Lula y después

En Brasil lo condenaron a Lula.
En la Argentina deberían condenarla a Cristina.
En Venezuela, más temprano que tarde, acabarán condenándolo a Maduro.
Describo una situación y exploro un par de probabilidades. Pero, además, expreso un deseo.
¿Es una concesión a la derecha, la mía; una claudicación o una renuncia a la conciencia de clase en favor de los oligarcas y de los abusos del capitalismo? No, no lo es, acepten o no acepten mis argumentos.
Se extendió demasiado, entre los componentes de una masa acrítica, la idea de que gestiones como las del presidente Macri “gobiernan para los ricos” y que, por lo tanto, cualquier exceso que cometieran gestiones como la cámporo-cristinista -que hipotéticamente “gobiernan para los pobres”- está justificado por el fin. Maquiavelismo elemental y pésimamente comprendido.
Si Macri gobierna para los ricos -si Macri roba, incluso- nadie en el pueblo resultaría sorprendido, porque nadie lo votó pensando en sus virtudes morales ni éticas, sino que lo votó para salir de un sistema asfixiante, que atentó contra las libertades individuales, impuso el matonismo y se llevó por delante todas las instituciones de la república. En todo caso, sí sería una sorpresa -una agradable sorpresa- que Macri decidiera gobernar para la Historia y cumpliera, para ello, una gestión decorosa y positiva en términos generales.
Si, por lo contrario, se corrompen y roban los “populares” con el argumento de que “para hacer política se necesita construir poder y para construir poder se necesita recaudar”, a la corrupción y al robo -males en sí mismos- se les añade la traición y el engaño a ese pueblo que dicen defender y representar y al que le exigieron su confianza. A la ignominia de la explotación se le suma, de tal modo, la humillación del desengaño. Entre estos falsos líderes políticos y el lumpemproletariado acerca del que previniera Marx se teje una red de complicidades que vuelve a los comitentes doblemente culpables.
Eso pensaba mientras recibía información sobre el presente y el futuro de Lula. Y eso pienso cada vez que me enfrento con la ceguera ideológica -no quiero pensar que también con la mala fe- de aquéllos que en teoría se contarían entre los míos.

Caudal

Río Salado visto desde el Parque Borchex, en Junín, Buenos Aires

El Salado corre terco, incesante. Su andar monótono poco diría a quienes crecieron próximos a esos grandes ríos que estudiamos en la escuela. Pero para los que estamos acostumbrados a este río de entrecasa, sorprende su caudal y la velocidad de la corriente.
Caudal y velocidad que sólo advertimos de inundación en inundación.
Hay máquinas y hay obreros trabajando en las defensas. Hay una fiesta de garzas y de gaviotas, de patos y de biguás. Hay pescadores que se aprovisionan de pejerreyes desde la orilla con los siempre bienvenidos punteritos. Hay mosquitos y barigüíes al por mayor que torturan a los paseantes y a los deportistas. Hay calles anegadas y saltos de emergencia.
Leí que viene más agua y que son muchas las ciudades y las localidades con justificada preocupación.
Hace bastante que no transito las rutas, pero puedo imaginarlas.
Yo, que vi flotar los ataúdes por los campos de Epecuén y que me alojé en un hotel Savoy con el agua que cubría la planta baja en la ciudad de Olavarría, conozco los temores que provoca el agua.
En eso pienso mientras camino. Al río no parece importarle. Tampoco a los benteveos, los cuervos y los caranchos.

Consecuencias

Maduro y el pajarito que lo comunica con Chávez

Lenin, como Perón, fue un tipo extremadamente inteligente y dejó con su muerte, también como Perón, un hueco enorme, que no llenaron los probos preocupados por la liberación, el desarrollo y el bienestar de sus pueblos, sino los mezquinos apropiadores de ideas que trabajaron y trabajan para su propio provecho, se llamara stalinismo, se llamara chavismo, se llamara cámporo-cristinismo.

