El gran errador

Primera edición / Tendencias XXI-División editorial; Junín, 1997

(Este ensayo fue leído en 1995 como ponencia en el marco de un congreso en Las Leñas, y el Apéndice, que sustentaría la posterior tesis, fue publicado en 1994 por el diario "El Liberal", de Santiago del Estero, en su suplemento "Cultura y Educación", tras ser leído, como ponencia también, en el marco de otro congreso. Finalmente, reunido en un mismo cuadernillo, se editó por primera vez en 1997 y se reeditó en 2005. Esta versión aparece corregida.) 

 

El gran errador

Serie: La misión del artista en el post-humanismo

 

 

  1. 1.     Virtualidad y deseo

La realidad virtual vendría a satisfacer un viejísimo anhelo del hombre como es el evadirse del tiempo (de lo que éste tiene de lineal cronológico) y del espacio (de lo que este tiene de fronterizo, de territorio limitado, de país). La máquina del tiempo, a través de la que pueda viajar por el pasado o por el futuro indistintamente, aparece al fin como posible. ¿Es en realidad posible?

Convengamos, antes de intentar cualquier tipo de respuesta, que de ser ‘en realidad’ posible no significaría que también lo fuera en verdad. Es más, ‘en verdad’ esas barreras de lo temporal y de lo espacial acaso nunca hayan existido, acaso sean una mera apariencia y, como tal, un fenómeno cultural (quiero decir inventado por el hombre, un artificio) que forma parte de la realidad palpable.

Verdad y realidad, entonces, aparecen desde el vamos como aspectos diferenciados en este tratamiento –y hasta encontrados- según fueran las circunstancias  de interpretación, en esta puja que sostiene el hombre, con el mundo y consigo, en pos de la gran develación.

 

El ‘es como que’

En términos de realidad virtual nada es como es, es decir, nada es como podría definirse desde el razonamiento científico, apelando a un criterio de verdad objetiva, sino que las cosas son como a mí, sujeto de percepción*, me parece que son.

La tierra ‘es como que’ me pertenece (y actúo tal como si me perteneciera); el mundo ‘es como que’ me asfixia (y me escapo de él, o lo muto, lo transformo, lo transgredo, lo anulo)**.

El ‘es como que’, expresión usada hasta el hartazgo por los jóvenes, hoy, instala un concepto de realidad cuya verdad difiere sustancialmente de la noción de verdad que manejó hasta ahora el hombre común. Aquella verdad la reemplaza a ésta por un concepto de ‘realidad virtual’ cuya verdad no es objetiva o no proviene de los objetos del mundo, sino que es la fuerza de una voluntad generadora (de cada sujeto, por supuesto). Esta voluntad generadora bien podría identificarse con la ‘poíesis’ de los griegos o el ‘dichtung’ de los alemanes, es decir, con la creación o la poesía.

Este salto conceptual acabaría con todas las definiciones que la ciencia fuera construyendo a lo largo de la historia. No importa, por lo tanto, si tal cosa ‘es’ así; importa ‘cómo quiero que sea’, cómo ‘deseo’ la cosa.

El deseo, como queda expuesto, se convierte así en el gran motor, en el gran impulsor del accionar humano. Esto no es nuevo. Pero sí lo es la respuesta que el hombre de hoy da al deseo. Naturalmente, ante cualquier deseo, el hombre buscó siempre su satisfacción, ya material (siento sed, bebo agua), ya espiritual (siento la opresión, procuro la libertad). Debemos computar, también, en este rubro las conductas de contención o represión del deseo que promovieron los distintos moralismos, toda vez que el objetivo que perseguían era acabar con él como forma de satisfacerlo.

La realidad virtual, sin embargo, no satisface el deseo sino aparentemente, generando de inmediato una corriente de deseo superior que, a la vez que complace, provoca una nueva ansiedad; algo así como el deseo de desear continuamente.

Esta conducta es el punto de partida del consumismo que genera necesidades falsas y nunca satisfechas; pero también lo es de las nuevas formas de expresión, del arte y ¿lo diré? De la poesía.

Surgen, entonces, algunas preguntas obligadas: ¿Es la poesía también un arte? ¿Se comunica el hombre a través de la poesía? ¿Qué relación guarda la poesía con la verdad?

