Mi amigo Canone

Gabriel Canone

Mi amigo Canone no era mi amigo hasta comienzos del siglo, cuando yo promediaba mi quinta década y ya había hecho y deshecho casi todas las amistades que se hacen o se deshacen a lo largo de la vida.
Yo no tenía noticias de su existencia ni creo que él las tuviera de la mía, por lo menos hasta los días previos a aquéllos que lo trajeron hasta mi casa.
Recuerdo que golpeó a la puerta del taller, por la ochava de Urquiza y Avellaneda que mira al sur, y que no esperó a que le abriera: entró.
Yo soy el doctor Canone -me dijo-, ¿usted es el profesor Portiglia? Y me tendió la mano. Fumaba y traía un maletín.
No sé -o tal vez no lo recuerde- quién le había sugerido mi nombre; era, probablemente, alguien de Ascensión o de Ferré.
Lo invité a sentarse, se sentó, le alcancé un cenicero. En su paisaje interior dudo de que yo estuviera representado. Abrió el maletín y saltaron los papeles. También algunos casetes de audio. Apretó el segundo pucho y me miró a los ojos, creo que por primera vez.
Yo junté todo esto -me dijo- y quiero hacer algo; usted me dirá qué puedo hacer.
Había manuscritos y mecanografiados; en castellano y en inglés. Había apuntes, libretitas y fotos. Había algunas piedras, lapiceras y lápices. Había, también, algún pequeño libro.
Lo miré.
¿Conoce la historia del Star Dust, el avión que se perdió en la cordillera?
Mi cabeza se fue para los rugbiers uruguayos, pero enseguida comprendí que no.
No.
Bueno acá está todo el material documentado. Unos primos míos, que son montañistas, encontraron los restos después de más de cincuenta años que se lo tragara la nieve. Algunos creyeron que se trataba del avión del oro que traían los nazis para los bancos chilenos. Pero hay otra historia que es la que yo quiero contar. Usted me dirá cómo la encaro.
¿Una historia, cómo? ¿Testimonial? ¿un relato histórico? ¿O usted quiere escribir ficción: un cuento, una novela?
No sé -me dijo-; se lo dejo y estudie el asunto. Pero quiero empezarlo rápido, porque yo escribí hasta donde pude y me trabé. Ahí va a ver que hay algunos borradores. Empecé por ‘el objeto’, que tengo colgado en una pared, por encima de la chimenea, y que conserva el alma del avión. Después me dice cuánto sale, cobremé lo que me tenga que cobrar; pero quiero empezarlo rápido.
Se levantó, me tendió la mano y se fue. La mesa quedó llena de sus cosas. A la semana siguiente empezamos a trabajar; primero, una vez por semana; después, dos; después, tres. Después estuvimos tres años antes de presentar la novela. Amigos y compinches, así, de repente.
“Historias que devolvió la montaña. Búsqueda y hallazgo del Star Dust”. Nunca disfruté tanto con mi trabajo. Presentamos el libro en Buenos Aires, Junín, Mendoza y Alem: cuatro puntos estratégicos de la historia. Una amiga que participó de las dos primeras presentaciones, Ana Guillot, me recordaba que fueron unas noches mágicas. Todo era mágico lo que giraba en torno de Gabriel. Hasta su caída, hasta su coqueteo por las lindes del infierno, hasta su mudanza a Godoy Cruz y su progresiva recuperación, hasta cada una de las fotografías con las que nos deleitó y nos emocionó durante los últimos años.
El otro día se le dio por morirse. Así, de repente también, como todo lo que hacía. Acababa de retomar la escritura y de mandarme el último cuento que le alcancé a devolver con algunas observaciones. Yo viajaba esa semana para verlo y para laburar entre mates, faldeos, churrascos y vino. También para contarle ciertas cosas personales. La idea era volver de Mendoza con el libro encauzado. Después nos iríamos ocupando de lo fino.
Esta vez no llegué como la vez del balcón; esta vez él no tuvo la culpa. La peleó, según me cuentan, como pudo. Pero al cuarto o quinto round le contaron hasta diez. Fue el último de mis amigos en llegar a mi vida. Físicamente, el que se fue primero. Y temprano, demasiado temprano. De mi corazón y mi memoria, sin embargo, difícil que se vaya este cabrón.

Las Morochas

Plazoleta de los Trovadores / Desaparecido monumento al poeta Luis B. Negretti

Salí de casa por Urquiza, crucé la avenida, seguí una cuadra, por Alberdi, y doblé por Francia con dirección suroeste. A medida que avanzaba me alejaba del centro y me metía de lleno en Las Morochas, el barrio de mi primera infancia.
Llegué hasta la esquina de Arquímedes y doblé a la derecha. En la esquina de Arquímedes con Malvinas Argentinas me encontré con la primera referencia que buscaba: una vieja casona, que fuera casa-quinta y que por aquellos años me llenaba de admiración. Distaba seis cuadras escasas de la casa donde yo vivía, en el 418 de la calle Guido Spano; pero el recorrido de la mano de mamá, que por entonces pasaba levemente los treinta, me parecía una aventura digna de las historietas que canjeaba a la vuelta, en una de las casitas del Barrio Obrero.
Retomé una cuadra hacia el noreste, por Malvinas, y doblé por Bolivia hacia la izquierda. Y allí estaba la segunda referencia: Panadería “La Pequeña”. El mismo nombre y casi el mismo aspecto en medio de un paisaje urbano que ya no pude reconocer. En ese negocio, como escala de nuestra excursión hasta la casa-quinta, mamá solía comprarme alguna guaranguita o alguna torta negra, que pagaba con el bordado de unos pañuelitos de mano de linón y de unas batitas y unas toallitas para bebé que hacían las delicias de la dueña.
Seguí por Bolivia, tal era mi objetivo. En la esquina con Guido Spano no está más la Casa de Admisión -o algo así- y se levantan modernas casitas iguales que también cambiaron el aspecto de los silos de Schultz, convertidos ahora en una cerealera. Lo que era un campito se transformó en plazoleta y la callejuela interna, donde estuviera el canje de revistas, se llama Pasaje Nicolás Campasso, en memoria de un señor muy culto, buen músico y algo poeta que antes de morir me legó su biblioteca de autores de Junín, tesoro que conservo y aprecio.
Crucé Winter, orillé el paredón suroeste del Club Moreno y desemboqué en Javier Muñiz. Y allí estaba, espléndida, la loma. Hoy asfaltada, pero con sus casitas de cuentos, sus terraplenes y sus escalinatas tal como los recordaba cuando mi tía Irma me dejaba buscar bochinchitos que después me regalaría en los canastos y cuando mi tío Cachalo, transpirado y con la camisa desprendida a la vuelta del taller, me hacía reír a carcajadas con sus cuentos y sus chistes y me regalaba los ejemplares de El Gráfico con Rojitas o el Tanque o Marzolini en la tapa. No están más las ligustrinas, una pena; tampoco los tapialitos con balaustradas. Pero reconocí la tercera de las casitas a la derecha porque, justito enfrente, Teresa Acebal conversaba con otra persona. Ella, claro, no me reconoció a mí. Y continué el trayecto.
Crucé Uruguay. ¿Cuál sería la casa de mi tío Nuto? Ésta, me parece; ¿o aquella? Yo le tenía un poco de miedo a ese “tío barbudo” o “tío borracho”, como él mismo se llamaba en su bondad, y sólo iba de visita de vez en cuando, durante los veranos, si me llevaba mi tía Mabel.
Por Édison retomé una cuadra hacia el noreste y por Colombia doblé otra vez hacia la izquierda. Una cuadra hasta Negretti y un codito a la derecha y me topé con la irreconocible capillita San Francisco de Asís, donde tomara mis dos comuniones, hoy devenida parroquia de una sub-barriada que ya no se ve marginal.
Extremo de mi recorrido.
Por Chile doblé hacia el sureste para iniciar la vuelta. Repetí el caminito que hiciera con mis compañeros de catecismo y recordé, vagamente, aquellos cuadernos llenos de dibujitos alegóricos que prometían linduras inexistentes.
Otro codito en Javier Muñiz y el Moreno, ahora por el frente, después de cruzar la plazoleta de los Manuale. En esta vereda, justito aquí, fue donde nos agarramos a las piñas con Roldán, el hijo del querosenero, y el gordo Chacón, que era su amigo, se me subió a cococho y me mordió la cabeza. Ni siquiera parece que hubieran pasado cincuenta y tres años. Salvo por el asfalto y por las casas de enfrente que no reconozco.
En el campito donde venían las calesitas sólo se conserva la gigante araucaria. Y la callejuela interna, a cuyo frente daba el mercadito de María Esper, que siempre nos fiaba para que nosotros comiéramos, se llama Pasaje Saborido. Por Mataco, claro. Que vivía enfrente y que compusiera la Marcha de Sarmiento. Del club. Y el predio se llama Plazoleta de los Trovadores: por él, por Negretti y por los vates que le dieron mentas a este barrio que fuera de cafishios, de caudillos y de pistoleros.
Mi casa estaba allá, frente a los González. Está, todavía; ¡pero tan cambiada! Ni tapial bajo con jardín al frente, ni naranjo, ni limonero. Todo pared y portón cerrado. Igual que la de Azcune, igual que la de los Tomeo o la del Cacho Pereyra o la de Jorge Juri.
Por Colombia bajé hasta Alsina, me alejé un poco otra vez, hasta Arquímedes, volví a pasar por la casona de mis excursiones y esta vez me pareció que mamá me apretaba de la mano. Entonces emprendí el regreso.
Quince minutos después ya estaba de nuevo en mi casa; pero el viaje de ida -lo aseguro- duró muchísimo más tiempo.
Yo necesito caminar y agarro cada día un rumbo diferente. Hoy, lo había decidido, sería para allí. Y aunque siempre me resisto a la nostalgia, el corazón esta siesta me latió más fuerte; también más descansado.

Penique

 

Cuando yo era chico tuve un perro que se llamaba Penique.

