Qué es una noticia

Respetable intención, error de enfoque.

¿Qué es una noticia?

 Esta pregunta debí responderla tantísimas veces como estudiante y tantísimas más debí hacerla como docente, no sólo en el ámbito periodístico. Vivimos de noticia en noticia. Informar es la primera función del lenguaje desde que el humano es humano. Y la novedad, ingrediente esencial de la información para que se convierta en noticia, es el primer centro de interés que mueve a cualquier individuo.

 La noticia, por lo tanto, no sólo trasciende al periodismo y, mucho más a los medios, sino que preexiste; es anterior a la misma historia.

 Toda noticia es información. Por el contrario, no toda información es noticia. La crónica, que alimenta mayormente al periodismo de este tiempo, por su dinámica narrativa se aproxima a la literatura. La noticia, en cambio, debe tender a lo descriptivo. Y aunque ambas especies informativas presuman de objetividad, no siempre es posible sostenerla. En casi toda circunstancia se cuela el sujeto que informa. A veces, incluso, con intención. Y en tal caso –es decir, si hubiera intención- la noticia o la crónica salen de lo informativo y viran hacia lo expresivo (que expone sensaciones, emociones u opiniones; como sucede con la literatura o la ensayísitica) o hacia lo apelativo o conativo (que busca ejercer sobre el destinatario una reacción que se devuelva como respuesta positiva para el enunciador; como sucede con la publicidad y con la propaganda).

 Distinguir entre estas funciones nos ayuda a ubicarnos en el mundo, pensarlo y comunicarnos con nuestros semejantes. Pero las fronteras son demasiado porosas y demasiado elásticas y definir si es información pura y llana la que se recibe o la que se transmite o si está contaminada por más o menos huellas de subjetividad es una tarea compleja que ceba a los manipuladores.

 Por ejemplo: ‘Evangelio’, nombre con el que se conoce al libro fundante de la cultura occidental, significa etimológicamente “la buena noticia”; pero está cargado de subjetividades y mitos de improbable o imposible verificación, vicio que no toleraría ninguna noticia cierta. De la misma manera, los ‘Hechos de los apóstoles’ que contiene ese mismo Evangelio, son ‘hechos’ de dudosa veracidad, en tanto se contradicen según quién los relate. Por eso la prédica religiosa pide que se lea esos ‘libros sagrados’ desde la fe; es decir, desde la mayor subjetividad del individuo; y no desde la verosimilitud razonada que se desprendería de una información objetiva o histórica.

 El tema es complejo y difícil de abarcar en estos espacios. Me avine a incursionar en él por una serie de preguntas que me formula uno de mis hijos para cuestionar un posteo. No será nuevo para mi hijo lo que lea, porque es un eximio lector y porque está convenientemente informado y sabe hacia dónde apunta, sí puede serlo para otro tipo de lector que llegara a confundirse.

 Que la noticia se construye, se construye; claro. Hechos acontecen permanentemente y actos humanos, también. No todos son noticia, sin embargo. O, por lo menos, no para todas las personas son noticia los mismos fenómenos. Esto significa que la noticia no sólo es construida por el enunciador, sino también por el enunciatario. Y es innumerable la cantidad de factores que pueden converger para que un fenómeno se convierta en noticia. Pero ante todo y frente al hecho cierto, priman lo emocional y lo cercano. Que un accidente se lleve la vida de una persona querida o conocida importará, por emoción y cercanía, mucho más que las docenas de decapitados por el Estado Islámico. De esas noticias llamémosle pequeñas se nutre el periodismo de pueblo; pero también los chismes y las conversaciones de familia o de amigos. Nadie se alarmará demasiado en una rueda de afectos si alguien anoticia a los demás sobre un nuevo decapitado –decapitan a tantos todos los días-, pero todos quedarán conmovidos si alguien anoticia de la muerte de Fulano, siendo Fulano un habitué de esas reuniones. En cualquiera de los órdenes pasará lo mismo. En Junín, donde vivo, que un nadador de club, un velocista o un ajedrecista obtenga un título nacional o internacional, como felizmente sucede con frecuencia, es mucho más importante –desde lo cualitativo- que un empate, una derrota o un triunfo, inclusive, de Sarmiento por el torneo de fútbol. Pero será Sarmiento el que monopolice las tapas y las audiciones; y no porque lo decida la empresa periodística, sino porque lo deciden los lectores que compran o dejan de comprar, que leen o dejan de leer.

 Por lo expuesto me parece reiterativo tener que insistir con mi defensa tanto de la labor periodística como de la empresa periodística, sean cuales fueren la idoneidad y los intereses que los muevan. Si algo tiene la información es movilidad y cada persona recibe, neutraliza o rechaza según su disposición para con lo informado. En tal sentido decía en mi posteo –y lo sostengo- que me parece un recurso miserable, de sectores interesados por finalidades que trascienden la información, hacer una compulsa ideológica sobre qué masacre mundial tiene más o menos cobertura periodística, qué muertes violentas son justificadas y qué muertes violentas no lo son, que acciones violentas son execrables y qué acciones violentas son heroicas y hasta sagradas. Caer en este juego es, precisamente, salirse de la información para entrar en el terreno de la propaganda. Y en un mundo razonablemente libre, como el que permiten y facilitan estas redes sociales, todas las noticias llegan. Las que tomo y retengo por mínimas que fueran y las que dejo pasar, que son la mayoría, por mucho que con ellas se me machaque. Que yo me interese más por el resultado de los partidos de fútbol que por los estudiantes muertos en Ayotzinapa o en Kenia no es un problema de los medios, ni siquiera del capitalismo. Si así fuera, Clarín, que es como se sabe el conglomerado de medios que más miente y que más voracidad capitalista exhibe en una sociedad austera y sensata como la argentina, evitaría pasar esas noticias y se dedicaría a informar y a televisar el Fútbol para Todos.

 

(Publicado en Facebook el miércoles 8 de abril de 2015, a la hora 16,48)

No matarás

¿Patria o muerte?

Cuando Oscar del Barco hizo la conocida autocrítica acerca de su participación guerrillera en carta pública a Sergio Schmucler, reformuló un mandamiento sin el cual es inviable la sociedad moderna: No matarás.

Sin ese principio, que excede cualquier posicionamiento religioso y se funda en el inalienable derecho a la vida de toda persona humana, no puede imaginarse ni cultura ni civilización ni política algunas.

Ahora, los humanos se matan entre sí desde siempre.

Y porque los humanos se matan entre sí desde siempre, en algún momento de lucidez debió formularse el mandamiento. Nadie, en ningún sitio y en ninguna época, manda lo que habitualmente se hace.

Aunque parezca trivial puntualizarlo, entonces, hay que mandar ‘no matar’ porque los humanos por naturaleza se matan. Como cualquier animal que compite por espacios, posesiones y comida. Y peor, porque los humanos mediatizan esas necesidades que para las otras especies animales son inmediatas.

Mandar a matar, en cambio, es apenas formalizar la conducta, legitimar bajo cualquier pretexto el impulso natural que sólo siglos y siglos de civilización controlaron, después de evaluar una y otra vez, desde la razón orientada por la conveniencia, la resultante de costos y beneficios. Así se llegó a conformar las diferentes doctrinas de justicia que se aplican en el mundo, coincidiendo en la mayoría de los casos en que siempre es mejor administrar justicia (lo racional) que dar rienda suelta a la venganza (lo natural, lo instintivo) porque se comprendió que la venganza inicia una serie de nunca acabar: siempre habrá un nuevo vengador, más poderoso, más fuerte, que vengará al vengado.

