La cancelación de lo útil (Ensayo, 2002-2008)

 

 

La cancelación de lo útil

 

 

 

 

Primera parte (2002)

 

Conferencias

 

 

 

 

 

Primera exposición

 

Lenguaje simple, realidad compleja

 

 

 

            En la misma página 17 de la edición del 20 de noviembre de 2000, La Nación publica sendos artículos de Gillo Dorfles y Mario Bunge que giran en torno de un problema común: cómo se vive la realidad y cómo se la comunica.

            Ese paso, imperceptible para la mayoría, contiene en definitiva la esencia de la condición humana, porque al reconocernos sujetos de razón lo hacemos a partir de una condición preexistente, que es la de sabernos sujetos de lenguaje. Construimos el mundo a medida que vivimos, con cada acto de lenguaje, con cada enunciación que funda una instancia particular y única, y es  la suma de todas esas instancias  lo que llamamos realidad. Es inconcebible una idea de mundo sin un lenguaje que lo defina y que lo describa en este presente que compartimos, que lo narre en función de las huellas que dejó en la memoria un pasado que ya no es, y que lo anuncie en función de conjeturas que son puramente silogísticas. No hay criatura capaz de tal construcción como no sea un sujeto de lenguaje y no hay pensamiento que se dé que no sea en función del lenguaje.

¿Habrá que ver, entonces, cómo se percibe la realidad para saber cómo se la comunica? ¿o según se comunique tal o cual situación se dejará establecida tal o cual realidad?

            Mario Bunge es particularmente crítico para este tipo de digresiones que forman parte, según él, de la extendida práctica del  macaneo. “La realidad es complicada –razona-, pero no hay por qué complicar el discurso sobre ella”. Claro que la lista de macaneadores, para Bunge, es inacabable y comprende no sólo a polemistas de café, curas, políticos, predicadores, tarotistas, vendedores, astrólogos, meditadores trascendentales, formadores de opinión, psicoanalistas e i tutti quanti de la chantada vernácula, sino que incluye también a buena parte de la historia de la filosofía contemporánea, en el abanico que va de Husserl a Heidegger, de Sartre a Derrida y que se ensaña especialmente con semiólogos y hermeneutas, ya que –sostiene- no hay nada que interpretar en un texto oscuro; “toda interpretación de un texto oscuro es una nueva redacción” y “puesto que no hay reglas explícitas para efectuar tales interpretaciones, todas ellas son arbitrarias: Si el texto original es macaneo, también lo es cada una de sus interpretaciones”.

            Me cuidaré de interpretar a Bunge, pero creo advertir que su radicalismo conceptual obedece a un criterio cientificista curioso para  quien se autoerige como paradigma del pensamiento científico.

            A todo esto, si Bunge tuviera razón ¿qué cosa sería la realidad? ¿cuáles los elementos que la constituyen? ¿qué es lo que cabría comunicar, insertos en ella como estamos y sujetos a sus leyes?

            Dorfles ofrece otras vías de indagación. Y, aunque no parecieran ser ni su intención ni su competencia, concilia el rigor científico y la economía de expresión que defiende Bunge con una voluntad interpretativa que podemos adjudicar a semiólogos como Benveniste o Jakobson  y a hermeneutas como Ricoeur o Gadamer.  El italiano traza un arco en la evolución del lenguaje, que sería lo mismo que decir en la evolución del mundo, que va desde el horror vacui ( horror al vacío) del hombre prehistórico al horror pleni ( horror a lo lleno, a la saturación) del hombre de hoy. “Suponemos -dice- que los grafitos, los diseños en las cavernas y las paredes rocosas tenían, entre otras funciones, la de vencer y alejar el horror al vacío: es decir, esa sensación de desasosiego que ofrecía la ausencia de todo signo o vestigio humano”.  Corresponde aquello a una edad poética de la condición humana en la que no había más realidad ni más mundo que la conciencia de ser, de existir. Todo había que fundarlo. El hombre fue hombre y la mujer, mujer; el falo fue la llave de la vida y las ubres lo fueron de la manutención; y los animales, las plantas y las cosas fueron componentes diferenciados de la realidad externa cuando un lenguaje consiguió fijarlos en imágenes y signos y, a partir de entonces, transcribir los conocimientos. Antes no existían en términos de conciencia. Y si el mundo no existe en tanto no tomemos conciencia de su existir, el mundo no existió en términos de realidad hasta que no existió el lenguaje. La realidad es, por lo tanto, un producto del lenguaje y no el lenguaje un producto de la realidad.

            Primera observación a Bunge y, a la par, primera conciliación: El hombre de ciencia que defiende por novedoso y  preciso, llámese Galileo o Leibniz, Poincare o Roy Pastor, funda la realidad cada vez que expone sus ideas; y lo hace con un acto de lenguaje: tan simple como simple sea la realidad que funda, tan complejo como compleja sea esa misma realidad.

            Pero hay más. La evolución de la criatura –o sea la historia- nos ha traído una explosión tecnológica y con ella un hiperlenguaje que ya no funda, sino que repite ad infinitum. En una aproximación metafórica diríamos que un gran cáncer ha ganado al lenguaje, que multiplica y multiplica células que todo lo invaden (por ejemplo, las imágenes de múltiple representación de los mass-media) y amenaza con cancelar lo que fuera fundado. “Nos encontramos así frente a una colosal saturación de imágenes -dice Dorfles-: el exceso de estimulaciones visuales y auditivas que se deben a los diarios, las historietas, las filmaciones, la televisión, y también a las señales de tránsito y a los carteles luminosos que han hecho que no quede nada libre de señales, signos, indicadores”.

            Esta saturación nos conduce al horror por lo lleno y las formas complejas de lenguaje que utilizan algunos, no sólo no operan como fórmulas de macaneo, sino que constituyen vías de expurgación, de purificación necesaria, para que el acto de la comunicación verbal siga siendo fundante de una realidad vivible y continúe el trayecto de la evolución.

            Segunda observación, entonces; y segunda conciliación: La ciencia del lenguaje crea sus propios anticuerpos, potencia sus defensas y genera los recursos proteicos que le permitan derrotar al cáncer de la repetición de imágenes vacías de contenido o, para exponerlo en términos saussureanos, de significantes carecientes de significados.

            Nada tienen que ver con esto sofismas como los que cita Bunge y que remiten a aquello de que cuando no tengas nada que decir, decilo en difícil; y los incautos te tomarán por profundo. Tiene que ver, mejor, con que el discurrir de instantes es continuo, y el producto siempre provisorio de ese discurrir es el discurso que funda la realidad que nos contiene. Como ya dije, tan simple o tan compleja como las instancias mismas. De cualquier manera, en la quinta exposición me ocuparé del macaneo y los macaneadores, porque me parece que desde este país donde escribimos la advertencia de Bunge merece una consideración más detenida.

 

 

 

 

 

Segunda exposición

Las posibilidades del lenguaje: Circuito y funciones de la comunicación verbal

 

 

 

 

            Dije que es inconcebible una idea de mundo sin un lenguaje que lo defina y que lo describa en este presente que compartimos, que lo narre en función de las huellas que acumuló la memoria de los sucesos del pasado y que lo anuncie en función de un presupuesto de lo que vendrá, presupuesto que nos quita del campo de las certezas y nos traslada al campo de las probabilidades y las presunciones.

            Dije, también, que si somos en el mundo, lo somos porque tomamos conciencia de ello como sujetos de lenguaje.

            Es el lenguaje, entonces, el que hace posible la existencia de aquello que llamamos realidad ya que sólo se ex-siste, es decir, se está en un lugar en relación con el afuera, si se puede aprehender el acontecimiento y comunicarlo. Se es en el lenguaje o no se es. Un gato, un elefante, un pájaro, una abeja no saben que nacieron ni saben que morirán; no construyen historia, por lo tanto. Al margen de los lentos cambios genéticos que produce la evolución (lentos, al menos, desde la perspectiva temporal humana), un gato de hoy, un elefante de hoy, un pájaro de hoy, una abeja de hoy no difieren en comportamientos de sus semejantes de hace quinientos,  mil, cinco mil o veinte mil años. Un hombre de hoy, en cambio, se comporta de manera muy diferente de cómo se comportaba cualquiera de sus antepasados y ese fenómeno cultural es el producto del desarrollo de su capacidad de comunicar.

            Eso está suficientemente dicho y suficientemente probado y no me parece ni oportuno ni necesario que abunde ahora. Lo interesante, reconociéndonos sujetos de lenguaje, será echar un vistazo más sobre las funciones que le competen, porque de ellas depende nuestra comprensión de la realidad que fundamos y, consecuentemente, nuestra inserción y nuestro desenvolvimiento en ella.

            Primero convendrá distinguir entre lenguaje verbal y lenguaje no verbal o, como indica Bally siguiendo a Saussure, entre lenguaje y lengua, dejando para aquél el concepto que comprende todo tipo de convenciones comunicativas (señales, gestos, símbolos, códigos) y precisando para la lengua el tipo de comunicación que se da a través de la palabra en su compleja red de funcionamiento; o, en términos lingüísticos, un sistema de signos. Para atender los distintos lenguajes es particularmente cómodo recordar el capítulo de apertura de un libro de David Berlo (El proceso de la comunicación; cap. 1: Comunicación. Alcances y fines), que, describiendo una jornada cualquiera de un hombre de empresa, indica en un paseo didáctico más de una docena de situaciones comunicativas en las que no necesariamente se utiliza la lengua:

            El señor A lee su correspondencia (comunicación escrita), revisa folletos (comunicación visual), oye publicidad radial (comunicación hablada), recibe el saludo sonriente de su secretaria (comunicación por gestos), asiste a una reunión de directorio (comunicación de grupo) donde se discuten las nuevas disposiciones gubernamentales (comunicación de masa). Más tarde, el señor A se  ensimisma pensando lo tratado (comunicación consigo mismo), ingresa a un restaurante y observa a  un conocido que lo esquiva (comunicación por medio de la acción), se sienta y revisa el menú de la comida (comunicación por medio de la palabra impresa), pero resuelve pedir un bistec tras oler el que llevaba el mozo (comunicación química). De regreso, entra en una tienda y examina distintas calidades de cuero antes de comprar unos guantes (comunicación por medio del tacto) y paga en la caja el par elegido (comunicación por medio de la acción). Pasa a buscar a su hijo, se detienen frente a un semáforo (comunicación mediante un símbolo visual) y, rato después, ceden paso a una ambulancia al oír la sirena (comunicación por medio del sonido). Frente a una iglesia muy antigua le explica a su hijo características de la construcción (comunicación por medio de la cultura material), lo lleva al cine a ver dibujos animados (comunicación por medio de imágenes)  y, de regreso en su casa, se prepara para asistir a una representación teatral (comunicación por medio de las artes).

 A las situaciones descriptas por Berlo podríamos agregarle las vividas y actuadas por nosotros en todo momento y en todo lugar, desde la recurrente utilización de gestos y ademanes hasta acciones tales como tatuarnos, o cortarnos el cabello de determinada manera, o vestirnos, o maquillarnos o movernos o adornarnos o adornar el auto o la casa; maneras todas de comunicar algo a los demás, al otro, aun cuando ese otro sea uno mismo que se alteriza.

            Pero la manera de comunicarnos que realmente hace historia y sienta cultura es la comunicación verbal; es decir, la lengua; en su doble vertiente de oralidad y escritura. Prescindiré, entonces, de las otras maneras y procuraré bajar algunas formas de funcionamiento de la lengua que puedan resultar de interés.

 

            En principio, Saussure distingue entre el hecho social de la lengua (langue), que fija las normas de comunicación, y el acto individual del habla (parole), que se modifica permanentemente según la voluntad del hablante. Y, tras dictaminar la arbitrariedad del signo lingüístico (ya que -dice- nada motiva una relación especial con el significado de parte del significante), concluye que sólo la colectividad puede establecer un sistema lingüístico (por uso y consenso), en tanto que el individuo, por sí solo, no puede establecer ninguno.

El razonamiento saussureano, que parte del principio de arbitrariedad, aunque abre un campo de estudio hasta ahora no superado en ciencias del lenguaje, conduce a una abstracción objetivista demasiado árida que niega la realidad de la cosa que origina el signo y que disocia la lengua del sujeto. Emile Benveniste corrige en parte esta defección de Saussure cuando establece la necesidad del nexo entre significante y significado (dado que el espíritu no contiene formas vacías, conceptos innominados) y cuando establece que el valor del signo (que es la significación ajustada a la ocasión de uso) se realiza en el enunciado.

Cada vez que el hablante (sujeto que comunica) enuncia,  provoca un acto en dos etapas de sucesión inmediata: Pone la lengua en funcionamiento por un acto de voluntad (la enunciación) y estructura gramaticalmente los signos con los que habrá de comunicar un valor de significación determinado (el enunciado). Este acto obliga al sujeto que recibe (alocutario) a devolver una respuesta, cualquiera que fuese, aun la indiferencia, por lo que, como bien señala Benveniste, se establece, entre hablante y receptor, una correferencia por consenso pragmático que podríamos graficar con la idea de un puente. Que, como todo puente, lleva por función esencial comunicar dos extremos.

