Qué lo urgente no distraiga lo importante

31. oct., 2019

Podrán confirmarlo o desmentirlo para sí cada uno de los alumnos que tuve a lo largo de treintaypico años de docencia, pero nunca fui de tomar muchas "pruebas". A medida que crecía, incluso, llegué a saltear las mandadas por el Ministerio. Siempre me pareció más importante llevar un ritmo constante de aprendizaje que interrumpir el proceso con una presunta evaluación que, al cabo, no lo era. Debí lidiar con la ansiedad de alumnos y padres que querían saber "Qué se sacaron". Pero logré persuadir, de a poco, acerca de que un número, por lo general descontextualizado, no implica un saber. Y prioricé que mi alumnos supieran. Sobre todo, que supieran pensar libremente y que fueran regulando sus propios ritmos de aprendizaje, porque les interesara saber y no porque tuvieran que satisfacer una puntualidad estadística.
Tampoco preparaba mis clases, aunque siempre llevaba material de trabajo. Para aprovechar en plenitud cada jornada es necesario que el docente maneje conocimientos y competencias pedagógicas, pero que las aplique conforme al estado en que encuentra cada vez al grupo, buscando las motivaciones y las actividades más adecuadas para los diferentes estados de ánimo.
Sí preparaba una exhaustiva evaluación final, donde las preguntas entregadas a los evaluados les permitiera no una respuesta mecánica o memorística, sino una integración de conocimientos, estrategias y tácticas que habíamos visto durante el ciclo. Por eso también eran evaluaciones "con libro abierto", como decían ellos festejando de antemano -como si la cosa fuera más sencilla- o "con libros, carpetas, apuntes, machetes y el traga del curso al lado -como les decía en broma-, pero sobre todo, con las mentes abiertas".
Y jamás me puse en verdugo en una instancia de evaluación. Al contrario: la evaluación es el momento más precioso para que se aprenda lo que hasta entonces no se había aprendido. Mi obligación como docente, por lo tanto, debía ser la de asistirlos, orientarlos, tranquilizarlos, desdramatizar, ser ecuánime.
Parece lógico y natural dicho así, pero no es lo común. Viví lo contrario como alumno y como colega de otros colegas, salvo dichosas excepciones.
Todo viene a cuento porque acabamos de pasar una instancia electoral en la Argentina, porque el electorado decidió, no cambiar de rumbo, sino regresar a un rumbo reiteradamente fracasado y porque entramos en un período de transición más o menos tumultuoso según sea la predisposición de las partes.
Hay mucho interesado en saber qué nota se sacó finalmente Macri. De un lado, subestimando, y sobrestimando, del otro. Y a mí me parece que no importa una nota. Me parece que todos debemos aprender un poco más y que al momento de la evaluación final, que será posterior al 1O de diciembre, deberemos sopesar saberes, comportamientos, posibilidades, estrategias, tácticas y dificultades. También entender de dónde se partió, dónde se está, hacia dónde se va y con qué propósitos.
Yo haré la mía. Cada ciudadano con interés, la suya. No se me escapa, sin embargo, que el evaluado sufrió los perjuicios de muchos evaluadores verdugos que lo sometieron a pruebas permanentes y sin sentido desde el mismo comienzo del ciclo, que lo prejuzgaron y lo calificaron con notas "estigmatizantes", según calificativo que popularizo un desafortunado economista ahora devenido gobernador del principal distrito del país, el mismo que decidió por el resto. "Gato", "El helicóptero", "MMLPQTP, "Neoliberal", "Facho", "Gorila", "Imperialista" fueron notas que le encajaron de entrada, porque sí, para satisfacer esa puntualidad estadística de la que hablaba al comienzo y que sólo satisface a los ansiosos. También a los mediocres. También a los probadamente incapaces. También a los que sólo les importa "ir tirando" y "zafar".

