Machirulos

De eso no se habla

Hace sesenta años mi viejo utilizaba la palabra "machirulo". Lo hacía para referirse, según comprendí después, al rufián que picoteaba de la mujer ajena, muchas veces en la misma cama de la dama en cuestión, mientras su marido trabajaba.
Lo contrario del machirulo era el "gil"; aquél que garpaba para ver "la cara de Dios" y tener derecho a un "directo" que por lo general acababa antes de empezar. 
Machirulos y giles siempre estuvieron emparentados y era común que los últimos dieran de comer a los primeros.
Sobre la mujer no me voy a explayar porque lejos estoy de ser un experto en la materia. Diré solamente que la Caperucita real no es la de las adaptaciones infantiles.
Nunca supe si mi viejo no fue un machirulo por principios o porque no tenía con qué sostener la parada. Físicamente y en metálico, quiero decir. Tampoco supe si pudo ser un gil, aunque en la época constituían mayoría.
Serrat habla del permanganato en alguna canción. Era común que los pibes debutaran bajo su influjo aunque jamás conocieran el nombre. En todo caso se hablaba de la palangana. 
Yo pagué tres veces por sexo y no fue necesariamente en el debut; fue más bien en la ostentación del aburrimiento. La primera, en Santa Rosa, La Pampa. La segunda, en Mar del Plata. La tercera, en Posadas, Misiones. Ésta fue la única que disfruté. Ella tenía 23 años, como yo, y después de la revolcada me pidió que le pagara un whisky y se quedó conmigo en la cama, charlando largo y tendido, sin que le importara el turno. Era una criollita preciosa que me doblaba en experiencia. Aprendí muchas cosas aquella noche, no necesariamente vinculadas con el sexo, aunque lo tuvieran como eje. Y creo que fui feliz.
Cuando salimos del hotel y la criollita se alejó caminando, yo ostenté mi felicidad con el botones, una criatura que sin embargo trabajaba. "Pero es muy vieja -recuerdo que me dijo-; ya está toda gastada. Hay que buscar a las de 15 o 16..."
En Posadas, como en todas partes, ésa era la premisa y la ley.
Me sentí un pelotudo. Y como me sucedió por los 14, cuando vi el tendal del torcazas que dejaba tirado en el parque por la única razón de ejercitar el rifle, nunca reincidí. No volví a matar, tampoco volví a pagar por sexo.
La vida transcurrió como pudo. Y yo transcurrí como me lo permitió la vida. No he sido de acosarla, no me gusta. 
Hace poco, una sexagenaria media década mayor que yo resucitó por los medios la palabra "machirulo". Y como la sexagenaria sabe de asuntos que yo ignoro, entre otras cosas porque practica métodos que yo no practico, la palabra prendió entre las huestes de fanáticos, creció con voracidad y sirve de consigna y de bandera a una lucha contra un enemigo colectivo todavía impreciso. 
Entre los componentes de ese enemigo colectivo, con toda seguridad hay machirulos y giles. También hay señores y señoras de apariencia respetable. No tengo la menor idea del resultado de la lucha. Me genera la misma inexplicable sensación que me generaba el relato de los compañeros que se sometían, hace medio siglo más o menos, a los rigores del permanganato.

"Incorregibles"