Lenin, como Perón -vale aclararlo-, fue un pragmático inclinado a la perversión. Y las esquirlas de las bombas que detonaron uno y otro para materializarla dañan todavía, cien y setenta años después de sus aventuras revolucionarias.

Las dos revoluciones “de arriba” no podían sino fracasar y arrastrar en su fracaso a millones de incautos. Pero antes se impusieron por la fuerza a través de impiadosas dictaduras: si la primera incomparablemente más cruel fue porque dio con un pueblo menos culto, aunque más resistente. Ni la una ni la otra satisficieron a sus pueblos, pero ambas los usaron para legitimarse, siguiendo la metodología terrorista de las más primitivas y vulgares de las religiones.

Eric Hobsbawm -un marxista tan inteligente como Lenin o Perón y acaso el mayor historiador del siglo pasado- dice en un pasaje de su capítulo dedicado a “El socialismo real” (Historia del Siglo XX, Segunda parte, 13, I):

“Podía decirse, a lo sumo, que el socialismo marxista era para sus adherentes un compromiso personal apasionado, un sistema de fe y de esperanza que poseía algunos de los rasgos de una religión secular (aunque no más que la de otros colectivos de activistas no socialistas), y que las sutilezas teóricas acabaron siendo, al convertirse en un movimiento de masas, un catecismo, en el mejor de los casos, y, en el peor, un símbolo de identidad y lealtad, como una bandera que había que saludar. Estos movimientos de masas, como hacía mucho que habían observado algunos socialistas centroeuropeos inteligentes, tenían una tendencia a admirar, e incluso a adorar, a sus dirigentes, si bien la conocida tendencia a la polémica y a la rivalidad en el seno de los partidos de izquierda acostumbraba a tener controlada esta tendencia. La construcción del mausoleo de Lenin en la Plaza Roja, donde el cuerpo embalsamado del gran líder estaría permanentemente expuesto ante los fieles, no derivaba siquiera de la tradición revolucionaria rusa, sino que era una tentativa de utilizar la atracción que ejercían los santos cristianos y sus reliquias sobre un campesinado primitivo en provecho del régimen soviético. También podría decirse que, en el Partido Bolchevique tal como fue concebido por Lenin, la ortodoxia y la intolerancia habían sido implantadas, no como valores en sí mismas, sino por razones prácticas. Como un buen general -y Lenin fue ante todo un estratega- no quería discusiones en las filas que pudiesen entorpecer su eficacia práctica. Además, al igual que otros genios pragmáticos, Lenin estaba convencido de estar en posesión de la verdad, y tenía poco tiempo para ocuparse de las opiniones ajenas. En teoría era un marxista ortodoxo, casi fundamentalista, porque tenía claro que jugar con el texto de una teoría cuya esencia era la revolución podía dar ánimos a pactistas y reformistas. En la práctica, no dudó en modificar las opiniones de Marx y en agregarles generosos añadidos de cosecha propia, proclamando siempre su lealtad literal al maestro.”

No será casual cualquier relación que pudiere establecerse entre las liturgias leninista y peronista por un lado y chavista y cámporo-cristinista por el otro; ambas, éstas, fuertemente influidas por el enanismo stalinista. Las desgracias que hoy padece el pueblo venezolano -desgracias de las que el pueblo argentino está tratando de salir, no sin drama por cierto- son el resultado de la acción implacable de estas religiones seculares que trabajan sobre las mayores debilidades de los seres humanos: el miedo, la creencia en algo que estuviera más allá de su comprensión, la ignorancia y el morbo; ese mismo morbo que potencia la ignorancia cuando un pobre infeliz de la masa se siente con un poco de poder que lo encumbra por encima de los demás infelices.

