16. nov., 2015

Lo que duele la muerte

¿Duelen distinto las muertes?
Claro que duelen distinto.
Quienes vivimos los '70s en la Argentina sabemos que las muertes de un lado ni siquiera merecían el respeto del otro lado.
Quienes llenan las redes con el espasmo de la noticia suelen no ahorrar publicaciones donde dicen preferir sus mascotas a las vidas de tantos humanos, compatriotas por lo general.
Quienes han sido víctimas de cualquier delito suelen pedir el castigo más duro para todos los delincuentes y querrían ver las cárceles convertidas en celdas jesuíticas de tortura, como las que usaron los civilizadores católicos para amansar indios y convertirlos a "la Verdad", según puede comprobar cualquiera que viaje a Misiones, por citar un caso.
Quienes ni siquiera se conmueven por el espasmo de la noticia y dicen "no opinar, loco; porque son todos iguales y a mí no me interesa" suelen ser los primeros reaccionarios cuando les tocan, no la integridad, sino la quintita.
Por eso jode un poco ver tanta hipocresía junta. Un poco bastante.
Nadie en su sano juicio dirá que una vida francesa vale más que una siria. Pero la pérdida de cualquiera de esas vidas dolerá distinto según el grado de cercanía o de pertenencia. No me parece sincera, por lo tanto, la neutralidad ni la equiparación.
¿Cuánto les habrá dolido, por ejemplo, a los habitantes sirios las muertes argentinas de la Embajada de Israel o de la AMIA enfrascados como están, desde hace 45 años, en la dictadura de los Asad -padre e hijo- que han provocado muchísimas más muertes que las de cualquier bombardeo occidental? ¿Y cuánto se habrán preocupado mis espasmódicos compatriotas por esas muertes que nunca cesaron?
Yo repudio la muerte y la violencia en cualquiera de sus materializaciones. Desconozco, por lo mismo, cualquier argumentación que justifique una "cuota de violencia necesaria" para imponer su cosmovisión: provenga del capitalismo, provenga del socialismo, provenga del fundamentalismo religioso en cualquiera de sus formatos, incluido y ante todo el cristiano por la misma relación de cercanía y pertenencia de la que hablaba.
Pero sé que la muerte violenta no tiene una solución ni pronta ni justa ni ideal porque la historia de la humanidad es la historia de las guerras. Y pienso, con convicción, que las democracias desarrolladas en sistemas republicanos son la vía más recomendable para achicar el horror. Me gustaría alcanzar a ver en vida no el fin de las guerras, sino por lo menos el enfrentamiento sin máscaras, leal, a cara limpia. Sobre todo sin las horrorosas máscaras de la hipocresía que promueven, conscientes o no, las horrorosas máscaras del terrorismo, la barbarie y la masacre.