25. abr., 2020

Los "macaneadores"

Detesté el Once desde que conocí Buenos Aires porque uno no puede andar libremente por allí, viendo si algo le interesa, sino que se ve acosado por los mercaderes que le quieren vender lo que les interesa a ellos.
Había vivido algo parecido antes, cuando por los 17 debí permanecer internado dos meses y medio y todos los días iban dos monjas a la sala del hospital para venderme su catecismo, aprovechando que todos los que estábamos ahí estábamos cautivos. Tuvieron éxito las monjas: me lo vendieron. Tanto que me costó veinte años sacarme el catecismo de encima.
Y tuve varias vivencias parecidas después. La más significativa, durante un fin de semanas que nos alojamos con mi pareja de entonces y sus hijos en Los Focolares, de O'Higgins, para "desestresarnos". Allí, cautivos también aunque por voluntad propia, si mirábamos un dulce, era "el dulce que le gustaría a la Virgen"; si mirábamos una prenda, era "la prenda que le gustaría usar a la Virgen"; si mirábamos algún adorno o alguna planta, eran el adorno o la planta "que elegiría la Virgen". Nunca más volví ni volveré, solo ni acompañado, a la estancia de esos charlatanes.
Y algo semejante sucede en este tiempo de cuarentena, cuando todos estamos cautivos, a través de la red. Basta que vean la oportunidad para que un variado conjunto de charlatanes quiera vender sus productos que abarcan un amplio espectro, desde lo lúdico hasta lo psicológico, pasando, desgraciadamente, por lo ideológico y lo literario.
Es vasto el universo de "macaneadores", calificativo ajustadísimo que tomé de Mario Bunge.
Y uno, que está grande, por educación los tolera. Aun cuando se salgan de territorio propio e invadan el ajeno. Aun cuando, como los mercaderes del Once, nos tironeen del brazo para meternos en su territorio.