Dos libros

Alrededor de los treinta -poco antes, poco después, en cualquier caso de manera azarosa- se sucedieron dos poemarios que, sobreponiéndose a los excesivos vicios de factura, me permitieron entrar en la consideración de alguna gente que habitaba más allá de mi entorno.

Grande fue mi sorpresa cuando el profesor Pedro Menga accedió a prologar "Álamos y yunques"; más grande todavía cuando, a semanas de publicado, vi una breve reseña en 'Cultura y Nación' de Clarín, que lo saludaba favorablemente. Ni qué contarles lo que sentí pocos años después, cuando llegó a la casa que por entonces habitaba mi madre, el telegrama por el que se me avisaba que había ocupado el segundo escaloncito en el Premio Joven Literatura 1992 de la Fundación Amalia Lacroze de Fortabat, en el rubro Poesía, con "Los ojos, los miedos". O al verme, tras unos  días, recibiendo el sobre con el cheque en el Palacio Errázuriz, saludado por escritores que había leído con placer, como Gudiño Kieffer, o con los que había preparado materias para mi carrera, en Junín, como Raúl H. Castagnino, o que leía habitualmente en las columnas de los diarios de la época, como el Secretario de Cultura de la Nación José María Castiñeira de Dios. Aquella noche lo conocí a Frondizi, con quien mantuve luego una linda correspondencia, y a Ismael Quiles, el filósofo del 'insistencialismo' cuya conversación me deslumbró. También compartí manjares y copas con otros premiados en la edición de ese año, como el querido Alejandro Bekes, en Poesía; Raúl Brasca, en cuento; o Esther Cross, en novela. La foto, que conservo con gratitud y cariño, fue portada de la Revista La Nación al domingo siguiente y así comenzó un trayecto que me trajo hasta aquí, hasta la satisfacción de participarles a ustedes -mis afectos, mis amigos y mis lectores- algo más de tres décadas y media de vocación y trabajo.

Gracias por acompañar, en cada caso, los pormenores de la travesía.

Álamos y yunques (Selección)

(Argenta-Sarlep, Bs. As., 1986 / ISBN 950-9332-21-6)

 

Prólogo (fragmento)

(...) Todo este mundo íntimo, divino y humano, tiene en "Álamos y yunques" su expresión más valedera; allí está el mundo caótico y solitario a la vez, egoísta y pródigo, celoso y confiado, donde la antítesis encuentra el mayor campo de cultivo, pero a la vez abre sus puertas al otro, al mundo de la Creación y de la vida, ésta con su realidad material que frecuentemente se enfrenta con esa otra realidad, la del poeta. (...)

                                             Pedro A. Menga 

 

 

 

Álamos y yunques

 

Siento un dolor profundo. La boca del estómago

tiene ansias de parto varonil y mayúsculo.

Las palabras resbalan por la carne acerada

contrayendo en un acto las dos caras del músculo.

 

Es un giro la tarde redonda y colorida,

mi pasión es un fuego que arrojo a bocanadas,

con solidez de yunque me estremezco y aprieto

contra la tierra virgen mi amor a dentelladas.

 

Alzo mi cara al cielo. Bárbaramente mudos

los álamos vigilan el pórtico de acceso

y a cada lado un ángel, con sendas bofetadas,

dan curso a la apertura del singular proceso.

 

En mis ojos calientes se proyecta la sombra

circular y azulada de la fosa en que yago

y, mojada de luna, mi carpeta de versos

serenamente emerge sobre un título vago.

 

 

 

en POEMAS URBANOS

 

Café

 

En el café las horas son azules,

impaciente la espera

y la ciudad, un juego de palabras

que taladra el poema.

 

Desde la barra el mozo me saluda

transpirando cerveza.

 

Hoy es martes y, acaso, por la noche

prepararé mi cena

y comeré, leyendo a don Antonio,

mientras las luna se deshace, afuera.

 

 

 

El escarabajo

 

Corrió el escarabajo hasta la puerta

y, enroscada en el cuerno, una palabra 

dejó caer, sin que la trascendiera

más que el murmullo azul de la esperanza.