 

Expresión y virtualidad

 La poesía –toda la poesía- se alimenta, acaso desde siempre, de un puñado de materias nutricias: el asombro, la memoria, el deseo. A partir de esa fuente de alimentación (los estímulos) construyen los poetas –paradigmas según creo del arte, todo el arte- un campo de realidad que, aun cuando se evada de la realidad palpable, la supere o la trascienda, no anula los otros campos sino que compite con ellos, en un juego de flujos y reflujos que sospecho con sabor a eternidad.

Ahora bien, en ese competir, en ese fluir constante, los campos de realidad acaban ‘con-fundiéndose’ y ‘re-generándose’. De esa tensión confusa y regeneradora derivan las circunstancias y en ellas los sujetos se expresan, con lo que volvemos al punto de partida.

Primera observación: La poesía, como expresión del arte, no sólo no es comunicación (el campo natural de ésta es el de la realidad palpable), sino que compite con ella y a veces ferozmente. Mientras todo proceso comunicativo procura cohesión en el discurso en favor de la coherencia, la expresión se remonta desde la coherencia hacia el absurdo en procura del caos que le provea vinculación con lo absoluto, lo infinito, lo eterno (poesía y oración religiosa confluyen en este punto).

Diré, procurando una síntesis a todas luces arbitraria y peligrosa, que en tanto la comunicación apunta a las porciones de conocimiento que permite la realidad palpable (de allí que se complazca en los relatos, los detalles, las especificaciones, los fundamentos y la secuencialidad) la expresión se dirige a lo virtual que recupera el valor de lo intuitivo. Y se complace sólo en la sugestión que provoca (por eso no importan demasiado los códigos; la poesía no procura ser interpretada sino ‘sentida’).

Lo paradójico, llegados hasta aquí, es ver cómo la realidad virtual, surgida como culminación de la era de las comunicaciones, se deshace de ellas y se aproxima al campo de la expresión emparentándose con la poesía. ¿Será la realidad virtual la nueva forma de expresión poética en una era post-humanista?

 

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Notas:

*A propósito, afirma Heidegger: “Únicamente en la contemplación, la obra se da en su ser-creatura como real (…) Si una obra no puede ser sin ser creada, pue necesita esencialmente los creadores, tampoco puede lo creado mismo llegar a ser existente sin la contemplación” (“Arte y poesía”, Col. Breviarios del FCE, segunda edición; México, 1973; p.104)

**Sobre “tierra” y “mundo” conviene atender la interpretación de Samuel Ramos, traductor y prologuista de la obra de Heidegger (op. cit.; pp 18-19): “…en la obra de arte el mundo y la tierra sostienen una lucha porque son elementos antagónicos; porque el mundo tiende a hacerse patente, a exponerse a la luz, mientras que la tierra al contrario tiende a retraerse dentro de sí misma, es auto-ocultante. Como si quedara objetivada de modo virtual y permanente la lucha del artista en el momento creador, entre la materia inerte y resistente y su voluntad de darle una forma para expresar un sentido espiritual”. El lector ocupado podrá ampliar leyendo “La necesidad del Arte”, de Ernst Fischer, Nexos/Península; Barcelona, 1985; capítulos 2 y 3.

 

 

 

 

 

  1. 2.     La superación post-humanista

Hasta ahora, el sujeto de razón que vio en la comunicación el valor de cierre de su complejo sistemático lineal (hipótesis > tesis > demostración > verificación > comunicación) ‘sabía que’, mientras que el sujeto de intuición, caótico por naturaleza antes que por voluntad, ‘creía que’. El primero nos comunicaba su ciencia, el segundo expresaba sus sospechas; el primero narraba, el segundo balbucía. Uno proclamaba la verdad en función de lo que podía verificar, proponer, completar y contribuía al progreso de la realidad palpable. El otro ponía en crisis tal progreso desde su ignorancia positiva. Uno fue camino estable en dirección de la utopía; el otro, puro temblor que impulsaba, sin embargo, un verdadero crecimiento.

Pero llegó la realidad virtual y con ella, nacida del mundo progresista de la razón que comunica, llegaron también los ensayos explicativos –los ‘nuevos relatos’- que auguraron el fin de la historia, el fin de las ideologías, el fin de la modernidad, el fin de la razón, el fin de la utopía. Nada de eso, sin embargo, los convence a los propios narradores (“Los cuentos que yo cuento acaban fatal”, dirá Sabina en una de sus canciones paradigmáticas de la posmodernidad)*

Ocurre que aquel sujeto de razón que se había entronizado como eje de la historia (criatura él también, al fin y al cabo, desplazó al Creador de su centro y ocupó su lugar) ve peligrar su estabilidad de monarca amenazado por ‘su’ propia criatura: la tecno-ciencia, gestora de la realidad virtual**.