Preguntas y respuestas

Algo que me alienta en este tiempo de esperanza débil es la recuperación de la pregunta como valor.
Ya vivimos demasiados años de respuesta fácil y mecanizada que proviene de los manuales de instrucción. Y la respuesta fácil y mecanizada suele proceder de la mala fe y tener como destinatario a la ignorancia. El resultado será siempre paralizador. Y de la parálisis sacan ventaja, precisamente, los ventajeros.
Durante mis treinta y pico años de docente solía decirle a mis alumnos que cuando debieran elegir entre una buena pregunta y una buena respuesta, se decidieran siempre por la buena pregunta.
La buena pregunta ya contiene bastante información (de lo contrario no podría formularse) y abre la conciencia a nuevos conocimientos. La buena respuesta, en cambio -y por buena que fuera ciertamente-, satisface y cierra. Conforma; y nada más. Pero toda satisfacción es provisoria porque depende de las circunstancias. Y las circunstancias cambian, lo sabemos, cada vez a mayor velocidad. Lo que ayer satisfacía, hoy no satisface más; y lo que satisface hoy, difícilmente satisfaga mañana. Es impensable una sabiduría no sólo permanente, sino siquiera duradera.
¿Y entonces?
Y entonces la pregunta. Porción de conocimiento transitoria y abierta a su constante enriquecimiento.
¿Qué que no fuera esto nos señalan un mundo y una sociedad en constante transformación? ¿En constante superación, también? ¿En constante evolución? ¿Cuál es nuestro proyecto como nación y como ciudadanos, autónomos y libres, en medio de las constantes transformaciones? ¿Cuál nuestra idea de justicia social: la sincrónica o la diacrónica? ¿Cuál la industria, cuáles las artes, cuáles las leyes, cuál la conciencia, cuáles los principios, cuál la responsabilidad? ¿Modelo o rumbo? ¿Tenemos idea, cuanto más no fuere aproximada, de qué recursos contamos para saber con pretensiones fundadas hacia dónde queremos ir?

Los que juegan con fuego

8 de marzo de 2017, en la Catedral de Buenos Aires

Paula Guitelman, una autora y docente de la UBA que -imagino- goza de crédito y de simpatías heterogéneas, se ocupó de las circunstancias del lenguaje puesto al servicio de un plan siniestro. Investigó, compuso y luego publicó su tesis doctoral que se titula "La Infancia en dictadura. Modernidad y conservadurismo en el mundo de Billiken". Allí expone, con información y argumentos convincentes, de qué manera la editorial Atlántida y, en especial, la revista escolar Billiken sirvieron a los fines de la dictadura del Proceso, cuya columna intelectual no fue el proyecto político sostenido por Videla, sino el sostenido por su Ministro de Planeamiento, Genaro Díaz Bessone.
Básicamente la tesis de Guitelman es la siguiente: “Billiken reproducía muy bien las marcas de una época y era funcional, cómplice y complementaria al proyecto de la dictadura” (…) “En un número de marzo de 1977 describen ‘Las cosas importantes que pasaron en marzo de otros años’ y nada dicen del 24 de marzo de 1976”. “Omisiones como éstas hay muchas” (…) Se usaban, además, “muchas metáforas bélicas, como ‘Guerra a las caries’” (…) Se insistía con “ciertos valores como el orden, la obediencia, el lenguaje belicista, el armado de una familia tipo, la identificación de quién es tu vecino en un período donde la obsesión por identificar a las personas derivaba en el armado de las listas negras” (…) “Lo cultural o lo educativo para nada fueron elementos a descartar. El control de la literatura infantil importaba muchísimo. Basta con ver los libros que se han prohibido” (...) “La síntesis es Dios, Patria y Hogar. Había un interés manifiesto en que los niños no se alejaran de este horizonte de sentido y no tuvieran un pensamiento propio, autónomo y crítico”.
Yo coincido -lo he vivido, además- con la tesis de Guitelman. Es por eso que me apoyo en ella para observar, primero, que parecida manipulación del lenguaje y de los medios intentó, mientras fue gobierno, el cámporo-cristinismo. Baste recordar el adoctrinamiento insistente e incisivo que se llevó adelante con ‘Paka-Paka’, con el “Fútbol para todos” y con la saga, pretendidamente histórica, que condujeron Felipe Pigna y Pacho 0’Donell. Y, segundo, que ahora -tras haber perdido las elecciones en 2015, sin practicar la menor autocrítica y sin responder ante la justicia por la catarata de imputaciones sobre delitos múltiples y graves por todos conocidos- agitan, a través de sus militantes y de los medios afines, con un lenguaje equivalente al que Guitelman adjudica a Billiken y a la dictadura. Desde el grito de guerra “Macri, basura, vos sos la dictadura” (curiosa dictadura, ésta, donde se puede gritar y decir lo que se le antoja a cada uno y donde el ejecutivo carece de mayorías en ambas cámaras), hasta asociaciones villeras (“Macri gato”) o exageraciones retóricas que prenden en mucha gente aunque nada tengan que ver con la verdad. Hoy, por ejemplo, después de la canallada que sucedió a la marcha legítima de ayer por el Día de la Mujer, leí -¡y en el muro de varios artistas, poetas e intelectuales!- que hubo “violenta represión de los manifestantes”, “apremios ilegales” y “torturas”.
A la pucha, muchachas y muchachos: ¿no les parece que se les va la mano? ¿no hubiera hablado de “acción destituyente”, la presidente Fernández, por expresiones menos osadas? ¿no creen que agitar el fantasma del helicóptero es promover una nueva tragedia para el país con consecuencias imprevisibles?
Ya nos sucedió en los ’70, con saldo conocido y luctuoso, cuando la derecha y la izquierda comenzaron a confundirse. Qué no nos pase otra vez. No hay ninguna revolución para hacer en democracia y con las instituciones funcionando. Hay, por lo contrario, un presente para mejorar y un futuro para construir. Con éste o con el gobierno que lo suceda cuando el calendario electoral lo permita. Pero en el marco de la república democrática -y de sus instituciones- que tanto costó recuperar. Guitelman lo sabe. Los que juegan con fuego, también.

