25. oct., 2020

Política, religión y pensamiento mágico

Vuelvo sobre un asunto que irrita. Pero sobre el que es necesario volver si uno quiere entender de qué se trata.
En el café discutíamos con un amigo acerca de por qué, si la pandemia afectó el mundo entero, las consecuencias económicas y monetarias en la Argentina son catastróficas. Él me ponía, atinadamente, el ejemplo de Paraguay, una nación que siempre estuvo rezagada en Sudamérica respecto de sus pares más prósperos (ni qué hablar de la Argentina que se pretendiera potencia) y que conserva la estabilidad de su moneda y mantiene controlados los niveles de inflación. Concluía, no sin sustento, que el problema argentino es político.
Yo acompaño, en principio, la conclusión. Pero observo que, más que político, el problema argentino es religioso.
Hace unos días publiqué, por este mismo canal, un artículo que hablaba del odio. Decía, entonces, que “Las religiones, más que la política e influyendo sobre ella, son promotoras del odio, aun cuando vivan hablando del amor. Y son promotoras del odio porque se reservan invariablemente para sí la tenencia de los buenos. En esa propuesta binaria, si nosotros somos los buenos los de enfrente, necesariamente, deben ser los malos: los espíritus a conquistar, los espíritus a convertir, los espíritus a transformar o, llegado el caso, los espíritus a aniquilar.”
No faltó el reaccionario que me salió al cruce comentando que “no es la religión, sino los hombres” quienes promueven el odio. Como si fueran escindibles. Como si la religión no fuera cosa de los hombres.
Y vuelvo sobre el asunto porque en la Argentina -como en todo país con marcadas tendencias totalitarias- la política se vive y se dirime como religión. No se dialoga, se conquista y se impone. No se razona, se profesa una fe. No se busca consenso ni acuerdos, se comulga. No se desarrolla ni se progresa, se expropia o se usurpa. El líder o el partido encarnan la divinidad a la que se sigue ciegamente. Y esa divinidad encaramada -por los hombres- trabaja sobre dos ejes tan eficaces como perversos: el miedo y la culpa.
Así funcionaron y funcionan los totalitarismos. El nazi, el fascista, el falangista, el comunista, el maoísta. También, por supuesto, el peronista. Por algo se festejaba repetidamente “San Perón”. Por algo Tomás Eloy Martínez escribió “Santa Evita”. Y por algo se busca, por todos los medios -por empezar, los templos que se le construyen-, canonizar a “San Néstor” y, seguidamente, a “Santa Cristina” y “San Francisco el Papa”. A ninguno de ellos se los discute, se los venera. A ninguno se les puede oponer argumentos, no sólo de la razón, sino también de la evidencia. Hay que postrarse ante sus designios divinos. Y lo curioso es que muchos que insistían, otrora, para que el Vaticano vendiera sus riquezas y las repartiera entre los pobres -una soberana idiotez- nada dicen ahora acerca de las cuantiosas riquezas malhabidas de los nuevos íconos religiosos.
El pensamiento mágico prima en las religiones. Y sus jerarcas dominan a caballito de ese pensamiento mágico. Si llega un momento en el que pierden el control, mandan a sus fieles a despanzurrarse entre ellos. Y después, otra vez de manera perversa, los elevan en el altar de los mártires.
Basura de la humanidad son todas las religiones. Las divinas y las paganas. Y en pleno siglo veintiuno y con una pandemia asolando no nos podemos dar el lujo de dejar la política, la economía y los asuntos de Estado en mano de los farsantes que las encarnan.
 
...........
Publicado en Facebook el 25 de octubre de 2020