29. abr., 2016

Los actos

Hablar de las cosas después de que las cosas pasan es un vicio demasiado extendido.
Lo virtuoso es hablar de las cosas mientras están pasando y tener la capacidad de discernir.
En 1939 Hitler estaba en su apogeo y se iniciaba la última Gran Guerra. Alemania lideraba el avance imperial populista; Francia e Inglaterra, la resistencia liberal.
En la Argentina transcurría lo que se llamó “la década infame”, que acumularía riquezas suficientes como para que Perón -iniciador de esa década desde el estribo de Uriburu- se jactara, tiempo después y ya presidente, de que no se podía caminar por los pasillos del Banco Central abarrotados por el oro.
En octubre de aquel aciago 1939, la revista SUR dedicaba a la guerra su número 61 y Borges publicaba un artículo que tituló “La guerra: Ensayo de imparcialidad”. Allí, además de distinguir con inimitable pedagogía entre los líderes populistas y sus naciones y pueblos, concluye con la premonición que transcribo:
“Es posible que una derrota alemana sea la ruina de Alemania; es indiscutible que su victoria sería la ruina y el envilecimiento del orbe. No me refiero al imaginario peligro de una aventura colonial sudamericana; pienso en los imitadores autóctonos, en los Übermenschen caseros, que el inexorable azar nos depararía.”
Seis años más tarde, aun con el Führer derrotado y con sus cómplices en desesperada dispersión, “el inexorable azar” nos depararía su imitador autóctono, el ‘Übermensch’ casero que siete décadas después -y cuatro décadas y pico después de su muerte- extiende todavía sus tentáculos encarnado en los bizarros cachorros que aman los atriles, los balcones y las tribunas como se acaba de ver.