Qué lo urgente no distraiga lo importante

11. jun., 2021
"Mi cuerpo será camino,
le daré verde a los pinos
y amarillo a la genista."
(Joan Manuel Serrat, 'Mediterráneo')
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En pleno siglo XII, mientras el continente europeo evaluaba las primeras cruzadas y una euforia cristiana y reivindicativa ganaba las almas de los pueblos, Inglaterra se debatía en la anarquía. Hasta que un feliz entrecruzamiento de familias revertiría ese destino y daría comienzo a un período de esplendor.
En efecto, en 1127 Godofredo de Anjou se casó con Matilde, única hija del rey Enrique I de Inglaterra, que estaba en guerra interna con su primo Esteban. Así, la influencia francesa se trasladó a la isla.
El hijo de ambos, Enrique, heredó primero el condado de Anjou y, tras el Tratado de Wallingford, que puso fin a la anarquía, la corona de Inglaterra que asumió bajo el nombre de Enrique II.
De esta manera comienza la dinastía Plantagenet, que diera personajes tan curiosos y relevantes para la historia del mundo como Ricardo Corazón de León y Juan Sin Tierra, su hermano y principal enemigo, hijos ambos de Enrique II y Leonor de Aquitania.
Ricardo fue un aventurero inescrupuloso, protagonista de la Tercera Cruzada que sucumbió ante la habilidad de Saladino, y de una larga travesía de pillaje antes de retornar a Inglaterra. Juan -menos talentoso, menos osado y menos simpático que Ricardo, pero igual de pillo- tuvo, sin embargo, su momento de gloria tras su victoria en la batalla de Bouvines y consiguió dotar a su país de la célebre "Carta Magna", que sentaría las bases jurídicas de lo que sería, más tarde, la tradición liberal. Allí se sancionaba los privilegios que los nobles y los príncipes de la Iglesia hacían valer sobre sus súbditos y se destacaba la importancia de la libertad personal, a la que se garantizaba en un párrafo memorable contra el abuso de poder: "Ningún hombre libre podrá ser detenido, preso, declarado fuera de la ley, desterrado o castigado de cualquier manera que sea, sin haber sido juzgado antes por sus iguales, según las leyes del reino" (Carl Grimberg, 'Historia Universal', tomo 14).
Si bien la Carta Magna no terminaba con la esclavitud y la servidumbre, el paso en dirección de los derechos humanos y de las garantías individuales era gigantesco, en una época en la que las muertes masivas, las torturas, las humillaciones y vejaciones a mujeres y niños, los destierros, las excomuniones y contraexcomuniones, la trata de personas y otras miserias incalificables eran moneda corriente, sostenida y propiciada por Papas y dignatarios de la Iglesia, más ocupados en sus negocios y en las cuestiones del poder, que en el destino de los cuerpos y las almas que decían representar en el nombre de Cristo.
Será por eso, quizá, que la dinastía Plantagenet -aun con sus vicios indefendibles y censurables- me provoca alguna simpatía. Y esa simpatía se agranda tras conocer el origen de la denominación.
Plantagenet deriva del distintivo que usaba Godofredo: una ramita de retama. O genista. O hiniesta. Que en francés se escribía 'genèt'.
Ese arbusto leñoso, casi árbol, de flores amarillas que me cautiva desde la adolescencia -y que ha cobijado, en otros tiempos, recordados episodios de amor- me seduce como pocos. Y me seduce su nombre, en la versión afrancesada de Serrat (los catalanes son parientes cercanos de los franceses): 'genista'.
El español lo tradujo como 'hiniesta'. Y de allí, otro motivo para mi admiración: Como amante del fútbol pensado antes que corrido, Andrés Iniesta es uno de mis mayores referentes.
Queden otros con las hazañas de los héroes mayores: Pelé, Maradona, Romario, Ronaldinho, Cristiano, Messi.
Yo me quedo con las hazañas de la inteligencia: Bochini, Francescoli, Zidane, Riquelme, Iniesta.
