Los cambios necesarios

Mauricio Macri en la encrucijada

El de Nikolái Gavrílovich Chernyshevski no es un nombre necesariamente conocido. Su sombra, sin embargo, se extiende amenazante sobre toda la Argentina. Inspirador de Trotsky -y también de Lenín- fue un revolucionario ruso del siglo XIX que materializó en palabras la desgraciada idea de que “cuanto peor, mejor”. El lema, Montoneros lo retomó por los ‘70s y ahora lo reavivan sus críos.
Así suelen pensar las mentes afiebradas. Y así suelen contagiar esa fiebre en países con pueblos bajos de defensas, como el nuestro.
Ayer, conversando con un amigo marxista de cuya honradez no tengo la menor duda, la frase sobrevoló con fuerza hasta que mi rechazo contundente a la idea viró el curso de la conversación. La lógica era simple: “Mejor que Macri siga, que le explote todo en sus manos -no sólo la bomba de neutrones que le dejó el kirchnerismo, sino también la de su propia incapacidad- así después venimos nosotros e instalamos la revolución”.
Mezquindad y egoísmo mezclados con estupidez suelen conformar un cóctel incendiario. El problema es que los incendios se extienden con facilidad y rapidez si encuentran el pasto seco y el viento favorable.
En la Argentina de hoy, por incompetencia repartida, tenemos las dos condiciones: bien seco el pasto y bien orientados los vientos de la agitación.
No es hora para desesperarse, el futuro no nos lo perdonaría. Es hora para detenerse un momento, apartarse de la histeria colectiva y tratar de comprender. Lo que pasa con la economía es grave y el Gobierno de Cambiemos, en este rubro, hasta aquí fracasó. No podemos permitirnos el lujo, como pueblo, de que el fracaso continúe en el tiempo y termine abonando la idea de Chernyshevski. Si ocurriere, no alcanzarían varias generaciones para arrepentirnos. Es hora, en cambio, de ponerse firmes, de exponer los reclamos con toda claridad y de exigirle a este Gobierno, que vino a sanear las instituciones y que en parte lo va consiguiendo, una definición que no genere más dudas. Queremos saber hacia dónde se va y en qué gente depositaremos la confianza para que nos lleven a destino. Es evidente que esa gente no puede ser la misma que talló hasta ahora. Ni el Jefe de Gabinete, Marcos Peña, ni el Ministro de Economía, Nicolás Dujovne, ni buena parte del Gabinete actual, incluyendo viceministros y asesores, puede seguir en funciones. Macri deberá calzarse los pantalones largos, asumir el protagonismo histórico que buscó, rodearse de los más capaces, aunque no sean sus amigos, y enderezar esta nave que zozobra.
Si no lo hiciere, no sólo la patria se lo reclamará. También su propio orgullo, que sería algo así como una muerte en vida. Lo votó medio país; el país entero -afiebrados al margen- espera que despierte a tiempo.

Santiago Maldonado

Santiago Maldonado

Muchas veces oímos que algún artista, más o menos relevante, agradecía su premio -un Martín Fierro, pongamoslé- gritándole al auditorio:
"-¡Aguante la ficción!"
Y no está nada mal, al contrario. La ficción construye cultura desde los comienzos mismos de la historia. Alcanza con leer los clásicos y ver los sistemas filosóficos, teológicos, políticos y hasta científicos que nacieron de la ficción.
Otra cosa es la mentira, aunque a veces se confundan los términos.
Define el diccionario:
-Ficción: 1) Cosa, hecho o suceso fingido o inventado, que es producto de la imaginación. 2) Conjunto formado por los acontecimientos y los personajes que forman parte del mundo imaginario.
-Mentira: 1) Expresión o manifestación contraria a lo que se sabe, se piensa o se siente. 2) Cosa que no es verdad. 3) Acción de mentir (que, a su vez, significa: Inducir al error).
Como se puede cotejar, en tanto la ficción imagina, crea hechos y personajes posibles aunque no reales; la mentira tergiversa hechos reales y personajes verdaderos.
La ficción es un juego que crea mundos fabulosos e imaginarios. La mentira es un engaño, una manipulación de las consciencias que trastorna la realidad, manipula los hechos, confunde y aleja de la verdad.
Conviene tener presente la diferencia entre un artista y un mentiroso ahora, cuando está por estrenarse una película basada en la vida y la muerte de Santiago Maldonado.