 

Después volvió sobre sus pasos lentos

al humano rincón donde una suela

lo aplastó contra el piso. De barrerlo

la escoba se ufanaba en la escalera.

 

 

 

La fuente

 

Voy a beber el agua

que bebieron los que ya están muertos.

 

Voy a beber el agua

con la voz, con la fe y el pensamiento.

 

El agua de la fuente

rota, seca, letal como el recuerdo.

 

 

 

Hospital, de madrugada

 

Hijo, qué bueno es que despiertes. Hijo,

hoy como antes van en tu cuidado

mis manos, donde apoyas tu costado

menos grato, el izquierdo. Yo transijo

 

en sostener tu frente. El crucifijo

que domina la sala no ha mudado

de lugar por la noche y a su lado,

el blanco lienzo de pared. Me fijo

 

si te ha vuelto la fiebre. Me interrogas

con tus pequeños ojos inocentes,

estiras las bracitos, te incorporas

 

como queriendo andar. Después ahogas

un amago de tos. Brillan dos dientes

que luego habrán de ser. Pasan las horas…

 

 

 

Ladrillo

 

Nada que se parezca

al gusto me seduce;

una flor me emociona y en la calle

un ladrillo desnudo

clava espinas de rosa entre mis ojos.

 

 

 

 

 

en POEMAS RURALES

 

Pampeanas

 

1

En tierra de caldenes,

donde no bebe el día

más que las gotas turbias

de la monotonía,

un pájaro despega

-gallardo en estatura-

buscando los secretos

encantos de la altura

 

2

Los ocres y amarillos

del invierno parecen

castillos medievales

que al sol rejuvenecen

sus torres y agigantan

los pechos como velas

que el viento inflama y tiñen

de rojo las candelas.

 

 

 

Primavera

 

Septiembre, al cabo,

amarillo está el aire de aromo y nabo.

 

Y en la avenida

de eucaliptos, su boca al amor convida.

 

¡Ah, primavera,

si por siempre en mis sueños te poseyera!

 

 

 

Yerba

                                       a Rafael Alberti, poeta

 

Me llamo yerba. Si crezco,

puedo llamarme cabello.

…………………………………….

Y seguiré siendo cielo.

 

Lenta el alma. Si la encienden,

puede que levante vuelo.

 

Y seguiré siendo cielo.

 

 

 

El labio

 

¡Ah, los campos de té, la verde flora

que el Iguazú bordea

y entusiasmado el corazón memora!

 

Ah de mi grito, Dios, porque no vea,

cuando la tarde dora

mi soledad, el labio que blanquea.

 

 

 

Río

 

Olor a río. Brazo que penetra

como una puñalada entre los ojos

sobre la blanca luz de la cabeza.

 

Olor a río, manso y entregado

como una oveja vieja.

 

Olor a soledad. El puño alzado,

firme en su amenaza y, a la diestra,

un corazón cansado

niega a gritos la sangre que chorrea.

 

Olor a río. Río que se pierde

besando islotes grises. A su vera,

una oración sucede

al verde manantial de la alameda.

 

Como una rosa mustia,

como una casa vieja,

como un vergel sin agua, roto, el río

pone alas celestes a la idea.

 

 

 

Pinar de Giles

 

Pinar de Giles,

hace cinco años que te debo un poema,

cinco años

en los que nunca tuve tiempo

y en los que te he mentido tantas veces,

que no alcanzan los versos de este día

para pagar tu sombra.

 

 

 

Paisaje del sur

 

Huecos sordos y ramas. Eucaliptos

clavados en la tierra y deshojados

álamos. Es el sur.

La nube de un silencio anaranjado

se posa en el poniente quieto. Fluye

un aire de exquisito desparpajo.

Aire del sur. El sur a manos llenas

Sobre los grises campos.

 

 

 

Río Rojas

 

A orillas del río Rojas.

con la pampa por delante,

me celebro navegante

de un mundo de paradojas.

 

Mundo de idas y vueltas,

dimes, diretes, falsías,

vanidades, fantasías

y un montón de cosas sueltas.

 

Mundo al que no vine solo,

sino que dos me trajeron

para ser lo que ellos fueron:

isla de viento en un polo.

