"Junín es PLURAL" (Selección de artículos) / Números 18 a 24, de junio a septiembre de 1998

  • Número 19 / 19 al 25 de junio de 1998

    Editorial: La hora de los replanteos

  • Número 22 / 17 al 23 de julio de 1998

    Conflicto en Arribeños: La protesta llegó al cielo / ¿Qué necesita un docente para dar clases?

  • Número 23 / 31 de julio al 6 de agosto de 1998

    Artículo de opinión: Todo mezclado

La hora de los replanteos

Marcelo Araujo

Editorial

 

                Es posible que definitivamente haya llegado la hora de los replanteos para el periodismo nacional. Nos explicamos mejor: replanteos sobre una manera de ejercer el periodismo.

                No aportamos nada nuevo si afirmamos que el reaseguro de toda democracia radica en la libertad de expresión; libertad que debe ser total, porque cualquier retaceo que de ella se haga, inhibe la búsqueda de la verdad, siembra dudas, genera sospechas y a la postre debilita. Desde esta razón incontrastable de cualquier democracia, el periodismo es por naturaleza una profesión obscena. Su función es la de mostrar la verdad desnuda. La obscenidad, por lo tanto, no implica necesariamente la inmoralidad.

                Ahora, ¿cuándo se vuelve inmoral la actividad periodística?  Creemos que cuando en lugar de mostrar la verdad desnuda, manipula y deforma esa verdad con el propósito de obtener una ventaja, sea ésta económica, política o social. De allí el profundo sentido ético que la profesión exige para quienes la ejercen. Ese sentido ético establece los límites entre lo moral y lo inmoral; entre lo que puede y debe ser mostrado y entre lo que no puede ni debe mostrarse sencillamente porque no responde a la verdad.

                El periodismo argentino, desafortunadamente, no está pasando su mejor momento. Y esto es doblemente lamentable si lo analizamos en el contexto de una época en la que goza de amplias libertades para trabajar.

                El asunto es complejo y se nos ocurre que se constituye en problema a partir de una confusión de roles entre lo que es ser periodista y lo que es ser un mero comunicador. Aquél por naturaleza persigue la verdad, éste por lo general persigue el éxito. Y una y otra finalidad aparecen como incompatibles. La verdad no tiene rating, no vende; siempre será mejor negocio la fantasía. Y en tanto haya que montar el show para vender el espectáculo, si la fantasía no proviene de sus fuentes razonables se la debe inventar.

                Así se inventan affaires, conexiones, intrigas, romances, dopajes, milagros. Todo bajo el paraguas protector de la libertad de expresión. Y si bien esto puede ser lícito, porque como decíamos en el comienzo la libertad de expresión es total o no es, consideramos que no es ético promoverlo desde el periodismo. Cualquiera de los caminos del arte, la literatura o el espectáculo se nos antojan más adecuados para la libre difusión de la fantasía.

                Los integrantes de la Selección Argentina de fútbol que disputa el Mundial de Francia, acaban de tomar una drástica medida que afecta al periodismo argentino de manera integral y que antes ya habían tomado los integrantes de la Selección Brasileña para con los mismos destinatarios. Cesaron las notas y las entrevistas particulares, los jugadores se expresarán únicamente a través de conferencias de prensa y se protegerán después en un cerrado silencio.

                Es verdad que se puede acusar a los jugadores de cierto anacronismo corporativista y de cierto vedettismo. Pero también lo es que una conducta equivocada no justifica a la otra y que, en el terreno de las responsabilidades, le cabría al periodismo la obligación de dar el ejemplo.

                Posiblemente sea tiempo de separar la paja del trigo, para evitar que los periodistas se confundan -y confundan a la opinión pública- respecto de quiénes ejercen legítimamente la profesión y quiénes actúan como mercenarios al servicio de los grandes intereses empresarios.

 

(Número 19)

Número 18 / Edición impresa: doble página central, 14 y 15

"Vuela una canción para ti, Lucía...

Daniel Singh

 

                                la más bella historia de amor

                                que tuve y tendré

                                es una carta de amor

                                que se lleva el viento

                                pintada en tu voz

                                a ninguna parte,

                                a ningún buzón.”

 

                                                J. M. Serrat

 

 Daniel Singh: Un personaje legendario y querible 

 

Entrevista y texto

Claudio Portiglia

 

 

                Tiene la sonrisa grandota y limpia de los hombres buenos. Anima las calles y los bares de la ciudad con su cajón de lustrador y sus ocurrencias de niño. Celebra la vida y la festeja a través de sus valores más altos: el amor, el trabajo, la amistad. Es cordial, agradecido, respetuoso. Confiesa que le gusta salir en los diarios y en la tele, y cuando Plural lo convoca para realizar esta nota, recomienda especialmente que se lo fotografíe con su cajón al lado. Y accedemos, al tiempo que se nos ocurre que pocas veces un símbolo sintetiza tan bien el principio de la dignidad humana.

                Gracias, Daniel, por este regalo que nos hiciste. Hace menos frío ahora y la tarde nos parece más linda.

 

                -Contanos tu historia, Daniel, ¿sos nacido en Junín?

                -Estoy acá en Junín desde los dos años; estoy casado y mi señora se llama Lucía. Me hice una pieza, cocina, todo; porque la gente me ayuda a mí y yo le quiero agradecer a la gente. También están mi papá, Eugenio, y mi mamá, Elena. Pero el lote es mío, porque la gente me ayuda a mí; la gente es buena conmigo y yo quiero mucho a la gente.

                -¿Y dónde naciste?

                -Yo, en Germania. Pero estoy en Junín; hace mucho estoy en Junín. La gente me ayuda, me deja propina; es toda buena gente. Tengo dos hermanas mías, Alicia, Anabella; y Néstor López que es un hermano mío y me ayuda en todo.

                -¿Cuántos años tenés, Daniel?

                -Tengo cuarenta (muestra el documento de identidad, que lleva prolijamente guardado en su riñonera, y en realidad está por cumplir cuarenta y tres; aunque el detalle no interesa, su cara es la de un muchacho entre inocente y pícaro que disfruta delante del grabador; trenza las manos con gesto ansioso, se entusiasma).

                -Tenemos casi la misma edad (festeja la coincidencia), ¿y cuánto hace que andás con el cajoncito?

                -El cajón, hace mucho; estoy solo y con nadie más. El intendente es bueno, me ayuda a mí. Hay reunión, me llama a mi casa: “Daniel, tengo reunión”. “¿Adónde?”. “En el Concejo”. Yo voy y está toda la gente que me ayuda a mí.

                -¿Trabajás en el centro solamente, o vas por los barrios?

                -En todos los barrios; en la terminal, en los bares, en la casa de la gente que me ayuda a mí. Con los chorros, no; ni los engrupidos. La gente que me quiere ayudar, me ayuda. Mi señora es buena, mi mamá es buena, todos buenos; entonces la gente me quiere mucho a mí.

                -Vos sos muy respetuoso con la gente...

                -Sí; la gente es buena y yo quiero mandar un saludo para toda la gente. Y para el Día del Padre; los quiero mucho. Tengo el abuelo mío, que está vivo. La abuela murió, la abuela mía. Pero los quiero mucho y quiero mandar un saludo a toda la gente de Junín para el Día del Padre.