Preguntábamos al cierre de la primera exposición si será la realidad virtual la nueva forma de expresión poética en una era post-humanista. Reformulamos ahora: ¿Resistirá la poesía la superación del hombre? ¿salvará al hombre la poesía?

 

La poesía

La gran oposición dentro del arte contemporáneo pareciera ser ‘natural/artificial’ (con ventajas claras en la discusión para el segundo polo). ¿Son definitivamente incompatibles?

Yo creo que el discurso del hombre, a lo largo de su historia, reconoce tres momentos a los que responden otras tantas actitudes:

Un momento pre-humanista (o deísta), en el que el hombre se reconoce hijo de la divinidad y en su deseo por alcanzarla para glorificarse en ella funda el mito (de allí las religiones, de allí la ‘poíesis’ y de allí también la ‘mitomanía’ sobre la que me extenderé un poco antes de finalizar la serie).

Un momento humanista, en el que el hombre, a través de la razón, acepta su entidad como producto de una evolución natural y encauza su deseo en el mundo para satisfacerlo materialmente con los bienes que éste le proporciona y a los que el propio hombre puede transformar y reproducir para su beneficio (de allí las ciencias, la técnica, la cultura)***

Y hablaríamos hoy de un momento post-humanista, en el que el hombre ha descubierto que el deseo sólo se satisface en la insatisfacción. Es la era del deseo del deseo que genera los símbolos de la realidad virtual. ¿Opera esta realidad como un nuevo mito o una nueva razón? ¿Desplaza esta virtualidad a Dios y al hombre como centro del acontecer?

 

Poesía y materia

Hablaba en la primera exposición del asombro, la memoria y el deseo como materias nutricias que alimentan la poesía. Se podrá objetar con razón que ninguno de ellos constituyen ‘materia’ en sentido estricto y que mi expresión obedece a un lenguaje figurativo ante la imposibilidad de encontrar mejores referentes. Es verdad. Sin embargo, introducidos en el mundo de la virtualidad también se me hace necesario revisar el concepto de materia.

Leía hace algún tiempo, en un artículo sobre tecnología de avanzada, que en Orlando (Estados Unidos) se lanzaría en calidad de experiencia piloto un sistema de compras por el cual un usuario, a través de una red de televisión por cable, podrá desde su casa trasladarse a una representación en realidad virtual de un shopping por el que paseará con su mirada, ingresará –botón mediante- en la sección que le interese, revisará, preguntará, cotejará detalles, formulará el pedido si algo lo convence y, nuevamente botón mediante, esperará allí mismo el envío que llegará por correo. De igual modo y por el mismo sistema, podrá programar lo que desea ver ese día entre cientos o miles de canales, siendo él quien decida los horarios y quien interrumpa una transmisión, para atender un llamado por ejemplo, tras lo cual continuará con su programa como si se tratara de una video familiar. Lo mismo ocurrirá con el noticiero al que, aun llegando fuera del horario ‘real’ de emisión, se podrá acceder desde el comienzo recuperando el tiempo perdido****.

Es entonces, justamente, cuando caemos en la cuenta de que la realidad virtual provoca una anulación de la idea de tiempo. Pero, a la vez, provoca una alteración de la idea de ‘materia’ porque en ese tiempo virtual en el que vive ‘realmente’ ese usuario ha tomado contacto con distintos productos, ha ojeado catálogos, ha recorrido anaqueles, ha escuchado voces y música y sonidos. Y todo ello en representación, por cuanto el momento en que él recibe esos objetos, es decir, el momento en el que entra en contacto con sus ‘materias’ no es simultáneo con el momento en el que esas materias ‘realmente’ se le ofrecen.

Generalizado, este sistema pasará a formar parte de la realidad cotidiana y como tal será ‘materia de consumo’. Pero esta materia no tendrá extensión, será una ‘materia virtual’ como el asombro, la memoria o el deseo.

Como se podrá deducir, una cuestión tan doméstica como ir de compras o mirar un noticiero se nivelará, desde la representación que provee la virtualidad, con cualquier manifestación poética. Esto, por lo menos, si entendemos que la poesía es un arte y que, como arte, trabaja con materia.

 

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Notas:

*Joaquín Sabina, “Los cuentos que yo cuento”, en “Física y Química”, BMG grabadora; Madrid, 1992.