 

Con toda la idiosincrasia

de esta Argentina pedante

que se lleva por delante

plebeyez y aristocracia.

 

Pero certero en el vuelo

que suele dar la cordura

de saber que no hay altura

que no comience en el suelo.

 

Como ya saben, nací

de cara al sol y me dejo

guiar por ese reflejo

que fluye dentro de mí.

 

Porque, si no me equivoco,

entre el carozo y la piel

sabe esconderse la miel

de la pulpa, que no es poco.

 

Podría seguir rimando

redondillas nota a nota,

pero, ¡qué bella gaviota

es la que va allí volando!

 

Y aquella garza gentil,

y aquel gorrión presuroso,

y ese eucalipto frondoso

y este ambiente pastoril.

 

¡Ah, qué bonita la tarde

que me saluda y se aleja!

Mañana daré otra queja

de poeta y de cobarde.

 

 

 

Girasol

 

En el centro la luz, el aire, todo

lo que no imaginamos

y una gota de aceite. De mil gotas,

una es la que buscamos

para unir dos mitades en el centro

de su flor amarilla,

girasol, que a sus devotas plantas,

mi corazón se humilla.

 

 

 

Fervor

 

Es hermoso vivir, ver que los hijos

van creciendo y amándonos y yéndose

y que las canas rozan nuestros sueños

de ayer, pintados de violeta y nardo.

 

Es hermoso saber que duraremos

apenas el minuto necesario

y que vendrán después las flores nuestras

con su fervor de fruto y de semilla.

 

 

 

 

 

en SONETOS

 

II

                                                      “Animus meminisse horret”

                                                                                   VIRGILIO

 

                                       “No sé cuántos días y noches rodaron sobre mí”

                                                             JORGE LUIS BORGES, ‘El inmortal’, II

 

Sentí la pesadez sobre mis huesos,

estranguladas las arterias, rotas

las articulaciones y, en las notas

calientes de la sangre, aquellos besos

 

que hundieron su pasión en los espesos

laberintos de míticas derrotas.

Caído, vi a su lado sucias gotas

de tiempo perdido y de amores lesos.

 

Al transcurrir de no sé cuántos días

desperté, con las órbitas vacías,

frías las manos y dolido el pecho.

 

Y al mojarme la cara y levantarme

no tardé en comprender que al entregarme

fecundé, sin querer, aquel barbecho.

 

 

 

VI

                                        a Norita Melcón

 

Te llevara una noche y te trajera

de nuevo al mundo por mi calle plana,

te llevara una rosa de mañana

y el llevarte la rosa te volviera…

 

Has de volver, lo sé. Mi alma te espera

junto al rosal. Has de volver, hermana.

La rosa que te di no será vana:

has de volver, Norita, en primavera.

 

Ya verás que, tornada por la rosa,

descubrirás el mundo en cada cosa

y en cada cosa nacerá un capullo.

 

Ya verás que el milagro de la vida

es una rosa blanca y el arrullo

de tu voz en la rosa confundida.

 

 

 

X

 

Habrá gastado el tiempo mi sonrisa,

mi voz se habrá apagado, lentamente,

y hasta ese brillo otrora consecuente

de mis ojos parecerá ceniza.

 

Es verdad, por mis venas se desliza

la vejez, arrastrando mansamente

una vida que en nada es diferente

a la vida de otros, sin más prisa.

 

Pero es curioso ver cómo recibo

la gracia enorme de sentirme vivo

cada minuto que hoy se me concede.

 

Es que quizá aprendí que amar la vida

no es fabricarle un mundo de medida

sino gozarla, tal como sucede.

 

 

 

 

 

en CONFLUENCIA

 

Desdoblamiento

                                    a mi libro

 

Cuándo sino mañana, cuándo, acaso,

si después me devuelves las palabras

que no leeré jamás. Yo te prometo

que volveré una tarde a sorprenderte

con mi cuerpo en los brazos de aquel árbol.

 

 

 

Mariposa

                                        a Nicolás Guillén

 

Sobre una ventana azul

se posó una mariposa,

“no sé por qué piensas tú,

soldado”, que es una rosa

sobre una ventana azul.

