1. jun., 2021

Ideología y religión

Al asumirse como Muhhamad Alí, Cassius Clay no sólo se rebela contra su nación, su religión y su cultura para adoptar otras, sino que, dentro de las adoptadas, toma posición ideológica: se alinea políticamente.
Esa decisión, sostenida hasta su muerte, lo llevó a una idolatría que trascendió lo deportivo. Si como boxeador fue un virtuoso -acaso, el mejor de todos los tiempos-, como ícono de las izquierdas se inmortalizó gigante. Ya no era solamente el muchacho indócil que resignó su faja de campeón del mundo por negarse a que lo reclutaran para combatir en Vietnam, era una suerte de profeta en tiempos convulsos de idealismos extremos.
El asunto de los nombres se remonta a los orígenes del Islam (siglo VII d. C.) y a una guerra de facciones que no superaron ni calmaron los siglos. La de los sunnitas versus los chiitas.
Muhammad (Mahoma) era el nombre del fundador.
Alí, el de su yerno. Que se proclamó sucesor, pero que fue desconocido por la mayoría.
Mahoma mismo generó los primeros rencores al hacer de Medina la ciudad de la fe, desplazando a La Meca, en un traslado que se conoce como la "hégira".
Y al morir no había designado sucesor.
Muchos, entonces, se sintieron con el derecho y así lo reclamaron. La ocasión fue sagazmente aprovechada por Abu Bakr -padre de Aysa, la esposa preferida entre las varias que tuvo Mahoma- e hizo que se lo proclamara califa; esto es vicario del Profeta. Con él el Islam inició su expansión que llegaría a extenderse por el mundo entero. He visto en Abu Bakr un émulo árabe de Saulo de Tarso (San Pablo), el judío converso responsable de la pronta propagación del cristianismo.
El encumbramiento de Abu Bakr, sin embargo, generó resistencia, rebeliones y levantamientos en muchas de las tribus ("árabe", conviene recordarlo, significa nómada). Y tras la muerte de Abu Bakr, Umar -su sucesor- se convirtió en el gran conquistador de tierras en una extensión que comprendía desde Persia (Irán) hasta el África. Para esta época cae Jerusalén (año 638) y se genera un conflicto interreligioso -y político- que dura hasta nuestros días.
Para no extenderme, diré que si la descendencia de Abu Bakr se considera legítima depositaria de la "sunna" (o tradición mahometana expuesta en las "suras" o aforismos que dictara el Profeta), la descendencia de Alí (hijo de Fátima y nieto del Profeta; y padre, a su vez, de Hasan y de Husseim) nunca reconoció aquella supuesta legitimidad y, a través de la "shi'a" (partido o fracción) mantiene una contienda que atraviesa la historia.
De los conservadores de la "sunna" -digamos, la derecha, en términos modernos- derivan los sunnitas, amplia mayoría en el mundo islámico y con base territorial en la actual Arabia Saudita donde se halla La Meca, punto universal de veneración.
Y de los disidentes de la "shi'a" -digamos, la izquierda, en los mismos términos- derivan los "shiítas" (o "chiitas"), que representan una minoría combativa y consecuente y que tienen a Irak e Irán como referencias territoriales.
La evolución histórica es intrincada, comprende otros muchos actores y excede tanto mis conocimientos cuanto las posibilidades que ofrece este espacio. Baste con decir que la Revolución de los Ayatollahs, que encabezó Khomeini en 1979 y que aún gobierna en Irán, respondió a la minoría chiita. Y que la Guerra del Golfo, suscitada tras la invasión iraquí a Kuwait en 1990 -además de los intereses económicos que genera el petróleo y otras cuestiones de estrategia geopolítica que involucran a las potencias mundiales- tuvo la fuerte motivación de un enésimo enfrentamiento entre sunnitas y chiitas.
Está claro de qué lado se pararon Muhhamad Ali y todas las izquierdas, incluida por supuesto la que hoy gobierna en la Argentina.
Está claro, también, que los actuales alineamientos poco y nada tienen que ver con las raíces del problema islámico (y su correlato, no menos trascendente, del conflicto palestino-israelí) y que obedecen, más bien, a ensambles ideologizados sólidamente respaldados por las respectivas fuentes de financiamiento.
Partimos de un nombre legendario y llegamos a un cierre que no esclarece mucho, pero que se arriesga a sugerir que es muy difícil tomar partido -el terrorismo, como método, es patrimonio de los dos sectores y la víctima, siempre, la población común) y que, antes de embanderarse por oscuras simpatías en causas que devienen tragedias, convendría informarse y tratar de comprender.
Continuará...