Un llamado a la memoria y al coraje cívico

A los argentinos nos esperan dos años duros y una ardua batalla institucional: la que debemos dar la mayoría de los ciudadanos para que el Gobierno no se debilite, complete su mandato y compita legítimamente en las presidenciales de 2019. Recién entonces la ciudadanía decidirá si le renueva la confianza por un período más -como permite la Constitución desde 1994- o busca nuevas y mejores alternativas. También podría ser que buscare viejas alternativas conocidas y fracasadas; es una opción que a nadie sorprendería. Pero eso se verá. Por ahora lo que preocupa es el presente y el futuro inmediato.

No es fácil rearmar, reordenar y reequipar una casa que fue saqueada e incendiada. Una nación, mucho menos. Y la paciencia y la contracción al trabajo no son virtudes que nos caractericen como argentinos. Queremos todo. Y lo queremos gratis y ya.

Con excepciones.

La paciencia y la tolerancia que no practicamos con otros signos partidarios parece que la exageráramos con el polifacético peronismo. Desde la recuperación democrática, en 1983, hubo dos golpes institucionales que quebraron la necesaria continuidad: el de 1989, que apuró la salida del presidente Alfonsín, y el de 2001 que terminó con el gobierno de de la Rúa. Los dos golpes cívico-sindical-paramilitares los dio el peronismo. Ubaldini fue la cara visible del primero, con la simpatía de Rico y de Seineldín, y Duhalde, la del segundo. Ambos fueron, a su vez, arrinconados y reducidos por enemigos internos y acotados en el ejercicio del poder que ostentaron una vez que prestaron el servicio. Así es el peronismo, hábil en cuestiones profilácticas.

Es cierto que tanto Alfonsín -por cortar demasiado ancho- como de la Rúa -por no cortar ni pinchar- dieron argumentos a los golpistas con sendas crisis económicas fenomenales. Pero no menos cierto es que ambas crisis, sobre todo la alfonsinista, fueron propiciadas desde el peronismo con toda la fuerza de sus aparatos de presión, incluida la Iglesia Católica. Y tampoco es menos cierto que la paciencia y la tolerancia que no se les tuvo a los presidentes radicales, abundó con Menem, cuya gestión fue jalonada por un primer y doloroso período de “cirugía mayor sin anestesia” y un final con “piloto automático”, cómodamente instalado en el relativo éxito de la convertibilidad. En suma, a Menem se le toleraron cinco años de desatinos de los diez que gobernó. Y otro tanto, aunque mucho más grave por las características delictivas de su gobierno, sucedió con Cristina Fernández. Una presidente que quedará en la historia y de eso no caben dudas. Pero quedará en la historia por haber encabezado la gestión más corrupta de la democracia, por haberse enriquecido groseramente desde la función pública y por haber liderado una asociación ilícita que usó y abusó del poder para perpetrar sus acciones criminales.

Con todo, me permito recordar que hacia 2011, después de los famosos “54%” y “¡Vamos por todo!”, muchas veces me crucé por este medio con gente de pensamiento afín al mío -algunos, amigos inclusive- porque pedían que “se fueran todos” -Cristina, la primera- ya que consideraban que cuatro años más de autoritarismo, latrocinio y prepotencia resultaban insoportables. Muchas veces sostuve, por entonces, que Cristina Fernández había sido elegida por el voto legítimamente y que debía terminar su mandato. Aun cuando doliera como dolió, aun cuando se robaran lo que se robaron y aun cuando a la entonces Presidente no se le cayera de la boca la palabra “destituyentes” para apostrofar a los que no la consentían y para victimizarse, como ya lo había hecho con su borrascosa viudez. Yo sostenía y sostengo que a Cristina Fernández había que sacarla con los votos y en el momento que correspondiera por ley, como ocurrió. Y ella misma, soberbia y amenazante, llegó a desafiar públicamente a sus opositores y cuestionadores diciendo que a quienes no les gustara su gobierno armaran un partido y ganaran las elecciones. Bien: las perdió dos veces.

