Qué lo urgente no distraiga lo importante

18. sep., 2020

 

 
 
Ayer se celebró, en la Argentina, el Día del Profesor como homenaje a José Manuel Estrada, una de las figuras descollantes de la Generación del '80.
Con sus luces -muchas- y sus sombras -intrigantes-, la del '80 fue la generación que le dio cohesión y proyecto a un país que parecía sin destino, tras medio siglo largo de luchas intestinas.
Agotado el proyecto, con Yrigoyen, no hubo otro, salvo el peronismo. Juzgue usted. La decadencia es ostensible.
Pero no ahondaré, por el momento. Tomo la referencia como disparador para contar mi experiencia.
Di clases durante treinta y cinco años. En la educación pública y en la educación privada. En los niveles básico, medio, superior y universitario. Con alumnos que habitaron los extremos de un hipotético arco socioeconómico. En más de cincuenta asignaturas. Y -contenidos y metodología al margen, que adecuaba a la ocasión- no hice diferencias de ninguna naturaleza. Tampoco modifiqué nunca el objetivo número 1 de toda planificación: "Desarrollar la capacidad de pensar". Sujeto que piensa entiende todo, curse el nivel que curse, asista a la educación que asista.
La cantidad de saludos y mensajes que recibí, por todos los canales de comunicación que dispongo, de exalumnos que van de los veinte a los cincuenta y cinco años o más, me indican que tan mal no hice las cosas. Sin embargo me llevé de punta con el sistema.
Sucede que nunca concedí ni al facilismo ni a la demagogia. Y si fui exigente, lo fui comprendiendo el elemento humano con el que debía trabajar -el de los alumnos, quiero decir, no el de los tantísimos chantas que deciden y conducen-. Ese elemento humano tiene inteligencia propia y sensibilidad propia, pero responde a circunstancias ajenas que el docente debe interpretar.
Lo importante, para no extenderme, es fijar rumbos y caminos posibles. Fijados que estén, respetar libertades y voluntades. Y convenir las reglas del juego.
Jamás nivelé para abajo, contra todas las recomendaciones que llegaban de los sucesivos populismos, desde finales de los '70 hasta el 2015, cuando me retiré. Discutí con directivos y colegas, debí echar inspectores de mis clases, más de una vez, y debí bancarme que me echaran a mí. Todos supimos lo que hacíamos.
El problema es que entiendo -y así lo argumenté siempre, con la batería de recursos que mi capacidad me permite- que si se iguala para abajo pierden todos: el que no puede o no quiere, porque seguirá sin poder y sin querer, y el que puede o quiere, porque perderá los estímulos.
Si el ritmo del aprendizaje lo señalan los mejores, y el docente sabe atender qué sucede con los distintos alumnos de una clase, todos aprenderán algo, todos se enriquecerán, todos desplegarán sus potencias, aun cuando lo hicieren en grados diferentes, con ritmo diferente y en tiempos diferentes. Llegado el momento de las evaluaciones y las promociones, el docente sabrá considerar y discernir. Pero el ciclo no se habrá perdido en naderías.
Yo reivindico el mérito. Y también reivindico los diferentes tipos de inteligencia y el conjunto de lo que se llama 'factores psi'. Cuando el grupo de punta puede y quiere, todos podemos y queremos un poco, todos progresamos. Si nivelamos para abajo, en cambio, lejos de favorecer la justicia cometeremos la injusticia mayor: la de permitir que todos se malogren.
 
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(Publucado en Facebook el viernes 18 de septiembre de2020)
25. abr., 2020

