¿Quién es el pueblo?

Antonio Berni: "Manifestación"

El 30 de marzo de 1982, la Plaza de Mayo fue colmada por la primera manifestación que se le animaba a la dictadura del Proceso. “Se va a acabar, / se va a acabar / la dictadura militar” era el cántico que prevalecía frente al régimen que había producido, a lo largo de seis años, decenas de miles de muertes, torturas, vejaciones y desapariciones y que había sumido al país en la peor y más oscura crisis de su historia. Y “Saúl, querido, / el pueblo está contigo” era el otro cántico que reconocía la figura de Saúl Ubaldini, el líder cegetista convocante. Ese día hubo represión.

Apenas tres días después, el 2 de abril, la misma plaza se volvió a llenar. El ‘héroe’ de la jornada, paradójicamente, fue el dictador Galtieri, a cargo del Ejecutivo Nacional. “Argentina, Argentina”, vociferaba la multitud embanderada de celeste y blanco, como casi cuatro años antes, tras ganar el mundial del fútbol de 1978, y también “El pueblo, unido, / jamás será vencido”, curiosa inversión del cántico a Ubaldini”. ¿Se trataba del mismo pueblo? Galtieri, junto a la plana mayor responsable del terrorismo de Estado, se permitió caminar entre la multitud, salir como Perón al balcón de la Rosada, agitar sus brazos, recibir la aclamación de su nombre, “Galtieri, Galtieri, Galtieri” y hasta la súplica de un discurso improvisado, “Qué hable, qué hable, qué hable”. Cuando lo hizo, poco rato después, concluyó diciendo que la Junta de Comandantes que él integraba y que había ordenado el desembarco en Malvinas no había hecho “otra cosa que interpretar el sentimiento del pueblo argentino” y que esas Fuerzas Armadas eran “de ustedes, de todo el pueblo”. La respuesta fue la ovación, los “¡Viva la Patria!”, el agitar de banderas y pancartas, un coro destinado a los británicos que decía “Lo vamo’ a reventar / lo vamo’ a reventar” y leyendas del tipo de “Malvinas / Por fin argentinas”.

Y poco más de dos meses después, el 11 de junio, lo que se llenó fue Palermo, en torno al Monumento de los Españoles, para vivar al Papa que venía a intermediar. O a gestionar la rendición. La consigna, entonces, se había vuelto pacifista y universalista. Se oía: “¡Queremos la paz, queremos la paz!”, mientras los soldados aún estaban en combate, y “Juan Pablo /Segundo / te ama todo el mundo”. Yo estuve ahí, fascinado por los sucesos que no terminaba de entender, y vi cómo la gente aplaudía y victoreaba el paso del dictador Videla, el mismo que encabezara el golpe de 1976, que condujera como Presidente de facto la etapa más dura de la represión ilegal al terrorismo guerrillero y que institucionalizara la expresión “desaparecidos” cuando afirmó que “no están, no existen, son desaparecidos”. Repito la pregunta: ¿se trataba del mismo pueblo?

“Pueblo” es un colectivo que, como todo colectivo, se expresa en singular. Si las multitudes del 30 de marzo, el 2 de abril y el 11 de junio de 1982 fueron conformadas por distintos sectores, habría que revisar el concepto “pueblo” y tal vez pluralizarlo en “pueblos”, pero, en tal caso, ¿quién o quiénes representarían los intereses del conjunto de habitantes de la Nación? Si, por el contrario, se tratara de “un mismo pueblo” el que se manifestó en las tres jornadas, lo que habría que revisar es qué principios, qué convicciones, qué ideales, qué pasiones o qué intereses lo mueven, toda vez que de la contradicción con uno mismo difícil que se obtengan buenos resultados.

