras, confunde los seres y las cosas y cede la suma del poder al ejercicio de sobrevivir. Las instancias que lindan con la muerte son, acaso, las únicas en la vida de un hombre que justifican sus actos.

            Es difícil saber en qué punto se encontraban el 4 de enero las conversaciones de Lavagna con ese dechado de discreción que es el senador por Buenos Aires José Pampuro. Si lo ignoraban en su momento los ministros más empinados de su gabinete, con más razón los de afuera, que ni siquiera han contado con algunas explicaciones que el ex presidente Kirchner se sintió en la necesidad de realizar en el círculo áulico oficial antes del rimbombante anuncio.

            Pero ya el 4 de enero, por la fecha que lleva el documento, se puede apreciar el punto de equidistancia  que Lavagna iba tomando entre quienes se conforman con el analgésico de las mejoras económicas habidas en los últimos años y quienes llegan al nivel del autoflagelamiento. Prescinde el ex ministro de Economía de ocuparse en  su  texto de temas tan serios como el de la cuestión energética o el de la claridad o no de la política actual en materia de inversiones, pero se lo nota preocupado por la pobreza estructural del país.

            En ese punto, desliza una observación filosa: hay cifras, dice, que comienzan a mostrar  un estancamiento y, más aún, cierto empeoramiento de la situación de los más postergados. “Ante los reclamos, la Presidenta tiró la pelota lejos, a la tribuna”, sintetizó Hugo Yasky, secretario general de la Central de Trabajadores Argentinos.

 

 

51.

 

            “No me atosiguéis”. Cuando salí, bien entrada la primavera, la exhortación con que se ridiculizaba a la presidente en ejercicio era todo cuanto me interesaba de la política. Desde el mismo discurso oficial, el país parecía otro; y tal vez lo fuera; lejos, bien lejos de aquel voluntarismo que prometía concluir la revolución pendiente.

            El ala izquierda de la JP, a la que el mismo Perón había barrido de la Plaza dos meses antes de morir, pasó a la clandestinidad y decidió jugar sus fichas a pleno, siguiendo, en líneas generales, aquel proyecto sobre el que mi capitana me había instruido, entre explosión y explosión de semen, la noche de Paraná. El ala derecha gobernaba desde los artilugios de la brujería. Mi tío de la despensa parecía desconcertado; mamá se alegraba por mi recuperación con la misma vehemencia con la que me reprochaba que la hubiera hecho votar al peronismo, y mis primas ejercitaban con distintos novios aquello para lo que antes se entrenaron conmigo. Me enteré de las muertes casi simultáneas del Negro Quiroga y del viejo Ángelo; y viví esas muertes como si el cielo y el infierno se confundieran para siempre en una suerte de continua y constante realidad. La novia que había dejado me buscó para que volviéramos, pero yo, como el país, sentía que era otro. Creí que ese cuerpo averiado en adelante no me acompañaría y temí fracasar. Me despedí de la manera más indigna, que fue no despedirme, y recibí una respuesta humillante que prefiero olvidar.

            El que asomaba sería el primer verano que no esperaba con alborozo y me hundí en un progresivo escepticismo que mucho se parecía al resentimiento. Con el tiempo llegué a pensarme como un sobreviviente que se anticipó a los demás; pero, a diferencia de los otros, a mí me faltó la causa.

            Terminé la secundaria y me fui a Santa Fe; acaso para sentirme cerquita del Túnel mientras intentaba una carrera universitaria. Me volví antes de que el intento  revelara mi real capacidad. Alguien me contó que mi capitana se había casado, nomás; y que se había ido para el norte, donde a los pocos meses la partió una ráfaga de ametralladora. Supe, por la misma fuente, que el marido se salvó y que había regresado a La Plata para estudiar Economía; supe que siguió militando, ahora en la esfera sindical. Alguien, que no era el mismo, lo vio en un plenario debatiendo las consecuencias del Rodrigazo.

 

 

52.

 

            -¿De qué habló con Fernández?

            -Entre otras cosas, de resolver de la mejor forma la paritaria docente, que se reanuda el martes próximo.

