26. mar., 2020

Un enfoque sobre la cuarentena

A poco de que se lo piense se comprenderá que este aislamiento forzoso, esta ‘cuarentena’ general, no es sostenible en el tiempo. Vivo sobre una arteria importante de mi ciudad y hoy pasaron más autos que en toda la semana. Y mañana, que es viernes, será peor. Y el sábado.
No se apure: yo no justifico nada y soy el primero en cumplir las normas. Digo, nada más, que el aislamiento no es sostenible ni siquiera a corto plazo y que habrá que ir previendo otras soluciones.
Lo que nos toca vivir, como humanidad, es inédito. Cualquier comparación con guerras u otras catástrofes es inapropiada, no ayuda. Y a problemas inéditos hay que encontrarles soluciones inéditas. Por eso escribí hace poco que es la hora de los estadistas, aunque no sabemos si están.
El miedo retiene, el miedo exalta, el miedo empuja reacciones de todo tipo. Pero lo que toda experiencia demuestra es que la humanidad, en su conjunto, no tolera el aislamiento. Ni qué hablar si colapsara Internet por la sobrecarga a la que la someten tantos pretendidos héroes particulares, que saturan las redes con recitales, videoconferencias, viedoconciertos, videoaulas, videomuseos, imágenes y más imágenes y más imágenes de lo que o sabemos o podemos buscar en Google, en Spotify, en YouTube. Toda artillería pesada -ya que de pronto se puso de moda el lenguaje castrense- que pone en jaque a la red y augura su colapso.
No se alarme si llegó hasta aquí. Estas columnas las leen muy pocos y no voy a influir en el comportamiento negativo de nadie. Tampoco influyen en el comportamiento de nadie, como queda claro, todos los que creen jugar su inmortalidad echando peroratas a quienes no los escuchan. Es tiempo de que pensemos juntos. Es tiempo de que entendamos qué cosa es ser humano.
Ser humano es, por antonomasia, ser sujeto social: sujeto de libertad, de movimientos voluntarios, de reuniones, de afectos compartidos, de abrazos. También es ser sujeto de riesgos. Tomar riesgos forma parte esencial de una enorme cantidad de seres a lo largo y a lo ancho del planeta y transgredir es una costumbre arraigada en casi todas las culturas y muy alegremente promovida por artistas, poetas y epígonos. También por jugadores -ludópatas o no- de toda laya. Transgredir y tomar riesgos son factores constitutivos de la condición humana. Y no hay miedo, por más publicitado que fuera y por más razones que lo justifiquen, que modifique la condición. Llevaría siglos cambiar esa cultura. Borges lo observa muy bien en “La lotería en Babilonia” cuando señala que la Lotería, que al principio sólo entregaba premios faustos -buenos, gratos-, empezó a decaer y entonces debieron incorporarle números infaustos -de riesgo, dañinos, terribles incluso- que operaran como estímulo. Imaginesé una suerte de ruleta rusa. Lo curioso es que cuantos más números infaustos incorporaba, más exitosa resultó la Lotería. Y esto es así porque cada ser humano, íntimamente, sueña con vencer al destino frente al que todos sucumben.
Vuelvo a la catástrofe humanitaria que nos tiene en vilo y encerrados. Ya asomaron, ya se multiplicarán, los que desafían las normas porque juegan sus partidas frente al destino. No hay ley que los contenga y menos cuando el delito que se les imputa es tan difícil de tipificar. ¿Cómo concebir como delito algo tan natural como dar un paseo, abrazarse con el amigo, intimar con quien se ama, visitar a los familiares?
No sé, no puedo ni prever ni imaginar, cuál será el tiempo de tolerancia al impedimento. Pero me atrevo a conjeturar que será corto. Y eso que no incorporé a mi conjetura el terremoto económico y la casi segura eventualidad de pronto desabastecimiento.
La palabra la tienen la ciencia y la política. Socialmente, culturalmente, no es mucho más lo que se puede esperar. Y con todo, parece demasiado.