El problema, que cada tanto nos sacude y nos obliga a replanteos que parecen innecesarios para los tiempos que corren, es que en esta lógica de la razón humana, dificultosamente elaborada a lo largo de los siglos, se filtran elementos mágicos que quedan como residuo en todas las culturas.

Si un grupo humano, cualquiera, cree que la vida terrena es un tránsito; que la justicia terrena, por lo tanto, una contingencia; y que una instancia superior –dios, el cielo, los dioses, el gran espíritu universal- reparará lo que no fue reparado en vida, cualquier muerte, cualquier acto de venganza, cualquier ataque y cualquier aniquilación a otro grupo humano está justificado.

Éste es el gran conflicto que plantean fanatismos y fundamentalismos. Y aun a los grandes líderes mundiales, aquéllos que mueven conductas masivas, les cuesta decir con claridad y contundencia que no hay justicia divina. Y si la hubiere, no nos compete siquiera imaginarla: acontecerá más allá de las voluntades de las criaturas y de los preceptos religiosos que las liturgias ordenen. Creer así, pensar así, sería un acto de fe genuino en la sabiduría suprema y en el amor supremo de ese dios o ese principio universal que se proclama, que excede las cuestiones de la tierra y en el que, en definitiva, nadie parecería confiar demasiado.

Si esto se comprendiera, se comprendería también cuál es la diferencia esencial entre guerras y terrorismo.

En los dos casos muere gente y los dos casos configuran una tragedia. Pero las guerras, aunque espantosas, son racionales: obedecen a intereses materiales y específicos y acaban, indefectiblemente, en una negociación. Más o menos tardía, más o menos justa y más o menos duradera; pero negociación al fin. Con el terrorismo que responde a creencias, en cambio, es imposible negociar; porque cada fiel a una causa divina valora la muerte como ofrenda y está dispuesto a inmolarse por su dios o su principio causal, lo conciba como lo conciba, incluso como revolución en sentido abstracto.

A esto me referí hace unos días cuando escribí acerca de una modernidad que no ha fracasado, sino que aún no comenzó.

Por edad no alimento esperanzas de verla comenzada, pero en la medida de lo posible, todos los humanos con responsabilidades que habitamos estos tiempos debemos alertar sobre ese residuo medieval que festeja y activa todavía las danzas macabras, se las practique como se las practique y se las ofrenden a quienes se las ofrenden. Si el trajinado diálogo interreligioso no parte de este principio, no servirá para nada. Y las grandes religiones, en esta cuestión, tienen una responsabilidad incomparablemente mayor que las grandes políticas y las grandes economías: No matarás.

Por nada, mucho menos por un dios indescifrable. Lo demás, seguirá negociándose. El costado político y económico que afecta a cada gran religión, también.

 

(Publicado en Facebook el viernes 16 de enero de 2015, a la hora 12,15)

Cuestiones generacionales

Caroline de Bendem. Mayo francés.

¿Qué comprende una generación?

Pregunta difícil de responder, pero de necesidad insoslayable. Con frecuencia y en los círculos familiares o próximos hablamos de la generación de nuestros abuelos, de nuestros padres, de la propia, de la de nuestros hijos. Pero más de una vez, sobre todo cuando se tiene cierto recorrido, sucede que mis abuelos y mis padres no suelen pertenecer a la misma generación que los suyos de usted; y con los hijos y los nietos habrá de pasar lo mismo. Todos los días nace gente que se sumará, según las contingencias, a una generación o a la otra y, vista la relación a través de los años, puede haber hermanos, compañeros o camaradas de edades cercanas, pero que pertenezcan a generaciones distintas. ¿Cuándo y por qué se produce el corte?

La inquietud, que me habita desde los tiempos en que estudiaba, la reavivó este sábado un artículo que firma el abogado Mario Raúl Bordón, miembro de Plataforma 2012, y que publica Perfil en la página 32 de su edición impresa. El autor habla de la generación de “los post setentistas”, en la que se incluye y en la que me veo incluido, a la que considera “una generación aniquilada sin balas ni torturas”, tal el título que sintetiza el tema. Y la comprende en una franja que bien podríamos calificar como escolar, en tanto abarca menos de una década y estaría compuesta por argentinos que van desde los 49/50 años hasta los 56/57. Lo que caracteriza esta generación, textual, es que “no sufrió –salvo algunas y graves excepciones- la persecución sistematizada ni el exterminio físico masivo que la dictadura efectuó con la generación anterior (los setentistas), pero que, en cambio, sufrió dos grandes operaciones de aniquilamiento político e ideológico: la propia dictadura y el modelo neoliberal”. Bordón apoya sus argumentos en dos puntos específicos: ninguno de los ‘post setentistas’ votó antes del 30 de octubre de 1983, lo cual es cierto (yo, que estoy entre los mayorcitos, voté por primera vez a los veintiséis años) y todos fueron paralizados en su juventud por las operaciones que describe: entre los 18 y los 25 –edad de la formación profesional- por la dictadura y entre los 30 y los 40 por el neoliberalismo, con el breve intervalo de la recuperación democrática que no habría sido más que una fugaz llamita de ilusión.

¿Son sólidos esos argumentos? En principio son reales. ¿Alcanzan para comprender y definir una generación? Aquí la respuesta se complica.

Si se atiende las edades en la evolución del individuo –más algunos aportes que ofrecen disciplinas de estudio como la Psicología y la Pedagogía- se podrá coincidir en cinco trayectos: 1) la infancia, que va desde el nacimiento hasta los catorce o quince años, pubertad incluida; 2) la adolescencia, que va desde los dieciséis hasta los veinticinco o treinta, habida cuenta del corrimiento de las expectativas de vida y de inserción laboral; 3) la juventud, que iría desde los treinta y uno hasta los cuarenta o cuarenta y cinco; 4) la adultez (que no equivale necesariamente a maduración), entre los cuarenta y seis y los sesenta o sesenta y cinco; y 5) la ancianidad, de sesenta y seis en adelante. Cada generación, desde esta lectura, comprendería entre quince y veinte años. Pero se trata de una lectura engañosa, cuyos primeros síntomas se observan en la misma escuela.

Un individuo de doce años, por tomar un corte caprichoso de ejemplo, no es igual si se forma en una familia más o menos constituida, con la contención necesaria y con las necesidades básicas satisfechas, que si forma parte de una sucesión de ensambles, padece privaciones de distintos tipos o crece en situación de calle: la definición intelectual y emocional, en este último caso, se acelerará y entrará a la etapa adolescente con un déficit físico y de maduración que lo expondrá a riesgos para los que ni está preparado ni encontrará protección adecuada. Y avanzando en el curso del razonamiento, un individuo de veintisiete o veintiocho años no será igual si nunca trabajó que si lleva una experiencia laboral cercana a la década; uno de cuarenta o cuarenta y cinco no será igual si tiene la vida consolidada que si aún navega en la incertidumbre; uno de sesenta o de setenta no será igual si se siente satisfecho con lo que es o si, por el contrario, siente que ‘perdió la vida’. Es aquí donde cuentan las contingencias para comprender las generaciones y este costado del análisis prescinde de la Psicología y la Pedagogía, que son disciplinas proyectivas, y se torna más realista y más empírico.

Bien; volviendo al disparador, la franja que Bordón llama de “los post setentistas” no sería sino un corte dentro de una generación más amplia o, en contrario, fragmentos de dos generaciones diferentes. Son la Historia, la Sociología y la Política las disciplinas que en esta instancia colaboran mejor.