Aquí nace el problema de las funciones lingüísticas que para Benveniste son tres, a las que define como interrogación, intimación y aserción.

En esta exposición, sin embargo, no voy a tomar el modelo de Benveniste para explicar las funciones de la comunicación verbal, sino el modelo de Jakobson, al que considero más apropiado para alcanzar, como dice Volóshinov, una auténtica comprensión del proceso comunicativo.

Jakobson concibe la correferencia de la que habla Benveniste no como un ida y vuelta lineal (aquel esquema que la mayoría conocemos y a cuyo proceso identificamos como feed back), sino como un circuito envolvente que podríamos graficar así:

 

/=====Código / Vía o canal=====)

Fuente ===) Emisor ===) MENSAJE ===) Receptor ===) Destino

(=====Vía o canal / Código=====/

 

Para este circuito, Jakobson prevé seis funciones que abarcan un completo espectro de posibilidades del hablante y que, aun atendiendo las objeciones de Kerbrat-Orecchioni que insinuaremos hacia el final, provee un marco de desenvolvimiento a mi entender suficiente para comprender la complejidad del sistema.

Las seis funciones de la comunicación verbal, según Jakobson, son:

1. Función referencial o denotativa del lenguaje (informa, da a conocer).

2. Función emotiva del lenguaje (interjecciones y configuraciones sonoras)

3. Función conativa del lenguaje (vocativo + imperativo, por ejemplo: Señor, atienda)

4. Función fáctica del lenguaje (prolonga la comunicación en determinadas situaciones, dice algo por decir; por ejemplo: - Lindo día, ¿no? / - Ahá, lindo día... / - Aunque parece que quiere llover. / - Y, capaz que llueva, nomás...)

5. Función metalingüística (no hay objeto de mensaje, el lenguaje habla de sí mismo; por ejemplo, destrabalenguas y jitanjáforas)

6. Función poética del lenguaje (que es la función dominante del arte verbal, en tanto orienta hacia el mensaje)

 

 

La crítica de Kerbrat-Orecchioni a este lote definido de funciones se apoya en la supuesta insuficiencia del esquema de Jakobson para comprender el mapa complejo del fenómeno de la comunicación. No hay tal código entre destinador y destinatario -dice Kerbrat- por el que se hace saber el mensaje, sino dos idiolectos, atendiendo al valor particular que cada enunciador le da a las palabras que componen el mensaje y haciendo que éste se desdoble en un significado codificado por el que emite y un significado reconstruido por el que decodifica, cada uno de ellos con sus respectivas competencias lingüísticas, lo que presupone siempre alteraciones más o menos importantes en la operación de comunicar.

Adentrarnos en estas cuestiones daría razón suficiente para otra conferencia, por lo que me detendré en este punto. Creo haber generado la inquietud y el fundamento suficientes para que cada uno profundice conforme lo que estime de su necesidad y su interés. Será útil,  y lo abordaré en la sexta exposición, introducirnos en los vericuetos del texto y del discurso ya con fines más específicos que los esbozados hasta aquí.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Tercera exposición

 

La era del vacío y el horror a lo lleno

 

 

 

            Empecé este ciclo con el lema Lenguaje simple, realidad compleja. Así titulé la primera exposición e indagué, en la segunda, las posibilidades del lenguaje atendiendo el circuito y las funciones de la comunicación verbal desde la apoyatura que nos ofrecen distintos lingüistas y teóricos de la comunicación. Ahora le toca el turno a la realidad. Me apartaré momentáneamente de las cuestiones de la lengua (asunto que retomaré más adelante) para otear, no ya el horizonte, sino las transversalidades de este tiempo-mundo en que nos toca vivir.

            El título de esta conferencia nace de un intento por sintetizar dos corrientes de pensamiento contemporáneas, la francesa y la italiana, que coinciden en un punto sobre el que apoyaré la palanca que nos mueva hacia la comprensión: Ese punto de coincidencia es la certeza del exceso como signo de la realidad.

            Nunca antes en la historia estuvo el hombre, simultáneamente, tan lleno y tan vacío de significados. La cantidad de información que le llega de manera incesante a través de los medios de masas es infinitamente superior a su capacidad de asimilación y de procesamiento, situación que lo satura. Una metáfora, no por conocida menos luminosa,  tal vez precise el problema: La luz total, o ceguera blanca como califica Saramago, enceguece de la misma manera que la oscuridad total. Aun así, será siempre su opuesto. Conclusión: Hay dos formas opuestas del no ver: la ausencia de luz o la saturación de luz. Lo mismo podríamos arriesgar para la información que se percibe por medio de los demás sentidos y, lo propondremos,  por aquélla que llega directamente al cerebro. El hombre del siglo veintiuno es un hombre virtualmente saturado, situación que favorece un pronóstico de cancelación, sobre lo que ahondaré hacia el final.

            Retomo ahora  la cuestión central de la cultura de la saturación. El hombre es un sujeto que se desenvuelve frente al miedo. O, por decirlo más sintéticamente, es un sujeto de miedo. Miedo que proviene de su dimensión temporal que, a su vez, proviene de la conciencia. El saberse finito y el saber que hay un tiempo y un mundo inmemorial que lo preceden y que lo sucederán, lo hacen indefenso y vulnerable en el más acabado sentido de los conceptos. Indefensión y vulnerabilidad lo llevaron a una búsqueda incesante de los medios que le garanticen la tranquilidad, sin que se percatara de que tener conciencia y vivir tranquilo son condiciones que se autoexcluyen. Así ha promovido las ciencias y ha inventado las religiones: dos fantasmagorías que le resuelven, una desde la naturaleza y otra desde el misterio, su radical desasosiego; cuanto menos, prometiéndole criterios de solución, si no terrenos, celestiales. “La ciencia no promete nada -me corregiría mi amigo, el poeta Enrique Scarpatti-, la ciencia predice”. Acepto la corrección que, de cualquier manera, no altera el sentido.

            Gillo Dorfles, en su impecable artículo para el Corriere della Sera que reproduce La Nación de Buenos Aires y que cité antes, apunta que la condición humana es un proceso evolutivo que se extiende entre el horror vacui del hombre prehistórico y el horror pleni del hombre de hoy; extensión durante la cual se pasó del silencio y del vacío absolutos a la saturación de estímulos que padece cualquier contemporáneo. Y que, según definición de Lipovetsky, configura un nuevo vacío. Esta vez no como punto de partida inocente y virginal, sino como punto de llegada poluto y judiciable.

            Dorfles  lo plantea así:

            “La irrefrenable multiplicación de objetos, de informaciones, de solicitaciones sensoriales -estímulos visuales, audiovisuales, táctiles- hace que el hombre actual se encuentre en una situación (...) de horror pleni que (...) se contrapone al horror vacui de (...) las antiguas poblaciones prehistóricas, en las que suponemos que los grafitos, los diseños en las cavernas y las paredes rocosas tenían, entre otras funciones, la de vencer y alejar el horror al vacío, es decir, esa sensación de desasosiego que ofrecía la ausencia de todo signo o vestigio humano”.

            De esa sensación de desasosiego que menciona Dorfles hablé hace un momento y decía que las ciencias y las religiones orientan o prometen soluciones  para tan radical problema, aunque cada uno de esos estamentos supone que sólo él está en condiciones de cumplir con la promesa. Cuando en la quinta exposición plantee un mapa del macaneo argentino, según expresión acuñada por Mario Bunge, extenderé un comentario sobre el particular. De la misma manera que al retomar el hilo de los problemas del lenguaje, veremos específicamente qué sucede con la función lingüística de la promesa y su actitud compelente. Pero ahora retorno a la realidad, o sea, a nuestro ser ahora y aquí (deixis).

            En Repetición y diferencia, Gilles Deleuze plantea la tesis de que la repetición es la diferencia sin concepto; es decir, una acumulación de extensiones vacías. El resultado de tal acumulación obviamente es el vacío. Por ejemplo: una población de clones (entiéndase, multiplicación de individuos copiados) generaría lo que Deleuze llama una extensión discreta (...), una pululación de individuos absolutamente idénticos y que participan en la existencia de la misma singularidad. Y agrega Deleuze: “Hay una gran diferencia entre la generalidad, que siempre designa una potencia lógica del concepto, y la repetición, que da fe de su impotencia o de sus límites reales. La repetición es el hecho puro de un concepto de comprensión finita, obligado a pasar como tal a la existencia”.

            Bien; la humanidad es una generalidad. No lo sería una población de clones, que conformaría una repetición. Las leyes generales que la ciencia aplica con los humanos, no necesariamente podrán aplicarse con sus clones. Y más aún: Si el concepto humanidad pierde su generalidad, es decir, el conjunto de semejanzas que permite reconocer a cada individuo que compone la humanidad, y lo reemplaza por la repetición, el nuevo estado no será ya materialmente comprobable, sino virtual. Esa es la realidad que se avecina, si es que ya no se ha instalado.

            Dorfles, por su parte, indica que nuestras capacidades perceptivas y mnemónicas son verdaderamente muy grandes, pero tienen un límite; y no sólo esto, también pueden obnubilarse si son sometidas a un exceso de estímulos. Es la metáfora  que citaba antes de la plena luz como equivalente enceguecedor de la total oscuridad.

            Repasemos algunos síntomas culturales que quién más, quién menos podrá experimentar. Por un lado, la urgencia con la que se vive (“tan apurados para llegar adónde”, aguijoneaba no hace mucho un humorista) quita paciencia y resta posibilidad de tomar contacto suficiente con las cosas y con las obras hasta alcanzar a conocerlas y dominarlas (todo es provisorio y fragmentario en tiempos de zapping y de control remoto). Todo conocimiento, y principalmente todo saber, está como prendido por alfileres. Por el otro lado, esa misma provisoriedad y esa misma fragmentación obligan  una repetición machacona de mensajes que quieren fijarse en la memoria colectiva; ya sea induciendo un consumo, impulsando una ideología o proponiendo un arte.

            A la manera del Treinta días tiene noviembre / con abril, junio y septiembre con que fijábamos de chicos la distribución de los meses, la mnemónica aplicada de hoy a través de la presión mediática procura imprimir marcas, ideas y productos en la memoria de los individuos. Pero una cosa es recitar de memoria los días de los meses y otra,  bien distinta, es citar de memoria ideas, razones, fundamentos, teorías, facultades, funciones, etc. que merecen y obligan tomar concicencia de lo que se dice y lo que se hace, porque de esa toma de conciencia depende nada menos que el sentido de  responsabilidad frente a la evolución.

            Para que haya responsabilidad tiene que haber individualidades responsables, es decir, personas con sentido de personas que respondan según conciencia. ¿Es ello posible frente a la saturación de estímulos? Mi tentación es la de responder por la negativa. Pero no tanto porque piense que en lugar de individualidades responsables haya, hoy, un hombre masa al estilo del que describía Ortega, en estado de alienación. Por el contrario; creo que hay un individualismo creciente, pero no responsable. El individualismo del hombre del siglo veintiuno es, para ponerlo en términos de Lipovetsky, el individualismo de Narciso, consecuencia y manifestación miniaturizada del proceso de personalización, símbolo del paso del individualismo limitado (entiéndease, por la responsabilidad) al individualismo total (entiéndase el de la saturación), como diferencia el pensador francés. Este narcisismo es el que provoca la sensación de vacío en medio del lleno total. La técnica de Treinta días tiene noviembre valida hoy tanto una letra de rock o de cumbia villera, como su soporte musical, o una muestra de arte (Wharol dio el gran paso en este rubro multiplicando latas de sopa Campbell o el rostro de Marilyn Monroe), o un eslogan publicitario, o un latiguillo político, o un paseo de compras, o la reconvención de la maestra, o las plegarias del predicador; en fin... Transitamos de las utopías al vacío con una velocidad asombrosa. Y en el trayecto llenamos de imágenes todos los intersticios; huequitos que eran algo así como los pulmones del pensamiento, aquéllos que permitían oxigenar las ideas y promoverlas en actos de responsabilidad.

            Y cierro otra vez con Dorfles, que tan bien interpreta a Vattimo y a Guattari: “Nos encontramos así frente a una colosal saturación de imágenes: el exceso de estimulaciones visuales y auditivas  (yo agregaría gustativas y olfativas, inmersos como estamos en la cultura de la hamburguesa y la papa frita) que se deben a los diarios, las historietas, las filmaciones, la televisión, y también las señales de tránsito y los carteles luminosos que han hecho que no quede nada libre de señales, signos, indicadores, etc. La hipertrofia señalizadora ha alcanzado un paroxismo en el que advertimos siempre más (o mejor, deberíamos advertir) la necesidad de una pausa sin imágenes”.

            Ni más ni menos; más, resumo con un verso de Blas de Otero el tema que nos  convoca.

 

 

 

 

 

 

 

 

Cuarta exposición

 

Arte, erotismo y política

 

 

            “...la gente llegó a convencerse de que la realidad es lo que está en la pantalla”, sostiene el sociólogo ecuatoriano Jaime Durán Barba en una entrevista para Clarín del 7 de julio de 2002. Y orientando la conversación hacia el uso que de la pantalla hacen los políticos en campaña, se pregunta “¿Cómo evaluamos una intervención de televisión de un candidato? Le quitamos el volumen -responde- y analizamos ahí si es que la imagen que transmite es la que se busca. No importa lo que dice, lo que importa es la imagen. (...) lo que cuenta es cómo están los ojos, la cara, la ropa, cómo se manejan las manos, qué hay en el entorno, si hay o no iluminación, compañía o soledad. Eso -concluye Durán Barba- da cuatro veces más mensaje que todas las palabras dichas en el debate”.

