Qué lo urgente no distraiga lo importante

13. nov., 2020
Lo que sigue será dicho desde la liberalidad que profeso y desde la libertad que ejerzo consecuentemente. No es necesario que coincidan conmigo ni que tomen lo dicho como modelo; mucho menos, como verdad.
Yo entiendo que si se amó no se deja de amar. No importa la duración del vínculo, si lo hubo, ni la suma de nuevos amores. Que tampoco serán tantos.
No creo en el amor único. Si es plural con los padres, con los abuelos, con los hijos y con los nietos, incluso con las mascotas para quienes aman las mascotas, bien puede ser plural con las personas que aparecen en nuestras vidas y nos hieren la sensibilidad y los sentimientos de manera definitiva. Después se mezclan otras cosas: la pasión, la sexualidad, el nivel de diálogo, la costumbre. El error, incluso. Y el deslumbramiento; la humana tentación por la novedad.
Pero tengo para mí que, si se amó, se continúa amando hasta la muerte. Sea la cantidad que fuera. Y que cada amor desfilará, con sus virtudes y con sus defectos, en el momento del último recorrido.
Es muy enojoso, claro, confesarle a quien se ama en el presente que se guardan amores del pasado. Que están vivos. Que son, aunque no estén. Tampoco es fácil tolerarlo que lo hagan con nosotros. Pero es bueno saber, a cierta altura del trayecto, que pudimos amar, que pudimos ser amados, que podemos amar todavía y que cada amor merece su lugar de privilegio en la memoria.
25. oct., 2020
Vuelvo sobre un asunto que irrita. Pero sobre el que es necesario volver si uno quiere entender de qué se trata.
En el café discutíamos con un amigo acerca de por qué, si la pandemia afectó el mundo entero, las consecuencias económicas y monetarias en la Argentina son catastróficas. Él me ponía, atinadamente, el ejemplo de Paraguay, una nación que siempre estuvo rezagada en Sudamérica respecto de sus pares más prósperos (ni qué hablar de la Argentina que se pretendiera potencia) y que conserva la estabilidad de su moneda y mantiene controlados los niveles de inflación. Concluía, no sin sustento, que el problema argentino es político.
Yo acompaño, en principio, la conclusión. Pero observo que, más que político, el problema argentino es religioso.
Hace unos días publiqué, por este mismo canal, un artículo que hablaba del odio. Decía, entonces, que “Las religiones, más que la política e influyendo sobre ella, son promotoras del odio, aun cuando vivan hablando del amor. Y son promotoras del odio porque se reservan invariablemente para sí la tenencia de los buenos. En esa propuesta binaria, si nosotros somos los buenos los de enfrente, necesariamente, deben ser los malos: los espíritus a conquistar, los espíritus a convertir, los espíritus a transformar o, llegado el caso, los espíritus a aniquilar.”
No faltó el reaccionario que me salió al cruce comentando que “no es la religión, sino los hombres” quienes promueven el odio. Como si fueran escindibles. Como si la religión no fuera cosa de los hombres.
Y vuelvo sobre el asunto porque en la Argentina -como en todo país con marcadas tendencias totalitarias- la política se vive y se dirime como religión. No se dialoga, se conquista y se impone. No se razona, se profesa una fe. No se busca consenso ni acuerdos, se comulga. No se desarrolla ni se progresa, se expropia o se usurpa. El líder o el partido encarnan la divinidad a la que se sigue ciegamente. Y esa divinidad encaramada -por los hombres- trabaja sobre dos ejes tan eficaces como perversos: el miedo y la culpa.
Así funcionaron y funcionan los totalitarismos. El nazi, el fascista, el falangista, el comunista, el maoísta. También, por supuesto, el peronista. Por algo se festejaba repetidamente “San Perón”. Por algo Tomás Eloy Martínez escribió “Santa Evita”. Y por algo se busca, por todos los medios -por empezar, los templos que se le construyen-, canonizar a “San Néstor” y, seguidamente, a “Santa Cristina” y “San Francisco el Papa”. A ninguno de ellos se los discute, se los venera. A ninguno se les puede oponer argumentos, no sólo de la razón, sino también de la evidencia. Hay que postrarse ante sus designios divinos. Y lo curioso es que muchos que insistían, otrora, para que el Vaticano vendiera sus riquezas y las repartiera entre los pobres -una soberana idiotez- nada dicen ahora acerca de las cuantiosas riquezas malhabidas de los nuevos íconos religiosos.
El pensamiento mágico prima en las religiones. Y sus jerarcas dominan a caballito de ese pensamiento mágico. Si llega un momento en el que pierden el control, mandan a sus fieles a despanzurrarse entre ellos. Y después, otra vez de manera perversa, los elevan en el altar de los mártires.
Basura de la humanidad son todas las religiones. Las divinas y las paganas. Y en pleno siglo veintiuno y con una pandemia asolando no nos podemos dar el lujo de dejar la política, la economía y los asuntos de Estado en mano de los farsantes que las encarnan.
 