Los argentinos vivimos en un país que, desde hace setenta años, eligió ser peronista.  Setenta años comprenden las cinco edades descriptas más arriba. El remanente biológico, minoritario, está repartido e influye poco. En este segmento histórico de siete décadas habría, tal vez, dos intentos fugaces de salir del peronismo: uno, de facto y autoritario, la dictadura que derrocó a Perón y proscribió la actividad política de sus continuadores (1955-1958); el otro, democrático, la presidencia de Arturo Illia (1963-1966). Fuera de esas dos experiencias, todo se resolvió como interna peronista, aún durante los años más trágicos de las dos dictaduras más feroces (la Revolución Argentina de Onganía-Lanusse y el Proceso de Reconstrucción Nacional de Videla-Massera-Díaz Bessone) y durante las experiencias radicales o pro-radicales de Alfonsín y de De la Rúa, que no sólo se desvivieron por encontrar “la pata peronista” que les garantizara gobernabilidad, sino que incorporaron peronistas en funciones de gobierno claves y compartieron –o repartieron- el poder.

Los cortes generacionales, por lo tanto, no pueden ignorar los hechos históricos ni sus consecuencias sociales. Si segmentamos en cinco, como se propuso, la generación viva más vieja está integrada por quienes eran adolescentes o jóvenes cuando derrocaron a Perón (1955), por lo que sus años de nacimiento oscilan entre 1928/30 (por supuesto, quedan excepciones) y 1939/41, cuando el mundo entraba en la Segunda Guerra. Mayoritariamente identificada con los aliados y con el no peronismo, su influencia actual en el curso de los acontecimientos es mínima. La cuarta generación –o de los adultos- está integrada por quienes fueron los ‘niños privilegiados’ –y adoctrinados- del peronismo (nacidos entre 1942/43 y 1951/54) y los que nacíamos en los primeros años posteriores al derrocamiento, entre 1955 y 1962. El primer segmento de esta generación comprendería lo que se llama “el setentismo” (con sus idealistas y sus idealizados) y el segundo segmento, lo que Bordón llama “el post setentismo”, con sus asustados, sus desperdigados, sus desorientados, sus indiferentes, sus acomodaticios y sus reorientados, que también los hay, que tienen voz y que merecen que se los atienda. La ‘generación joven’ es la que gobierna (coronación del ideal setentista), y la componen cincuentones apendejados al estilo Boudou, cuarentones largos que compiten por el poder económico y político hacia arriba, hacia abajo y hacia los costados; y que compiten, además, con sus hijos en actividades amorosas y bolicheras; y treintañeros de corte neorromántico que se sienten protagonistas de una revolución, apoyados por la profusión de películas, relatos, propaganda, canciones y ensayos variopintos con pretensión artística, poética o literaria. Qué quedará de esta generación es una incógnita y casi todos los pronósticos son extremos; por lo mismo, dudosos. La generación adolescente, por su parte, que comprende a los nacidos entre 1984/85 y el fin de siglo y de milenio, vive su vida en delicado equilibrio entre el qué me importa, la toma de conciencia de la responsabilidad que le espera, la virtualidad de las consolas y las redes, la competencia con sus progenitores apendejados, el sexo, la droga y el alcohol, la elección vocacional y las posibilidades de inserción en el mundo adulto; dios, la nada o las opciones intermedias; y algunos asuntos que deberá resolver cuando crezca, pero que sólo algunos intuyen: aborto, formas artificiales de concepción de la vida, replicación indefinida de objetos y de seres, familia plurinuclear,  eutanasia, reformulación de los sistema educativo y laboral, legislación acorde para todos esos cambios que se anticipan trascendentes. Y la infancia es la infancia, con su mundo de afectos, de juegos, de fantasía y de ilusiones; con su ternura y sus ganas de vivir; con la inocencia de los que todavía no están contaminados, aunque desde los otros segmentos se haga lo posible por acortarles los tiempos, consciente o inconscientemente. Por ellos y para ellos vale la pena insistir, al menos mientras queden ganas, al menos mientras queden fuerzas.

 

(Publicado en Facebook el lunes 15 de diciembre de 2014, a la hora 14,00)

Perversa lógica binaria

La idea tiene matices, basta consultar cualquier diccionario para comprobar el vasto espectro de significaciones que comprende el concepto idea. La ideología ya no; la ideología se ocupa del origen de las ideas y toma partido, es decir, recorta el espectro de significaciones y a ese recorte le imprime una fuerza de acción. La idea genera ideales, arquetipos de comportamiento entre los que se puede elegir; la ideología genera fanatismos, iluminados que imponen sus arquetipos  y devotos que los siguen de manera acrítica. La idea se enriquece en la discusión, el debate, la crítica, la concertación; la ideología se afirma en la verticalidad, la imposición, la fe ciega en un líder o un profeta. La idea tiende a la pluralidad; la ideología, a la dualidad: o estás conmigo o estás contra mí. La idea es madre fundadora de todas las democracias; la ideología, de todas las dictaduras, de todos los despotismos. Y en esta lógica binaria que, con el correr de los siglos, fue atrapando conciencias por su pragmatismo, conocedor de las dos debilidades mayores de los seres humanos que son el miedo y la comodidad, sigue cautiva buena parte de la humanidad todavía en el siglo XXI, de manera especial en países culturalmente subdesarrollados.  Ninguna mente crítica se dejaría conducir en este tiempo por San Pablo o por Mahoma; los tomaría, en todo caso, como productos de una época, de una necesidad, de una coyuntura de la historia; sin embargo millones de seres humanos mataron y murieron –matan y mueren todavía-, vejaron y torturaron –vejan y torturan todavía-, en nombre de los reinos ilusorios que uno y otro impulsaron; reinos que para florecer y consolidarse necesitaron ‘crear’ un enemigo al que llamaron y llaman ‘el infiel’. La historia es una sucesión de matanzas, cacerías y limpiezas étnicas –hoy lo llamaríamos livianamente ‘genocidios’, que dio incluso santos como Carlomagno o héroes y mártires como los isma’ilíes.

Es en la perversión de esa lógica binaria donde quedan atrapadas tantas inteligencias. Lógica que induce a pensar –a creer, en realidad- que el enemigo de mi enemigo tiene que ser mi amigo. Es absurda esa forma de razonamiento porque opone contrariedades y no contradicciones: el enemigo de mi enemigo bien puede ser enemigo mío también, porque los dos persiguen intereses que me tienen como botín de guerra. Los Bush –padre e hijo- seguramente son de lo peor que ha dado el capitalismo imperialista occidental y condujeron horrorosos aparatos de terrorismo de Estado; esa verdad no hace ‘buenos’ a Osama Bin Laden o Ahmadineijad, que emplean métodos similares aunque sean de signo contrario. A ninguno les interesa la gente, el hombre concreto, el valor de la vida si no está sometido a sus arbitrariedades. Por eso me parece necesario que se perfile el problema de una buena vez.

