14. jul., 2017

Víctimas

Ayer hablábamos largo -como cada vez que nos encontramos- con una amiga con la que me gusta encontrarme y hablar. Y entre los muchos temas y entre los muchos tópicos, uno fue de especial interés y me quedó picando, al punto de decidirme a escribirlo: La tendencia a victimizarse y el uso de la victimización como herramienta para el apoderamiento del otro.
Pocas cosas nos caracterizan mejor. Somos, desde el tango mismo, una sociedad que se conduele de su carácter de pobrecita. Y que se compensa con la contracara: tendemos a victimizarnos, pero también tendemos a la ostentación. “Compre un argentino por lo que vale y véndalo por lo que cree que vale”, dicen de nosotros en toda Latinoamérica (ojo: en Latinoamérica, no en Europa ni en Yanquilandia).
Cuenta, esta falta de equilibrio casi infantil, tanto para los comportamientos personales como para los comportamientos sociales. Nadie sufre más que nosotros si se trata de sufrir; nadie es más vivo que nosotros si se trata de ser vivos.
Y somos tan vivos que los otros, los ajenos, se complacen en combatirnos, en no dejarnos crecer, en no dejarnos ser y desarrollarnos; justo a nosotros que somos los mejores. Estamos como estamos porque los europeos usurparon nuestras tierras. Estamos como estamos porque nos pisa la bota del Tío Sam. Estamos como estamos porque Brasil nos roba nuestras energías, nuestros talentos y nuestros esfuerzos. Estamos como estamos porque los paraguayos y los uruguayos se cortaron solos y porque los chilenos nos traicionaron durante la guerra. Que si no… Sí, sí: que si no…
¡Qué ironía tan grande ésta de ser los mejores y que no nos dejen demostrarlo!
¡Qué ironía más cruel: caernos desde la cumbre del Aconcagua para terminar en los túneles de Sabato o en la Cacodelphia de Marechal!
Grandiosos y pobrecitos a la vez, vamos los argentinos por la vida: envidiados y compadecidos; combatidos e imitados; héroes y miserables; genios y analfabetos; granero del mundo y sub país de la vasta periferia.
Desde chiquitos cultivamos esta suerte de esquizofrenia. Desde el jardín o la primaria. Nos crían así: para ser cojudos u ovariudos o para ser víctimas. No nos gustan los grises decimos, insolentes. No nos gusta la gama en la que nos empeñamos en vivir.