11. sep., 2019

Los maestros

Entre los que conocí:
De mi madre, Edelta Nizzi, aprendí la honestidad y el tesón, el coraje contra toda circunstancia adversa y el gusto por transitar la vida sin ruido, sin tintura, sin maquillaje, sin máscaras. De mi padre, Federico José (el Chilo), aprendí que hay alas que a la larga imponen su voluntad de vuelo. De mi abuelo Félix, la bondad sin fronteras, la honradez sin requiebros. De mi otro abuelo (cuanto menos, en el afecto), Aníbal Ottonello, aprendí el valor de la perseverancia, la importancia del método, la intuición de que la poesía y las matemáticas podían -y debían- conversar. De mi abuela Catalina Tacchino aprendí que la fuerza en la mujer es equivalente a la fuerza en el hombre, se las canalice de la manera que se las canalice, y aprendí a ser valiente, y aprendí a no tener miedo. De mi médico, Ángel Petraglia, aprendí que no se cobran las deudas viejas, que mucho menos se las echa en cara y que un país no tiene destino si su pueblo no anhela un desarrollo integral. De mi peluquero, Ángelo Gallese, aprendí que la guerra nunca es gratis. De mi maestra de segundo grado, Tití Gnazzo de Sanjorge, que contaba con los recursos para poderme expresar. De mi maestra de tercero, Blanca Miñones de Carbonel, que no es mentira aquello de que una maestra debe ser una segunda madre. De mi tío Cachalo (que se llamaba Osvaldo Ramón García) aprendí que el humor inteligente y oportuno vuelve la vida más amable. De sus hijos, mis primos, Osvaldo y Maricosa, el amor por la lectura. De mi maestra de sexto grado, Martha Ferroni, aprendí a descubrir mi vocación de periodista. Y de mi maestra de séptimo, Josefa Asad Elías, aprendí que podía resolverme solo, aunque todos los vientos del mundo me dijeran que no. De mi tío Yin (que en realidad se llamaba Luis Miguel Chiaro) aprendí a valorar la familia como refugio primero y último, también aprendí a tomarles gustito al vino y a la discusión. De mi tío Eduardo Tortorella aprendí las ventajas y las desventajas de la confianza. De mi profesora de Educación Democrática, María Elsa Cogorno, y de mi profesor de Matemáticas, Antonio Bianco, aprendí la importancia de actuar en el momento oportuno y la templanza, si no se lo hizo, para esperar la siguiente oportunidad. De mi tío Arturo Sica aprendí a reírme de mí mismo, y también las bondades del boxeo. De mi compadre, Daniel Drughieri, aprendí una manera de leer que con el tiempo fui perfeccionando. De mi esposa y madre de mis hijos, Nancy Cánepa, aprendí que la serenidad y la firmeza no son incompatibles, y que en los momentos cruciales de la vida es imprescindible ser firme y ser sereno. De un tío suyo, Abel Cánepa, aprendí a distinguir la dosis justa que equilibra bondad e inteligencia. Y de otro tío suyo, Tulio De Luca, aprendí a reconocer el supremo valor de la ética. Del poeta Jorge Vocos Lescano aprendí la necesidad del trabajo riguroso en pos de la forma, sin esperar otra recompensa que la de sentirse satisfecho, si no con el resultado, por lo menos con el esfuerzo. De la poeta Edna Pozzi aprendí que las grandes alturas y las grandes honduras se intentan desde el ras de la tierra, y que el diálogo, para que se dé con los otros, primero debe darse con uno mismo. Del político Carlos Auyero aprendí que es mentira aquello de que todos los políticos son iguales. Y del ex Presidente Arturo Frondizi, que es alto el precio que se paga, pero que vale la pena vivir sin claudicar. De los editores Lidia Vinciguerra y Ricardo Lucci aprendí que sin descuidar la empresa lucrativa se puede ser igualmente generoso. Y del empresario y dirigente Leopoldo ‘Polo’ Zinani aprendí que se crece con el otro, nunca a expensas del otro. De un segundo empresario ejemplar, Osvaldo Pérez, aprendí la razón de la estrategia y el valor del testimonio. Y tres poetas distintos me enseñaron tres asuntos