En una república democrática jamás debería perderse de vista que sólo el voto de la ciudadanía legitima a sus representantes: ejecutivos y legislativos. Tampoco que es la Constitución Nacional -y no los movimientos de desestabilización callejeros- quien garantiza esa legitimidad. Y, mucho menos, que de la madurez institucional que alcancemos alguna bendita vez dependerán el desarrollo económico y el bienestar social. Es una fábula estúpida, pero que envenena muchas mentes, creer que a estas alturas hay gobiernos que “gobiernan para los ricos”. En todo caso, hay gobiernos que se fabrican ricos a sí mismos y, por necesidad, fabrican ricos en el entorno que los alimenta y los protege. Son, precisamente, los que ahora persigue la justicia.

Esto lo escribo hoy -20 de enero de 2018, cinco semanas después de que asumieran los nuevos legisladores votados en octubre, cuando el Gobierno nacional tuvo un contundente apoyo de la ciudadanía más allá de críticas y disconformidades- porque al margen de los nefastos petardistas de siempre -La Cámpora, Bonafini, D’Elía, Milagros Sala- se sumaron dos voces de peso que pretenden, cada una a su manera, abortar con otro golpe la gestión de Cambiemos: una de esas voces, colectiva, es la de la CGT, que busca meter presión como en los tiempos de Alfonsín y Ubaldini, en momentos cuando varios de sus caciques están presos y otros, muchos, verdaderamente complicados por las investigaciones judiciales. La otra voz, particular pero de predicamento, es la del desvergonzado Eugenio Raúl Zaffaroni, jurista y ex integrante de la Suprema Corte de Justicia de la Nación cámporo-cristinista que declaró, muy suelto de boca y sin la menor responsabilidad: “Yo quisiera que se fueran lo antes posible, para que hagan menos daño, pero eso es un deseo personal”. Dicho con todas las letras: Zaffaroni es un sinvergüenza y no solamente por lo que declara.

Más allá del repudio contundente, que debiera incluir el de los mismos peronistas de bien -que los hay y muchos- me parece que llegó el momento de que los cómodos y los timoratos se expresen en defensa propia. No puede ser que una mayoría silenciosa y pacífica -que “no habla de política para no meterse en problemas”- sea atropellada una vez más por la patota que carece de escrúpulos y carece de virtud.

Violencia

En las casas, en las calles, en las canchas, en las escuelas, en los recitales, en las empresas, en los sindicatos, en las redes sociales tenemos que desactivar la violencia antes de que sea demasiado tarde.
Es falso que "a la violencia se la combate con más violencia" y es ilegítimo proclamar que "la violencia de arriba genera la violencia de abajo".
La violencia es una enfermedad terminal, provenga de donde proviniere. Y la única manera de desactivarla es quitándole combustible; sobre todo, combustible verbal.

