11. jun., 2021

Llevarse las palmas

Mientras la población padece y se desconcierta, cada vez, con el avance del virus, sus numerosas mutaciones, sus diferentes cepas, la política por un lado y los laboratorios por el otro mueven sus fichas, definen sus estrategias. Son muchos y variados los intereses en juego: políticos, económicos, científicos, ideológicos, religiosos.
Y en esta suerte de guerra de guerrillas la incógnita consiste en saber quién se llevará las palmas en el caso probable de que la pandemia resultare controlada, primero, y vencida, después.
Llevarse las palmas, sin embargo, no implica valoración favorable. Si la victoria sobre la pandemia fuere una victoria pírrica, las consecuencias se prevén muy graves.
Conviene revisar el origen de la expresión "llevarse las palmas".
Y para ello es necesario remontarse un milenio porque, como ya expusiera en notas anteriores, mucho de lo que se vive actualmente remite a lo medieval.
Por el lapso de un siglo -entre finales del XI y finales del XII- se llevaron a cabo las tres primeras Cruzadas que enfrentaron a los infieles. Categoría, ésta, que no estaría en condiciones de definir y, mucho menos, de identificar con un bando.
Lo cierto -como enseña la historia- es que durante el predominio árabe en la expansión del Islam -y más allá de todas las escaramuzas imaginables que acumularon centenas de miles de muertos- las culturas judía, cristiana y musulmana convivieron y se influyeron mutuamente, favoreciendo, incluso, un magnífico florecimiento de las ciencias y las artes.
Pero cuando los turcos -un pueblo de origen mongol emparentado con los hung-nu (o "hunos", según la transcripción romance)- invadieron el Califato, tomaron Jerusalén y esparcieron el terror entre los miembros de las tres culturas, en el Occidente que dominaban los normandos y los germanos, bajo la influencia directa del Papa, se despertó un odio manifiesto contra los depredadores y un afán de reivindicación y de aventura que alentó Pedro el Ermitaño (un predicador al que consideraban santo) y que capitalizó el Papa Urbano II, instigador de la campaña bélica para recuperar "los santos lugares".
Fueron cuatro las columnas de guerreros aliadas que, bajo el símbolo común de la cruz roja estampada en sus ropas, partieron hacia el Oriente Medio: la germana, encabezada por Godofredo de Bouillón; la normanda, encabezada por Roberto de Normandía; la flamenca, encabezada por Roberto de Flandes; y la francesa, encabezada por Raimundo de Tolosa (o Toulouse).
Duró tres años la campaña (1096 a 1099) y se cometieron todas las tropelías, todos los actos de pillaje y todo el vandalismo que se cometen en las guerras, donde mujeres y niños son las principales víctimas.
Finalmente triunfaron (el triunfo de la cristiandad sería apenas provisorio) y -según cuenta un cronista de la época- tras forzar los muros e ingresar a Jerusalén "todos felices y llorando de alegría, fueron los nuestros a adorar el sepulcro de nuestro Salvador Jesús".
Así quedaban redimidos, en el imaginario de los cruzados, todos los excesos, todas las devastaciones, todos los saqueos, todas las violaciones, todas las masacres. La causa era más importante que las personas y la vida.
Antes de regresar a Europa, los expedicionarios ofrecieron el trono de Jerusalén a uno de sus comandantes, Godofredo de Bouillón, quien, en honor a Jesús y su corona de espinas, declinó los honores de la corona de oro y se contentó con el título de "Gobernador y Defensor del Santo Sepulcro". Se bañaron, los cruzados, en las aguas del Jordán y cortaron ramas de palmas en sus riberas para llevarlas a Europa como trofeos.
"Llevarse las palmas", queda claro, no necesariamente significa la gloria ni cierra una tragedia. A veces se emparienta con el oprobio y puede abrir las puertas a una tragedia peor.
Continuará...