            Entre la apreciación del ecuatoriano y la ya conocida definición de Mc Luhan, el mensaje es el medio, existe, como es evidente, una íntima conexión.

            Advertidos y recordados, cabe insistir con una pregunta que, seguramente, nos hiciéramos más de una vez: ¿Qué elige la gente cuando elige? ¿Cómo elegimos cuando nos permiten elegir?

            Hay tres cosas, sin perjuicio de otra u otras que cada individuo pudiere agregar, que fascinan al ser humano: la inteligencia creadora, el sexo y el poder. Cada una per se son ingredientes que provocan una atracción difícil de resistir. Cuando se combinan y componen una fuerza provocadora, el efecto de atracción es devastador. Arte, erotismo y política, que es el título con el que ordené esta conferencia, representan en la era de las comunicaciones la fórmula de la devastación.

            Por qué el arte.

            Veíamos en la tercera exposición de qué manera se relaciona el hombre con el hecho estético (o el hecho creativo) desde los orígenes mismos. Los grafitos y los diseños en las cavernas y en las paredes rocosas, que señalaba Gillo Dorfles al explicar el horror vacui de la primera humanidad, así lo confirman. Desde entonces  en adelante, y hasta nuestros días, el afán creador se fue perfeccionando para alcanzar, en este presente hipertecnologizado, un nivel de estética que supera por mucho las ambiciones de expresión más osadas de artistas de otras edades. En El gran errador me explayo sobre este asunto. Agrego solamente que el arte, más que la ciencia, es paradigma de la inteligencia creadora, porque a los resultados de la ciencia se los valora en estado de necesidad, pero frente a los resultados del arte el hombre se deslumbra gratuitamente. Por eso todo quehacer conlleva, implícita o expresamente, una intención estetizante.

            Por qué el erotismo.

            La humana es una criatura sexuada y sexual. A diferencia de lo que ocurre con las criaturas de otras especies, nunca le bastó la función meramente reproductiva de su sexuación. Por el contrario, siempre alimentó el juego amatorio. Con su vasta gama de opciones y posibilidades, el ars amandi (nótese cómo se asocian en el latinismo erotismo y arte) aventajó al coito, a la mera cópula, en la realización de la persona y activó todo tipo de mecanismos censores en las corporaciones autoerigidas como custodios de la moral y las buenas costumbres. Desafiar esas limitaciones censoras fue tarea de la inteligencia creadora en todas las edades. Y con dispar suerte, según las contingencias de la historia, el erotismo fue ariete de la lucha por la liberación.

            Por qué la política.

            Una dualidad paradójica caracteriza el comportamiento humano en la relación del individuo con sus pares: Por un lado, ese comportamiento anunciaría un sujeto fuertemente individualista; sólo la criatura humana ha sido capaz de crear una figura de regulación como la de la propiedad privada y la medida de valoración de los seres y las cosas la establece a partir de su propia persona (Amarás a tu prójimo como a ti mismo, por citar un ejemplo). Y por otro lado, esa conciencia individualista lo llevó a complejos sistemas de organización social que lo convirtieron en el animal político del que se ocupan todas las corrientes de pensamiento de Platón en adelante. La razón de ser del animal político es la de poder hacer. Y para poder hacer necesita poder poder; o sea, contar con una capacidad de maniobra que le permita instalar su individualidad en el complejo sistema de organización colectiva con posibilidades ciertas de desarrollo y, si fuera posible, de dominio.

            Ahora bien; si excluimos el empleo de la fuerza física, que aplicada a los actos humanos deviene violencia física y genera insurgencia, hay dos formas de dominar: Una es la vía de la persuación, técnica por la cual una corriente de ideas circula de inteligencia a inteligencia, procurando convencer con razones y, a partir de la aceptación por el otro de tales razones, modificar las conductas. Y la otra es la vía de la seducción, mecanismo psíquico que apuesta a conmover los sentidos para que, producida la crisis en el seducido, el seductor  pueda penetrar con las fuerzas de sus ideas, convercerlo y transformarlo.

            En una tentación reduccionista diríamos que la persuación es la técnica de penetración de las ideologías, mientras que la seducción lo es del consumo. Pero el problema es más complejo y, a nivel subliminal, persuación y seducción suelen operar juntas. Esto lo saben bien publicistas, asesores de imagen, consultores, productores y el vasto espectro de mediadores que vinculan al hombre común con la realidad mediatizada.

            Recuerda Enrique Valiente Noailles que “...Borges describía lo estético como la inminencia de una revelación que no se produce. Es en la sugerencia, y no en la revelación, donde radica su potencia (...) Y si en alguna virtud coinciden cosas tan disímiles como el arte, el erotismo y la política es en la sorpresa”. Esa sospresa se alcanza por tres vías diversas:  “...en el arte se alcanza en el punto exacto previo a la revelación; en el erotismo, en la revelación sólo gradual; y en la política, en la revelación anticipada” (La Nación, 11/10/2000; p. 21).

            Un modo de sintetizar el doble efecto seductor y persuasivo del arte, el erotismo y la polítíca, que día a día cuenta con más adeptos, es el escándalo. Escándalo que ya no escandaliza, sino que, por el contrario, atrapa y vende. Al respecto, Carlos Floria elogia la funcionalidad de los escándalos políticos, en tanto -sostiene- sirven para probar la capacidad de reacción de la sociedad entera. El riesgo que se corre es que el escándalo deje de ser un medio de penetración publicitaria y se convierta en un fin en sí mismo, como piensan los escépticos al estilo de Baudrillard. En tal caso, volviendo a Floria, no habría otra cosa que funcionalidad al servicio de la corrupción y en este punto, tan cercano y tan  familiar para los argentinos, arte, erotismo y política se desvirtuarían en esencia y dejarían un vacío abismal en la naturaleza del hombre que nos cuesta imaginar con qué nuevos elementos de fascinación se reemplazarían.

            Cuando en la próxima exposición trace un mapa del macaneo argentino, retomaremos la cuestión (ya con orientación telúrica) y propondré algunos modelos de comportamiento que estimo serán de interés para la reflexión y el análisis.

 

 

 

 

 

 

 

Quinta exposición

 

Mapa del macaneo argentino

 

 

            Aristóteles Onassis tuvo nacionalidad greco-argentina. Por nacimiento una parte, la otra por opción. Esa dualidad identificatoria de quien fue uno de los hombres más ricos y más poderosos de su tiempo, combinó dos factores culturales que merecen atenderse: la desinhibición griega, producto de una cultura clásica, sólida y formidable, y el delirio argentino, mezcla de creatividad, inconciencia y arrojo. Se le atribuye a Onassis haber dicho, respondiendo a la incómoda indagación de un periodista: “Cuando tuve un millón de dólares, construir mi fortuna actual fue relativamente fácil. Cómo llegué a tener un millón de dólares, la verdad, no me acuerdo”.

            La confesión cargada de cinismo encierra, como todo cinismo, una altísima dosis de verdad. Las fortunas, particulares o societarias, privadas o estatales, se construyen, todas, más o menos de la misma manera.

            Si aceptamos, aunque sea con objeciones, esta premisa podremos analizar con pretensión de realismo la fama argentina, que confunde lo que somos con lo que queremos ser, lo que valemos con lo que creemos valer, lo que prometemos con lo que pensamos cumplir. Iniciamos con esta invitación nuestro recorrido por el mapa del macaneo argentino.

 

            ¿Nos importa cómo se llega al primer millón de dólares?

            Arriesgo una respuesta; que pueden hacer de ustedes si la comparten o desecharla por falaz: Nos importa si no somos Aristóteles Onassis; si lo fuéramos, lo habríamos olvidado.

            Saltemos con otro ejemplo de lo particular a lo colectivo, de lo privado a lo estatal. Seriamente me decía un amigo; culto, funcionario público y profesional de liderazgo probado; que la raíz de nuestro subdesarrollo, del atraso estructural, económico y cultural que los argentinos compartimos con nuestros vecinos latinoamericanos, es consecuencia directa del proceso de conquista y colonización que se inició con el descubrimiento de América. Es decir, que desde hace quinientos años vinieron los de afuera, se quedaron con lo nuestro y nos sumieron para siempre en la miseria y la desesperación. A propósito de la simplificación se me ocurre un par de preguntas: ¿Nosotros somos los de adentro, los que fuimos privados de lo nuestro? ¿o somos los de afuera, los que privamos de lo suyo  a quién? Y en tren de analogías, Canadá, los Estados Unidos, Australia, la misma Europa, ¿están habitados por gente que son ellos, desde siempre, los de adentro de aquellos territorios? ¿o son forasteros que recalaron allí en sucesivas migraciones e invasiones, antes o después que nuestros forasteros, y que, expropiadores o expropiados, desarrollaron igual? Pregunto porque al razonamiento de mi amigo lo comparte y lo sigue mucha más gente que la que se toma el trabajo, siquiera, de atender al mío. Con lo que debería concluir que, inevitablemente, el equivocado soy yo. Y ya que mi equivocación es altamente probable, con la aceptación me surge otra pregunta: Nosotros, los de adentro; los que fuimos invadidos y expropiados por los de afuera; disputamos la Patagonia y el Beagle con Chile, la Puna con Bolivia, el Chaco con Paraguay y Brasil, los ríos de la Plata y Uruguay con Uruguay ¿en nombre de qué, de quién, si éramos hermanos en desgracia padeciendo la misma usurpación dispuesta por los de afuera? No aconsejo que intentemos las respuestas ahora porque la controversia nos dejaría sin tiempo. Sólo quise disparar esta advertencia: a los argentinos nos cuesta enormemente admitir la realidad, aun la misma realidad que fundamos; nos cuesta ser justos; reconocernos y afirmarnos en lo que somos, con virtudes, que las tenemos, y con defectos, que nos negamos a ver.

            No voy a caer en la ingenuidad de desconocer que hubo y que hay en el mundo dominadores y dominados. Pero de allí a reconocer a la Argentina y a los argentinos en el papel de meras víctimas, dista un trecho más que amplio. Es el trecho en el que se desenvuelve, cómoda, la cultura del macaneo.

 

            Escribió Ivonne Bordelois  en el comienzo de un artículo sobre Violencia y lenguaje: “Se habla mucho de violencia entre nosotros estos días; acaso demasiado. El mismo hablar contra la violencia parece generar violencia. Profetas que aúllan, pacificadores que abruman, políticos y periodistas que ensordecen, rockeros que deliran; (...) uno de los aterradores poderes de la violencia es que está destinada, precisamente, a la tarea de destruir la imaginación, tarea en la que es inmensamente eficaz”.

            ¿No perciben ustedes, en la descripción de Bordelois, los contornos del mapa que propongo; mapa de la chantada vernácula que más de una vez nos enorgulleciera, al punto de promoverla y publicarla como sello de identificación en el mundo?

            Cuando esto ordenaba y escribía, se desarrollaba el Campeonato Sudamericano de Fútbol Sub-20 que ganó la Argentina. Como tantas otras veces, la merecida consagración deportiva disimuló la vergüenza. Pero ocurrió. En uno de los partidos de la ronda final, un ignoto defensor de apellido Romero exageró una falta que le habrían cometido. Mientras el árbitro detuvo el cotejo y el nuestro aparentaba retorcerse por el dolor, las cámaras de la televisión uruguaya tomaron su rostro en primer plano. El ignoto Romero, aguardando seguramente que sancionaran al adversario, sacó la lengua y gesticuló tres, cuatro, cinco veces. He aquí -se habrá dicho- el argentino vivo. Es evidente que no le interesaba tanto la viveza como acto en sí, con la ventaja deportiva que le proporcionaba, sino que el mundo cobrara noticia de su viveza; la comunicación antes que el acto. Típica manifestación del chanta. Deseable hubiera sido que, anoticiado de la censurable actitud, el técnico Tocalli dispusiera su apartamiento del equipo. No fue así; primaron las especulaciones deportivas, los intereses económicos, el mal entendido concepto de prestigio que sólo privilegia el éxito, y el ignoto Romero terminó confirmado en su puesto. Al partido siguiente lo expulsaron por juego violento. Lo que se había iniciado como un juego de lenguaje concluía tristemente con un hecho de violencia. La inteligente asociación de Bordelois ganaba un ejemplo más y dos chantas nuevos, jugador y director técnico, se incorporaban al Olimpo de nuestras celebridades. ¿Qué dijo la Asociación del Futbol Argentino? Nada. ¿Qué dijeron las autoridades nacionales? Nada. ¿Qué dijeron nuestros periodistas deportivos, implacables otras veces con quienes ellos sindican como sujetos de corrupción? Nada. ¿Qué dijo el hincha; es decir, nosotros; el ciudadano que vive y que padece esta incontenible decadencia? Nada.  Al contrario, todos celebrábamos felices porque una vez más habíamos sido los mejores. Por eso aquella referencia del comienzo centrada en la anécdota de Onassis. Si ganamos, ¿a quién le importa como se consigue el primer millón?

