22. may., 2021

"El primer trabajador"

Carl Grimberg murió en junio de 1941, dos años antes de que Perón diera su primer golpe propio (antes, en 1930, había participado como Teniente del que derrocó a Yrigoyen). No pudo por lo tanto, el sueco, conocer el peronismo.
Perón, como alto militar especializado en Historia del Mundo (de lo que, además de enseñarla, se jactaba) seguramente conoció a Carl Grimberg.
Lo que sigue viene a cuento, fijesé.
Para el año 1.000 -narra el historiador sueco en el tomo 12 de su Historia Universal- los cristianos en general y los españoles en particular estaban convencidos de que llegaba "el fin del mundo". Fin del mundo que no llegó ni llegará, como ya me extendí en otras notas. Pero como las religiones que se construyen a partir de promesas mesiánicas, de miedos y de culpas que serán castigados "al final de los tiempos", así lo instalaron, los fieles de entonces -y los de ahora, también- suelen creer a pie juntillas.
Sucede que por entonces, mientras los Otones daban forma al naciente Sacro Imperio Romano-Germánico, los árabes musulmanes se extendían por el mundo, invadiendo y arrasando cuanto se les opusiera, y llevaban casi dos siglos como amos y señores de la península ibérica, en la que permanecerían cinco siglos más.
Vaya usted sacando cuentas mientras yo veo de qué manera retorno a Perón.
En Córdoba esplendía, por el siglo décimo, un Califato que se había independizado del central de Bagdad. Y, próximos al cambio de milenio, muere el califa Alhakem II el Sabio y lo sucede su hijo Hixem II, que era menor de edad, y que queda bajo la tutoría de la califesa Aurora-Zohbeya, que tenía un amante militar.
Este militar, "de origen humilde" pero de ambiciones mayúsculas, se hace dueño de la situación, pasa a dominar la política del Califato, entretiene al joven Hixem II con un harén a medida que el muchacho crecía, lleva a cabo más de cincuenta campañas militares por todo el territorio, arrasa con cada ciudad que invade, provoca centenares de miles de muertos, somete, esclaviza y humilla a la población sobreviviente y terminan deshaciéndose de la misma Aurora-Zohbeya cuando empezaba a incomodarle.
Imaginesé si no era para creer que, llegada la Bestia, pronto llegaría también el fin del mundo.
Sin embargo, el dictador se ocupó por mantener una imagen pública de "piadoso defensor de la ortodoxia del Islam"; mandó ampliar la mezquita de Córdoba hasta convertirla en la más importante del mundo (los operarios esclavos trabajaron en la ampliación en condiciones no menos humillantes que aquellos antepasados que construyeran las pirámides de Egipto) y, cada tanto, él mismo tomaba el pico y la pala y montaba su actuación.
Porque Almanzor -tal el apodo del personaje que se llamaba Mohamed ben-Abi-Amir, según nos relata Grimberg- se dio a sí mismo el título de "primer trabajador del Califato y primer obrero del Islamismo".
No sé si ese título le suena.
Continuará...