2. oct., 2015

Lucifer

Hace unos días se armó un pequeño escandalete porque en Santa Fe, Argentina, se autorizó que un recién nacido fuera inscripto con el nombre Lucifer.
Cuestiones más urgentes, como el viaje histórico del Papa o el paródico de la Presidente, atenuaron el impacto de la noticia y la bajaron pronto de los titulares. Imagino que alguna operación silenciosa habrá contribuido también para que así fuera. De cualquier manera, allí anda Lucifer, por el mundo y creciendo.
Hay que tener cuidado con los nombres. Sobre todo cuando se canaliza a través de ellos exaltaciones propias que pueden ir desde el arrebato ideológico o el amor ciego hasta una calentura o la fijación de determinada frustración. Por lo general, no obstante, la asignación de nombres obedece a un compuesto de esnobismo, fanatismo, cholulismo e ignorancia que ahora no viene al caso. Hay nombres, en la Argentina por lo menos y cada vez más abundantes, que son francamente ridículos. Y yo mismo, para no salirme de esta primera persona que tanto se me critica desde la objetividad de los objetivos, me llamo Claudio Félix, que en su etimología latina significa “Rengo Feliz”.
Lucifer, sin embargo, establece un punto de quiebre y, a la vez, un paradigma.
Bello desde lo eufónico, también es bello lo que denota: “Portador de Luz”, “Lucero del Alba”. Pero para la tradición católica, tan arraigada en estos lares, lo que connota es tremendo: “Ángel Caído por la Soberbia”, “Diablo”, “Satanás”.
Si Dios es lo soberanamente bueno, Lucifer –su enemigo (curiosa contradicción de la mitología que al Todopoderoso se le oponga una fuerza equivalente)- es lo soberanamente malo, lo despreciable. Desde este enfoque, Lucifer, el chiquito santafesino, soportará de por vida una carga pesada.
Nadie asegura, con todo, que la tradición sea buena ni que no pueda torcérsela o aspirarse a cambiarla. Tal vez en algunos años y para felicidad extendida tengamos muchos Lucifer socializándose libremente entre todos los demás.
Viene a cuento echar un vistazo por este asunto de los nombres. Aquí, en la Argentina, se habla el español. Y la España de la Contrarreforma nos ha legado nombres tan dramáticos como Dolores, Socorro y Martirio. Mire que hay que tener estómago para llamar Martirio a una hija. Pero, bueno: para esa España de la Contrarreforma, sufrir y sacrificarse es cosa grata a los ojos de Dios. Así fue como se rescató, incluso, el nombre Teodoro, que para los griegos significaba “Regalo de Dios”. Y si bien ya no son tantos los Teodoro que circulan, sí se ha puesto de moda el Teo, que quita la significación de “Regalo” y deja solamente la de “Dios”. ¿Y quiere usted alguien más soberbio que el que orgullosamente se llama Dios a sí mismo? ¿o le llama Dios a su hijo, con lo que se reserva la condición de Dios Padre o de Diosa Madre?
En fin. Antes dije que hay que tener cuidado con los nombres que se les asigna a los hijos porque una vez que te lo colgaron, como cantaba Raphael, “has de cargar la vida con él / te guste o no te guste”. Del mismo modo digo que no hay razón para escandalizarse porque un nombre contradiga el dogma. Al contrario, es síntoma de bienvenida libertad. Contra lo que se piensa desde la ignorancia domesticada –y se predica como razón incontrastable- la herejía es una virtud. Si no hubiera herejes, si no los hubiera habido –y geniales- a lo largo de la historia, la humanidad no evolucionaría y viviríamos en castas donde unos pocos vivillos satisfacen sus vicios y se sirven de la masa que dominan.