Diez propuestas para discutir el problema docente

Roberto Baradel: un símbolo del fracaso

1. Los docentes de la provincia de Buenos Aires tienen que romper la trampa que les tendieron -o en la que se han metido- de operar como "salarios testigos" para los demás trabajadores y tienen que buscar su propia identidad y su propia recategorización; como lo han hecho, por ejemplo, choferes y bancarios.
2. La discusión salarial no se limitará, por lo tanto, a "no perder más respecto de la inflación", sino que tenderá a recuperar progresivamente el nivel salarial perdido en los últimos años; incluidos el primer año de Cambiemos y los últimos con Indec dibujado del régimen cámporo-cristinista.
3. Para que la discusión sea válida se necesita una depuración de dirigentes -los que hay no son creíbles- y un sinceramiento respecto de los servicios políticos prestados al régimen que antecedió al actual Gobierno.
4. La "cláusula gatillo" ofrecida por el gobierno de María Eugenia Vidal es válida, pero no suficiente. Se debe exigir un plan de recomposición salarial a tres años (hasta el final del mandato de la actual gestión) y de implementación inmediata que ajuste, automática y gradualmente, el nivel de salario perdido, independientemente de los pronósticos inflacionarios.
5. Una posibilidad -que no excluye mejores opciones- es negociar el ofrecimiento de la Provincia, incluida la "cláusula gatillo", con más una alícuota del dos por ciento trimestral, sea cual fuere la progresión inflacionaria. En tres años (doce trimestres) la recomposición salarial real sería del 24%, lo que compensaría, aproximadamente, el poder adquisitivo perdido.
6. Como contrapartida, los gremios renunciarían a las medidas de fuerza y comprometerían una labor fehaciente que corrija los abusos -que constan- de carpetas médicas y de vacaciones extraordinarias.
7. El acuerdo se extendería por encima de cualquier avatar electoralista y sean cuales fueren los intereses políticos en juego.
8. Las bases -y no las cúpulas dirigentes- dispondrán plebiscitariamente las medidas a tomar si se quebrara el acuerdo en todas o en algunas de las partes; y tales plebiscitos serían fiscalizados por el mismo Gobierno para garantizar transparencia.
9. Si las tarifas estaban atrasadas y hubo que ajustarlas necesariamente para que se brinde un servicio normal, los salarios docentes también lo están y necesariamente hay que ajustarlos. Si el costo, como en las tarifas, deben pagarlo los sectores con ingresos de privilegio -incluidos políticos y judiciales-, el Gobierno debe tener el coraje que todavía no demostró y tomar la decisión política a través de un mecanismo de retenciones similar al impuesto a las ganancias.
10. La reactivación del sector docente -que obligatoria y controladamente deberá mejorar la calidad educativa y será evaluable en cuanta instancia correspondiere- provocará, por extensión, la reactivación de tantísimos sectores que van desde el comercio y la industria hasta la construcción y el turismo, pasando por la amplia gama de los servicios.

