1. jun., 2021

Tradición fratricida

Hasta bien entrada la modernidad, la mayoría de los monarcas de Occidente -reyes o emperadores- eran analfabetos.
El dominio de las letras estaba reservado a muy pocos, especialmente a los clérigos, que supieron valerse de la condición para acumular poder.
Tras la caída de Roma, en el siglo V, y la expansión del Islam, a partir del siglo VIII, Occidente quedó circunscripto al Imperio Bizantino, con capital en Constantinopla, la antigua Bizancio y hoy, Estambul. Pero en territorio europeo, especialmente en la parte septentrional, se conformaron reinos de etnias y de índoles variadas que fueron expandiéndose -y, por supuesto, chocando- sobre la base de feudos.
Estudiar el Medioevo es estudiar una sucesión interminable de guerras, muchas de ellas, fratricidas, que sirve para comprender y pronosticar un futuro cercano y probable en América Latina.
No es casual que las grandes religiones hayan desplazado hacia América Latina sus focos de interés.
Carlomagno -el gran emperador de la cristiandad medieval- también era analfabeto, aun cuando ya grande alcanzara algunos rudimentos de lectura y de escritura y cuando se preocupara por alfabetizar y culturizar al pueblo tanto como resultara posible. Nieto de Carlos Martel ('Martel' por martillo, un instrumento que en la Argentina recobró prestigio a partir de la pandemia) e hijo de Pipino el Breve -analfabetos ambos- construyó su imperio a partir del reino de los francos, al que Carlos Martel le diera oxígeno tras derrotar a los árabes en la terrible batalla de Poitiers.
Y tras él fueron Roma y el Papado para recuperar el esplendor y el poder perdidos.
Duró poco, porque a la muerte de Carlomagno volvieron las guerras fratricidas desencadenadas por sus propios hijos, guerras que originaron lo que, más tarde, serían las naciones de Francia, Alemania e Italia.
Pero el dato curioso que me interesa rescatar es el primer acuerdo firmado de la historia -una rareza en tiempos cuando todo se resolvía con las armas o con juramentos e intercambio de regalos que muy pronto perdían el valor. Ese primer acuerdo escrito y firmado fue el "Juramento de Estrasburgo", en 842, por el que los hermanastros Luis el Germánico -nieto directo de Carlomagno- y Carlos el Calvo -hijo de Judith de Baviera que se convirtiera en emperatriz al casarse con Luis el Piadoso, primogénito de Carlomagno- se comprometieran a una ayuda recíproca para enfrentar a Lotario -el otro nieto directo y sobreviviente del gran Emperador.
En dos versiones, una en lengua vulgar latina -o romance- y otra en lengua germánica, el tratado, traducido al español, decía:
"Por el amor de Dios y por la común salvación del pueblo cristiano y la nuestra, a partir de este día, mientras Dios me dé saber y poder, defenderé a mi hermano Carlos (Luis), aquí presente, asistiéndole y ayudándole en todo, como debe hacerse con un hermano, a condición de que él me corresponda de la misma manera; y no pactaré con Lotario ningún acuerdo que redunde en detrimento de mi hermano Carlos (Luis), aquí presente".
El solemne juramento firmado -además de resultar gracioso, porque hermanos eran todos- duró lo que un suspiro. Pronto volvieron las hostilidades y Lotario se vio obligado a buscar la paz con intercesión del Papa, que así se convertía nuevamente en el factor de poder decisivo y que desembocaría en el célebre Tratado de Verdún, en 843.
Revisar aquello nos permite comprender mejor lo que sucede ahora entre "hermanos latinoamericanos", "aliados", "acuerdos", "compromisos" y "juramentos". Sobre todo cuando una nueva forma de analfabetismo -llamémosle funcional, o estructural- aqueja a buena parte de quienes gobiernan. Y cuando el Papado -tan ávido y oportunista como siempre- espera agazapado el momento del zarpazo.
También espera el Islam. También, la marea china.
Continuará...