Otros poemas

¿En qué punto de cada parloteo concluye la palabra?

"Instante de un cielo sin patria" (Foto de Gabriel Canone)

A la edad de tres años

Ayo en el Jardín

A la edad de tres años todo empieza

el ancho y alto espacio

la impaciencia por el tiempo que parece detenido

los filos y los bordes las tentadoras cornisas los caminos intrincados y los refugios de ocasión

las revelaciones del sabor y la intuición del olfato

la inquietud por los colores y las formas

la exploración de las armonías y las disonancias

la tentación por la lisura y la amistad con la aspereza

la acumulación de la memoria

el lento e inadvertido despertar a la vida consciente

a la edad de tres años

todo cuanto sucede se lo disfruta o se lo desprecia se lo ama o se lo rechaza

se lo invierte en un saco de experiencias que llamarán aprendizaje

me lo recuerda ese niño que sentado a la mesa contigua

descubre la novedad de una vidriera

paladea el octavo de tostado que le diera su mamá

desorbita los ojos mientras le destapan su botellita de cocacola

prueba el tono del vidrio contra la madera laminada

comprueba la elasticidad de la boca

y prescinde de todo el alrededor que se extienda más allá del asombro y el juego

Rumbo

El paso de un avión traza una raya

en este cielo que parece euclídeo

y otro paso después su paralela

continua y consecuente

viaja gente en las naves con destino que los dos ignoramos

pero usted como yo sabe que el rumbo que orienta hacia el oeste

bien puede ser asunto de geodesia

y que vaya hacia el norte aquella gente que uno supone visitando el sur

Fractales

Doctor Ángel Norberto Petraglia

En la sala de espera de mi médico

durante largas horas infantiles que discurrían entre alergias y broncoespasmos

yo contaba las unidades de ladrillos visto

después las hileras después las filas

ensayaba operaciones mentales según lo que me enseñaban en la escuela

y obtenía resultados diferentes que disgustaban mi pretensión de exactitud

y que atribuía unas veces a un error de visión y otras veces a un error de cálculo

jamás había escuchado la palabra fractal

y apenas si distinguía entre el plano de la pared y la concavidad del techo

así mataba el tiempo hasta que llegara mi turno

lo recordé esta mañana sentado como todas a la mesa del café

mientras revisaba con parecido interés los hallazgos de Richardson y de Mandelbrot

de Escher o de Bernoulli

y concluía que la poesía me visitaba ya en la sala de espera

aunque la tos y la fiebre me impidieran advertirlo

y mi fatal escasez de conocimientos ponerla en circulación

Café

Café de los Angelitos

Tarda en disolverse el pancito de azúcar que echamos al pocillo

uno que se fuera acostumbrando a la solvencia del polvo

a la eficacia instantánea de los sobrecitos

se asombra con la progresiva y lenta descomposición que sucede al embebido

y levanta la carie que ha formado con la punta de la cucharita

en tanto discurre trivialidades acerca de los cuerpos de los tiempos y de la resistencia que ofrece la materia

mientras suben los autos por Rivadavia

o huyen hacia el sur por Rincón

y el cielo se vuelve negro

como en cada final de una jornada

La esperanza en los cajones

A veces encontrás la esperanza en los cajones

debajo de la cama

en el intersticio que dejan los muebles contra la pared

en un rincón vacío de la biblioteca o en un rincón vacío de tu propio ánimo

porque la esperanza suele ser un motivo que hiberna

en tiempos y lugares discontinuos

y un día se quita la modorra y revive

quién sabe por qué extraño mecanismo de naturaleza

Homenaje

Edna Pozzi

Hay una edad en la que la muerte deja de sernos novedosa y pasa a sernos familiar cercana
ya no son los otros los que se mueren sino pedacitos de nosotros ante cada repetición de la noticia
y lo que empieza a quedarnos lejos no es la finitud
sino la omnipotencia que nos reunía cuando parecíamos indestructibles

Román

Juan Román Riquelme

Una vez, una puerta en Don Torcuato

dibujó con la luz una silueta,

recortada nomás, en la discreta

y honda penumbra del inquilinato.

 

Quedó el aura, me cuentan, por un rato

parpadeando. Después, con esa inquieta

velocidad que imprime la gambeta,

se deshizo y se fue. Y abunda el dato

 

de alguien que dijo verla como un filo

que hasta el aire cortó con el estilo

sereno y atrevido de su afán.

 

Otros le vieron una mueca triste.

Pero la luz es luz: brilla y resiste,

feliz en el cerebro de Román.