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(Publicado en Facebook el 23 de febrero de 2017)

La historia y la apropiación del mito

Francisco y Fidel

Cuando la historia asocia lo que ha sido incompatible, confunde, acaba su función como ciencia y da nacimiento al mito. Lo científico se vuelve literario. Y ya no interesa cómo fueron los hechos, sino cómo los receptores los quieren creer. Así, por ejemplo, un hombre puede resucitar y ascender a los cielos y no habrá razonamiento ni prueba ni evidencia que convenza de lo contrario.
De la misma manera, cuando se trata de llevar a los cielos a un personaje histórico, importa poco la voluntad del llevado. Tras la muerte se decide por él. El vulgar se apropia del mito y materializa de alguna manera su propio endiosamiento.

A santo también se llega por política

Omar Bello -al saber de lo que se sabe, amigo personal- tuvo la buena o la mala idea de escribir “El verdadero Francisco”.
El libro -una biografía sobre el Papa- no es necesariamente imprescindible, pero revela aspectos importantes. Por ejemplo, que Jorge Bergoglio “sabía” que iba a ser Papa y que “no se conforma con eso”, porque Francisco “aspira a quedar como santo”.
Vaya modestia la del Santo Padre.
Usted a un tipo como Bello puede creerle o no creerle, ya que en vida hizo méritos para las dos cosas. Pero la referencia me recuerda el relato con el que se sostiene la última aparición de la Virgen, a una pobre mujer de San Nicolás que vivió, en adelante, literalmente secuestrada. ¿Qué “pidió” en aquellas apariciones la Virgen al decir del relato? ¿Justicia; solución para los problemas de la pobreza y el hambre; cese de la violencia y de los actos de discriminación que tantas veces la provocan; reconciliación para un pueblo que salía de la dictadura? Nada de eso. Claro que la mujer que eligió para aparecérsele no entendía muy bien y a lo mejor estas cosas se le escaparon; pero lo que pidió la Virgen fue que se levantara un templo “en su honor” -¡vaya modestia, también, la de la Virgen!- y el lugar que eligió fue El Campito, un predio sobre el río Paraná que vino a cerrar el circuito turístico ribereño, completando unas diez o doce cuadras desde el pituco Club de Regatas. Hoy esas cuadras rebosan en construcciones que dejan su óbolo para la magnánima Iglesia. Hay quienes al óbolo le llaman retornos; los hay, también, quienes lo llaman de manera menos elegante.
Así suele suceder con los relatos. Y no es tan sencillo, para almas descreídas como la mía, entender semejantes manifestaciones de humildad guiadas, nos dijeron, por voluntad divina.
Bello, curiosamente, se murió.
Se mató en un accidente rutero, según nos lo indica la crónica. No sé si se investigó lo suficiente, quiero creer que sí; pero tampoco se me escapa que los accidentes ruteros tienen una larga nómina de víctimas entre gente que, aun desde dentro de la Iglesia, genera incomodidades. Deben sonar, supongo, los nombres de los obispos Angelelli, Ponce de León (de San Nicolás, justito) o Sueldo. También el de Vicente Zazpe, que al incidente sobrevivió. Con ellos, que son notorios, perdió la vida una extensa nómina de actores secundarios, o de reparto, y en cada caso lloraron los cocodrilos.
A Bello, por supuesto, se lo lloró mucho menos. No tenía suficiente jerarquía ni era precisamente simpático. No lo conocí personalmente, aunque tuvimos un áspero cruce vía mails al poco tiempo de que fuera puesto como director de La Verdad, único diario confesional de la Argentina. Publiqué un artículo, entonces, que lo molestó a él y molestó a bastante gente. A muchos, por fieles creyentes que reprochaban mi irreverencia; a muchos otros, por autoproclamados revolucionarios que cuestionaron la presunta tibieza de mis imputaciones. No tardaron, sin embargo, los unos en verlo como un enemigo declarado y los otros, en sentarse a tomar un café para pasarle información confidencial, establecer alianzas de ocasión y entretejer hilachas de poder político.