14. sep., 2019

Entre los quince y los dieciséis -sin haber roto el cascarón, todavía- cubría para Democracia la campaña del ’73; aquélla que, pletórica de entusiasmo fogoneado por la propaganda, proponía “Cámpora al gobierno, Perón al poder” y prometía el glorioso regreso definitivo del líder, tras casi dieciocho años de exilio y de proscripción. Más de los que este cronista llevaba vividos.
Mi jefe era Daniel Cormick, un tipo al que recuerdo con cariño y del que aprendí algunas cosas interesantes para comprender la política, pero que no era precisamente imparcial. Es más: conducía una Unidad Básica a media cuadra de mi casa y el ambiente se llenaba de música nacionalista y revolucionaria que, además de la marchita repetida hasta el cansancio, no ahorraba en cafrunes y guaraníes, en mercedesosas y victorheredias.
Yo había ingresado a la redacción “para practicar”, porque me gustaba el periodismo y Lidia Tenti de Corvaro, que presidía APOBE (institución cuya beca me permitía cursar la secundaria) gestionó ante Dora Dana de Lebensohn, directora del medio, mi participación ad honorem.
Cumplía horario y cubría extras. Parte del trabajo era oficinesco y monótono: Consistía en pasar cada mañana por la Comisaría Primera para revisar los telegramas que impulsarían las noticias policiales y por la oficina de prensa de la Municipalidad -todavía bajo la conducción de Sahaspé- con propósito parecido; llegar después a mi escritorio, tomar los diarios de la mañana y modificar el lenguaje de unas cuantas notas para la edición vespertina.
Pero la otra parte -la extra- venía con adrenalina recargada. Había actos y mítines por todos los barrios y casi todos los días y yo me iba con mi libretita para tomar apuntes que, esa misma noche o a la mañana siguiente, convertiría en crónicas. No tenía la menor idea de lo que estaba sucediendo -más o menos como ahora-, pero el entusiasmo superaba la ignorancia.
De todos aquellos eventos recuerdo especialmente uno, que sucedió en un descampado del Barrio Soberanía Nacional. Allí, el candidato a intendente -un hombre bueno y, después lo supe, un tanto ingenuo- agitaba sus bracitos desde el palco y prometía que desde el primer día de su gestión “las puertas de la Municipalidad estarían abiertas para todos de par en par”. Y tanto cumplió que un mes y pico después de asumir, por esas mismas puertas, lo sacarían a patadas. Pero ésa es otra historia. La que quiero contar ahora es la de los dos bandos en disputa que yo, desde mi inocencia quinceañera, creí que respondían a un mismo interés democrático y patriótico.
Con un cotillón de banderas bien diferenciadas y bombos bien parecidos, de un lado se atronaba con la consigna “Perón, Evita, / la Patria Socialista”; y del otro, con no menos estruendo, se le respondía con “Perón, Evita, / la Patria Peronista”. El líder, desde España, había alimentado a los dos sectores. Y cada escenario del país multiplicaba el mismo drama interpretado por actores distintos.
También eso lo supe después.
Mi inocencia sufrió su primer cachetazo de realidad el 20 de junio de 1973, Día de la Bandera, ahora con dieciséis ya cumplidos, cuando se desató la tragedia. No en reducidos descampados barriales, sino en la enorme extensión aledaña al aeropuerto de Ezeiza, donde unos y otros se masacraron mientras Leonardo Favio intentaba lo imposible y Perón, procedente de Madrid, sobrevolaba con intención de aterrizaje, cosa que finalmente sucedió en El Palomar.
Y el segundo cachetazo vendría el 25 de septiembre del mismo año, dos días después de que la fórmula Perón-Perón arrasara en las elecciones, con el 62% de los votos, sobre la fórmula Balbín-De la Rúa. Ese triunfo de “la democracia” no impidió que la “Operación Traviata” asesinara a José Ignacio Rucci, líder de la CGT, mano derecha de Perón y, junto con Jorge Daniel Paladino, motor de su retorno al país. Era demasiado. Yo, como pretendió convencerme “mi pueblo” con varios veteranos que nunca aprendieron nada, quería ser peronista de una patria “políticamente libre, socialmente justa y económicamente soberana”, no miembro de una secta de terror. Y confundí, como tantos lo confunden ahora, peronismo con pueblo.
Fueron, aquéllos, avisos atroces de lo que después llegaría. Y el punto culminante se daría en la Plaza de Mayo el Día de los Trabajadores del año siguiente, 1974, dos meses exactos antes de su muerte, cuando el General, desde un balcón blindado de la Casa de Gobierno, fustigó a los “imberbes” y a los “estúpidos que gritan” y éstos, representantes entrenados de la “Patria Socialista”, se fueron de la plaza después de lanzar su interrogación incendiaria: “¿Qué pasa, qué pasa, qué pasa, General, / que está lleno de gorilas el gobierno popular?”
La “Patria Peronista”, por el momento, conseguía su victoria pírrica y a mí se me borró el entusiasmo que una enfermedad, inmediata y prolongada, sepultó por bastante tiempo.
Conté la anécdota bajo la prevención que desliza Marx en el párrafo de apertura de “El Dieciocho Brumario de Luis Bonaparte”: “Hegel ha dicho alguna vez que todos los hechos importantes de la historia universal es como si ocurrieran, digamos, dos veces. Pero omitió añadir: primero, como tragedia, y después, como farsa.”
Hay algún hegeliano, por ahí, o alguna hegeliana, que algo omite, sospecho. Y, cuanto menos, estoy tratando de advertirme, tratando de advertir.