Detesté el Once desde que conocí Buenos Aires porque uno no puede andar libremente por allí, viendo si algo le interesa, sino que se ve acosado por los mercaderes que le quieren vender lo que les interesa a ellos.
Había vivido algo parecido antes, cuando por los 17 debí permanecer internado dos meses y medio y todos los días iban dos monjas a la sala del hospital para venderme su catecismo, aprovechando que todos los que estábamos ahí estábamos cautivos. Tuvieron éxito las monjas: me lo vendieron. Tanto que me costó veinte años sacarme el catecismo de encima.
Y tuve varias vivencias parecidas después. La más significativa, durante un fin de semanas que nos alojamos con mi pareja de entonces y sus hijos en Los Focolares, de O'Higgins, para "desestresarnos". Allí, cautivos también aunque por voluntad propia, si mirábamos un dulce, era "el dulce que le gustaría a la Virgen"; si mirábamos una prenda, era "la prenda que le gustaría usar a la Virgen"; si mirábamos algún adorno o alguna planta, eran el adorno o la planta "que elegiría la Virgen". Nunca más volví ni volveré, solo ni acompañado, a la estancia de esos charlatanes.
Y algo semejante sucede en este tiempo de cuarentena, cuando todos estamos cautivos, a través de la red. Basta que vean la oportunidad para que un variado conjunto de charlatanes quiera vender sus productos que abarcan un amplio espectro, desde lo lúdico hasta lo psicológico, pasando, desgraciadamente, por lo ideológico y lo literario.
Es vasto el universo de "macaneadores", calificativo ajustadísimo que tomé de Mario Bunge.
Y uno, que está grande, por educación los tolera. Aun cuando se salgan de territorio propio e invadan el ajeno. Aun cuando, como los mercaderes del Once, nos tironeen del brazo para meternos en su territorio.

26. mar., 2020

A poco de que se lo piense se comprenderá que este aislamiento forzoso, esta ‘cuarentena’ general, no es sostenible en el tiempo. Vivo sobre una arteria importante de mi ciudad y hoy pasaron más autos que en toda la semana. Y mañana, que es viernes, será peor. Y el sábado.
No se apure: yo no justifico nada y soy el primero en cumplir las normas. Digo, nada más, que el aislamiento no es sostenible ni siquiera a corto plazo y que habrá que ir previendo otras soluciones.
Lo que nos toca vivir, como humanidad, es inédito. Cualquier comparación con guerras u otras catástrofes es inapropiada, no ayuda. Y a problemas inéditos hay que encontrarles soluciones inéditas. Por eso escribí hace poco que es la hora de los estadistas, aunque no sabemos si están.
El miedo retiene, el miedo exalta, el miedo empuja reacciones de todo tipo. Pero lo que toda experiencia demuestra es que la humanidad, en su conjunto, no tolera el aislamiento. Ni qué hablar si colapsara Internet por la sobrecarga a la que la someten tantos pretendidos héroes particulares, que saturan las redes con recitales, videoconferencias, viedoconciertos, videoaulas, videomuseos, imágenes y más imágenes y más imágenes de lo que o sabemos o podemos buscar en Google, en Spotify, en YouTube. Toda artillería pesada -ya que de pronto se puso de moda el lenguaje castrense- que pone en jaque a la red y augura su colapso.
No se alarme si llegó hasta aquí. Estas columnas las leen muy pocos y no voy a influir en el comportamiento negativo de nadie. Tampoco influyen en el comportamiento de nadie, como queda claro, todos los que creen jugar su inmortalidad echando peroratas a quienes no los escuchan. Es tiempo de que pensemos juntos. Es tiempo de que entendamos qué cosa es ser humano.
Ser humano es, por antonomasia, ser sujeto social: sujeto de libertad, de movimientos voluntarios, de reuniones, de afectos compartidos, de abrazos. También es ser sujeto de riesgos. Tomar riesgos forma parte esencial de una enorme cantidad de seres a lo largo y a lo ancho del planeta y transgredir es una costumbre arraigada en casi todas las culturas y muy alegremente promovida por artistas, poetas y epígonos. También por jugadores -ludópatas o no- de toda laya. Transgredir y tomar riesgos son factores constitutivos de la condición humana. Y no hay miedo, por más publicitado que fuera y por más razones que lo justifiquen, que modifique la condición. Llevaría siglos cambiar esa cultura. Borges lo observa muy bien en “La lotería en Babilonia” cuando señala que la Lotería, que al principio sólo entregaba premios faustos -buenos, gratos-, empezó a decaer y entonces debieron incorporarle números infaustos -de riesgo, dañinos, terribles incluso- que operaran como estímulo. Imaginesé una suerte de ruleta rusa. Lo curioso es que cuantos más números infaustos incorporaba, más exitosa resultó la Lotería. Y esto es así porque cada ser humano, íntimamente, sueña con vencer al destino frente al que todos sucumben.
Vuelvo a la catástrofe humanitaria que nos tiene en vilo y encerrados. Ya asomaron, ya se multiplicarán, los que desafían las normas porque juegan sus partidas frente al destino. No hay ley que los contenga y menos cuando el delito que se les imputa es tan difícil de tipificar. ¿Cómo concebir como delito algo tan natural como dar un paseo, abrazarse con el amigo, intimar con quien se ama, visitar a los familiares?
No sé, no puedo ni prever ni imaginar, cuál será el tiempo de tolerancia al impedimento. Pero me atrevo a conjeturar que será corto. Y eso que no incorporé a mi conjetura el terremoto económico y la casi segura eventualidad de pronto desabastecimiento.
La palabra la tienen la ciencia y la política. Socialmente, culturalmente, no es mucho más lo que se puede esperar. Y con todo, parece demasiado.