 Vino a casa con nombre, porque me lo regaló una tía después de criarlo unos meses para aplacar mi desconsuelo tras el envenenamiento de Rock. Vivió muchos años con nosotros, hasta que también me lo envenenaron siendo yo muchacho grande. Eran comunes los envenenamientos cuando no era común la democracia. El asunto es que Penique se había ganado la simpatía del barrio, incluida por supuesto la nutrida clientela del kiosco. Inquieto, juguetón, festivo, superaba ampliamente en valor real el escaso valor de su nombre que apenas equivalía al céntimo. Pero tenía una curiosa particularidad que a mí me causaba mucha gracia, además de infinita compasión: su dificultad para ejercer.

 Entrenaba en el patio su predisposición activa con una bolsa de arpillera que solía oficiar del felpudo; ponía en aquellos actos absoluta dedicación; mordía la bolsa por una de sus puntas y la pisaba con sus patas delanteras para que la bolsa se tensara; recién entonces descargaba su pasión juvenil y abundante con ritmo frenético, hasta acabar agotado.

 Pero cuando salía a la calle para poner en juego las habilidades que había entrenado en soledad, solía verse rodeado por otros perros callejeros, de mayor porte y con mejores mañas, que no sólo le ahuyentaban el objeto de su deseo -a la que se disputaban con saña-, sino que, los relegados en la disputa, convertían en pasiva la activa predisposición de Penique.

 Hacía mucho que no me acordaba de él. Pero se viven tiempos políticamente complicados en la Argentina; uno ve cosas, coteja comportamientos y bueno, la memoria es caprichosa y los recuerdos se disparan solos.

La difícil

Soñada Nro. 5

En 1965 fueron Puntorero, Hoster y Ressucchi y no conseguí ninguna de las tres. Dos años más tarde, con Racing campeón de la Libertadores y de la Copa Europeo-Sudamericana, la difícil fue Pizzutti, el mítico técnico racinguista. Mamá ya tenía el kiosco funcionando y yo, en consecuencia, una mayor posibilidad de provisión. Abrí paquetes, fijé candidatos, me entrené para no fallar ni en la arrimada ni en la tapadita a la vuelta de la escuela y llené todas las páginas del álbum, menos la de la Academia. El premio era la número 5, de cuero, que nunca había tenido; pero me faltaba Pizzutti. Llegué a delinquir. A escondidas abría, con una tijera filosa y por la pestaña ancha, los sobrecitos de cada caja nueva que llegaba de la distribuidora, miraba si estaba Pizzutti y los volvía a cerrar, con plasticola. Un día la ansiedad me delató. Me pasé de cola con el apuro y con la rabia que me daba la ausencia repetida y, apenas secó el pegamento, los sobrecitos empezaron a blanquear. Algún cliente se quejó, también, porque dijo que las figuritas le salían pegoteadas. Mamá me interrogó con los ojos y enseguida confesé. La pena fue leve a pesar del tamaño de la falta, pero suficiente como para recortarme al mínimo el flujo de figuritas. Un mes y medio estuve con el álbum casi lleno, la esperanza casi perdida y la paciencia casi agotada. Hasta que el amigo de un amigo me comentó que un chiquito de su barrio lo tenía a Pizzutti. Lo mandé a buscar. Era chiquito en serio. Yo andaba por los diez y éste no pasaba los siete. Pero lo que le faltaba en altura y en edad lo compensaba en astucia. Vivía en la calle, me dijeron. Me miró por abajo del flequillo despuntado y me tiró, de una: No lo cambio a Pizzutti. ¿Vos juntás?, le pregunté. No. ¿Y entonces para qué lo querés? Porque sí, me dijo y el razonamiento me pareció irrebatible. Te doy veinte, propuse. Ni loco. Treinta. Tch tch tch. Dale, boludo, ¿para qué la querés si vos no juntás? ¿A vos qué te importa?, y boludo serás vos. Los ojitos negros le bailaban en la carita cachetona; parecía paladear con malicia el pequeño poder que le daba su codiciada pertenencia. Saqué primero de un bolsillo y después del otro; junté los dos pilones y le ofrecí el montón. Hay más de cien, lo tenté. No lo cambio, te dije, a Pizzutti. Pizzutti parecía divertirse desde el fondo celeste del círculo de cartón y semitapado por el pulgar mugriento. La puta que te parió, le dije desde la bronca que me daba la impotencia. Como respuesta me embocó de puntín en el medio de la canilla: Más puta será tu madre, retrucó, y los ojitos negros astillaron el espacio que nos separaba. Al borde del llanto me le quise tirar encima, pero uno de los amigos me contuvo. Dejalo, me dijo, ¿no ves que es más chiquito? Sentí que la humillación me subía por las orejas. Andate a la mierda, pendejo, le dije y enfilé para mi casa. Pero al pequeño cachorro de puntero político le quedaba una movida por hacer. ¿Tu vieja tiene kiosco?, me frenó. Me di vuelta y lo miré, callado. Dale, boludo, no te enojés; dame el pilón y una caja. ¿Vos sos loco? Y qué, boludo, si con ésta llenás, ¿cuánto vale una pelota? Pero una caja son cincuenta paquetes, ¿de dónde los saco?; si se los saco del kiosco mi vieja me mata. Pediselós. Lo volví a mirar, callado, ahora sonreía y de los ojos le saltaban chispitas. Vení, le dije y me siguió. Con mamá negocié desde la vereda y ventana de por medio. La poca resistencia que me ofreció fue por no consentirme, aunque yo sabía que la pérdida le licuaba las ganancias de dos días. Me pasó la caja por el vidrio y yo se la pasé al extorsionador, con el montón de repetidas. ¿Viste?, me dijo; me dio a Pizzutti y me palmeó en el hombro.

Conservé la pelota de gajos hasta grande. La engrasaba con pella que pedía en la carnicería de la esquina para mantener el cuero lubricado y sentía cierta pena cuando se llenaba de tierra al rodar por el campito. Entonces comprendí que el objeto se imponía al deporte.

Cuando nacieron mis hijos, a mí no me faltaba plata y ellos tuvieron las pelotas que necesitaron. También juntaron figuritas, pero ya no existían las difíciles. Tampoco la palabra boludo decía demasiado y la puteada a la madre, como insulto supremo, carecía por completo de significación.

 

Las doce y una / Número Presentación; septiembre de 2010

Los hermanos mayores

Un matrimonio llegó al bar para almorzar. Dos de los hijos, por la apariencia mellizos, no superan los cinco años y el tercero, en cochecito, rondará el primero.
Los papás se sientan a la mesa y disponen los lugares para cada uno, el cochecito en la punta. Pero el bebé reclama que lo liberen. Está aprendiendo sus primeros pasos y los quiere ejercitar sobre la cerámica resbalosa del piso.
Lo bajan y lo sueltan. El bebé levanta sus bracitos en señal de triunfo, ancho en su sonrisa, y cae de panza por primera vez.
Para esto llegó el dueño a la mesa (parecen conocidos) y los papás se entretienen en la charla con él. Comienza entonces el protagonismo de los hermanos, sobre todo el de uno, al que llaman Vicente.
Se hace cargo de su hermanito. Lo levanta del suelo una, dos, diez veces y lo lleva a caminar de la mano, por el corredor estrecho que forman las hileras de mesas. Al bebé se lo ve exultante, aun en las caídas. Y Vicente mira a los parroquianos, se muerde el labio inferior e infla el pecho, orgulloso.
Se sabe -y lo es- necesario. Se sabe -y lo es- importante. Se sabe -y lo es- el hermano mayor, secretamente admirado por el bebé y responsable de que su hermanito aprenda a recorrer los caminos de la vida. Sano, fuerte, feliz, en libertad.
Le sonrío mientras cierro el libro y acomodo mis cosas para irme. Y Vicente me devuelve la sonrisa antes de continuar con su trabajo. La hamburguesa, las papas y la coca que le trajeron pueden esperar; también sus ganas de atacarlas. Aunque apetitoso el olorcito que se desprende de los platos, el hermanito lo necesita y eso es lo que más importa.
Acaso con el tiempo tengan sus diferencias, se peleen, se distancien, incluso. Pero la función de los hermanos mayores es difícil de valorar y difícil, también, de que se la olvide. Ellos estuvieron allí, sosteniendo a los más chicos, cuando el futuro era grande como el cielo y el piso, todavía resbaloso e inestable, como todos los pisos que pisamos por tentadores que parezcan.

"A solaassss..."

Hugo Guerrero Marthineitz

Técnico operativo: pip pip pip pip piiiiipp... Musical: papára-papáiba / papára-papá // papára-papáiba / papára-papá. Voz modulada, cavernosa y suave: "Éste es el top del segundo en el Show del minuto". Musical: papára-papáiba / papára-papá // papára-papáiba / papára-papá // papára-papáiba / papára-papá... Silencio.

 

"No digass que nos hass pensado alguna vezz que también la verdadd puede ocultar al mentiroso". Silencio. "Noo díígass que tú mismo no mientess máss de una vezz..." Silencio. "Nóó díígaasss..." Aspirado: "hhegh hhegh hhegh hheeghh. Mejor no lo digass, no-lo-díígass. ¡Nó dígass! Sal a la caie, mira el sol, mira las señoritas que menean sus con-tor-neadass caderass; camina, préndate de la niña que te ofrece una rosa con moco en la nariz, del muchacho que te ofrece el diario. Quítate si puedess ese moco que obbsscurece tus ideas. Maldice en todo caso". Silencio. "Pero no mientas..." Silencio. Prolongado, inacabable, contrito silencio. Hasta que el oportuno regreso del operador precede a la voz cavernosa: tactác / tác: "Otro que clavó su sintonía en Radio Belgrano; y en su radio Noblex, Giulietta".

 

Años y años conviví con la voz inimitable de Hugo Guerrero Marthineitz; años con su risa tragada y socarrona; años con sus silencios incómodos, pero fecundantes; sobre todo fecundantes. Años rastreándolo por el dial: Belgrano, Splendid, Continental ("Apretadditoss entre la os-ten-to-ssa Colonia y la po-de-ro-ssa Rivadavia"), Del Plata, Colonia, Continental... Años de impasse forzado; años de "Reencuentro". Años esperando la alta noche para verlo y escucharlo "A solass". Años y años de aprendizaje que jamás terminaré de agradecer.

