1. jul., 2021

Y el hacha quedó clavada

Y el hacha quedó clavada.
Éste es el motivo central de una leyenda que propició el movimiento político, cultural y científico más fabuloso de la historia: el Renacimiento.
Los acontecimientos sucedieron, cuándo no, en la eterna Italia. Y podrían resumirse de la siguiente manera:
Inglaterra y Francia libraban las últimas escaramuzas de la Guerra de los Cien Años. Los musulmanes dominaban el Mediterráneo. España empezaba a forjar su poderío a partir de la alianza de los reinos de Castilla y Aragón y a caballito de los enormes adelantos heredados de los árabes. Suiza confederaba sus cantones e inauguraba una larga tradición de neutralidad y cosmopolitismo que la llevaría a ser sede de los principales organismos internacionales. Y el ya milenario y harto corrompido poder papal se mantenía sostenido por el Sacro Imperio algunas veces, por Borgoña otras veces, o por quien resultara más apto y favorable según las épocas, habida cuenta de que nunca los Papas le hicieron asco a nada. Así sostuvieron hasta hoy la mentira.
La península itálica -otrora, la poderosa Roma- se dividía en múltiples reinos, entre los que sobresalían los de Génova, Milán y Venecia en el norte; los de Florencia y los Estados Pontificios (el Friuli) en el centro y el de Nápoles, que esplendía en el sur, enriquecido por la anexión de la cultísima Sicilia.
Un día, por finales del siglo XIV (mil trescientos ochentaytantos) un rudo y analfabeto, pero muy atlético campesino trabajaba en la granja de su padre. Pasó por allí una banda de mercenarios que reclutaba gente para su 'condottiero' y se detuvo para observar los movimientos y la destreza del muchacho. Sus condiciones les parecieron ideales para la vida militar.
Así fue que los mercenarios le ofrecieron sumarse a sus aventuras. Muy prósperas a favor de las inútiles aunque horrorosas Cruzadas.
El muchacho dudó.
Y al cabo de algunas cavilaciones, les propuso que el azar decidiera.
Él arrojaría su hacha contra el tronco de un árbol. Si el hacha quedaba clavada, marcharía con ellos. Si caía al suelo, por lo contrario, se quedaría en la granja.
El resultado de la prueba se anticipa en la primera oración.
Y a partir de entonces se gestó el destino de un guerrero que, en la cumbre de su gloria, terminó exigiéndole al mismísimo Papa que le concediera en feudo la población donde había nacido.
El osado muchacho resultó el padre de Francisco Sforza. Un pillo que sirvió, primero, al duque de Milán, Filippo Visconti, para casarse, luego, con su hija y heredar el ducado que, con el socorro financiero de Cosimo de Medici (otro pillo no menor, pero tan hábil como Sforza), terminó concertando una alianza de Milán con Florencia que, para aquellos tiempos, se volvió invencible y generó una de las movidas artísticas y culturales más extraordinarias.
Azarosa o no azarosa, cierta o no cierta, la leyenda me remitió a mi país y a mi época. Donde es tan común servir a distintos príncipes. Donde se puede ascender desde la nada hasta los más encumbrados lugares del poder. Donde los feudos se otorgan como premio a la fidelidad (o lealtad, tal le llaman algunos) por pillos que sean los beneficiarios. Donde el Papado juega con fruición sus fichas. Y donde los artistas y los poetas, no necesariamente gloriosos como aquéllos, se someten con pasión a sus señores para hacerse visibles.
Continuará...