 

 

 

Borgeanas

 

Soy a la vez el otro, el muerto. El mismo

que estrujó con sus manos el poema

y abrió la boca y la llenó de vino

para que corra sangre por sus venas.

 

Soy el que amó la flor, gustó del fruto

y se dejó morir porque la tarde

lo encendió en un crepúsculo

sin que hubiera aprendido a arrodillarse.

 

 

 

La mentira

 

En esa cordillera de números que ahogan

volqué mis esperanzas,

ingenuo comedido, vagando por el mundo

como un pregón de aire,

y cuando me detuve y hurgué entre mis efectos

no hallé ni la palabra,

tan hondo la mentira cavó de la imperfecto

la piel de mi equipaje.

 

 

 

 

 

en POEMAS DE LA AMÉRICA ESPAÑOLA

 

El soldado

 

Sobre una blanca cama

de hospital y postrado en su limpieza

yace, la boca amarga,

un soldado con una sola pierna.

 

Un día lo llamaron

para ir a la guerra.

 

Y el soldado cargó el fusil al hombro,

porque la patria empieza

donde la carne se derrite a plomo

por cada centímetro de tierra

 

Un día lo llamaron

para ir a la guerra.

 

Fueron muchos los cuerpos que talaron

las metrallas violentas,

pero él volvió y fue condecorado

en su silla de ruedas.

 

Una medalla de oro, un pergamino

y el aire que se pudre en la gangrena.

 

 

 

 

 

en DE AMANECIDA (apuntes)

 

Para amar

 

Entre mis flores, la rosa

es la que más me seduce.

También la más peligrosa.

 

Prefiero para amar

el sueño cristalino

del azahar.

 

 

 

Campo

 

Hay en el campo dormido

silencio tan hondo que

no conozco parecido.

 

 

 

Sureño

 

Hay una casa al final

del camino solitario,

oculta tras el maizal.

 

Florecen allí los sueños

de algún payador dormido

por estos pagos sureños.

 

Por ese camino voy,

mezcla de ausencia y silencio,

conforme con lo que soy.

 

 

 

Abono

 

No puede ser,

no ha de ser cierto

que la tierra se abone

con tantos muertos.

 

 

 

Gente

 

Cruzan los cercos

cortando los alambres

como los puercos.

 

¡Ah de las gentes!

Como bestias en celo

clavan sus dientes.

 

 

 

Botín de guerra

 

Ahí vuelven de la guerra,

después de sembrar héroes

recogen tierra.

 

Las madres se persignan,

sus hijos yacen muertos.

No se resignan.

 

 

 

Maneras

 

De las muchas maneras

de morir, la peor

es morirse de veras

 

 

 

Historias viejas

 

Estoy cantando

las historias vividas

ya no sé cuándo.

 

Mas no te importe:

prefiero historias viejas

a pasaportes.

 

 

 

Ver

 

¡Ver! A través

de un sueño, del derecho

o del revés.

 

 

 

Palabra

 

Es un misterio

que no hallemos la forma

de hablar en serio.

 

¡Abracadabra!

¿Traes la vida contigo?

¡Oh, palabra!

 

 

 

Momento

 

¿Por qué disfrazar al viento?

¿Por qué llamarme razón

si yo soy solo momento?

 

 

 

Poética

 

“Yo soy aquél que ayer nomás decía”

………………………………………………

 

(Voy buscando la forma, si la encuentro

Ya no será poesía)

 

Los ojos, los miedos (selección)

(Editorial Vinciguerra, Bs. As, 1993 / ISBN 950-843-012-X)

Este libro mereció el Segundo Premio (o Primera Mención rentada en Poesía) en el Premio Joven Literatura 1992  de la Fundación Amalia Lacroze de Fortabat; con un jurado de preselección encabezado por Norberto Silvetti Paz y un Jurado de selección y premio compuesto por Raúl H. Castagnino, María Granata, Nicolás Cócaro, María Angélica Bosco y Eduardo Gudiño Kieffer

 

 

 

Prólogo

He leído morosamente estos poemas cuatro o cinco veces, en momentos psíquicamente diferentes. Y cada lectura me ofrecía un horizonte abierto, misteriosamente abierto, al que sólo puede accederse si uno se ha descalzado para el ministerio poético.