22. mar., 2020

No sé si es el momento. Tampoco se sabe cuál es el momento, nunca.

Cuando empecé a dar clases, en tiempos de la Guerra de Malvinas, mis alumnos eran apenas más jóvenes que yo. Sobre todo los del terciario.

Junto con la recuperación democrática, después de la derrota, y con el creciente antimilitarismo, una suerte de nacionalismo soft había ganado la mayoría de las conciencias. El emblema era León Gieco y aquellos versos que devinieron himno: “Sólo le pido a Dios / que la guerra no me sea indiferente, / que la gastada muerte no me encuentre / vacío y solo, sin haber hecho lo suficiente.”

Se lo cantaba. No sé si se lo comprendía. No sé si se quería comprender.

Yo les decía a mis alumnos, entonces, que las guerras eran inherentes a la condición humana. Que no hubo siglo sin guerras. Que los factores que las provocaban eran múltiples. Que la historia es una sucesión indefinida de pueblos conquistadores y pueblos conquistados. También en la América precolombina. Que, nos guste o no nos guste, los pueblos más fuertes salieron y saldrán a buscar el mejor hábitat posible para su desarrollo. Que el planeta es un sitio limitado, sobre todo en sus zonas benignas y fértiles. Y que las guerras -y las pestes- terminaban por regular el equilibrio poblacional.

Así de crudo. Así de duro. Siempre es cruda y es dura la realidad, por eso se le escapa con estrambóticas teorías.

Recuerdo que desafiaba el pensamiento de mis alumnos con problemas del siguiente tenor:

El mundo -les decía- tiene alrededor de cuatro mil quinientos millones de habitantes, de los cuales, mil millones habitan en la China y setecientos millones en la India; dos grandes territorios, menores sin embargo a la despoblada Siberia, con la que comparten el continente asiático. La Argentina no alcanza los treinta millones, con un territorio que es el octavo o el noveno en superficie del mundo. Llegado el momento en que chinos e indios se hacinen, ¿hacia dónde creen ustedes que migrarán? ¿Hacía la gélida Siberia? ¿Hacia la pequeña y apiñada Europa? ¿Hacia el África, tan poco amable por razones opuestas a la Siberia? ¿Hacia una Norteamérica también superpoblada y, encima, poderosa? Tenemos todos los números comprados para ser objeto de la hipótetica invasión. Un cinco por ciento, nomás de la población china que decidiera migrar, duplica la población total de la Argentina: ¿Con qué creen que los detendríamos? ¿Con itacas o con cañones inservibles apostados a lo largo de toda la costa atlántica? Y en la imposible posibilidad de que se pudiera, ¿sería justo?

Mis alumnos me miraban. Qué joven se volvió loco el profe -pensarían- y eso que ni siquiera fue a la guerra.

Con variantes, repetí el desafío intelectual en distintas instancias a lo largo de casi cuatro décadas de docencia.

Hoy, el planeta entero, vive una crisis humanitaria sin precedentes. Nunca el futuro fue tan incierto a pesar de que nunca estuvo la humanidad más informada y a pesar de que el conocimiento y la ciencia alcanzaron un punto de desarrollo que las mentes comunes no alcanzan a entender.

El problema, casualidad o no, se generó en la China. El problema, casualidad o no, empieza a revertirse en la China; pero el resto del mundo está en zozobra.

Hoy, lo que eran cuatro mil quinientos millones en el mundo cuando yo desafiaba el pensamiento de mis alumnos son alrededor de ocho mil millones. Prácticamente se duplicó la población en menos de medio siglo. Y se esperan unos diez mil millones ni bien iniciada la segunda mitad del presente.  ¿Soportaría esa población el planeta? Téngase en cuenta -y seré crudo y duro otra vez- que las guerras, aunque más propagandeadas, matan cada vez menos gente; y que la ciencia estiró la longevidad hasta puntos inimaginables algunas décadas atrás, incluso en países desfavorecidos como el nuestro o los de toda Latinoamérica.