                -Los vamos a  mandar los saludos, pero antes quiero preguntarte algunas cosas más si querés contestarme. Además de trabajar, ¿qué otras cosas te gusta hacer?

                -Unas changas...

                -¿Por ejemplo?

                -Bajar paquetes.

                -¿Y adónde hacés ese trabajo?

                -En el supermercado. La gente me necesita a mí en el supermercado, entonces me llama. Estoy ocupado y me llama; entonces yo tengo un cuñado amigo que me ayuda a mí y a todos.

                -¿Cuánto hace que estás casado?

                -Ahora, dos meses.

                -Ah, sos nuevito... ¿y cómo te atienden en casa?

                -La gente es buena, en Chacabuco; me atiende bien y le cuida la hija a mi mamá, le cuida la hija a Daniel; la gente es buena en Chacabuco.

                -Y además de trabajar, con los zapatos, con las changas, con lo que sea, ¿qué otras cosas te gustan hacer? ¿te gusta jugar a algo? ¿te gusta pasear?

                -Voy a pasear con mi señora; la llevo al baile... René me llama a mí, a mí me gusta René.

                -¿Quién es René?

                -René es en el club Los Indios, antes. Ahora está en el club 9 de Julio. Es gente buena René, va mucha gente a ver a René. Él hace bailes los viernes.

                -¿Y qué más, Daniel?

                -Voy a ver boxeo.

                -¿Te gusta el boxeo? ¿y de quién sos hincha?

                -Acá en Junín, de Carballo. Va mucha gente. Arano hace boxeo y me invita siempre; yo y mi señora. Y miro el televisor.

                -¿Y vos no boxeás?

                -No, nunca.

                -Tenés miedo que te fajen...

                -Que me fajen, sí  (suelta la risa con todas las ganas).

                -¿Y el fútbol te gusta?

                -El fútbol, sí. Hincha de Boca.

                -Hincha de Boca, grande. ¿Y acá en Junín? ¿no seguís a Sarmiento?

                -No, no voy más a la cancha de Sarmiento.

                -¿Por qué?

                -Ahora me casé, y chau...

                -¿Y a ninguna cancha vas más?

                -Tch, tch, tch, tch, tch  (hace el gesto que no con la cabeza); no quiere mi señora.

                -¿Al básquet tampoco?

                -No, no me gusta el básquet. Me gusta el ciclismo; a ver carreras de ciclismo, sí. Vamos a casa de mis tíos, que viven a la vuelta del hospital Regional, vamos a la casa de la hija, Miguel y Andino. Los quiero mucho, tienen dos hijas acá en Junín que me ayudan, son buenas; y tengo todos los parientes en Germania.

                -¿No volviste más a Germania?

                -No; tengo todos los parientes allá.

                -¿Y a qué gente querés de manera especial?

                -Tengo amigos míos; Julio es un amigo mío, ése me invitó a comer un asado en el club Rivadavia, y hay mucha gente, todos... Tengo amigos en el café, gente que me ayuda a mí; Lombardi, ahí enfrente; Picasso, el bar; Barrera; el mozo; todos...

                -Sos un tipo agradecido, ¿verdad, Daniel?

                -Sí, yo soy agradecido y a toda la gente la quiero mucho. Hoy tengo reunión; descanso un rato en mi casa, duermo la siesta con mi señora, miro el televisor; ella tiene que planchar la ropa, ella es buena y yo la quiero mucho a ella.

                -¿A qué hora te levantás?

                -Ella me levanta a mí a las ocho y media. Antes no, mucho frío hace.

                -¿Y te acostás..?

                -Nueve y media... Miro el televisor con ella.

                -¿Sos creyente, Daniel? ¿creés en Dios?

                -En Dios, sí. Voy al pastor, Cabo... Y con mi señora voy a la iglesia, siempre. No fuimos hoy porque tengo mucho trabajo; y ahora hace mucho frío.

                -¿Cómo son las reuniones con el pastor?

                -Jueves, martes y domingo.

                -¿Y son lindas? ¿cantan?

                -Sí, son lindas. Cantan. Va mucha gente.

                -¿Te gusta vivir en familia?

                -Sí, mucho. Hay reuniones; vamos al cumpleaños mío, al de ella, a la casa de ella. Y ahora, el lunes, vamos al Día de la Bandera. Vamos a hacer una joda ahí en mi casa y está invitada toda la gente, que vaya a ver.

                -¿Adónde vivís, Daniel?

                -En frente a la cancha de Ambos Mundos. Acá tengo un papel... (saca una dirección anotada en manuscrito, que indica la calle Güemes). Ahí donde estoy yo, está mi señora; se llama Lucía...

                -Decile algo lindo a Lucía para que salga escrito en la revista, para que Lucía lo lea...

                -Lucía, te quiero mucho. Una rosa, querida. Te quiero mucho. Escuchá esta serenata; te quiero mucho. A todos...

                -Qué lindo, Daniel; te ha salido un poema...

                -Sí, la quiero mucho. Muy rica la comida que hace ella. Hoy me hizo comida rica; carne picada, arroz, sopa... Yo la quiero mucho a ella. Anoche llegué a mi casa, estaba haciendo arroz. Llamé a ella: “¿Quién es?”  “Yo, Lucía”. Abre la ventana: “¿Qué hacés, Daniel, mi amor”.

                -¿Así te recibe? ¡Qué lindo! ¿Querés mandarle un beso?

                -Un besito, mi amor.

                -¿Te gusta vivir?

                -Sí, vivir me gusta mucho.

 

(Número 18)

Gianni Lunadei

con Juan Carlos Mesa: "Señoooorrr, le pertenezco"

 

De nuestra redacción.

 

                La forzada inactividad y la depresión acabaron con la vida de Gianni Lunadei.

                Aun cuando la ficción nos vendiera la avasalladora vitalidad y el sarcasmo de sus personajes, también para él pudieron más las ingratitudes de la vida contemporánea. Ya no alcanza con ser bueno en lo propio para justificar la existencia. Mandan el éxito, la belleza, la juventud, el mercado. Y aunque para el común de la gente parezca inverosímil, la jubilación de los famosos suele ser mucho más triste y más pesada.

                Son esquivas y efímeras las mieles de la fama y la fortuna; ya nos lo advertían, por los albores del Humanismo, Juan de Mena y Manrique. Y hacen más difícil la aceptación de la cotidianidad.

                Nos quedan las ocurrencias del inefable De la Nata de Mesa de Noticias, cuando, servil y exagerada reverencia mediante, se ofrecía ante su jefe con un “Señoooor, le pertenezco”. O la no menos memorable personificación del financista corrupto que en Plata dulce vapuleaba a Federico Luppi con el latiguillo “Por favor, Bonifati; usted me entiende”.

                De lo menos conocido, pero de lo más valioso, queda su vida consagrada al teatro, donde representó con solvencia impecable a la mayoría de los clásicos, de Shakespeare a Chèjov.

                Y nos acongoja que la misma televisión que popularizó su delgada figura, no haya sido capaz de rescatarlo a la hora del infortunio.