La fuerzay la violencia

La fuerza es disuasoria, la violencia es execrable. Define el diccionario:
Fuerza: 1. Capacidad física para realizar un trabajo o un movimiento; 2. Aplicación de esta capacidad física sobre algo.
Violencia: Uso de la fuerza para conseguir un fin, especialmente para dominar a alguien o imponer algo.
Como se advertirá, entre uno y otro concepto median la intención y la voluntad humanas. Todo agente físico es portador de una fuerza, aun los más elementales y débiles; sólo el ser humano es generador de violencia.
Sin fuerza no habría movimiento ni vida, el mundo sin fuerza resulta inconcebible.
Con violencia no habría articulación. En tal caso resultaría inconcebible un mundo dominado por la violencia.
En términos puramente sociales y estratégicos, decía que la fuerza es disuasoria porque evita los atropellos: que un sujeto malintencionado o un conjunto de sujetos malintencionados sepan que su potencial víctima es fuerte les hará pensar más de una vez la conveniencia de atacarla; si la saben débil o vulnerable, en cambio, la reducirán y la pondrán al servicio de sus intereses. Si ocurriera, el uso de la fuerza que empleara la víctima sería un acto de defensa. Si esa misma víctima revirtiera el proceso y buscara venganza, perdería legitimidad y se convertiría en violenta también ella; podría encontrar razón, pero no justificación.
Nada de lo que digo se desconoce. En cualquier grupo humano, de cualquier cultura, se tiene en claro las diferencias que expongo. Sólo que a veces -y a partir de una forma muy elaborada de la violencia como es la propaganda- se confunden los términos y el tejido social entra en riesgo de desarticulación; de disolución inclusive.
La república representativa y federal -que es el sistema en el que los argentinos decidimos vivir desde nuestra fundación constitucional y que ratificamos con el voto cada vez que elegimos- declara con toda precisión que le corresponde al Estado el monopolio de la fuerza (arts. 5, 6, 7, 9, 13, 14 bis, 16, 17, 18, 21, 22 (sobre todo, 22), 23, 26, 28, 36 (sobre todo 36, que proviene de la reforma de 1994), 41 y 43 de la Constitución Nacional). Nadie que no sea el Estado podrá argumentar a su favor el uso de la fuerza contra alguien o contra algo sin caer en delito; alguno grave, como el delito de sedición (art. 22). Y el uso de la fuerza por parte del Estado está perfectamente reglamentado por las leyes que elabora el Poder Legislativo, que promulga el Ejecutivo y que las hace cumplir, y que controla y juzga el Judicial sancionando los excesos de cualquier naturaleza; todo esto al amparo de las garantías constitucionales citadas ut supra.
Son, insisto, conceptos elementales. Cada tanto pareciera, sin embargo, que se los debiera redescubrir.

"Yabrán no se mató"

Yabrán fotografiado por José Luis Cabezas

¿Discutir o no discutir? “That’s the question”.
Tuve y tengo por bueno el ejercicio de discutir y así lo expuse, como docente y como padre, por más de treinta y cinco años. Antes, además, lo había puesto en práctica como dependiente en el mundo de las empresas que también frecuenté. Pero cualquier discusión significa diálogo. Y para dialogar se necesita que las partes se escuchen, se atiendan, evalúen, argumenten, concedan y concluyan dentro de parámetros de relativa razonabilidad. Con el desaforado cualquier diálogo será inútil y la discusión, en tales casos, se parecerá a la guerra.
Un desaforado es quien se salió de sus fueros. Es decir, quien no consigue equilibrar con la razón los impulsos que provienen del instinto.
Y el caldo de cultivo para cualquier desaforado es la pura creencia religiosa. Se dé en el ámbito de una religión sagrada (Si “lo dice Dios” ¿quién ubicaría a Dios para poder cuestionarle sus errores de cálculo?) o se dé en el ámbito de una religión pagana (Si “lo dice el conductor -el comandante, el führer, el duce, el cacique, el brujo” ¿quién iría a cuestionarle algo a quien lo ha hipnotizado con el poder de su magia?)
Hoy, un muchacho populista que había decidido alejarse de mi nefasta influencia volvió con un apreciado pedido de disculpas. Paralelamente, otros desaforados ametrallan cuanta opinión uno pudiera verter, aun las más moderadas y respetuosas, si esas opiniones son contrarias a la religión que practican. Y un agregado: no soy de los que celebran la caída de aquéllos que delinquieron desde el poder que detentaron: con que paguen lo que la Justicia dictamine que paguen, suficiente.
Pero lo que verdaderamente me trajo a escribir estas líneas es una curiosa manera de “entender más allá de la letra o de la evidencia” que tienen aquellas personas que se juzgan “esclarecidas” a sí mismas. Si siguiéramos una línea de tiempo más o menos comprensible para todas ellas resultaría que “los esclarecidos” razonan así:
- Gardel no pudo morir en un accidente de aviación en el que hubo sobrevivientes; pero, como quedó desfigurado, decidió en adelante vivir oculto.
- Hitler no se suicidó cuando se vio cercado. Consiguió escapar, se operó la cara y vive de incógnito -longevo como usted se imagina- vendiendo chocolates en las sierras cordobesas.
- El hombre nunca llegó a la Luna. Todos los alunizajes que se sucedieron a partir de la Apolo XI fueron escenas montadas en simuladores de la NASA, con el silencio cómplice de las demás potencias, incluida hasta su disolución la archi enemiga Unión Soviética.
- Yabrán no se pegó un escopetazo en la boca cuando perdió el anonimato -su bien más preciado- y la tranquilidad holgada en la que vivía tras el crimen de Cabezas, cuya autoría intelectual le fuera adjudicada después de que el reportero gráfico lo fotografiara por primera vez. En realidad, Yabrán huyó del país y anda por el mundo, también de incógnito como Hitler, disfrutando de sus millones.
- Y, por lógica elemental, Santiago Maldonado no pudo ahogarse en un río traicionero y helado como el Chubut. Necesariamente debió ser víctima de una “desaparición forzada de persona” porque, si no hay por lo menos un desaparecido como le gusta a Verbitsky, ¿con qué argumentos se sostendría el pegadizo estribillo de combate “Macri, basura, / vos sos la dictadura”?
Someramente enumerado el problema, los desaforados pondrán el grito en el cielo -y tal vez alguna palabreja altisonante por aquí- y uno tratará de seguir apostándole al diálogo y a la discusión, únicos instrumentos válidos si se quiere vivir de veras en democracia y libertad.