...........
Publicado en Facebook el 25 de octubre de 2020
25. oct., 2020
El odio no tiene ideología. Tampoco tiene clase social. Se odia a diestra y a siniestra. Se odia arriba -eso se llama desprecio-, se odia abajo -eso se llama resentimiento- y se odia en el medio -eso se llama celos, eso se llama envidia-.
Pretender que el odio es propiedad de un sector, de una clase o de un partido es excusa gastada para imponer un poder autoritario o, incluso, totalitario.
Las religiones, más que la política e influyendo sobre ella, son promotoras del odio, aun cuando vivan hablando del amor. Y son promotoras del odio porque se reservan invariablemente para sí la tenencia de los buenos. En esa propuesta binaria, si nosotros somos los buenos los de enfrente, necesariamente, deben ser los malos: los espíritus a conquistar, los espíritus a convertir, los espíritus a transformar o, llegado el caso, los espíritus a aniquilar.
El único remedio conocido para enfermedad tan extendida es el desarrollo de la capacidad de pensar. No se resuelve el problema a través de los sentimientos; al contrario, los sentimientos sin una razón que los module nublan todo, ponen todo rojo o ponen todo negro y el problema es de nunca acabar.
Leer por estas horas lo que se escribe, escuchar por estas horas lo que se dice produce una honda sensación de tristeza, un inmenso dolor.
Y cabe advertir, por enésima vez, que nadie está en condiciones de controlar el pensamiento de nadie, de imputar el odio de nadie. Las relaciones de amor-odio -y la paz y la justicia que emanaren de esas relaciones- en cualquier sociedad se autorregulan libremente. Todo organismo que se proponga para incidir sobre la cuestión no hará más que incrementar el problema.
 
...............
Publicado en Facebook el 14 de octubre de 2020
18. sep., 2020

 

 
 
