22. mar., 2020

La hora de los grandes estadistas

No sé si es el momento. Tampoco se sabe cuál es el momento, nunca.

Cuando empecé a dar clases, en tiempos de la Guerra de Malvinas, mis alumnos eran apenas más jóvenes que yo. Sobre todo los del terciario.

Junto con la recuperación democrática, después de la derrota, y con el creciente antimilitarismo, una suerte de nacionalismo soft había ganado la mayoría de las conciencias. El emblema era León Gieco y aquellos versos que devinieron himno: “Sólo le pido a Dios / que la guerra no me sea indiferente, / que la gastada muerte no me encuentre / vacío y solo, sin haber hecho lo suficiente.”

Se lo cantaba. No sé si se lo comprendía. No sé si se quería comprender.

Yo les decía a mis alumnos, entonces, que las guerras eran inherentes a la condición humana. Que no hubo siglo sin guerras. Que los factores que las provocaban eran múltiples. Que la historia es una sucesión indefinida de pueblos conquistadores y pueblos conquistados. También en la América precolombina. Que, nos guste o no nos guste, los pueblos más fuertes salieron y saldrán a buscar el mejor hábitat posible para su desarrollo. Que el planeta es un sitio limitado, sobre todo en sus zonas benignas y fértiles. Y que las guerras -y las pestes- terminaban por regular el equilibrio poblacional.

Así de crudo. Así de duro. Siempre es cruda y es dura la realidad, por eso se le escapa con estrambóticas teorías.

Recuerdo que desafiaba el pensamiento de mis alumnos con problemas del siguiente tenor:

El mundo -les decía- tiene alrededor de cuatro mil quinientos millones de habitantes, de los cuales, mil millones habitan en la China y setecientos millones en la India; dos grandes territorios, menores sin embargo a la despoblada Siberia, con la que comparten el continente asiático. La Argentina no alcanza los treinta millones, con un territorio que es el octavo o el noveno en superficie del mundo. Llegado el momento en que chinos e indios se hacinen, ¿hacia dónde creen ustedes que migrarán? ¿Hacía la gélida Siberia? ¿Hacia la pequeña y apiñada Europa? ¿Hacia el África, tan poco amable por razones opuestas a la Siberia? ¿Hacia una Norteamérica también superpoblada y, encima, poderosa? Tenemos todos los números comprados para ser objeto de la hipótetica invasión. Un cinco por ciento, nomás de la población china que decidiera migrar, duplica la población total de la Argentina: ¿Con qué creen que los detendríamos? ¿Con itacas o con cañones inservibles apostados a lo largo de toda la costa atlántica? Y en la imposible posibilidad de que se pudiera, ¿sería justo?

Mis alumnos me miraban. Qué joven se volvió loco el profe -pensarían- y eso que ni siquiera fue a la guerra.

Con variantes, repetí el desafío intelectual en distintas instancias a lo largo de casi cuatro décadas de docencia.

Hoy, el planeta entero, vive una crisis humanitaria sin precedentes. Nunca el futuro fue tan incierto a pesar de que nunca estuvo la humanidad más informada y a pesar de que el conocimiento y la ciencia alcanzaron un punto de desarrollo que las mentes comunes no alcanzan a entender.

El problema, casualidad o no, se generó en la China. El problema, casualidad o no, empieza a revertirse en la China; pero el resto del mundo está en zozobra.

Hoy, lo que eran cuatro mil quinientos millones en el mundo cuando yo desafiaba el pensamiento de mis alumnos son alrededor de ocho mil millones. Prácticamente se duplicó la población en menos de medio siglo. Y se esperan unos diez mil millones ni bien iniciada la segunda mitad del presente.  ¿Soportaría esa población el planeta? Téngase en cuenta -y seré crudo y duro otra vez- que las guerras, aunque más propagandeadas, matan cada vez menos gente; y que la ciencia estiró la longevidad hasta puntos inimaginables algunas décadas atrás, incluso en países desfavorecidos como el nuestro o los de toda Latinoamérica.

Cuando se atraviesa una crisis urgente como la de la pandemia actual no hay ni tiempo ni ganas para pensar más allá de lo inmediato y de lo próximo. Pero téngase en cuenta, también, que en algún sitio se lo está pensando. Que a poblaciones demasiado abigarradas les está haciendo falta territorios vivibles. Y que la ola se podría administrar con inteligencias a tono, pero no se la podría evitar.

Nada será igual en el mundo después del COVID – 19. Y ha llegado la hora, me parece, de los grandes estadistas.