Borges los llamó "incorregibles". Por lo mismo, también son incansables. Les da lo mismo la razón: puede ser el G20, una ley de presupuesto, una ley de seguridad, alguna causa de las mismas minorías que discriminaron y sometieron cada vez que gobernaron o el clásico River-Boca. También les da lo mismo asociarse con los extremos, sucesiva, alternada o simultáneamente. Los mueve el poder, solamente el poder. ¿Poder para qué? Para eso: para poder. Pura fuerza bruta. Nunca, en 70 años, resolvieron uno solo de los problemas estructurales de la Argentina y, por lo contrario, provocaron y aceleraron su decadencia. Por cuenta propia o asociados con el partido militar, de cuya matriz provienen y cuyos cuadros integraron, con uno u otro ropaje, cada vez que los militares suspendieron la república. También asociados con la agitación de izquierda y la agitación anarquista, a las que detestan por orígenes y por principios, pero a las que usaron y usan sin empacho bajo pretexto de "la causa popular".
A los pocos gobiernos de otros signos que muy esporádicamente intentaron recuperar la república democrática -Frondizi, Illia, Alfonsín- les hicieron la vida imposible y no les permitieron concluir sus mandatos. Ahora replican la fórmula con Macri y cualquiera que levante la voz, no por macrista, sino por harto, es descalificado con palabras fetiche: gorila, vendepatria, traidor, neoliberal, imperialista o, vaya curiosidad, machista y patriarcal. Justo ellos que provienen del macho cabrío y de la mujer más sumisa, tal como puede verificarse en los libros de lectura, los consejos para la buena ama de casa, las publicidades y las revistas de la época.
Incorregibles. E incansables.
Aldous Huxley, el lúcido autor de "Un mundo feliz", que no podrá ser tildado de capitalista, ni de imperialista, ni de occidentalista siquiera, escribía a su hermano Julián, por 1940, durante la Segunda Guerra Mundial:
"...las doctrinas del nazifascismo, el comunismo, el nacionalismo, etc., son manifestaciones idiotas; mas quienes creen en ellas logran caldear enormemente sus corazones a través de estas creencias; y esta excitación inmediata les hace olvidar los desastres a largo plazo que son la consecuencia inevitable de semejantes creencias".
Las "semejantes creencias" tienen, por estos días y para colmo, auspicio y bendición papal.

Convencer

Suceden cosas en la red. Todo el tiempo. Y uno no sabe bien cómo procesarlas. Ni sabe si debe. Ni alcanza a comprender para qué.
Lo cierto, con todo, es que nadie que actúe en la red podrá proclamarse inocente. Todo interviniente busca una visibilidad y, a partir de esa visibilidad, ejercer algún tipo de influencia.
Y aquí la contradicción.
Al portugués Saramago, premio Nobel de literatura, se le atribuye una reflexión. Y a partir de dicha reflexión, reflexionan los reflexionadores.
La reflexión, no demasiado elaborada, dice:
"He aprendido a no intentar convencer a nadie. El trabajo de convencer es una falta de respeto, es un intento de colonización del otro."
Clinck, caja, para el psicologismo. Y para el ideologismo. Y para el comodismo autoayudado. Millares -o millones- de reproducciones y sesudos aportes sobre el particular.
Cada tanto, sin embargo, aparece una perlita.
A alguien, ignoto, se le ocurre cuestionar el axioma de Saramago. Y argumenta bien. Y ejemplifica mejor. Y pregunta -y se pregunta- por ejemplo qué hacer frente a uno que, contra toda razón y contra toda evidencia, sostiene que 2+2 es igual a 7. O, peor y más dramático, qué hacer frente a un potencial suicida.
Entonces, quien reprodujo por encandilamiento la cita atribuida a Saramago, despliega un arsenal de argumentos para desbaratar las cuestiones del otro y para ratificar la validez de lo reproducido.
¿No es, me pregunto, un intento de convencer al que cuestiona?
Y si lo fuera, ¿qué valor tendría la cita atribuida a Saramago?