                Gianni Lunadei se suicidó a los sesenta años empujado, quizá, por la depresión y por la falta de trabajo. A nosotros nos duele la tinta al escribirlo.

 

(Número 19)

La traición a la historia

Passarella: el responsable
Redondo: el gran ausente

Editorial

 

                Se acabaron demasiado pronto los sueños argentinos en el Mundial de Francia. Y con desfile y todo, el fervor patriótico demostrado por el pueblo de Junín para celebrar el 9 de julio no fue ni por asomo el observado después de las victorias de la selección ante Japón, Jamaica o Croacia. Ni qué hablar del empate frente a los ingleses, definido favorablemente después de los penales, que desató el chauvinismo colectivo.

                En la edición anterior, editorializamos sobre la necesidad de festejar, sus razones y sus formas y se nos hace menester volver sobre el mismo tema. Menuda confusión la de un pueblo que nacionaliza hasta la exasperación unos pequeños triunfos sin historia e ignora la historia grande, nada menos que la de la independencia.

                Y aquí nos apura la analogía. Passarella fue un ejemplo clarísimo de traición a la historia. No respetó ni el estilo ni el sentir del fútbol rioplatense, lo arrancó dictatorialmente de su historia de potrero, gambetas y alegría -que tanto rédito les da a los brasileños-, y lo encolumnó detrás de un proyecto híbrido, de pizarrón y falsa disciplina, que convirtió a la mayoría de los jugadores en muñequitos obedientes y timoratos. Porque no se trata sólo de ganar o perder. Se trata de saber a qué se juega y de respetar una idiosincrasia.

                Porque no le respetó la historia, esta versión Passarella de la selección de fútbol no despertó nunca el entusiasmo sincero ni ganó el auténtico favor de la gente. Los excesos de euforia advertidos en las distintas ciudades mientras el equipo ganaba, no eran movidos por los sentimientos sino por la publicidad. Ninguno como éste merece el rótulo de mundial mediático. Y el pueblo de Junín no escapó de la regla general. Por eso, devueltos a la realidad por una Holanda a la que no le sobra nada -razón, por otra parte, por la que no regala nada-, experimentamos la depre de una nueva frustración.

                Hubiera sido lindo ver el 9 de julio a los vendedores de cintas, banderas y gorros poblando Sáenz Peña, las rotondas, Rivadavia. Hubiera sido lindo ver a los jóvenes con sus caras pintadas de celeste y blanco, expresando con algarabía sus sentimientos de argentinidad. Vimos, en cambio,  unos soldados tristes, un palco repetido y una repetida y exaltada locución. Nada alcanzó a entusiasmar a un puñado de personas melancólicas que se debatía a la vera de la calle entre la obligación y el frío.

                No nos gusta la gente que traiciona su historia; tampoco, por supuesto, la que miente sus sentimientos.

 

(Número 21)

Plebiscito, reelección y Constitución

Alfonsín y Menem vistos por Hermenegildo Sábat

Contratapa

 

 

De nuestra redacción.

 

                No hizo falta que concluyera el Mundial, bastó que la Argentina perdiera sus chances para que el ambiente político vernáculo recobrara su temperatura habitual.

                Primero estalló la bomba por el más folclórico de los reñideros argentinos, La Rioja, sede acostumbrada de los lances más osados de la estrategia menemista, donde el gobernador Ángel Maza dibujó su propuesta plebiscitaria en favor de una nueva posibilidad de reelección. Tras cartón, el 9 de julio fue una oportunidad no desaprovechada para que el Presidente atara en Tucumán los últimos lacillos con el gobernador Bussi, que una semana antes comunicara a quien quisiera oírlo, en la capital federal, que su postura y la de su partido, Fuerza Republicana, eran favorables a la reelección presidencial. Como respuesta, el mismo día y a contra reloj, el gobernador Duhalde firmaba el decreto convocando a la ciudadanía bonaerense a expresarse el 13 de septiembre en una consulta popular, preocupado como se lo ve por la embestida reeleccionista y con el claro propósito de retomar la iniciativa, jugándole a Menem con sus propias cartas y, si fuera posible, ganándole. En mucho se parece esta decisión de Duhalde con el pensamiento hecho público del radical García Arecha.

                “Los bonaerenses estamos cansados de que se maneje el tema de la reelección como el resultado de una avalancha de voluntades favorables al presidente Menem; así que la consulta de septiembre tendrá por objeto conocer qué piensa en realidad la gente y respetar lo que la gente decida”  -dijo en declaraciones radiales Hilda “Ciche” Duhalde, confiando por supuesto en que la voluntad popular terminará fortaleciendo las aspiraciones de su marido.

                La Alianza, mientras tanto, tomó una posición equidistante y cauta. Sus principales referentes ratificaron la inconstitucionalidad de una nueva oportunidad reeleccionista, razón por la que desautorizaron cualquier otro mecanismo que se aparte de la norma.

                Y aquí nos parece que se centra el punto crucial de un debate que está lejos de agotarse en la Argentina, más allá de la conformidad rubricada por los constituyentes del ´94. El centro de la cuestión no es tanto saber si el pueblo quiere o no quiere que Menem sea de nuevo candidato; en realidad, lo que interesa saber es si el pueblo quiere o no quiere a su Constitución, porque habida cuenta de las insuficiencias demostradas para éste y para otros asuntos, parecería que la letra de nuestra carta magna, con reforma y todo, ha quedado ampliamente superada por el tiempo.

                Vista desde la modernidad decimonónica y desde el proyecto de nación de Alberdi, la Constitución argentina se nos aparece con visos de perfección. Y las reformas sufridas a lo largo de sus ciento cuarenta y cinco años de vigencia, se ajustaron a cuestiones de forma, incluso las de 1957 y 1994, pero sin alterar en lo más mínimo el enfoque conceptual de 1853. Esta Argentina de fin de milenio, sin embargo, no es la misma que la de mitad del siglo diecinueve; como tampoco es el mismo el planeta. Y nos parece que algunas estricteces, ya dogmáticas o ya funcionales, no se corresponden con una realidad globalizada, con un ritmo de vida vertiginoso y con un estado de cosas en constante transformación. Lo que hoy aparece como bueno, mañana puede dejar de serlo y viceversa, mal que nos pese. Por eso se nos ocurre que las naciones, incluida la nuestra, deberán ajustar, en mayor o menor medida, sus cartas constitucionales a las exigencias del presente, previendo una elasticidad que no entorpezca ni invalide futuros reacomodamientos. No es casual que aquellos países constitucionalmente más jóvenes que la Argentina, sobre todo los que a partir de los totalitarismos y las guerras mundiales debieron barajar y dar de nuevo, encuentren menos dificultades de adaptación a la Ley. Resulta, en definitiva, una cuestión de agilidad.

                No se trata, entonces, de violar alegremente la Constitución; porque hacerlo significaría acabar con el estado de derecho y eso, sabemos, anula las garantías. Se trata de asumir la necesidad de un debate, no obligado por urgencias electoralistas, que interprete la voluntad popular y se adecue a las nuevas exigencias.