Ciudadans

Abunda en la red y también en panfletos y pancartas, pero es la primera vez que lo veo en la columna de un diario serio como La Nación que tiene, incluso, un riguroso Manual de Estilo. Me refiero a las palabras "todxs" y "ciudadanxs" utilizadas en una columna firmada por Daniela Castro (Castro, no Castrx aunque se llame Daniela) que extrañamente se opone a la legalización del aborto.
No desconozco, por la profesión que abracé, que la lengua es algo vivo que muta. Tampoco desconozco que las cinco vocales que usamos los hispanoparlantes responden a los distintos grados de apertura de la boca que se reconocen en los signos 'a', 'e', 'i', 'o', 'u'. Y que cuando usamos alguna grafía tomada de otras lenguas con valor vocálico adaptamos la pronunciación a una de nuestras cinco vocales, por ejemplo, 'y' 'j' como 'i'; 'w' como 'u'.
Confieso que no sé qué sonido darle al signo 'x'. Porque si le diera el neutro de la 'e', ajustándome a la tendencia en boga de pronunciar 'les chiques' en vez de 'los chicos' cuando se refiere a un conjunto mixto, no habría razón para que 'presidente' mutara obligatoriamente en 'presidenta'.
Por ahí nos estamos catalanizando y haya llegado la hora de hablar de 'tods' y y de 'ciudadans'. Acortamos las sílabas y, de paso, ahorramos aire.

Aberraciones salidas de la universidad

Camila Borda, 11 años, la víctima.

Hoy el horror enlutó a Junín. La víctima, una nena de once años. El presunto asesino, un hombre de cuarenta, casero en una finca vecina. Según versiones, con antecedentes. Las reacciones, entendibles pero contraproducentes: pueblada, violencia, incendio de patrulleros, heridos.
A medida que se repiten los hechos en los distintos lugares, las reacciones son las mismas. Pero no cambia nada. Al contrario, cuando se insinúa cambiar la ley aparecen los doctrinarios con todas las argucias imaginables para sostener y defender la delincuencia. Y en la Argentina es necesario y urgente cambiar la ley penal. Que llore Junín es una desgraciada contingencia. Ayer lloraron otros y otros llorarán mañana. Los mentores del sistema jurídico vigente, mientras tanto, se pavonean en las tribunas políticas y detentan funciones en organismos internacionales. El cambio cultural, también y ante todo, deberá revisar qué tipo de aberraciones salidas de la universidad nos pudrieron la cabeza.