Partí de la leyenda y de la historia. Avancé sobre los orígenes de la tradición liberal. Cerré con la alusión futbolera. Me afirmo, con ello, en lo que creo con una toma de posición que ya manifesté tantas veces: Somos humanos porque somos sujetos de lenguaje; somos sujetos de lenguaje porque somos sujetos de razón.
Será la razón la que nos salve cuando las pasiones confundan los sentidos, perviertan las conductas, conduzcan a la disolución.
Para entonces me gustaría florecer entre las ramas de la genista.
11. jun., 2021
Mientras la población padece y se desconcierta, cada vez, con el avance del virus, sus numerosas mutaciones, sus diferentes cepas, la política por un lado y los laboratorios por el otro mueven sus fichas, definen sus estrategias. Son muchos y variados los intereses en juego: políticos, económicos, científicos, ideológicos, religiosos.
Y en esta suerte de guerra de guerrillas la incógnita consiste en saber quién se llevará las palmas en el caso probable de que la pandemia resultare controlada, primero, y vencida, después.
Llevarse las palmas, sin embargo, no implica valoración favorable. Si la victoria sobre la pandemia fuere una victoria pírrica, las consecuencias se prevén muy graves.
Conviene revisar el origen de la expresión "llevarse las palmas".
Y para ello es necesario remontarse un milenio porque, como ya expusiera en notas anteriores, mucho de lo que se vive actualmente remite a lo medieval.
Por el lapso de un siglo -entre finales del XI y finales del XII- se llevaron a cabo las tres primeras Cruzadas que enfrentaron a los infieles. Categoría, ésta, que no estaría en condiciones de definir y, mucho menos, de identificar con un bando.
Lo cierto -como enseña la historia- es que durante el predominio árabe en la expansión del Islam -y más allá de todas las escaramuzas imaginables que acumularon centenas de miles de muertos- las culturas judía, cristiana y musulmana convivieron y se influyeron mutuamente, favoreciendo, incluso, un magnífico florecimiento de las ciencias y las artes.
Pero cuando los turcos -un pueblo de origen mongol emparentado con los hung-nu (o "hunos", según la transcripción romance)- invadieron el Califato, tomaron Jerusalén y esparcieron el terror entre los miembros de las tres culturas, en el Occidente que dominaban los normandos y los germanos, bajo la influencia directa del Papa, se despertó un odio manifiesto contra los depredadores y un afán de reivindicación y de aventura que alentó Pedro el Ermitaño (un predicador al que consideraban santo) y que capitalizó el Papa Urbano II, instigador de la campaña bélica para recuperar "los santos lugares".
Fueron cuatro las columnas de guerreros aliadas que, bajo el símbolo común de la cruz roja estampada en sus ropas, partieron hacia el Oriente Medio: la germana, encabezada por Godofredo de Bouillón; la normanda, encabezada por Roberto de Normandía; la flamenca, encabezada por Roberto de Flandes; y la francesa, encabezada por Raimundo de Tolosa (o Toulouse).
Duró tres años la campaña (1096 a 1099) y se cometieron todas las tropelías, todos los actos de pillaje y todo el vandalismo que se cometen en las guerras, donde mujeres y niños son las principales víctimas.
Finalmente triunfaron (el triunfo de la cristiandad sería apenas provisorio) y -según cuenta un cronista de la época- tras forzar los muros e ingresar a Jerusalén "todos felices y llorando de alegría, fueron los nuestros a adorar el sepulcro de nuestro Salvador Jesús".
Así quedaban redimidos, en el imaginario de los cruzados, todos los excesos, todas las devastaciones, todos los saqueos, todas las violaciones, todas las masacres. La causa era más importante que las personas y la vida.
Antes de regresar a Europa, los expedicionarios ofrecieron el trono de Jerusalén a uno de sus comandantes, Godofredo de Bouillón, quien, en honor a Jesús y su corona de espinas, declinó los honores de la corona de oro y se contentó con el título de "Gobernador y Defensor del Santo Sepulcro". Se bañaron, los cruzados, en las aguas del Jordán y cortaron ramas de palmas en sus riberas para llevarlas a Europa como trofeos.