                En principio, y de esto dejamos constancia en reiteradas oportunidades, nos parecen malas las reelecciones indefinidas porque nos parece mala toda perpetuación en el poder. Lo que no sabemos, en realidad, es qué le parece a la gente ni qué grado de razón nos asiste. Y creemos  que ya es hora de que se develen estas dudas.

 

(Número 21)

¿Qué necesita un docente para dar clases?

Mario Oporto: la farsa repetida

Escribe

Claudio Portiglia

 

                A mí me gusta dar clases. Creo hacerlo razonablemente bien y, además de la intuición que siempre me acompaña, tengo razones suficientes para sostener la apreciación.

                Fui llamado de todos los establecimientos en los que presto o presté servicios, bien que en algunos después se arrepintieron por motivos que los mismos arrepentidos deberían precisar. En todos motoricé iniciativas que se tradujeron en transformaciones pedagógicas, mucho antes inclusive de que surgiera la inquietud oficial. Recogí por ello aprobaciones y recelos. Recibí esperanzado la noticia de la implementación de la Ley Federal, participé de varios cursos y congresos que le dieron forma y colaboré con funcionarios de primer nivel, de ésos que agradecen y felicitan primero, y firman, cobran y olvidan después. Caí en el desaliento cuando vi la aplicación que de la ley se hacía en las escuelas. Me conforta el recuerdo caluroso de una buena parte de las chicas y los muchachos que fueron mis alumnos y guardo, entre mis afectos más preciados, el testimonio de dos décadas en las que muchos descubrieron la posibilidad de abordar la realidad desde ópticas diferentes de las que ofrece el encandilamiento colectivo.

                Desde siempre adherí al pluralismo de ideas y así lo propuse en cada aula y en cada tema. Alenté la discusión, me llevé de piñas con los dogmas y los autoritarismos caprichosos y confié en la capacidad de toda persona para encauzar su propio desarrollo. Me equivoqué tantas veces como fuera necesario, lo que hizo posible que aprendiera desde el error, y algunas más por pecar de autocrítico. Conviví con el esclarecimiento y la colaboración de algunos colegas y con el facilismo, la ineptitud y la hipocresía de muchos. No vi, no veo en general, escuelas bien dirigidas. A lo largo de mi carrera docente, recuerdo apenas dos directores con autoridad cierta, aquella que nace de saber lo que se hace, con sus cómo, sus cuándo y sus para qué. Uno en el ámbito de la educación privada, el padre salesiano Alejandro Pujalski; el otro en el fárrago de la enseñanza oficial, el profesor José Perata. Por ambos guardo un profundo respeto y la íntima sospecha de que no son suficientemente valorados.

                Con dolor advierto el progresivo deterioro del aprendizaje, que ha puesto a nuestro país en el ingrato lote de los menos alfabetizados de la tierra. Estimo, por lo mismo, que el quiebre del sistema educativo nacional es inevitable. Son tan absurdas las capacitaciones que se llevan adelante y tan mezquinos los intereses en juego, que sólo cabe pronosticar un desenlace trágico, como el de toda enfermedad terminal a la que se apura con una terapéutica equivocada y se denigra con la indolencia exhibida por profesionales inescrupulosos.

                Mucho se ha cargado las tintas en cuestiones presupuestarias y no es ése un problema menor. Pero el verdadero obstáculo que debe sortear la educación argentina es el de la centralización burocrática. Aunque parezca contradictorio -y ciertamente que lo es-, los menos aptos para la función docente suelen ser los que ostentan mayores créditos y mejores puntajes, en este sistema perverso de otorgamiento de cargos que nos come la médula. Son los que alentados por ambiciones, manipulaciones, comodidades y razones afines, enloquecen corriendo sin destino de un lado para otro, aceptan con miserable obsecuencia lo que es inaceptable, calientan sillas y acumulan por docenas certificados de capacitación generalizados y vacíos.

                Lo que hace falta para revertir el fracaso de tantas décadas de decadencia, se me antoja más sencillo. Se trata, por lo pronto, de pararse frente a la realidad en constante modificación y preguntarse a dónde se quiere ir, cómo se piensa llegar, con qué instrumentos se cuenta y qué capacidades reales nos asisten para utilizarlos convenientemente. Para ello es necesario saber de verdad, lo que ni remotamente se consigue en las capacitaciones colectivas. Saber de verdad significa, primero y sobre todo, querer saber; y luego, necesariamente, saber observar, saber discernir, saber cotejar, saber resolver, saber discutir, saber proponer, saber decidir, saber rectificarse y saber evaluar. Y eso no se consigue colectivamente; se consigue alimentando la voluntad personal de querer ser mejor -aunque ese querer no me sume acreditaciones ni puntaje- y el empeño por confrontar de manera permanente, en los distintos ámbitos de participación social, los saberes propios con los de las demás personas, sean o no colegas, sean o no especialistas, sean o no capacitadores oficiales, sean o no autoridad. Si esto no se impulsa, si esto no se hace, seguiremos -y valga la metáfora- corriendo a la liebre por detrás. El resultado se conoce de antemano.

                ¿Cómo se revierte entonces la tendencia paralizadora que nos domina?  Se trata, me parece, de dar el primer paso. Primer paso que, en principio, estarán dispuestos a dar muy pocos, pero que serán justamente los necesarios y los efectivos porque vaciarán de contenido a un sistema perverso. Quienes lo dieren, intuyo, privarían al sistema de la fuerza elemental, de la capacidad verdadera, dejando a la masa de timoratos huérfana de ideas y de resolución. Alcanzaría con no alimentar más los listados docentes oficiales, con no concurrir más a los actos públicos de adjudicación de cargos, con no asistir a las politizadas y mercantilizadas capacitaciones colectivas, con negarse a presentar legajos anuales repitiendo documentación que jamás será considerada, con abjurar de las improcedentes planificaciones y los adocenados proyectos formales e impuestos, con evitar la completación de todo formulario que no sea estrictamente conveniente para el aprendizaje, con llevar a directores e inspectores a la discusión de asuntos de fondo y no de meras paparruchas administrativas, con negarse a evaluar y a calificar fuera de los términos finales de cada proceso y a colocar, en aras de una estúpida disposición, notas que en nada se compadecen con la realidad de los rendimientos escolares, con resistirse a la tentación de la demagogia y con ofrecer propuestas alternativas, extra-áulicas y para-escolares que demuestren, con efectos y resultados, que se puede aprovechar el tiempo de manera mucho mejor que satisfaciendo caprichos y apañando necedades.

                La verdadera transformación educativa llegará el día que, al margen de pedagogos, funcionarios, burócratas y charlatanes, haya gente capaz de orientar a otra gente para encontrar la manera de responder a las exigencias de la realidad; lo contrario de lo que hace la escuela argentina.

                Creo que más allá de la proclamada muerte de las revoluciones, los pueblos necesitan cada tanto patear los escritorios, desenmascarar a los sinvergüenzas, rebatir a los inútiles que detentan su pequeña cuota de poder y largarse a buscar sus destinos, sin complejos ni trabas burocráticas. Así lo entendieron los próceres a lo largo de toda la historia; por eso fueron próceres y por eso merecen que se los siga.

