31. may., 2017

“Para el cuerpo, sólo la violencia; para el alma, la mentira.”

Netchaiev -uno de los personajes más tenebrosos de lo que ha venido a llamarse ‘la Revolución’-, el mismo que creía -y que practicaba- que era válido delatar y asesinar a un amigo, y aun a la propia madre, si se consideraba que “perjudican a la causa”, es repudiado por el mismísimo Bakunin, quien condena “la repugnante táctica” tras la celada seguida de asesinato del estudiante Ivanov y quien declara: “Poco a poco (Netchaiev) ha llegado a convencerse de que para fundar una sociedad indestructible hay que tomar como base la política de Maquiavelo y adoptar el sistema de los jesuitas; para el cuerpo, sólo la violencia; para el alma, la mentira.”
Esto nos lo recuerda con precisión -y con abundancia de datos- Albert Camus en el capítulo III: ‘La rebelión histórica’; sección ‘Tres poseídos’; de su obra maestra ‘El hombre rebelde’ (los otros dos “poseídos” son el citado Bakunin y Pisarov).
En la Argentina, donde se coquetea con la revolución marxista-leninista-peronista-chavista de manera espasmódica, pero recurrente, y donde el juego revolucionario cree -como Netchaiev- que asociarse con las organizaciones criminales es conducente a los fines de destruir el estado de cosas vigente para fundar un estado nuevo, poblado con hombres nuevos, Roberto Arlt, por el veintitantos del siglo pasado, imaginó el Club de los Caballeros de la Medianoche, en cuyo seno se gestaría la personalidad de ese pobre infeliz que llamó Silvio Astier -un clásico inteligente resentido que nunca supo qué hacer con su inteligencia- y que acabaría entregando al único amigo que lo consideró y lo ayudó de verdad, aun desde el mundo del hampa que habitaban. El Rengo, tal el apodo por el que se conoce al personaje en la novela de Arlt, le había propuesto a Astier dar “el gran golpe” y repartirse el botín. La víctima elegida era el adinerado burgués Ingeniero Arsenio Vitri. Y a Silvio Astier le correspondería la logística para la que estaba capacitado por su alta inteligencia. Astier, sin embargo, prefiere tomar contacto con el Ingeniero Vitri y ponerlo al tanto del plan. ¿Por resentimiento? ¿esperando, acaso, una recompensa? ¿esperando, acaso, la redención por esa y por anteriores culpas? El asunto es que El Rengo, traicionado por Astier, es detenido in fraganti y Astier, que narra su propia historia, se entrevista con el sonriente Ingeniero Vitri con quien se produce el siguiente diálogo:
“-Yo no soy un perverso, soy un curioso de esta fuerza enorme que está en mí…
-Siga, siga…
-Todo me sorprende. A veces tengo la sensación de que hace una hora que he venido a la tierra y de que todo es nuevo, flamante, hermoso. Entonces abrazaría a la gente por la calle, me pararía en medio de la vereda para decirles: ¿Pero ustedes por qué andan con esas caras tan tristes? Si la Vida es linda, linda… ¿no le parece a usted?
-Sí…
-Y saber que la vida es linda me alegra, parece que todo se llenara de flores… dan ganas de arrodillarse y darle las gracias a Dios, por habernos hecho nacer.
-¿Y usted cree en Dios?
-Yo creo que Dios es la alegría de vivir. ¡Si usted supiera! A veces me parece que tengo un alma tan grande como la iglesia de Flores… y me dan ganas de reír, de salir a la calle y pegarle puñetazos amistosos a la gente…
-Siga…
-¿No se aburre?
-No, siga.
-Lo que hay, es que esas cosas uno no se las puede decir a la gente. Lo tomarían por loco. Y yo me digo: ¿qué hago de esta vida que hay en mí? Y me gustaría darla… regalarla… acercarme a las personas y decirles: ¡Ustedes tienen que ser alegres! ¿saben? Tienen que jugar a los piratas… hacer ciudades de mármol… reírse… tirar fuegos artificiales.
Arsenio Vitri se levantó, y sonriendo dijo:
-Todo esto está muy bien, pero hay que trabajar. ¿En qué puedo serle útil?
Reflexioné un instante, luego:
-Vea; yo quisiera irme al Sur… al Neuquén… allá donde hay hielos y nubes… y grandes montañas… quisiera ver la montaña…
-Perfectamente; yo le ayudaré y le conseguiré un puesto en Comodoro; pero ahora váyase porque tengo que trabajar. Le escribiré pronto… ¡Ah! Y no pierda su alegría; su alegría es muy linda…
Y su mano estrechó fuertemente la mía. Tropecé con una silla… y salí.”
(Final del capítulo IV, ‘Judas Iscariote’, y final de la novela.)
No es caprichosa mi asociación entre el Astier surgido del Club de los Caballeros de la Medianoche y el Netchaiev de la Sociedad del Hacha. Delincuencia y criminalidad se confunden con delirios revolucionarios. Y los beneficiarios son los mismos que pretendían destruir. Y los perjudicados, los de siempre: el indefenso e ilusionado pueblo que les cree.
Tuvimos -y tenemos, todavía, en la intención y en las maniobras para volver- doce años de maquiavelismo, kirchnerista primero, cámporo-cristinista después. Y tenemos un Papa jesuita que “no puede” visitar su país, pero sí enviar rosarios de regalo y cartas de apoyo a reos y reas apresados y con pesados cargos judiciales, entre otros, la de la construcción de un estado paralelo con fondos públicos robados a sus destinatarios.
Revolución y criminalidad dura y pura se confunden ahora como se confundían en tiempos de Netchaiev.
Pasaron un siglo y medio y catástrofes al por mayor.
Los que juegan a la revolución, sin embargo, -incluido el Papa jesuita y populista- siguen creyendo como Netchaiev según la acusación de Bakunin: “Para el cuerpo, sólo la violencia; para el alma, la mentira.”