 

Con Guerrero conocí a Di Fulvio y a Larralde. Con Guerrero seguí esperanzado la convalecencia del niño, el heroico martirio y la mágica resurrección de "El hombrecito del azulejo". Con Guerrero atravesé todo el norte argentino, me hinqué a la orilla de un río y descarné con mis propias manos el cadáver putrefacto de Juan Galo de Lavalle, para salvar su corazón de la infamia. Por él, que cedía su tiempo de manera generosa, me dejaba llevar por el relato de Sabato mismo y me amparaba en los timbres magistrales de Eduardo Falú y de Mercedes Sosa. Amé con él a Damacita Boero. Con Guerrero afiné mi percepción para alcanzar las cumbres de Beethoven y temblar con la Novena Sinfonía. Y con él descubrí la voz de Piero, bálsamo que me regaló un estribillo para los primeros desengaños de amor: "...y en una servilleta blanca / yo te dibujaba / yo te dibujaba".

 

Guerrero me enseñó que la Argentina late mejor en Borges que en Jauretche. Él me reveló la dramática hondura de "Doña Soledad" y la templada melancolía de "El violín de Becho" en la voz insuperable de Zitarrosa. Con Guerrero supe lo que significa resistirle al poder, cuando se negaba a emitir publicidades que traicionaran la buena fe de los oyentes. Guerrero me enseñó a decirle negro al negro, no los humillantes "negrito, moreno u hombre de color". Con Guerrero aprendí a plantarme frente a los poderosos y a no cederles ninguna iniciativa; con él, también, aprendí a masticar la impotencia y la injusticia y a repeler la demagogia, la hipocresía y la estupidez.

 

Guerrero me enseñó el valor de la intransigencia en los momentos en los que se juega la dignidad y el valor de la conciliación y del diálogo en los momentos en los que se juega el destino. Con guerrero supe que ser peruano, argentino, uruguayo, chileno o venezolano es transitar por el mismo camino, sin que por ello tengamos que confundir las identidades ni, mucho menos, resignar libertades y derechos en oprobiosos mazacotes bolivarianos. Por Guerrero vibré con Violeta Parra y con Joan Báez y me emocioné con Horacio Molina. Guerrero me leyó por primera vez a Rulfo y a Arciniegas, a Benedetti y a Cortázar. Con Guerrero descubrí a Piazzolla y a la dúctil fertilidad del tango, cuando parecía morirse arrastrado por el machismo irredimible de Julio Sosa.

 

Suele contar Florencia Ibáñez, partenaire del mejor Rolando Hanglin y actual locutora de Víctor Hugo Morales en "La mañana de Continental", que, apenas pasados los 20 y habiendo tomado la profesión con cierta liviandad, un día recibió de Guerrero la siguiente pregunta: "Y tú, ¿tienes proiectos? ¿o piensas seguir mostrando el ombligo durante toda tu vida?"

 

El sábado 21 de agosto de 2010, Hugo Guerrero Marthineitz se murió en la más espantosa miseria. No era fácil ayudarlo, claro; nunca fue fácil entenderse con él. ¿Cómo acordar en esta sociedad gobernada por las frivolidades con una persona que mantiene su voz firme en las circunstancias más adversas; que devuelve un silencio a la tilinguería lisonjera y que amonesta con la mirada?

 

Guerrero se murió literalmente en la calle, como se mueren los cuerpos que abonarán la tierra para que crezca la mies y alimente a los cómodos, los inútiles y los desentendidos. Formó, con el citado Hanglin, con Antonio Carrizo, Mario Mactas, Carlos Ulanovsky,  Pepe Eliaschev, Quique Pessoa y Jorge Lanata, el selecto grupo de los que usan el micrófono porque algo tienen para decir; lo demás suele ser entretenimiento.

 

Pero Hugo Guerrero Marthineitz era, al menos para el que escribe, un prócer entre los próceres. Pocos se enteraron de tamaña muerte. La televisión estaba narcotizada con el fútbol para todos y con las esquirlas que provoca Tinelli y para La Nación, un diario serio, fue más destacable la muerte de Fogwill.

 

Claudio Portiglia

 

(Nota originalmente publicada en "Las doce y una", sept. de 2010 / Hugo Guerrero Marthineitz nació en Lima el 11 de agosto de 1924 y murió en Buenos Aires el 21 de agosto de 2010)

"Las casas de Junín"

Después de Buenos Aires, de Palermo, de Ginebra, de Londres, de Islandia y de Noruega, probablemente sea Junín el topónimo que más aparece en la obra de Borges.
No siempre para referirse al mismo lugar; pero, en cada caso, para unir tres eslabones de una corriente empática. Toda la vida de Borges, de principios a finales, estuvo vinculada con el nombre Junín. Y como su literatura, más allá de la pátina fantástica y de acceso restringido que le pintaron los legos, es de claro corte autobiográfico, no podría prescindir de nombrarlo, como no pudo prescindir de Muraña, de Iberra, de Macedonio Fernández, de Groussac o de Cansinos Assens.
Y son tres las instancias borgeanas de la palabra Junín:
En la primera se refiere a la batalla -la “escaramuza”, según su apreciación- en la que tuvo destacadísima participación su bisabuelo por vía materna, el coronel Isidoro Suárez, y que significó la definitiva derrota de “los godos” y la consecuente liberación de toda la América del Sur.
La segunda instancia refiere a mi ciudad, ubicada sobre las márgenes del Río Salado, en el noroeste de la provincia de Buenos Aires, adonde se refugiara Mitre después de la humillación que las fuerzas comandadas por José Inocencio Arias le impusieran en La Verde, y donde su abuelo paterno, el coronel Francisco Borges, que sirviera a las órdenes de Mitre, “se dejara matar” para salvar la ofensa.
Y la tercera instancia, que por lo general es referida dentro de la construcción “las casas de Junín”, remite a los prostíbulos de Buenos Aires, que alimentaron el tango, la milonga, los amores y los duelos a cuchillo y que tuvieron y tienen como eje esa calle que atraviesa los barrios de Balvanera y Recoleta. Lo saben los lectores, los frecuentadores y los vecinos. También, algún ex ministro de la Corte Suprema de Justicia de la Nación, muy afín al cámporo-cristinismo, famoso por sus tratados de Derecho y sus clases de moral.

"Te faltan palabras más poéticas"

Marcelo Alonso

Una tarde, hará diez años, golpearon a la puerta de mi taller. Un muchachón grandote y desarrapado, que aparentaba menos edad de la que supe tenía, me ofreció a la venta un cuadernillo. Prevenido y escaso le dije que no. “¿Por qué me dice que no si ni siquiera lo mira?” Lo miré a él: “Porque no –le dije- no tengo plata”. “Todos me dicen lo mismo –protestó-, vine acá porque me dijo el tintorero que usted me iba a comprar”. El tintorero vive al lado de mi casa; compartimos el gusto por la lectura y la zozobra por llegar a fin de mes. “¿Y el tintorero qué sabe? –me defendí- ¿Qué es?” “Poesía que escribo yo”. Lo miré otra vez, firme, a los ojos. “¿Poesía?” “Sí” –me respondió y me sostuvo la mirada. “¿Te gusta la poesía?”. “No, yo escribo, pero no me gusta leer”. “Y si a vos no te gusta leer, por qué suponés que tendríamos que leerte a vos…” Pareció inseguro por primera vez. “Qué sé yo. Yo escribo porque no sé hacer nada. Mi novia dibuja, hacemos estos cuadernillos y los vendemos. A mí me cuestan cincuenta centavos, los vendo a cinco pesos y así podemos vivir”. Desde ese momento fui yo el inseguro. “Pasá” –le dije.

 Cinco pesos, diez años atrás, tenían el mismo billete pero diferente valor. Muy diferente. Calcule usted que por esa plata compraba, por ejemplo, una bandeja de nalga para milanesas. Y el cuadernillo, de doce hojas tamaño oficio dobladas y abrochadas, cuyo costo fue denunciado por el autor en cincuenta centavos, hoy no se haría por menos de diez pesos en ninguna fotocopiadora. Es más: cinco pesos era todo el dinero que ese día tenía en el bolsillo.

“A ver”. Me mostró. Leí. “¿Vos no leés, me decís?”. “No”. “¿Y escuchás música?” “Sí, a veces. Cuando estaba internado escuchaba más. A mí me metieron en cana, me echaron del pueblo y después me internaron. Ahí la conocí a mi novia que dibuja. Ella me empezó a ayudar”. “¿Y vos de dónde sos?” “De Los Toldos (en realidad era nacido en San Martín, pegadito a capital), pero vivía en Naón cuando me echaron por drogadicto. Después me internaron en Mercedes. Ahí la conocí a mi novia que dibuja”. “Tenés cosas muy buenas, ¿sabés?” “No, no sé; yo ando siempre por acá. Mis amigos me dijeron que se los diera a unas profesoras de literatura para que los vieran; y algunas los vieron, pero me dijeron que me faltan palabras más poéticas.” “¿Palabras más poéticas? ¿por ejemplo…?” “Qué sé yo, palabras más poéticas me dijeron, que sean más lindas; que tengo que leer más; pero yo escribo de lo que me pasa. Y mi novia me ayuda con los dibujos”. “No les des pelota a las profesoras de literatura; leé, sí, pero no hagas caso a eso de las palabras poéticas. Acá hay cosas muy buenas, en serio”. “¿Y usted quién es…?”

Directo a la mandíbula, como los textos que acababa de leer. Y además, cerraba con coherencia: si ese tipo fuera un chanta, como tantos de los que golpean la puerta con ofertas parecidas, no me habría dicho que le costaba cincuenta centavos y lo vendía a cinco pesos, con rentabilidad casi absoluta; hubiera mentido algo así como que le costaba cuatro o cuatro cincuenta y lo vendía a cinco para tener unas moneditas con las que comer. Nada de eso, ninguna mentalidad comercial, sinceridad pura; bruta, casi, como su misma poesía.

“No importa quién soy, me lo quedo”. Saqué los cinco pesos y se lo pagué. “Pará que te regalo unos libros míos –le dije antes de que se fuera-; si tenés ganas, leelos”. Miró las tapas y me dijo: “Ah, sí, algunas profesoras me hablaron de usted…” “Bueno, me alegro; mirá: yo organizo un encuentro de poetas todos los años, ¿te animás a leer en el próximo?” Me miró, ya con menos desconfianza. “¿Yo? ¿y qué leo?” “Esto que tenés acá; o algún otro poema que escribas”.

