Acerca de la poesía

Estereotipo de poeta

La lógica enseñó a los matemáticos que hay dos nociones fundamentales a estudiar en un lenguaje. Una, de carácter semántico, es la noción de verdad; la otra, de carácter sintáctico, es la noción de demostración.

¿Es verdad todo lo demostrable? E, inversamente, ¿es demostrable todo lo verdadero?
Traído el problema al terreno que me interesa, que es el terreno de la poesía y su correlato textual, cabe plantearse con seriedad al momento de escribir cuál es la verdad a comunicar (si no hay verdad el intento es vano) y de qué manera habrá de comunicárselo para que esa verdad luzca con todo su esplendor y genere, ahora sí, múltiples enfoques de lectura, múltiples planos de interpretación. O, traducido: con qué sintaxis será revelada la verdad poética.
Kurt Gödel (“el lógico más grande de todos después de Aristóteles” según opinión -nada menos- de John von Neumann) observó que, generalmente, a un lenguaje rico en capacidad de expresión corresponde una lógica pobre en propiedades interesantes. Y sostuvo -para derrumbar para siempre el edificio seguro de la corrección y la completitud matemáticas (“Debemos saber, sabremos” al decir confiado y un tanto altisonante de Hilbert)- que la lógica de los lenguajes de primer orden es correcta y completa, pero al matemático suele quedarle corta cuando precisa cuantificar sobre propiedades y no sólo sobre individuos. Tampoco cabe esperar que la lógica de los lenguajes de segundo orden -o superior- sea completa. Así que, una de dos: o bien hacemos matemáticas en un lenguaje poco expresivo, pero cuya lógica es correcta y completa; o bien formularemos nuestros razonamientos matemáticos en un lenguaje expresivo, pero cuya lógica subyacente es, en el mejor de los casos, correcta (sólo podemos demostrar verdades), pero incompleta (no podemos demostrar todas las verdades).
En este punto me detengo y retorno al territorio de la poesía y a las posibilidades que les caben a los poetas: ¿Lenguaje rico para decir qué? ¿Verdad o verdades pretendidamente demostrables -evidencias, refracciones, espejismos- dichas de qué manera y al alcance de quiénes?
En matemáticas, lo verdadero no coincide con lo demostrable (revisar, en todo caso, la célebre paradoja del mentiroso o la fórmula de Gödel: “No soy demostrable”). ¿Y en poesía, que tanto se le parece?

"Se rompió el vidrio"

Me tocó tantísimas veces ingresar a un aula para tomar mi hora y encontrarme con el curso en estado de deliberación y alboroto –a veces con la presencia de personal directivo que ponía a prueba su competencia- porque alguna puerta o alguna ventana se había quedado con un vidrio menos, algún pupitre con la tabla quebrada o desclavada, algún friso convertido en astillas que a su vez se convertirían en futuras facas, alguna alumna o algún alumno con su mochila, su cartuchera o su celular desaparecidos.

La pregunta era obvia y se anteponía al saludo: “¿Qué pasó?”. La respuesta, argentina: “Se rompió”, “Desapareció”. La competencia dirigente, como la del Inspector Clouseau en La Pantera Rosa.

¿Cómo que se rompió?: terremoto no hubo, viento no hay, los vidrios no estallan solos, la madera no explota. ¿Cómo que desapareció?: ni las mochilas ni las cartucheras ni los celulares tienen autonomía, capacidad de traslado o migración.

Alguien rompió el vidrio. Alguien rompió el pupitre. Alguien se llevó o escondió las cosas. Y muchos vieron. Y todos saben. A veces, hasta el mismo afectado al que se aprieta para no buchonear.

Todo bien. Travesuras. Una escolaridad fracasada y anacrónica. Una dirigencia que suma puntos para engrosar su futura jubilación. Nada nuevo, nada grave; asuntos de rutina que se olvidarán en el próximo acto, cuando el discurso central resalte los logros obtenidos, la mancomunión y la solidaridad reinantes en la comunidad educativa, las bendiciones dispensadas por dios y la invalorable colaboración de las familias.

En la calle, mientras tanto, mataron un tipo, arrastraron una señora para robarle el bolso, lincharon por cheta a una piba a la salida de la escuela, asaltaron al chino del supermercado y que se joda por chino, violaron una mujer, despedazaron un perro y lo colgaron de un puente.

Del mismo modo, florecieron las mansiones vip de los funcionarios vip –concejales, intendentes, diputados, senadores, gobernadores, ministros y secretarios de estado, comisarios policiales, comisarios civiles y comisarios políticos, fiscales y jueces, vicepresidentes y presidentes-; si al fin y al cabo ellos también pasaron por la escuela y tienen tanto derecho como cualquier alumno a no saber qué fue lo que pasó, y tienen tanto derecho como cualquier dirigencia educativa a sumar puntos para sus futuras jubilaciones. Por qué no, además,  algún cochecito o alguna joyita como para zafar del cepo. O alguna casita modesta para imprimir unos billetes. O una quintita por ahí,  un campito por allá,  un clubcito de country,  un hotelito por donde el diablo perdió el poncho y los funcionarios la vergüenza.