El problema no son Videla o Fidel Castro, Stalin o Mussolini, Hitler o Mao Zedong, Khadaffy o Bokassa…

El problema es Videla y Fidel Castro y Stalin y Mussolini y Hitler y Mao Zedong y Khadaffy y Bokassa y, sobre todo, el resabio de imbecilidad que dejaron como fermento en tantos cerebros enfermos, de uno u otro costado,  a lo ancho del mundo. En cualquier escuela del planeta se enseña hoy a los alumnos sobre la complejidad de la existencia, sobre los múltiples principios y factores que concurren en este fenómeno que llamamos ‘mundo’ y en esta especie histórica que llamamos ‘humana’. No puede ser, es inverosímil bajo cualquier análisis, que un mundo complejo y una especie compleja se resuelvan a través de una lógica binaria. Tal vez esta dialéctica de la violencia que nos toca presenciar sea algo así como el estertor de los dinosaurios. Tal vez ni mi generación ni la siguiente ni la siguiente se liberen todavía de la perversión de la lógica binaria. Pero se me hace impensable, en tiempos del conocimiento en red y de la velocidad de aceleración, que la humanidad malgaste su energía por mucho tiempo más en anacrónicas contiendas ideológicas. Resolver los problemas del hambre, del agua, del trabajo, de la contaminación ambiental, de las nuevas formas de enfermedad y de locura, de la exclusión social, de la administración de justicia, de los variados tipos de familia y organización comunitaria es el desafío de esta época; desafío que exige que la idea supere la fase de ideologización y se abra en un abanico de soluciones posibles.

"Enemigo del pueblo"

Stalin

Por estos días de conmoción en la República Argentina cuando, más que conocer la verdad o abogar por el esclarecimiento de un crimen de Estado, cada sector parecería ocupado en posicionarse de la mejor manera y de sacar las mayores ventajas posibles en la pulseada por el poder, es moneda corriente apostrofar o descalificar al que piensa distinto.  Es enemigo todo aquel que no se somete a ninguna verticalidad que no sea la que manda la Constitución y que conserva independencia de criterio y capacidad y alcance de exposición, por lo tanto se lo ataca con agravios de cualquier naturaleza, aunque siempre eficaces debido a su poder de síntesis y de penetración en las masas. Uno de ellos –equivalente para la propaganda nacional-populista a ‘gorila’, ‘cipayo’, ‘traidor’ o ‘vendepatria’- es el concepto de “enemigo del pueblo”. Y allí van las bocas de ganso, por los medios o por las redes, recitando con penosa obediencia el libreto que le asignaron –la “bajada de línea”, tal como proclama desde su programa televisivo el ganso mayor-.

Como la obsecuencia no distingue condiciones y los mayores obsecuentes –y en el fondo, los mayores ignorantes- suelen ser profesionales, artistas, escritores, intelectuales, psicólogos y pedagogos que juegan a ser lo que no son, pero que engañan con sus poses y con sus títulos a los que creen, todavía, en la charlatanería canonizada, conviene conocer el origen del concepto “enemigo del pueblo”.

Fue Nikita Khruschev –el primer gran reformador del comunismo que sucedió a Stalin, contemporáneo a la Revolución Cubana- quien durante el ‘XX Congreso del Partido Comunista de la URSS’, celebrado entre los días 24 y 25 de febrero de 1956 esclarecía y alertaba a sus camaradas:

 

 

"...Stalin inventó el concepto “enemigo del pueblo”. Este término hizo automáticamente innecesario que se probaran los errores ideológicos de un hombre u hombres dispuestos a la discusión; este término hizo posible el uso de la más cruel represión, la violación. Todas las normas de la legalidad revolucionaria contra cualquiera que, en una u otra forma, estuviera en desacuerdo con Stalin; contra todo sospechoso de intención hostil; contra cualquier hombre de mala reputación. Este concepto “enemigo del pueblo” eliminó radicalmente la posibilidad de cualquier clase de lucha ideológica, y la posibilidad de dar a conocer opiniones personales sobre tal o cual punto, aún sobre cuestiones de carácter práctico. En verdad, la única prueba de culpabilidad empleada (contra todas las normas de ciencia legal) fue la «confesión» del propio acusado; y como lo demostró la investigación ulterior, se obtuvieron «confesiones» por medio de torturas físicas..."

 

 

Habida cuenta de que una de las principales espadas dialécticas del actual Gobierno argentino, Diana Conti, se autocalificó “estalinista” en un recordado debate con el fallecido periodista Pepe Eliaschev (quien, ya que estamos y a mi juicio, merecería igual o mayor reconocimiento público que el que se promueve para el fiscal Nisman, cuya ‘reputación’ -en términos de Khruschev- podría ser cuestionada), me parece oportuno recordar este pasaje para identificar personajes y posiciones y para evaluar las consecuencias posibles. Los interesados en profundizar pueden buscar el texto completo, rico y esclarecedor. Y los que no pero leyeron, deben armarse de paciencia, fortalecer el ánimo  y entender que bajo ningún pretexto se debe forzar o permitir la salida del Gobierno de la Presidente, como ya amagó en 2008 durante el conflicto con el campo, porque esa salida heroica le serviría para victimizarse, para justificar los intentos golpistas provengan de donde provinieren –quiero decir, desde fuera o desde dentro del propio Gobierno- y para conservar vivo el mito totalitario de que al peronismo no lo dejan gobernar los “enemigos del pueblo”.

La Presidente es responsable de la situación que se vive, todos los involucrados provienen de su gestión o de la de su marido y debe gobernar con autoridad hasta que finalice su mandato; relevando a quienes deba relevar, dando la cara ante su pueblo, poniéndose a disposición de la justicia para la investigación pertinente, poniéndose a disposición del Congreso para responder a lo que los congresales demanden como inquietud, llamando a prudencia a las bocas de ganso y promoviendo una transición pacífica hacia el gobierno que la sucederá en diciembre, sea o no sea un gobierno de su signo político.

 

(Publicado en Facebook el sábado 24 de enero de 2015, a la hora 18,14)

Sobre héroes, salvadores, libertdores y relatos

Aquiles

El héroe, por definición, no existe: es un personaje de ficción producto de la mitología o la literatura. Héroes fueron Hércules, Aquiles, Héctor, Ulises, Rolando, Amadís, el Cid; antihéroes, pero con efectos equivalentes, Robin Hood, Quijote, Martín Fierro. La voracidad imperial norteamericana, ya en el siglo pasado, subió la raya y generó la Liga de Superhéroes: Supermán, Batman, Flash, la Mujer Maravilla, el Capitán América, Linterna Verde. Entre nosotros, el Corto Maltés o el Eternauta estimularon por lo menos dos generaciones.

Pero al respecto, la mayoría tiene las ideas confundidas y califica como héroes, indistinta y compulsivamente, a personas humanas que marcaron la historia, sobre todo la moderna: Napoleón, San Martín, Bolívar, Garibaldi, Lenín, Gandhi, Churchill, De Gaulle, Nasser, el Che. Buena parte de la culpa de esta confusión la tienen los mismos historiadores, cuya función, contrariamente, sería la de narrar hechos y describir situaciones a partir de documentación objetiva.  Pero el historiador y el escritor cohabitan muchas veces en un mismo cuerpo y de Mitre a Pacho O’Donell, por citar sólo dos puntas de la historia argentina, terminan creando personajes ficticios a partir de personas reales. Hipérboles como Padre de la Patria, Santo de la Espada, Gran Restaurador, Tigre de los Llanos, Manco Paz, el Gran Sanjuanino, Supremo Entrerriano, el Zorro, El General, la Abanderada de los Humildes no ayudan a explicar la historia, por el contrario, la contaminan. Y en este vicio caen por igual los referentes de ‘la historia oficial’ y del ‘revisionismo’.