Pero no sería Bello quien me importe ahora si no fuera porque también se trató de un gran soberbio vinculado con la Iglesia y ocupado por el Papa argentino. Francisco, como el peronismo que suscribe, tiene múltiples caras. Las usó para encaramarse en uno de los máximos sillones del poder político mundial y las usa, con admirable inteligencia, para avanzar en pos de su objetivo: aquella ambición supraterrena y suprahistórica que señalara Bello en su biografía.
Y tampoco sería Francisco quien me ocupara los festejos del Día del Escritor si no fuera por su último gesto de egoísmo miserable. Macri podrá ser lo que sea y ya me ocupé varias veces de marcar lo que estimo corresponde, pero rechazar pública y ostentosamente una donación del Gobierno argentino sólo porque lo conduce Macri es un acto de soberbia suprema. Y la soberbia, dicen los mismos cultores de la religión que representa Francisco, es el pecado capital. Bergoglio, por supuesto, saca réditos mayúsculos de su sobreactuación. Y sabe, como sabía que llegaría a Papa, que los dineros a los que renunció también llegarán multiplicados desde los tantos sectores y desde los tantos negociados que reportan a la Iglesia.
Serrat llamó a los componentes de la casta de Francisco “los macarras de la moral”. Aquí no faltan los obsecuentes ni los advenedizos que califican a Francisco como “el argentino más importante de la historia”. Entre una y otra apreciación, a mí me parece que Bergoglio, más allá de la soberbia que disfraza con poses en recintos austeros, es un tipo pesado y peligroso. Tan pesado y tan peligroso como las amistades que cultiva, muchas de ellas de público conocimiento.

(Publicado en Facebook el 13 de junio, Día del Escritor en la Argentina)

Complementarios


Cuando apareció Messi yo tenía los ojos llenos de Riquelme. Y no lo vi. O lo vi como una versión aggiornada de Housseman; que era decir mucho, pero no lo suficiente.
Fue un alumno, Andrés Pérez, el que insistió para que lo siguiera: Messi, me decía con infinita paciencia, es distinto. Confiaba en el criterio de Andrés, porque siempre supo de qué hablaba, y empecé por hacerle caso. Seguí al Barcelona, lo seguí a Messi. También seguí con desilusión las selecciones de Maradona y de Sabella; y con bronca contenida, las injustas acusaciones que debió soportar el jugador.
Andrés Pérez se convirtió en un referente para mí y por él viví ocho años de fútbol continuado como nunca antes me había sucedido. Me hice tan hincha del Barcelona como lo soy de Boca desde niño. Y disfruté de Iniesta y disfruté de Xavi y disfruté de Sergio o de Piqué como si fueran integrantes de mi propio equipo, de mi propia selección. Por Messi y por Andrés Pérez.
Yo no sé si Messi es el mejor jugador de la historia. Tampoco me interesan demasiado las evaluaciones en diacronía. Pelé, de quien tengo menos registro por una cuestión de edad, Cryuff, Maradona, Zico, Romario, Ronaldo, Zidane, Riquelme, Ronaldinho, Iniesta, Cristiano Ronaldo han sido y son fenómenos inconmensurables. Maradona y Zidane quizá sobresalgan como los héroes épicos; Cryuff fue la virtud; Ronaldinho, la alegría. Cristiano Ronaldo es el atleta. Riquelme, el mejor lector y el mejor ejecutor; por eso mis ojos se habían detenido. Pero Messi se le parece tanto, aun siendo su opuesto, que no puedo entenderlos sino como complementarios.
Borges, a quien tanto admiro, no comprendía el fútbol. El fútbol, por lo general, no lo comprende a Borges. Para mí también son complementarios. Como Riquelme y Messi. Como la poesía y el amor. Como ella, la que amo, y mi destino. Me hicieron y me hacen feliz: qué podría más que estarles agradecido; que vivir para escribirles, para dejar mi testimonio.