¿Qué pasó con la República Argentina? Se rompió, desapareció. ¿Cómo que se rompió, que desapareció? Alguien le hizo –le está haciendo- demasiado daño, ¿alguno sabe quién fue? ¿alguno vio a los responsables? ¿Yo, señor? No, señor. Preguntelé al director, preguntelé a la secretaria. Ellos estaban acá cuando usted llegó. ¿Y entonces? Nada. Ah, profe, a usted que se le ocurren esas cosas: ¿no nos tira una idea, no nos da una ayudita con el discurso para el acto?

 

(Publicado en Facebook el lunes 29 de diciembre de 2014, a la hora 00,20)

La mentira

Nos enseñan a mentir desde chicos y hay una razón poderosa para que así sea: la verdad resulta insoportable. También hay una excusa de peso: la mentira piadosa. Se sabe -o se sabrá a poco de que se lo piense- que verdad y piedad no son conceptos que mariden muy bien.
¿Cómo se le dice sin crueldad feo al feo, bruto al bruto, enfermo al enfermo, imbécil al imbécil?
La piedad opera como amortiguador para que la vida en sociedad nos resulte, si no del todo posible, al menos un tanto tolerable.
El problema aparece con la extensión del concepto mentira, cuya comprensión es ‘falsear la verdad’, ‘decir una cosa por otra’. ¿Cuál sería el límite por el que una mentira deja de ser piadosa para ser simplemente mentira?
Y si el problema aparece con la extensión, se agrava con la valoración. La mentira, como concepto, tiene carga negativa; la verdad, como contraparte, tiene carga positiva. Sin embargo, en el uso y a diario, lo común es mentir. Desde lo pequeño e intrascendente: “No fui porque me dolía la cabeza” a lo trascendente por delicado: “Ella me provocó, por eso perdí el control”. Los intermedios serían incontables. Qué se responde a preguntas tales como: “¿Vos me ves más gorda?”, “¿Te parece que me veo más viejo?”, “¿Acaso soy un inútil yo?”, “¿No me creés lo que te digo?”, “¿Usted me quiere decir que lo que hago no le interesa a nadie?”, etc., etc.
Ese mismo uso y abuso que se hace de la mentira acaba legitimándola: ¿por qué estaría mal lo que hacen todos, incluidos mis padres, mis hermanos y yo? Y la legitimación de la mentira tiene, para peor, su raíz sagrada: ¿Alguien puede demostrar una existencia divina cualquiera como no sea a través de conjeturas? ¿Alguien puede demostrar un milagro como no fuera mediante trucos o complicadísimos anecdotarios y confusos testimonios? Si el principio sagrado que implica toda fe empieza contradiciendo la verdad, ¿por qué se valora negativamente el término “mentira”, que no hace más que definir esa contradicción?
La última pregunta tiene respuesta, por supuesto, y la encontrará quien quiera anoticiarse. La valoración positiva del término “verdad” y la valoración negativa del término “mentira” responden a ancestrales disputas de poder, igual que las correlativas adjetivaciones de “bueno” y “malo”. Si la verdad la tenemos nosotros, que somos los buenos, y ellos son los malos que mienten; toda agresión se justifica.
Lo particular de estos tiempos que nos toca vivir, es que se miente cada vez más, siendo que resulta cada vez más difícil sostener una mentira. Y esto es lo que ha venido a llamarse “doble estándar”: Nos situamos en A, pero actuamos como si nos situáramos en B. El “como si” pasó a ser la expresión de referencia, la llave que abre cualquier posibilidad de explicación, cualquier posibilidad de justificación.
Y la colisión, irremediablemente, se produce. Más tarde o más temprano. Porque es humanamente imposible sostener una permanente contradicción. Por lo menos, sin ejercer violencia. Puedo mentirle al mundo -y los vendedores de paraísos, celestes o terrenos, saben muy bien cómo se hace-, pero no puedo mentirme a mí mismo; no, por demasiado tiempo. Si lo hago, mi equilibrio mental caerá más temprano que tarde. Más temprano que tarde perderé la salud.
Una posibilidad de recuperación para esta enfermedad que nos proporcionamos solitos, pero que amenaza con destruirnos en breve, es distinguir los conceptos “mentira” y “engaño”. Tal vez -no afirmo, sino planteo- no sea tan malo mentir, seamos nosotros o sean ellos quienes mienten; y sí sea malo “engañar”, es decir, mentir con el propósito de obtener una ventaja jugosa, un rédito, una posición de poder o de superioridad respecto de los demás. En tal caso, habría que empezar por pedirles un sinceramiento a los vendedores de paraísos, que suelen construir desde el engaño su presunta superioridad, su presunta autoridad, su presunto poder. De allí para abajo; es decir, cuando sepamos que la autoridad la tendrá quien se la gane por derecho ético y no por designación divina; podríamos aligerarnos de culpas y entender, desde la mera razón, que mentir no sería tan grave, pero que engañar sería catastrófico. El mundo, poco a poco, se convierte en aldea, en barrio, y el engaño nos arrastra al abismo. A todos. A los que engañan también.

¿Se puede amar lo que no nos gusta?