De pueblos, papas, señores y policías

Franz Kafka

Suele apelarse al ‘pueblo’ para justificar tanto sentimentalismo como atropellos. También envalentonamientos momentáneos. Pero ‘el pueblo’, como tal, es una masa amorfa, un colectivo, la denominación abstracta de un conjunto de características donde lo innoble predomina sobre lo virtuoso.
“Vox populi, vox Dei” se impuso alguna vez como sentencia inapelable. Esa voz del pueblo como equivalente físico de la inaudible voz de Dios conlleva, sin embargo, una doble falsedad: La primera que surge a partir de que el improbable Dios -si existiera en alguna forma cualquiera, aun inimaginable- carecería de autoridad, en tanto que los humanos se enfrentan y se matan en su nombre desde el fondo de la historia, incluido el presente. La segunda falsedad, que emerge claramente para quien la quiera ver, es que en nombre de ese Dios improbable, cuya voz sería ‘el pueblo’, se ha sometido y se somete a los distintos pueblos reales, beneficiando siempre a los villanos por encima de la gente de bien. Ésta es la lógica perversa del “Vox populi, vox Dei”: la de usar la falta de nobleza de la masa para someterla y dominarla utilizando personeros de esa misma masa como conquistadores, operadores, celadores, comisarios y verdugos.
¿Es casual que un Papa privilegie con sus gestos a delincuentes como Hebe de Bonafini o Milagro Sala, ambas explotadoras reiteradas del mismo pueblo que dicen representar y defender? No, no es casual y sirve compararlo con tantísimos casos a través de la historia. Es demostrativo, por lo contrario, de cómo funciona la perversidad de esa lógica del poder que somete. ¿Es casual que la Justicia argentina, en nombre de una retórica populista que cuenta con la simpatía y el apoyo del mismo Papa, sancione a un agente de policía como Chocobar por cumplir con su deber de proteger al agredido en plena calle con fines de robo y cuya vida fue puesta en serio riesgo? No, no es casual. Responde a la misma perversidad. Y eso que, como salta a la vista, Chocobar proviene de la misma región y de la misma clase social que Milagro Sala y trabaja por dos mangos para cuidar a sus pares. La diferencia -que difícilmente haga a Chocobar acreedor de cartas vaticanas o rosarios bendecidos- es que el policía optó por defender a la gente real en el marco de la ley de su país y a riesgo de su propia vida en tanto Milagro Sala optó por la delincuencia que la empodere y que la ponga por encima de sus pares a los que sometió sin piedad. Esa capacidad de sometimiento es, precisamente, la que la vuelve simpática y útil a los ojos del Papa. Y de alguna Presidente con ínfulas de emperatriz. Y de tanta chusma que persigue parecido empoderamiento.
En el capítulo XV de ‘El castillo’, Kafka cuenta una historia que aplica como ejemplo:
Sortini, un alto funcionario del castillo, queda impresionado por la belleza de una aldeana que apenas se dignara mirar: Amalia, la hija del zapatero más reputado del condado que destacaba, además, como heroico y reconocido bombero. Le manda, entonces, una carta grosera y soez para que la chica se presente en el hotel de los señores, dónde el lúbrico funcionario dispondría de ese cuerpo a su antojo. Era -¿no lo es, acaso?- absolutamente común que una chica de pueblo se sometiera a la voluntad del poderoso. Amalia, con dignidad, rompe la carta y no acude a la cita. Y desde ese momento comienza la desgracia de su familia. Nadie la castiga de manera directa. El castillo no se involucra en estas pequeñeces. Pero ‘la falta’ cometida por Amalia corre de boca en boca -esas bocas innobles que disimulan los miedos y la generalizada cobardía- y su familia empieza a padecer el aislamiento y el abandono. Se alejan los parientes, se alejan los amigos, se alejan las conocidos, se retiran los clientes y suspenden sus visitas los proveedores; hasta que, como coronación de la injusticia, el capitán del cuerpo se llega hasta la casa del zapatero para exigirle, entre vanas lisonjas, que devuelva el diploma que lo acredita como bombero. A partir de ese episodio, la destrucción material y moral de la familia de Amalia es absoluta.
¿Quién fue el responsable de semejante infamia? ¿El castillo? ¿Sortini? No: ninguno de los tenedores del poder movió un dedo para imponer castigo alguno. El responsable de la caída en desgracia de la familia de Amalia fue su propio pueblo, ése que según la estupidez generalizada representa la vos de Dios y cuyos representantes en la tierra serían los señores del castillo.
Magnífica metáfora la de Kafka. El pueblo -como todo colectivo, como toda abstracción manipulable- es innoble por naturaleza. Y el humano concreto -el individuo real, la persona con identidad propia sea mujer u hombre- que no se someta a la voluntad de los poderosos son al mismo tiempo las víctimas reales. Por abandono, por aislamiento, por destrucción moral. Como se intenta con Chocobar en nombre de una falsa doctrina de derechos humanos; como lo demuestran los múltiples testimonios de los estafados reales por Hebe de Bonafini o por Milagro Sala que cuentan, impunemente, con la bendición del Señor.