            Lo curioso, lo deplorable y lo innoble, sin embargo, no se agota con ello. Lo peor aflora si perdemos. Entonces sí que la culpa es del mundo; del otro, de cualquiera. ¿Cómo tolerar que un argentino pueda ser derrotado con legitimidad? Cuando perdemos se torna evidente, pensamos, la envidia que el mundo nos tiene por ser los mejores. ¿O no nos enseñaron en la escuela que los celos y la ambición de Bolívar privaron a San Martín de toda la gloria cuando nuestro prócer perdió la pulseada de Guayaquil? ¿O no conmemoramos, por año, dos Días de la Soberanía: el uno porque Rosas expulsó a los ingleses, en cuyo país, extrañamente, se refugió hasta la muerte después de la derrota de Caseros, y el otro porque invadimos Malvinas para empezar a perderlas definitivamente? ¿O no renegamos de Sarmiento porque quiso entregar la Patagonia, pero disimulamos la extorsión de Roca al gobierno chileno cuando su país se debatía en la guerra con Perú? ¿No relatamos hasta el hartazgo la caída de Dempsey, pero omitimos deliberadamente las ocho o diez caídas de Firpo? ¿No disfrazamos de neutralidad nuestra ausencia en la guerra mientras apoyábamos embozadamente al Eje nazi-fascista? ¿No expatriamos a Libertad Lamarque porque era la sombra de la mujer de Perón? ¿No regalamos nuestras universidades a la tilinguería para pavonear un vanguardismo psico-bolche? ¿Para eclipsar a Borges no inventamos a Sabato? ¿No compramos el verso de Macondo para hacerlo realidad real en la ubérrima tierra de Lugones? ¿O no fuimos, acaso, en Inglaterra los campeones morales, doce años antes de que el Proceso indujera nuestro propio campeonato? ¿No nos inflamamos con el argentino hasta la muerte con que un oscuro yerno de Lanusse nos retrotraía a Guido Spano? ¿No burlamos y nos dejamos burlar cuando elegimos Cámpora al gobierno, Perón al poder? ¿No escondimos la matanza de Ezeiza tras la epopeya de unos muchachos idealistas? ¿No alardeamos con la Argentina que trabaja y avanza y nos embriagamos con los efectos de la plata dulce? ¿No hemos sido siempre derechos y humanos? ¿No le enseñamos con ostentación a los pueblos de América que con la democracia se come, se cura y se educa? ¿No nos aliamos, en definitiva, porque hastiados de la pizza con champán que trajeron los que vinieron a robarnos la plata, optamos por el costado aburrido, aquél que se proponía como médico y como maestro de cada argentino que lo necesitara? ¿No santificamos a Favaloro después que lo matáramos? ¿No nos desaliamos a pura cacerola? ¿No convertimos en victoria; con ovación, abrazos y marchita; la indignidad del default? ¿No trocamos la timba chacarera de la cosecha salvadora por la timba citadina del turismo salvador? ¿No embestimos de nuevo más tarde contra la timba de la oligarquía chacarera?

            El mapa, lo confieso, se dibujó casi solo. Claro que, como todo mapa que se precie en una tierra de macaneadores, éste refiere solamente los puntos ostensibles. Miles y miles de referencias quedaron omitidas, incluso las del pueblo de uno; tal vez porque, cuando chicos,  buscábamos nuestro pueblo en el mapa, pero siempre había una referencia mayor que ocupaba el espacio que le pertenecía. Así nos fuimos acostumbrando a privilegiar lo grande, lo ostentoso, lo aparente, lo mayoritario.

            Culturalmente nos definimos como chantas y macaneadores, pero a lo grande. Por eso dejé para el cierre las consideraciones semánticas.

            Hay dos especies de chantas, según tipifica Mario Bunge (La Nación, 13/09/99; p.13): los farsantes y los estafadores.

            Ejemplos del primer tipo: a) simulo tener una pericia de la que, en realidad, carezco; b) enseño sin tener la más pálida idea de la materia que enseño; c) predico la vida virtuosa para los demás, pero personalmente carezco de virtud.

            Ejemplos del segundo tipo: a) vivo y simpático, me abuso de la ingenuidad y de la buena fe y vivo del trabajo ajeno; b) tranquilo y seguro de mí mismo, muestro como propio un bien que usted no podría llegar a tener y le ofrezco asociarse a mi fortuna con aportes que, en principio, le ayudo a reunir; c) por las dudas, me mantengo leal a determinadas conexiones; no sea cosa que a o b fallaran y no tenga abogados que me defiendan.

            Y sobre macana, abunda el diccionario: 1) Arma ofensiva, a manera de machete, que usaban los indios americanos. 2) Garrote grueso. 3) Palo con que los indios americanos labraban la tierra. 4) Artículo de comercio que queda sin fácil salida. 5) Figurativamente en la Argentina, desatino o embuste. Macanear, por lo tanto, bien puede ser golpear o desbrozar con la macana, como activar un negocio o decir desatinos o mentiras. Con mayor o menor nobleza de uso, de cualquier modo, después del macaneo, nada vuelve a ser lo que antes era.

            Ejemplos tomados de Bucay, Moreno, Castels, Artaza, Palau, Cassaretto, D´Elía, Bergman, entre otros protagonistas contemporáneos, aclararán lo que sospecho pudiera haber quedado oscuro. Volveremos al mundo con la próxima exposición.

 

 

 

 

 

 

 

Sexta exposición

 

Texto, hipertexto y autoría múltiple

 

 

            “Hablamos más que nunca y, sin embargo, decimos mucho menos  -analiza George Steiner ( )-. La gente, hoy, usa cada vez menos palabras y de manera más frívola. Ya no escribimos cartas, ya no leemos cuentos a nuestros hijos”. En pocas palabras, diríamos que la gente, como señala Steiner, está rápidamente destejiendo la compleja red discursiva que tejió desde que apareció la escritura y que seguramente, excepciones al margen, culminó en el siglo veinte, siglo durante el cual alcanzó el texto su dimensión mayor, se sometió al desemenuzamiento casi criminal de la ciencia lingüística, pergeñó la novela como género de expresión excluyente y apuró su desbarrancamiento.

            Así planteado, el asunto es abrumador. Y, para quienes aman al texto como expresión del arte literario, desesperanzado. Pero como un buen consejo de Maquiavelo es que si tenemos que hacer daño lo hagamos todo de una sola vez, para evitar ser crueles, demos el daño por hecho y empecemos la reparación; o mejor, si cabe, una construcción nueva.

            Ya he planteado en El Gran Errador cuál es mi visión sobre el futuro más o menos próximo de la condición humana y en las dos exposiciones con las que cerraré este ciclo ahondaré en la cuestión. Pero para encauzar lo que ahora me interesa exponer, deberíamos deducir que si el texto es el resultado de la evolución de la condición humana y la condición humana está a un paso de su cancelación, es razonable que el texto se cancele con ella. ¿Está a un paso de su cancelación la condición humana? Responderé, por ahora, con una paradoja que bien podría constituir una aporía: sólo si se cancela el texto.

            En El texto ´eminente´ y su verdad ( ), un artículo de 1986, dice Hans-Georg Gadamer: “En un sentido esencial, por exigencia propia, la poesía es texto, es decir, un texto que no remite a la fijación de un discurso pensado o dicho, sino que, separado de su origen, reclama una validez propia que, por su parte, es una instancia última para el lector o para el intérprete”. Al margen de alguna consideración posterior, que a mí me parece apresurada en tanto confunde la poesía en el terreno de la literatura y el arte, Gadamer señala un dato insoslayable para entender la esencia de la condición humana, que es texto y que, por lo tanto, forma -y es formada por- la poesía. La condición humana es en el texto y esto, como lo indica Gadamer, separadamente del discurso pensado o fijado que sería el enunciado.

 

            Qué es texto.

            En mayo de 2001, desde Isidro Casanova y en el marco de una asamblea popular, Juan Carlos Alderete y Luis D´Elía daban textura a lo que después se llamó el Movimiento Piquetero Argentino y que entonces comenzaba a tejerse enlazando y dando extensión orgánica a una creciente acumulación de hilos insurreccionales que venían manifestándose desde Cutral-Có y Tartagal. ¿Cómo lo hicieron? A partir de una sencilla exposición textual que por obra y gracia de los medios de comunicación se multiplicó inmediatamente y consolidó la red piquetera. “El único comandante que podemos reconocer es el pueblo; nosotros somos sólo voceros de la voluntad de los desocupados y por eso a partir de hoy (23 de mayo de 2001), en las asambleas, nos denominaremos subcomandantes”, disparó con desparpajo Alderete, posiblemente con libreto prestado y seguramente con la ilusión puesta en Chiapas y en el Movimiento Zapatista liderado por el subcomandante Marcos.

            El ejemplo propone un texto en toda su aparente dimensión: Un soporte volitivo que propone la trama (queremos entretejer estos hilos sueltos; en aquel caso, los múltiples y desperdigados levantamientos populares y manifestaciones de protesta), una trama propiamente dicha (para ello trazamos la estrategia y disponemos los medios), una acción (convergemos y hacemos converger en un espacio aglutinante provistos de los recursos pertinentes) y un soporte lingüístico que fija la trama (enunciamos ´con palabras´ el propósito y la acción y los dejamos sentado).

            Tres meses después de aquel episodio, el 27 de julio, Rodolfo Rabanal publicaba una nota en el diario La Nación con el sugestivo título de La Argentina, un texto incompleto ( ) , en cuyo párrafo central sentenciaba: “Quienes presumen de entender qué cosas nos están ocurriendo aseguran que hemos llegado al párrafo principal del texto argentino: a partir de ahora la página escrita tendrá un valor fundacional o no será nada”. ¿A qué se refería Rabanal? Tras describir suscintamente dos episodios (uno, objetivo, que tomaba cuenta de que “de golpe, amediados del año 2001, hemos pasado de la normal incertidumbre posmoderna a la certeza inconsolable de una realidad más bien cruda: ya no tenemos crédito y no somos, para el resto del mundo, un lugar deseado”; y otro  que lo tuvo como protagonista involuntario cuando “...una mujer a la que yo jamás había visto antes me detuvo en la calle para preguntarme que hacían los intelectuales ´frente a lo que está pasando: pero no hay nadie que piense´. Habría deseado decirle que ya casi no hay tiempo para pensar(...), pero preferí decirle que el pensamiento existe, pero no llega”), concluye que la trama de los acontecimientos que se precipitaron en la Argentina remite a los efectos que provoca pulsar equivocadamente la tecla ´Insert´ en un ordenador: a medida que se las escribe, las palabras desaparecen. Y resume: “...ya en otras décadas pusimos las palabras justas, pulimos la idea y expresamos para siempre aquello que nos convenía hacer y ser, pero, misteriosamente, el párrafo de la salvación desapareció del texto tantas veces como fue escrito y hoy enfrentamos, otra vez, el eterno faltante, el reiterativo fallo, el error de la impericia que nos impulsa a apretar la tecla inadecuada. Por lo tanto, hay que empezar de nuevo.”

            Si atendemos lo desarrollado hasta aquí, nos enfrentamos con una paradoja: Por un lado, algunas tramas, como la tejida por Alderete y D´Elía, dejan sentado, fijan un principio textual que se presume firme y de acción prolongada; por el otro lado, Rabanal nos dice que en tiempos de tecnología avanzada y de teclas ´Insert´ no hay tales firmezas textuales y que toda trama, incluso las constitutivas, puede ser desleída a medida que se lía. Si Rabanal tuviera razón, estaríamos frente a la cancelación del texto y, como sobre su presunta firmeza construyó la historia la condición humana, también estaríamos frente a la cancelación de esta condición; con lo que volvemos al comienzo.

            Pero no es tan claro que el texto sea necesariamente este entramado de voluntad, actitud y enunciado. En el terreno de la ciencia lingüística se viene librando un arduo debate sobre el asunto entre los cultores de la enunciación como principio del lenguaje (es decir, aquéllos que entienden que el acto de la lengua es válido únicamente en el momento en que se lo enuncia, porque, una vez enunciado, cambian las circunstancias y, a partir de entonces, la significación será siempre distinta) y los cultores del enunciado, que acreditan, justamente, a favor de la trama los principios de vigencia de la condición humana ya que el hombre es un sujeto de lenguaje ( ). Tomar partido no está dentro de mis intenciones y mucho menos de mis posibilidades, pero podríamos indagar juntos algunas alternativas.

 

            Texto y discurso.

            En castellano disponemos de dos términos que suelen asociarse hasta convertirse en sinónimos: texto y discurso. En realidad no lo son. Teun van Dijk, en sus estudios sobre la Gramática del texto ( ) advierte que la confusión proviene de que en algunas lenguas germánicas, como el alemán y el holandés, no existen equivalentes de ambos términos, sino sólo del término texto. Por ejmplo, para referir en alemán estudios del discurso se debe recurrir al término Textwissenschaft. Pero van Dijk intenta clarificar: “...un discurso es una unidad observacional, es decir, la unidad que interpretamos al ver o escuchar una emisión”. Ahora, si la emisión discursiva se fija en un tipo, es decir, si excede la ocurrencia del momento en que se la pronuncia para fijarse y permanecer, deja de ser discurso (fluir) para convertirse en texto (trama). “Una gramática -dice van Dijk- sólo puede describir textos y por lo tanto sólo da una aproximación de las verdaderas estructuras empíricas de discursos emitidos”.

