25. mar., 2016

Cervantes y la memoria

 

Ayer, que en la Argentina se conmemoró el horror, se vio de todo, se escuchó de todo, se leyó de todo. Así sucede cada vez que se activa la memoria: en un país lo mismo que en una familia, que en una pareja.

El feriado dispuesto hace unos años, supongo, propone el 24 de marzo como un día de reflexión. Para la reflexión y para la memoria, sin embargo, hay que estar preparado. No pareció que fuera así. Al contrario: las pasiones, el rencor, las grietas insalvables, el afán de revancha, la división de las fracciones y las clásicas patoteadas estuvieron expuestas de un sector y del otro. Y esto a caballito de la ignorancia, de la desinformación, de las malas intenciones o de la pura y simple imbecilidad -también expuestas de un sector y del otro- por más que a muchos les pese y les provoque cierta urticaria.

Pasaron cuarenta años del golpe del ’76 y más de treinta y dos de ininterrumpida democracia. Nunca, salvo en tiempos de la fundación de la república, un período democrático fue tan extenso en la Argentina desde 1930 hasta hoy. Y entre las cosas más sensatas que ayer escuché, estuvo este razonamiento: si para algo sirvieron los nefastos ‘70s es para que la sociedad en su conjunto revalorara la democracia, tan devaluada y despreciada desde la irrupción del militarismo peronista, que se funda en el ’45, pero que tiene su globo de ensayo en el ’30. Esa revalorización, no obstante, hoy muestra sus fracturas. Poco le importó al cámporo-cristinismo -que llenó la Plaza de Mayo en una demostración de contundente vigencia- la república democrática a lo largo de su gestión: la abolición de hecho de los tres poderes más la forma de comportarse, resumida en expresiones como “vamos por todo” o “Cristina eterna”, son elocuentes. Y, tal como ocurriera con quienes optaron por la guerrilla revolucionaria cincuenta años atrás, hay una porción importante de la sociedad que piensa que una dictadura social -¿del proletariado?- es más eficaz que la democracia. Mientras esa porción lo piensa, otra porción, bastante mayor, lo cree con unción religiosa. Llamativo. ¿O no tanto? A este fenómeno se lo suele llamar “la revolución inconclusa”.

Un recuerdo que mantengo inalterable de mi paso por la escuela primaria se remonta a 1967, durante la Guerra de los Seis Días, que enfrentó a Egipto con Israel. Como era tema del momento, dos compañeros de grado hablaban en un recreo según lo que cada uno traía desde su casa. Uno, de apellido italiano y escasa afición por el estudio y el buen comportamiento, dijo que “hinchaba por Israel”. El otro, aplicado, perspicaz y de ascendencia siria, lo cortó advirtiéndole: “Pero ésos son judíos, boludo”. La advertencia y la palabra talismán ‘judíos’ acabó de inmediato con el hincha improvisado, que respondió en el acto: “¡Ah, entonces no!”. Cursábamos el cuarto grado. A mí me pareció muy curioso que dos pibes de mi edad reflotaran esos odios que me sonaban tan viejos. Habían pasado, sin embargo, diez años, apenas, de la fundación de Israel y poco más de veinte del final del nazismo: la mitad de tiempo de lo que en la Argentina memoramos ayer. Los odios, los rencores, la discriminación, la venganza suelen ser duraderos, como aprendí a comprender con el paso del tiempo. Sobre todo si las usinas ideológicas no paran de generar razones y de echar combustible. Quite ‘judios’, reemplace por ‘yankis’ y verá que la cosa funciona más o menos igual.

Se niega, por conveniencia ideológica, que hubiera una guerra sucia en la Argentina. La hubo, no obstante. Y los mismos contendientes la quisieron así: militares y militantes. Alcanza con conocer documentación de la época, proveniente de cada sector. La negación llegó tras la derrota de los “jóvenes idealistas” y el repudiable terrorismo de estado que impuso un sector cívico-militar engolosinado, también, con el poder eterno. Sobre estas cosas habría que informarse mejor; sobre estas cosas cabría reflexionar, seria y maduramente, una vez informados.

Los románticos -de Almafuerte a León Felipe y a toda la muchachada de la vanguardia artístico-musical- prefieren el Quijote loco, el que lucha contra los molinos de viento; y desprecian la cordura. Han llegado a reprocharle al mismo Cervantes el final de su novela. ¿Cómo va a recuperar la cordura, don Quijote, para abjurar de todo su pasado y morir como un tipo común? Debió, según ellos, “morir con las botas puestas”. Si fuera ahora, tal vez, con los pasamontañas. Pero no, no fue la voluntad de Cervantes que algo de la vida sabía, aunque les disguste a los románticos. Y hay un pasaje del capítulo final, el 74 (LXXIV) de la Segunda Parte, que merece reproducirse:

“Dadme albricias, buenos señores, de que ya yo no soy don Quijote de la Mancha, sino Alonso Quijano, a quien mis costumbres me dieron renombre de Bueno. Ya soy enemigo de Amadís de Gaula y de toda la infinita caterva de su linaje; ya me son odiosas todas las historias profanas de la andante caballería; ya conozco mi necedad, y el peligro en el que me pusieron haberlas leído…”

En algún momento de la vida, la persona con “renombre de Bueno” debe dejar de jugar a los soldaditos, de identificarse con personajes de los cómics y de los relatos, y debe poner los pies sobre la tierra y reconocer su “necedad”. En algún momento, si madura, debe afrontar la vida como la vida es, no para resignarse a nada, sino para contribuir a mejorar la evolución del conjunto. También para eso se necesita coraje; quizá mucho más coraje que para armarse, matar o morir en nombre de ilusiones que siembran la discordia. Quijano murió feliz. Don Quijote, de no haberse curado, de haberse ensimismado y radicalizado en el fracaso y la frustración del pretendido héroe, tal vez hubiera sido un renegado, preso de la ira, del desprecio por los otros, de la sed de venganza, del resentimiento, del rencor.

 

(Publicado en Facebook el viernes 25 de marzo de 2016, a la hora 14,30)