Un llamado a la memoria y al coraje cívico

A los argentinos nos esperan dos años duros y una ardua batalla institucional: la que debemos dar la mayoría de los ciudadanos para que el Gobierno no se debilite, complete su mandato y compita legítimamente en las presidenciales de 2019. Recién entonces la ciudadanía decidirá si le renueva la confianza por un período más -como permite la Constitución desde 1994- o busca nuevas y mejores alternativas. También podría ser que buscare viejas alternativas conocidas y fracasadas; es una opción que a nadie sorprendería. Pero eso se verá. Por ahora lo que preocupa es el presente y el futuro inmediato.

No es fácil rearmar, reordenar y reequipar una casa que fue saqueada e incendiada. Una nación, mucho menos. Y la paciencia y la contracción al trabajo no son virtudes que nos caractericen como argentinos. Queremos todo. Y lo queremos gratis y ya.

Con excepciones.

La paciencia y la tolerancia que no practicamos con otros signos partidarios parece que la exageráramos con el polifacético peronismo. Desde la recuperación democrática, en 1983, hubo dos golpes institucionales que quebraron la necesaria continuidad: el de 1989, que apuró la salida del presidente Alfonsín, y el de 2001 que terminó con el gobierno de de la Rúa. Los dos golpes cívico-sindical-paramilitares los dio el peronismo. Ubaldini fue la cara visible del primero, con la simpatía de Rico y de Seineldín, y Duhalde, la del segundo. Ambos fueron, a su vez, arrinconados y reducidos por enemigos internos y acotados en el ejercicio del poder que ostentaron una vez que prestaron el servicio. Así es el peronismo, hábil en cuestiones profilácticas.

Es cierto que tanto Alfonsín -por cortar demasiado ancho- como de la Rúa -por no cortar ni pinchar- dieron argumentos a los golpistas con sendas crisis económicas fenomenales. Pero no menos cierto es que ambas crisis, sobre todo la alfonsinista, fueron propiciadas desde el peronismo con toda la fuerza de sus aparatos de presión, incluida la Iglesia Católica. Y tampoco es menos cierto que la paciencia y la tolerancia que no se les tuvo a los presidentes radicales, abundó con Menem, cuya gestión fue jalonada por un primer y doloroso período de “cirugía mayor sin anestesia” y un final con “piloto automático”, cómodamente instalado en el relativo éxito de la convertibilidad. En suma, a Menem se le toleraron cinco años de desatinos de los diez que gobernó. Y otro tanto, aunque mucho más grave por las características delictivas de su gobierno, sucedió con Cristina Fernández. Una presidente que quedará en la historia y de eso no caben dudas. Pero quedará en la historia por haber encabezado la gestión más corrupta de la democracia, por haberse enriquecido groseramente desde la función pública y por haber liderado una asociación ilícita que usó y abusó del poder para perpetrar sus acciones criminales.

Con todo, me permito recordar que hacia 2011, después de los famosos “54%” y “¡Vamos por todo!”, muchas veces me crucé por este medio con gente de pensamiento afín al mío -algunos, amigos inclusive- porque pedían que “se fueran todos” -Cristina, la primera- ya que consideraban que cuatro años más de autoritarismo, latrocinio y prepotencia resultaban insoportables. Muchas veces sostuve, por entonces, que Cristina Fernández había sido elegida por el voto legítimamente y que debía terminar su mandato. Aun cuando doliera como dolió, aun cuando se robaran lo que se robaron y aun cuando a la entonces Presidente no se le cayera de la boca la palabra “destituyentes” para apostrofar a los que no la consentían y para victimizarse, como ya lo había hecho con su borrascosa viudez. Yo sostenía y sostengo que a Cristina Fernández había que sacarla con los votos y en el momento que correspondiera por ley, como ocurrió. Y ella misma, soberbia y amenazante, llegó a desafiar públicamente a sus opositores y cuestionadores diciendo que a quienes no les gustara su gobierno armaran un partido y ganaran las elecciones. Bien: las perdió dos veces.