La trama argentina

Quino

Toda historia tiene una trama; toda trama, un argumento; todo argumento, un tema y todo tema, una idea que lo sostiene, un mensaje a descubrir.
Esto aprendí y esto enseñé durante treinta y pico de años, además de otras cositas. Diríamos, en todo caso, que es la base de la comprensión lectora. Y diríamos, como complemento, que leer es comprender. Todo, no solamente la escritura: leer es comprender lo que se ve, lo que se oye, lo que se palpa, lo que se huele, lo que se gusta. También lo que se intuye, lo que se percibe, lo que se imagina, lo que se proyecta, lo que se experimenta. Lo que se piensa y lo que se obliga a pensar. Lo que se cree y no conviene que se obligue a creer. Leer es comprender qué somos y qué hacemos en el tiempo y en el espacio que nos toca.
Hace poco conversaba con una tía -una de las pocas sobrevivientes de mi rama materna- y me fue imposible no concluir lo que finalmente concluí: yo, mis primos, nuestra generación fuimos educados para una realidad y un país que no existen. Nada de lo que aprendimos redunda en el menor beneficio. Y no sería, siquiera, lo más grave. Lo más grave es que los réprobos se nos ríen en la cara después de disfrutar y de ostentar lo que disfrutan. Y la historia, repetida, podría resumirse así:
Había un país que se pensó glorioso y un pueblo que se creyó autosuficiente. “Se levanta a la faz de la tierra / una nueva y gloriosa nación”, se cantó con no poca tilinguería. Y allá fueron, continente y contenido, a dejarse estar hasta que los salvara la próxima cosecha o, en su defecto, el próximo líder, el siguiente patrón. Mientras tanto se educaba en los valores que a nadie interesaban.
Al argumento expuesto le corresponde un tema: En un territorio generoso creció un pueblo cómodo y demasiado distraído.
Y al tema lo sostiene una idea central: Viva bien, corrómpase y delinca; ya vendrán la cosecha salvadora, el patrón providente, la ley del arrepentido o el blanqueo de capitales.

Paz e identidad

Ojo que la paz no es como la muestran los dibujitos bienintencionados de la red o las revistas escolares, eh; la paz no es un nenito blanco abrazado con otro nenito negro, con otro musulmán, con otro chino, con otro judío, con otro aborigen... La paz es gritarse las diferencias, putearse, odiarse incluso, pero permitir que el otro sea, que el otro exista, que el otro se manifieste aunque nunca, nunca, coincidamos en nada.

Blablablablablá blá blá

Habría que moderar la palabra.

Decirle demasiadas cosas a quien está sufriendo de veras, lejos de calmarlo le aumenta el dolor y lo fastidia.

Decirle demasiadas cosas a quien se ama de veras o a quien se ve feliz, lejos de halagarlo lo ahoga, le quita centralidad, los desplaza.

La palabra –por rico que sea su contenido y por bienintencionada que sea su dirección- es sonido; también cuando se la lee. La falta total de palabras, desconsuela; pero el exceso de palabras, aturde.

C'est la vie

Jorge Luis Borges

Borges decía que todo escritor tiene derecho a ser juzgado por sus mejores páginas. Los que no alcanzamos a blasonar una página, exigimos que se nos juzgue por nuestros mejores renglones.