Los hechos y los símbolos

Santiago Maldonado

Discutir posiciones que se ubican a un lado y otro de la grieta es un ejercicio que, además de cansador, se ha revelado inútil. Ni los unos ni los otros están dispuestos a aceptar razones o evidencias y la discusión se torna equivalente a la de discutir a Dios: se cree en él o no se cree. Su existencia no es demostrable; pero su inexistencia, tampoco.
Yo, que no creo en divinidades celestes, por supuesto que no creo en divinidades terrenas.
Es más: si las celestes me son indiferentes, a las divinidades terrenas las detesto. Y las detesto porque, al no creerles nada, les desconfío todo.
Digo esto para sentar una posición desde la cual pueda, después, formular una duda.
Santiago Maldonado debe aparecer.
El nombre de Santiago Maldonado se ha convertido en útil de combate.
Como útil de combate, se lo construyó en símbolo de lucha.
Como símbolo de lucha, yo entiendo que los menos interesados en que Santiago Maldonado aparezca -y, sobre todo, en que aparezca vivo- son, paradójicamente, quienes reclaman por su aparición con vida con mayor vehemencia.
Los que así se comportan asumen, según mi opinión, una conducta miserable.
Esta conducta miserable tuvo ayer su dramatización sobreactuada en escuelas y jardines de infantes de todo el país.
Esa dramatización sobreactuada merece, para mí, la calificación de canallesca.
Pero los que pueblan el otro lado de la grieta piensan lo contrario: piensan que el canalla soy yo y me identifican con otros presuntos canallas que comparten mi razonamiento, pero con los que no tengo ni afinidad ideológica ni siquiera empatía.
La simplificación y la banalización que se hace de un problema grave y complejo convirtió la desaparición de Santiago Maldonado en un gran menjunje nacional e internacional que nos envuelve a todos.
La duda que anuncié es la siguiente:
¿Es viable en adelante la Nación Argentina tal como fuera fundada por nuestros próceres y como la ordena la Constitución Nacional? ¿o empezó de manera irreparable un proceso de balcanización; es decir, de odios irreconciliables que nos conduzcan a la desintegración y la guerra?

Enemigos, saboteadores, disfrazados y bosta de paloma

¿Con Perón o con el Che?