Personalmente, pienso que no está mal que la historia ‘se revise’ periódicamente, la cuestión es cómo se hace la revisión y a qué fines. Por ejemplo, de adolescente nomás, dos relatos nunca me cerraron: uno, el de la conquista y colonización de América que exaltaba aquellos ‘héroes’ que ‘antepusieron la cruz a la espada’, como si la cruz, un arcaico instrumento de tortura valga aclarar, justificara cualquier carnicería, desde las Cruzadas hasta el Terrorismo de Estado, pasando obviamente por la Conquista, la Inquisición, el fascismo, el falangismo; el otro, la campaña libertadora de San Martín: ¿con qué medios? ¿con qué recursos económicos se sostiene semejante empresa en un conjunto de republiquetas sin destino y anarquizadas? Una imagen de mi adolescencia y de mi juventud que me viene a la memoria acompañando una sonrisa es la de las Patricias Mendocinas con sus cuellos doblados, sus columnas vencidas y descoyunturadas si, antes de ‘donarlas al ejército libertador’, portaban semejante cantidad de joyas que alcanzaron para financiar la gesta. Es evidente que alguien planificó, financió y condujo esa campaña que unió a San Martín con Bolívar, curiosamente dos intocables, tanto para la historia oficial como para la revisionista. Y si de la primera no sorprende, de la segunda sí, porque sus impulsores se dicen ‘antiimperialistas’, ‘antiingleses’, ‘antinorteamericanos’ y es muy difícil imaginar otro centro que no sea Londres el responsable, con el consentimiento de sus excolonias del norte, del proceso independentista de Iberoamérica. El mismo Rosas, distinguido por San Martín con su sable corvo, terminó sus días en Inglaterra después de ser derrocado en Caseros por los fundadores de la Nación Argentina. Rosas fue proinglés, no los románticos de La Joven Argentina, como Echeverría o Mármol, a los que se les puede achacar su galicismo, pero, en cualquier caso, levantando las banderas de la Francia republicana.

Por eso hay que tener cuidado con estas simplificaciones que atribuyen a los hechos y a sus protagonistas elementos fantásticos. No es casual que el ‘realismo mágico’, esa especie de tragedia literaria que dio el siglo veinte, haya sido un producto puramente latinoamericano. La ficción puede entretener y hasta iluminar las conductas, pero siempre y cuando no la confundamos con la realidad. Ícaro puede ser fantástico como héroe inspirador de todos los instrumentos de vuelo modernos, pero cualquiera que se pegue dos alas en la espalda con cera y se arroje al vacío no hará otra cosa que estrellarse.

La historia es una sucesión de aconteceres sociales, políticos, culturales, religiosos, deportivos que protagonizan los seres humanos. Algunos son notorios, otros no; algunos son trascendentes, otros intrascendentes. Pero los humanos, cualquier humano por notoria o trascendente que haya sido su participación histórica, somos un complejo mecanismo de vicios y virtudes, de fortalezas y debilidades, de razones y pasiones, de tantísimos errores entre algún acierto. Glorificar a cualquier humano como ‘héroe’, como ‘salvador’, como ‘iluminado’, como ‘mesías’ no sólo es una exageración, sino también una ficción peligrosa, una distorsión. Claro que hay modelos, patrones y referentes de comportamiento; pero así se los debería plantear. Cuando se empieza con las estatuas, los relatos, las nomenclaturas, las películas y las óperas algo viene torcido. Ni qué hablar si se desplaza el nombre del divinizado por pronombres como ‘Él’ o ‘Ella’, entonces sí la cosa se pone brava.

LA MODERNIDAD TODAVÍA NO EMPEZÓ

 
De las tres consignas de la Revolución Francesa, punto de partida de las repúblicas modernas, una de ellas, la ‘igualdad’, se ha impuesto como concepto de masas a las otras dos, ‘libertad’ y ‘fraternidad’. Hay una explicación –tal vez haya varias-, pero es tan absurdo escindir el concepto de los otros dos como escindir lo físico, lo anímico o lo espiritual en la totalidad que llamamos ‘ser humano’.
Por otra parte, el mundo, es decir, el escenario donde el ser humano actúa y evoluciona, ya está hecho; sólo cabe administrarlo para mejorar los niveles de vida del hombre y su entorno natural. De inmediato se me objetarán dos conceptos, sin perjuicio de ninguneadas y puteadas de distintos calibres y provenientes de distintos sectores: ‘el hombre’ –se me dirá- es una abstracción que como realidad no existe y ‘administrar’ es un verbo gris, oficinesco y burocrático. Llevaría, ya lo he probado, interminables horas de argumentación y contra-argumentación tratar de acordar posiciones y los resultados a nadie dejarán satisfecho. Expongo mi tesis, por lo tanto, para que la tomen quienes la consideren razonable, la discutan y la perfeccionen, y eximo a los demás de la molestia de atenderla siquiera.
En último término, ‘administrar’ no es lo que parece. Para administrar hay que saber y para saber hay que formarse, informarse y pensar. Si algo distingue a Messi, Riquelme, Iniesta o Cristiano Ronaldo de los demás futbolistas –para tomar uno de los ejemplos futboleros que tanto me entusiasman- es la capacidad de administrar sus talentos, sus fuerzas, sus recursos, el ritmo, los tiempos y los espacios. No es por azar que sean los mejores, los más valorados, los más eficaces, los más vistosos y los más ganadores. Es una consecuencia lógica que sean también los más necesarios, porque en tanto funcionen bien ellos, funcionan por reflejo todos los demás. Pero no sólo de fútbol vive el hombre, para mí concreto. Dos mil trescientos años atrás, cuando Aristóteles aplicaba la mayéutica y la ironía socráticas a su método peripatético (es decir, cuando caminaba con sus discípulos y los instaba a preguntar y preguntarse hasta encontrar las respuestas que buscaban) no hacía otra cosa que enseñarles a administrar recursos y potencias. En todo caso, la burocracia le ha robado el concepto a la filosofía y no al revés. La grisura la pusieron las oficinas y los institutos, donde, como dice el ingenio popular, el que sabe, sabe y el que no es el jefe. Intente usted preguntarle a un jefe de oficina o a un director de instituto qué es lo que ordena cuando ordena algo, intente que le diga si ha pensado lo que hace, intente que se digne a preguntar –y preguntarse- acerca de lo que ignora. Ni se le ocurre. El jefe de oficina y el director de instituto –burócratas entre los burócratas- mandan, pero no gobiernan. Siempre hay alguien por encima de ellos que son los que piensan, negocian, seducen, persuaden, diseñan y gobiernan; y siempre hay alguien por debajo de ellos, debajo al menos según el escalafón, simples operarios que no forman parte de los que sólo obedecen y que les sacan las papas del fuego a los burócratas que mandan. Sintetizo este punto: las inteligencias de arriba y de abajo administran; las brutalidades burocráticas intermedias, al amparo de sus sellos que usan como látigos o ametralladoras, mandan, corren, se embisten y ordenan embestir, se serruchan el piso entre ellas, se recelan, se neutralizan, agotan y se agotan.
En segundo término, la real abstracción es la que sostiene con tozudez la inexistencia del hombre, como lo hacen la sociología y cierta antropología filosófica pseudoprogresista. No me extenderé en discutir teorías creacionistas o evolucionistas para concluir si la sociedad es la suma de los individuos organizados o si el individuo es la diferenciación identitaria de la cultura en la que se nace y a la que se pertenece de manera indisociable. Dejaré la discusión otra vez para los que pudieran interesarse. Yo afirmo la existencia del hombre –aun cuando me enrolo en las corrientes evolucionistas- porque entiendo que ese complejo físico, anímico y espiritual que lo distingue toma conciencia de sí mismo antes de tomar conciencia social (si no fuera así, no haría falta que se socialice) y porque un individuo humano puede desarraigarse de su cultura y de su entorno e insertarse en otro ámbito, sobrevivir y desarrollar, mientras que una sociedad sería inconcebible sin identidades individuales y afines que voluntariamente la compongan, la constituyan y la sostengan.
Y en primer término, la igualdad, acaso como efecto de las falacias apuntadas, se degradó hasta confundirse con la nivelación, que siempre se dirige en sentido descendiente. Es que, indisociable como decía de la libertad y de la fraternidad (dos conceptos molestos para jefes y directores que prefieren el orden paternalista), la igualdad que se impone uniforma y acaba discriminando, porque le quita a la persona sus huellas de identidad, sus aspiraciones, sus potencias, sus características, y la confunde en una masa amorfa –en un mazacote o en un rebaño- donde se anula el pensamiento y se queda a merced del despotismo que gobierna a través de sus directores y sus jefes. Ese es el modelo extendido de los populismos que se reproducen en el continente porque satisface dos expectativas contrarias, pero complementarias y funcionales entre sí: la de la utopía revolucionaria de los que se sienten heroicos e iluminados libertadores de la nación y la de los que dominan y totalizan azuzando fantasmas contra aquellos falsos héroes, pero oponiéndoles otros iguales de falsos, sostenidos por el misterio que pretenden sobrenatural o todopoderoso, misterio que exacerba los miedos y las culpas y que por supuesto debilita.
Pasaron más de doscientos años desde la Revolución Francesa y su exportación al mundo libre de la república y la democracia. Parecería que la modernidad que trajo languidece y se extingue. La modernidad, sin embargo, todavía no empezó: estamos viviendo los últimos coletazos de la oscuridad medieval, monárquica, teocrática y manipuladora.
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(Publicado en Facebook el 21 de abril de 2013)

