18. mar., 2016

Invasión y represión

La libertad de expresión es algo más que retórica: el ser humano no puede vivir sin la posibilidad de expresarse (las redes lo demuestran, aun desde la escasez de contenido) y para muchos -tal vez para la mayoría- es tanto o más importante que la misma alimentación. Por eso los pueblos reprimidos (también, obviamente, las personas reprimidas) más tarde o más temprano estallan en violencia. Sobran ejemplos en la historia y en el presente del mundo y los argentinos no somos ajenos.
Tan cierto como aquello es que a las personas -mayoritariamente y presuman de lo que presuman- las gobierna el temor. Basta que se perciba una sensación de riesgo, de amenaza, de alteración del estado de rutina, para que la autorrepresión se active por tiempo más o menos prolongado, según la intensidad y la cercanía del riesgo percibido.
Por eso son eficaces las dictaduras -militares o civiles, expuestas o simuladas- y por eso en los manuales de adoctrinamiento, como el que pretende instruir acerca de "la resistencia" al actual Gobierno en la Argentina, se manda a vociferar y/o a actuar por cualquier medio, en cualquier espacio y en toda ocasión, con el propósito de callar al otro, de disminuirlo, de atemorizarlo. No importa tanto que el otro adhiera a la causa, lo que importa es que calle, que no moleste, que no interfiera.
Ésta es la estrategia del militante mandado: callar al otro, invadir todos los resquicios, ocupar. Él no sabe bien para qué, pero cumple, obedece; ésa es la consigna: obedecer. Si lo manda el líder -la líder- está bien; no se discute, se actúa. El militante es, en definitiva, un acólito fiel de una religión pagana; cuestionar el mandato que recibe y la autoridad de quien emite el mandato es apostasía -"traición" como les gusta decir a los leales devotos de Jauretche-.
Y las religiones paganas no tardan en ser asimiladas y reconvertidas por las otras religiones. Tampoco somos ajenos los argentinos, desde la Conquista hasta la ostentación del Papado. ¿Dónde empieza, dónde termina la función pastoral? ¿Dónde empieza, donde termina la apetencia política? No importa: son la misma cosa, funcionan de la misma manera, van detrás de los mismos fines. Silencio y obediencia para todos los demás. Hablarán solamente los que siguen el manual. O el catecismo.
¿Y dónde hablarán? En todas partes. Si se tienen que meter en su escuela, también en su escuela; si se tienen que meter en su muro, también en su muro; si se tienen que meter en su casa, también en su casa. El acólito fiel y leal es un fanático y a ningún fanático lo detienen las minucias de los límites, de la propiedad, de los espacios de pertenencia. Van por todo, les encanta ir por todo. Son, por lo tanto, totalitarios. Aun cuando acusan de totalitarismo a los demás.