Ayer se celebró, en la Argentina, el Día del Profesor como homenaje a José Manuel Estrada, una de las figuras descollantes de la Generación del '80.
Con sus luces -muchas- y sus sombras -intrigantes-, la del '80 fue la generación que le dio cohesión y proyecto a un país que parecía sin destino, tras medio siglo largo de luchas intestinas.
Agotado el proyecto, con Yrigoyen, no hubo otro, salvo el peronismo. Juzgue usted. La decadencia es ostensible.
Pero no ahondaré, por el momento. Tomo la referencia como disparador para contar mi experiencia.
Di clases durante treinta y cinco años. En la educación pública y en la educación privada. En los niveles básico, medio, superior y universitario. Con alumnos que habitaron los extremos de un hipotético arco socioeconómico. En más de cincuenta asignaturas. Y -contenidos y metodología al margen, que adecuaba a la ocasión- no hice diferencias de ninguna naturaleza. Tampoco modifiqué nunca el objetivo número 1 de toda planificación: "Desarrollar la capacidad de pensar". Sujeto que piensa entiende todo, curse el nivel que curse, asista a la educación que asista.
La cantidad de saludos y mensajes que recibí, por todos los canales de comunicación que dispongo, de exalumnos que van de los veinte a los cincuenta y cinco años o más, me indican que tan mal no hice las cosas. Sin embargo me llevé de punta con el sistema.
Sucede que nunca concedí ni al facilismo ni a la demagogia. Y si fui exigente, lo fui comprendiendo el elemento humano con el que debía trabajar -el de los alumnos, quiero decir, no el de los tantísimos chantas que deciden y conducen-. Ese elemento humano tiene inteligencia propia y sensibilidad propia, pero responde a circunstancias ajenas que el docente debe interpretar.
Lo importante, para no extenderme, es fijar rumbos y caminos posibles. Fijados que estén, respetar libertades y voluntades. Y convenir las reglas del juego.
Jamás nivelé para abajo, contra todas las recomendaciones que llegaban de los sucesivos populismos, desde finales de los '70 hasta el 2015, cuando me retiré. Discutí con directivos y colegas, debí echar inspectores de mis clases, más de una vez, y debí bancarme que me echaran a mí. Todos supimos lo que hacíamos.
El problema es que entiendo -y así lo argumenté siempre, con la batería de recursos que mi capacidad me permite- que si se iguala para abajo pierden todos: el que no puede o no quiere, porque seguirá sin poder y sin querer, y el que puede o quiere, porque perderá los estímulos.
Si el ritmo del aprendizaje lo señalan los mejores, y el docente sabe atender qué sucede con los distintos alumnos de una clase, todos aprenderán algo, todos se enriquecerán, todos desplegarán sus potencias, aun cuando lo hicieren en grados diferentes, con ritmo diferente y en tiempos diferentes. Llegado el momento de las evaluaciones y las promociones, el docente sabrá considerar y discernir. Pero el ciclo no se habrá perdido en naderías.
Yo reivindico el mérito. Y también reivindico los diferentes tipos de inteligencia y el conjunto de lo que se llama 'factores psi'. Cuando el grupo de punta puede y quiere, todos podemos y queremos un poco, todos progresamos. Si nivelamos para abajo, en cambio, lejos de favorecer la justicia cometeremos la injusticia mayor: la de permitir que todos se malogren.
 
.....
(Publucado en Facebook el viernes 18 de septiembre de2020)
25. abr., 2020

Detesté el Once desde que conocí Buenos Aires porque uno no puede andar libremente por allí, viendo si algo le interesa, sino que se ve acosado por los mercaderes que le quieren vender lo que les interesa a ellos.
Había vivido algo parecido antes, cuando por los 17 debí permanecer internado dos meses y medio y todos los días iban dos monjas a la sala del hospital para venderme su catecismo, aprovechando que todos los que estábamos ahí estábamos cautivos. Tuvieron éxito las monjas: me lo vendieron. Tanto que me costó veinte años sacarme el catecismo de encima.
Y tuve varias vivencias parecidas después. La más significativa, durante un fin de semanas que nos alojamos con mi pareja de entonces y sus hijos en Los Focolares, de O'Higgins, para "desestresarnos". Allí, cautivos también aunque por voluntad propia, si mirábamos un dulce, era "el dulce que le gustaría a la Virgen"; si mirábamos una prenda, era "la prenda que le gustaría usar a la Virgen"; si mirábamos algún adorno o alguna planta, eran el adorno o la planta "que elegiría la Virgen". Nunca más volví ni volveré, solo ni acompañado, a la estancia de esos charlatanes.
Y algo semejante sucede en este tiempo de cuarentena, cuando todos estamos cautivos, a través de la red. Basta que vean la oportunidad para que un variado conjunto de charlatanes quiera vender sus productos que abarcan un amplio espectro, desde lo lúdico hasta lo psicológico, pasando, desgraciadamente, por lo ideológico y lo literario.
Es vasto el universo de "macaneadores", calificativo ajustadísimo que tomé de Mario Bunge.
Y uno, que está grande, por educación los tolera. Aun cuando se salgan de territorio propio e invadan el ajeno. Aun cuando, como los mercaderes del Once, nos tironeen del brazo para meternos en su territorio.