Se fue contento y más contento, aún, vino al encuentro siguiente, en la Sociedad Española. Contento, pero nervioso. Miraba su nombre, que por lógica alfabética encabezaba el programa, me miraba a mí y se reía. Cuando le tocó el turno arrancó tartamudeando y bajito; lejos de ese tono seguro y casi arrogante del día que me golpeara la puerta. Transpiraba; yo transpiraba más que él y el auditorio, casi todos poetas de trayectoria, miraba y oía tratando de entender. Hasta que alguno captó una cosita y se la transmitió al de al lado. Y al ratito, nomás, lo aplaudieron todos.

 Marcelo Alonso, tal era el nombre de aquel muchachote, acababa de presentarse en sociedad y de presentar sus “Cuentos y Poesías bizarras” ilustrados por su novia. Tomó vino hasta cruzar la línea de lo recomendable, hizo amigos con los que intercambió direcciones y hasta se encontró con un hijo mío, al que conocía de los terrenos aledaños al ferrocarril donde jugaban al fútbol provenientes de todos los destinos. Tiempo después me llamó por teléfono: “¿Sabés dónde estoy, Claudio? En Mar del Plata: me invitaron a leer”. Tiempo más tarde me volvió a llamar: “¿Sabés dónde estoy?, en Córdoba”. Y así fue recorriendo el país, conociendo poetas, haciéndose de amigos, haciendo conocer lo que escribía. Otra vez, después de un tiempo sin noticias, me escribió por mail; andaba por Centroamérica. Ya había visitado Perú, Colombia y Ecuador según me dijo. En 2007, la Municipalidad de General Viamonte le financió la impresión de un libro: “Neo-Bidimensionalidad”, en cuya contratapa se autorretrata de manera rotunda.

 Estos días, ordenando la biblioteca que desmonto cada tanto para volverla a montar, aparecieron el libro y el cuadernillo de Marcelo que aparté y releí. Abajo compartiré algún poema. Antes confieso que lo extraño. No recuerdo quién fue, tal vez José Luis Visconti, tal vez Sergio Giuliodibari, el que un día, hace tiempo, me escribió para pasarme la noticia: Marcelo Alonso se murió. Hacía changas en una panadería, salió del horno para fumarse un cigarrillo y el golpe de frío le produjo un infarto.

 

BUENOS AIRES, AQUELARRE

 

Buenos Aires, cúmulo infinito de diversas culturas.

 El mundo sintetizado, enfocado naturalmente por hombres con creces.

 Buenos Aires: nostalgia y corso, espíritu perfumado,

 alma bohemia.

 Quien nunca ha vivido en ella se enamora al visitarla,

 y quien nació allí,

 nunca puede dejarla y si lo hace vuelve

 al laberinto porteño. (Tarde o temprano).

 

Por Gardel, Tita, los gorriones y las palomas.

 El adoquín y las vías de los tranvías,

 todo el arrabal en cada esquina.

 La tana del barrio y la quiniela, Chaca y Atlanta.

 El polaco con su carro lleno de mimbres

 y por si fuera poco, el croto, el linyera.

 Con la botella de alcohol en la mano y juntando puchos.

 La purretada jugando al poliladron

 o al cachurra montó la burra.

 

El conventillo de la churrera hoy está de fiesta,

 cumple años de casados (cincuenta) el matrimonio más viejo,

 don Aurelio y doña Berta.

 Habrá brindis y un gran baile y participará

 todo

 el rioba, por supuesto será en la calle.

 

(Estoy a punto de prender otro cigarro, ya

 son

 las siete de la tarde y hoy la música no cesó

 desde la siesta, hoy nadie la durmió.)

 

Llegando a las nueve de la noche, se presenta el negro Alpargata

 con la murga “Corazón, Corazón” y se larga la función

 mezcla de tango y rayuela.

 Alboroto quejumbroso hasta la madrugada,

 una ametralladora de corchos centellea por el cielo.

 Se escuchan los gritos. ¡Vivan los novios!

 Y con el lucero en la nuca, el patio va quedando solo.

 

Buenos Aires: ciudad de antaño, que

 nunca

 te acostumbraste a los cambios modernos.

 Dónde estarán (el Abasto, el tranvía, los picados y la morfina).

 Yo te llevo en la memoria de quien te conoció,

 en el corazón de un primer amor y en un

 grito

 del domingo.

 Sí sí señores yo soy de Chaca…

 

(de “Cuentos y Poesías bizarras”; Marcelo Alonso; Los Toldos, Noviembre de 2004)

"Con medio millón alcanza"

doctor Ángel Norberto Petraglia

 

También eran tiempos de inflación, pero no de complejos ocultistas. Y a pesar de que un millón de pesos era un millón de pesos, es decir, bastante más que el valor de una casita, la máxima denominación monetaria no se reducía a los billetes de cien, no tenía ínfulas de equivalencia con el dólar norteamericano, no: el billete de máxima denominación era “la fragata”, violeta, de mil, acorde con una economía del tercer mundo, aunque todavía no desquiciada.

Fue para esa época, en la que tal vez gobernaba Guido, en la que tal vez ya había llegado Illia, cuando mamá vivió una de sus crisis de salud más severas, si aquello era posible en una vida de crisis casi continuas. Vivíamos en casa prestada, sobre calle de tierra, campito de por medio con el Club Moreno, y papá, que había dejado de ser ferroviario a una edad que no puedo recordar, cirujeaba con una chatita vieja, aunque con aspiraciones de alto comerciante. El resultado, catastrófico: si no había un mango para comer, mucho menos lo habría para una sucesión indefinida de consultas médicas y sus correspondientes recetarios. Al asma crónico, por lo tanto, se le sumaba la mala alimentación y un estado de nerviosismo permanente que atenuaban, apenas, los fiados elásticos de los Chemile, de Omar Chumillo, de María Esper más el socorro sistemático de mi abuela Catalina, de mi padrino Aníbal y de los familiares que pudieran.

El Cholo, mi tío paterno, que había dejado de ser ferroviario al mismo tiempo que mi papá, pero que tenía menos pajaritos en la cabeza, se había comprado un camión con la indemnización del ferrocarril y pasaba por un momento de buen trabajo. Una tarde, me acuerdo, en la que estábamos en cama mamá y yo, los dos con fiebre y con catarro,  mi papá deambulaba de un lado para el otro sin saber muy bien qué cosa hacer, en tanto los créditos se le iban acabando. Llegó el Cholo y me regaló una fragata. Yo no lo podía creer: en mi casa, mil pesos no se veían ni pintados. Y, como había que cambiarlos en alguna casa grande, porque en negocios de barrio el cambio siempre escasea, papá se los llevó y no los vi más, aunque ese día tuve un Topolín y algunos paquetes de figuritas.

Y aquí entra el tema sobre el que me quiero detener. Ángel Norberto Petraglia era el médico de la familia desde antes de que yo naciera. También era político frondicista y andaba de aquí para allá en esos días de república ajetreados. Vergara, Losada, Pérez Herrera lo suplían ocasionalmente; pero a ellos había que pagarles y, dada la situación, más que alivio traían aumento de las tensiones y recrudecimiento de las crisis de respiración. Petraglia no. Petraglia, para mí, era un ángel tal como su nombre lo indujera y con cada visita, cuando estaba en Junín, producía el milagro: llegaba con su auto, todavía antiguo, y con su maletín un poco más bajo que su altura, abría la puerta sin llamar, se anunciaba con un “¿Qué te pasa, Edeltita…?” y se iba para la cocina, donde hervía las cajitas metálicas de las jeringas para el Decadrón que sabía tendría que inyectar, a la llama aceitosa y rojiza del querosén, que salía de una cocinita de mesa bastante desvencijada. Canturreaba, mientras tanto. A mamá, que aguardaba en la cama, habitación de por medio, ni siquiera la había visto todavía; pero los bronquios empezaban a abrírseles y el aire, a entrarle con mayor fluidez. Papá, mientras tanto, fingía conversaciones de empresario acosado por los vaivenes de la economía y contaba anécdotas que, con los años, entendí que sonarían ridículas. Ángel, sin embargo, lo escuchaba con toda seriedad. Poco importaba, para el caso, que sumaran ocho o diez o quién supiera cuántas las visitas que se le adeudaban, con la medicación incluida. “¿Estás mejor, Edeltita…?”, preguntaba cuando mamá ya sonreía y cuando a mí se me iluminaba la cara de felicidad y  de asombro. Guardaba sus cosas en el maletín, me acariciaba la cabeza y se levantaba para irse. Entonces llegaba la pregunta temblorosa y balbucida desde los labios de mamá: “Doctor, ¿cuánto le debemos? Ya son varias visitas…” “¿Cuánto tenés? –contestaba él, entre paternal y pícaro, antes de abandonar la pieza sin recibir un solo peso, pero tranquilizando-: Cuentas viejas no cobro, así que no me debés nada.”

Papá y yo lo acompañábamos hasta la salida y, antes de que Petraglia se subiera al auto, la grandilocuencia de papá le ofrecía su reconocimiento: “Un millón de gracias, doctor”. “Con medio millón alcanza”, respondía él. Después daba arranque y partía, sabiendo que tendría que volver, antes incluso de retomar su actividad política.

No sé por qué me acordé esta mañana del doctor Petraglia. Quizá por una extraña sucesión de relaciones que incluyen el festejo por el 9 de Julio. Fue mi médico y mi amigo hasta que falleció y cada vez que lo visitaba en su consultorio, por lo general con la sala de espera abarrotada de pacientes, demoraba cinco minutos en atenderme y cincuenta en extender la conversación política. Nunca logró convencerme para que me afiliara al MID, pero respetaba y apreciaba todo cuanto le decía a pesar de mi juventud. Discutimos, incluso, por Malvinas. Yo, con infantil y candorosa ignorancia aun con los veinticinco ya cumplidos, me había subido a la ola nacionalista que vivaba la recuperación, más allá de la dictadura. Él, enojado, me decía que era la mayor barbaridad histórica que pudiera cometerse; y que Nicanor Costa Méndez, el Canciller que manejaba las negociaciones en nombre de la Junta, era un energúmeno, cobarde, ignorante y soberbio, que no entendía nada de política internacional y que mandaría a morir inútilmente a un montón de soldados.