Cuando se atraviesa una crisis urgente como la de la pandemia actual no hay ni tiempo ni ganas para pensar más allá de lo inmediato y de lo próximo. Pero téngase en cuenta, también, que en algún sitio se lo está pensando. Que a poblaciones demasiado abigarradas les está haciendo falta territorios vivibles. Y que la ola se podría administrar con inteligencias a tono, pero no se la podría evitar.

Nada será igual en el mundo después del COVID – 19. Y ha llegado la hora, me parece, de los grandes estadistas.

31. oct., 2019

Podrán confirmarlo o desmentirlo para sí cada uno de los alumnos que tuve a lo largo de treintaypico años de docencia, pero nunca fui de tomar muchas "pruebas". A medida que crecía, incluso, llegué a saltear las mandadas por el Ministerio. Siempre me pareció más importante llevar un ritmo constante de aprendizaje que interrumpir el proceso con una presunta evaluación que, al cabo, no lo era. Debí lidiar con la ansiedad de alumnos y padres que querían saber "Qué se sacaron". Pero logré persuadir, de a poco, acerca de que un número, por lo general descontextualizado, no implica un saber. Y prioricé que mi alumnos supieran. Sobre todo, que supieran pensar libremente y que fueran regulando sus propios ritmos de aprendizaje, porque les interesara saber y no porque tuvieran que satisfacer una puntualidad estadística.
Tampoco preparaba mis clases, aunque siempre llevaba material de trabajo. Para aprovechar en plenitud cada jornada es necesario que el docente maneje conocimientos y competencias pedagógicas, pero que las aplique conforme al estado en que encuentra cada vez al grupo, buscando las motivaciones y las actividades más adecuadas para los diferentes estados de ánimo.
Sí preparaba una exhaustiva evaluación final, donde las preguntas entregadas a los evaluados les permitiera no una respuesta mecánica o memorística, sino una integración de conocimientos, estrategias y tácticas que habíamos visto durante el ciclo. Por eso también eran evaluaciones "con libro abierto", como decían ellos festejando de antemano -como si la cosa fuera más sencilla- o "con libros, carpetas, apuntes, machetes y el traga del curso al lado -como les decía en broma-, pero sobre todo, con las mentes abiertas".
Y jamás me puse en verdugo en una instancia de evaluación. Al contrario: la evaluación es el momento más precioso para que se aprenda lo que hasta entonces no se había aprendido. Mi obligación como docente, por lo tanto, debía ser la de asistirlos, orientarlos, tranquilizarlos, desdramatizar, ser ecuánime.
Parece lógico y natural dicho así, pero no es lo común. Viví lo contrario como alumno y como colega de otros colegas, salvo dichosas excepciones.
Todo viene a cuento porque acabamos de pasar una instancia electoral en la Argentina, porque el electorado decidió, no cambiar de rumbo, sino regresar a un rumbo reiteradamente fracasado y porque entramos en un período de transición más o menos tumultuoso según sea la predisposición de las partes.
Hay mucho interesado en saber qué nota se sacó finalmente Macri. De un lado, subestimando, y sobrestimando, del otro. Y a mí me parece que no importa una nota. Me parece que todos debemos aprender un poco más y que al momento de la evaluación final, que será posterior al 1O de diciembre, deberemos sopesar saberes, comportamientos, posibilidades, estrategias, tácticas y dificultades. También entender de dónde se partió, dónde se está, hacia dónde se va y con qué propósitos.
Yo haré la mía. Cada ciudadano con interés, la suya. No se me escapa, sin embargo, que el evaluado sufrió los perjuicios de muchos evaluadores verdugos que lo sometieron a pruebas permanentes y sin sentido desde el mismo comienzo del ciclo, que lo prejuzgaron y lo calificaron con notas "estigmatizantes", según calificativo que popularizó un desafortunado economista ahora devenido gobernador del principal distrito del país, el mismo que decidió por el resto. "Gato", "El helicóptero", "MMLPQTP, "Neoliberal", "Facho", "Gorila", "Imperialista" fueron notas que le encajaron de entrada, porque sí, para satisfacer esa puntualidad estadística de la que hablaba al comienzo y que sólo satisface a los ansiosos. También a los mediocres. También a los probadamente incapaces. También a los que sólo les importa "ir tirando" y "zafar".