Los cambios necesarios

Mauricio Macri en la encrucijada

El de Nikolái Gavrílovich Chernyshevski no es un nombre necesariamente conocido. Su sombra, sin embargo, se extiende amenazante sobre toda la Argentina. Inspirador de Trotsky -y también de Lenín- fue un revolucionario ruso del siglo XIX que materializó en palabras la desgraciada idea de que “cuanto peor, mejor”. El lema, Montoneros lo retomó por los ‘70s y ahora lo reavivan sus críos.
Así suelen pensar las mentes afiebradas. Y así suelen contagiar esa fiebre en países con pueblos bajos de defensas, como el nuestro.
Ayer, conversando con un amigo marxista de cuya honradez no tengo la menor duda, la frase sobrevoló con fuerza hasta que mi rechazo contundente a la idea viró el curso de la conversación. La lógica era simple: “Mejor que Macri siga, que le explote todo en sus manos -no sólo la bomba de neutrones que le dejó el kirchnerismo, sino también la de su propia incapacidad- así después venimos nosotros e instalamos la revolución”.
Mezquindad y egoísmo mezclados con estupidez suelen conformar un cóctel incendiario. El problema es que los incendios se extienden con facilidad y rapidez si encuentran el pasto seco y el viento favorable.
En la Argentina de hoy, por incompetencia repartida, tenemos las dos condiciones: bien seco el pasto y bien orientados los vientos de la agitación.
No es hora para desesperarse, el futuro no nos lo perdonaría. Es hora para detenerse un momento, apartarse de la histeria colectiva y tratar de comprender. Lo que pasa con la economía es grave y el Gobierno de Cambiemos, en este rubro, hasta aquí fracasó. No podemos permitirnos el lujo, como pueblo, de que el fracaso continúe en el tiempo y termine abonando la idea de Chernyshevski. Si ocurriere, no alcanzarían varias generaciones para arrepentirnos. Es hora, en cambio, de ponerse firmes, de exponer los reclamos con toda claridad y de exigirle a este Gobierno, que vino a sanear las instituciones y que en parte lo va consiguiendo, una definición que no genere más dudas. Queremos saber hacia dónde se va y en qué gente depositaremos la confianza para que nos lleven a destino. Es evidente que esa gente no puede ser la misma que talló hasta ahora. Ni el Jefe de Gabinete, Marcos Peña, ni el Ministro de Economía, Nicolás Dujovne, ni buena parte del Gabinete actual, incluyendo viceministros y asesores, puede seguir en funciones. Macri deberá calzarse los pantalones largos, asumir el protagonismo histórico que buscó, rodearse de los más capaces, aunque no sean sus amigos, y enderezar esta nave que zozobra.
Si no lo hiciere, no sólo la patria se lo reclamará. También su propio orgullo, que sería algo así como una muerte en vida. Lo votó medio país; el país entero -afiebrados al margen- espera que despierte a tiempo.

Santiago Maldonado

Santiago Maldonado

Muchas veces oímos que algún artista, más o menos relevante, agradecía su premio -un Martín Fierro, pongamoslé- gritándole al auditorio:
"-¡Aguante la ficción!"
Y no está nada mal, al contrario. La ficción construye cultura desde los comienzos mismos de la historia. Alcanza con leer los clásicos y ver los sistemas filosóficos, teológicos, políticos y hasta científicos que nacieron de la ficción.
Otra cosa es la mentira, aunque a veces se confundan los términos.
Define el diccionario:
-Ficción: 1) Cosa, hecho o suceso fingido o inventado, que es producto de la imaginación. 2) Conjunto formado por los acontecimientos y los personajes que forman parte del mundo imaginario.
-Mentira: 1) Expresión o manifestación contraria a lo que se sabe, se piensa o se siente. 2) Cosa que no es verdad. 3) Acción de mentir (que, a su vez, significa: Inducir al error).
Como se puede cotejar, en tanto la ficción imagina, crea hechos y personajes posibles aunque no reales; la mentira tergiversa hechos reales y personajes verdaderos.
La ficción es un juego que crea mundos fabulosos e imaginarios. La mentira es un engaño, una manipulación de las consciencias que trastorna la realidad, manipula los hechos, confunde y aleja de la verdad.
Conviene tener presente la diferencia entre un artista y un mentiroso ahora, cuando está por estrenarse una película basada en la vida y la muerte de Santiago Maldonado.