Tenía razón. Como tantas otras veces, lo supe demasiado tarde.

Un recuerdo para Aníbal Ottonello

-¿Tenés hora buena, che?
-Sí, padrino: las once y cinco.
Sacaba su viejo reloj de bolsillo -que había tenido tapita, como los modernos celulares- y ajustaba o simulaba ajustar la posición de las agujas. Pocos minutos después repetiría la operación:
-¿Tenés hora buena, che?
Ésa era su manera de estar, de comunicarse durante el tiempo que abarcara su visita de todos los día. Antes había sacado de su bolso de lona las uvas chinches, los pejerreyes o las mandarinas que dejaba sobre la mesada; después, a la salida, repartiría unos billetes “para los gastos” y montaría la bicicleta camello de color anaranjado con la que volvería a su casa, que nunca fuera suya del todo.
Hombre del siglo diecinueve, como le gustaba ostentar, difícilmente guardara algún recuerdo de los cinco años transitados por el siglo de la fundación. Y aunque callara esas cuestiones por respeto a la opinión de cada uno, pude conjeturar con el tiempo que había sido hombre del alvearismo, de la época dorada de la mejor Argentina.
Una vez, por ejemplo, cuando yo despuntaba a la adolescencia y me perfilaba con las inquietudes que se manifestaron después, me preguntó si conocía algo acerca de la masonería. Por supuesto que no tenía la menor idea. Pero, como tampoco me gustaba callar, improvisé una respuesta larga y barroca que no lo convenció. Otra vez, y por el mismo defecto de fabricación que arrastro, le conté que quería ser periodista de radio porque me gustaba hablar. “Ahá -me dijo-; a mí, en cambio, me gusta escuchar”.
Tiempo después me financió los meses que duré en Santa Fe, cuando había decidido estudiar Derecho. Pero sé que íntimamente festejó que me volviera pronto.
Me alentó para que empezara a trabajar y se lo veía satisfecho con mis rápidos y sucesivos ascensos en una empresa de vinos. Pero no emitió opinión ni transmitió emoción visible cuando supo que escribía poesía y que estudiaría Letras. Me hubiera preferido ingeniero o constructor. Aun cuando se alegró cada vez que veía mi nombre en el diario, en especial la primera que me mencionaron como escritor y no como poeta. Para él, como para Platón, los poetas decididamente no resultábamos confiables.
Se murió recogiendo una tanza imaginaria, pero sobre ese detalle no me extenderé porque ya lo he tratado en un poema. Un tiempo antes nos había provisto, a mi madre y a mí, de la casa que nunca tuvimos y que es la misma que habito todavía, después de varios años de matrimonio y de errancia.
Mi padrino fue un hombre singular. Tanto que resultó alguien bastante más sanguíneo que un mero padrino. Del asunto me enteré con los años, con la verdad que fuera construyendo indicio tras indicio, mucho pero mucho después de que él y mi abuela murieran. En familia, del tema jamás se habló. Deduje por mi cuenta, tras cierta revelación velada que provino de un tío, que a mi manera y tardíamente rendía homenaje a su memoria: había devenido constructor.
Deduzco, de la misma manera, que aquellas presencias silenciosas -o silencios presentes que rompía de a ratitos preguntándome por la “hora buena”- guardaban relación con un secreto pesado y difícil de comunicar para gente que venía del siglo diecinueve.
Curiosísimo para los ‘60s, los ‘70s, los ’80s sonaba el saludo con que se anunciaba: “¡Ave María Purísima…!” Al que nadie respondía como se respondía en su tiempo: “...sin pecado concebida!”, sino que se le autorizaba el ingreso con un lacónico: “Pase, padrino”.
Y los silencios profundos y pesados que sucedían al intercambio de alguna información vinculada con la salud, el estudio o el trabajo hablaban, también lo sé, de la pobreza conceptual de sus interlocutores: mi madre, yo; eventualmente, abuela, tíos o primos. ¿De qué podría conversar un hombre intelectualmente adelantado a su tiempo y formalmente detenido en el alvearismo?
Su presencia, con todo, fue decisiva para mí. Y cuando no estuvo más dejó el vacío más grande que recuerde. Vacío fértil, sin embargo. Tanto que las semillas que, sin que nadie lo notara, echó en calidad y cantidad generosas, siguen alimentando, treinta y pico de años después de su muerte, mis ganas de aprender.

Aníbal Ottonello

Homenaje para el Día del Padre, in memoriam

LA VILLA QUE SOÑÓ Y PROYECTÓ MI PADRINO EN LA ‘LAGUNA DE GÓMEZ’

 

 

En la página juninhistoria.com/ver puede leerse la siguiente información:

 

“El 6 de junio de 1937, el Concejo Deliberante, presidido en aquel entonces por Ramón Frene, autorizó al Departamento Ejecutivo la compra a Miguel Di Pierro y Herminio Pratolongo, el predio que ocupaba la laguna de Gómez y una fracción de tierra "contigua a ella -dice el texto de la ordenanza-, formando en conjunto un total de 440 hectáreas, por la suma de 102 mil pesos moneda nacional, de acuerdo a los contratos ad-referendum celebrados con fecha 28 de septiembre y 30 de octubre de 1936, registrados en el libro de contratos de la Municipalidad".

(…)

Por el artículo cuarto se establece que el Departamento Ejecutivo firmará la escritura respectiva y tomará posesión de las tierras.

(…)

Era intendente de Junín en esa época, Juan Alejandro Borchex.

Esta ordenanza, muy poco conocida, fue publicada por el historiador Roberto Carlos Dimarco en el número 2 de la revista "Historia de Junín" del mes de enero de 1969.”

……………………

 

Por documentación que poseo, puedo afirmar que mi padrino, Aníbal H. Ottonello, fue uno de los primeros ciudadanos de Junín que reparó en esa fuente de agua y en los terrenos contiguos para construir una villa.

No se lo recuerda, sin embargo, y hasta el pequeño sello metálico que lucía en la esquina del Palacio Municipal –y que fuera su orgullo- fue quitado tras la reciente reforma. Mi padrino no construyó el edificio, que data del siglo XIX; pero fue el encargado de las transformaciones que abrieron la puerta de doble hoja, clausurada tras la pueblada de 2012 que la incendió, y ese sello fue el ‘pago simbólico’ que las autoridades consideraron suficiente por tanto aporte gratuito.

Pero vuelvo a los testimonios.

De chico oía de su boca y de la boca de mi madre (¿su hija?) las anécdotas de tanto en tanto. Resumo: Autodidacta que cursó la escuela hasta segundo grado, mi padrino fue un lector ávido, un matemático sagaz y un sarmientino típico. También un incansable proyectista, un frecuente escritor de cartas -y no tan frecuente de otros textos con alguna inspiración literaria- y un conspicuo socio de la Societá Italia Unita, cuyas comisiones directivas integró, lo mismo que las de la Sociedad de Constructores. Nacido en Alberti cuando todavía pertenecía a Chivilcoy, “diez días más joven que Perón” (al menos si Perón nació en el ’95 y en Lobos y no en el ’93, en Roque Pérez), instalado en Junín por trabajo hacia la tercera década, nadador y pescador entusiasta e inspirado, precisamente, por el Gran Sanjuanino, advirtió que la Laguna de Gómez era un lugar más que propicio para explotar el turismo a partir de su riqueza ictícola y de la propiedad curativa de sus aguas.

Obsesionado con la idea, visitó personalmente a cada gestión de gobierno municipal, envió decenas de cartas y mapas y proyectos –todos elaborados a mano, salvo alguna carta que alguien le dactilografiara después de corregirle la precaria ortografía- y rebotó una y cien veces contra urgencias e intereses que diferían de los suyos. Primero, con los radicales; después con los conservadores –aunque éstos tuvieron el tino de adquirir el predio- y, finalmente, con los peronistas; a quienes, empero, les reconocía el mérito de haberlo atendido y de haber dado curso a algunas de sus ideas aunque, por supuesto, como si fueran ideas originales y propias de la gestión. En tal sentido, me hablaba especialmente de Héctor Asor Blasi.

Pero antes de Blasi y del Mayor Arrieta; antes, incluso, de la Revolución del 4 de junio de 1943 que inauguró oficialmente el peronismo, mi padrino había cursado una carta con documentación a las autoridades municipales de Junín, cuya intendencia ocupaba Juan Alejandro Borchex y cuyo Concejo Deliberante era presidido por Oscar Schultz. Respetuoso de las formas y de las vías institucionales que dispone la república, a este último se dirigió el 19 de junio de 1942. Le decía:

“De mi consideración: Al iniciarse un nuevo período administrativo y en la seguridad de que los miembros de ese Honorable Cuerpo ponen toda su buena voluntad al servicio de la Comuna, me permito llegar a él, por medio de su digno Presidente, en mi carácter de vecino de esta Ciudad, con una idea que, de realizarse, daría a Junín un rasgo característico más entre las populosas Ciudades mediterráneas del País.

La Ciudad de Junín (…) tiene además el privilegio de poseer dos hermosas lagunas cuyas aguas han provocado elogiosas ponderaciones por el caudal y la propiedad curativa de las mismas. (…) Las márgenes de la Laguna de Gómez por las propiedades enunciadas y por la proximidad de nuestra Ciudad podría convertirse en una hermosa Villa Balnearia, complementando con la mano del hombre lo que la Naturaleza ha dado por sí espontáneamente. Para su realización, creo que ese Cuerpo debe, si lo cree oportuno y conveniente, proyectar el trazado de un Pueblo, con miras al futuro progresista de nuestra Ciudad, dejando como cinturón una gran avenida de circunvalación alrededor de la laguna y vendiendo en subasta pública lotes de terreno para que la acción privada, buscando descanso y alivio de sus tareas, impulsen el progreso del mismo (sic) construyendo sus residencias veraniegas o sus refugios de fin de semana, tan generalizados ya en nuestro país (…)

Me permito insinuar también el aprovechamiento del salto de agua producido por el Tajamar para proveer energía a una futura Usina, (y) la expropiación de tierras circundantes, aunque entiendo que los estudios generales y de detalle de este proyecto corresponden a ese Honorable Concejo y al Cuerpo técnico de la Comuna. Como asimismo no debe dejarse de lado el acceso a la Laguna por caminos radiales, buscando conexión con los caminos de las Ciudades y pueblos de la zona.