La ley del apriete


Se me ha generado un problema de conciencia importante por estos días: ¿se puede amar lo que no gusta?
Yo amo a mi país; soy argentino por nacimiento, pero también por elección y decisión. Nunca pensé en irme, ni aún en los momentos más críticos de las distintas etapas, cuando eran muchos los que buscaban mejor destino. Tampoco salí de su territorio más que en algunas excursiones breves y a países limítrofes. No me imagino viviendo en otra patria que no sea la mía. Pero la Argentina no me gusta.

No me gusta un país donde la trampa es la ley, donde la zozobra es el estado de normalidad, donde la hipocresía compite con el cinismo desde el más encumbrado funcionario hasta el más humilde de los convecinos, donde los gobiernos, democráticos o no, se comportan como patrones de estancia, donde las instituciones son sistemáticamente burladas y violadas, donde las conductas cívicas responden a espasmos de la simpatía, de la conveniencia o de la moda, donde el fanatismo desplaza a la razón y el artificio al arte, donde el resentimiento manda y donde tratar de ser honesto y vivir conforme a las normas de urbanidad es camino seguro hacia el fracaso. No me gusta un país donde todo el mundo miente, incluso en llamar mentiroso al adversario. No me gusta un país donde el adversario es siempre el enemigo. No me gusta un país donde el enemigo, en democracia o no, debe ser sistemáticamente aniquilado.
No me gustan el patoterismo, el gangsterimso ni el atropello. Me duele, me indigna, que los sectores más reaccionarios de la clase media vivan hablando de revolución, como si entendieran de qué se trata. Me indigna que cualquier infeliz con una porción de poder, por mísero que sea, se transforme en un déspota. Me irrita que el derecho de los aparatos sustituya al derecho de las personas. Me da bronca y me da pena que la obsecuencia domine los discursos y que se busque callar a toda voz disonante. Me asusta que con cada administración se reescriba la historia con la indolente complicidad de mis compatriotas. Me enoja que se roben como se roban los dineros públicos. Me da asco que se busquen alineamientos con el enemigo de mi enemigo, sin que importe la catadura moral de esos socios ocasionales. En fin, me fatiga vivir en la insensatez.
Pero la amo. No me gusta, me siento traicionado y humillado por mi patria, pero la amo. Me siento rezagado y desprotegido, pero la amo. Siento la impunidad y la injusticia que me pesan en el cuerpo y en el ánimo, pero la amo. Siento ganas de putearla y de abandonarla para siempre. Pero la amo.
Y como tengo mis años ya y nada funciona como funciona cuando se es joven, tengo miedo de estar incurablemente enfermo de amor, por una patria caprichosa y arrogante que no merecería el amor de nadie, pero que en mí sigue ejerciendo una inexplicable seducción; y así estoy, atrapado y confundido en un problema que no sé resolver.

Asma y peronismo

 

El peronismo es como el asma: una porquería con la que uno aprende a convivir. Crónicas, molestas, mutantes, traicioneras, asfixiantes, multiformes, hiperreactivas, desgastantes, son dos enfermedades sociales incurables que, sin ser mortíferas, cada tanto se cobran las víctimas necesarias que les sostienen el rating y que mantienen a la defensiva, desconcertados e inmóviles, a competidores menos inescrupulosos. Se las lleva, se las soporta, se las previene, se las medica; pero no se las cura. Al menos desde que se manifestaron hasta el presente. Y si bien la ciencia corre veloz y ofrece cada vez más remedios para más males, difícilmente la cura llegue en tiempos que pudiere testimoniar este cronista. Hay grandes y diversos intereses cruzados en los laboratorios y tanto el peronismo como el asma son buenos negocios y excelentes distractivos: no aniquilan, pero mantienen ocupados a quienes los padecen; fatigan, enervan, reducen, debilitan, avergüenzan, limitan, quitan aire, confunden, generan dependencia; impiden, como dice el vulgo, que el agua llegue limpia al tanque. Y lucran.

Por algo Perón mismo desalentó a un Che irreconocible –trajeado, afeitado y engominado- cuando éste lo visitó en Puerta de Hierro y le pidió su apoyo para la revolución desde el norte. “Mire, Comandante –parece que le dijo-, yo conozco la selva desde mis épocas de teniente, hay un clima allí, y usted con su asma…; la verdad, no se la recomiendo.”

 

(Publicado en Página Facebook el miércoles 4 de septiembre de 2014, a la hora 11,20)

Sucesos argentinos

Omar Bello / Biógrafo y amigo personal de Francisco y ex director del diario La Verdad, de Junín / Muerto en un accidente

 

Un delincuente en moto asalta a mano armada a un turista, queda libre y termina dando clases de moral por televisión.

Mientras esto sucede, preside la nación un señor procesado por delitos múltiples.

La titular del Ejecutivo, futura procesada a quien reemplaza el procesado, lleva a pasear a parte de la armada que la sostiene en visita oficial al Papa, ex enemigo público número uno en sus tiempos de Arzobispo de Buenos Aires.

El Papa que los recibe eufórico y que muestra urbi et orbi el suvenir de La Cámpora, “no se conforma con ser Papa, quiere ser santo”, según nota que firma tiempo atrás uno de sus fieles servidores en la Argentina, Omar Bello, director del diario La Verdad de Junín al que habría llegado por orden del mismo Bergoglio.