                ¿Qué necesita un docente para dar clases?  Saber dónde está parado, dominar los contenidos de la disciplina que enseña, ensayar constantemente los métodos de inserción de esos contenidos en la realidad  y verificar los resultados, ajustando y corrigiendo toda vez que la realidad lo indique.

                De lo otro que se ocupen los escribas; pero, por favor, que no molesten.

 

(Número 22)

Quemar las naves

Metamorfosis, por Hermenegildo Sábat

Editorial

 

                En el ambiente político argentino se cierra una semana convulsionada y se abre otra cargada de incertidumbres.

                Cuando el gobernador Duhalde decidió  -al mejor estilo de Hernán Cortés-  quemar las naves y convocar al plebiscito del 13 de septiembre, seguramente midió con temeraria intrepidez la posibilidad de quedar aislado del mundo conocido. Pero como buen conquistador, confió en sus fuerzas y en las que le proveería la providencia y se agazapó a la espera del error del adversario. Error que, a juzgar por los primeros resultados que arroja el Congreso Nacional Justicialista convocado por el menemismo, parece haber llegado más pronto que ligero.

                De hecho, las irregularidades cometidas en el reconocimiento de los delegados bonaerenses, de los que se ignoró aproximadamente a la mitad en el envío de los telegramas de invitación, motivó el enojo y el abrupto retiro de las deliberaciones del senador Cafiero, quien se había convertido en una pieza de notable valor en la ingeniería con la que el presidente y su entorno apuntalaban el camino hacia una segunda reelección. Simultáneamente, y por expresas directivas del ausente Reutemann, también abandonaron Parque Norte los congresales santafesinos, que sumaron sus huecos a los esperados vacíos provocados por los duhaldistas y por los representantes santacruceños que responden a Kirchner, con lo que el menemismo reunió algo menos del cincuenta por ciento de los congresales nacionales del justicialismo. El aval alcanzado por el presidente para reclamar su legitimación como candidato, aparece por lo tanto como insuficiente.

                Tanto Menem como Duhalde se mostraron, empero, satisfechos con los resultados. Lo que hace suponer que a partir de ahora comenzará a tejerse una intrincada maraña de negociaciones que podría deparar más de una sorpresa. Cualquiera menos la ruptura, según se afanan por asegurar de uno y otro lado. Es que en el menemismo saben que no les dan los números con la misma certeza con la que Duhalde sabe que el aparato lo sigue manejando el presidente, y que sin él sería impensado ganarle a la Alianza las presidenciales del ´99.

                En la sociedad de radicales y frepasistas, mientras tanto, los chisporroteos del peronismo fueron recibidos como un bálsamo que les ayuda a suavizar los ardores propios, toda vez que por lo menos distrae temporariamente la atención de la gente, desviándola hacia otro lugar, y permite un intento de recomposición de fuerzas y de inteligencia en la disputa que mantienen chachistas y delarruístas por la oficialización de las candidaturas y por la imposición de sus respectivas metodologías.

                Graciela Fernández Meijide, por su parte, parece jugar su propia partida. Una partida con sabor a canasta entre señoras como ella, que afectuosamente la llaman Nenuca, y que darían el perfil indicado para alguna de las sátiras sociales del inefable Landrú.

                De todos estos nombres, aparentemente, deberá surgir el presidente de la Nación que nos conduzca en los albores del nuevo siglo. El panorama no parece demasiado halagüeño.

                La democracia y el crecimiento económico se muestran lo suficientemente consolidados como para atravesar, sin demasiados perjuicios, un período de gobierno debilitado desde su concepción. Ojalá que así sea.

 

(Número 22)

Última nota de la investigación / 'Plural' dejó de salir en septiembre; en diciembre la Asociación Apostólica Mariana se fue de Arribeños

La protesta llegó al cielo

Maniqueísmo: la línea que separa los buenos de los malos

 

De nuestra redacción.

 

                No por la intercesión del Obispo, aunque bien es cierto que roto el cerco de algún par de prelados que entorpecía la comunicación, Monseñor Maulión tomó el caso directamente en sus manos y se avecinan importantes novedades.

                En todo caso, la cuestión es menos providencial y más técnica. La crónica cuenta que el fin de semana pasado, desde una avioneta que cruzó por el cielo de Arribeños, llovieron sobre la ciudad millares de volantes que clamaban “¡Por una comunidad mejor!”, situación de la que se hace eco La Voz Regional en su edición del viernes 17, y que ratificaban la firme voluntad de los padres de alumnos de oponerse a la controvertida conducción de la escuela, en todos sus niveles, que viene llevando adelante la Fundación Apostólica Mariana y de la que Plural diera cuenta detalladamente en ediciones anteriores.

                 Del texto, que reproducimos en su totalidad en estas mismas páginas, merecen rescatarse dos aspectos que obligan el análisis y que contienen, según creemos, el numen del conflicto.

                El primero alude a la lucha “para que nuestros hijos sean educados con los verdaderos valores cristianos”, de donde se desprende que la educación impartida en la escuela, conducida por un grupo de consagradas bajo la dirección de Celina Caire, nos los provee ni los alienta. Y el segundo, de cierre, proclama que “La Libertad, la Verdad, la Transparencia y el Intercambio Coherente de Inquietudes siguen siendo importantes motivos para mantenernos Unidos”, de lo que puede conjeturarse, al menos, dos fundamentos: Que la Fundación Mariana trabaja desde que llegó a Arribeños, hace aproximadamente cinco años, para la desunión de la comunidad y que los valores reclamados, base ineludible de cualquier educación, y sobre todo de una con pretendida orientación cristiana, son sistemáticamente retaceados.

                El primer dato curioso que surge de la nutrida serie de entrevistas que periodistas de este medio mantuvieron hasta la fecha con distintos actores, es la recurrente negativa con la que tanto las consagradas marianas como los representantes legales, padres Aldo y Wálter, responden a los pedidos de reunión o asamblea general que ensayan los padres de alumnos, las catequistas y otros miembros de la comunidad y que motivara, inclusive, una sesión extraordinaria del Concejo Deliberante de General Arenales, de la que se recuerda la desteñida participación del cura Wálter Gómez, que desairó con su abrupto retiro a los padres de alumnos y a los propios ediles.

                Paralelamente, y según confiaron a nuestro medio varios padres y algunas catequistas, desde la dirección de la escuela San Francisco de Asís y desde la Casa Parroquial, que funciona como confortable vivienda de las consagradas marianas, brotó el peligroso adjetivo de subversivos para calificar a los integrantes de la Asamblea Permanente de Padres que clama por sus legítimos derechos. Sobradamente sabemos los argentinos -por haberlo sufrido y por estar pagándolo todavía-, adónde conducen estos avances reduccionistas, que procuran sostener fundamentalismos totalitarios descalificando al otro, al que piensa distinto y se mueve libremente, y adoctrinando cerebros infantiles y adolescentes en supuestos retiros espirituales de cuestionable contenido cristiano. Al estar por algunas narraciones, recogidas de bocas de participantes en esos retiros, el más joven y menos equilibrado de los sacerdotes marianos habría inducido en los alumnos, a través de la metáfora, la idea de que un gran río cruza la localidad de Arribeños; desde este lado, el de los buenos que por supuesto representa el sacerdote, puede verse a las serpientes que acechan sobre la otra orilla. De tan obvia y tan extemporánea, la actitud maniquea del oficiante no merece siquiera el comentario. Sí el desprecio generalizado, si es que así hubiera acontecido, por el peligro que conlleva instalar este tipo de ideas en mentes tiernas, que a la falta de sazón para razonar le suman el estado de presión psicológica con el que asisten a clases y a retiros, sabiendo que lo que allí escuchan y deben acatar se opone a los fundamentos educativos que para ellos procuran sus padres. Principio elemental, como es fácil deducir, de comportamiento totalitario. De allí los valores que se reclaman desde el volante: Libertad, Verdad, Transparencia, Diálogo. Salir, en definitiva, del oscurantismo medieval que se instaló en la comunidad de Arribeños desde que la Fundación Apostólica Mariana se hizo cargo de la única escuela media que cuenta la ciudad y de su única iglesia.

