14. sep., 2019

El mismo drama con actores distintos

Entre los quince y los dieciséis -sin haber roto el cascarón, todavía- cubría para Democracia la campaña del ’73; aquélla que, pletórica de entusiasmo fogoneado por la propaganda, proponía “Cámpora al gobierno, Perón al poder” y prometía el glorioso regreso definitivo del líder, tras casi dieciocho años de exilio y de proscripción. Más de los que este cronista llevaba vividos.
Mi jefe era Daniel Cormick, un tipo al que recuerdo con cariño y del que aprendí algunas cosas interesantes para comprender la política, pero que no era precisamente imparcial. Es más: conducía una Unidad Básica a media cuadra de mi casa y el ambiente se llenaba de música nacionalista y revolucionaria que, además de la marchita repetida hasta el cansancio, no ahorraba en cafrunes y guaraníes, en mercedesosas y victorheredias.
Yo había ingresado a la redacción “para practicar”, porque me gustaba el periodismo y Lidia Tenti de Corvaro, que presidía APOBE (institución cuya beca me permitía cursar la secundaria) gestionó ante Dora Dana de Lebensohn, directora del medio, mi participación ad honorem.
Cumplía horario y cubría extras. Parte del trabajo era oficinesco y monótono: Consistía en pasar cada mañana por la Comisaría Primera para revisar los telegramas que impulsarían las noticias policiales y por la oficina de prensa de la Municipalidad -todavía bajo la conducción de Sahaspé- con propósito parecido; llegar después a mi escritorio, tomar los diarios de la mañana y modificar el lenguaje de unas cuantas notas para la edición vespertina.
Pero la otra parte -la extra- venía con adrenalina recargada. Había actos y mítines por todos los barrios y casi todos los días y yo me iba con mi libretita para tomar apuntes que, esa misma noche o a la mañana siguiente, convertiría en crónicas. No tenía la menor idea de lo que estaba sucediendo -más o menos como ahora-, pero el entusiasmo superaba la ignorancia.
De todos aquellos eventos recuerdo especialmente uno, que sucedió en un descampado del Barrio Soberanía Nacional. Allí, el candidato a intendente -un hombre bueno y, después lo supe, un tanto ingenuo- agitaba sus bracitos desde el palco y prometía que desde el primer día de su gestión “las puertas de la Municipalidad estarían abiertas para todos de par en par”. Y tanto cumplió que un mes y pico después de asumir, por esas mismas puertas, lo sacarían a patadas. Pero ésa es otra historia. La que quiero contar ahora es la de los dos bandos en disputa que yo, desde mi inocencia quinceañera, creí que respondían a un mismo interés democrático y patriótico.
Con un cotillón de banderas bien diferenciadas y bombos bien parecidos, de un lado se atronaba con la consigna “Perón, Evita, / la Patria Socialista”; y del otro, con no menos estruendo, se le respondía con “Perón, Evita, / la Patria Peronista”. El líder, desde España, había alimentado a los dos sectores. Y cada escenario del país multiplicaba el mismo drama interpretado por actores distintos.
También eso lo supe después.
Mi inocencia sufrió su primer cachetazo de realidad el 20 de junio de 1973, Día de la Bandera, ahora con dieciséis ya cumplidos, cuando se desató la tragedia. No en reducidos descampados barriales, sino en la enorme extensión aledaña al aeropuerto de Ezeiza, donde unos y otros se masacraron mientras Leonardo Favio intentaba lo imposible y Perón, procedente de Madrid, sobrevolaba con intención de aterrizaje, cosa que finalmente sucedió en El Palomar.
Y el segundo cachetazo vendría el 25 de septiembre del mismo año, dos días después de que la fórmula Perón-Perón arrasara en las elecciones, con el 62% de los votos, sobre la fórmula Balbín-De la Rúa. Ese triunfo de “la democracia” no impidió que la “Operación Traviata” asesinara a José Ignacio Rucci, líder de la CGT, mano derecha de Perón y, junto con Jorge Daniel Paladino, motor de su retorno al país. Era demasiado. Yo, como pretendió convencerme “mi pueblo” con varios veteranos que nunca aprendieron nada, quería ser peronista de una patria “políticamente libre, socialmente justa y económicamente soberana”, no miembro de una secta de terror. Y confundí, como tantos lo confunden ahora, peronismo con pueblo.
Fueron, aquéllos, avisos atroces de lo que después llegaría. Y el punto culminante se daría en la Plaza de Mayo el Día de los Trabajadores del año siguiente, 1974, dos meses exactos antes de su muerte, cuando el General, desde un balcón blindado de la Casa de Gobierno, fustigó a los “imberbes” y a los “estúpidos que gritan” y éstos, representantes entrenados de la “Patria Socialista”, se fueron de la plaza después de lanzar su interrogación incendiaria: “¿Qué pasa, qué pasa, qué pasa, General, / que está lleno de gorilas el gobierno popular?”
La “Patria Peronista”, por el momento, conseguía su victoria pírrica y a mí se me borró el entusiasmo que una enfermedad, inmediata y prolongada, sepultó por bastante tiempo.
Conté la anécdota bajo la prevención que desliza Marx en el párrafo de apertura de “El Dieciocho Brumario de Luis Bonaparte”: “Hegel ha dicho alguna vez que todos los hechos importantes de la historia universal es como si ocurrieran, digamos, dos veces. Pero omitió añadir: primero, como tragedia, y después, como farsa.”
Hay algún hegeliano, por ahí, o alguna hegeliana, que algo omite, sospecho. Y, cuanto menos, estoy tratando de advertirme, tratando de advertir.