**El Dios Creador, que para el hombre siempre fue lo inefable, el Gran Misterio al que sólo se accede por su ‘revelación’ a los elegidos, cuando vio peligrar su hegemonía concéntrica ante la decisión del hombre –su principal criatura- de disputársela, no sólo no lo enfrentó sino que optó por encarnarse en él y acompañarlo en su crecimiento libre. Era, al fin de cuentas, la mejor manera de mantenerlo controlado. Esto, con las variantes propias y los matices de cada cultura, puede comprobarse en la casi totalidad de los metarrelatos religiosos. (Además de las muchas referencias del Evangelio cristiano, reforzadas con la expresión “Quien pueda entender que entienda”, conviene revisar la “Historia de las creencias y de las ideas religiosas” de Mircea Eliade, Ed. Cristiandad; Md., 1978; cuatro tomos; “Lo sagrado y lo profano”, del mismo autor, Ed. Guadarrama/Punto Omega, Barcelona, 1967; y “La Rama Dorada”, de James George Frazer; FCE, México; vs. ediciones) A este hombre-dios se le presenta hoy una situación análoga. Su gran criatura, la tecno-ciencia, amenaza con desplazarlo del centro del mundo. ¿Qué actitud adoptará el hombre? ¿La enfrentará, procurando dominarla o acabar con ella? ¿O, siguiendo el ejemplo del Dios Creador, se encarnará en ella acompañando su evolución? De la respuesta a este interrogante, que nos introduce nuevamente en el reino de lo inefable, dependerá seguramente el futuro de la humanidad. Pero este reino de lo inefable es, justamente, el reino de la ‘poíesis’.

***Se puede profundizar con la lectura del capítulo 2 del libro de Ernst Fischer “La necesidad del Arte”; Nexos/Península, Barcelona, 1985, pp. 15 y ss.

****Diario “Clarín”, Bs. As., edición del 10 de enero de 1995, suplemento “Lo nuevo”, p. 5, artículo “Todo en casa por TV”, de Tony Jackson, tomado del “Financial Times”.

 

 

 

 

 

  1. 3.     El Gran Errador

¿Es la poesía un arte?

Si tal como lo propone Heidegger*, todo arte posee una materia que se manifiesta verdadera en su ser por la acción transformadora del artista y si la materia de la poesía es el lenguaje “que es ya de por sí una creación espiritual del hombre”**, ¿no sería la poesía una expresión posterior al arte, o sea, no sería la poesía una ‘post-arte’, una ‘súper-arte’? Pero, a la vez, ¿no precede la poesía, como potencia generadora, a todo lenguaje y a toda manifestación artística; es decir, ¿no sería la poesía una ‘pre-arte’?

Dejemos hablar por un momento a Heidegger y a su comentarista Samuel Ramos***:

“El arte es poner en operación la verdad del ente”****. “En efecto, la obra, por sí, mantiene su contenido latente, hasta que la contemplación viene a ponerlo en movimiento, a actualizarlo”*****.

“Para Heidegger la contemplación es una fusión integral de sujeto y objeto, una unión mística”******. Obsérvese aquí la vinculación religiosa.

Por último: “…la verdad como alumbramiento y ocultación del ente acontece al poetizarse”***’. “Todo arte es en esencia Poesía. Pero, ¿qué es la poesía? No es desde luego un producto de la imaginación o la fantasía. La Poesía es la verdad”***’’. A lo que podríamos agregar que por eso la literatura no es poesía. Puede contenerla o bien ser contenida por ella, pero, sustancialmente, son campos distintos.

“La poesía –prosigue Ramos- es el lenguaje primitivo de un pueblo histórico” (idea que también sigue Fischer)***’’’. “Por eso Heidegger piensa que la poesía es el fundamento que soporta la historia y no un adorno que acompaña la existencia humana o una mera expresión del alma de la cultura”***’’’* “La poesía despierta la apariencia de lo irreal y del ensueño, frente a la realidad palpable y ruidosa en la que nos creemos en casa. Y, sin embargo, es al contrario, pues lo que el poeta dice y toma por ser es la realidad”***’’’*’.