De pueblos, papas, señores y policías

Franz Kafka

Suele apelarse al ‘pueblo’ para justificar tanto sentimentalismo como atropellos. También envalentonamientos momentáneos. Pero ‘el pueblo’, como tal, es una masa amorfa, un colectivo, la denominación abstracta de un conjunto de características donde lo innoble predomina sobre lo virtuoso.
“Vox populi, vox Dei” se impuso alguna vez como sentencia inapelable. Esa voz del pueblo como equivalente físico de la inaudible voz de Dios conlleva, sin embargo, una doble falsedad: La primera que surge a partir de que el improbable Dios -si existiera en alguna forma cualquiera, aun inimaginable- carecería de autoridad, en tanto que los humanos se enfrentan y se matan en su nombre desde el fondo de la historia, incluido el presente. La segunda falsedad, que emerge claramente para quien la quiera ver, es que en nombre de ese Dios improbable, cuya voz sería ‘el pueblo’, se ha sometido y se somete a los distintos pueblos reales, beneficiando siempre a los villanos por encima de la gente de bien. Ésta es la lógica perversa del “Vox populi, vox Dei”: la de usar la falta de nobleza de la masa para someterla y dominarla utilizando personeros de esa misma masa como conquistadores, operadores, celadores, comisarios y verdugos.
¿Es casual que un Papa privilegie con sus gestos a delincuentes como Hebe de Bonafini o Milagro Sala, ambas explotadoras reiteradas del mismo pueblo que dicen representar y defender? No, no es casual y sirve compararlo con tantísimos casos a través de la historia. Es demostrativo, por lo contrario, de cómo funciona la perversidad de esa lógica del poder que somete. ¿Es casual que la Justicia argentina, en nombre de una retórica populista que cuenta con la simpatía y el apoyo del mismo Papa, sancione a un agente de policía como Chocobar por cumplir con su deber de proteger al agredido en plena calle con fines de robo y cuya vida fue puesta en serio riesgo? No, no es casual. Responde a la misma perversidad. Y eso que, como salta a la vista, Chocobar proviene de la misma región y de la misma clase social que Milagro Sala y trabaja por dos mangos para cuidar a sus pares. La diferencia -que difícilmente haga a Chocobar acreedor de cartas vaticanas o rosarios bendecidos- es que el policía optó por defender a la gente real en el marco de la ley de su país y a riesgo de su propia vida en tanto Milagro Sala optó por la delincuencia que la empodere y que la ponga por encima de sus pares a los que sometió sin piedad. Esa capacidad de sometimiento es, precisamente, la que la vuelve simpática y útil a los ojos del Papa. Y de alguna Presidente con ínfulas de emperatriz. Y de tanta chusma que persigue parecido empoderamiento.
En el capítulo XV de ‘El castillo’, Kafka cuenta una historia que aplica como ejemplo:
Sortini, un alto funcionario del castillo, queda impresionado por la belleza de una aldeana que apenas se dignara mirar: Amalia, la hija del zapatero más reputado del condado que destacaba, además, como heroico y reconocido bombero. Le manda, entonces, una carta grosera y soez para que la chica se presente en el hotel de los señores, dónde el lúbrico funcionario dispondría de ese cuerpo a su antojo. Era -¿no lo es, acaso?- absolutamente común que una chica de pueblo se sometiera a la voluntad del poderoso. Amalia, con dignidad, rompe la carta y no acude a la cita. Y desde ese momento comienza la desgracia de su familia. Nadie la castiga de manera directa. El castillo no se involucra en estas pequeñeces. Pero ‘la falta’ cometida por Amalia corre de boca en boca -esas bocas innobles que disimulan los miedos y la generalizada cobardía- y su familia empieza a padecer el aislamiento y el abandono. Se alejan los parientes, se alejan los amigos, se alejan las conocidos, se retiran los clientes y suspenden sus visitas los proveedores; hasta que, como coronación de la injusticia, el capitán del cuerpo se llega hasta la casa del zapatero para exigirle, entre vanas lisonjas, que devuelva el diploma que lo acredita como bombero. A partir de ese episodio, la destrucción material y moral de la familia de Amalia es absoluta.
¿Quién fue el responsable de semejante infamia? ¿El castillo? ¿Sortini? No: ninguno de los tenedores del poder movió un dedo para imponer castigo alguno. El responsable de la caída en desgracia de la familia de Amalia fue su propio pueblo, ése que según la estupidez generalizada representa la vos de Dios y cuyos representantes en la tierra serían los señores del castillo.
Magnífica metáfora la de Kafka. El pueblo -como todo colectivo, como toda abstracción manipulable- es innoble por naturaleza. Y el humano concreto -el individuo real, la persona con identidad propia sea mujer u hombre- que no se someta a la voluntad de los poderosos son al mismo tiempo las víctimas reales. Por abandono, por aislamiento, por destrucción moral. Como se intenta con Chocobar en nombre de una falsa doctrina de derechos humanos; como lo demuestran los múltiples testimonios de los estafados reales por Hebe de Bonafini o por Milagro Sala que cuentan, impunemente, con la bendición del Señor.