11. sep., 2019

Entre los que conocí:
De mi madre, Edelta Nizzi, aprendí la honestidad y el tesón, el coraje contra toda circunstancia adversa y el gusto por transitar la vida sin ruido, sin tintura, sin maquillaje, sin máscaras. De mi padre, Federico José (el Chilo), aprendí que hay alas que a la larga imponen su voluntad de vuelo. De mi abuelo Félix, la bondad sin fronteras, la honradez sin requiebros. De mi otro abuelo (cuanto menos, en el afecto), Aníbal Ottonello, aprendí el valor de la perseverancia, la importancia del método, la intuición de que la poesía y las matemáticas podían -y debían- conversar. De mi abuela Catalina Tacchino aprendí que la fuerza en la mujer es equivalente a la fuerza en el hombre, se las canalice de la manera que se las canalice, y aprendí a ser valiente, y aprendí a no tener miedo. De mi médico, Ángel Petraglia, aprendí que no se cobran las deudas viejas, que mucho menos se las echa en cara y que un país no tiene destino si su pueblo no anhela un desarrollo integral. De mi peluquero, Ángelo Gallese, aprendí que la guerra nunca es gratis. De mi maestra de segundo grado, Tití Gnazzo de Sanjorge, que contaba con los recursos para poderme expresar. De mi maestra de tercero, Blanca Miñones de Carbonel, que no es mentira aquello de que una maestra debe ser una segunda madre. De mi tío Cachalo (que se llamaba Osvaldo Ramón García) aprendí que el humor inteligente y oportuno vuelve la vida más amable. De sus hijos, mis primos, Osvaldo y Maricosa, el amor por la lectura. De mi maestra de sexto grado, Martha Ferroni, aprendí a descubrir mi vocación de periodista. Y de mi maestra de séptimo, Josefa Asad Elías, aprendí que podía resolverme solo, aunque todos los vientos del mundo me dijeran que no. De mi tío Yin (que en realidad se llamaba Luis Miguel Chiaro) aprendí a valorar la familia como refugio primero y último, también aprendí a tomarles gustito al vino y a la discusión. De mi tío Eduardo Tortorella aprendí las ventajas y las desventajas de la confianza. De mi profesora de Educación Democrática, María Elsa Cogorno, y de mi profesor de Matemáticas, Antonio Bianco, aprendí la importancia de actuar en el momento oportuno y la templanza, si no se lo hizo, para esperar la siguiente oportunidad. De mi tío Arturo Sica aprendí a reírme de mí mismo, y también las bondades del boxeo. De mi compadre, Daniel Drughieri, aprendí una manera de leer que con el tiempo fui perfeccionando. De mi esposa y madre de mis hijos, Nancy Cánepa, aprendí que la serenidad y la firmeza no son incompatibles, y que en los momentos cruciales de la vida es imprescindible ser firme y ser sereno. De un tío suyo, Abel Cánepa, aprendí a distinguir la dosis justa que equilibra bondad e inteligencia. Y de otro tío suyo, Tulio De Luca, aprendí a reconocer el supremo valor de la ética. Del poeta Jorge Vocos Lescano aprendí la necesidad del trabajo riguroso en pos de la forma, sin esperar otra recompensa que la de sentirse satisfecho, si no con el resultado, por lo menos con el esfuerzo. De la poeta Edna Pozzi aprendí que las grandes alturas y las grandes honduras se intentan desde el ras de la tierra, y que el diálogo, para que se dé con los otros, primero debe darse con uno mismo. Del político Carlos Auyero aprendí que es mentira aquello de que todos los políticos son iguales. Y del ex Presidente Arturo Frondizi, que es alto el precio que se paga, pero que vale la pena vivir sin claudicar. De los editores Lidia Vinciguerra y Ricardo Lucci aprendí que sin descuidar la empresa lucrativa se puede ser igualmente generoso. Y del empresario y dirigente Leopoldo ‘Polo’ Zinani aprendí que se crece con el otro, nunca a expensas del otro. De un segundo empresario ejemplar, Osvaldo Pérez, aprendí la razón de la estrategia y el valor del testimonio. Y tres poetas distintos me enseñaron tres asuntos