"Llevarse las palmas", queda claro, no necesariamente significa la gloria ni cierra una tragedia. A veces se emparienta con el oprobio y puede abrir las puertas a una tragedia peor.
Continuará...
1. jun., 2021
Al asumirse como Muhhamad Alí, Cassius Clay no sólo se rebela contra su nación, su religión y su cultura para adoptar otras, sino que, dentro de las adoptadas, toma posición ideológica: se alinea políticamente.
Esa decisión, sostenida hasta su muerte, lo llevó a una idolatría que trascendió lo deportivo. Si como boxeador fue un virtuoso -acaso, el mejor de todos los tiempos-, como ícono de las izquierdas se inmortalizó gigante. Ya no era solamente el muchacho indócil que resignó su faja de campeón del mundo por negarse a que lo reclutaran para combatir en Vietnam, era una suerte de profeta en tiempos convulsos de idealismos extremos.
El asunto de los nombres se remonta a los orígenes del Islam (siglo VII d. C.) y a una guerra de facciones que no superaron ni calmaron los siglos. La de los sunnitas versus los chiitas.
Muhammad (Mahoma) era el nombre del fundador.
Alí, el de su yerno. Que se proclamó sucesor, pero que fue desconocido por la mayoría.
Mahoma mismo generó los primeros rencores al hacer de Medina la ciudad de la fe, desplazando a La Meca, en un traslado que se conoce como la "hégira".
Y al morir no había designado sucesor.
Muchos, entonces, se sintieron con el derecho y así lo reclamaron. La ocasión fue sagazmente aprovechada por Abu Bakr -padre de Aysa, la esposa preferida entre las varias que tuvo Mahoma- e hizo que se lo proclamara califa; esto es vicario del Profeta. Con él el Islam inició su expansión que llegaría a extenderse por el mundo entero. He visto en Abu Bakr un émulo árabe de Saulo de Tarso (San Pablo), el judío converso responsable de la pronta propagación del cristianismo.
El encumbramiento de Abu Bakr, sin embargo, generó resistencia, rebeliones y levantamientos en muchas de las tribus ("árabe", conviene recordarlo, significa nómada). Y tras la muerte de Abu Bakr, Umar -su sucesor- se convirtió en el gran conquistador de tierras en una extensión que comprendía desde Persia (Irán) hasta el África. Para esta época cae Jerusalén (año 638) y se genera un conflicto interreligioso -y político- que dura hasta nuestros días.
Para no extenderme, diré que si la descendencia de Abu Bakr se considera legítima depositaria de la "sunna" (o tradición mahometana expuesta en las "suras" o aforismos que dictara el Profeta), la descendencia de Alí (hijo de Fátima y nieto del Profeta; y padre, a su vez, de Hasan y de Husseim) nunca reconoció aquella supuesta legitimidad y, a través de la "shi'a" (partido o fracción) mantiene una contienda que atraviesa la historia.
De los conservadores de la "sunna" -digamos, la derecha, en términos modernos- derivan los sunnitas, amplia mayoría en el mundo islámico y con base territorial en la actual Arabia Saudita donde se halla La Meca, punto universal de veneración.
Y de los disidentes de la "shi'a" -digamos, la izquierda, en los mismos términos- derivan los "shiítas" (o "chiitas"), que representan una minoría combativa y consecuente y que tienen a Irak e Irán como referencias territoriales.
La evolución histórica es intrincada, comprende otros muchos actores y excede tanto mis conocimientos cuanto las posibilidades que ofrece este espacio. Baste con decir que la Revolución de los Ayatollahs, que encabezó Khomeini en 1979 y que aún gobierna en Irán, respondió a la minoría chiita. Y que la Guerra del Golfo, suscitada tras la invasión iraquí a Kuwait en 1990 -además de los intereses económicos que genera el petróleo y otras cuestiones de estrategia geopolítica que involucran a las potencias mundiales- tuvo la fuerte motivación de un enésimo enfrentamiento entre sunnitas y chiitas.
