Qué lo urgente no distraiga lo importante

24. ene., 2018

Creo que hace más de veinticinco años que leí ‘La era del vacío’, de Gilles Lipovetsky. Aquel libro, que para mí fue revelador y que enriquecí con otras lecturas de la llamada “posmodernidad” (Lyotard, Anderson, Baudrillard, Vattimo, Virilio, Finkielkraut) me llevó a escribir una serie de artículos y un par de ensayos que conforman algo así como la base o el punto de partida (suena alberdiano, esto) sobre los que se estructura y se desarrolla mi pensamiento adulto y, por lo tanto, el suelo sobre el que fue germinando mi poesía, año tras año genéticamente modificada. Pero acerca de estos temas me extenderé otro día.
Si ahora lo recordé a Lipovetsky es por el fenómeno de la saturación que tan bien describe en su libro. Saturación que no llega solamente desde los centros de interés económicos, políticos o religiosos (tres medios que viven de la saturación y que engordan con ella), sino del humano común, de ése que como usted o como yo anda por la calle o por la red con la misma flacura de aspiraciones.
El individuo saturado (nunca menos social, el sujeto, que en esta época) satura a su vez. Y contamina. ¿Cómo? De mil maneras, pero algunas elocuentes: se tatúa todo el cuerpo (boxeadores, futbolistas, pandilleros, candelarias tinellis), se llena los dedos con anillos y los brazos con pulseras (algunas, francamente agresivas), escucha todo el día la misma música a un volumen tal que obliga a escuchar lo mismo a todo su entorno (después es probable que participe en marchas contra la invasión neocolonial), despliega su vocación protosuicida o protohomicida disparando la velocidad de sus vehículos (motorizados o meramente deslizantes) o, lo que pareciera más inocente pero resulta no menos contaminante, inunda esta red con publicaciones (diez, doce, quince por ráfaga) que carecen de cualquier interés, al menos público, y que a veces agregan la prepotencia de las etiquetas.
La circulación por el medio virtual, en definitiva, no es tan diferente de la circulación por el medio físico y ambos medios componen el medio ambiente. La polución afecta por igual. Y si en algún momento nos distrajimos paseando por la red como antes se paseara por el centro de una ciudad, por una plaza o por un parque, día a día nos estresamos, ahora, y nos fastidiamos cayendo en inextricables embotellamientos o borrando, una y otra vez, las odiosas etiquetas para que no se nos saturen, además de la casilla de cada aplicación, las alteradas neuronas que nos deja la falta de consideración de los usuarios.

25. oct., 2017

Las redes sociales son espacios de libre circulación, no hay una normativa que regule su uso todavía -salvo en algunos países curiosamente “de izquierda” que, también curiosamente, dicen defender la “democracia directa”- y en realidad no tendría por qué haberla. Llegaron -me refiero a las redes sociales- para darles voz y visibilidad a quienes no las tenían y son, desde este enfoque, un medio ciertamente democratizador.
Ahora, las calles, las veredas, las plazas y los parques -incluyo las rutas, los caminos, los ríos, las lagunas, los mares y los cielos- también son espacios de libre circulación y, a medida que el sentido común fue cediendo a la prepotencia, hubo que generar normas que regulen el tránsito para evitar atropellos, tragedias y catástrofes. Por poner un ejemplo solo: si el sentido común no entiende que al encontrarse dos móviles en un cruce uno deberá ceder paso al otro para evitar la colisión y sus consecuencias, habrá que poner semáforo; si el sentido común no entiende que ante la luz roja del semáforo se debe frenar, habrá que fijar una multa; si el sentido común no entiende que la multa es una advertencia para que no se repita el atropello, habrá que proceder al secuestro de la licencia o del móvil y así sucesivamente.
Con las redes sociales no ocurre todavía. Tal vez por eso los prepotentes entienden que pueden zapatear sobre las cabezas de los otros como zapatean sobre las cabezas de Sarmiento o de San Martín representadas en sus estatuas. Así se arrogan el derecho de meterse en todos lados: calles, veredas, muro, ventanitas de la manera más impune, más grosera y más violenta. Eso sí: cobardes como son, los prepotentes saltan y se victimizan apenas entienden que alguien les afecta sus espacios y sus pretendidos derechos.
Los prepotentes cibernautas conforman una especie tan deleznable como los prepotentes viandantes. Y en tiempos como éstos de irritabilidad exacerbada suelen convertirse en feroces e insistentes acosadores. Por lo general escondidos porque, al igual que los encapuchados que acosan en las calles y las plazas, no les da el cuero para sentarse frente al otro con razones, para esgrimir un argumento coherente, para intercambiar enfoques, para dialogar, para discutir. La democracia que declaman significa, para estos prepotentes, que les concedan sus caprichos. Si no, lo rompen todo, lo ensucian todo, lo invaden todo, lo mienten, lo bastardean.

