24. feb., 2016

Profesiones

Me comprenden las generales de la ley y asumo la porción de responsabilidad que me corresponda. Esta nota -y otras varias- es un intento por reparar cuanto se pueda.
Hay cuatro tipos de profesiones que les causan a la sociedad más problemas que beneficios, por lo menos para la época en la que se escribe. Y curiosamente no está la Abogacía. Son la Psicología, la Sociología, la Arquitectura y la Docencia.
Y el problema tiene distintos componentes, aunque actúan en común: La soberbia, la ignorancia, el desmedido avance social que fueran consiguiendo y la falta de políticas que comprendan los ámbitos de competencia, sus respectivos límites y las formas acotadas, pero responsables, de aporte que se espera de cada una.
La Psicología, por lo menos en la Argentina, ha invadido todos los espacios y en ninguno aporta beneficio. El psicólogo -soberbio por antonomasia, en tanto cree conocer los secretos del comportamiento humano y actúa como si los conociera- se ha convertido en el termómetro regulador de las demás actividades: para todo hay que consultar a un psicólogo cuando no a un gabinete especializado, hasta para conseguir un trabajo. Absurdo. Sobre todo si se conocen los planes de formación con que las universidades vomitan profesionales de la psicología, carrera fácil entre las fáciles para cualquiera que fracasa en intentos superiores.
La Sociología, más limitada en lo cuantitativo, pero más osada en lo ideológico, pretende dominar el secreto de la felicidad de los pueblos y se enquista en cuanto organismo la admita, parasita y enferma. Hay una pregunta al respecto que circula por ahí: ¿para qué sirve un sociólogo? Le dejo la inquietud para que la resuelva usted. Cuando vuelvan a fracasar las encuestas de la próxima elección o los padecimientos concretos y reales desmientan los índices de referencia, tendrá una ayudita.
La Arquitectura, por su parte, capta aspirantes a grandes artistas y produce poblaciones de clones -tan ideologizados como los sociólogos- que no se conforman con influir en los desniveles y las asimetrías de un edificio paquete, sino que pretenden definir y regular el espacio público y el diseño de las ciudades, cuando no sólo no están capacitados -porque no son urbanistas- sino que por lo general priorizan sus caprichos, sus experimentos y sus pretensiones de originalidad que suelen dárselas de trompadas con la funcionalidad requerida por el sentido común. Y la Docencia -¡ah, la maltratada docencia de la que formo parte!- ha decidido, vaya uno a saber por qué, adoptar el formato Paka-Paka; es decir: una fuerte carga ideológica, una simplificación absoluta de los hechos, una endeble formación cognitiva, un absoluto desinterés por el contexto y un sobredimensionamiento de las didácticas por encima de los contenidos, que llevan a discutir -y a transferir- forman vacías, nada, tonterías que justifican un cargo para que el alumno, después, se las arregle como pueda. No es casual, en tales circunstancias, que el docente acople su actividad con gabinetes psico-sociológicos que discuten “realidades sociales”, “niveles de aprendizaje”, “competencias” y “evolución de las conductas” que jamás resolverán.
A todos -o a la mayoría- Mario Bunge les llama “los chantas”. Yo no quiero ser tan malo y me limito a describir una visión con la que usted tiene el derecho a disentir. También -y sería lo deseable- a demostrarme lo contrario.