Omar Bello, sin demasiadas pruebas y con más retórica autorreferencial que solidez de argumentos escracha días tras día a los míos, los tuyos, los suyos, los nuestros y los vuestros con la misma impunidad que les adjudica a sus escrachados.

Buena parte de los escrachados, que se quejan con razón y por lo bajo por los métodos y por la falta de equivalencia en la relación de poder, se ven impotentes para ejercer sus defensas porque viven flojitos de papeles.

Un director de cine y un actor de llegada masiva dicen que si ellos no tuvieran el éxito que tienen saldrían a robar. Buena parte del establishment político y judicial los acompaña y los festeja.

Un juez ordena la prisión domiciliaria de un violador de su propia hija, con lo que condena a la violada a convivir con el horror.

Un joven alcoholizado atraviesa el puente Pueyrredón a 170 km por hora, provoca el accidente previsible con consecuencias menos graves que las previsibles, y su padre se aprovecha de la fortuna para defender lo indefendible frente a las cámaras de televisión.

Una joven que habría participado de una “fiesta sexual” aparece muerta en una bolsa un mes después de desaparecer. La madre del imputado defiende al imputado y allí parecerían terminarse las pistas.

Un alumno de secundaria con antecedentes policiales, en una escuela de Junín, se niega a respetar las normas de convivencia y, observado por la profesora, le dice que “renuncie si no le gusta”. En Junín, vale recordarlo, este año mataron a una chica a la salida de la escuela ante la presencia del vicedirector que “no puede tocar a una alumna” ni siquiera para evitar un crimen.

Otro alumno de una escuela en la que trabajo, con antecedentes de conducta, le escupe la cartera a una profesora de 22 años que recién se incorpora a la actividad y que es excelente persona apañado por el grupo bajo la consigna de que “todos son uno”.

Dos jóvenes participan de un conocido programa de televisión y en lugar de responder para tratar de ganar se dedican a bardear a Sofovich, sabiendo que serán noticia viralizada y que recibirán el aplauso de buena parte del mismo establishment del que hablé.

La Conductora y principal referente ideológico de ese establishment, mientras tanto, le dice al Presidente de los Estados Unidos, en los Estados Unidos, cómo debe gobernar a los Estados Unidos, envalentonada tras el éxito que tuvo con el Papa.

El Papa, si fuera cierto lo que escribe Bello, cometería pecado de soberbia, el más grave de todos según el magisterio de la misma Iglesia que encabeza por ser fuente de todos los demás pecados. Centenares de miles de sus fieles, en su país, desfilan esperanzados a recibir la bendición de una virgen inventada en tiempos de dictadura para salvar la ropa en una ciudad industrial que se caía a pedazos como consecuencia de la corrupción.

No sé, completé un círculo. Siga usted. Agregue lo quiera, quite lo que quiera. Estamos en la Argentina, vale todo.

 

(Publicado en Facebook el jueves 25 de septiembre de 2014, a la hora 20,40)

Posguerra, posperonismo y gatos

Perón con Pino Solanas y Octavio Getino; Madrid, 1971

 

Durante una de sus visitas a Junín a principios de los ’80, probablemente durante el mismo año de Malvinas, el poeta y querido amigo granadino José Carlos Gallardo soltó una frase que nunca olvidé: “España, hace cuarenta años que se quedó sin Miguel Hernández; y aún no pudo reemplazarlo. El problema es que tantos nos creemos que lo hacemos”.

Fue en medio de una conferencia que tituló “Poesía española de posguerra” y que centró en un lote de poetas importantes como José Hierro, Manolo Alcántara, Leopoldo Panero, Rafael Morales, pero que giró en la órbita del notable desarraigado Blas de Otero.

Recordé esto, hoy, feriado por Malvinas, alelado por tanto peronismo. Si Hernández no podía reemplazarse cuarenta años después; Perón, tampoco. Son tipos especiales, únicos, absolutamente irremplazables. No es ese sin embargo el problema, como apuntaba José Carlos: el problema es el lote de los que se creen capaces mientras llega lo nuevo superador.

Perón lo sabía. No fue casual que no personalizara heredero alguno y que depositara su legado  en el pueblo, aquél que lo había ungido como líder y del que se llevó “la más maravillosa música”, tal su alocución de despedida del primero de mayo de 1974.

Ese pueblo podría razonar hoy como razonaba el poeta español: “Argentina hace cuarenta años que se quedó sin Perón; y aún no pudo reemplazarlo”. Pero está lleno de tipos que creen poder hacerlo.

La posguerra y el posperonismo se parecen. Hay que reconstruir, no se sabe cómo, no se sabe con quién, no se sabe con qué.

