2. jun., 2016

Cuestiones

Uno escribe. Supone que lo hace siempre más o menos igual, aunque sea desde la técnica, que es lo que aprendió, y desde las convicciones que sostienen una ética, por cuestionable que fuere.
Hay diferencias ostensibles, no obstante, que uno advierte sólo cuando publica.
Por un lado están los textos que merecen efusivas participaciones y aprobaciones de un sector; por el otro, las de otros sectores: más o menos efusivas, más o menos numerosas, más o menos respetuosas, más o menos críticas. Están, además y no pocas veces, los textos que pasan inadvertidos. Y están -en ellos quiero detenerme ahora- los que convocan un número inusitado de participaciones y comentarios al estilo de: “Qué gran verdad”, “Muy cierto”, “Es lo que yo digo siempre”, “Totalmente de acuerdo” o “Es lo que yo hubiera querido decir”.
Cuando se produce este alud, uno debe corregir la suposición inicial y cae, inevitablemente, en una segunda suposición: Uno no escribe siempre igual. No, por lo menos, a ojo de los lectores.
A esa corrección suceden las preguntas: ¿Qué busca un lector cuando lee? ¿Novedad? ¿Información? ¿Confirmación de lo que ya sabe? ¿Magia? ¿Complicidad? ¿Deslumbramiento? ¿Identificación?
Desde muy joven, cuando empecé a incursionar en los circuitos a los que conduce la poesía -incluidos los de la literatura, el periodismo, la política y la historia- me gustaron como a todos las aprobaciones y los aplausos. Pero un mandato interior que sería incapaz de definir me ordenaba, cada vez, que revisara lo actuado. Sobre todo si el público -la audiencia- seguía mis participaciones demasiado distendido, con sonrisas abundantes, con evidente -o aparente- satisfacción. ¿Qué era lo que había hecho mal, en qué aspectos había fallado? Y no me lo preguntaba por masoquismo ni porque despreciara los aplausos o los gestos de aprobación. Al contrario: los festejaba y los agradecía como los festejo y agradezco cada vez que llegan. Pero lo que yo buscaba en conciencia -lo que busco todavía- era un público que no se distendiera, que no asistiera a mis lecturas o mis exposiciones como a un acontecimiento social o un entretenimiento. Buscaba gestos, imperceptibles a veces, de duda, de cuestionamiento, de replanteo simultáneo, de sorpresa, de concentración. Me gustaba pensar que pudieran irse pensando; que repasaran lo que habían oído o que releyeran lo que había presentado y pudieran acordar o disentir libremente en soledad, que pudieran incluso discutir conmigo, en silencio o en un eventual encuentro o una eventual correspondencia futuros. No sólo contenidos: también formas que hacen de los contenidos noticia, novedad. Me importaban menos las coincidencias y las confirmaciones que la generación de interrogantes.
Hace tiempo que sé todo esto y habrá gente que me lo ha escuchado, gente que ya lo ha leído. Si vuelvo sobre la cuestión es porque en el número 126, de abril de 1945, la revista SUR proponía el cuestionario que transcribo y que yo conocí esta mañana. No estaría mal que mis lectores lo quisieran responder:
“Debates de SUR: MORAL y LITERATURA
1. ¿Tiene razón Oscar Wilde cuando sostiene que no hay libros morales o inmorales, sino únicamente libros bien o mal escritos?
2. ¿Hace bien Anton Chéjov en afirmar que su arte consiste en describir exactamente a los ladrones de caballos sin agregar que está mal robar caballos?
3. ¿Debe seguirse a Gide cuando sostiene que con buenos sentimientos se hace mala literatura?
4. ¿O queda la posibilidad de imaginar que la belleza de un libro puede surgir, en parte al menos, de su moralidad explícita o implícita; que el arte puede consistir en agregar que está mal robar caballos, y que con buenos sentimientos puede hacerse, no mala, sino también buena literatura?”
Para otra oportunidad queda el debate que texto y preguntas pudieren generar.