            De esta manera, van Dijk reconoce en el discurso el acto vital, o iecto ( ), donde “normalmente ocurren errores, iniciativas falsas, incoherencia parcial” ( ), y en el texto algo “más abstracto, un constructo teórico de los varios componentes analizados en la gramática y en otros estudios discursivos” ( ).

            No resultará difícil concluir que la historia, a la que definíamos en el comienzo como la evolución de este microcosmos que es la condición humana, es una fijación abstracta  de estudios discursivos; o sea, la historia es texto. En cambio, en tanto que discurre en un fluir constante, la evolución es discurso. Si la condición humana comprende la diferencia y se encauza a través de la creación (poesía) en el flujo de la evolución, podrá trascender la etapa de la historia y, aunque ésta se cancele por innecesaria o inútil ( ), prolongarse superándose en la condición que la suceda.

            Con esto quiero decir que si hasta ahora comprendimos a la condición humana como texto (trama, historia), podemos dar el salto cualitativo para comprenderla como discurso (flujo) y evitar que con la cancelación del texto (en definitiva, un  útil) se cancele también el agente que lo tejió.

 

            Dos escenarios.

            En Nostalgias del absoluto ( ) el ya citado Steiner advierte la secularización creciente y generalizada de la sociedad que, habiendo provocado la decadencia de la religión organizada y de la teología sistemática, deja en el hombre un vacío que necesita llenar. Esa necesidad, según Steiner, fue parcialmente compensada por la aparición de mitologías que, “desde visiones totalizadoras que pretenden ofrecer luz sobre el ser humano y su entorno”, ocupan el vacío con propuestas alternativas a las de la abolida religión. Y en esta categoría de mitologías caben, para Steiner, tanto el materialismo marxista, el psicoanálisis freudiano o el antropologismo sociológico de Lèvi-Strauss como los viajes alucinatorios o la sabiduría zen, que provienen de la cultura oriental. De cualquier manera, el filósofo alemán pronostica el fracaso de todos estos sustitutos porque, a diferencia de las religiones, dejan al hombre “sediento de absoluto”. Y tras prevenir sobre “la caterva de adivinos e iluminadores que viven de la credulidad de los infelices vendiéndoles horóscopos y predicciones o lecciones de meditación” ( ) y también sobre “el satanismo y sus iglesias negras”, arriesga que “Quizá lo único que realmente le quede al ser humano tras tanto experimento fracasado es su inveterado anhelo de verdad. Descubrirlo -advierte- puede ser peligroso e incluso ´inhumano´”.

            Esta presunta inhumanidad anuncia lo que yo preveo como cancelación de una condición, la humana, representada por lo útil. Y alude, inevitablemente, a las consecuencias todavía imprevisibles de los descubrimientos genéticos y cibernéticos. Pero yo no emplearía el prefijo in, que utiliza Steiner y que niega la condición humana y la hace literalmente desaparecer, sino trans o supra, porque a mí me parece que no se operará tal desaparición (o autodestrucción o aniquilación, según las teorías catastrofistas), sino una superación por la que la condición humana se trascenderá a sí misma  y se acoplará de manera creadora a las leyes de la evolución. Para tal caso, hay dos escenarios: el de la cyborgización y el de la realidad virtual. En el primero se partiría de una criatura, todavía humana, que, mediante sucesivos relevos técnicos de órganos que se van naturalmente desgastando, generaría otra criatura, el cyborg, de base natural y complemento artificial. ¿Qué pasaría, en este caso, cuando los relevos técnicos afecten los centros neurológicos y reproductivos?  En el segundo escenario se operaría, paralelamente, en el desarrollo de la ingeniería biogenética por un lado y en el de la inteligencia artificial por el otro, con el propósito de que la inteligencia humana (natural) vaya apropiándose de la artificial y fusionándose con ella hasta que, naturalmente, evolucionen juntas. Entonces se habría producido el salto de la condición humana a otra condición superadora, pero naturalmente, en los términos graduales de la evolución, sin catástrofe y sin apocalipsis. Producida la trascendencia, el lenguaje seguramente se habrá integrado a la nueva condición (porque, además, la habrá hecho posible) y hasta podría presumirse que generará otro tejido comunicativo, es decir, otro texto, otra trama, otra historia. Que, como la trama humana, quedará sujeta al hilo discursivo y evolucionará conforme los impulsos de la creación (la poesía).

            Una desesperanzada aunque pintoresca nota de Esteban Peicovich, Hombres de repuesto ( ) y otra a mi juicio atinada, y en cierto modo alentadora, de Umberto Eco ( ) ilustran muy bien estos dos escenarios y las atenderemos en la próxima exposición.

 

 

 

 

 

 

Séptima exposición

  

Del texto al hipertexto y a la autoría múltiple

 

 

 

            Resumo a Peicovich ( ): “El hombre hombre es el único animal que retoza y goza (y hoza) en la imbecilidad / ...siglo tras siglo renueva su fervor en aplastarse a sí mismo y en dar con un biotipo masificado, de fotocopia: Lo consiguió... / ...su fatal primer mandamiento es destruirás al hombre como a ti mismo. Aunque recite lo contrario, su naturaleza esconde al escorpión que ruega y al escorpión que pica ( ) / ...la desesperación por mutar le apagó el sentido. / Al igual que en la historia grande, cada uno en lo oscuro de sí sueña con poder ser otro, otros y más aún: dejar la cáscara, el yeso del inhabitable yo y pasar a vivir cómodo, libre de Yocasta ( ), en un nosotros sin culpa, descansado y eterno. / Tanto encender sueños nos llevó a arder en ellos. El aura, Jano, el fantasma, Frankestein, el otro yo, no eran más que anticipo de lo que ahora despierta en los laboratorios. / De ahora en más sólo serán geniales quienes puedan duplicarse hasta el límite de lo fantástico. Los que posean su doble para todo. Uno para cada pecado, para cada sueño. Y dobles de repuesto. Uno, para conservarlo niño y usarlo de recambio al derrumbarse el viejo. Otro, para que sufra por uno, etc.”

            Suficiente. Peicovich interpreta acabadamente el pensamiento y el sentimiento de la mayoría y de alguna manera representa la posición sociológica de una izquierda ideologizada que sigue autotitulándose progresista, pero que hace tiempo perdió el rumbo en el curso de los acontecimientos. Esta condición, por supuesto, sería la primera en cancelarse si no fuera rescatada por el pensamiento creador de la condición superadora. La amarga ironía, que denota una pura desesperanza, un puro pesimismo, es propia de estos nuevos dinosaurios que todavía reinan en las universidades, la función pública, la literatura y buena parte del arte y de los medios de comunicación. La mayoría numérica que ostentan, sin embargo, lejos de hacerlos fuertes acrecientan sus debilidades. Y valga otra vez la analogía con los dinosaurios: los de mayor tamaño fueron, justamente, los primeros en extinguirse, porque la evolución se fortalece siempre en sentido de lo mínimo.

            Eco, en cambio, aun cuando cierto conservadurismo típicamente latino lo retenga dentro de los límites de la prudencia, enfoca la evolución de manera mucho más realista y, consecuentemente, desde el optimismo ( ), en virtud de que la realidad nunca cierra las posibilidades, sino que las abre, multiplicándolas.

 

            “Dios pasó por allí”

            Refiriéndose a la inocultable transformación que las computadoras e Internet trajeron y traerán a la industria editorial -y, particularmente, al libro como objeto-, Eco se adentra en un pronóstico que nos resulta atractivo para afirmar lo que venimos sosteniendo.

            Primero observa que “si bien las computadoras están difundiendo una nueva forma de alfabetismo, no pueden satisfacer todas las necesidades intelectuales que estimulan”. La aserción obliga dos preguntas: ¿por qué? y ¿hasta cuándo?

            Seguidamente avisa sobre dos inventos que, cuando ingresen masivamente en el mercado, contribuirán en sentido de aquella satisfacción: Una copiadora que permite explorar catálogos de bibliotecas y libros de editoriales, seleccionar lo que nos interesa, oprimir un botón y aguadar unos instantes, hasta que la máquina nos entregue el ejemplar impreso y encuadernado (en la Feria del Libro de Buenos Aires 2008 ya se implementó el sistema); y el libro electrónico, que reemplazará el papel por la pantalla, pero para lo que merece atenderse (y lo haremos en otra oportunidad) el avanzado estado de desarrollo de las pantallas líquidas ( ). Sin embargo, conjetura Eco, si bien es probable que estos adelantos eliminarán las librerías, no es tan probable que eliminen los libros, porque estos objetos de papel todavía nos siguen siendo útiles e irreemplazables desde la configuración del texto. Utilidad y textualidad, justamente, son las propiedades que estimamos en crisis y en vía de cancelación. Y para esta estimación, Eco aporta un interesante planteo que, aun cuando un poco extenso, me parece oportuno transcribir: “Los libros sobrevivirán por su valor utilitario, no así, tal vez, el proceso creativo del que emergen. Para comprender el porqué, debemos distinguir entre sistemas y texto. Un sistema son todas las posibilidades desplegadas por determinado lenguaje natural. Un conjunto finito de reglas gramaticales permite producir un número infinito de oraciones y todo ítem lingüístico puede ser interpretado en términos de otros ítem lingüísticos: una palabra por una definición, un hecho por un ejemplo y así sucesivamente. Un texto reduce las posibilidades infinitas de un sistema para formar un universo cerrado”.

            Este universo cerrado del texto es el de la historia, es decir, el de la condición humana. Texto y condición humana no pueden desligarse ni entenderse el uno sin el otro. Son, como el significante y el significado de Saussure, dos caras de la misma lámina y no puede alterarse una de ellas sin que se altere la otra. El sistema, en cambio, se asimila a las leyes de la naturaleza y evoluciona con ella en nuevas condiciones. A la trama unívoca del texto es previsible que la suceda la trama multívoca de la múltiple representación, donde distintas unidades lingüísticas, o enunciaciones, serán variaciones significativas que integrarán e interactuarán los pozos generativos (o vórtices) de los que provienen, creando, simultáneamente, nuevos pozos generativos y nuevas unidades sígnicas, probablemente no lingüísticas, que Eco prefigura como hipertexto, pero que, en rigor, constituirán una nueva realidad.

            Refiriéndose al Waterloo que Víctor Hugo relata en Los miserables, entiende Eco que “Con un programa hipertextual, podríamos reescribir la batalla haciendo vencedor a Napoleón”. Es cierto y también es verosímil; porque si la historia (el texto o la condición humana) es irreversible, la evolución (el flujo o la libre combinación) no tiene por qué serlo; de hecho, diría que no lo es. Pero también agrega Eco que, sin embargo, “la belleza trágica de la Waterloo de Hugo radica en que las cosas suceden independientemente de los deseos del lector”. Este determinismo caracterizó en todo su trayecto a la condición humana. “Alguien, a quien nadie puede oponerse, cuidó de que un hecho aconteciera -dice Eco-: Dios pasó por allí. Éste es el mensaje de toda gran obra literaria: Dios pasó por allí”.

            Creo que en esta última especulación queda patentizado el sentido de lo útil. Dios, texto, historia han sido los grandes útiles de la condición humana. Ellos construyeron su realidad, como planteábamos al abrir la primera exposición, y en esa realidad transcurrió, transcurre, su existencia. A punto de cancelarse los tres, queda por esperar la trascendencia de la condición humana hacia otra condición superadora. No cabe suponer que la inteligencia provea su propia cancelación y trataré de argumentarlo.

 

 

 

 

 Corolario

 

 

 

 

Proposiciones

 

  1. La evolución (cosmos) es un proceso combinatorio y fluyente y de naturaleza creadora.

  2. Cada nuevo estadio de la evolución supera a los estadios anteriores, porque las posibilidades combinatorias de los elementos que interactúan se multiplican.

  3. El hombre, por lo que hasta aquí sabe, es un punto de máximo desarrollo en la vorágine o espiral evolutiva, al extremo de constituirse en sí mismo como microcosmos y generar, como tal, su propia evolución, que es la historia.

  4. Mientras la evolución es absoluta y se rige, en consecuencia, por leyes absolutas, la historia es relativa y se rige por leyes relativas.

  5. Si la historia equiparara a la evolución, se cancelaría el cosmos con todas sus leyes y se originaría el caos, porque ya no tendrían sentido ni proceso ni flujo alguno.

  6. Mientras aquello no ocurra, las leyes absolutas disponen, por combinación infinita, de las infinitas leyes relativas que contienen y que generan de manera continua.

  7. Toda ley relativa incide, por lo tanto, en el proceso combinatorio y fluyente, pero no lo determina ni lo condiciona.

  8. Toda ley absoluta admite la incidencia de la ley relativa porque esta es parte constitutiva y actuante de su naturaleza creadora.