Los hechos y los símbolos

Santiago Maldonado

Discutir posiciones que se ubican a un lado y otro de la grieta es un ejercicio que, además de cansador, se ha revelado inútil. Ni los unos ni los otros están dispuestos a aceptar razones o evidencias y la discusión se torna equivalente a la de discutir a Dios: se cree en él o no se cree. Su existencia no es demostrable; pero su inexistencia, tampoco.
Yo, que no creo en divinidades celestes, por supuesto que no creo en divinidades terrenas.
Es más: si las celestes me son indiferentes, a las divinidades terrenas las detesto. Y las detesto porque, al no creerles nada, les desconfío todo.
Digo esto para sentar una posición desde la cual pueda, después, formular una duda.
Santiago Maldonado debe aparecer.
El nombre de Santiago Maldonado se ha convertido en útil de combate.
Como útil de combate, se lo construyó en símbolo de lucha.
Como símbolo de lucha, yo entiendo que los menos interesados en que Santiago Maldonado aparezca -y, sobre todo, en que aparezca vivo- son, paradójicamente, quienes reclaman por su aparición con vida con mayor vehemencia.
Los que así se comportan asumen, según mi opinión, una conducta miserable.
Esta conducta miserable tuvo ayer su dramatización sobreactuada en escuelas y jardines de infantes de todo el país.
Esa dramatización sobreactuada merece, para mí, la calificación de canallesca.
Pero los que pueblan el otro lado de la grieta piensan lo contrario: piensan que el canalla soy yo y me identifican con otros presuntos canallas que comparten mi razonamiento, pero con los que no tengo ni afinidad ideológica ni siquiera empatía.
La simplificación y la banalización que se hace de un problema grave y complejo convirtió la desaparición de Santiago Maldonado en un gran menjunje nacional e internacional que nos envuelve a todos.
La duda que anuncié es la siguiente:
¿Es viable en adelante la Nación Argentina tal como fuera fundada por nuestros próceres y como la ordena la Constitución Nacional? ¿o empezó de manera irreparable un proceso de balcanización; es decir, de odios irreconciliables que nos conduzcan a la desintegración y la guerra?

Enemigos, saboteadores, disfrazados y bosta de paloma

¿Con Perón o con el Che?

En el Tomo 1 de su libro "Perón", "Formación, ascenso y caída. 1893-1955", cita textualmente al líder Norberto Galasso:
"...hay tres clases de adversarios: 1) Los enemigos políticos que emplean métodos leales y desleales. Estamos dispuestos a permitir la actividad política de cualquier ideología (...), pero no hemos de permitir a aquellos que con el pretexto político hacen sabotaje (...) Dentro del orden, todo, en el desorden, nada (...) 2) Los comunistas (...) quienes actúan con métodos hipócritas y disimulatorios, no presentan una lucha de frente sino que siempre están disfrazados de algo (...) 3) Los enemigos emboscados. Estos se pueden clasificar en dos categorías: los que se llaman 'apolíticos', que son algo así como la bosta de paloma, no tienen ni buen ni mal olor. Sin embargo los vemos actuar a través de un mimetismo hipócrita, que los presenta como a los peores enemigos de la comunidad. Los otros, emboscados, son los enemigos disfrazados de peronistas. A estos los vamos conociendo poco a poco y eliminando de toda posibilidad." (Cap. XXXVIII: Antecedente del conflicto con la Iglesia Católica; p. 666)
Como yo me sitúo cómodamente entre los "enemigos políticos que emplean métodos leales"; y como, aun combatiendo su doctrina con toda la fuerza y con toda la lucidez que mi persona me permiten, creo que Perón fue uno de los grandes genios políticos que dio el mundo en el siglo veinte, me permito recordar estos conceptos, en una semana electoral, con tanto confundido, con tanto 'disfrazado' y con tanto 'inocente apolítico' dando vueltas, porque "los peores enemigos de la comunidad" son, precisamente, quienes quieren "mimetizarse" como peronistas y quienes, después de que los fueran "conociendo poco a poco y eliminando de toda posibilidad", el mismo Perón echó de la Plaza de Mayo en 1974. Son los que, recientemente, gobernaron doce años en su nombre y los que, "disfrazados de peronistas" sabotean e intentan volver después de haber vaciado el país, destruido sus instituciones y montado el aparato de corrupción más grande que conoce la democracia argentina.

La historia y la apropiación del mito

Francisco y Fidel

Cuando la historia asocia lo que ha sido incompatible, confunde, acaba su función como ciencia y da nacimiento al mito. Lo científico se vuelve literario. Y ya no interesa cómo fueron los hechos, sino cómo los receptores los quieren creer. Así, por ejemplo, un hombre puede resucitar y ascender a los cielos y no habrá razonamiento ni prueba ni evidencia que convenza de lo contrario.
De la misma manera, cuando se trata de llevar a los cielos a un personaje histórico, importa poco la voluntad del llevado. Tras la muerte se decide por él. El vulgar se apropia del mito y materializa de alguna manera su propio endiosamiento.