En busca de la modernidad perdida

Yo puedo discrepar con las costumbres, las creencias, los comportamientos, las disposiciones y las relaciones de una casa, una familia, un grupo social determinado a los que ocasionalmente visite; lo que no puedo –ni debo- es interferir en la vida de mis anfitriones, cuestionar, oponerme, modificar sus hábitos. Quien hospeda merece del hospedado todo el respeto a su forma de organización, a sus derechos. Si no me gusta, si me molesta, si me siento agredido u ofendido, me voy, no vuelvo, resuelvo mi vida por canales diferentes.

Pasa lo mismo con los pueblos. Así como Occidente no tuvo ni tiene ningún derecho de imponer su dios improbable y su iglesia conquistadora y colonizadora a culturas de otra geografía, tampoco tiene el Islam –ni religión alguna- derecho de imponer su dios -tan improbable como el occidental- y sus métodos de sumisión, discriminación, machismo y violencia fuera de sus territorios.

Es necesario separar la cuestión religiosa y cultural de la política y económica que se confunden siempre y de la peor manera. Por supuesto que hay conexiones y los dueños del poder político y económico de un lado y del otro terminan retroalimentándose. Pero lo que debemos evitar los pueblos, con toda energía y con toda firmeza, es que esa puja de intereses se confunda con la cuestión religiosa y cultural; porque mientras los intereses se negocian por antonomasia; las creencias, no; el que cree es ciego, cree ver donde no hay nada y, antes de entender, llega a matar por esa ilusión a los que considera infieles o blasfemos. La matanza de humoristas franceses es apenas un botón de muestra. Imagine cualquiera de los culturizados por este gobierno proislámico que tenemos en la Argentina, qué hubiera sido de ellos mismos si en tiempos oscuros y duros como los que vivimos, donde la sociedad militar-religiosa trajo para esta sociedad el horror más grande y menos previsible, no hubieran existido revistas como Tía Vicenta, Humor, HiperHumor o Satiricón.  Cualquier persona más o menos informada y honesta en lo intelectual, sabrá que la historia de la humanidad está manchada de sangre, siglo tras siglo, región por región, por cuestiones religiosas, por creencias, por dioses imposible de demostrar que entretienen las masas para que alguien las domine. La religión no evita ni detiene las guerras, al contrario, las fomenta y se sirve de ellas; y no tenemos que ir demasiado lejos ni en el tiempo ni en el espacio para verificarlo.

Contra lo que se cree y se dice ligeramente, aun desde lugares presuntamente calificados como las universidades y las academias, la modernidad no fracasó: todavía no se ha consolidado, que es bien distinto, porque tampoco es tanto doscientos o doscientos cincuenta años en términos históricos. La trilogía Libertad-Igualdad-Fraternidad de la Revolución Francesa –última revolución política auténtica- está vigente, aunque aletargada. Y hay que despertarla y devolverle su vigor para que se consume. Hacia allí camina –y deberíamos acompañar-  el futuro de la humanidad; de lo contrario, el avance imparable de la ciencia y la tecnología derivará, a corto plazo, en una minoría de conocimiento que tomará las riendas y se impondrá como superhumanidad y una mayoría residual que se irá confundiendo con otras formas homínidas subalternas. Que un juzgado, en la Argentina, reconozca una orangutana como ‘sujeto no humano’ no es un adelanto, como quieren ver los animalistas, sino un retroceso en el camino hacia la modernidad. La ciudad es una construcción humana, para los humanos, y lo mejor que se puede hacer con los animales, si se los ama y se los respeta, es dejarlos en sus hábitats, con sus organizaciones sociales propias de cada especie; no traerlos a la ciudad para servirnos de ellos ni, mucho menos, encargar que los laboratorios nos los fabriquen a medida. Estas conductas también son de matriz religiosa y fetichista y atizadas por el interés económico y la ambición de poder. Así como se piensa un dios padre o un ángel tutor,  se piensa un perro, un gato, un caballo hijo, hermano, amante o lo que fuere y se lo mezcla y se lo hace convivir con el hijo humano, el hermano humano, el amante humano en idénticas condiciones, lo que configura una aberración. En Junín, mi ciudad, se está planificando un cementerio para animales cuando a los cementerios para gente ya no va casi nadie. ¿Tiene alguna explicación que no sea la del oportunismo político y económico que se sirve una vez más de la estupidez? Monoteísmo, panteísmo, fetichismo, zoofilia, superstición, paganismo multisacral elaboran el caldo donde la aberración se cocina.

Con oleadas y ciclos que mezclan modas ideológicas con intereses económicos y apetencias de poder, el mundo vive todavía en medio de la barbarie medieval. Y la gran tarea que debemos encarar los pueblos libres es la de defender y alimentar la modernidad: promover el pensamiento, facilitar la información, pluralizar las vías de conocimiento, consolidar los derechos humanos y acabar –progresivamente, con paciencia pero con firmeza, sin concesiones, con razones y fundamentos- con todas las formas de coacción que se inspiren en dioses, magos, iluminados, mesías o profetas. Ya está: eso es el pasado de una humanidad en formación. El hombre necesita recuperar al hombre y devolverle la confianza como gestor responsable de su destino.

 

(Publicado en Facebook el jueves 8 de enero de 2015, a la hora 19,10)

"Ellos" y "Nosotros"

Parto de que la lucha de clases es un delirio. No porque lo diga yo, que no soy marxista aunque a Marx lo he leído bastante y hasta simpatizo con alguna posición, sino porque de Gramsci para acá se demostró desde el propio marxismo que la vía es otra. Si la lucha de clases se mostrara como posible y eficaz, la batalla cultural que pretende superarla carecería de sentido.