De su apoyo Sr. Presidente y del de ese H. Concejo, Junín surgirá como una nueva y hermosa atracción al turismo (…)

Aníbal H. Ottonello

Junín, Junio 19 d 1942.-”

 

………………………

 

Escribo también un 19 de junio, rodeado por papeles, sobres, recortes de diarios, planos, números, cuentas, anotaciones. Siento emoción al hacerlo. Pasado mañana se celebra el Día del Padre y Aníbal H. Ottonello –mi padrino, ¿mi abuelo?- fue de algún modo mi padre en la práctica, ante ciertas defecciones del biológico, a quien igual recuerdo con cariño.

Quería contar esta historia que acompaño con algunas fotos. Me parece un ejercicio de justicia.

Una foto, una historia pequeña, una impagable deuda de gratitud

Kiosco, mamá, tío Yin

Una prima rescató una foto, la foto disparó unos recuerdos y los recuerdos ameritan el homenaje.

En 1966 yo tenía nueve años y en mi casa, literalmente, no se comía. A fines del ’65 nos habíamos mudado de Guido Spano 418, porque se vendía la casa que nos prestaba mi abuelo paterno, don Félix, a Orellanos 204, donde había que pagar un alquiler. La mudanza no pasaría de lo anecdótico si no fuera porque plata para pagar el alquiler no había. Y María Esper y los Chemile y Omar Chumillo que nos abastecían a pura libreta habían quedado demasiado lejos, además de demasiado incumplidos. A mi viejo, esos asuntos de laburar que se le ocurren a la gente nunca lo convencieron del todo, así que vivió imaginando viajes a la luna o rescates de tesoros en el fondo del océano que por supuesto no se concretaron. Mamá, asmática crónica y en grado severo, vivía más en cama que levantada. En parte por el asma mismo, en parte por el descontrol emocional. Yo empezaba a darme cuenta de algunas cosas, sobre todo cuando los paseos con papá iban de la FICCO (una casa usurera que le proveía livianitas dosis de oxígeno) a las fundiciones o las chacharitas, donde vendía los cacharros que juntaba por ahí, o a la Barraca Fernández, donde don Mero le tiraba unos mangos a cuenta de futuras entregas de cerda o lana con que complementaba los cacharros, o a la casa Ipharraguerre, donde había trabajado un tiempito de joven y donde vaya uno a saber por qué filantrópica simpatía,  don Rodolfo, el dueño, o Ávila, el cuñado, le tiraban unos pesos y unos puchos para calmar los nervios. Los suyos, claro.

Por la vía familiar, la materna sobre todo, llegaban provisiones. Y así vivíamos la esperanza de la democracia que encarnaba el presidente Illia y que sólo duraría hasta mitad de año.

Hasta que un día mi padrino, don Aníbal Ottonello, principal sostén económico, anímico y formativo de esa familia pequeñita y deshilachada, le propuso a mamá que abriera un kiosco, en la habitación de la esquina, para lo que él -¿por responsabilidad de padrinazgo? ¿por identificación genética?- aportaría el primer capital. Fueron diez mil pesos de aquella época, si mal no recuerdo. Diez ‘fragatas’ con las que se echó a navegar una ilusión, con más incertidumbre que esperanza.

La inversión se prorrateó en cuatro o cinco lugares estratégicos, una vez que se decidió con qué productos inaugurar la oferta: Nanni hnos, donde se compró unas bolsitas de caramelos bolita, unas cajas de chicles y una caja de turrones Namur; Atilio Mastromauro, que proveyó de escarapelas (-¡había que ver cómo se vendían las escarapelas!-), de broches,  agujas, hilos, cuadernos y unos talonarios de recibo (-¡había que ver cómo se vendían los talonarios Huemul!-); la peluquería Fénix, donde conocí de muchacho al ilustre Víctor Grippo, hijo de los dueños, y de donde se trajo invisibles, hebillitas, peines, peinetas y, sobre todo, spray en botella de litro que después venderíamos fraccionado (-¡¡había que ver como se rociaban las señoras con esos líquidos rosa, amarillo o azul de olor y consistencia insoportables!!-) y La Juninense, emblemática fábrica de don Tomás Adaglio, de cuyos caramelos de dulce de leche era imposible prescindir.

Con un recorte de la misma partida, mamá compró unas cartulinas, unos ovillos de hilo lonero y choricero y dos fibrones: uno negro y uno de color. Pidió prestado un juego de moldes de letras de imprenta, trajo su escuadra de costurera y un lápiz negro y dispuso la confección de los carteles; en la que yo y mi prima Alicia tuvimos protagonismo central. “KIOSCO – MERCERÍA – LIBRERÍA”, decía cada una de las tres tiras de cartulina, con las letras pintadas a fibrón y con los colores alternados para que la psicodelia jugara su efecto de marketing. Se las prendió, con chinches, sobre la madera de una de las hojas vidriada de la ventana. Sobre la otra, se cruzaron cuatro hilos loneros de los que se colgaron, con broches de ropa, las escarapelas, los invisibles, las hebillitas, las agujas.

Con cañas aportadas por mi padrino, con tres maderas terciadas que no sé de dónde aparecieron y con el hilo choricero, improvisamos una estantería para sostener a la vista de los clientes la mercadería pesada: caramelos, chicles, turrones, cajas de hilo de coser y las revistas que juntamos de donde hubiera para canjear a cambio de unos centavos. La botella de spray, quedó escondida en un rincón, para que no se la patera sin querer y se derramara su contenido, como tantas veces nos pasaría con la estantería de cañas a la que debíamos reparar. Y de caja (-¡parte fundamental la caja que acumularía la recaudación diaria!-) mamá improvisó un descolado botinero verde que alguien, no sé cuándo, le habría regalado. Allí, en el único cajoncito que se trababa al abrirlo si no se lo hacía con cuidado, tres maderitas mal lijadas separaban los billetes grandes, que no entraron por bastante tiempo, de los billetes chicos y de las monedas, que fue el compartimento más exitoso de los tres.

Por las noches, cuando cerrábamos las celosías después de toda la jornada ‘Abierto’ y antes de irnos a dormir, hacíamos la caja, anotábamos en un ‘1810’ de veinticuatro hojas la recaudación del día y, en otra columna, los gastos y las ‘inversiones’ si las hubiera.

Pasaron casi quince años desde aquella tarde de junio hasta 1980 cuando -ya grande yo, ya recibido, ya gerente de ventas de una importante empresa vitivinícola- le pude decir a mamá que cerrara definitivamente, que nos fuéramos a vivir a la casa que le había ofrecido mi padrino, la de Urquiza 94, mientras yo vería de edificar en los lotes que había comprado, que no se preocupara por los ingresos y que nunca terminaría de pagarle ni de agradecerle lo que quiso, lo que pudo y lo que supo hacer para solventarse ella y para criar a su hijo.

Sería injusto no recordar en esta reseña a la gente que nos ayudó para que el kiosco de “la ventanita” evolucionara en un importante negocio del barrio de la capilla de Luján. Además de los clientes, fieles en todo momento; además de Roberto y Chola Garavaglia, que vivían enfrente y me socorrían cada vez que quedaba solo al frente del kiosco porque mamá caía enferma; además de mi abuela Catalina, incondicional como mi padrino; además de mis tías Norma y Elba, principalmente, y de Edith, Irma y Mabel cuando venía en los veranos; además de mis tíos Yin (el de la foto), Arturo, Eduardo, José, Olga; además de mi prima Alicia, otra incondicional y en parte la hija que mamá no tuvo; además de Alejandra, la prima chiquita que creció conmigo, tengo que mencionar al aporte invalorable de Polo Zinani –sin él que se aguantó todo y nos tapó de mercadería y de novedades nada hubiera sido como fue- de Pocho Bergero, de Pocho Lucas, de Crupi, de Terrón, de Juan W. González que fueron los principales proveedores y fiadores. A todos, mi reconocimiento emocionado y un gracias que llevo impreso en la memoria y que llevaré mientras viva.

Y basta. Se hizo demasiado largo. Ya está. “Suficiente, che”, como decía mi padrino las Nochebuenas y los Findeaños, mientras partía las nueces y las almendras con un martillito sobre una tabla de punta, cuando se le ofrecía la copa que él ya estimaba de más.

 

(Publicado en Facebook el miércoles 31 de diciembre de 2014, a la hora 13,15)

Cuatro páginas de apretada memoria

Fiscal Strassera

 

.  Alguien celebra desde el estribo de un viejo coche sobrehabitado el derrocamiento de un Presidente constitucional.

.  Alguien azuza la división del pueblo entre ‘anglófilos’ y ‘germanófilos’ y alienta una fingida neutralidad ante la expansión del nazismo.

.  Alguien que se formó con Mussolini se levanta en armas contra sus antiguos camaradas y les impone el rumbo a seguir.

.  Alguien alimenta con dineros públicos el crecimiento geométrico de su propia imagen.

.  Alguien se asocia con el sector más recalcitrante de la Iglesia Católica para alcanzar la presidencia de la nación.

.  Alguien recibe, alberga, protege y garantiza cambio de identidad a una cantidad indefinida de criminales nazis que huyen tras la derrota y el suicidio del Führer.

.  Alguien persigue y encarcela opositores –también manda que se torture a muchos de ellos- y entorpece el trabajo de la prensa libre.

.  Alguien ordena que todos los niños aprendan a leer con libros de propaganda y exaltación de su imagen.

.  Alguien usa la imagen de su esposa enferma para consolidar un poder que empezaba a serle esquivo y después la humilla públicamente obligándola a renunciar a la candidatura con la que soñó.

.  Alguien también escribe ‘Viva el cáncer’.

.  Alguien rompe con sus antiguos socios de la Iglesia Católica y ordena que le quemen varios de sus templos.