La dictadura, Massera especialmente, tuvo una impronta peronista. Alfonsín, ‘el más peronista de los radicales’, gobernó buscando esa ‘pata’ que soñaba encarnar y coqueteó hasta el límite de lo prudente con el ‘tercer movimiento histórico’. Menem fue peronista y cultivó, durante la década larga de su gobierno, buena parte del peronismo que gobierna hoy, Presidente incluida. Scioli fue uno de sus inventos más raros y exitosos.  La Alianza fue protoperonista, en tanto se conformó sobre la base del Frepaso de Bordón y Chacho Álvarez.  Duhalde, que alimentó el golpe, es peronista, como Puerta,  Rodríguez Saá  y Caamaño que se sucedieron en la semana más caliente y más curiosa de la historia política reciente. Lavagna, que enderezó el rumbo pergeñado por Duhalde y funcionó como tobogán para la caída en escena de Néstor Kirchner, es peronista. Bárbaro, Bonasso, Alberto Fernández –entre otros- que conformaron la primera ‘mesa chica’ de las decisiones K son peronistas. Lo es Béliz, que se fue pronto. Lo es Ocaña, a la que sacaron por las dudas. Lo son los nuevos opositores como De la Sota, Juez o Massa; pero también lo son los neoperonistas, como Macri o De Narváez. Es peronista el radical Moreau, tan dúctil; también el radical Nosiglia, tan Manzano; o el radical Cobos, tan ni ni. Y es peronista, confeso, Pino Solanas. Y es peronista, militante, Patricia Bullrich. Y a Binner parecerse al peronismo le sienta bastante bien, por eso manda un guiño a cada rato. Y son peronistas los gobernadores. Y son peronistas los intendentes. Y hasta el Papa es un consecuente peronista.

Por eso no se entiende muy bien la aclaración que algunos; como Moyano o el Momo Benegas o Capitanich o Barrionuevo o Micheli o el señor de al lado o el pibe de la tribuna; hacen cuando se identifican como “peronistas de Perón”.

¿Qué quiere decir, en el siglo veintiuno, ser “peronista de Perón”?

El mismo fundador del Movimiento jugó con la ambigüedad que le permitían su inteligencia, su cinismo y su poder de que “los peronistas son como los gatos: parece que se pelean, pero se están reproduciendo”. El problema es que los gatos muy buena prensa no tienen en la Argentina; aunque también es cierto que pantalla no les falta, que cotizan y recaudan bastante bien y que anhelan el favor popular que creen ostentar, mientras desfilan de programa de chimento en programa de chimento ventilando sus cuitas.

 ¿Será por eso que hasta Rial y Ventura resultaron fervorosos peronistas al servicio del actual Gobierno?

 

(Publicado en Facebook el miércoles 2 de abril de 2014, a la hora 23,00)

Esa palabra usó: 'progresar'

Uno de los defectos de mi tío Eduardo -la gente que se muere también tuvo defectos- fue su preocupación y hasta su incomprensión acerca de mi poco entusiasmo por hacer carrera, por juntar plata, por blandir títulos, por acumular cargos. Aclaro, por si hace falta, que mi tío Eduardo fue una de las personas que más quise y sé lo que me quiso él a mí.

El asunto es la estructura. De pensamiento, digo. El respondía a una estructura para la que ser exitoso es sinónimo de hacer carrera y tener plata. Por eso confió y admiró a tanta gente que terminó defraudándolo; próxima, bien próxima inclusive. Pero me corro del eje. En una charla que mantuvimos cuando todavía estaba lúcido -igual seguimos charlando los tres o cuatro años siguientes, hasta hace días nomás- me preguntó por qué yo no había querido 'progresar' teniendo las capacidades que el pobre me atribuía. Esa palabra usó: 'progresar'. Yo le respondí que estaba bien, que no me faltaba nada, que con la madre habíamos criado a nuestros hijos, que hacía lo que me gusta. "Sí -me dijo-, pero con plata es distinto; vos primero hacés plata y después te dedicás a lo que te gusta". Sonreí. Me pareció inoportuno -o innecesario- explicarle que a mucha gente que hizo plata y carrera las cosas que les gustan se las hago yo, o se las hacen otros cobrándole por lo que tienen.  También que esa gente termina insatisfecha, porque pone la firma, pero desconfía de la paternidad. Incluso, la sabe ajena. Pero me vuelvo a correr del eje. No me lo dijo por el cariño enorme que los dos nos teníamos, pero sé que pensó "Qué pelotudo". Y estuvo bien. También los padres suelen pensar eso de sus hijos. Y tampoco fue mi tío el único que lo pensó: vivo rodeado de pensamientos coincidentes, más o menos cercanos en los afectos, más o menos cercanos en la consideración.

El asunto es la estructura. Cuando tenía seis o siete años no tenía ni útiles ni libros ni figuritas para llevar a la escuela si no me los compraba algún pariente; cuando tuve ocho y empezamos a escribir con tinta, en mis cuadernos de papel de cuarta se deshilachaban los trazos; cuando tuve once, la Bandera que todavía me interesaba -sobre todo por mi mamá- fue a parar a los hijos de los que hacían plata y carrera y aportaban para la cooperadora; cuando tuve trece, pude seguir la secundaria por una beca de APOBE; cuando tuve diecisiete fui a parar a un hospital por tres meses con destino incierto y cuando tuve dieciocho me volví de la facultad porque comía como el caballo de ajedrez y porque encima la juventud maravillosa y militante no me dejaba estudiar, ocupada como estaba en corregir el mundo y empeñada ciegamente en que todos lo corrigiéramos con ella. A los veintitrés gerenciaba la comercialización de una empresa de vinos y pude hacer que mi vieja no trabajara más; a los veinticuatro llevaba una de las voces cantantes en las reuniones de formación de precios nacionales; y a los veintisiete ganaba lo que se me cantaba. Hasta allí, poco menos que Gardel.