notables: Gustavo García Saraví, que nunca debe elevarse la voz para subrayar un contenido, tampoco -o menos- por escrito; Joaquín Giannuzzi, que los rincones con luz suficiente son preferibles a los fastuosos salones bulliciosos y super iluminados; y Raúl Aráoz Anzoátegui que la poesía siempre está haciéndose, aun cuando llevara tiempo de editada. Otros dos poetas, sendas observaciones que atesoré: León Benarós me enseñó que la novedad que vale es la novedad que ocurre sin escándalo; y Juan Jacobo Bajarlía, que para ser rebelde no se necesita ser mal educado ni petardista. De Eduardo Gudiño Kieffer, por su parte, aprendí a reconocer mi propia voz y desechar de mi poesía las voces que la contaminaran. De mi hijo Santiago aprendí la trascendencia de la idea consecuente, aunque choque con la propia. De mi hijo Juan Ignacio aprendí la importancia de plantarse cuando se trata de defender una posición, sin que por ello se pierda ni el humor ni la cortesía. De mi hijo Ayo (que en realidad se llama Francisco José) aprendí que la ternura inteligente puede ocultarse en la apariencia de cierta rudeza arrolladora, y que nada es más valioso en la vida que ser consecuente con su propio destino. Y con mi hija Francina comprendí lo que Almafuerte planteaba en sus ‘Sonetos medicinales’: esa “obsesión casi asnal para ser fuerte” y encaminarse con decisión en pos de los objetivos. De un alumno que tuve, Alan Araya, aprendí cómo se le pone freno a un desubicado (yo, en aquel caso) sin hesitar, sabiendo quién se es, defendiendo la identidad sin aspavientos, afirmándose en el nombre que se porta. Y de mi musa, Virginia Zusbiela, aprendí la potencia incontenible del amor inteligente, la enemistad declarada a cualquier forma de claudicación, el significado del esfuerzo y del trabajo en las condiciones menos favorables y el invalorable valor de la risa, de la palabra y de los gestos en el momento indicado.
Entre los que no conocí:
De Antonio Machado aprendí el tono y el color de la poesía. De Leonardo Da Vinci el sentido de la proporción y el valor universal del autorretrato. De Leonardo de Pisa (Fibonacci) los alcances de la sucesión infinita. De Beethoven, eso que no puedo explicar, pero que lo contiene todo. De Mandelbrot, eso que tampoco puedo explicar, pero que contiene cada una de las partes. De Lorentz la trascendencia del ‘efecto mariposa’. De Edouard Manet, la importancia de los planos y de las masas. De Claude Monet, las implicancias de la luz. De Raúl Loza, el secreto de leer en los intersticios. De Víctor Grippo, la estética en la dinámica del trabajo. De Witold Gombrowicz, la austeridad del lenguaje. De Sugar Ray Leonard, Juan Román Riquelme y Roger Federer, el ritmo en los desplazamientos físicos: el sonido y el color de los movimientos, la versatilidad de las formas, el valor de lo imprevisto, las maneras de materializar la intuición, las maneras de conjugar lo eficaz con lo bello. De Hugo Guerrero Marthineitz, el valor de los silencios, la distribución de los tiempos, la modulación de la voz; también de la voz escrita. De Joan Manuel Serrat y de Joaquín Sabina, la constatación de que la poesía ronda siempre lo cotidiano, pero que, para alcanzarla, se necesita la cultura del mundo. De Homero Manzi, Cátulo Castillo y Homero Expósito, lo mismo. De Juan Martín Maldacena la obstinación por conciliar lo que en principio se excluye. Y de Jorge Luis Borges, todo; todo lo que se puede aprender; es decir, la visión del universo: de su infinito máximo y de su infinito mínimo. De la biblioteca, del albur.
Todos ellos son mis maestros, más algunos que seguramente olvidé y acaso conscientemente. Este largo listado me concierne únicamente a mí. Pero hoy es el día, en la Argentina, en que se celebra a los maestros, dispongo del tiempo necesario y no me pareció tan mal invertirlo para renovar mi testimonio.