  9. Como partes integrantes de un cosmos sobre el que inciden pero al que no determinan ni condicionan, las leyes relativas pueden ser más o menos fuertes, más o menos débiles.

  10. Cuando una ley relativa cualquiera tropieza con otra ley relativa más fuerte, aquélla se cancela en beneficio de ésta.

  11. Cuando una ley absoluta tropieza con otra ley absoluta, ambas modifican sus órbitas y provocan lo que, figurativamente desde la noción humana, podríamos llamar big bang.

  12. La lógica, la ciencia, la moral y la ética, como disciplinas humanas, son en sí mismas leyes relativas y provocan únicamente leyes relativas.

  13. La lógica, la ciencia, la moral y la ética inciden, por lo tanto, en el proceso combinatorio y fluyente del cosmos, pero no lo determinan ni lo condicionan.

  14. La historia también es una ley relativa inclusiva de la lógica, la ciencia, la moral y la ética que son, en relación con aquélla, inclusas.

  15. Cuando la lógica, la ciencia, la moral y la ética tropiezan entre sí, o una cualquiera de ellas con otra cualquiera de ellas, pueden modificar el curso de la historia, tal como ocurre con las revoluciones, pero no la evolución.

  16. Si la lógica, por ejemplo, tropieza con la moral, una generará multiplicidad de corrientes que buscarán la verdad lógica (filosofía) y otra generará multiplicidad de corrientes que buscarán la verdad óntica (religión).

  17. Como leyes relativas emanadas de otras leyes relativas, corrientes filosóficas y corrientes religiosas cotejarán fuerzas hasta que unas se cancelen en beneficio de otras.

  18. Si la ciencia, por ejemplo, tropieza con la ética, una generará multiplicidad de corrientes que buscarán la verdad fáctica (arte y técnica) y otra, multiplicidad de corrientes que buscarán la verdad jurídica (derecho).

  19. Como leyes relativas emanadas de otras leyes relativas, corrientes artísticas y técnicas y corrientes del derecho cotejarán fuerzas hasta que unas se cancelen en beneficio de otras.

  20. Si una corriente artística o técnica es más fuerte, en su pugna, que una corriente de derecho, es decir, si aquélla incide mejor que ésta en el flujo combinatorio de la evolución, obligará la cancelación de esa corriente de derecho y asimilará sus residuos, enriqueciéndose.

  21. Si una corriente de derecho es más fuerte que una corriente artística o técnica, se invertirá el proceso.

  22. Como criatura generadora e inclusiva de todas estas leyes relativas, el hombre hará todo lo que pueda y tenga voluntad y capacidad de hacer.

  23. No habrá, por lo tanto, ciencia (artística o técnica) que pueda ser bloqueada o impedida por la ética (derecho en cualquiera de sus variantes específicas) si demuestra ser más fuerte, es decir, mejor en el flujo combinatorio de la evolución.

  24. En cambio, si el derecho demostrara ser más fuerte, se invertirá el proceso.

     

     

     

     

     

    Conclusiones:

     

  1. El derecho, legislado en representación de la ética, podrá demorar o entorpecer un proceso artístico o técnico suscitado en representación de la ciencia, pero no podrá impedirlo si éste proceso demuestra ser más fuerte en los términos de la evolución.

  2. El derecho, por lo tanto, sólo puede regular conductas en un trayecto histórico limitado, es decir, sujeto a los resultados de la tensión fortaleza/debilidad de los procesos que regule.

  3. De esto se deduce que si el hombre puede crear vida, como antes pudieron crearla otros procesos combinatorios inferiores, la creará.

  4. Y se sigue que si este proceso de creación de vida no es rechazado por las leyes absolutas de la evolución, este proceso creador es bueno.

  5. El derecho y sus barreras éticas no deberían oponerse, por lo tanto, a las experiencias creadoras del hombre, sino entenderlas y acompañarlas legislando de manera tal que se fortalezca enriqueciendo estas experiencias por comprensión y no de manera tal que se cancele por incomprensión.

     

     

     

    Hipótesis:

     

    En términos políticos, es decir, en la relación que las conductas humanas guardan con la historia, todo acto de comprensión significa un fortalecimiento en el proceso evolutivo y por lo tanto un progreso; contrariamente, toda incomprensión o desaprensión significan un debilitamiento reactivo que concluirá, inevitablemente, en la cancelación del acto, aun cuando sus residuos terminen enriqueciendo, por asimilación, el desarrollo fuerte y progresivo del cosmos. Si la condición humana aspira a ubicarse de manera que armonice cada vez mejor con el cosmos en que está incluida con todo su complejo de leyes relativas, deberá, según pienso, adoptar una conducta progresiva y transformadora antes que una conducta reactiva y conservadora. El nexo que le permitirá ese posicionamiento es la poesía, o sea, el acto de creación continua.

    (Segunda parte: “La cancelación de lo útil”, 2008)

La cancelación de lo útil

 

            Algunas precisiones

 

 

            1.

            El Iluminismo es un proceso inconcluso. Admitiendo la razón que le asiste a Habermas sobre el objeto de la afirmación, me parece que el sujeto no es el mismo. Si la criatura humana (la humanidad) no consiguió concluir el proceso que inició la modernidad o si, como cree Vattimo, la conclusión de ese proceso es justamente la consumación de la humanidad, previendo una instancia superadora que ya no sería  naturalmente humana, sino que con el valor agregado de la ciencia y de la técnica habría devenido post-humano o supra-humano o como quiera llamárselo, no habrá posibilidad en adelante de mantener el eje de la discusión.

            La historia es rica en procesos inconclusos provenientes de planificaciones cuyos resultados rebasaron las expectativas que las produjeron. Pero, aun así, no es la historia la que concluye, sino uno de sus agentes: la criatura humana.

            El sujeto que suceda a la criatura humana, transición mediante, continuará la historia a la que orientará con su propio sentido y a la que incorporará sus propias expectativas, en la espiral evolutiva que configura esta flecha en el tiempo (Teihlard de Chardin).

 

 

            2.

            No conviene, a mi juicio, como lo hace Scalfari y una larga tradición de pensadores, plantear la polémica en términos de “revolución”. La revolución, aunque legítimamente aspire a lo contrario, es siempre reaccionaria y, por lo mismo, conservadora. Una de las mayores puerilidades del hombre ha sido creer que de sus actos o de sus omisiones depende principalmente el sentido del curso (v.g.: el agujero de ozono, el recalentamiento planetario, etc.). Desconocer que hay leyes (o mecanismos o sistemas) universales, que contienen al hombre y a sus respectivos sistemas menores pero que de ninguna manera dependen de ellos, justifica el oscurantismo que gobierna todavía la razón. Oscurantismo que comprende tanto a iluministas como a románticos, a progresistas como a conservadores, a científicos como a filósofos.

            De alguna manera todos son revolucionarios; por eso la condición humana va en camino de su extinción y dará paso, inevitablemente, a una condición superadora; del mismo modo que otras formas de vida pre-humanas dejaron el espacio que habitaron a merced de la criatura humana que las sucedió superándolas.

 

 

            3.

            Cuando Eco sugiere que Dios es una creación humana (y no a la inversa), aunque dice que no quiere abordar cuestiones teológicas, sabe que no obstante esa voluntad la cuestión es ineludible.

            Dios como producto cultural representativo de lo absoluto le permititió a la razón, durante milenios, evitar el vacío que se abre apenas se indaga un poquito más allá de la realidad física. De allí la necesidad de su existencia, aun para los ateos que se fortalecen negándolo o para los agnósticos que se fortalecen desconociéndolo, pero que, en cualquiera de los casos, evita la disolución en el vacío de algo que parecería tan absurdo como la vida racional.

            Mientras exista Dios, aunque más no fuere como concepto, o como sujeto extinguido si aceptáramos la muerte decretada por Nietzsche, el hombre conservará el vértice desde el que construyó su imperio racional. Un punto de referencia y dos lados en ángulo, más o menos estables, que le permitieron y le permiten aún un espectro de visión al que llamamos entendimiento.

            Ahora, conforme se sucedieron las edades de la evolución, los lados del hipotético ángulo se fueron corriendo y pasaron, de constituir una modestísima grieta de luz que se abría en una masa de oscuridad dominante (instancia que podríamos graficar con el ángulo cerradamente agudo de tiempos prehistóricos) a la amplitud de visión que permite la idea del ángulo recto, en tiempos clásicos en los que la razón se funda como concepto y como objeto de estudio, y a la claridad meridiana del ángulo llano que funda la modernidad.

            Esos lados alineados como segmentos sucesivos y equivalentes a partir del punto de referencia que configura la idea de los ciento ochenta grados, operaron como base de conocimiento superior y, a la vez, como instancia de inflexión en la evolución humana. A partir de entonces se aceleraron los tiempos, advirtiendo que la expresión obedece únicamente a la limitación conceptual de la inteligencia y de su sucedáneo, el lenguaje.

            La modernidad trae consigo el avance hacia lo obtuso, por primera vez en la historia del conocimiento humano. Y tras las sucesivas superaciones que nos empecinamos en denominar apelando al concepto de revolución (la geográfica, la política, la industrial, la cultural, la atómica, la biogenética, la digital), los lados tienden a juntarse en una nueva yuxtaposición a partir del punto de referencia, reconstituyendo el ángulo total de trescientos sesenta grados, sólo que ahora la masa predominante es la masa de luz. Esta es la idea de la globalización. Todo está descubierto y a la vista. O a punto de descubrir. Pero, a la par del orgullo impar que agiganta la soberbia dominante frente a lo todo conocido (“Hemos dado vuelta la página de Dios”, llegó a expresar   Francis Collins), el hombre experimenta un inédito estado de frustración por la pérdida del misterio. Se vio todo; se conoció todo. ¿Y era para esto? ¿Para qué? ¿Qué sabe el hombre que no supiera desde siempre como no sea la forma de solucionar la mayor cantidad de problemas de coyuntura jamás imaginada?

            Algo le dice, entonces, que queda un paso más. Pero ese paso es justamente el que no se atreve a dar, porque darlo significaría cancelar la condición humana para liberar la inteligencia y la energía que la componen a los avatares de la evolución.

            Ahora es el tiempo del dilema de Adán. Allí adelante se erige el árbol de la vida tentando con un único fruto. Tomarlo significa no ya desplazar los lados del ángulo hacia el territorio de la máxima luz, sino desprender los lados (como dijimos, yuxtapuestos) del punto de referencia y decretar con ello la cancelación de los lados y, posiblemente, también la cancelación del punto. Rota la geometría, que es su forma de representación, queda abolido el mundo físico. Y con su abolición, desaparece por supuesto cualquier realidad que le perteneciera, incluida la humana.

            Éste es el problema de Dios que ni Eco ni la mayoría de los pensadores se atreven todavía a abordar (Cuando lo hicieron, como Berdiaev, quedaron presos de fanatismos místicos o dogmáticos). Hacerlo significa pulverizar los límites de la ética y dejar el espacio libre a lo que el sentido de la evolución disponga. Por eso el hombre no está dispuesto, todavía, a desentenderse de las cuestiones teológicas, aunque tampoco esté dispuesto a guiarse ya por ellas. Cuando se resuelva a tomar una decisión, sea para el lado que fuere, posiblemente una instancia suprahumana ya lo habrá devastado y la decisión quedará en el terreno de lo anecdótico como uno más de los procesos inconclusos.

De la caducidad a la disolución del hombre

 

 

            ¿Es la muerte de Dios lo que acontece en esta instancia?

            Sólo si aceptáramos definitavmanete la existencia de Dios como idea, como invención o criatura de la cultura humana.

            Lo que yo estimo que se producirá al desprender los lados de su vértice es la cancelación de la humanidad y, por lo tanto, de todas sus pertenencias, incluida la idea de Dios. Porque si no hay segmentos que se corten, no hay punto vertical; de la misma manera que si no hay proyección sucesiva de puntos, no hay segmentos.

            En adelante, sea cual fuere la condición que devenga será no humana y discurrirá su propio sentido. Lo que sí me atrevo a conjeturar es que la instancia que suceda será superadora de la condición humana porque entiendo, como Teihlard, que el sentido de la evolución se perfecciona constantemente a sí mismo. (No es, por lo tanto, estático como afirma Berdiaev).

 

 

 

 

 

 

 

La poshumanidad

 

            Supongamos llegada la instancia del corte, concluido o no el proceso iluminista. Mucho más allá de la conjetura no puede ir, de cualquier manera, la imaginación. Sin interdependencia, deberían disolverse tanto el núcleo X como los lados A y B. El proceso, sin embargo, no sería instantáneo, porque nada lo es en la evolución. Quedaría, hasta su cancelación definitiva, algo así como un residuo de humanidad. Podríamos imaginar, entonces, una coexistencia de dos órdenes: el de los últimos humanos; con su razón en vías de extinción porque el núcleo X que la sostenía se desprendió del sentido y se disolvió en el caos; y el de la nueva condición que tendrá, probablemente, un vértice Z de origen y una proyección en ángulo OP

            ¿Arrancaría, la nueva condición, de la plena luz que heredó de la condición humana? ¿O para la razón que le asista sería un comenzar otra vez desde el absoluto misterio?