.  Alguien desde el supremo poder de la república cooptada atemoriza a su pueblo por cadena nacional amenazando con que ‘caerán cinco de los otros’ por cada uno de los propios que caiga.

.  Alguien ordena los infames bombardeos sobre la Plaza de Mayo por los que mueren cantidad de civiles.

.  Alguien, tras el golpe de estado que acaba de encabezar, anuncia que ‘No hay ni vencedores ni vencidos’ antes de renunciar por imposición de sus propios camaradas.

.  Alguien que había gobernado con la suma del poder público huye y se asila en el exterior.

.  Alguien fracasa en su intento por restituir el viejo régimen y termina fusilado con un grupo de camaradas en los basurales de José León Suárez.

.  Alguien que había prometido institucionalizar la república se constituye en nueva y férrea dictadura que proscribe al líder exiliado, a su partido y a sus símbolos.

.  Alguien entiende que prohibir que se pronuncie el nombre del dictador derrocado alcanzaría para justificar y coronar el éxito de su propia dictadura.

.  Alguien que sobreestima la inteligencia que lo distingue piensa que podrá pactar con el líder exiliado, usar sus fuerzas, llegar al gobierno y gobernar de acuerdo con su intención.

.  Alguien que desconfía de los unos y de los otros se asocia con un grupo de camaradas que se identifica con el azul y se enfrenta con sus pares que desconfían de los mismos, pero que se identifican con el colorado.

.  Alguien decide que es tiempo de acabar con la parodia tras la visita de un muchacho pintón y promitente, pero con boina y con ideas raritas.

.  Alguien se anticipa a los golpistas y golpea primero.

.  Alguien que se encargaba de imaginar nuevas leyes se encuentra de pronto con que tiene que ejecutar las que están. Y que las que no están ya les serán dictadas.

.  Alguien decide que es tiempo de emprolijar las cosas, al menos para la tribuna, y convoca a elecciones.

.  Alguien se convierte en Presidente con apenas el 23% de los votos.

.  Alguien que desde la actividad gremial había crecido a su amparo, cree que puede reemplazar al líder que opera desde el exilio y hacer política en su nombre; pero sin él.

.  Alguien, por supuesto, se encargará de liquidarlo.

.  Alguien, que circunstancialmente cambiara la boina por un engominado gardeliano y la ropa de fajina por un buen casimir, cree que podrá convencer al líder y lo visita con su apetitosa propuesta revolucionaria.

.  Alguien desalentado y despechado morirá tiempo después en la selva de Bolivia acribillado por las balas militares.

.  Alguien de rango insuficiente pide la renuncia del Presidente constitucional; como no la obtiene, pero a cambio recibe una lección de dignidad que ofende su altanería, lo saca a empujones de la casa de gobierno.

.  Alguien con cara de morsa y con cerebro de morsa se adueña del poder y se molesta y secuestra una publicación humorística porque en tapa lo había caracterizado como una morsa.

.  Alguien en nombre de la misma morsa ordena que los bastones de la policía irrumpan en la universidad.

.  Alguien ajusta en nombre de la morsa y empiezan a perderse los primeros ceros en la inacabable carrera por el desprestigio y la desvalorización de la moneda nacional.

.  Alguien se levanta en contra de la morsa desde Córdoba, Rosario o Mendoza, que son los escenarios pioneros.

.  Alguien que fuera monaguillo y que estudiara en el Nacional Buenos Aires se junta con otros alguien que fueran monaguillos y que estudiaran en el Nacional Buenos Aires; se sienten jóvenes, superiores y fuertes, aptos para encarnar la ‘revolución desde arriba’.

.  Alguien con los otros alguien deciden necesario presentarse en sociedad con una demostración de osadía y de arrojo. Se acuerdan de aquél que echó por tierra el lema ‘Ni vencedores ni vencidos’; lo conocen, lo visitan, lo secuestran, lo mantienen un tiempo escondido y finalmente lo matan.

.  Alguien les admira el patriotismo, la juventud y el coraje.

.  Alguien incluso los distingue como ‘juventud maravillosa’ y como ‘reserva de la patria’.

.  Alguien les confía operaciones que se empiezan a multiplicar.

.  Alguien les financia las operaciones.

.  Alguien que venía de lecturas opuestas y de fallidas experiencias románticas en el norte del país resuelve conveniente asociarse con los porteños católicos.

.  Alguien les cede lugares, santos y profanos, desde donde operar.

.  Alguien les facilita la logística.

.  Alguien recuerda que es tiempo de repatriar al líder para que ordene el caos y complete su ‘inconclusa’ revolución.

.  Alguien que deriva de la facción azul y que encabeza una nueva dictadura opina públicamente que al líder ‘no le daría el cuero’. Su yerno atruena, mientras tanto, con el ‘argentino hasta la muerte’.

.  Alguien mata a diestra y a siniestra: adultos y menores; hombres y mujeres; uniformados y civiles; ajenos y propios.

.  Alguien pone fecha al retorno del líder y se monta la fiesta popular; alguien, cuando llega, le sostiene el paraguas.

.  Alguien que ni sueña con llegar a famoso presta su nombre para que el líder proscripto acceda al poder y mientras tanto ‘gobierna el país’ por cuarenta y tantos días.

.  Alguien abre en ese tiempo las puertas de las cárceles.

.  Alguien, levantada la proscripción, organiza el retorno definitivo del líder para que retome el gobierno. Se monta una segunda fiesta popular, con un par de millones de personas movilizadas y eufóricas que nunca verán a su líder, pero que serán testigos de la masacre que su nombre acontece.

.  Alguien decide que es tiempo de acabar con el señor del paraguas y lo acribillan a balazos.

.  Alguien dice que al líder con esa muerte ‘le cortaron las piernas’.

.  Alguien que al poco tiempo será poderoso,  opera en las sombras y con extraños mecanismos, pero al amparo del mismísimo líder.

.  Alguien concluye que el líder los empezaba a defraudar; alguien, por el contrario, que la juventud ya no le parecía tan maravillosa.

.  Alguien ordena el retiro de la Plaza, mientras el líder se lleva a otro lugar  ‘la más maravillosa música’.

.  Alguien que lo sucederá con más pena que gloria anuncia su muerte entre sollozos.

.  Alguien decide que es momento propicio para acelerar la sucesión e intenta primerear a la multitud de herederos.

.  Alguien se radicaliza, alguien pasa a la clandestinidad, alguien organiza clandestinidades paralelas.

.  Alguien forma y ordena los escuadrones de la muerte.

.  Alguien gobierna como puede entre Chapadmalal y Ascochinga.

.  Alguien de un lado y alguien del otro hace bastante tiempo que dejaron de responderle.

.  Alguien que después disputará la presidencia firma un decreto para ‘aniquilar la subversión’.

.  Alguien ordena la remoción de la Junta Militar y le confía a los nuevos componentes la tarea de aniquilamiento.

.  Alguien cercano a la Junta Militar irá confeccionando el programa para una situación que ya no tiene retorno.

.  Alguien se entera por la radio de que el gobierno constitucional había caído durante la mañana de un 24 de marzo. Lejos de preocuparse o entristecerse, festeja con los amigos y con la familia.

.  Alguien con voz ceremoniosa le informa al festejante –y a los millones de festejantes que se replican en el país- de qué manera ‘se recuperaba el orden’ a través de una sucesión de comunicados que perfilan el consiguiente ‘proceso de reorganización’.

.  Alguien ordena los primeros secuestros y las primeras matanzas; después, los primeros apremios ilegales y las primeras torturas.

.  Alguien cuestiona los ‘procedimientos’, alguien confirma que ‘resultan necesarios’.

.  Alguien denuncia los excesos públicamente, alguien ordena que lo maten.

.  Alguien empieza a desesperarse por la desaparición de familiares, vecinos y conocidos.

.  Alguien que vio guarda silencio; alguien que oyó guarda silencio; alguien que se enteró guarda silencio; alguien al que le mostraron no creyó.

.  Alguien lava su conciencia al conjuro milagroso del ‘algo habrán hecho’.

.  Alguien empieza a rodear la plaza con un grito desgarrado y silencioso que reclama justicia.

.  Alguien empieza a transitar con cuidado y a desconfiar de todos y de todo.

.  Alguien nuevo desaparece cada día, a la vista de todos y con destino incierto.

.  Alguien pone una bomba y la hace estallar debajo de la cama de su amiga adolescente.

.  Alguien celebra con alborozo el Mundial de fútbol y alguien, incluso, se abraza en el festejo con el carcelero que acostumbra torturarlo.

.  Alguien con impunidad le grita al mundo que los argentinos somos tipos ‘derechos y humanos’.

.  Alguien también populariza los papelitos.

.  Alguien define a los desaparecidos como: ‘Eso, desaparecidos; no están’.

.  Alguien le suministra la comunión al definidor.

.  Alguien imagina desde su delirio una contraofensiva exitosa y manda a morir a los pocos que se habían salvado.

.  Alguien disimula con plata dulce las heridas sangrantes de un país que agoniza.

.  Alguien aprovecha la simulación y monta su carrera de abogado exitoso.

.  Alguien autoriza la timba de financieras y bancos y la economía estalla en pedacitos, arrastrando en su desmadre a los arrastrados de siempre.

.  Alguien decide conveniente distraer el disgusto ‘recuperando’ Malvinas.

.  Alguien desafía al Principito que atraviesa el Atlántico al mando de su flota.

.  Alguien llega desde Roma para ponerlo en su lugar y persuadirlo que se rinda.

.  Alguien esconde los sobrevivientes al regreso para salvar las apariencias de una derrota digna.

.  Alguien deduce que es preciso buscar una salida democrática y nombrar un dictador de transición.

.  Alguien se preocupa para que antes se pacte con sindicalistas, religiosos y políticos la impunidad de los salientes.

.  Alguien negocia en el extranjero dineros sucios de secuestros y extorsiones con antiguos enemigos.

.  Alguien pergeña la aparición de la virgen, para que distraiga la atención y ocupe en la construcción del fastuoso templo que en su honor encomienda a parte de los desocupados por las quiebras siderúrgica y textil en la conflictiva zona del milagro.

.  Alguien, enseguida, ve oportuno reactivar el turismo.