                Por testimonio directo que Plural tiene convenientemente documentado, se supo también que la coacción fundamentalista se extendió a otros ámbitos, fuera de la escuela San Francisco de Asís. El avance mariano embistió sobre la Casa del Niño, que funciona por iniciativa de un grupo de catequistas desde la gestión del intendente Salvia y cuyas colaboradoras-fundadoras y apoderada fueron inducidas a renunciar por “no estar en comunión con nosotros”, según palabras atribuidas por las informantes al cura párroco de General Arenales. Un detalle importante es que en torno de la Casa del Niño hay una subvención de la Provincia de Buenos Aires de alrededor de catorce mil pesos anuales. Otro detalle importante es que el quite de colaboración dispuesto por la Asamblea Permanente de Padres de alumnos ha mermado considerablemente la disponibilidad de fondos entre quienes conducen la escuela San Francisco de Asís. Un tercer detalle importante, es que unos nueve chicos arribeñenses en edad de tomar la primera comunión, debieron acudir a Villa Cañás, que vale recordar pertenece a otra provincia y a otra diócesis, porque el párroco de General Arenales les negó el derecho de hacerlo en la iglesia de la comunidad si sus padres no responden al “curso normal de las reuniones”, según se desprende de una carta circular fechada el dos de julio, sin membrete ni sello y con una firma ininteligible que se aclara como “Padre Aldo”, a una de cuyas copias tuvo acceso Plural.

                Son demasiados los detalles que convergen en un proceder cuanto menos poco claro de parte de los miembros de la Fundación Apostólica Mariana, cuyo líder, dicho sea de paso, Efraín Sueldo, parece haberse auto-excluido de la controversia que es la más grave que afecta a la comunidad de Arribeños en muchos años.

                Es de esperar que la milenaria sabiduría cristiana ilumine al Obispo de San Nicolás, a la persona o personas que éste designe para devolver la paz escamoteada por retorcidas apetencias sectoriales y a los integrantes todos de la comunidad de Arribeños, para que el diferendo se resuelva por los caminos de la justicia y para que los jóvenes arribeñenses, únicos afectados reales de este dilatado disparate, sean reparados en su fe y devueltos a los cauces de la confianza, en sí mismos y en el prójimo.

                No será con monstruos de leyenda ni con demonios inventados que se fortalecerá la fe y se difundirá la Palabra de Cristo. Felizmente, Él mismo se lo advirtió a su iglesia: “Estén atentos, muchos falsos profetas vendrán en mi nombre”.

 

(Número 22)

  • Volantes arrojados

  • Esa delgada línea

Seis meses no es poco tiempo

Editorial

 

               

                Nos enseñaba Campoamor que las cosas se ven según el color del cristal con que se mire. De allí aprendimos dos cosas: Una que mirar y ver son asuntos bien diferenciados; la otra, que uno por lo general no dispone de cristales suficientes.

                Viendo que desde aquel 23 de enero en que pusimos en circulación el primer número de Junín es Plural hasta la fecha ha transcurrido algo más de seis meses y mirando detenidamente en derredor, creemos que es tiempo de extraer conclusiones y de tomar alguna decisión.

                Dada la escasez de cristales, lo primero que se nos ocurre, por puro instinto animal de auto-defensa, es que seis meses no es poco tiempo para un proyecto casero, independiente y plural. Asumimos un compromiso ético, con la función periodística, que respetamos a rajatablas y otro material, con nuestros suscriptores y anunciantes, que no sin sofocones pudimos cumplir. Tuvimos desde el comienzo un puñado de suscripciones pagas por cuatro o seis meses y nos preocupaba la posible defección antes de tiempo, porque donde mandan los números (ver página 3) es muy difícil atender las circunstancias. Temblamos, pero no cedimos. Con la serenidad que nos otorga el sentido de haber cumplido con lo que debíamos, nos impusimos revisar la situación y encarar con determinación los cambios que estimamos necesarios.

                La realidad nos indica crudamente que los números no cierran. No importa atosigar al lector con los por qué ni los cómo. Importa, en cambio, comunicarle que con esta edición damos por concluido el ciclo de publicaciones semanales para iniciar, desde este mismo mes de agosto, otro de frecuencia mensual en el que mantendremos básicamente la línea que nos identifica, aumentaremos las páginas, renovaremos algunas secciones e incluiremos otras, adecuando el contenido a la nueva frecuencia que obliga a prescindir de lo impactante y efímero para dar prioridad a lo medular y permanente. Fortaleceremos, en consecuencia, el análisis y la opinión; seleccionaremos las entrevistas y ahondaremos en el periodismo de investigación cada vez que la realidad nos lo exija. El humor, la cultura, el arte y la ciencia mantendrán sus espacios e incrementarán sus propuestas. Y a la sección de lectores se le sumará una página abierta para colaboradores espontáneos de cualquier condición.

                Y para no adormilarnos en la autocomplacencia de lo instintivo, queremos compartir con nuestros lectores también la autocrítica. Hemos sido duros, a veces lacerantes. La función del despertador nunca es bien recibida. Menos, se entiende, la del despertador de conciencias. Coincidiremos, sin embargo, en que es una función necesaria; al menos para la mayoría. No tuvimos prolijidad en la salida. Pagamos el precio de la inexperiencia y el cierre de edición nos sorprendió a veces en fin de semana (como era el objetivo), a veces a principio de la siguiente, a veces a la mitad. Por ello pedimos disculpas y nos comprometemos a corregir el detalle durante el ciclo que iniciamos. No estuvimos en todos los lugares ni tocamos todos los temas ni acercamos toda la gente que hubiéramos querido. Falencias de producción que buscaremos subsanar. Y un párrafo para la impresión que no siempre salió como esperábamos. La tiranía de los costos y el rigor de los tiempos, sumados a la escasez de personal, fueron para ello circunstancias determinantes. Queremos mejorar en todos los aspectos.

                El cierre lo dejamos para la cuestión comercial, aquélla que menos nos gusta y que peor conducimos, pero que sabemos insoslayable. Por fallas nuestras antes que por culpas propias, muchos suscriptores y anunciantes no cumplieron con lo que habíamos convenido. Procuraremos que no nos sorprenda de nuevo la candidez, porque la renguera y el atajo de los olvidadizos terminan perjudicando a los consecuentes.