Pero el asunto es la estructura. ¿Hasta dónde crece un sujeto que salió de la nada, económicamente hablando, y de la honestidad coherente si de valores no económicos se trata? La respuesta se la dejo a usted, porque con mi tío Eduardo no pude discutirla. Al pobre lo estafaron y desgraciadamente llegó a darse cuenta antes de enfermar; pero no quiso o no pudo reconocerlo.

Yo no tengo prejuicios. Ni capitalistas ni anticapitalistas. Me gusta la plata para gastarla y me gustan los placeres y los avances de toda naturaleza que trae el capital. Pero no me gusta que me impongan lo que tengo que comprar. Decido yo el objeto, las formas, los lugares y los tiempos. Tampoco me desvivo por los bienes que el capital ofrece ni, va de suyo, por el presunto prestigio de las marcas. Y en sentido contrario, no enumeraré lo que la pedantería llama militancia -rechazo, además, la palabrota- aunque estoy bastante lejos de acumular culpas por lo que dejara de hacer. Tal vez sea una de las razones por las que interrumpí mi progreso, no hice carrera, no acumulé plata, no puedo blandir títulos honoríficos ni amontonar cargos en el escalafón.

Ya no puedo confirmárselo, pero me gustaría que mi tío supiera que estoy bien; con alguna abolladura razonable para el modelo; con las cédulas, las pólizas y las patentes vencidas; pero contento de veras; no necesito nada más que lo indispensable; viajo, incluso, con relativa frecuencia; hago lo que me gratifica; no tengo que pedir permiso; no debo censurarme los actos ni la voz; no tengo miedo; vivo y celebro la vida -la agradezco a quien corresponda- y no dejaré más carga que la burocrática cuando la deba abandonar. Sin apuro, claro, por lo menos de mi parte; pero también sin quejas, sin reclamos y sin remordimiento.

 

(Publicado en Facebook el jueves 24 de julio de 2014, a la hora 17,59)

Aborrecer las redes

Grandinetti como 'Oliverio' en "El lado oscuro del corazón" / El estereotipo del poeta

 

Si no es una pose culturosa y por lo mismo despreciable, me parece que muchos intelectuales, artistas y poetas de nuestros días aborrecen Facebook y las demás redes sociales porque no toleran enfrentarse con la realidad o no la entienden o prefieren idealizarla o temen no estar a la altura o estarlo demasiado.

Curioso, habida cuenta de las pretensiones pedagógicas que abrigan y prodigan después.

Para mí las redes sociales constituyen un instrumento de información maravilloso; a través de ellas uno ve las personas como son, como se proponen, como se definen, como se desdoblan, se disfrazan o se ocultan según los diferentes lenguajes que utilicen. Y esa información redunda en riqueza inédita. Equivale, en tiempos de virtualidad, a los viajes por el mundo de tiempos superados. Si no, todo quedaría reducido a la imaginación que, sabemos, no abunda. O a la mera repetición, que es la generalidad sin concepto, como señalara Deleuze. Pero en este caso, no la repetición de la cosa, que sería objeto de cierto arte, sino la repetición de contenidos que sobre la cosa produjeron otros.

Yo valoro las redes, las celebro. Busco enriquecer mi comprensión e instalarme en la realidad aportando lo que pueda, si fuera que puedo algo.

Aquéllos, en cambio, que se elevan desde sus críticas y sus diatribas hasta novísimas torres de marfil, prefieren una realidad ficticia, inventada y funcional a sus antojos. Por más que mientan en contrario, no entienden a las personas ni a sus lenguajes como son; prefieren que se los cuente Chomsky o Eco o Todorov o Bauman o Laclau o Steiner o Kerbrat-Orecchioni. Y está muy bien que a cada uno se los tome como referencia; pero para animarse a entender y a comprender lo propio; para cantarlo, para narrarlo, para describirlo. Si no es así, ¿para qué se presume de intelectual, de artista, de poeta, si todo lo que se diga y haga ya está dicho y hecho -y difundido y hasta escolarizado; generalmente en otros ámbitos, no en el argentino; y mejor?

(Publicado en Facebook el miércoles 12 de noviembre de 2014, a la hora 00;59)

Entre la emoción y la duda

 

En mi familia era célebre una tía a la que le gustaba llorar. Primero lo conseguía con el cine o las radionovelas; a partir de los ’70, con las novelas de la televisión. Yo, que la quise mucho, también la he cargado bastante cada vez que llegaba a casa para las rondas de mates y de escoba de chorizo y le contaba entusiasmada a mi mamá, que no miraba telenovelas: “¡Qué lindo que estuvo el capítulo de hoy: lloré tanto!”