            Ahora, también podría invertirse la formulación: ¿Arrancó, en realidad, la condición humana desde el pleno misterio? ¿O alguna herencia luminosa le habrá sido legada desde otra naturaleza pre-existente?

            Llegados a esta instancia me parece poder demostrar que la polémica sobre iluministas o románticos carece de objeto, porque conforme a la etapa de cancelación que vivimos, unos y otros son igualmente reaccionarios.

            Parto de un razonamiento: Si la vida orgánica, sensible e inteligente existía con anterioridad a la condición humana y, aparecida ésta, se enfrentó, coexistió, se subordinó y se adaptó en especies que evolucionaron en algunos casos y se extinguieron en otros, nada impediría que la condición humana se enfrente, coexista, se subordine y se adapte a una condición superior que la suceda; y evolucione o se extinga conforme el grado de desarrollo que las distintas culturas y las distintas civilizaciones hubieren alcanzado al momento de la aparición de la condición superadora.

            ¿Qué es, a mi entender, lo que diferenció a la condición humana de otras vidas sensibles e inteligentes? La noción y la aplicación de lo útil. La condición humana planteó necesidades materiales y espirituales e inventó la manera de resolverlas o satisfacerlas (objeto, fines, objetivos, recursos, medios, instrumentos, sistemas). Cuando se enfrentó a la necesidad mayor de su comprensión, que es la de explicar el misterio; lo que no puede explicar ni explicar-se; inventó a Dios. Dios sería, en esta interpretación, el útil supremo (Dios existe porque es necesario). Pero advertida, experimentada y constatada la posibilidad de que algunas de las propiedades del misterio (por ejemplo, la de fabricar vida) están a su alcance, la condición humana parece dispuesta no ya a explicar-se, sino a transfundir-se, a trascender-se; aun sabiendo que el resultado de dicha tranfusión o dicha trascendencia acabará subordinándola. La carrera de la ciencia y de la técnica humanas no sería ya para satisfacer necesidades de la propia condición , sino para generar una condición tascendente. La noción de lo útil, por lo tanto, asiste a las vísperas de su cancelación.

 

 

 

 

 

 

 

La coexistencia

 

 

            Supongamos por algún momento los términos de la coexistencia.

            Un orden humano; con su materia, sus formas, su razón, sus afectos, sus creencias, sus instituciones, su ley, sus ciencias y su arte.

            Un orden post-humano; ¿material?, ¿o virtual o energético?, ¿o combinado? ¿Particular, indivisible e irrepetible?, ¿o fragmentario y de múltiple representación? ¿De inteligencia emocional o de inteligencia disociada? ¿Finito o autorreproducible? ¿Ético? ¿Anárquico? ¿Sociable? ¿De conciencia autónoma o de conciencia heterónoma?, ¿o colectiva? ¿Vulnerable? ¿Sensible? ¿Pasible de dolor o de placer? ¿Falible o infalible?

            De las muchas, tal vez de las incontables combinaciones que pudieren responder éstos y otros interrogantes afines, dependerá la capacidad de adaptación humana a la coexistencia.

            No me parece, por lo tanto, previsible (estimable) en términos humanos un tiempo de prolongación  de la condición humana coexistente con la condición que la suceda. Pero sí me parece posible una mutación que prolongue caracteres humanos trasvasados a la condición superadora. Esos caracteres darían una base de valor a la nueva condición; constituirían, posiblemente, sus rasgos originarios y operarían, en tal caso, como un nuevo misterio en la espiral (en el vórtice, en el remolino) evolutiva.

            Puestos a conjeturar, ¿qué caracteres podrían prolongarse en una condición superadora que mantengan reminiscencias humanas? Se me ocurre sólo uno, que estimo compatible con la inexorabilidad de la evolución: la poesía. Que, como intento justificar en  El gran errador, es pre-existente y post-existente a la condición humana, aunque ineludiblemente inherente a ella. Ni la lógica, ni la física, ni la metafísica, ni la teología; ni las ciencias o la ténica humanas podrían perdurar como rasgos originarios en una condición post-humana. Fuera de lo humano, cualquiera de esas disciplinas características de la humanidad es absurda. Sólo la poesía no lo es, porque es autogenerativa y puede operar desde cualquier condición de la vastedad cósmica. Además, es inútil.

            Al hombre le cabe todavía una decisión antes de ceder en su dominio hasta cancelarse: La decisión es revelarse en la poesía; forma, sentido y destino de su razón de ser. O, dicho de manera presuntuosa: la poesía es objeto y sujeto de la condición humana y lo será de cualquier condición que la supere; porque en ella discurren y se manifiestan los flujos de la evolución. La decisión sería, entonces, aceptarse y abrirse sin reparos a la evolución.

            En términos de evolución, lo útil es absurdo. ¿Útil para qué, como no sea para minúsculas coyunturas, aun cuando satisfagan las mayores necesidades del hombre? ¿Qué le agrega lo útil, por sofisticado y por eficiente que fuere, al sentido de la evolución? Todo lo útil caduca no bien algo lo supera en utilidad. ¿Cuán útil será, por ejemplo, el petróleo; por el que se mataron y se matan generaciones; cuando predominen las formas de energía prescindentes de la combustión? Y más extremadamente todavía: ¿cuán útil serán las manos o el aparato fonador cuando todo artefacto responda a órdenes mentales?

            Si algo preserva a la poesía de cualquier riesgo de caducidad y la erige como objeto y sujeto de la evolución, inherente en este presente transitorio a la condición humana, es precisamente su inutilidad. El ser inútil la hace imprescindible. Ése es el rasgo que transmitiremos los humanos. Y ese legado legitimará todos los excesos y también todas las omisiones en los que el hombre hubiera incurrido durante su reinado.

 

 

 

 

 

 

 

La reacción humana

 

 

            Una noticia, bajada hace un tiempo de Internet, causó una pequeña conmoción  y se apagó rápidamente. En realidad fueron dos noticias combinadas. Por un lado, la que informaba acerca de las conclusiones de un equipo de investigadores ingleses que publicó una aproximación a la imagen real de Jesús; por otro lado, la que admitía un proceso de clonación que culminaría con el nacimiento de un Jesús replicado (considerar que un par de años después los raelianos anunciaron un lote de nacimientos de clones que, hasta el momento, no fueron confirmados ni desmentidos). Pocas reacciones hubo para tamañas novedades; y mucho reduccionismo.

            Al margen de la credibilidad que merezca la novedad, algunas consideraciones deberían hacerse; porque, contra lo que mayoritariamente se piensa, la realidad, tal como la concebimos, no acontece, se inventa. (En las exposiciones sobre Lenguaje y realidad se planteó el asunto). Lo que acontece, lo dijimos, va por otro camino. Y sospecho que, por los días que corren, se esté inventando otra de las grandes estafas colectivas que retarde (o impida), una vez más, el crecimiento en libertad y que con ello se pretenda entorpecer la evolución.

            Existen razones suficientes para justificar la resurrección de Jesús. El mártir de Nazareth es una de las pocas, acaso la única persona de la historia universal que goza de prestigio ecuménico, impecable y unánime. Según se enfoque su presencia en el mundo, podrá sostenerse y predicarse su naturaleza divina o valorarse, y hasta imitarse o combatir, su magisterio y su testimonio social. Pero la evidencia de que no se lo discute en su calidad de criatura es que resulta tan incómodo para sus enemigos como para sus fieles. Jesús molesta por igual a todas las conciencias; por eso resulta irrebatible. Su prestigio inigualable se erige sobre los cimientos de la insobornabilidad. Esa condición enardece tanto a los acólitos que dicen evangelizar en su nombre como a los enemigos declarados que le niegan cualquier divinidad. Y el rencor que genera en ambas partes deviene, por reacción, en admiración y respeto. A Jesús se lo sigue o se lo combate, pero no se lo discute.

 

            En principio habría cinco fundamentos para edificar una teoría de la coalición o la entente resucitadora:

            1. A la comunidad científica internacional, la clonación la puso en el límite de la tolerancia. La ciencia, como nunca antes, necesita justificarse a sí misma  y justificarse ante las otras disciplinas humanas. Clonar significa fabricar vida; y ninguna ética hasta el momento de su irrupción había previsto los efectos. ¿Cómo legitimar la transgresión del umbral de lo posible? Mientras la fabricación de vida se circunscriba a organismos no humanos, o aun a fetos humanos que se sacrificarán con fines terapéuticos, el previsible estallido no hará crisis. Pero, ¿qué ocurrirá cuando se anuncie formalmente el nacimiento del primer post-humano? ¿Cómo justificar la selección que se haga de la primera célula generadora? ¿Por qué una raza y no las otras? ¿Por qué un determinado potencial de inteligencia, una determinada promesa de solvencia física, un prefijado carácter cultural? ¿Cómo explicar en un mundo global y crecientemente democratizado esta potenciación del hitlerismo?  Ahora, si la primera clonación humana fuere la clonación de Jesús, la ciencia podría respirar aliviada. Habría legitimado su obra maestra, el mismo sujeto que la produce, y estaría promoviendo una segunda redención, si se la mira con los ojos de la fe, o una segunda historia, cancelada la razón de la primera.

            2. A la comunidad política le allanaría el camino para legislar sobre una ética nueva. Nada de monstruoso, nada de indebido, nada de irresponsable ni de apocalíptico habría en el hecho de dar marco jurídico y de acompañar desde la ejecutividad de los gobiernos el renacimiento de Jesús. Por el contrario, se acreditaría en el haber de la humanidad, y por añadidura en el de la condición política, haber sabido interpretar los signos de los tiempos. Este hombre único, este paradigma, esta suma de virtudes de la condición humana, este mesías o profeta o abanderado de las causas nobles garantizaría el acuerdo entre los factores de poder. ¿Quién se animaría a impedir con una decisión política que se cumpla el destino de los tiempos? ¿Pudo, acaso, la obcecación romana, en la cúspide de poder del imperio más notable de la historia, impedir la arrolladora omnipresencia de Jesús? ¿Podría justificarse un nuevo Herodes que, en la era de la velocidad de aceleración, demorara la consumación de la justicia? Desde el enfoque de la política sería, cuanto menos, poco inteligente.

            Jesús significa la encarnación de creador y criatura. Es decir, el descenso de la condición presuntamente superior al fárrago de la vida cotidiana con todas sus miserias (la edad del rescate, según Berdiaev). Descenso que no ocurre por gusto, sino por deber. Quien hace lo que debe en beneficio de otro, ama. Ama en el sentido más acabado del verbo. ¿Cómo oponerse desde la pequeñez de la política a la consumación del amor? La ciencia se le ofrecería a la política como vía y como instrumento. En tiempos del primer Jesús la encarnación se produjo por vía de lo mágico, dicho esto en el estricto sentido de la inexplicabilidad que tuvo para el entendimiento humano la concepción virginal de María. El instrumento, que desconocemos en su materialidad original, fue llamado Espíritu Santo. Para buena parte de la comprensión de hoy, la reiteración de aquel relato sería inconsistente. El pensamiento mágico ha sido desplazado por el pensamiento científico. Una nueva María es comprensible, pero no un nuevo Espíritu Santo. El pensamiento científico exige verificación. La clonación le llega a la política en el momento oportuno; se le ofrece como nuevo y comprobable instrumento. Muy pocos, o nadie en términos políticos, negarían la poderosa coalición de ciencia y fe, ligadura que por siglos pareciera imposible. Legislar a favor de una segunda redención (un nuevo rescate) aseguraría la complacencia social y abriría la puerta de futuras experiencias que aportarían beneficio económico y, por derivación, revaloración y fortalecimiento político. El hombre-criatura-creador  se encarnaría otra vez en una segunda criatura inmaculada; pero ahora en el marco de la ley, legislada sin Herodes ni Judas. No podría acusarse al Imperio de traición ni de paganismo ni de decadencia. Por el contrario, el mote de oscurantista caería con fuerza dogmática sobre los pensamientos rebeldes que osaran cuestionar a fondo, más aún, que se atrevieran a oponerse con razones humanas a los designios de la Providencia. Un segundo Sacro-Imperio  (Hardt y Negri), pero ahora global, seduce como ninguna otra idea. No se hablaría entonces de crisis de la humanidad ni de final de la historia ni de era del vacío ni de inversión de los valores, sino que todo se orientaría en torno de la expectativa de una segunda redención.

            Por primera vez la política se anticiparía al acontecimiento. El sueño dorado de la clase dirigente. Y la rendición, por evidencia y por terror sobrenatural, de las masas cuestionadoras. ¿Cómo argüir la inoperancia y el avanzado estado de corrupción de la dirigencia política cuando de su decisión proviene la esperanza de la salvación prometida? Ya no habrá mesianismo como estigma con que se adjetiva a los fundamentalismos tiranos. El verdadero Mesías retornará por decisión política y cualquier voluntad opositora, como ángel caído, será triturada en el altar de la entente con implacabilidad de maquinaria. Después de todo, la máquina es el signo de estos tiempos como antes los fueron el rayo o las olas del mar.