En el Tomo 1 de su libro "Perón", "Formación, ascenso y caída. 1893-1955", cita textualmente al líder Norberto Galasso:
"...hay tres clases de adversarios: 1) Los enemigos políticos que emplean métodos leales y desleales. Estamos dispuestos a permitir la actividad política de cualquier ideología (...), pero no hemos de permitir a aquellos que con el pretexto político hacen sabotaje (...) Dentro del orden, todo, en el desorden, nada (...) 2) Los comunistas (...) quienes actúan con métodos hipócritas y disimulatorios, no presentan una lucha de frente sino que siempre están disfrazados de algo (...) 3) Los enemigos emboscados. Estos se pueden clasificar en dos categorías: los que se llaman 'apolíticos', que son algo así como la bosta de paloma, no tienen ni buen ni mal olor. Sin embargo los vemos actuar a través de un mimetismo hipócrita, que los presenta como a los peores enemigos de la comunidad. Los otros, emboscados, son los enemigos disfrazados de peronistas. A estos los vamos conociendo poco a poco y eliminando de toda posibilidad." (Cap. XXXVIII: Antecedente del conflicto con la Iglesia Católica; p. 666)
Como yo me sitúo cómodamente entre los "enemigos políticos que emplean métodos leales"; y como, aun combatiendo su doctrina con toda la fuerza y con toda la lucidez que mi persona me permiten, creo que Perón fue uno de los grandes genios políticos que dio el mundo en el siglo veinte, me permito recordar estos conceptos, en una semana electoral, con tanto confundido, con tanto 'disfrazado' y con tanto 'inocente apolítico' dando vueltas, porque "los peores enemigos de la comunidad" son, precisamente, quienes quieren "mimetizarse" como peronistas y quienes, después de que los fueran "conociendo poco a poco y eliminando de toda posibilidad", el mismo Perón echó de la Plaza de Mayo en 1974. Son los que, recientemente, gobernaron doce años en su nombre y los que, "disfrazados de peronistas" sabotean e intentan volver después de haber vaciado el país, destruido sus instituciones y montado el aparato de corrupción más grande que conoce la democracia argentina.

La historia y la apropiación del mito

Francisco y Fidel

Cuando la historia asocia lo que ha sido incompatible, confunde, acaba su función como ciencia y da nacimiento al mito. Lo científico se vuelve literario. Y ya no interesa cómo fueron los hechos, sino cómo los receptores los quieren creer. Así, por ejemplo, un hombre puede resucitar y ascender a los cielos y no habrá razonamiento ni prueba ni evidencia que convenza de lo contrario.
De la misma manera, cuando se trata de llevar a los cielos a un personaje histórico, importa poco la voluntad del llevado. Tras la muerte se decide por él. El vulgar se apropia del mito y materializa de alguna manera su propio endiosamiento.

Complementarios


Cuando apareció Messi yo tenía los ojos llenos de Riquelme. Y no lo vi. O lo vi como una versión aggiornada de Housseman; que era decir mucho, pero no lo suficiente.
Fue un alumno, Andrés Pérez, el que insistió para que lo siguiera: Messi, me decía con infinita paciencia, es distinto. Confiaba en el criterio de Andrés, porque siempre supo de qué hablaba, y empecé por hacerle caso. Seguí al Barcelona, lo seguí a Messi. También seguí con desilusión las selecciones de Maradona y de Sabella; y con bronca contenida, las injustas acusaciones que debió soportar el jugador.
Andrés Pérez se convirtió en un referente para mí y por él viví ocho años de fútbol continuado como nunca antes me había sucedido. Me hice tan hincha del Barcelona como lo soy de Boca desde niño. Y disfruté de Iniesta y disfruté de Xavi y disfruté de Sergio o de Piqué como si fueran integrantes de mi propio equipo, de mi propia selección. Por Messi y por Andrés Pérez.
Yo no sé si Messi es el mejor jugador de la historia. Tampoco me interesan demasiado las evaluaciones en diacronía. Pelé, de quien tengo menos registro por una cuestión de edad, Cryuff, Maradona, Zico, Romario, Ronaldo, Zidane, Riquelme, Ronaldinho, Iniesta, Cristiano Ronaldo han sido y son fenómenos inconmensurables. Maradona y Zidane quizá sobresalgan como los héroes épicos; Cryuff fue la virtud; Ronaldinho, la alegría. Cristiano Ronaldo es el atleta. Riquelme, el mejor lector y el mejor ejecutor; por eso mis ojos se habían detenido. Pero Messi se le parece tanto, aun siendo su opuesto, que no puedo entenderlos sino como complementarios.
Borges, a quien tanto admiro, no comprendía el fútbol. El fútbol, por lo general, no lo comprende a Borges. Para mí también son complementarios. Como Riquelme y Messi. Como la poesía y el amor. Como ella, la que amo, y mi destino. Me hicieron y me hacen feliz: qué podría más que estarles agradecido; que vivir para escribirles, para dejar mi testimonio.