Porque se trata, en una posible versión, de un itinerario por el subconsciente humano en el que confluyen recuerdos, tensiones, deseos y, sobre todo, los goces y los miedos en una alternancia de claridad y oquedades, en un movimiento en el que es heridor la víctima y son los ojos un apasionado perseguidor de aguzados y sacrificadores enemigos.

Todo poeta tiene un motivo para crear sus poemas, aunque él no lo conozca. La intuición poética es más profunda que el saber de, cala más hondo y se confunde, las más de las veces, con el misterio. Pero, además, todo poeta es exigido, por su mismo oficio, de traducir lo intuido en verbo. ¿En cuánto tiempo? Como decía Verlaine, después que (el) Dios le otorgue el favor del primer verso.

Muchos seres humanos tienen vivencias parecidas a las del poeta. Tan sólo parecidas, pero lo suficientemente parecidas como para golpear los llamadores, si no es posible todavía el ingreso al tabernáculo. En algún momento, si permanece entera la virtud de la insistencia, se abrirán las puertas para participar de la luz y de la penumbra.

Los ojos, los miedos es un largo poema que solicita silencio y humidad. Es un poema que se lee con el tacto.

Daniel S. Drughieri

 

 

 

en POEMAS PARA UNA NUEVA GALERÍA DE ENSAYOS

 

Vía

Antes de incorporarme

a esta pléyade arcaica de voces estereotipadas,

como si fuese el sinfín incontenible de un carpintero acéfalo,

quiero advertir que las petunias

recibieron su riego esta mañana

y que dejé, sobre el farol del fondo,

la canasta repleta de uvas y manzanas

para que Juano y Santi se deleiten con sus jugosas pulpas,

e informar, además, que pagué con recargo

el último vencimiento

porque dicen que el auto de secuestro

ocasiona diversos inconvenientes

y no quiero nacer sin dar la mano

a quienes patentaron mi regreso…

 

 

 

Paisaje

Nieva sobre este oscuro rincón del universo

y estamos tiritando, todos, como palomas

a merced de la nieve que no hiela

el corazón de los justos.

 

Somos como raíces: aferrados

a porciones de tierra que no nos pertenecen,

vivimos,

                 porque otros vendrán por nuestros huesos

a la hora temida de la cena.

 

Sin embargo asentimos a morirnos de frío,

ya que nadie se atreve a dibujar el carro

que quite nuestras almas de este infierno

de altísima convivencia

 

y amamos a destajo,

como bestias en celo.

 

 

 

Un edificio

Un edificio apenas es un monstruo

que encajona deseos reprimidos

y vuelca sal detrás de los dinteles

para aventar la noche que los crea.

 

Pero igual que los cálculos que obstruyen

los sagrados conductos de la vida,

se disuelven con ráfagas de canto

que florece septiembre en los jardines.

 

 

 

El cuadro surrealista

(Esbozo para una muestra de Salvador Dalí)

Era un ojo doblado

sobre un cuerno

                                y un sapo

que rascaba la tierra

con sus patas de oso.

 

Alrededor,

                          el agua

de un río que ascendía

para fundir el ángel

con cuatro telarañas.

 

Iluminado a pleno,

mi ensayo surrealista

trizaba las violentas

murallas del museo.

 

 

 

Ese cartel

Ese cartel que mira mi huella fragmentaria,

mi paso abovedado bajo el sol de noviembre,

despide, de sus letras en oro, latigazos

que hieren la consigna de vida que procuro

y alienan mi precaria vocación de profeta

como un destierro sórdido de murallas celestes.

 

Lastiman sus aristas mi voluntad y compro

lo que su voz me ofrece con relámpagos nuevos,

porque para negarme debí nacer planeta

o doctor en política, sin el perfil de un fauno.

 

Pero la historia quiso que me proclame hombre

y el índice de Adán, que naciera en América.