Como punto de apoyo para lo que quiero concluir, creo que alcanza con estas citas. Mis observaciones, a partir de aquí, serían éstas: Si aceptamos que todo lo que no es natural (es decir, devenido en el tiempo de manera graciable) es artificial (es decir, producido por la voluntad creadora de algunos entes naturales), antes de responder a la pregunta qué es lo artificial, deberíamos preguntar qué es lo natural. Así, la Creación (Poíesis) precede a la Naturaleza (Ser-en-sí; verdad) y ambas preceden al Objeto (Ars, techne). Por lo tanto, ¿es natural o artificial una casita de hornero, un panal de abejas, una tela de araña? ¿Cuál es la diferencia sustancial entre la voluntad del hombre que fabrica una herramienta***’’’*’’, que elabora un discurso, que compone una imagen, y la del hornero, la abeja o la araña? ¿No necesitaron (o ‘desearon’) todos hacer algo (ars) para su beneficio y lo hicieron tecnológicamente (techne)?

Ahora, ¿quedaron todos satisfechos? ¿Satisfizo la casita al hornero, el panal a la abeja, la tela a la araña? ¿Satisficieron la herramienta, el discurso, la imagen al hombre? Toda respuesta afirmativa a estos interrogantes podría decir “naturalmente”, con lo cual arte y técnica (lo artificial) quedarían sujetos a lo natural. Pero si alguna respuesta fuera negativa, es decir, si algún producto no satisficiera a su productor y esa situación se repitiera una vez y otra y otra, indefinidamente, la voluntad creadora (deseo) escaparía de lo natural hacia un campo de virtualidad a la vez pre-existente y post-existente a lo natural y a lo artificial. Escaparía, pues, hacia lo infinito, hacia lo eterno. ¿Sería esa voluntad creadora, ese deseo, esa virtualidad la Poesía?

 

Por último, si aceptamos –según interpretación que Gianni Vattimo realiza sobre el pensamiento de Nietzsche***’’’*’’’- que “la consumación de la ‘humanidad’ del hombre a causa de los mecanismos de la civilización y la domesticación del mundo es un hecho inevitable (un destino)” y que, por consiguiente, “no tiene sentido oponer a la civilización técnica el esfuerzo de retornar al humanismo, de reconstruir el sujeto en su presunta, y ya imposible, soberanía (porque la conciencia ya no sería una instancia última)”, cabe preguntar: ¿No tienden a confundirse lo natural y lo artificial? A partir de esa confusión, ¿no se generarán ‘naturalmente’ nuevos campos de realidad (por ejemplo, el mundo de los mutantes)? ¿Cuál será el destino de la creación humana? O, más propiamente, ¿cuál será el destino de las ‘criaturas’ que produjo el hombre? ¿Es la poesía una de esas criaturas? ¿O ya pertenece, desde siempre y para siempre, a otro campo de realidad?***’’’**’

 

El Poeta

Según creo, no le corresponde al poeta construir el poema (la obra) en el mundo de la realidad virtual. Si así fuera, la consumación de la humanidad consumaría también su arte y a los muchos finales prenunciados deberíamos agregar el final de la Poesía. Yo creo que así como la realidad virtual permite cambiar sucesivamente el decorado (el adorno, el arte) de un lugar vacío, creando un ambiente virtual en torno de su conductor, de un conjunto de actores, de un conjunto de objetos***’’’**’’ que operan como núcleo del espectáculo, el poeta, hoy, debe generar reflejos múltiples que, enfocados a un centro nuclear (el contenido, mínimo, indispensable) provoque en quien lo reciba (mediante el aporte de la percepción sensual receptora y de su inteligencia activa) un efecto poético. No será el poeta quien construya el poema. Él generará el motivo, fundará el tiempo y el espacio necesarios, inducirá la revelación. Es decir, el poeta proveerá la Poesía. Cada receptor (lector, oyente, telespectador, cibernauta) aportará el formato, modelará a su antojo, ampliará o reducirá: construirá, en definitiva, su propio poema. En el mundo de la realidad virtual el poeta revela para que invente el receptor, para que sea éste el que cree.

 

¿Se convertirá el poeta en un demiurgo? No sé. Como éste quedan otros interrogantes por responder. ¿Hasta qué punto ‘virtualidad’ y ‘poesía’ son compatibles? ¿Podrá haber poesía prescindiendo de lo humano? Lo humano, ¿se agota en la realidad ‘hombre’? ¿la precede? ¿la trasciende? ¿Cómo proyectaría el poeta las imágenes de múltiple representación? ¿Cuántas formas podría alcanzar un mismo poema? ¿Cómo superará el poeta (¿todavía humano?) las imágenes de múltiple representación artificial?

Otros más capaces –poetas, filósofos, teólogos, tecnólogos- echarán luz seguramente sobre éstas y otras cuestiones.