La trama argentina

Quino

Toda historia tiene una trama; toda trama, un argumento; todo argumento, un tema y todo tema, una idea que lo sostiene, un mensaje a descubrir.
Esto aprendí y esto enseñé durante treinta y pico de años, además de otras cositas. Diríamos, en todo caso, que es la base de la comprensión lectora. Y diríamos, como complemento, que leer es comprender. Todo, no solamente la escritura: leer es comprender lo que se ve, lo que se oye, lo que se palpa, lo que se huele, lo que se gusta. También lo que se intuye, lo que se percibe, lo que se imagina, lo que se proyecta, lo que se experimenta. Lo que se piensa y lo que se obliga a pensar. Lo que se cree y no conviene que se obligue a creer. Leer es comprender qué somos y qué hacemos en el tiempo y en el espacio que nos toca.
Hace poco conversaba con una tía -una de las pocas sobrevivientes de mi rama materna- y me fue imposible no concluir lo que finalmente concluí: yo, mis primos, nuestra generación fuimos educados para una realidad y un país que no existen. Nada de lo que aprendimos redunda en el menor beneficio. Y no sería, siquiera, lo más grave. Lo más grave es que los réprobos se nos ríen en la cara después de disfrutar y de ostentar lo que disfrutan. Y la historia, repetida, podría resumirse así:
Había un país que se pensó glorioso y un pueblo que se creyó autosuficiente. “Se levanta a la faz de la tierra / una nueva y gloriosa nación”, se cantó con no poca tilinguería. Y allá fueron, continente y contenido, a dejarse estar hasta que los salvara la próxima cosecha o, en su defecto, el próximo líder, el siguiente patrón. Mientras tanto se educaba en los valores que a nadie interesaban.
Al argumento expuesto le corresponde un tema: En un territorio generoso creció un pueblo cómodo y demasiado distraído.
Y al tema lo sostiene una idea central: Viva bien, corrómpase y delinca; ya vendrán la cosecha salvadora, el patrón providente, la ley del arrepentido o el blanqueo de capitales.

Paz e identidad

Ojo que la paz no es como la muestran los dibujitos bienintencionados de la red o las revistas escolares, eh; la paz no es un nenito blanco abrazado con otro nenito negro, con otro musulmán, con otro chino, con otro judío, con otro aborigen... La paz es gritarse las diferencias, putearse, odiarse incluso, pero permitir que el otro sea, que el otro exista, que el otro se manifieste aunque nunca, nunca, coincidamos en nada.

Blablablablablá blá blá

Habría que moderar la palabra.

Decirle demasiadas cosas a quien está sufriendo de veras, lejos de calmarlo le aumenta el dolor y lo fastidia.

Decirle demasiadas cosas a quien se ama de veras o a quien se ve feliz, lejos de halagarlo lo ahoga, le quita centralidad, los desplaza.

La palabra –por rico que sea su contenido y por bienintencionada que sea su dirección- es sonido; también cuando se la lee. La falta total de palabras, desconsuela; pero el exceso de palabras, aturde.

C'est la vie

Jorge Luis Borges

Borges decía que todo escritor tiene derecho a ser juzgado por sus mejores páginas. Los que no alcanzamos a blasonar una página, exigimos que se nos juzgue por nuestros mejores renglones.