En una república democrática jamás debería perderse de vista que sólo el voto de la ciudadanía legitima a sus representantes: ejecutivos y legislativos. Tampoco que es la Constitución Nacional -y no los movimientos de desestabilización callejeros- quien garantiza esa legitimidad. Y, mucho menos, que de la madurez institucional que alcancemos alguna bendita vez dependerán el desarrollo económico y el bienestar social. Es una fábula estúpida, pero que envenena muchas mentes, creer que a estas alturas hay gobiernos que “gobiernan para los ricos”. En todo caso, hay gobiernos que se fabrican ricos a sí mismos y, por necesidad, fabrican ricos en el entorno que los alimenta y los protege. Son, precisamente, los que ahora persigue la justicia.

Esto lo escribo hoy -20 de enero de 2018, cinco semanas después de que asumieran los nuevos legisladores votados en octubre, cuando el Gobierno nacional tuvo un contundente apoyo de la ciudadanía más allá de críticas y disconformidades- porque al margen de los nefastos petardistas de siempre -La Cámpora, Bonafini, D’Elía, Milagros Sala- se sumaron dos voces de peso que pretenden, cada una a su manera, abortar con otro golpe la gestión de Cambiemos: una de esas voces, colectiva, es la de la CGT, que busca meter presión como en los tiempos de Alfonsín y Ubaldini, en momentos cuando varios de sus caciques están presos y otros, muchos, verdaderamente complicados por las investigaciones judiciales. La otra voz, particular pero de predicamento, es la del desvergonzado Eugenio Raúl Zaffaroni, jurista y ex integrante de la Suprema Corte de Justicia de la Nación cámporo-cristinista que declaró, muy suelto de boca y sin la menor responsabilidad: “Yo quisiera que se fueran lo antes posible, para que hagan menos daño, pero eso es un deseo personal”. Dicho con todas las letras: Zaffaroni es un sinvergüenza y no solamente por lo que declara.

Más allá del repudio contundente, que debiera incluir el de los mismos peronistas de bien -que los hay y muchos- me parece que llegó el momento de que los cómodos y los timoratos se expresen en defensa propia. No puede ser que una mayoría silenciosa y pacífica -que “no habla de política para no meterse en problemas”- sea atropellada una vez más por la patota que carece de escrúpulos y carece de virtud.

Los hechos y los símbolos

Santiago Maldonado

Discutir posiciones que se ubican a un lado y otro de la grieta es un ejercicio que, además de cansador, se ha revelado inútil. Ni los unos ni los otros están dispuestos a aceptar razones o evidencias y la discusión se torna equivalente a la de discutir a Dios: se cree en él o no se cree. Su existencia no es demostrable; pero su inexistencia, tampoco.
Yo, que no creo en divinidades celestes, por supuesto que no creo en divinidades terrenas.
Es más: si las celestes me son indiferentes, a las divinidades terrenas las detesto. Y las detesto porque, al no creerles nada, les desconfío todo.
Digo esto para sentar una posición desde la cual pueda, después, formular una duda.
Santiago Maldonado debe aparecer.
El nombre de Santiago Maldonado se ha convertido en útil de combate.
Como útil de combate, se lo construyó en símbolo de lucha.
Como símbolo de lucha, yo entiendo que los menos interesados en que Santiago Maldonado aparezca -y, sobre todo, en que aparezca vivo- son, paradójicamente, quienes reclaman por su aparición con vida con mayor vehemencia.
Los que así se comportan asumen, según mi opinión, una conducta miserable.
Esta conducta miserable tuvo ayer su dramatización sobreactuada en escuelas y jardines de infantes de todo el país.
Esa dramatización sobreactuada merece, para mí, la calificación de canallesca.
Pero los que pueblan el otro lado de la grieta piensan lo contrario: piensan que el canalla soy yo y me identifican con otros presuntos canallas que comparten mi razonamiento, pero con los que no tengo ni afinidad ideológica ni siquiera empatía.
La simplificación y la banalización que se hace de un problema grave y complejo convirtió la desaparición de Santiago Maldonado en un gran menjunje nacional e internacional que nos envuelve a todos.
La duda que anuncié es la siguiente:
¿Es viable en adelante la Nación Argentina tal como fuera fundada por nuestros próceres y como la ordena la Constitución Nacional? ¿o empezó de manera irreparable un proceso de balcanización; es decir, de odios irreconciliables que nos conduzcan a la desintegración y la guerra?