Como cierre me queda una brevísima observación sobre la ‘mitomanía’ que dejara pendiente. El mito –le mentira, el error- es, según creo, la sustancia de la Poesía. Por eso cuando un poeta le habla al corazón, se estremece el intelecto; por eso cuando un poeta le habla al intelecto, estalla el corazón. Por lo mismo el poeta, además de ser un gran mentiroso***’’’**’’’, es el gran errador que siempre pega en un blanco equivocado. Claro qe las consecuencias de su yerro son las que transforman el mundo y, por lo tanto, las que lo justifican.

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Notas:

*Siguiendo a Heidegger, que entiende que si bien la materia está presente en todas las cosas, sólo brilla en el arte, ya que en el útil desaparece en beneficio del servicio que presta (“Arte y Poesía”, Col. Breviarios, FCE, segunda edición, México, 1973; pp 17-18 y76-77) podríamos graficar la función de la materia de la siguiente manera:

Útil                                                                                desaparece ante el servicio que presta

                            \                                       /     

                                         } MATERIA {  

                              /                                      \ 

 

Obra de arte                                                               se manifiesta en su esplendor

 

**Samuel Ramos, prólogo a la obra de Heidegger (op. cit., pp 17 y ss)

***Op. cit.

**** / ***** / ****** Op. cit., pp 23-24

***’Op. cit., p 110

***’’Op. cit., p 24

***’’’Op. cit., p 29 y “La necesidad del Arte”, de Ernst Fischer, Nexos/Península, Barcelona, 1985; capítulo “Los orígenes del arte”

***’’’*Op. cit., pp29-30

***’’’*’Op. cit., p 143

***’’’*’’Fischer, op. cit.

***’’’*’’’Gianni Vattimo, “¿Por qué leemos hoy?”, Clarín, Bs. As., suplemento “Cultura y Nación”, edición del 20/10/94, pp 2-3

***’’’**Ver el artículo que sobre mi libro “La espiga se declara soberana” publicó María Rosa Lojo con el título de “Hacia otra utopía: El lugar está aquí”; ‘Horizonte de Cultura’ Nº 21, otoño ’94; Junín; pp 13-14

***’’’**’Ver el artículo “Realidad virtual en televisión”, de Gabriela Allmi, “Clarín”, suplemento “Lo nuevo”, edición del 3/1/95; pp 6-7

***’’’**’’Ver mi artículo sobre “Poesía y realidad virtual”, diario “El Liberal”, Santiago del Estero, suplemento “Cultura y Educación”, p 3; edición del 6/8/94.

 

 

 

  1. 4.     Apéndice

Poesía y realidad virtual*

Con un grupo de amigos, entre los cafés que se suceden en la noche alta, discurríamos hace poco acerca de los signos que nos gobiernan e imaginábamos –poetas al fin y al cabo- algunas de las alternativas que un futuro bien próximo podría llegar a depararnos.

Yo recordaba entonces una noticia muy difundida a fines del ’93, que informaba sobre la exitosa concreción de la primera cirugía satelital. En efecto, un equipo de cirujanos, desde algún lugar de Europa, emitía a través de su computadora las órdenes que un robot recibía y ejecutaba sobre el cuerpo de un mono internado en el norte del África.

 En esa dirección proyectábamos nosotros una serie de posibilidades que nos permitiría, de ahora en más, la realidad virtual. Por ejemplo:

Hipótesis 1: Bien podría, cualquiera de nosotros, se contratado para diseñar y fabricar tazones en Corea. En tal caso, no haría falta que nos traslademos ni que entremos en contacto alguno con la arcilla ni con el material que dispusiéramos para la fabricación. Antes bien, cómodamente instalados en nuestro gabinete, sin otro instrumento que nuestro teclado y desde cualquier lugar de la Argentina, ordenaríamos el diseño, la forma, el color de los utensilios que, a imagen y semejanza del concebido por nuestra mente, emergerían prolijamente de una máquina allá, en nuestras antípodas. ¿Seríamos, en tal caso, los ‘reales’ fabricantes de aquellos tazones?