25. feb., 2019

Son obvios. Pero se piensan astutos, inteligentes, superiores, distintos. Funcionan así:
Un dictador al que ellos adoran porque lo construyeron como ícono antiimperialista, somete a un pueblo a la mayor miseria de su historia. Millones de ese pueblo marchan al exilio y organizan, desde el exilio, la asistencia de familiares y amigos que quedaron atrapados y un plan de recuperación. Consiguen ayuda en otros pueblos y consiguen, incluso, ganar elecciones dentro del mismo país sometido. La ayuda es despreciada por el dictador y la voluntad popular, desconocida y avasallada por la fuerza de las armas. Los exiliados y los patriotas que quedaron dentro (muchos encarcelados como reales presos políticos, no como los pretendidos presos políticos de la Argentina que son probados delincuentes) reúnen cantidad importante de ayuda humanitaria, comida y medicamentos en especial, para paliar la miseria de sus compatriotas atrapados. El dictador ordena cerrar las fronteras, alistar las fuerzas militares y paramilitares que dispone y quemar los vehículos que transportan la ayuda bajo el pueril argumento de que son un "Caballo de Troya" del imperialismo yanqui. Sus fanáticos aplauden enloquecidos, enronquecen sus voces vivando la 'Revolución' "por la que se debe morir si es necesario", como proclaman desde otros países cantantes bien remunerados y escritores de capillas. Pasan unos días y llega la remanida construcción del relato que, en la Argentina, indefectiblemente, publicará Página/12, único medio de consulta de aquellos astutos, inteligentes, superiores y distintos. El relato dice así: "En realidad los vehículos con ayuda humanitaria los quemó la derecha; está probado". Y mandan un par de fotomontajes para el delirio de sus fieles.
Y uno se queda pensando para qué semejante demostración de fuerza de parte del dictador si es incapaz de impedir que "la derecha" le monte un acting dentro mismo de las fronteras que cerró.

12. feb., 2019

La ficción -la literaria desde tiempos remotos; la cinematográfica desde el siglo pasado y, especialmente, desde Hollywood- ha ido cincelando en las conciencias una idea de "final feliz".
Tengo, entre muchas otras relaciones que servirían de ejemplo, el caso de una amiga dilecta que se ocupa de la cuestión y el de un joven escritor amigo que lo pretende para mi propia historia.
Qué sería un final feliz? Casarse con el Príncipe o con la Princesa de los sueños? Bien. Y después? Cómo sigue en adelante una vida que se propone larga y poblada de circunstancias que no pueden preverse? Sería comerse ese caramelito que tanto tienta desde el escaparate del kiosco? Y después? Vivimos con el recuerdo de ese dulzor fugaz, padecemos de acidez o nos compramos otro caramelito? Sería formar una familia estable? Olvídese, en tal caso, de que se trate de un final? Sería concretar el ansiado objetivo del título que persiguió nuestra vocación -o nuestro ego- o de plasmar la obra que modeló nuestra imaginación? Más pronto que tarde llegarán las descalificaciones, ajenas y propias, que nos llevarán a revisar si aquel objetivo merecía semejante ansia.
En realidad no existen los finales. Ni felices ni tristes. Y el único final cierto para el sujeto que vive es la muerte. Trascendente, pero no feliz. Y difícilmente advertida por el propio sujeto.
La vida, amigos míos, es una función continuada que carece de finales. Y cada cierre de etapa, cada concretación, cada culminación de un proceso no es más que un eslabón que nos engancha con lo que sigue, más o menos dramático, más o menos feliz.
En este viaje hacia lo incierto que sucederá a la muerte, lo mejor es disfrutar del camino, valorar cada estación que nos restaura a lo largo del trayecto, procurar una buena socialización, sentirnos confortables con nosotros mismos y construir, si es posible, una memoria que justifique nuestro paso cuando ya no estemos.
Éste sería un final feliz. Pero sólo lo disfrutarían aquellos que nos sobrevivan. Y la inasible y vanidosa posteridad.