Complementarios


Cuando apareció Messi yo tenía los ojos llenos de Riquelme. Y no lo vi. O lo vi como una versión aggiornada de Housseman; que era decir mucho, pero no lo suficiente.
Fue un alumno, Andrés Pérez, el que insistió para que lo siguiera: Messi, me decía con infinita paciencia, es distinto. Confiaba en el criterio de Andrés, porque siempre supo de qué hablaba, y empecé por hacerle caso. Seguí al Barcelona, lo seguí a Messi. También seguí con desilusión las selecciones de Maradona y de Sabella; y con bronca contenida, las injustas acusaciones que debió soportar el jugador.
Andrés Pérez se convirtió en un referente para mí y por él viví ocho años de fútbol continuado como nunca antes me había sucedido. Me hice tan hincha del Barcelona como lo soy de Boca desde niño. Y disfruté de Iniesta y disfruté de Xavi y disfruté de Sergio o de Piqué como si fueran integrantes de mi propio equipo, de mi propia selección. Por Messi y por Andrés Pérez.
Yo no sé si Messi es el mejor jugador de la historia. Tampoco me interesan demasiado las evaluaciones en diacronía. Pelé, de quien tengo menos registro por una cuestión de edad, Cryuff, Maradona, Zico, Romario, Ronaldo, Zidane, Riquelme, Ronaldinho, Iniesta, Cristiano Ronaldo han sido y son fenómenos inconmensurables. Maradona y Zidane quizá sobresalgan como los héroes épicos; Cryuff fue la virtud; Ronaldinho, la alegría. Cristiano Ronaldo es el atleta. Riquelme, el mejor lector y el mejor ejecutor; por eso mis ojos se habían detenido. Pero Messi se le parece tanto, aun siendo su opuesto, que no puedo entenderlos sino como complementarios.
Borges, a quien tanto admiro, no comprendía el fútbol. El fútbol, por lo general, no lo comprende a Borges. Para mí también son complementarios. Como Riquelme y Messi. Como la poesía y el amor. Como ella, la que amo, y mi destino. Me hicieron y me hacen feliz: qué podría más que estarles agradecido; que vivir para escribirles, para dejar mi testimonio.

La trama argentina

Quino

Toda historia tiene una trama; toda trama, un argumento; todo argumento, un tema y todo tema, una idea que lo sostiene, un mensaje a descubrir.
Esto aprendí y esto enseñé durante treinta y pico de años, además de otras cositas. Diríamos, en todo caso, que es la base de la comprensión lectora. Y diríamos, como complemento, que leer es comprender. Todo, no solamente la escritura: leer es comprender lo que se ve, lo que se oye, lo que se palpa, lo que se huele, lo que se gusta. También lo que se intuye, lo que se percibe, lo que se imagina, lo que se proyecta, lo que se experimenta. Lo que se piensa y lo que se obliga a pensar. Lo que se cree y no conviene que se obligue a creer. Leer es comprender qué somos y qué hacemos en el tiempo y en el espacio que nos toca.
Hace poco conversaba con una tía -una de las pocas sobrevivientes de mi rama materna- y me fue imposible no concluir lo que finalmente concluí: yo, mis primos, nuestra generación fuimos educados para una realidad y un país que no existen. Nada de lo que aprendimos redunda en el menor beneficio. Y no sería, siquiera, lo más grave. Lo más grave es que los réprobos se nos ríen en la cara después de disfrutar y de ostentar lo que disfrutan. Y la historia, repetida, podría resumirse así:
Había un país que se pensó glorioso y un pueblo que se creyó autosuficiente. “Se levanta a la faz de la tierra / una nueva y gloriosa nación”, se cantó con no poca tilinguería. Y allá fueron, continente y contenido, a dejarse estar hasta que los salvara la próxima cosecha o, en su defecto, el próximo líder, el siguiente patrón. Mientras tanto se educaba en los valores que a nadie interesaban.
Al argumento expuesto le corresponde un tema: En un territorio generoso creció un pueblo cómodo y demasiado distraído.
Y al tema lo sostiene una idea central: Viva bien, corrómpase y delinca; ya vendrán la cosecha salvadora, el patrón providente, la ley del arrepentido o el blanqueo de capitales.