notables: Gustavo García Saraví, que nunca debe elevarse la voz para subrayar un contenido, tampoco -o menos- por escrito; Joaquín Giannuzzi, que los rincones con luz suficiente son preferibles a los fastuosos salones bulliciosos y super iluminados; y Raúl Aráoz Anzoátegui que la poesía siempre está haciéndose, aun cuando llevara tiempo de editada. Otros dos poetas, sendas observaciones que atesoré: León Benarós me enseñó que la novedad que vale es la novedad que ocurre sin escándalo; y Juan Jacobo Bajarlía, que para ser rebelde no se necesita ser mal educado ni petardista. De Eduardo Gudiño Kieffer, por su parte, aprendí a reconocer mi propia voz y desechar de mi poesía las voces que la contaminaran. De mi hijo Santiago aprendí la trascendencia de la idea consecuente, aunque choque con la propia. De mi hijo Juan Ignacio aprendí la importancia de plantarse cuando se trata de defender una posición, sin que por ello se pierda ni el humor ni la cortesía. De mi hijo Ayo (que en realidad se llama Francisco José) aprendí que la ternura inteligente puede ocultarse en la apariencia de cierta rudeza arrolladora, y que nada es más valioso en la vida que ser consecuente con su propio destino. Y con mi hija Francina comprendí lo que Almafuerte planteaba en sus ‘Sonetos medicinales’: esa “obsesión casi asnal para ser fuerte” y encaminarse con decisión en pos de los objetivos. De un alumno que tuve, Alan Araya, aprendí cómo se le pone freno a un desubicado (yo, en aquel caso) sin hesitar, sabiendo quién se es, defendiendo la identidad sin aspavientos, afirmándose en el nombre que se porta. Y de mi musa, Virginia Zusbiela, aprendí la potencia incontenible del amor inteligente, la enemistad declarada a cualquier forma de claudicación, el significado del esfuerzo y del trabajo en las condiciones menos favorables y el invalorable valor de la risa, de la palabra y de los gestos en el momento indicado.
Entre los que no conocí:
De Antonio Machado aprendí el tono y el color de la poesía. De Leonardo Da Vinci el sentido de la proporción y el valor universal del autorretrato. De Leonardo de Pisa (Fibonacci) los alcances de la sucesión infinita. De Beethoven, eso que no puedo explicar, pero que lo contiene todo. De Mandelbrot, eso que tampoco puedo explicar, pero que contiene cada una de las partes. De Lorentz la trascendencia del ‘efecto mariposa’. De Edouard Manet, la importancia de los planos y de las masas. De Claude Monet, las implicancias de la luz. De Raúl Loza, el secreto de leer en los intersticios. De Víctor Grippo, la estética en la dinámica del trabajo. De Witold Gombrowicz, la austeridad del lenguaje. De Sugar Ray Leonard, Juan Román Riquelme y Roger Federer, el ritmo en los desplazamientos físicos: el sonido y el color de los movimientos, la versatilidad de las formas, el valor de lo imprevisto, las maneras de materializar la intuición, las maneras de conjugar lo eficaz con lo bello. De Hugo Guerrero Marthineitz, el valor de los silencios, la distribución de los tiempos, la modulación de la voz; también de la voz escrita. De Joan Manuel Serrat y de Joaquín Sabina, la constatación de que la poesía ronda siempre lo cotidiano, pero que, para alcanzarla, se necesita la cultura del mundo. De Homero Manzi, Cátulo Castillo y Homero Expósito, lo mismo. De Juan Martín Maldacena la obstinación por conciliar lo que en principio se excluye. Y de Jorge Luis Borges, todo; todo lo que se puede aprender; es decir, la visión del universo: de su infinito máximo y de su infinito mínimo. De la biblioteca, del albur.
Todos ellos son mis maestros, más algunos que seguramente olvidé y acaso conscientemente. Este largo listado me concierne únicamente a mí. Pero hoy es el día, en la Argentina, en que se celebra a los maestros, dispongo del tiempo necesario y no me pareció tan mal invertirlo para renovar mi testimonio.