Tampoco soy católico, sin embargo conozco el tenor de los evangelios, los hechos, las cartas, las resoluciones de los sucesivos concilios y las encíclicas papales. Por eso, porque conozco, no soy católico. Menos informado estoy sobre la Torá o el Corán, pero podría arriesgar conclusiones parecidas.

¿Cuál es el punto?

El punto es la libertad de pensamiento y la libertad de maniobra que en cualquier geografía y a lo largo de la historia resiste al dogmatismo.

Lo que sigue lo aprendí de un hijo mío. Por esas cosas de las etapas que todos atravesamos, lo bautizamos en su momento y le asignamos un padrino  de madera noble y de hondas convicciones cristianas que, mientras estuvo vivo, cumplió acabadamente con el rol que le fuera asignado. Quizá sea injusto con los demás, pero en el rol de padrino fue quien mejor desempeñó su función. Un día, sin embargo, mi hijo por entonces adolescente me presentó un problema: “Yo no puedo discutir con el padrino –me dijo-, porque cada vez que cuestiono algo me dice que hay que ver lo que quiere Dios; y yo no conozco a Dios, no sé lo que quiere; qué me voy a poner a discutirle.” Contundente y brutal definición. Qué nos vamos a poner a discutirle a un dios que no ha podido ni podrá demostrarse, pero sobre cuya presunta voluntad, sin embargo, se ha dispuesto y se ha ordenado el poder por milenios.

Marx, ateo, y los marxistas, consecuentes, embistieron contra estas creencias anacrónicas y oxigenaron de alguna manera la capacidad y el derecho humanos del libre pensar. Fue un soplo, una ilusión apenas. Reemplazaron un dios por otro al que llamaron Revolución. No vendría con sus ejércitos de soldados celestes, vendría con sus ejércitos de proletarios unidos. No combatiría al demonio de la rebeldía y la concupiscencia, combatiría al demonio del capital.

Absurdo. Ni la corriente deísta ni la corriente marxista comprenden al ser humano. Si no se podía discutirle a Dios, porque es una sobrenaturaleza indemostrable, ¿podría discutirse la Revolución, que es una proyección utópica de improbable materialización?

Para pocos –pienso en la definición de Galeano-, absurda y todo la utopía es combustible. Eso sÍ: sabiéndola utopía. Para las mayorías, en cambio, es la trampa de la que no pueden escapar.

En esta trampa bipolar y dialéctica se consumen los más nobles esfuerzos, las más lúcidas de las inteligencias y las voluntades más fuertes y más osadas. No sabría explicar por qué, pero en esta trampa caen –con llamativa recurrencia- los enemigos irreconciliables que los populismos de todo el orbe llaman “ellos” y “nosotros” y usan para sus intereses y sus fines, que son los mismos y que terminan pactando. Por derecha o por izquierda, qué más da, si son en un punto la misma cosa: Una minoría poderosa e inmoral, que se siente iluminada y superior y que goza del gran espectáculo de la humanidad destrozándose en su nombre. Y pagándole entrada para destrozarse; sea que combata al demonio, sea que combata al capital.

Queda, entre tanto escepticismo, una hendija para la esperanza que se llama ciencia y que se llama pluralidad republicana y democrática. Pero si las facciones no ceden en sus dominios y las masas no comprenden su realidad y su función –que están más allá de cualquier divinidad y de cualquier revolución anticapitalista- la discriminación de hecho que se produzca no habrá de tener retorno y en pocas generaciones más estarán disputándose territorios y bienes superhumanos adaptados y residuos de humanidad destinados a su cancelación.

 

(Publicado en la Página Facebook el jueves 26 de febrero de 2015, a la hora 02,35)

LA PASIÓN DE SER ARGENTINO

9 de agosto de 2014 a las 23:16

 Respeto a quienes piensen así, los admiro y hasta los envidio, pero para mí es falso el concepto que proclama que "no hay nada más lindo que ser argentino". Para mí ser argentino es una tragedia. Me explico. La Argentina es mi patria y es mi amante. Nací aquí y la elegí para convivir con ella. No me parece exagerar si digo que nos elegimos. Siento, por lo tanto, un doble amor: filial y conyugal. Y asumí las múltiples consecuencias de semejante situación. Estudié y trabajé aquí a lo largo de toda la vida. Aporté y tributé aquí. Formé familia y tuve hijos argentinos. Prácticamente no he salido de su territorio. Y aunque fantaseo con la posibilidad de conocer otros mundos, no aspiro a radicarme en Ginebra como Borges, ni en París como Cortázar o Atahualpa, ni en Southampton como Rosas, ni en Cuba como el Che, ni en Israel como Baremboin, ni en Canadá como Bunge, ni en Reno como Bonavena, ni en Madrid como los dos Martínez, ni en México como Lamarque, ni en Nueva York como la cúpula de Montoneros. Ni siquiera aspiro a la fantasía de viajar como turista si para ello debo comprar divisas en el mercado negro. Yo amo a la Argentina. La amo de veras, como amo a mis hijos , como amé a mis padres y como amo a las mujeres que amé. El amor no me enceguece ni me ahorra críticas. Ni para hacerlas ni para soportarlas. Y ser argentino, para mí, es una auténtica tragedia. Porque ni puedo ni quiero evitar ese amor, menos disimularlo o adormecerlo, pero tampoco puedo ni quiero desconocer que la Argentina es violenta y criminal, es pedante y taimada, es injusta y arrogante, delinque y miente, traiciona y jura que no, oprime mientras entona consignas libertarias. La Argentina es una farsante a la que mataría con gusto si no la amara como la amo. Si no fuera que no sé cómo se mata. Si no fuera que tampoco me interesa aprender. Y me arriesgo a entender que muchos compatriotas piensan y sienten igual, aunque nunca lo dirían y aunque traten, incluso, de convencerme de lo contrario apenas lean esta diatriba. No los atenderé porque forman parte del mismo paquete. La Argentina con todo lo que contiene -territorio, población, estado, historia, símbolos, próceres, cultura- debe saber que es tan seductora como dañina, tan amable como innoble, tan encantadora como rapaz, tan grandiosa como carroñera, tan insolvente como victimizadora, tan genial como miserable. La Argentina es mi patria. Yo soy en ella y me comprenden las generales de todo cuanto expongo. Esa es la tragedia. La que no puedo ni quiero callar.

El beso de Judas

Doctor René Favaloro

ACERCA DE SUICIDIOS Y LA BANALIZACIÓN DE LA MUERTE

Agosto de 2014 

Internet, y sobre todo las redes sociales que viralizan la información de alto impacto, potenció la presencia de la muerte. Es difícil así distinguir entre el dolor genuino, la tristeza eventual, el asombro, el oportunismo o la morbosidad. No hay día que no nos sorpenda con alguna muerte más o menos significativa frente a la que todos reaccionamos. Y el lugar común, sobre todo aquél al que por vocación pertenezco, habla de 'salir de gira', 'emprender otro viaje', 'acudir para abrazarse con los que ya partieron', 'reunirse con el Barba'  y eufemismos parecidos cuyo grado de sinceridad resulta imposible medir. ¿Es bueno? ¿es tan siquiera necesario? ¿o es una forma más de la banalización?