Enemigos, saboteadores, disfrazados y bosta de paloma

¿Con Perón o con el Che?

En el Tomo 1 de su libro "Perón", "Formación, ascenso y caída. 1893-1955", cita textualmente al líder Norberto Galasso:
"...hay tres clases de adversarios: 1) Los enemigos políticos que emplean métodos leales y desleales. Estamos dispuestos a permitir la actividad política de cualquier ideología (...), pero no hemos de permitir a aquellos que con el pretexto político hacen sabotaje (...) Dentro del orden, todo, en el desorden, nada (...) 2) Los comunistas (...) quienes actúan con métodos hipócritas y disimulatorios, no presentan una lucha de frente sino que siempre están disfrazados de algo (...) 3) Los enemigos emboscados. Estos se pueden clasificar en dos categorías: los que se llaman 'apolíticos', que son algo así como la bosta de paloma, no tienen ni buen ni mal olor. Sin embargo los vemos actuar a través de un mimetismo hipócrita, que los presenta como a los peores enemigos de la comunidad. Los otros, emboscados, son los enemigos disfrazados de peronistas. A estos los vamos conociendo poco a poco y eliminando de toda posibilidad." (Cap. XXXVIII: Antecedente del conflicto con la Iglesia Católica; p. 666)
Como yo me sitúo cómodamente entre los "enemigos políticos que emplean métodos leales"; y como, aun combatiendo su doctrina con toda la fuerza y con toda la lucidez que mi persona me permiten, creo que Perón fue uno de los grandes genios políticos que dio el mundo en el siglo veinte, me permito recordar estos conceptos, en una semana electoral, con tanto confundido, con tanto 'disfrazado' y con tanto 'inocente apolítico' dando vueltas, porque "los peores enemigos de la comunidad" son, precisamente, quienes quieren "mimetizarse" como peronistas y quienes, después de que los fueran "conociendo poco a poco y eliminando de toda posibilidad", el mismo Perón echó de la Plaza de Mayo en 1974. Son los que, recientemente, gobernaron doce años en su nombre y los que, "disfrazados de peronistas" sabotean e intentan volver después de haber vaciado el país, destruido sus instituciones y montado el aparato de corrupción más grande que conoce la democracia argentina.

La historia y la apropiación del mito

Francisco y Fidel

Cuando la historia asocia lo que ha sido incompatible, confunde, acaba su función como ciencia y da nacimiento al mito. Lo científico se vuelve literario. Y ya no interesa cómo fueron los hechos, sino cómo los receptores los quieren creer. Así, por ejemplo, un hombre puede resucitar y ascender a los cielos y no habrá razonamiento ni prueba ni evidencia que convenza de lo contrario.
De la misma manera, cuando se trata de llevar a los cielos a un personaje histórico, importa poco la voluntad del llevado. Tras la muerte se decide por él. El vulgar se apropia del mito y materializa de alguna manera su propio endiosamiento.