 

 

 

Adobe

Yo soy como esas casas de adobe, una simbiosis

de tierra y de misterio; de lunas que se oxidan

y paja que se afianza sobre los mismos muros.

Mis venas se alimentan de barro y de pecado

y escalo hasta la noche del totoral del techo

por postes de palmera serenamente oscuros.

 

De no ser por el manso calor que ellas cobijan,

diría que esas casas y yo somos lo mismo.

 

 

 

El arado

Juega con los terrones hoscos

como la sed, atemporal y ciego,

para que en frutos y espigas le devuelvan

su dignidad de fierro laborado.

 

 

 

Oración en pe

Almita.

              Pedrada.

                                Parduzco.

“Pido la paz y la palabra”

(Otero)

Pido que a la boda lleguen

con el quinqué encendido.

Pureza.

                Perdido.

                                  Poeta.

Pido pedazos de palabras.

Pena.

            Pira.

                        Poda.

Epílogo.

 

 

 

Noelia

Un ala de cartón traspasa el vuelo,

mariposa de espuma.

                                           Me remonto

hasta la tibia leche que te nutre,

hasta el día primero de tu llanto,

hasta la cuna suave que recoge

tu inocencia de encajes y puntillas,

hasta la frente que agiganta el beso

de las horas en cada madrugada,

para dejarte un silbo que te diga

de mi apuro por verte en los caminos

con la risa grandota y el aliento

de una raza que aún sabe de milagros.

 

 

 

Gardel

Gardel nació cuando nadie lo esperaba

y se murió de vida, como el tango,

porque sufrir no estaba en el proyecto

de su mito encapsulado

y deseaba escapar a los desaires

de una edad sin retorno.

Porque de haber vivido,

de haberse encolumnado en luminarias

de dudoso prontuario,

otros hubieran sido sus desbordes

de aforismos dentales

y otros los modelos de docencia

que dejó cincelados

sobre el sepia de un disco, de una foto,

de un Buenos Aires que alentó la duda.

 

 

 

 

 

en LOS OJOS, LOS MIEDOS

 

Acaso muerdan mis ojos

el día que yo me calle.

Acaso, si callo un día,

nadie querrá perdonarme.

 

 

1.

Las islas

son latidos roncos en medio de los mares,

apotegmas en medio de los ríos

y apoyo de la razón

en la concavidad de los sueños incipientes

cuando aún el agua las envuelve con proteica esplendidez

y los ojos son pozos de palabras todavía no dichas.

 

 

 

2.

Alguien ha de nacer

con los ojos vacíos,

almíbar y algodón sobre los cuencos,

para que la memoria se retracte

-o no nos comprometa-

cuando declaren vírgenes los sauces

y desposados todos los insectos

 

 

 

6.

Alguien sabe mejor que mi memoria

de los días desiertos en la casa,

cuando Prima abollaba los cartones vacíos

con tanta lentitud que entusiasmaba

mis ojos infantiles;

y yo creía amarla,

en la esquina del jol donde bebíamos

el té con las masitas,

mientras Arturo hurgaba en los ladrillos huecos

con palitos de rosa

y extraía las arañas victimarias

de otras especies bobas;

y así nos daba por correr, sabiendo

que el círculo moría

y volvía a nacer hasta acabarse,

y Prima se marchaba con los ojos chiquitos

para dormir su siesta acostumbrada

y yo quedaba en Babia,

con Arturo trepado al limonero

meciendo su desprecio malquistado,

entre bichos canasto y mariquitas

y hormigas coloradas en los codos.

 

 

 

8.

Secretamente, como al paso del aire,

los ojos se entibiaron aquel día

y fue un jolgorio la mañana alta;

estallaron de rojo los claveles

contra las matas de los espinillos

y los jacarandaes, azules como nunca,

le dieron sus azúcares al hombre

que tendía la mano,

con esa sed infame de agua pura,

para que merodeara con sus labios

la punta del deseo,

antes de morirse entre la sombra

parcelada y funesta de las ramas.

 

 

 

9.

Las ramas secas

-esas ventanas al infierno. Vienen

con sus brujas colgadas en las mangas

y sus ojos famélicos y oscuros

a perderse en la noche de los cuerdos.