Está claro de qué lado se pararon Muhhamad Ali y todas las izquierdas, incluida por supuesto la que hoy gobierna en la Argentina.
Está claro, también, que los actuales alineamientos poco y nada tienen que ver con las raíces del problema islámico (y su correlato, no menos trascendente, del conflicto palestino-israelí) y que obedecen, más bien, a ensambles ideologizados sólidamente respaldados por las respectivas fuentes de financiamiento.
Partimos de un nombre legendario y llegamos a un cierre que no esclarece mucho, pero que se arriesga a sugerir que es muy difícil tomar partido -el terrorismo, como método, es patrimonio de los dos sectores y la víctima, siempre, la población común) y que, antes de embanderarse por oscuras simpatías en causas que devienen tragedias, convendría informarse y tratar de comprender.
Continuará...
1. jun., 2021
Hasta bien entrada la modernidad, la mayoría de los monarcas de Occidente -reyes o emperadores- eran analfabetos.
El dominio de las letras estaba reservado a muy pocos, especialmente a los clérigos, que supieron valerse de la condición para acumular poder.
Tras la caída de Roma, en el siglo V, y la expansión del Islam, a partir del siglo VIII, Occidente quedó circunscripto al Imperio Bizantino, con capital en Constantinopla, la antigua Bizancio y hoy, Estambul. Pero en territorio europeo, especialmente en la parte septentrional, se conformaron reinos de etnias y de índoles variadas que fueron expandiéndose -y, por supuesto, chocando- sobre la base de feudos.
Estudiar el Medioevo es estudiar una sucesión interminable de guerras, muchas de ellas, fratricidas, que sirve para comprender y pronosticar un futuro cercano y probable en América Latina.
No es casual que las grandes religiones hayan desplazado hacia América Latina sus focos de interés.
Carlomagno -el gran emperador de la cristiandad medieval- también era analfabeto, aun cuando ya grande alcanzara algunos rudimentos de lectura y de escritura y cuando se preocupara por alfabetizar y culturizar al pueblo tanto como resultara posible. Nieto de Carlos Martel ('Martel' por martillo, un instrumento que en la Argentina recobró prestigio a partir de la pandemia) e hijo de Pipino el Breve -analfabetos ambos- construyó su imperio a partir del reino de los francos, al que Carlos Martel le diera oxígeno tras derrotar a los árabes en la terrible batalla de Poitiers.
Y tras él fueron Roma y el Papado para recuperar el esplendor y el poder perdidos.
Duró poco, porque a la muerte de Carlomagno volvieron las guerras fratricidas desencadenadas por sus propios hijos, guerras que originaron lo que, más tarde, serían las naciones de Francia, Alemania e Italia.
Pero el dato curioso que me interesa rescatar es el primer acuerdo firmado de la historia -una rareza en tiempos cuando todo se resolvía con las armas o con juramentos e intercambio de regalos que muy pronto perdían el valor. Ese primer acuerdo escrito y firmado fue el "Juramento de Estrasburgo", en 842, por el que los hermanastros Luis el Germánico -nieto directo de Carlomagno- y Carlos el Calvo -hijo de Judith de Baviera que se convirtiera en emperatriz al casarse con Luis el Piadoso, primogénito de Carlomagno- se comprometieran a una ayuda recíproca para enfrentar a Lotario -el otro nieto directo y sobreviviente del gran Emperador.
En dos versiones, una en lengua vulgar latina -o romance- y otra en lengua germánica, el tratado, traducido al español, decía:
"Por el amor de Dios y por la común salvación del pueblo cristiano y la nuestra, a partir de este día, mientras Dios me dé saber y poder, defenderé a mi hermano Carlos (Luis), aquí presente, asistiéndole y ayudándole en todo, como debe hacerse con un hermano, a condición de que él me corresponda de la misma manera; y no pactaré con Lotario ningún acuerdo que redunde en detrimento de mi hermano Carlos (Luis), aquí presente".