Hipótesis 2: Con sólo proponérselo, un equipo de científicos podría disponer, en un panel frigorífico instalable sobre cualquier pared, como si fuera una biblioteca, una ‘embrioteca’ capaz de almacenar, en estado potencial, el equivalente poblacional de cualquier país. Millones de células fecundadas aguardarían que ‘una decisión política’ pidiera activarlas y ‘nacerlas’ para reemplazar, en el término de una generación por ejemplo, la población aniquilada por una bomba de neutrones. Aquellos ‘embriotecólogos’ se constituirían así en ‘fabricantes de pueblos’ que, obviamente, responderían de manera acabada a los controles de calidad que dispusieran los estados contratantes. Cada territorio tendría así su población perfecta, adaptable a cada una de las exigencias geográficas o ambientales del país elegido. ¿Acabaría, en tal caso y progresivamente, la imperfecta naturaleza humana para abrirle paso a una realidad superadora que continúe la evolución? En el mundo de la realidad virtual, como se puede colegir, todo es posible. Realidad e imaginería no son ya campos antagónicos, sino compatibles e intercambiables. Esta certeza la confirmé una tarde, en casa, cuando al reprender a mi hijo de tres años que jugaba peligrosamente cerca de un tomacorrientes se me ocurre asustarlo:

-Hijo, no vayas a tocar el enchufe que la corriente te mata.

A lo que inmediata y maquinalmente respondió:

-A Súper Mario Bross le quedan cinco vidas.

La respuesta me dejó estupefacto. ¿En qué realidad alejada de mi realidad han nacido y crecen mis hijos? ¿Cómo distinguir entre la muerte ‘real’ y la muerte de la pantalla? ¿Cómo distinguir entre la ‘realidad real’, siempre dudosa y cambiante, y la ‘realidad virtual’, siempre precisa y sugestiva, para quienes conviven con ella desde sus nacimientos mismos?

 

Al evaluar alternativas semejantes, el ojo asombrado del poeta entra necesariamente en crisis: Crisis de lo temporal, imbuidos como estamos en un puro presentismo, y crisis de lo espacial, como nautas desconcertados en el universo de los ‘no lugares’.

En lo que a mí respecta, confieso que me ha llevado mucho tiempo alcanzar a entender que la poesía rechaza al poema. Pero lo verdaderamente crítico es que, ahora que lo entiendo, carezco de los medios para expresarme. Compruebo, con angustia mal disimulada, que la poesía prescinde de los poetas. ¿Cómo encauzar –y encausar- la expresión poética en el mundo de la realidad virtual? ¿Cuál es, en esa realidad, el campo reservado a la poesía? ¿No será esa misma virtualidad, que pulveriza los conceptos de realidad tradicionales, la poesía de los nuevos tiempos? ¿Pervivirá la poesía, aun cuando se extingan los poetas, en nuevas realidades, con expresiones nuevas y autónomas, cumpliendo aquello que proféticamente adelantara Bécquer?

 

Hacia mediados de siglo, León Benarós ensayaba una justificación de los neorrománticos del ’40 diciendo: “Nosotros somos graves, porque nacimos a la literatura bajo el signo de un mundo en que nadie podía reír”, en obvia referencia a los años de la Gran Guerra. Por el mismo tiempo, una corriente nacionalista encabezada por Jorge Eduardo Bosco proponía “…volver a lo nuestro, a lo autóctono americano, y hacer arte nacional (…), que no significa hacer folklore ni jugar al carnaval, significa abandonar todo lo falso, desnudarnos… Destacar lo eterno en nosotros”. Elegíacos como Paine o David Martínez diluían las tensiones románticas en un mundo interior puramente subjetivo y los surrealistas, de la mano de poetas como Enrique Molina, Olga Orozco, Alberto Girri o Eduardo Jonquières, impulsaban “una ruptura terminante con toda tradición, proclamando el automatismo, el humor, la creación de nuevos mitos, el azar eficiente, el conocimiento por lo intelectual y el discurso elíptico”, fundando de esa manera el primer gran movimiento vanguardista de nuestra poesía contemporánea.

Como vemos, aquella atomización producto de otra gran crisis planetaria y humana, dinamizó nuevos y variados (y contradictorios) canales de expresión poética y adelantó el ‘automatismo’, si bien es cierto que manteniendo la creación artística sujeta a la esfera de lo humano.