 Y decimos, los cuerdos

-acaso, sí, los mitificadores-,

que resumen sus nudos los retoños

que explotará septiembre

para que el cielo sea una constante

de la tranquilidad que apetecemos.

 

Ay de las ramas secas, de los cuerdos,

del invierno presente y vengativo.

 

 

 

10.

Estertores del día que se enhebran

en finísimos ojos circulares

y llevan de la aguja el estilete

pronto a zaherir la piel y atar el nudo.

 

Son los odios en luengas cabalgatas

éstos que van amortajando olvidos,

para que el ansia se desove entera

sobre la copa virginal del miedo.

 

Si en las heladas tardes invernales

yo pudiera azuzar algún rescoldo,

entre cenizas de pasión dormido

también podría rescatarme aguja.

 

 

 

13.

Debí taparme el día con las manos

para no mirar ojos,

rojas cavidades que me aten

al estómago enfermo,

alambres que me cerquen la memoria

a la orilla del llanto.

 

Debimos protegernos de los filos

de punzantes agujas,

de esas matas golosas que penetran

la carne a puñaladas,

de los cuerpos heroicos que destruyen

los estandartes náufragos del verso.

 

Debí creer que el río me traería

su bálsamo de espuma

para mirar tan hondo, tan abajo,

sin protegerme el aire con los ojos

calientes y vacíos.

 

Debimos comprender que las lechuzas

vomitaban la noche

por esos ojos rápidos y fijos,

por esos ojos neutros e inculpantes,

por esos ojos nuestros, tan humanos.

 

 

 

15.

Los muros tienen ojos, los ojos tienen frío,

la noche va mintiendo sus lagartos violetas

y yo esbozando tesis de principios y asombros

sobre tejados nuevos y puentes destruidos.

 

La calle no es la misma, ni tampoco los árboles,

los ojos tienen muros que tapialan ideas

y yo en los ojos hundo mi doblez de lagarto

sobre vertientes nuevas de dobleces antiguos.

 

Los días ya no tienen más ojos que los nuestros,

la suavidad del aire me sabe a redundancia,

y yo me significo que el muro es un planeta

sobre cuya corteza se rompen los orígenes.

 

La casa no es el cielo que ayer reconociera,

de canteros y flores o de enjambres celosos,

y yo, como una oruga de sal que se levanta,

sobre las dos columnas de la visión, espero.

 

 

 

20.

Las hojas amarillas que acercan los orígenes,

las piedras que me aprietan contra la edad gastada,

los muros que recorren mis primeros ensueños

cuando los ojos eran todavía palomas.

 

Ya no encuentro palabras para abarcar la noche,

mis manos ya no nombran el suelo recorrido

ni la gracia severa de los álamos llueve

como una monocorde soledad infinita.

 

¿Adónde irán las horas que el tiempo desconoce?

Los maritales juegos del cielo con el agua

descubren lejanías allende las fronteras

por donde el miedo afirma blasones extranjeros.

 

Asido de las alas del sur me reconozco,

ya viejo, peregrino de esta tierra salvaje,

de este sudor eterno de verde cobertura

que añora los silencios volcados al océano.

 

Yo veo fragmentarse los días en la pampa

y aborrezco los grillos que desvelan mi sueño

porque vacilo el paso cuando me echo la luna,

como una cruz, al hombro para ignorar la muerte.

 

 

 

21.

Desconozco la luz que se desliza por las cuencas vacías,

desconozco la muerte que me acecha con celoso cuidado

y el destierro de piernas que me impide soportar este cuerpo.

 

El silencio es pesado como el aire de las tardes de marzo

y nuestra sed, violenta como el fuego del infierno temido.

 

¿Por qué no vamos juntos

a redimir los álamos nacidos a orillas de la fuente?

 

 

 

 

a Santiago, Juanito y el Ayo por la sonrisa franca y las preguntas desprejuiciadas

a Nancy, por el amor, la compañía y el aliento

a Daniel, porque anunció el milagro

Acaso muerdan mis ojos

el día que yo me calle.

Acaso, si callo un día.

nadie querrá perdonarme.