14. jul., 2017

Ayer hablábamos largo -como cada vez que nos encontramos- con una amiga con la que me gusta encontrarme y hablar. Y entre los muchos temas y entre los muchos tópicos, uno fue de especial interés y me quedó picando, al punto de decidirme a escribirlo: La tendencia a victimizarse y el uso de la victimización como herramienta para el apoderamiento del otro.
Pocas cosas nos caracterizan mejor. Somos, desde el tango mismo, una sociedad que se conduele de su carácter de pobrecita. Y que se compensa con la contracara: tendemos a victimizarnos, pero también tendemos a la ostentación. “Compre un argentino por lo que vale y véndalo por lo que cree que vale”, dicen de nosotros en toda Latinoamérica (ojo: en Latinoamérica, no en Europa ni en Yanquilandia).
Cuenta, esta falta de equilibrio casi infantil, tanto para los comportamientos personales como para los comportamientos sociales. Nadie sufre más que nosotros si se trata de sufrir; nadie es más vivo que nosotros si se trata de ser vivos.
Y somos tan vivos que los otros, los ajenos, se complacen en combatirnos, en no dejarnos crecer, en no dejarnos ser y desarrollarnos; justo a nosotros que somos los mejores. Estamos como estamos porque los europeos usurparon nuestras tierras. Estamos como estamos porque nos pisa la bota del Tío Sam. Estamos como estamos porque Brasil nos roba nuestras energías, nuestros talentos y nuestros esfuerzos. Estamos como estamos porque los paraguayos y los uruguayos se cortaron solos y porque los chilenos nos traicionaron durante la guerra. Que si no… Sí, sí: que si no…
¡Qué ironía tan grande ésta de ser los mejores y que no nos dejen demostrarlo!
¡Qué ironía más cruel: caernos desde la cumbre del Aconcagua para terminar en los túneles de Sabato o en la Cacodelphia de Marechal!
Grandiosos y pobrecitos a la vez, vamos los argentinos por la vida: envidiados y compadecidos; combatidos e imitados; héroes y miserables; genios y analfabetos; granero del mundo y sub país de la vasta periferia.
Desde chiquitos cultivamos esta suerte de esquizofrenia. Desde el jardín o la primaria. Nos crían así: para ser cojudos u ovariudos o para ser víctimas. No nos gustan los grises decimos, insolentes. No nos gusta la gama en la que nos empeñamos en vivir.

28. abr., 2017

Algo se rompió en el ser humano que nos devuelve a la sentencia de Plauto o a su recreación en el monstruo de Hobbes: “El hombre es el lobo del hombre”.
Se suponía que quinientos años de modernidad algo habrían cambiado las brutales conductas medievales. Pueden comprenderse -no justificarse- las guerras; lo que no puede comprenderse es la bestialización que se resume en una consigna: “Me apetece, lo deseo; lo tomo, lo hago mío”. Así con las cosas como con las vidas, por afuera de toda razón y de cualquier ley.
Se generalizó -y es parte del problema- la creencia de que “los animales son preferibles a mucha gente”. Esa creencia que rige como dogma constituye una falacia trágica. Nunca la más amada de las mascotas puede anteponerse en consideración y en derechos al más despreciado de los enemigos humanos. Ocurre, sin embargo, y es lo que llamo bestialización.
Que no se lea animadversión ni fobia de mi parte. Yo simpatizo con los animales, los quiero, respeto el derecho que les asiste a la vida y a la integridad física; a ejercer, en resumen, su naturaleza. Por eso me opongo a que se les cambie la condición y se los utilice como especies subhumanas que nos permiten, como humanos que somos, ejercer sobre ellos un poder omnímodo. Aun cuando, supuestamente, sea para beneficiarlos; para proporcionarles una vida “casi humana”, “casi familiar” o “familiar”, directamente. Antes sucedía con los esclavos. Pero como los esclavos eran humanos y, por lo mismo, sujetos de razón, se rebelaron y se emanciparon. Además, sólo los pudientes podían darse el lujo de disponer de esclavos. Los animales, en cambio, están al alcance de cualquiera y nunca se rebelarán, nunca se emanciparán, nos pertenecen, son nuestros. Los amamos, sí; pero disponemos de sus vidas a nuestro antojo, igual que lo hacían los señores con sus esclavos domésticos. Y éste es un signo de enfermedad.
Enfermedad no sólo de poder, sino de posesión de la vida; ya humana, ya animal, ya confusamente mixta porque borramos las fronteras.
Si no revisamos esta tendencia de la moda y no superamos el desplazamiento de lo humano por lo animal que ha ganado emocionalmente -instintivamente- a tantas y tantas personas; es decir, si no superamos la etapa de bestialización, será inútil que sigamos lamentando tragedias aberrantes. Las bestias no razonan: ven, huelen y toman lo que les apetece; sobre todo, las vidas más débiles. No siempre hay un señor o una señora cerca que las vista, las domestique, les dé una orden, les dicte los comportamientos. Y aun cuando las haya, ¿quién nos garantiza el resultado de lo que se dicta desde una naturaleza confundida y arbitraria?

2. mar., 2017
  1. Anoche, durante una celebración, y ahora, mediante el tráfico de comentarios que la celebración produjo, surgieron temas jugosos que siempre nos saben enriquecer: las generaciones, las costumbres, las fidelidades o infidelidades, la libertad, la censura y la autorrepresión, las correspondencias, el amor, los celos, las edades, la maternidad y la paternidad responsables y, sobre todo, el carácter y el alcance de lo normal. ¿Qué es lo normal? ¿quiénes son los normales?
    La consideración me remontó a un viejísimo poema que tiene como sujeto motivador a mi madre, una persona que -al margen del ciertas intuiciones que la destacaban- respondió cabalmente a los patrones de normalidad socialmente aceptados, al menos por aquellos tiempos. Lo transcribo de unos apuntes que me empeñé en buscar:
    ...............................
  2. Ella no estuvo preparada para dar un poeta
    ella pensó el destino como piensan los hombres aplicados
    y mejor le hubiera ido un comerciante
    un bancario un cardiólogo un suicida
    porque después de todo
    dar a luz un suicida es más honesto
    que avalar esta orgía de la boca