25. oct., 2017

Las redes sociales y la libre circulación

Las redes sociales son espacios de libre circulación, no hay una normativa que regule su uso todavía -salvo en algunos países curiosamente “de izquierda” que, también curiosamente, dicen defender la “democracia directa”- y en realidad no tendría por qué haberla. Llegaron -me refiero a las redes sociales- para darles voz y visibilidad a quienes no las tenían y son, desde este enfoque, un medio ciertamente democratizador.
Ahora, las calles, las veredas, las plazas y los parques -incluyo las rutas, los caminos, los ríos, las lagunas, los mares y los cielos- también son espacios de libre circulación y, a medida que el sentido común fue cediendo a la prepotencia, hubo que generar normas que regulen el tránsito para evitar atropellos, tragedias y catástrofes. Por poner un ejemplo solo: si el sentido común no entiende que al encontrarse dos móviles en un cruce uno deberá ceder paso al otro para evitar la colisión y sus consecuencias, habrá que poner semáforo; si el sentido común no entiende que ante la luz roja del semáforo se debe frenar, habrá que fijar una multa; si el sentido común no entiende que la multa es una advertencia para que no se repita el atropello, habrá que proceder al secuestro de la licencia o del móvil y así sucesivamente.
Con las redes sociales no ocurre todavía. Tal vez por eso los prepotentes entienden que pueden zapatear sobre las cabezas de los otros como zapatean sobre las cabezas de Sarmiento o de San Martín representadas en sus estatuas. Así se arrogan el derecho de meterse en todos lados: calles, veredas, muro, ventanitas de la manera más impune, más grosera y más violenta. Eso sí: cobardes como son, los prepotentes saltan y se victimizan apenas entienden que alguien les afecta sus espacios y sus pretendidos derechos.
Los prepotentes cibernautas conforman una especie tan deleznable como los prepotentes viandantes. Y en tiempos como éstos de irritabilidad exacerbada suelen convertirse en feroces e insistentes acosadores. Por lo general escondidos porque, al igual que los encapuchados que acosan en las calles y las plazas, no les da el cuero para sentarse frente al otro con razones, para esgrimir un argumento coherente, para intercambiar enfoques, para dialogar, para discutir. La democracia que declaman significa, para estos prepotentes, que les concedan sus caprichos. Si no, lo rompen todo, lo ensucian todo, lo invaden todo, lo mienten, lo bastardean.