23. ene., 2017

Conocidos

Uno acumula gente que conoce a través del recorrido.
Pero conocer, en este caso, no significa más que una aproximación a ciertos rasgos -a veces físicos, a veces caracterológicos- que nos da la percepción.
Es común, por ejemplo, que de muchos conocidos no recordemos sus nombres o, a la inversa, que de ciertos nombres que almacena nuestra memoria hayamos perdido por completo los rasgos.
Me descubro hilvanando estos apuntes por una suma de factores que no vienen al caso, pero que derivó en una serie inquietante de preguntas: ¿De quién o de quiénes nos acordamos en los momentos culminantes? ¿de quién o de quiénes nos acordaremos, sobre todo, en la instancia liminar de la muerte? ¿hay o habrá alguien que imponga su presencia aun cuando, consciente e indoloramente, lo hubiéramos equivalido con otros?
Tengo para mí que no son pocos esos nombres y esos rasgos -quiero decir, que no se limitarán al amor único o a los probables amores sucesivos o simultáneos, no se limitarán a los hijos o a los padres ni a los circunstanciales benefactores o los circunstanciales enemigos-, pero que tampoco configurarán una galería interminable tal como lo proponen determinadas corrientes de pensamiento.
Para resumir: Escribo estos apuntes porque creo -porque pienso, más bien- que en ese conjunto de conocidos que recordamos en los momentos trascendentales está cifrada la clave de nuestra vida. Somos, en una palabra, los nombres y los rasgos que podemos recordar cuando no queda tiempo para acordarse de nada.