Viene a cuento el recuerdo de la Peti porque acabo de leer un artículo sobre neurociencias y sentido religioso y pareciera ser que en el cerebro humano se alojan residuos de una edad mística que provocan una actividad neuronal ‘necesitada de creencias’. El prototipo ‘dios’ y las consecuentes derivaciones religiosas serían productos de este epifenómeno que relega el pensamiento que duda para saber en beneficio de la emoción que cree para tener certezas y afirmarse en ellas. No importa que sea verdad, importa que se dé por cierto. El llanto, en esta actividad, vendría a operar como regulador entre ‘las certezas’ que se vivencian y la imposibilidad material de demostrarlas y cumpliría una función de liberación de tensiones que provoca sensación de bienestar, de placer. Es decir, que tranquiliza.

Me ha pasado, me pasa cuando publico poesía o cuando publico textos con alguna provocación que pretende aguijonear la duda y activar el pensamiento,  que se me devuelva comentarios con intención elogiosa del tipo “Es cierto” o “Cuanta verdad”. Agradezco y sonrío, pero acuso el fracaso. Transitamos una época en la que las mayorías valoran demasiado las respuestas y las certezas que cierran -deteniendo el crecimiento, anquilosándose- y se despegan cada vez más de las minorías curiosas que dudan e interrogan para ampliar el conocimiento y crecer. No sería tan grave si no fuera porque manejar el conocimiento es manejar el poder y porque la discriminación de hecho que se genera entre humanos de uno y otro sector parecería irreversible. En este punto cabe analizar el papel de los nuevos relatos, las nuevas epopeyas que funden lo político con lo religioso y que experimentan en territorios como los del Oriente Medio o América Latina.

Una nueva edad media dejaría secuelas indeseables; lo que no me animo a predecir es si se podrá evitar.

(Publicado en Facebook el jueves 12 de diciembre de 2014, a la hora 06,30)

Hambre

 

Dos estaciones –tres a lo sumo, digamos la del trámite- difícilmente habrán de modificar nuestros hábitos, por más que uno provenga de ‘p’ajuera’ y el subte no forme parte de su vida cotidiana o sea, incluso, una rareza.

Pero atravesar Buenos Aires –diez, doce, catorce estaciones- puede cambiar la configuración, afectar el ánimo, alterar la conducta.

Me pasó este domingo. Porque a los beldent y las agendas sobre los muslos uno se acostumbra; al charango, la armónica o el órgano, también. Y sin que por ello nos culpemos por insensibles, nos acostumbramos a todos los relatos imaginables: quejumbrosos, cantados de manera impersonal y automática, memorizados bajo supervisión estricta de algún puntero, estirados en sus vocales o en sus sibilantes, golpeados en sus oclusivas, aleteados en sus líquidas o tintineados en sus nasales. Llegamos a desoírlos, por más que provengan de ciegos, lisiados, adictos en presunta recuperación, mamás con bebés a upa o criaturas con edad de primera primaria. Integran el paisaje, se confunden unos con otros a fuerza de repetición, desaparecen, se esfuman. Y en tantísimos casos, vaya uno a explicar por qué curioso mecanismo de autodefensa, nos justifican esas mismas letanías que provocan rechazo antes que compasión.

Pero que un hombre flaco y viejo, vestido con un saco de perdidas batallas y amortiguando la sed con una botellita de cocacola que seguro no compró, se detenga  a mitad del pasillo, mire con bronca contenida y diga con firmeza: “Mi señora y yo tenemos hambre, ¿entienden? Hambre. ¿Ustedes me pueden dar algo?” Y no sólo que lo diga, sino que interpele con unos ojos que endureció el cansancio, tal vez la desesperanza; casi, casi como si fuera un desafío para ese puñado de pasajeros anónimos ha sido, por lo menos para mí, una experiencia inédita. El hombre no tuvo ni fingió tener un solo gesto de ternura o amistad; no cascó la voz  ni abundó en explicaciones o rodeos; no intentó disfrazar una cultura que en las maneras se denunciaba sólida. Tampoco ablandó la mirada con la que recorrió cada uno de los rostros y obligó a colaborar o a bajar la vista, ni siquiera a desviarla.

Pasó día y medio desde que bajé de ese subte.  Me había encontrado con mis hijos, comí con ellos, conversamos, discutimos, nos reímos, nos celebramos como nos gusta. Paseé por Buenos Aires  volví a mis cosas, retorné a Junín. La imagen, sin embargo, todavía me persigue y me perseguirá me temo por bastante tiempo. “Mi señora y yo tenemos hambre, ¿entienden? Hambre.” ¿Cómo se sigue? ¿Qué se le podría reprochar a un hombre viejo y flaco que se instaló en mi memoria con prepotencia? ¿Con qué ánimo a la tarde, mañana, durante las venideras excursiones puede uno volver a sus rutinas como si nada hubiera sucedido?

(Publicado en Facebook el lunes 10 de noviembre de 2014, a la hora 17,08)

La pasión de ser argentino

 

Respeto a quienes piensen así, los admiro y hasta los envidio, pero para mí es falso el concepto que proclama que "no hay nada más lindo que ser argentino". Para mí ser argentino es una tragedia.

