17. jun., 2015

Acerca de la ironía, sus alcances y la poesía-liebre

En su comentario a un posteo mío, una amiga querida y consecuente me habla del manejo que hago de la ironía.

Y me gusta, sí, ¿para qué disimular el uso de lo evidente?

Me gusta como recurso lingüístico y como tropo literario y lo empleo en mis textos, aun conociendo los riesgos que implica una probable y frecuente incomprensión. Asumo esos riesgos, me responsabilizo por las consecuencias. Siempre que ironizo lo hago para arriba, con quienes se encaramaron por gusto; nunca ironizo con quienes la pelean abajo. Agrego, por si fuera necesario, que también sé tratar con gravedad y hasta con dureza los asuntos serios,  que no admiten sino las palabras justas; y los asuntos sensibles, que no admiten sino la palabra necesaria –o el silencio necesario- y la actitud en sintonía.

Por lo demás, soy un escritor que aspira a la poesía. Y aspirar a la poesía, merodearla, intentar aunque más no fuere algunos trazos que se le aproximen, exige disposición plena; no sólo de ánimo, de intelecto y de sensibilidad, también de exploración de alternativas, de estudio y de la oportuna selección de procedimientos y recursos. Si no supiera hacer esto, mejor que siguiera boxeando o jugando al fútbol, dos cosas que hago mejor.

Pero volviendo a lo serio, y tal como expuse cuando presenté ‘Cuotas partes’, allá por 2009, en el Café Monserrat, ser poeta –o aspirar a serlo- es ser imprevisible  e inasible: como la liebre. Dejo para otros la aspiración a malditos, románticos, sentimentales, herméticos, eróticos, surrealistas y comprometidos sociales; yo quiero hacer una poesía liebre, como detallo a continuación, y a eso me dedico con escaso talento humano:

 

 

POESÍA LIEBRE (texto con el que presenté ‘Cuotas partes’ en el Café Monserrat)

 

Circula cierta buena poesía, en la Argentina y en el mundo hispanoparlante, que yo llamaría serial, que enfoca tópicos de interés probado y que estructura el texto conforme los patrones que orientan las corrientes en boga, por lo general de matriz universitaria, frente a la que yo, como poeta, debo preguntarme qué actitud tomar. Pregunta que me formulo, claro, antes de escribir lo que fuere y, sobre todo, antes de dar volumen y forma a un libro con el propósito de publicarlo. Y lo que suelo responderme es que aquello que ya está hecho y dicho –y bien- no debo hacerlo ni decirlo yo, ¿para qué?

Suele suceder, sin embargo, que esas buenas estructuras poéticas tienden a adocenarse, a veces hasta el punto de compartir el alma misma, o confundirla, o perderla. Y yo, que amo la ciudad, pero vengo del campo, con perdón de la palabra, siento la necesidad de enfocar de manera distinta. Mi función, me parece, es la de tratar de alejarme  de cualquier poesía descriptiva, intimista o escatológica, de cualquier poesía testimonial, cualquier poesía objetivista, cualquier coloquialismo, cualquier panfletarismo o cualquier preceptiva –tanto la canonizada como la pseudovanguardista-, cualquier poesía poemática para intentar algo así como una poesía-liebre; una poesía que, cuando el lector le apunte al cuerpo, salte y lo obligue a corregir el punto de mira; que, cuando el mismo lector, la prenda de una pata, se le escape de entre los dedos; que cuando la prenda por las orejas, según mandan las reglas de la sujeción, lo patee y lo rasguñe obligándolo a soltarla; una poesía que corra y amague cuanto pueda para que el lector se agite y que si cae, finalmente, ante una perdigonada certera, le deje en la boca su sabor salvaje si es que no supo tratarla convenientemente en la cocina.

Resumiendo, me parece que mi función, como poeta de la pampa, es intentar una poesía que ni muerta deje de importunar. Porque si me pongo complaciente –y muchas posturas de incorrección política, de aparente transgresión o de agitación revolucionaria terminan siendo complacientes- me vuelvo demagogo y la demagogia, que desprecio, surte a cada paso, por derecha y por izquierda, buena parte de la buena poesía que se escribe.

Con ese propósito vengo a presentar ‘Cuotas partes’ a la metrópoli; con el claro objetivo de aportar una porción de poesía que no se deshaga ni se derrita al primer contacto; ni se agote, ni claudique.

La ciudad, como les dije, me resulta acogedora; la amo y vengo a ella con relativa frecuencia porque siento, también, que se deja amar; pero no me mueven afanes de conquista. La llanura, por su parte, me alimenta desde siempre, pero tampoco me gusta adormecerme en la comodidad de su extensión ni dejar que me colonice. Por eso y para eso escribo poesía; por eso y para eso, cada tanto, importuno con una publicación como ésta, que vine a mostrarles y que espero sepan admitir más allá de que la aprueben o la desaprueben. Por eso, y por el tiempo y la atención que me regalaron hasta aquí, valoro que estén acompañándome; a todos, muchísimas gracias.

 

Claudio Portiglia

Agosto / 2009