Complementarios


Cuando apareció Messi yo tenía los ojos llenos de Riquelme. Y no lo vi. O lo vi como una versión aggiornada de Housseman; que era decir mucho, pero no lo suficiente.
Fue un alumno, Andrés Pérez, el que insistió para que lo siguiera: Messi, me decía con infinita paciencia, es distinto. Confiaba en el criterio de Andrés, porque siempre supo de qué hablaba, y empecé por hacerle caso. Seguí al Barcelona, lo seguí a Messi. También seguí con desilusión las selecciones de Maradona y de Sabella; y con bronca contenida, las injustas acusaciones que debió soportar el jugador.
Andrés Pérez se convirtió en un referente para mí y por él viví ocho años de fútbol continuado como nunca antes me había sucedido. Me hice tan hincha del Barcelona como lo soy de Boca desde niño. Y disfruté de Iniesta y disfruté de Xavi y disfruté de Sergio o de Piqué como si fueran integrantes de mi propio equipo, de mi propia selección. Por Messi y por Andrés Pérez.
Yo no sé si Messi es el mejor jugador de la historia. Tampoco me interesan demasiado las evaluaciones en diacronía. Pelé, de quien tengo menos registro por una cuestión de edad, Cryuff, Maradona, Zico, Romario, Ronaldo, Zidane, Riquelme, Ronaldinho, Iniesta, Cristiano Ronaldo han sido y son fenómenos inconmensurables. Maradona y Zidane quizá sobresalgan como los héroes épicos; Cryuff fue la virtud; Ronaldinho, la alegría. Cristiano Ronaldo es el atleta. Riquelme, el mejor lector y el mejor ejecutor; por eso mis ojos se habían detenido. Pero Messi se le parece tanto, aun siendo su opuesto, que no puedo entenderlos sino como complementarios.
Borges, a quien tanto admiro, no comprendía el fútbol. El fútbol, por lo general, no lo comprende a Borges. Para mí también son complementarios. Como Riquelme y Messi. Como la poesía y el amor. Como ella, la que amo, y mi destino. Me hicieron y me hacen feliz: qué podría más que estarles agradecido; que vivir para escribirles, para dejar mi testimonio.

La trama argentina

Quino

Toda historia tiene una trama; toda trama, un argumento; todo argumento, un tema y todo tema, una idea que lo sostiene, un mensaje a descubrir.
Esto aprendí y esto enseñé durante treinta y pico de años, además de otras cositas. Diríamos, en todo caso, que es la base de la comprensión lectora. Y diríamos, como complemento, que leer es comprender. Todo, no solamente la escritura: leer es comprender lo que se ve, lo que se oye, lo que se palpa, lo que se huele, lo que se gusta. También lo que se intuye, lo que se percibe, lo que se imagina, lo que se proyecta, lo que se experimenta. Lo que se piensa y lo que se obliga a pensar. Lo que se cree y no conviene que se obligue a creer. Leer es comprender qué somos y qué hacemos en el tiempo y en el espacio que nos toca.
Hace poco conversaba con una tía -una de las pocas sobrevivientes de mi rama materna- y me fue imposible no concluir lo que finalmente concluí: yo, mis primos, nuestra generación fuimos educados para una realidad y un país que no existen. Nada de lo que aprendimos redunda en el menor beneficio. Y no sería, siquiera, lo más grave. Lo más grave es que los réprobos se nos ríen en la cara después de disfrutar y de ostentar lo que disfrutan. Y la historia, repetida, podría resumirse así:
Había un país que se pensó glorioso y un pueblo que se creyó autosuficiente. “Se levanta a la faz de la tierra / una nueva y gloriosa nación”, se cantó con no poca tilinguería. Y allá fueron, continente y contenido, a dejarse estar hasta que los salvara la próxima cosecha o, en su defecto, el próximo líder, el siguiente patrón. Mientras tanto se educaba en los valores que a nadie interesaban.
Al argumento expuesto le corresponde un tema: En un territorio generoso creció un pueblo cómodo y demasiado distraído.
Y al tema lo sostiene una idea central: Viva bien, corrómpase y delinca; ya vendrán la cosecha salvadora, el patrón providente, la ley del arrepentido o el blanqueo de capitales.