Me explico. La Argentina es mi patria y es mi amante. Nací aquí y la elegí para convivir con ella. No me parece exagerar si digo que nos elegimos. Siento, por lo tanto, un doble amor: filial y conyugal. Y asumí las múltiples consecuencias de semejante situación. Estudié y trabajé aquí a lo largo de toda la vida. Aporté y tributé aquí. Formé familia y tuve hijos argentinos. Prácticamente no he salido de su territorio. Y aunque fantaseo con la posibilidad de conocer otros mundos, no aspiro a radicarme en Ginebra como Borges, ni en París como Cortázar o Atahualpa, ni en Southampton como Rosas, ni en Cuba como el Che, ni en Reno como Bonavena, ni en Madrid como los dos Martínez, ni en Nueva York como la cúpula de Montoneros. Ni siquiera aspiro a la fantasía de viajar como turista si para ello debo comprar divisas en el mercado negro.

Yo amo a la Argentina. La amo de veras, como amo a mis hijos, como amé a mis padres y como amo a las mujeres que amé. El amor no me enceguece ni me ahorra críticas. Ni para hacerlas ni para soportarlas. Y ser argentino, para mí, es una auténtica tragedia. Porque ni puedo ni quiero evitar ese amor, menos disimularlo o adormecerlo, pero tampoco puedo ni quiero desconocer que la Argentina es violenta y criminal, es pedante y taimada, es injusta y arrogante, delinque y miente, traiciona y jura que no, oprime mientras entona consignas libertarias. La Argentina es una farsante a la que mataría con gusto si no la amara como la amo. Si no fuera que no sé cómo se mata. Si no fuera que tampoco me interesa aprender.

Y me arriesgo a entender que muchos compatriotas piensan y sienten igual, aunque nunca lo dirían y aunque traten, incluso, de convencerme de lo contrario apenas lean esta diatriba. No los atenderé porque forman parte del mismo paquete.

La Argentina con todo lo que contiene -territorio, población, estado, historia, símbolos, próceres, cultura- debe saber que es tan seductora como dañina, tan amable como innoble, tan encantadora como rapaz, tan grandiosa como carroñera, tan insolvente como victimizadora, tan genial como miserable. La Argentina es mi patria. Yo soy en ella y me comprenden las generales de todo cuanto expongo. Esa es la tragedia. La que no puedo ni quiero callar.

 

(Publicado en la Página Claudio Portiglia de Facebook, el sábado 9 de agosto de 2014, a la hora 22,15)

Qué fantástica, fantástica es la fiesta

Fiesta de divorcio / Fuente: Perfil.com

 

No he sido fiestero. Y cada lector puede interpretar o juzgar como más le guste. He vivido y vivo rodeado de fiesteros. Y cada lector puede ubicarse donde mejor le convenga. No tengo nada que objetarles, a muchos incluso los quiero y hasta participé de las fiestas que han sabido montar, con más o menos entusiasmo, pero nunca con ánimo de boicot.  Eso sí: detesto las megafiestas programadas, obligatorias y carísimas que se imponen como mandato divino -o social, que es la misma cosa-, las convoquen la nostalgia, el rito, la culpa, el escapismo, la figuración o la promisión.

Muchos dirán que soy aburrido. Tal vez. Aunque no aspiro a presidir ni siquiera la nación en nombre de ninguna Nueva Alianza. Tampoco la de matrimonio. Dejo, como antes, que cada lector interprete o juzgue según le parezca oportuno. Y hasta puedo adivinar algunas caras del Tribunal Supremo interpretando y juzgando de las maneras más diversas y con las sentencias más contradictorias.

C'est la vie.

Me gustan, en cambio, las fiestas que nacen de la necesidad compartida y espontánea de celebrarse y que se resuelven sin boato en los tiempos razonables que indica la necesidad. En lugares acogedores y no muy poblados. Con gente, con música y con luces con los que se pueda dialogar. Con buena comida y con buen vino. Con libertad para moverse. Y, si fuera posible, con nada más.

Será por eso que no entiendo la industria de las fiestas. Mucho menos entiendo que para sostener la industria quiebren tantas economías familiares. Mucho menos que, para divertir, distraigan, emboben, aturdan, enceguezcan, disfracen, obliguen, enajenen, perturben. Mucho menos que se imponga la competencia por la fiesta más grande; histórico complejo de los argentinos éste de ostentar quién la tiene más. Mucho menos que engañen, llevando a confundir escándalo con ridículo. Se necesita talento para ser escandaloso; para ser ridículo, en cambio, alcanza con la sumisión.

Llegué a esto, como de costumbre, por la radio. Alguien narra, ufano, las fortunas que gana por organizar casamientos. ¿Casamientos? ¿todavía? Sí, pero no los originales, que garpan poco y que cada vez son menos. Casamientos reincidentes -terceras o cuartas nupcias, por ejemplo, donde asisten los míos, los tuyos, los suyos, los nuestros y los de los otros-; o casamientos de mentirita; o casamientos por el rito del Pirimpimpín que practican los nativos de la isla de Pirimpimpón. Todo con video incluido que algunos mansitos se tendrán que tragar con estoicismo en veladas venideras. Entonces sí: sin música que atruene, sin luces y sin humo pero, para revivir la fiesta frente al LED en cuestión, otra vez sin abrir la boca y sin tener la menor posibilidad de levantarse y de irse, bajo apercibimiento severo de exilio efectivo, de excomunión eterna y de abstinencia forzada, unilateral y por tiempo indeterminado.

 

(Publicado en Facebook el martes 29 de julio de 2014, a la hora 22)