Del mismo modo, los invencionistas del ’50 que con Edgar Bayley alentaron la ‘creación absoluta’ para la que proponían “dinamitar la poesía musical, la metáfora fácil y asociativa” y lanzarse a las expresiones más osadas, mantenían la certeza de que el poeta, y sólo el poeta, conduce los misterios de la creación. De todos ellos, posiblemente fuera Molina quien más y mejor se aproximó a la poesía del futuro, de este futuro de la ‘realidad virtual’ que nos envuelve y nos combate:

“…La poesía –asegura Molina- se ordena, para mí, nacida del asombro de cada instante más que de la adhesión a una poética determinada (…) Al comenzar esa aventura del lenguaje que es el texto, ignoro cuál será su forma, sólo sé que se trata de una travesía en la cuerda floja tendida entre la razón y el sueño”. Y agrega: “La poesía no puede ser otra cosa que un diálogo abisal entablado entre el ser y el mundo, entre la realidad interior y los datos de los sentidos volcados al espectáculo de la realidad palpable”.

Si mantenemos como posibles los datos de la ‘realidad palpable’ que insinúa Molina, no podemos decir lo mismo de la ‘realidad interior’ que, como producto de la alienación tecnológica que sufre el hombre de nuestros días, cede su espacio a los delirios de la ‘realidad virtual’. No sería ya un ‘hombre individual’ el que crea, sino un hombre colectivo, un ‘hombre-paradigma’ que resume –y rezuma- todos los datos de su cultura y los vierte, dócilmente, acaso inconscientemente, por millones de canales posibles de los que sólo unos pocos tienen dimensión de verso o de poema.

Omitiendo por economía de tiempo** algunos intentos de adaptación como los de la “nueva moral estética” que propusieron Armani y los neohumanistas, el coloquialismo de Alonso o de Oteriño, el neocultismo de Trejo o el experimentalismo de Aguirre, debemos ascender hasta los ’60 para encontrar, en la poesía de indagación metafísica que lideraron Alejandra Pizarnik y Roberto Juarroz el inicio de la poesía actual, donde predomina una concepción de existencia caracterizada por la ansiedad de lo absoluto y el rechazo de los límites. Cuando el antologista Alejandro Fontenla observa que “Extracción de la piedra de la locura” es un libro que “no habla de la muerte” (como tema) sino que fue “escrito ‘en’ la muerte” (como vivencia), otorga el indicio que permite advertir la bisagra: La nueva misión del poeta, de Alejandra en adelante, no será la de ‘escribir sobre’, sino la de ‘expresarse en’. O su correlato –o correspondencia-, la de ‘dejarse expresar’. Que sería, a mi juicio, la definición más acabada para comprender nuestra poesía hoy.

El poeta de nuestros días, más que nunca, ‘padece’; fie a una corriente de resistencia más que de actuación, fácilmente verificable en los grafitis callejeros (“esa otra forma de poesía”, como los calificó alguien) que rezan: “Aguante fulano”.

 

Desde la recuperación de nuestras libertades muchas voces han emergido, incluida la nuestra, con timbres diversos y diversas calidades. En todas, sin embargo, me parece advertir una común intención –a la vez globalizadora y fundante***- que proyecta la búsqueda de lo absoluto en múltiples direcciones. Y en la misma resolución, me parece, se desenvuelven las otras artes.

 

-          Estimo concluido el tiempo de las especificaciones.

-          Consecuentemente, estimo concluido el tiempo de los relatos. Se me antoja que la novela, expresión acabada y natural  del siglo veinte, va cediendo en su reinado.

-          La poesía, siguiendo este curso de razonamiento, estaría convocada (¿a la par que el drama?) para ser el canal expresivo del nuevo siglo o, si lo prefieren, de la nueva era. Pero a esta poesía la desvincularemos de su noción genérica y la propondríamos como un intento por fundir, en un solo canal expresivo, la palabra con la música, el color y la danza.

Acaso por aquello de que el poeta es un gran mentiroso que dice siempre la verdad, la búsqueda de la Verdad nos justifique. En la era de la ‘realidad virtual’, la Poesía aparece como posible. ¿Serán posibles también los poetas?

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Notas

*Artículo publicado por “El Liberal”, Santiago del Estero, en el suplemento “Cultura y Educación”, el 6 de agosto de 1994, p 3; y por “Horizonte de Cultura” Nº 22, Junín, Bs. As., invierno/primavera de 1994.

**Ver mi serie de artículos sobre “Poesía argentina contemporánea” en “La Verdad”, Junín, Bs. As., de los días 22 y 29 de enero; 5, 12 y 19 de febrero; y 5 de marzo de 1989.

***Ver mi artículo “La simplificación de la historia” en “La Verdad”, Junín, Bs. As., del 28 de enero de 1990.

 

(Publicó, en sus dos ediciones, TENDENCIAS XXI – División editorial / Ilustraciones de tapa y contratapa: Marta Serrano)