                Invitamos a todos los interesados reales en recibir nuestra publicación o anunciar en ella, a confirmar su condición expresamente. Con ellos ataremos nuestro compromiso más sólido. A los demás les agradecemos el habernos acompañado durante algún pasaje de esta aventura compartida y quedamos a su disposición para futuros requerimientos.

                La convicción, el entusiasmo, la energía y las ganas son los mismos del comienzo. Los de saber que Junín es Plural.

                Gracias por permanecer a nuestro lado.

 

(Número 23)

Todo mezclado

 

Escribe

Claudio Portiglia

 

 

                “San Berenito, todo mezclado, / negros y blancos, todo mezclado; / todo mezclado.”

                El son del cubano Nicolás Guillén parece la medida ideal para el actual panorama político de la Argentina.

                Mucho se dijo sobre las intenciones re-reeleccionistas del presidente Menem y muchos, a partir de ellas, se rasgaron las vestiduras con un repentino ataque de constitucionalismo, olvidando, primero, que la Constitución, en cualquiera de sus versiones, fue sistemáticamente violada en la Argentina de nuestro siglo, aun por los sectores que representan muchos de los espontáneos defensores de ahora; y segundo, que el mismo espíritu constitucional es más amplio y más tolerante que los oportunismos electoralistas y que su objeto, en definitiva, coincide con las aspiraciones del pueblo al que constituye como nación. Ese pueblo y no las lecturas de comité, decidirá cuándo y de qué modo habrán de hacerse las refacciones necesarias para adaptar la carta magna a las exigencias de estos tiempos; o cuándo, decididamente, habrá que optar por su reemplazo fundando una Segunda República.

                Pero no es éste el tema que se persigue en esta nota. La cuestión pasa por el ancestral personalismo de nuestra política. Mientras Menem concentró en derredor de sí y de sus apetencias de poder  -que las tiene y bien definidas-, las virtudes y los vicios de un modelo que corrigió el rumbo de nuestra economía sin brújula, las cuentas estaban más o menos claras: Optar por Menem (hablar del Justicialismo, por estos días, suena arcaico y ostentoso) significaba adherir a las transformaciones en marcha; optar por la oposición (radical primero, frepasista después) significaba barajar y dar de nuevo, revisar lo actuado, torcer el timón, apostar a una aventura diferente.

                Menem y su modelo derrotaron consecutivamente a los opositores en el ´91, el ´93 y el ´95. Hasta que éstos se unieron, en realidad se mezclaron,  y se confundieron las fichas y se difuminaron los objetivos que acabaron con la derrota electoral del oficialismo en octubre del  ´97; derrota que, paradójicamente, tuvo como protagonista excluyente a uno de los más fervorosos neo-opositores al modelo: el gobernador Duhalde.

                A partir de entonces se apretó el acelerador y el vértigo ganó todas las mentes, indujo todos los razonamientos y movió todas las lenguas, como en una moderna Babel.

                Quienes fueran los viejos opositores al modelo, radicales y frepasistas que  -vale la pena recordarlo-  ganaron en el ´97 previniendo al electorado que conservarían el rumbo, se encuentran ahora en posición de garantes de la continuidad, cosa de no irritar al establishment ni preocupar a doña Rosa, confrontando entre ellos porque dicen lo que no piensan y quieren lo que no sienten y proclamando que su oposición al menemismo apunta a combatir la corrupción, la impunidad y el desempleo, asignaturas sin duda pendientes, aunque sin coincidir en los tiempos ni en las formas en que lo harán.

                Duhalde, a quien el modelo le dio la oportunidad de ser gobernador de la provincia por dos períodos consecutivos y en el que hasta ayer no más confiaba para que lo impulse a la presidencia de la nación, viró, por necesidad antes que por convencimiento, hasta colocarse a la cabeza de los opositores; y se despachó con una propuesta agresiva que llevó al sur el frío que falta en lo que va del invierno. Propios y ajenos se miraron sorprendidos; algunos aplaudieron, otros tomaron prudente distancia, los más osados empezaron a cobrar boletos a cuenta de un futuro desbarrancamiento y hasta los hubo que intentaron un juego de doble fractura, la de la Alianza y el Justicialismo, para juntar de un lado a los defensores del modelo (De la Rúa, Cafiero, ¿Meijide?) y del otro a los detractores y reformistas (Duhalde, Chacho Álvarez).

                En el medio van quedando ciertos tibios famosos. Cavallo, que respondiendo a la sabiduría del refranero popular ladra tanto que no muerde nunca; Ortega, a quien le sobra fe pero la felicidad pareciera alejársele día a día, y Reutemann, que como le ocurriera alguna vez en el autódromo de Buenos Aires, cuando lo esperaba la gloria abandonó la carrera.

                Qué ocurrirá en adelante es una pregunta cuya respuesta esquivan hasta las tarotistas y los adivinos. La realidad, mientras tanto, golpea a la puerta de todos los hogares y avisa que no renuncia ni abandona; que su modelo es el que impone el devenir y que los cambios y las transformaciones que experimente serán los que aconseje la evolución del mundo. Tan simple que hasta parece virtual, aunque no nos ahorre gastritis ni taquicardias.

 

(Número 23)

La herejía como necesidad en una sociedad libre

"Judas y los parecidos", de Darío Lobato

Darío Lobato: “Judas y los parecidos”

 

Escribe

Claudio Portiglia

 

 

                A propósito del libro de poemas de un amigo, de próxima aparición, al que considero una bella herejía, surgió la necesidad de precisar este concepto, tan manipulado y tan desvirtuado en su uso y en su extensión.

                Empezaré por decir que la reacción del poder católico -que sería bueno que en el umbral del tercer milenio dejara de confundirse con el espíritu cristiano- impuso sobre la base del terror y de la persecución la desvirtuación del término. Herejía, en su expresión pura, significa “opinión contraria a los dogmas o principios generales aceptados por una sociedad” y hereje, consecuentemente, es la persona que cultiva y profesa esa opinión contraria. Como se ve, nada de malo, nada de pecaminoso puede haber en principio. Toda sociedad libre implica la existencia de opiniones contrarias a los principios aceptados.

                La extensión de este concepto, sin embargo, que es la que mayoritariamente tenemos registrada desde siempre en nuestras memorias, lo convierte en sinónimo extremo y terrible del concepto crueldad. Repican en mis oídos -y seguramente en el oído de todos- las voces, por lo general señoronas, que descalifican de maneras parecidas a éstas: “¡Qué hereje, mirá como trata a ese chico!”  o “Hacerle eso a la propia madre es una herejía”  o  “Dejá de pegarle a ese perro, no seas hereje”. En cualquiera de los casos, y dando por cierto que respondieran a verdad de causas, podríamos hablar de distintas formas de ejercer la crueldad, nunca la herejía. Es más, la herejía no solamente no es sinónimo ni equivalente de crueldad, sino que se opone básicamente a ella; porque mientras la crueldad domina, posee, humilla, traiciona; la herejía abre, propone, libera, respeta.

