1. nov., 2016

Amar

Hoy, en taller, viví una situación que me remontó más de veinte años atrás cuando una chica, que cursaba el cuarto año en escuela católica, me preguntó en medio de una clase si se podía amar a dos chicos a la vez.
Y claro que se puede, recuerdo que le respondí para sorpresa y hasta para escándalo de algunos compañeros. Si no se pudiera, abundé, no me estarías haciendo la pregunta. A dos y a más también. Porque el amor es curioso y genera necesidades diferentes que no siempre se satisfacen con la misma persona. Qué se hace -o qué se debe hacer- en tales casos es otro asunto y dependerá de qué posiciones se adoptan frente a la vida. Pero nada inmoral puede haber en sentir lo que manda la naturaleza humana.
Sucede que nos educaron con patrones estereotipados y digitados desde el poder milenario de una religión totalitaria. Eso sí que es inmoral, porque nada podría justificar las bondades de reprimir los sentimientos. Alcanza con revisar la historia -la grande y hasta las familiares- para saber que siempre hubo cruzamiento de amores; más o menos públicos, más o menos velados, más o menos intensos, más o menos duraderos o plasmables. Esto no invalida que haya parejas que, como se ufanan en decir, "se encontraron" y vivieron "un amor para toda la vida". Felices de ellos si es que fueron felices. Pero la excepción no marca tendencia y la tendencia indica lo contrario.
Amar nunca es malo. Ni cualitativa ni cuantitativamente. Ni prodigando nuestro amor ni recibiendo el de los otros. Habrá que humanizar todavía bastante las conductas sociales para que esto deje de ser un motivo de perturbación. Y como en toda relación social, las derivaciones de la bifurcación amorosa es razón suficiente para un tratamiento sincero entre las partes. De allí surgirá, en salud, la solución conveniente. No permitirlo -no permitírnoslo- acaba por enfermar. Y enfermar, por mandato, es una inmoralidad.