16. nov., 2016

La ley y la comida

¿Qué importa más: la ley o la comida?
Los homínidos, como todos sus pares del reino animal, se mataron por comida. Hasta las plantas lo hacen. La historia de la humanidad es la historia de las guerras. Y las guerras, salvo las modernas, fueron guerras de supervivencia. Importa la comida.
Claro que existieron los romanos y antes los griegos y ahí nomás los hebreos y al ladito los árabes. Y todos pensaron que, si pensaban, no habría comida equitativa hasta que no se estableciera por ley. Desde entonces la ley fue más importante que la comida, porque la garantizaba. Pero mientras la comida es concreta y atrae los instintos, la ley es abstracta y necesita que se la actúe. Mientras no se comprenda primará el animal.
Mateo, en el capítulo 7, se ocupa de la comida. Al que tiene hambre hay que darle pescado, pero apenas saciado hay que enseñarle a pescar. De lo contrario, mañana tendrá hambre de nuevo.
El mismo Mateo, en el capítulo 22, se ocupa de la ley. La entiende como Mandamientos, inspirados en los libros del Éxodo y el Deuteronomio.
Francisco, como Papa de la iglesia que deriva de aquellas fuentes, no puede desconocer estas cuestiones. Si no las difunde y las ejerce, las está manipulando. Y si las manipula es porque, como buen católico, el poder le importa más que la ley y que la comida.
Avanzamos en el siglo veintiuno y el problema de la comida se agrava para mayorías extensas. Pero el problema no se resuelve con la manipulación del poder que se vale de la demagogia. El problema se resuelve con la ley. Y el único sistema que demostró eficientemente velar para que la ley se cumpla es el sistema republicano y democrático. No es la comida la prioridad; la prioridad es la ley. Alcanzará con que la ley se cumpla para que la comida quede garantizada.
¿Qué tal si lo intentamos aunque Francisco se prive de su apetecida y ambicionada santidad y los cardenales y los obispos, que son un puñado aristocrático y oligárquico, se quedan sin trabajo?