                Ocurre que cuando la Cristiandad llegó a Roma -centro del mundo y por ende del poder-, pagó el altísimo precio del ecumenismo: captó fidelidades, pero cedió posiciones irrecuperables de verdad y de libertad. Así nació el oscurantismo medieval que tuvo su tristísima culminación en la Inquisición, institución cruel si las hubo en la historia del hombre, de la que la Iglesia (o Asamblea, es decir, pueblo de Dios) no termina de arrepentirse ni de pedir perdón.

                ¿A quiénes condenaba la Inquisición?  A los herejes.  ¿Quiénes eran los herejes?  Los que cuestionaron el dogma  -impuesto, como todo dogma- y se atrevieron a buscar la verdad.  El dogma decía que la Tierra era centro fijo del sistema, había que condenar a los herejes que sostenían su movimiento y su traslación. Excomunión y muerte, entonces, para el hereje Galileo y para los tantísimos otros que no lleva esta nota por objeto nombrar, pero que la historia satisface holgadamente. Contrariamente, venerables resultaban aquéllos que ostentando la mayor crueldad, cumplían puntillosamente con el dogma; de los cruzados a Franco, a Mussolini, a Hitler o a Videla, pasando por Rosas y su santa Federación que acababa con los herejes como Ladislao y Camila.  ¿Cómo se condena a los herejes? Con la aniquilación. Ahí sí que es legítima la pena de muerte, esa flagrante contradicción que los católicos no terminamos de explicar. Pero la muerte no es solamente física. La crueldad mayor radica en la muerte psíquica a la que se sometió -y se somete- a los herejes. Quema de bibliotecas, torturas y tormentos, exilio, lavado de cerebros, descalificación pública (demonios, poseídos, hijos del diablo, pieles de Judas). ¿Cuál es el crimen del hereje para merecer semejantes castigos, no previstos para asaltantes, contrabandistas, mercenarios, traficantes, violadores o criminales que gozan inclusive muchas veces de especiales favores eclesiales? Proponer un camino diferente en la busca de la verdad. Con el agravante imperdonable de que, por lo general, aciertan con el camino que proponen. Por eso, cada tanto, hay que hacer un gran lavado de cara y ajustar el dogma a los tiempos. Herejes, además de Galileo -una suerte de emblema de la herejía necesaria-, fueron todos los humanistas del Renacimiento que inauguraron la modernidad, esta era de la luz y la razón hoy a punto de extinguirse y que, curiosamente, resulta tan defendida ahora por los dogmáticos ante la amenaza del pensamiento posmoderno.

                Conviene puntualizar, a esta altura, que el hereje puede o no ser honesto; puede o no estar orientado al bien; puede o no ser dañino o nocivo para la sociedad en la que vive. Esa es otra cuestión. Pero la herejía, en sí misma, no representa mal alguno. De las grandes herejías surgieron los grandes beneficios para la humanidad, contrariamente  a lo que ocurrió con los fundamentalismos dogmáticos de los que emanaron las grandes tragedias.

                Aun el hereje mayor, Judas, de quien no abundaré porque de él se ocupa el libro de mi amigo, fue un benefactor. Por él se cumplió la voluntad de Dios; él hizo posible la redención humana, a él le cupieron las culpas de todos; él cargó con el peso de la responsabilidad.

 

(Número 23)

Sobre los próceres

Menem como Napoleón

Editorial

 

 

                Hay reconocimientos que se otorgan en vida y otros que se reciben después de la muerte; algunos que no llegan nunca o muchos que se conceden demasiado rápido y, lo que es peor, con escaso o ningún merecimiento. Únicamente los necios, como apuntaba Machado, confunden el precio con el valor y nadie que sea razonable cedería una gota de prestigio a cambio de un océano de fama.  De la misma manera que una trayectoria jalonada por el éxito no garantiza el triunfo de la persona humana, ningún testimonio premiará mejor que el íntimo dominio de la convicción.

                Quienes saben distinguir entre una y otra cara del equívoco, se erigen como seres preclaros y a ellos les pertenece la eminencia, la dignidad o la gloria. Cualquiera de estos tres ingredientes configuran la presencia del prócer, independientemente de que se le reconozca o no su relevancia. Y en caso de que se le reconozca, independientemente de que haya o no haya muerto o de que haya o no haya sido un ejemplo acabado de conducta para el patrón moral dominante.

                Consideramos, por lo tanto, una falacia que sea la muerte condición indispensable para la proclamación del prócer, con el mismo convencimiento con el que descreemos de la muerte como reparadora de conductas. En otras palabras, la muerte no hace próceres ni los priva; los próceres son el producto de una vida sabiamente orientada en tiempo, espacio y forma. Y de esa sabiduría se nutren generaciones enteras, consciente o inconscientemente; de allí el servicio que los próceres hacen a su patria y a la humanidad.

                La historia, por lo general mal contada, nos ha ido induciendo sin embargo a un curioso parecido. Para ser prócer hay que estar muerto, haber ganado batallas, no haber errado jamás y, en lo posible, pertenecer a otro siglo.

                Al margen de que una persona como el presidente Menem, que despierta sentimientos tan encontrados en la gente, merezca o no la categoría de prócer que le asignó hace poco la revista educativa Figuras de la EGB, editada en Bahía Blanca y de circulación nacional, sorprende la reacción que produjo el episodio y la pueril argumentación que personas tan inteligentes como Natalio Botana o Armando Alonso Piñeiro esgrimieron para desautorizar a la revista.

                El caso se dio así. En su número de agosto, Figuras de la EGB publica una lámina en la que, envolviendo un mapa mudo de la República Argentina, aparecen los retratos de San Martín, Belgrano, Sarmiento y Menem. Son tan disímiles las razones y los caminos que pudieron llevar a cada uno de estos protagonistas a compartir el palmarés de los próceres, que justificar la inclusión o la exclusión de cualquiera de ellos llevaría centenares de centímetros escritos y más de una polémica de incierta utilidad. Baste con preguntarse, apenas, qué opinan del díscolo Sarmiento los nacionalistas vernáculos, que trazan el eje de la historia de San Martín a Perón, pasando por el inevitable Rosas. O qué piensan los demócratas principistas y los cultores de la razón de las victorias del monárquico y archi derrotado Belgrano. O qué opinan los anglófobos recalcitrantes y los fundamentalistas del catolicismo de un San Martín masón y anglo-dependiente.

                Sin embargo, conforme a una convención cultural sigloveintera universalmente aceptada, los tres son figuras inamovibles en nuestra galería de próceres, los tres son honrados por toda la nación en las principales efemérides de nuestro calendario y los tres se incrustaron en nuestros cerebros como entidades supra-humanas, equivalentes en el mito a los héroes de las epopeyas (aquellas ficciones narradas, valga el recordatorio) o a las semidioses.

                Tan válida como la argumentación en contrario, sería la argumentación en favor de la proceridad de Menem, en tanto se enfoque la cuestión en torno de su quehacer político, de la trascendencia de sus reformas y de la influencia inevitable sobre los gobiernos que lo sucedan, sean aquéllos del signo que fueren. No así, en cambio, si se atienden cuestiones colaterales a la función pública como su frivolidad, el presunto desorden de su vida privada o su visible tendencia a la perpetuación. Pero en tal caso, deberíamos hacer una profunda revisión para bajar del bronce a una nutrida población de venerables.

 

(Número 24)