16. abr., 2021

El avance milenarista

Por los '60s -tiempos de guerra fría, hippismo, flower power, hombre nuevo y rock and roll- la humanidad vivía pendiente del 'botón rojo', aquél que accionado por alguna de las dos superpotencias produjera una catástrofe nuclear que acabaría con la civilización.
Mientras ello sucedía en la superficie visible, dos peligros crecían de manera subterránea: el programa chino pergeñado por Mao y la escatología de los ayatollahs.
Para la gente común, China era un país superpoblado de 'pobres chinitos' e Irán, una inexistencia; si algo conocían del lugar eran los fastuosos desbordes del shá de Persia y el glamour y la belleza de Farah Diba.
Sin embargo, Rada Khruschev -una de las hijas de Nikita, que por la época comandaba la URSS- supo recordar en una entrevista periodística que su padre le había advertido acerca de 'fuerzas oscuras' que circulaban dentro del territorio soviético y que él no podía controlar ni identificar, aun con la férrea disciplina comunista y con el enorme aparato de inteligencia que manejaba.
Y éste es el punto: el de las fuerzas oscuras.
Salvo el terrible accidente de Chernobyl, no sobrevino una catástrofe nuclear. Pero sí se sucedieron las pandemias -cada vez más graves y más extendidas- de las que el Covid vino a marcar un pico. Y creció el terrorismo islámico al punto de poner el mundo todo en estado de alerta permanente. China e Irán -dos amigos privilegiados que eligió nuestro Gobierno- tienen mucho para explicar sobre la guerra biológica, aunque nunca lo harán, por supuesto.
Occidente, mientras tanto, no sabe cómo hacer para controlar sus propias 'fuerzas oscuras' que, disfrazadas de revoluciones populistas, ganaron gobiernos en países importantes y formatearon -con un cóctel de cultura, educación y medios de información y redes sociales adictos- el cerebro de millones y millones de distraídos. Hasta la Iglesia Católica -cómoda en su hegemonía- aportó un Papa a la causa.
Por aquellos '60s que referí al comienzo, Mircea Eliade -de cuya muerte se cumplirán treinta y cinco años el próximo 22 de abril- publicaba "Mito y Realidad", uno de sus libros capitales como filósofo e historiador de las religiones -esas 'fuerzas oscuras', ya sagradas, ya seculares- y se interesaba en las particularidades del milenarismo, una corriente primitivista que promete el retorno a una Edad Dorada, a un Paraíso Terrenal, a un estado de beatitud que haría del Hombre Nuevo un Hombre Bueno; previo paso por una instancia de 'catástrofe purificadora' que sabrían superar las almas guiadas por los 'mesías', los 'profetas', los 'héroes', los 'líderes revolucionarios', los 'líderes religiosos', los 'chamanes', los 'gurúes' y los 'brujos'.
Extraigo algunos fragmentos del capítulo IV, "Escatología y cosmogonía", de la edición en castellano de Alfaguara/Punto Omega, Barcelona, 1981; pp. 72 y ss.:
"...es especialmente fuera del mundo occidental donde el mito del Fin del Mundo conoce, en nuestros días, un desarrollo extraordinario. Se trata de los innumerables movimientos nativistas y milenaristas (...) Con mucha probabilidad, la mayoría de estos movimientos surgieron después de contactos más o menos prolongados con el cristianismo. Aunque sean casi siempre antiblancos y anticristianos, la mayoría de estos milenarismos aborígenes comportan elementos escatológicos cristianos."
"La morfología de los milenarismos primitivos es sumamente rica y compleja. (...) 3º, a pesar de estar atraídos por los valores occidentales y desear apropiarse tanto la religión y la educación de los blancos como sus riquezas y sus armas, los adictos a estos movimientos milenaristas son antioccidentales; 4º, tales movimientos están siempre promovidos por fuertes personalidades religiosas de tipo profético y organizados o amplificados por políticos con fines políticos; 5º, para todos estos movimientos, el milenio está inminente, pero no se instaurará sin cataclismos cósmicos o catástrofes históricas."
"Es inútil insistir sobre el carácter político, social y económico de tales movimientos; es evidente. Pero su fuerza, su irradiación, su creatividad no residen únicamente en estos factores socioeconómicos. Se trata de movimientos religiosos. Los afectos a ellos esperan y proclaman el Fin del Mundo para alcanzar una mejor condición económica y social -pero, sobre todo, porque esperan una recreación del Mundo y una restauración de la beatitud humana. Tienen hambre y sed de los bienes terrestres -pero también de la inmortalidad, de la libertad y de la beatitud paradisíaca-. Para ellos, el Fin del Mundo hará posible la instauración de una existencia humana, beatífica, perfecta y sin fin."
"El personaje mesiánico se identifica con el Héroe cultural o el Antepasado mítico cuyo retorno se esperaba. Su llegada equivale a una reactualización de los Tiempos míticos del origen y, por tanto, a una recreación del Mundo. La independencia política y la libertad cultural proclamadas por los movimientos milenaristas de los pueblos coloniales se conciben como una recuperación de un estado beatífico original. En suma: incluso sin destrucción apocalíptica visible, este mundo, el viejo mundo, se abolirá simbólicamente y el Mundo paradisíaco del origen se instaurará en su lugar."
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Si usted llegó hasta aquí, pruebe, mire y piense un ratito. Después siga con sus cosas. Pero no se entretenga demasiado. Lo que se juega por estos tiempos es bastante más que su vida, su futuro y la vida y el futuro de su descendencia.