            3. El aliado natural de la comunidad política, su sostén inexcusable, pero simultáneamente su criatura dilecta, es la comunidad económica con su particular mitología trinitaria: la vertiente productiva, la vertiente financiera y la vertiente burocrática. Si a la comunidad política le estuviere reservada la decisión de encender la maquinaria, a la comunidad económica le correspondería el no menos necesario fogoneo. La usina Jesús asoma para la ambición económica como una empresa de bajo riesgo, de inversión confiable, de calidad garantizada, de comercialización segura sobre la base de un importantísimo mercado cautivo y de realimentación continua. Demasiado tentadora la oportunidad como para que se escape por miopía.

            Promover la resurrección de Jesús, financiar su materialización y administrar los dividendos es un negocio que no imaginaron ni los gurúes más audaces del capitalismo. Proyectar una hipótesis de mínima ya altera los nervios, aun los más templados por la falta de escrúpulos. Es una ecuación sencilla que sucede a un silogismo simple: Si Jesús, que es símbolo y signo ecuménico de todo lo bueno, prometió resucitar y volver para salvar a los hombres cuando los hombres se hubieran preparado para ello, debe cumplir con su promesa. Si hasta la santa aceptación de María y José, la estrechez del pensamiento humano, incluidos monarcas, filósofos y sumos sacerdotes, había impedido la manifestación de la Providencia; que debió recurrir al Espíritu Santo para completar su Plan, aunque el método escapara de la comprensión de los hombres y exigiera la obediencia y la aceptación por la fe; bien podría ahora la clonación, o el procedimiento combinado que la superare,  ser el método elegido, como designio inexorable de la Providencia que renueva el mandato del Espíritu, para gestar el hombre nuevo y reconstituir la Alianza sobre los pilares de un nuevo evangelio. La conclusión, por lo tanto, sería casi obvia: La clonación favorece una segunda oportunidad de concepción virginal y todo lo que de ella emane será, en adelante, necesariamente bueno (ver la Ética de Spinoza y la teoría del andrógino de Berdiaev).

            Concluido el silogismo sucede la ecuación. Una economía de shock provoca resultados de multiplicación geométrica. Si a la variable del costo promedio de una fertilización asistida por fecundación in vitro (moneda corriente ya, y cara, en la medicina de mercado) le asigno un valor n  para la fertilización asistida por clonación y a ese valor n (que será necesariamente superior, por novedoso, a la fecundación in vitro) le sumo la variable j que acreditará el valor del efecto Jesús, la proyección de expectativas de utilidad crece hasta lo inimaginable.

            La comunidad económica daría, además, un salto conceptual. Aquella mitología trinitaria rompería con el viejo prejuicio que proviene de las demandas sociales, a las cuales ni la producción ni las finanzas ni la administración parecieron atender demasiado, y podría enarbolar, por fin, la bandera de triunfo del capitalismo. El trípode se convierte en tetrápodo; igual que hace dos mil años en cuestiones de la fe. Pero esta cuarta pata, la de la justicia social en tanto que llega para la salvación de todos, devengará fortunas materiales de medición imposible.

            4. ¿Cómo es esperable que reaccionen las reservas morales que descansan en los tesoros de las iglesias y que se nutren de ese bien intangible que se llama religión?

            Estamos, probablemente, a un punto de cerrar la fábula más apasionante y más perversa del imaginario colectivo. Las reservas morales se oponen, por prédica y por principios, a la manipulación que la Ciencia, la Política y la Economía hacen de la Ética. ¿Se oponen?

            La duda no se instala por capricho, sino por respeto a la historia y a la evolución. Re-ligarse significa suturar lo desprendido para unirse otra vez. La imaginación del hombre, por lejos y por hondo que haya ido, no alcanza a develar el misterio que lo sume a éste en la desolación. El qué soy-de dónde vengo-para qué estoy es un complejo de interrogaciones que perturba y que impide gozar con plenitud de los beneficios de la vida. Por la necesidad implícita de dar una respuesta, aunque más no fuera provisoria, a ese complejo perturbador que lo desestabiliza el hombre adoptó, mayoritariamente, una filiación religiosa. Todo signo inasible para la comprensión humana operó en principio como factor religioso. Politeísmo, panteísmo, fetichismo, monoteísmo convivieron y conviven entre las diferentes culturas. Pero el avance del conocimiento fue, poco a poco, acortando los resquicios de amparo que garantizaba la filiación religiosa y el hombre de hoy ha quedado virtualmente desnudo ante un misterio que no desapareció. Todo lo domina o puede dominarlo; pero el complejo de interrogaciones lo atormenta como nunca. A medida que las grandes religiones, en general monoteístas, se fueron alejando del pensamiento mágico, incorporaron como objeto o razón de ser un patrón moral. Profesar una religión, o pertenecer a ella -admitiendo o no la calidad de practicante-, significa adherir a un mínimo de normas éticas que bajo el formato de preceptos, mandamientos, códigos, constituciones o cómo quieran que se los llame, obligan moralmente; al margen, incluso, de la ley política o la ley positiva.

            Pero para que un mínimo de reglas obligue a una comunidad cultural, habrá que reconocerle un principio de autoridad indiscutible y, por lo tanto, intransferible. Si ese principio de autoridad no reposa íntegramente en una persona o, cuanto menos, en una personería, habrá que constituir la personería. Unitaria, binaria, trinitaria, cuaternaria o como fuere; pero que actúe como paradigma de la perfección moral. Pretender semejante representatividad a nivel de la naturaleza humana es camino probado hacia el fracaso. De allí que aparezca la sobrenaturaleza como idea que garantiza probidad. Un dignatario, aun falible en su naturaleza, es infalible si ejerce el mandato de la Providencia. De allí su autoridad. Y de su autoridad, los caminos por seguir. Así se construyen los dogmas a cuyas verdades se sujetan las conductas. Contradecir el dogma, de pensamiento, palabra, obra u omisión, significa embarrarse en la herejía, macularse, y merece, para el reduccionismo dogmático, la mayor de las sanciones: la excomunión; algo así como privar de la esperanza o, lisa y llanamente, la pena de muerte, el asesinato en nombre de Dios, como el que ordenaba la Inquisición o como el que viene eludiendo Salman Rushdie o practicando Osama Ben Laden.

            Los dogmatismos religiosos, sin embargo, van quedando vacíos de contenido. Y con ese vaciamiento se diluye también el poder de sus ministros que ven, a regañadientes, cómo pierden el lugar de privilegio que tiempos más morales les supieron conferir. Los viejos relatos en los que apoyaban sus criterios de autoridad han sido sistemáticamente desmentidos por la evolución misma y las adaptaciones simbólicas que se intentaron adolescen de la misma debilidad que las inteligencias que las propusieron. ¿Qué oportunidad habría justificado como ésta la venida de un pastor universal, un enviado de la Divina Providencia, que discipline los corderos descarriados de la subversión moral? ¿No es, acaso, cualquiera de los dislates obscenos de la sociedad mediatizada, desde Sex É Night hasta Big Brother, enormemente más grave que Sodoma y Gomorra, sin contar con primeros ministros o jueces federales que se prostituyen, legisladores que se drogan, presidentes que abusan de sus pasantes, obispos que violan a sus monjas y misioneras -o misioneros-, generales que encubren asesinatos -o los ordenan- para preservar su ambigüedad sexual o su poder malhabido?

            Sin embargo, ¿quién garantiza que un enviado de la Divina Providencia no termine volviéndoseles en contra a los ingenieros de la moral dogmática? ¿Quién garantiza que no patee el tablero tan cuidadosamente trabajado o, lo que sería lo mismo, destruya las paredes del templo y expulse a los mercaderes camuflados de sacerdotes? ¿Quién garantiza que los absueltos no serán otra vez, y justamente ahora, los publicanos y las magdalenas? ¿Quién garantiza que en la cruz no se pudra un ladrón, sino un dogmático; que el misil no destruya la estatua, sino la mezquita; que estallen las sinagogas y no las embajadas?

            A temores fundados nada mejor que oponerles terapias previsibles; planificaciones; diagnósticos; control de calidad; certificaciones garantidas.

            Un Jesús que se pacte en un recinto y se conciba en un laboratorio podrá venderse con toda confianza en canales de televisión, redes informáticas, plataformas políticas, revistas de ciencia, manuales escolares y diversos catecismos. Todo pacto, además, es desde siempre inexcusable: obliga a las partes el cumplimiento estricto de lo comprometido y preserva la identidad de los pactantes. Ciencia, política, economía y religión no tendrían por qué quedar pegadas en una futura y frustrante inmovilidad. Al contrario. Cada una habría contribuido solidariamente a la reparación de la historia y podría retomar, con autoridad probada, su menester particular.

            5. La quinta pata es, a la vez, fuente y destino. En las masas sociales se cocina el caldo del poder más siniestro y sobre las masas sociales cae la furia de su efecto devastador.

            Contrariamente a lo que se sostiene por izquierda y por derecha, el poder no se concibe en las élites para derramarse después sobre el resto de las clases sociales, oprimiéndolas. El poder nace de lo bajo, lo vulgar, lo plebeyo, lo oscuro. Se nutre del terror que provoca la ignorancia  que lo consiente y lleva como misión dirigir las conductas innobles -las de la inmensa mayoría- para cargar también con sus culpas y pagar por ellas. Por eso todo príncipe que ostente el poder, a la corta o a la larga, está signado por un destino trágico. La masa no perdona a sus personeros. Los obliga a someterla para volverse sobre ellos levantándose y destruyéndolos, consumando la venganza que es la gloria de los que carecen de nobleza. Como no te puedo seguir, te destruyo, parecería la consigna. Porque al cabo ha sido ella, la masa, quien les ha dado el poder para que la sometan. Masoquismo radical de los desgraciados; primitivismo que contradice los avances de la evolución y resiste, sin consistencia alguna, desde el puro vacío, la ruptura primordial.

            La masa no tolera el corte. Desligarse, cree, significaría su cancelación. Por eso se aferra a lo útil aun cuando el concepto mismo de utilidad caduque antes que sus efectos. La resistencia de la masa es la resistencia de los dinosaurios; terca en la vía de su autoextinción. La actividad de la masa ha cerrado toda conexión posible con el conocimiento; toda alternativa de apertura; toda interactuación o migración; toda mutación. La masa se aferra cada vez más a lo seguro y se irrita cuando la evolución le enrostra que lo seguro no existe. No niega la evolución, porque no la entiende. Más bien reniega del presente continuo que le toca vivir. Nada de lo que aprendió le sirve; nada de lo que cree le habían prometido se concreta. Ni reino de los cielos ni paraíso terrenal. Ninguna ilusión supera el trance de la pompa de jabón: toda ilusión se deshace al momento de querer asirla. Sin embargo, una y otra vez, tozudamente, la masa se rodea de pompas de jabón y, peor aún, lo hace porque teme que en sus esferas inconsistentes, de belleza inocua y perfección extravagante, estén encerrados los demonios que decidan su destino; de salvación o de condena eterna. Las pompas constituyen para la masa su útil referencial.

            Lo útil fue adoptado por la masa para ordenar su lógica de pompas de jabón. Y, para que conduzcan en su nombre los efectos de lo útil, entronizó a los utilitarios. Mandatarios con rangos de distintas índoles que así como fueron investidos fueron destronados. Ningún príncipe, por poderoso que haya sido, extendió su poder por encima de lo útil. Cuando un instrumento fue más útil que otro se cambió de instrumento; cuando un monarca fue más útil que otro se cambió de monarca; cuando un mito fue más útil que otro se cambió de mito. Lo que no cambió es la relación con el terror. El terror seduce y activa los instintos. Alguien debió ser sacrificado como medium en cada época y en cada estructura social. Alguien debió pagar, cada vez, por el terror de todos. Para eso las masas les toleran el poder a los príncipes; para sacrificarlos en al altar del terror culpándolos de todos los males que acontecen. Las masas son perversas al extremo de generar príncipes perversos y aniquilarlos en ofrenda sacrificial a su continuidad como especie. Las masas necesitan religarse de manera continua.

            Pero la evolución tiene leyes que escapan a la razón de la masa y su lógica de la perversión. Y en la época que transcurrimos, la masa se desayuna espantada con la noticia de que lo útil no sirve para nada. Si lo útil no sirve para para congelar la condición humana -razona la masa-, si no sirve para garantizar un hombre para siempre, si amenaza con extinguir la condición humana reemplazándola por conocimiento puro, por pura energía o puro movimiento, lo útil, entonces, no sirve para nada. Para la lógica de la masa, la cancelación de lo útil significa su propia cancelación.

            Es tiempo propicio, entonces, para el manotazo de ahogado. Si pacta con los príncipes una nueva entente, puede dar nacimiento a un nuevo útil que prolongue su sentido de agonía, su ilusión de supervivencia. Ésta es la lógica de la pompa de jabón. Un Jesús resucitado, no importa por qué medio ni portando qué tipo de autenticidad, sería un signo palpable de que la promesa en la que creyó le fue cumplida. Y aunque sospecha, por lo bajo, que la entente de los poderosos deja puntos oscuros por todos los costados, esconderá la cabeza por enésima vez; se tapará los ojos, la boca, los oídos; cerrará el pensamiento y celebrará la aparición del Mesías que, por supuesto, morirá por ella. Un Príncipe de príncipes multiplica los efectos de la pompa de jabón. La venganza aportaría, en ese caso, su más jugoso premio.