El solemne juramento firmado -además de resultar gracioso, porque hermanos eran todos- duró lo que un suspiro. Pronto volvieron las hostilidades y Lotario se vio obligado a buscar la paz con intercesión del Papa, que así se convertía nuevamente en el factor de poder decisivo y que desembocaría en el célebre Tratado de Verdún, en 843.
Revisar aquello nos permite comprender mejor lo que sucede ahora entre "hermanos latinoamericanos", "aliados", "acuerdos", "compromisos" y "juramentos". Sobre todo cuando una nueva forma de analfabetismo -llamémosle funcional, o estructural- aqueja a buena parte de quienes gobiernan. Y cuando el Papado -tan ávido y oportunista como siempre- espera agazapado el momento del zarpazo.
También espera el Islam. También, la marea china.
Continuará...
22. may., 2021
Carl Grimberg murió en junio de 1941, dos años antes de que Perón diera su primer golpe propio (antes, en 1930, había participado como Teniente del que derrocó a Yrigoyen). No pudo por lo tanto, el sueco, conocer el peronismo.
Perón, como alto militar especializado en Historia del Mundo (de lo que, además de enseñarla, se jactaba) seguramente conoció a Carl Grimberg.
Lo que sigue viene a cuento, fijesé.
Para el año 1.000 -narra el historiador sueco en el tomo 12 de su Historia Universal- los cristianos en general y los españoles en particular estaban convencidos de que llegaba "el fin del mundo". Fin del mundo que no llegó ni llegará, como ya me extendí en otras notas. Pero como las religiones que se construyen a partir de promesas mesiánicas, de miedos y de culpas que serán castigados "al final de los tiempos", así lo instalaron, los fieles de entonces -y los de ahora, también- suelen creer a pie juntillas.
Sucede que por entonces, mientras los Otones daban forma al naciente Sacro Imperio Romano-Germánico, los árabes musulmanes se extendían por el mundo, invadiendo y arrasando cuanto se les opusiera, y llevaban casi dos siglos como amos y señores de la península ibérica, en la que permanecerían cinco siglos más.
Vaya usted sacando cuentas mientras yo veo de qué manera retorno a Perón.
En Córdoba esplendía, por el siglo décimo, un Califato que se había independizado del central de Bagdad. Y, próximos al cambio de milenio, muere el califa Alhakem II el Sabio y lo sucede su hijo Hixem II, que era menor de edad, y que queda bajo la tutoría de la califesa Aurora-Zohbeya, que tenía un amante militar.
Este militar, "de origen humilde" pero de ambiciones mayúsculas, se hace dueño de la situación, pasa a dominar la política del Califato, entretiene al joven Hixem II con un harén a medida que el muchacho crecía, lleva a cabo más de cincuenta campañas militares por todo el territorio, arrasa con cada ciudad que invade, provoca centenares de miles de muertos, somete, esclaviza y humilla a la población sobreviviente y terminan deshaciéndose de la misma Aurora-Zohbeya cuando empezaba a incomodarle.
Imaginesé si no era para creer que, llegada la Bestia, pronto llegaría también el fin del mundo.
Sin embargo, el dictador se ocupó por mantener una imagen pública de "piadoso defensor de la ortodoxia del Islam"; mandó ampliar la mezquita de Córdoba hasta convertirla en la más importante del mundo (los operarios esclavos trabajaron en la ampliación en condiciones no menos humillantes que aquellos antepasados que construyeran las pirámides de Egipto) y, cada tanto, él mismo tomaba el pico y la pala y montaba su actuación.
Porque Almanzor -tal el apodo del personaje que se llamaba Mohamed ben-Abi-Amir, según nos relata Grimberg- se dio a sí mismo el título de "primer trabajador del Califato y primer obrero del Islamismo".
No sé si ese título le suena.
Continuará...