            La Ctera, que conduce Stella Maldonado (reemplazante de Yasky al asumir éste la conducción de la CTA), pretende un treinta por ciento de aumento salarial. El sueldo mínimo es de 1.050 pesos y el gremio quiere que se eleve a 1.400 pesos.

            Para ello, tanto el Gobierno como la Ctera quieren ponerle como fecha tope a la negociación el 20 de este mes. Pero Yasky es optimista y cree que habrá solución.

            Según supo La Nación de fuentes oficiales, ése fue el motivo de disgusto de Cristina Kirchner ante Yasky: quiere que en marzo se inicien las clases y su gestión no soporte un conflicto docente.

            Yasky respondió a la postura presidencial: “Respeto su punto de vista. Pero yo le aclaré que si la escuela pública todavía existe en la Argentina fue por la lucha de los docentes a pesar del avance de la política neoliberal de los ´90”.

            Después de considerar un reconocimiento político a la CTA que el Poder Ejecutivo la hubiese convocado, también evidenció “una contradicción del Gobierno que nos convoquen como una verdadera central de trabajadores, pero que, a la vez, pospongan el otorgamiento de la personería gremial” de la central, que sus dirigentes vienen reclamando desde hace muchos años.

            Juzgó como muy dura la reunión en la Casa Rosada y justificó que la CTA no haya tenido “una actitud genuflexa que significara escuchar la posición del Gobierno sin retrucarla”. Por eso consideró valioso Yasky que el diálogo tuviese “puntos ríspidos y de controversia, pero que las diferencias quedasen abiertas, para discutir”, señaló.

            Como ejemplo, Yasky y Alberto Fernández coincidieron ayer en una agenda de temas. La CTA analizará la ley nacional de salud con la ministra Graciela Ocaña; el jefe de Gabinete recibirá la semana próxima al secretario general de ATE (estatales), Pablo Micheli, para solucionar el desconocimiento de la comisión interna elegida del sindicato en el Indec, así como la reincorporación de un despido.

            También esperará a una delegación de la CTA  el ministro de Trabajo, Carlos Tomada. Yasky aseguró que “se discutirá la semana que viene el cronograma de convocatoria del Consejo del Salario Mínimo, además de la propuesta de la CTA sobre la ley de primer empleo para los jóvenes y de centros de capacitación para reinserción laboral de desocupados”

            -¿El reclamo de la personería gremial para la CTA quedó congelado? ¿Por qué la Presidenta derivó el tema al Ministerio de Trabajo, que aún no lo resolvió?

            -Como diríamos en el fútbol, creo que la Presidenta tiró la pelota a la tribuna, bien lejos. Porque el ministro Tomada dijo que el trámite administrativo sobre el tema estaba concluido en esa cartera, que no había nada más que agregar y que ahora restaba solamente una decisión política del Poder Ejecutivo. Es como si participáramos del juego de la oca y hubiéramos retrocedido quince casilleros. Pero la decisión de la CTA es defender como un derecho la personería gremial y no creemos que tenga que ser una gracia del Gobierno que se otorga a los que están más cerca o más lejos de su pensamiento.

            Yasky no se alarmó por las duras declaraciones del compañero de CTA y diputado nacional, Claudio Lozano, sobre lo que éste consideró el negativo resultado de la reunión con Cristina Kirchner.

            “Lo que pasa es que ocupamos distintos lugares. Con Lozano no tenemos diferencias de pensamiento. Sólo que él habla como un político y yo lo hago como Secretario General de la CTA, donde no puedo perder la capacidad de lucha”, destacó.

 

 

53.

 

            El poema que dejara inconcluso en el segundo capítulo termina así: Ahora / que he inventado el mundo / sólo cambiaré puntos de vista.

            Pero nada de esto, en esencia,  me pertenece. Cada día y cada diario configuran una novela que deberíamos advertir. Yo tomé como fuente a La Nación, en su edición del sábado 9 de febrero de 2008, establecí los enlaces y le agregué algunas consideraciones de relativa importancia, amén de las anécdotas y de cierta impiedad.