22. abr., 2021

El peronismo

Hace tres cuartos de siglo que una fuerza -más ideológica que política, aunque camaleónica y pragmática- monopoliza el poder en la Argentina.
Fuerza de origen militar y golpista, en tanto su fundador fue militar y golpista, por más que sus adoctrinados fieles sólo recuerden los golpes que sufrieron, nunca los que propinaron.
Fuerza que a partir de la astucia de su fundador supo que "conducir es persuadir" y que, con maliciosa inteligencia, supo que para persuadir conviene seducir primero. El seducido pierde capacidad de razonamiento, se mueve por instinto, por impulsos primarios y emocionales, y es fácil de conquistar y someter. Igual sucede con el macho golpeador y la violencia de género: cuando se quiere escapar de las redes del conquistador que somete suele ser trágicamente tarde.
Perón fue un macho golpeador. Lo fue Néstor, lo es Cristina.
Aun cuando ni Néstor ni, mucho menos, Cristina simpatizaran con el líder ni con el aparato de "grasas" que dejó montado, tomaron lo que les servía para la ambición de sus planes: la marchita, los bombos, las consignas que se recitan como catecismo, los símbolos, los dedos en V. Y, sobre todo, la perversión en la forma de construir poder.
Y en esta forma de construir poder sobresale el carácter militar: adoctrinamiento, disciplina férrea, verticalismo absoluto, dureza en la acción y falacia en la comunicación.
Nada más alejado del espíritu democrático de una república que, ingenuamente, creíamos haber recuperado en 1983.
Perón conducía un ejército. Montoneros construyó un ejército que declaró la guerra clandestina al por entonces ejército oficial. Las mafias sindicales -armadas, todas-, construyeron sus respectivos ejércitos que activan cada vez que sienten amenazados sus intereses. Milagros Sala construyó el suyo. Insfrán, Alperovich, los Rodríguez Saa, también. Y sigue la nómina.
En tales condiciones y si la ciudadanía no despierta -la ciudadanía, no la 'cuidadanía', que es una trampa más que permitió la pandemia- la república estará definitivamente perdida.
Sin embargo, la falacia oficial dice que el riesgo está en la CABA, en las organizaciones de madres y padres que reclaman por la educación de sus hijos, en los tribunales de justicia que no son dóciles al atropello del Ejecutivo, en los medios de prensa y en las redes sociales que, aunque lo intentan con otro ejército de trolls, no consiguen dominar.
Hablan, entonces, de intentos de 'golpe de Estado', recurriendo por enésima vez al fantasma instalado en el consciente colectivo y a la reacción instintiva y emocional.
Será bueno comprender que aquí no hay ningún riesgo de golpe de Estado, como no fuera un autogolpe dado desde el mismo poder para resolver su feroz interna y volver a disciplinar a los díscolos, como Montoneros, que los fusilaba.
Aquí lo que hay es un pueblo que agotó su paciencia y que hará "tronar el escarmiento". Porque las palabras, cuando devienen consignas militares para la dominación, el sometimiento y el control, terminan siendo un bumerán, como lo demuestra la historia del mundo.