28. abr., 2017

Bestialización

Algo se rompió en el ser humano que nos devuelve a la sentencia de Plauto o a su recreación en el monstruo de Hobbes: “El hombre es el lobo del hombre”.
Se suponía que quinientos años de modernidad algo habrían cambiado las brutales conductas medievales. Pueden comprenderse -no justificarse- las guerras; lo que no puede comprenderse es la bestialización que se resume en una consigna: “Me apetece, lo deseo; lo tomo, lo hago mío”. Así con las cosas como con las vidas, por afuera de toda razón y de cualquier ley.
Se generalizó -y es parte del problema- la creencia de que “los animales son preferibles a mucha gente”. Esa creencia que rige como dogma constituye una falacia trágica. Nunca la más amada de las mascotas puede anteponerse en consideración y en derechos al más despreciado de los enemigos humanos. Ocurre, sin embargo, y es lo que llamo bestialización.
Que no se lea animadversión ni fobia de mi parte. Yo simpatizo con los animales, los quiero, respeto el derecho que les asiste a la vida y a la integridad física; a ejercer, en resumen, su naturaleza. Por eso me opongo a que se les cambie la condición y se los utilice como especies subhumanas que nos permiten, como humanos que somos, ejercer sobre ellos un poder omnímodo. Aun cuando, supuestamente, sea para beneficiarlos; para proporcionarles una vida “casi humana”, “casi familiar” o “familiar”, directamente. Antes sucedía con los esclavos. Pero como los esclavos eran humanos y, por lo mismo, sujetos de razón, se rebelaron y se emanciparon. Además, sólo los pudientes podían darse el lujo de disponer de esclavos. Los animales, en cambio, están al alcance de cualquiera y nunca se rebelarán, nunca se emanciparán, nos pertenecen, son nuestros. Los amamos, sí; pero disponemos de sus vidas a nuestro antojo, igual que lo hacían los señores con sus esclavos domésticos. Y éste es un signo de enfermedad.
Enfermedad no sólo de poder, sino de posesión de la vida; ya humana, ya animal, ya confusamente mixta porque borramos las fronteras.
Si no revisamos esta tendencia de la moda y no superamos el desplazamiento de lo humano por lo animal que ha ganado emocionalmente -instintivamente- a tantas y tantas personas; es decir, si no superamos la etapa de bestialización, será inútil que sigamos lamentando tragedias aberrantes. Las bestias no razonan: ven, huelen y toman lo que les apetece; sobre todo, las vidas más débiles. No siempre hay un señor o una señora cerca que las vista, las domestique, les dé una orden, les dicte los comportamientos. Y aun cuando las haya, ¿quién nos garantiza el resultado de lo que se dicta desde una naturaleza confundida y arbitraria?