La muerte, ante todo, es un hecho natural. Somos mortales, lo sabemos desde que tenemos razón y ese carácter justifica cuanto podamos hacer durante la vida. Pensarlo al revés, aspirar a la inmortalidad, negarse a comprender es práctica de necios. Esto dicho con todo respeto por el dolor, propio y ajeno; por el derecho que tiene cada uno de procesarlo como mejor le convenga; y por la conmoción que provoca la muerte cuando llega inoportuna, a juicio humano, sea por la edad, sea por la condición, sea por el cariño o  la admiración que despertaba quien se muere. Desde siempre se sabe, además, que la muerte es la gran reguladora; sin ella la vida carecería de sentido.

Esto no significa que vivir o morir nos dé lo mismo. También es de necios si lo pensáramos de tal modo, por eso molestan a la razón y ofenden al buen gusto falacias y arrogancias tales como 'La vida por Fulano' o 'Tal Cosa o muerte' o 'Juremos con gloria morir'. Se puede aceptar -y a veces hasta es necesario- la muerte como destino inevitable; lo que no se puede es declamarla de manera gratuita,  o malintencionada en tanto manipule las conciencias a través de la propaganda. Nadie tiene apuro por morir aunque a veces se exageren los reclamos. Nadie, asimismo, debería banalizar la ocasión. Yo mismo, que abordo este tema a partir de ciertas muertes recientes y motivadoras, cierro mi 'Libreta de almacenero', publicado en 2000, con estos versos:

"La muerte ese trámite que cumplen / los que están apurados / me golpea la puerta // Lo terrible sería no morir"

Y el que pareció apurado esta semana y provocó un terremoto informativo y declamativo poco habitual fue el actor norteamericano Robin Williams, el mismo que devolvió a tres generaciones la grandiosidad del 'carpe diem' latino que tanto entusiasmó a los humanistas del Renacimiento después de un milenio de atrocidades católicas. Robin Williams, desde aquel profesor que encarnó en 'La sociedad de los poetas muertos', también nos entusiasmó a los que resultamos de dos siglos de atrocidades capitalistas. Gozar el momento fue la propuesta que quiso plasmar el ochentismo y que, como es evidente, fracasó. Y Robin Williams -un poco véctima de sí mismo, un mucho víctima del monstruo que se atrevió a provocar- terminó suicidándose; solo, con un cinto, después de fracasar con el primer intento de cortarse las venas, como una suerte de Silvio Astier, aquel personaje de Arlt en 'El juguete rabioso', que tropieza con la silla antes de salir de la suntuosa casa en la que acababa de consumar su última miseria. La diferencia de catadura es clara: Astier era un delincuente, Williams un actor exitoso y amado. El desenlace difiere también: Astier, que sepamos, no se suicidó; no lo relata la novela, al menos; no es difícil, con todo, imaginar que lo pudiera hacer. Cada uno, en la intimidad, se supo fracasado. Como se supo fracasado René Favaloro cuando se gatilló en el corazón. ¿De qué valen entonces las reacciones tardías  y las publicaciones mediáticas?

Williams, de familia adinerada pero vana, fue un actor que se inventó a sí mismo para combatir la soledad y el abandono que padeció desde chico, que dio alegría y amor a millones de personas a través de sus personajes entrañables y que no recibió, proporcionalmente, nada a cambio: murió por propia decisión, solo, triste, en su infiernito conocido de drogas y de alcohol.  Astier, ficticio, fue un genio incomprendido y ambicioso que la peleó de abajo, que encontró su camino en la delincuencia para tomarse venganza de tanta miserable humillación y que acabó derrotado por la misma miseria que lo humillara, en tanto el resentimiento le apagó su único bien que fue la inteligencia. Favaloro, típico resultado de la clase media baja argentina que cultivara el mito de "m'hijo el dotor", dedicó su vida a la ciencia, se llenó de gloria y de prestigio a sí mismo y llenó de gloria y de prestigio a su país, salvó vidas -las salva todavía porque quedaron sus obras-, pero no pudo salvarse del fracaso más íntimo y más radical de sentirse tan solo como Williams, tan incomprendido como Astier, tan abandonado a su propia suerte por una sociedad perversa y mentirosa que después se rasga las vestiduras, monta altares tan falsos como los sentimientos que los motivan, se arroga el derecho de cuestionar el suicidio y hasta se permite ufanarse de encontrarles destino en el cielo de los justos, en el cielo de los probos, en el cielo de los elegidos.

Esa sociedad no entendió nada. Está enferma. Por eso -y por ella- se matan los Williams y los Favalaro. Por eso delinquen los Astier. No para que se llene la Internet de altares virtuales y de lágrimas de cocodrilo. Si hasta el beso de Judas parece más honesto.

 

(Publicado en Facebook el miércoles 13 de agosto de 2014, a la hora 17,22)

Sobre el amor

Mordillo

Una vuelta de tuerca sobre el amor y la admiración

NO PUEDO AMAR LO QUE NO CONOZCO

 

 

Amo la vida, la naturaleza, la mecánica del universo que las contiene y las hace posibles. Me parecen perfectas.

Amo a mis hijos; admiro lo que dicen y lo que hacen, aun cuando me contradigan o me confronten.

Amo fehacientemente a cuatro mujeres.  Varias me deslumbraron sucesiva o simultáneamente; de varias, incluso, me enamoré. Pero en la continuidad de la vida, en la admiración profunda y el sentimiento profundo que aloja la conciencia, sé que al momento de escribir amo a cuatro. Cada una lo sabe. Si no amo, no malgasto el verbo; no lo uso. Y al margen de que sean o no sean perfectas –al amor se le escapa la objetividad y yo entiendo la perfección no como ideal, sino como complemento acabado de las expectativas del sujeto-, son admirables las cuatro. Por distintas razones, aunque con parecida intensidad y con parecido nivel de satisfacción a la complementariedad aludida.  Por eso pervive para con ellas lo que para con otras, no, independientemente de las circunstancias.

Amo el territorio de mi patria y amo su Constitución.

Amo a toda la gente que me hizo o me hace feliz, sean o no compatriotas o contemporáneos; la nómina es larga, por suerte, e imposible de nombrar sin omisiones. Sólo agrego que me hicieron o me hacen feliz aquéllos a los que admiro.

Amo la poesía, el conocimiento, la ciencia y el arte. Observo que no todo lo que se presenta como arte, como ciencia, como conocimiento o como poesía a mi criterio lo es. Y amo también descubrir las diferencias.

Amo el fútbol, me parece inabarcable; y amo a Boca, me parece inigualable.

Amo ser libre.

Amo la soledad. Y, vaya contradicción, amo la ciudad.

Amo lo bello, se materialice en lo que se materialice.

Amo la inteligencia humana.

Amo el coraje y amo la honestidad, patrimonio de pocos.

Amo Buenos Aires.

Amo los pájaros; no sé si como pájaros o como símbolos de libertad. Y entre los pájaros, el gorrión, la gaviota y la lechuza en ese orden.

Amo los árboles.

Amo la capacidad de amar de los que aman en serio; de los que no confunden amor con necesidad de compañía; tampoco con mandato, con compasión o sacrificio; de los que no lo confunden, sobre todo, con posesión, con sumisión, con obsecuencia, con deslumbramiento o calentura.

Amo mi lengua –más en su variante rioplatense-; amo las posibilidades que me da su sintaxis.

Y amo la historia; los hechos y los testimonios que resisten por sí la embestida de las épocas con sus mezquindades, sus intereses y sus distorsiones. No hay ser humano sin historia, no lo habrá. Y lo que viniere, lo desconozco.

 

(Publicado en Facebook el martes 6 de enero de 2015, a la hora 22,20; corregido el domingo 11 de enero y vuelto a subir a la hora 11,05 del lunes 12 en Página)