19. jun., 2015

Del humor al sarcasmo

Internet –sobre todo las redes sociales, como Facebook-  ha sido definida como ‘barrio virtual’ o ‘aldea virtual’. Por allí andamos todos, cruzándonos todos los días y, como en el barrio o la aldea física que habitamos, van revelándose las personalidades.  Nos decimos ‘amigos’, porque así nos fue impuesto por el mismo Gran Hermano que inventó la red, pero en realidad apenas ‘nos tratamos’, nos saludamos, cambiamos algún comentario de ocasión ante alguna noticia o alguna sorpresa. También nos tiramos la basura cuando desmalezamos el patio o barremos la vereda. Y cada tanto respondemos a un gesto de solidaridad por algún necesitado, siempre y cuando la necesidad haya sido convenientemente expuesta –a veces, morbosamente expuesta- y nuestra colaboración se note, amerite un agradecimiento expreso y una acreencia prolongada y hasta sirva de ejemplo para los demás. Nada para escandalizarse: animales humanos viviendo como cualquier otra especie.

Sobre un punto, no obstante, me quiero detener. El humor.

Un barrio, una aldea se definen por el humor de sus vecinos. Y el humor, como dijo un humorista, es cosa demasiado seria. En principio, la palabra que tiene raíces greco-latinas no define un conjunto indefinido de bromas, sino cualquiera de los líquidos que contiene un organismo animal y que la filosofía y la medicina antiguas fijaron en cuatro: bilis negra, bilis, sangre y flema. De la armonía en la relación de esos líquidos depende el ánimo del individuo;  y del buen ánimo de los mejor compensados derivó la asociación con las otras acepciones que sobre la palabra registra el diccionario. El individuo con sus humores equilibrados se manifiesta con buena disposición, sostiene un carácter afable, se muestra alegre. Y como la alegría invita a reír, pasó a entenderse que quien ríe está alegre, es afable, tiene buen ánimo, goza de buena salud. Discutible, aunque no me voy a extender. Una conocida historia del payaso Garrick que puede hallarse fácilmente ilustrará al interesado en profundizar. El objeto de este breve texto es otro y tiene dos líneas: una, la de afirmar que no toda risa es fuente o producto del humor y, muchas veces, ni siquiera factor de catarsis; la otra, central, diferenciar el humor del chiste y del sarcasmo.

El humor revela bienestar, equilibrio, buen ánimo, disposición social, íntima satisfacción con uno mismo y con el hábitat. Cuando distintos fenómenos alteran ese humor, el lenguaje recurre a la ironía, que es una figura delicada destinada a exponer los factores de perturbación. Desde este punto de análisis, el humor es catártico: alivia tensiones, aligera problemas que podrían agravarse, compensa los flujos orgánicos. Y la vía de restablecimiento puede ser interna, si el individuo tiene capacidad de activar o agilizar sus propios mecanismos de defensa, o externa cuando se recurre al humor de los otros, al humorista.

El chiste, en cambio, ya es un artificio de dudosa eficacia y, sobre todo, de muy difícil administración. No cualquiera es apto para el chiste y la mayoría, de hecho, no lo es. Su etimología onomatopéyica, es decir, derivada del sonido, lo asocia de manera peligrosa con el chisme. Ambas palabras se originan en el ‘chis chis’ de los que hablan por lo bajo, de los que murmuran y se burlan a escondidas, de la chusma. Sólo las inteligencias más elevadas y los individuos con gracia natural pueden rescatar al chiste de su origen poco noble y llevarlo a un campo de gracia y de beneficioso aporte social.  Si Les Luthiers o Fontanarrosa, por poner ejemplos conocidos, configuran  grandes humoristas, Landriscina es el arquetipo del contador de chistes, gracioso, correcto y eficaz.

Otra cosa es el sarcasmo que para desgracia abunda. Y que la red potencia de manera exponencial. El sarcasmo es, lisa y llanamente, una grosería, una bajeza. Se construye a partir de la burla innoble sobre los defectos, las limitaciones, las carencias, las diferencias y hasta las desgracias del otro y, como sucede con las aves carroñeras, se escarba con más saña donde más sangre se ve. El sarcástico, siempre, es un inmoral. A veces motu proprio, es decir, por propia decisión; a veces por imposición y hasta por mandato social, para no ser ‘castigado’ por el círculo de pertenencia. En el primer caso se revela un jodido; en el segundo, un débil.  Todo sarcástico, además, comete delito de discriminación como queda claro, fecha tras fecha, en cualquier tribuna de cualquier partido de fútbol argentino. Pero, peor que la tribuna donde se delinque en masa y  en caliente, es la red, Facebook, Twitter, donde se es bajo o delincuente con la protección de la pantalla, de la mediatez, de la distancia y hasta de los falsos nombres, los falsos rostros, las identidades falsas. Porquería que circula. Blancos expuestos por las circunstancias a los que es muy fácil pegarles desde los escondites de la estupidez. Y no importa si esos blancos son más o menos merecedores de crítica. Lo que importa no es el blanco, sino la inmoralidad del francotirador. Scioli, Mirtha Legrand, Wanda Nara, los Testigos de Jehová, la Presidente, Osvaldo, Lanata, Nelson Castro, Rodríguez Larreta, Casanello, Fayt, Boudou, Michetti son algunos de los blancos preferidos por estos días. Y allí van los innobles, rueda que te rueda, dibujando en la estupidez de sus rostros y en la de los rostros de quienes los festejan, la risa pintada y falsa del payaso que esconde tras la mueca sus ganas de llorar.

Pero sin su grandeza.