14. sep., 2016

Herejía y honestidad

El sustantivo 'herejía' y su adjetivo derivado 'hereje' para mí son términos con carga positiva. Herejía significa contradecir el dogma, lo impuesto por una religión contra cualquier criterio de objetividad y contra cualquier posibilidad de comprobación; imposición que indefectiblemente lleva al absolutismo, al autoritarismo, al totalitarismo. Si no fuera por los grandes herejes, el mundo sería víctima aún de la Inquisición que impuso la Iglesia Católica y sus prácticas extremas de tortura y de muerte porque sí. Sin embargo, el lavado de cabeza que se viene produciendo a través de los siglos mediante una siniestra combinación de miedos, culpas y violencia hizo de la herejía y de los herejes el supremo mal; a tal punto que ambos vocablos pasaron al lenguaje como sinónimos de 'crueldad' y de 'crueles', invirtiendo los factores. "Qué hereje, mirá cómo le pega a ese perro", decían y dicen todavía las gentes ante un caso de crueldad gratuita con absoluto desconocimiento de lo que la palabra que emplean significa.
Algo parecido está sucediendo con la palabra 'liberal'. Y la Iglesia también tiene responsabilidad directa, porque los liberales somos herejes por naturaleza. Cualquier zapallito se llena la boca acusando de 'liberal' (o 'neo-liberal', cuyo significado realmente desconozco) a quienes contradecimos el dogma, sea el que fuere.
Y yo veo crueles, delincuentes, asesinos, estafadores y ladrones por todas partes que cuentan con la bendición papal, mientras sus aliados ocasionales -unidos por el espanto, antes que por el amor- nos acusan a los liberales herejes de ser los causantes de todos los males, entendiendo por liberal y por hereje a cualquiera que no siga el rebaño, ya religioso o ya político.
El Caballo Suárez -hoy detenido-, Guillermo Moreno, José López (el revoleador de bolsos), la misma Cristina Fernández -próxima procesada- y otros por el estilo son ejemplos contundentes de protegidos papales. Y como protegidos, se arrogan el derecho de imputarnos a quienes nos paramos en la vereda de enfrente, que es la de la libertad, la de la justicia, la de la razón, la del diálogo honesto y abierto y la de la discusión pacífica.
Yo soy un hereje liberal. No sólo no siento vergüenza, sino que estoy convencido de ser lo que debo. Antes que ser nada, como advertía el mismo San Martín.