.  Alguien que ganará las elecciones cuando nadie se lo esperaba manda que se investigue y que, si cabe, se juzgue y se condene a los responsables del terrorismo y del terrorismo de estado.

.  Alguien trata de abortar el intento, pero un pueblo advertido y cansado se lo impide.

 

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Hasta acá lo que mi memoria cascoteada y desprolija se permite recordar de democracia a democracia. Después, con la consolidación institucional, llegarían episodios que más o menos conocemos todos y que quedarán para ser revisados en mejor ocasión.

No sé si serán muchos los que hoy, 24 de marzo, se tomen el trabajo. De los que fueren, cada uno dará formas a sus propios recuerdos, a sus propias emociones, a sus convicciones más íntimas y a sus propias fuentes de información. Para eso se supone que existe este feriado. Aun cuando el turismo explote en todas partes a caballito de una idea magistral que se heredó de ‘la derecha’. ¡Oh, sorpresa! Como sucediera con el Prode, basamento de la explosión incontenible de los modernos juegos de azar, que tanto rinden y que tanto se multiplican y empobrecen al pueblo en beneficio de campañas electorales y financiación de favores, fue el viejo ‘gorila’ Francisco Manrique, un protagonista prominente en aquellos tiempos de fusilamientos en el basural, quien ideara los ‘feriados largos’ para favorecer el turismo cuando ocupó una secretaría al efecto durante el gobierno de Alfonsín. A esta gestión ‘nacional y popular’, tan distinta y tan distante de la derecha ‘gorila, reaccionaria y golpista’, le cabe el mérito de haber anexado los feriados puente para perfeccionar el ‘método Manrique’ de distracción y recaudación.

Tal vez sea lo que amerite el feriado, tal vez ni siquiera; nos diga lo que nos dijera la meneada propaganda.

 

(Publicado en Facebook el martes 24 de marzo de 2015, a la hora 01,05)

Noche de Reyes, luna llena

Carta original de Ernesto Sabato

Noche de Reyes, luna llena, reconciliación necesaria con alguna memoria. La de papá, por ejemplo, que me dejó esa marca incómoda, poco estética, difícil de disimular como las suturas de las viejas cirugías. Un cordón de tejidos que se amorata por aquí, un cordón de impotencia que se amorata por allá. Lo que quede de vida por delante. Y una conciencia de reparación que aún no puedo discernir si genética o cultural.

Prefiero relatar el recuerdo, amable en todo caso, de mis noches de Reyes.

No fueron tantas. Hasta los cuatro, no las recuerdo; desde los siete, la sospecha seguida por la confirmación les quitaron la magia. Saldo mínimo, estrecho para cualquier valoración. ¿Dos noches de Reyes, tres? Poca cosa en seis décadas. Pero suficiente para darles la fuerza de un símbolo que a lo largo del tiempo permanecerá inalterable y que durante algunos años se repetirá con los hijos. Suficiente, sobre todo, si una de ellas tocó en luna llena.

La recuerdo con total nitidez, aunque olvidé el juguete recibido;  distante de los triciclos, las bicicletas o los autos a pedales con los que solía soñar.

Nosotros vivíamos, sobre calle de tierra y campito de por medio, frente al Club Moreno; mis abuelos paternos, casi en el centro, al 194 de la calle Bartolomé Mitre, es decir, a tres cuadras de la plaza principal. Mamá me bañó, ese día, en un fuentón de cinc, me puso la ropa más nueva que tenía, me peinó y me roció con unas gotas de colonia. Papá, acaso en su último año como ferroviario, tenía todavía la sonrisa fresca.

Privilegio de ferroviarios, había construido en los talleres una sillita para mí, con asiento de madera y espaldar envolvente y enrejado, que atornilló sobre el caño de su bicicleta. Y ahí viajé yo, a través de ‘medio Junín’, como si fuera en la proa de un Titánic rodante. La noche era cálida; el cielo, enorme y estrellado; la luna, como una pelota de crema americana. “¿Ves? –me señalaba papá mientras pedaleaba-, ya deben estar bajando por aquellas estrellas; mirá, mirá la luna: hay como unas sombras, ¿las ves? Deben ser los camellos ésos…” Y yo recorría con la vista estrella por estrella, deteniéndome en las que más brillaban, para volver una y otra vez mis ojos a la luna redonda que alumbraba el camino.

En casa de los abuelos me atendieron bien, me dieron galletitas y caramelos, me dieron un billete para que me comprara alguna cosa. Pero yo no me quería quedar, estaba impaciente por volver a mi casa, poner los zapatos y apretar fuerte, fuerte los ojos hasta dormirme. Claro que sabía que no sería así. Al contrario, trataría de quedarme despierto, despierto para ver si los veía. ¿Cómo pasarán los camellos por el ojo de la cerradura? ¿Cuál de los tres me dejará mi regalo? Mi preferido era Melchor, tal vez porque en los dibujos y en las maquetas aparecía como el más grande y el más poderoso de los Magos y podría, de esa manera, dejarme un regalo más lindo. “¿Qué les pedís?” –me preguntó la mayor de mis tías, con la que menos simpatizaba. “No hay que pedirles –dijo la menor, que era mi madrina y a la que sí quería de verdad-, los Reyes le traen a cada uno lo que puedan, según como se hayan portado”. Yo me había portado bien, así que no titubeé: “Yo quiero un auto a pedales. Y si no, un triciclo.” “Tienen muchos chicos para visitar y reservan regalos para los más pobres –terció mi papá que era pobre-; así que te van a dejar lo que puedan. Pero va a ser un regalo lindo, ya vas a ver. Cuando te despiertes, mañana, vas a tener en los zapatos un regalo lindo”.

Y volvimos, por las mismas calles y con la misma luna. Comimos y me acosté; boca arriba y con los ojos abiertos, como para no dormirme. Mamá y papá se sentaron a un lado y otro de la cama. Me hicieron algún chiste, me acariciaron la cabeza. “Dormí, pichón, que ya es tarde y deben venir demorados; dormí y soñá con los angelitos. Los Reyes van a pasar.”

Y pasaron. Apenas despuntaba el sol cuando pegué el salto de la cama y corrí hasta los zapatos. No me acuerdo qué había en el paquete grandote y vistoso; tal vez una carretilla de madera, tal vez un camión con la cabina de caucho y la jaula de madera también. Son dos juguetes que recuerdo que tuve. Auto a pedales, no; triciclo, uno usado que me habían traído de la casa de un primo bastante más grande. Pero de lo que así me acuerdo, es de los dos chocolates gigantes que acompañaban el paquete. No era común. Golosinas veía muy de vez en cuando, por lo general aportadas por mi tía Elba que vivía a dos cuadras. Y muy de vez en cuando, algún chocolatín blanco que me compraba papá en el mismo kiosco donde le reservaban su billete de lotería. Pero chocolates, chocolates, aireados y con cereal, como los de esa mañana, nunca. Por eso quizá no recuerdo el juguete. Por eso comprendí que los Reyes  eran Magos, aunque no resistiera para ver, por mucho que lo quise y por mucho que la luna alumbrara, de qué manera se afinaban los camellos hasta pasar por el ojo de la cerradura.

 

(Publicado en Facebook el lunes 5 de enero de 2015, a la hora 08,25)

El campito de Ghirardi

Eduardo Tortorella

No había celulares con camarita para selfiarse -tampoco había celulares ni telediscado, aunque los viejos y pesados teléfonos negros de la Unión Telefónica ya le habían dado paso a los más livianos y grises de la moderna Entel-. Con esto quiero decir que no hay registro fotográfico, aun cuando alguna Kodak o alguna Polaroid se viera cada tanto por allí.

El equipo, llamémosle base, iba con Carlitos Mansilla; Jalil y yo; el Pocho De Vega, Cachín Baro y Alfredito Meoni; Pepín Bracco, Omar De Lázari, Marito Turano, el Coco Nedaf y Roberto Lacarbonaro. Con Pepín, que llegó a probarse en La Candela, teníamos algo en común y algo que nos distanciaba: éramos los dos más chicos; él era bueno.

El líder y capitán emérito era Alfredito Meoni por tres razones convergentes: sabía persuadir, tenía pelota de cuero número cinco y vivía enfrente del campito, sobre Orellanos. Pero el símbolo de aquella formación histórica fue, sin dudas, Marito Turano: iba al Nacional, usaba Lee hasta de entrecasa, también tenía una cinco de cuero y vivía enfrente del campito, sobre la transversal, se vestía de jugador de en serio como casi todos los de ahora y corría, corría, corría como un Di María precursor, aunque nunca supiera demasiado para qué ni hacia dónde.

Yo me sentía orgulloso de pertenecer al Equipo de Ghirardi. El nombre lo heredamos del campito y el campito lo heredó de la metalúrgica contigua, por más que nunca nos tirara un mango. Tampoco fueron tantas las veces que pudimos armar ese once ideal. Las edades desparejas, las procedencias de barrios distintos, el colegio o las novias y alguna que otra visicitud nos emparentó con la mítica Máquina de River, a la que ocho partidos le bastaron promediando los '40 para marcar la historia. Ojo que no estoy comparando calidades ni trascendencia, apenas circunstancias. Además, ni las comparaciones son buenas -sobre todo las diacrónicas- ni La Máquina necesita que le engordemos el prestigio.

Todo esto sucedió antes del '74 y en varias barriadas quedará algún eco y la bronca contenida y añeja de saber que los de Ghirardi, completos, eran poco menos que invencibles.

Me acuerdo ahora, y al margen de que otras veces escribí sobre este asunto, porque desde la vereda alta de Ataliva Roca, mate en mano y manguera pronta para lavar el 4L, miraba mi tío, Eduardo Tortorella, que se acaba de morir. Él me llevaba a la cancha de chico para que lo viera jugar a Taqueta y tal vez soñaba, entre choripanes y manises, con que un día el sobrino burro al que miraba soplar en el campito se calzara la celeste  de Defensa, el mismo club modesto del sur de Junín con el que había contribuido cuando pibe para que ascendiera a la primera división de la Liga Deportiva del Oeste.

 

(Publicado en Facebook el martes 22 de julio de 2014, a la hora 17,07)