Esta observación es válida para otros sucesos y otras jornadas que delinearon nuestra historia. La Revolución de Mayo, por ejemplo, se hizo en nombre del “pueblo”, cuando toda la documentación existente indica que la pergeñó y la llevó a cabo un grupo de ilustrados porteños que encomendó a French y Berutti, una suerte de D’Elía y Pérsico de aquellos días, para que al “pueblo real” lo tuvieran alejado y contenido. Algo parecido había sucedido tres y cuatro años antes con las invasiones inglesas, con las que el pueblo, por lo menos el de Buenos Aires que fue la ciudad invadida, se sentía bastante a gusto y alojaba en sus casas y hasta ofrecía sus hijas casaderas a oficiales y soldados invasores. San Martín desobedeció al Directorio en nombre del pueblo y en nombre del pueblo Lavalle fusiló a Dorrego. En nombre del pueblo, también, Rosas se hizo de la suma del poder público durante veinte años, acabó con todas las libertades y con toda oposición e instrumentó el terror como método. Y en nombre del pueblo, Urquiza lo derrotó en Caseros e impulsó la Constitución alberdiana cuyo Préambulo ostenta representatividad: “Nos, los representantes del Pueblo de la Nación Argentina”. Mitre acabó con Urquiza para unificar el pueblo en todo el territorio nacional, Roca conquistó el desierto para el pueblo, que en ese momento no se cuestionaba si los ‘originarios’ eran propios o extraños,  Sáenz Peña universalizó el voto para el pueblo, aunque excluyó a la mujer, Yrigoyen inauguró el populismo, aunque lo que hoy se entiende como pueblo respondía a los conservadores, Perón le dio a ‘su’ pueblo todo y “al enemigo ni justicia”, decisión que se desconocía cuando otra plaza histórica colmada, la del 17 de octubre de 1945, lo ungió como líder, la Libertadora lo derrocó con ferocidad inédita para “devolverle las libertades al pueblo”, Frondizi alimentó la ilusión de unir al ‘pueblo peronista’ con el ‘pueblo no peronista’, Vandor imaginó que el pueblo podía ser peronista, pero sin Perón, que todavía estaba vivito y coleando, Onganía sobreactuó “el orden” para el pueblo y el setentismo oficializó la consigna “Ni yanquis ni marxistas, / peronistas”, con la cual sobreentendía que, por lo menos, coexistían tres pueblos distintos dentro de las mismas fronteras: uno que era pro yanqui y alababa las bondades del capitalismo, otro que era pro marxista y alababa las bondades de la revolución y otro que era peronista y alababa.

En resumen: ¿de qué se nos habla cuando se menciona la palabra pueblo? ¿quién puede arrogarse una genuina representación popular más allá de transitorias y circunstanciales mayorías de votos, sean legítimos, como los que se obtienen a través de las urnas, o sean declamatorios, como los que cosecharon Videla o Galtieri o los que inducen las encuestas?

En una república representativa y federal, como se pretende históricamente la Argentina, el pueblo es una realidad que contiene la sumatoria, siempre oscilante, de las mayorías y las minorías circunstanciales. La única manera, por lo tanto, de respetar al pueblo es bregando por el ejercicio de las libertades y los derechos de todos, por la tolerancia, el diálogo y la concertación.

 

(Publicado en Facebook el 30/03/2012)

La energía de los buenos

A la gente no le gusta que se toquen estos temas.
Mis lectores son gente: no tendrían por qué sentirse atraídos.
Pero llegado el punto, prima en mí el mandato de la vocación. Usted, lector, puede obviar esta lectura.
Voy al grano:
Teresa de Calcuta goza de prestigio universal.
Hace unos días que otro prestigioso como el Papa Francisco dispuso canonizarla. Enseguida, nomás, empezó el merchandising de Santa Teresa de Calcuta.
A parecida canonización aspira el Papa -creyente, al fin y al cabo, de que hay otra vida- según relata su fallecido biógrafo, Omar Bello, en “El verdadero Francisco”.
Es fácil comprender que, en tanto transita hacia la santidad, prepare desde su paso terreno alguna compañía con la que entretenerse en el paraíso. Brochero, por ejemplo, que es paisano del mismo palo.
El santoral católico rebasa las necesidades. Hay, por lo menos, tres o cuatro santos para cada mal. Y si algo no falta son males en la vida. Multiplique usted para interpretar un número.
Fabricar santos en el siglo veintiuno es tan ridículo como que se apareciera la virgen en el siglo veinte. Las dos cosas, sin embargo, sucedieron y suceden. Si no lo cree consulte el merchandising. De algo hay que vivir. ¿Con qué se sostendría de otra forma la asistencia espiritual de tantos fieles?
Martín Caparrós publicó una nota reveladora sobre la Madre Teresa de Calcuta y su obra ecuménica que causa tanta admiración y genera centenares de millones de adhesiones. Aquí en Junín la reprodujo el periodista Luciano Canaparo, se la puede buscar y leer en http://www.soho.com.co/…/por-que-detesto-a-la-madre-te…/9158
Las conclusiones correrán por su cuenta, no me culpe después de que yo no le avisé.
Una idea rescato que me quedó picando de esa nota: La desconfianza que generan los buenos cuando son demasiado buenos; desconfianza que comparto.
Y sí: Caparrós es un jodido. Canaparo y el que suscribe, seguramente, también.
Coincide con que hace mucho tiempo, cuando Canaparo gateaba o, acaso, ni había nacido; cuando Caparrós y yo, que somos del mismo año, andábamos buscando minas y formas de expresión; cuando Francisco era aún un Bergoglio joven, pero con poder acumulado en plena dictadura; cuando Teresa expandía su obra sana y desinteresadamente; y cuando la virgen planificaba su próxima expedición que, pocos años después y todavía en dictadura, la depositaría en San Nicolás para ordenar la construcción de un templo en su homenaje, Adolfo Bioy Casares escribió un cuento, tan magistral como terrible, que tituló “Otra esperanza” y que incluyó en “El héroe de las mujeres” (Emecé, Buenos Aires, 1979).
Allí habla de un Sanatorio del Dolor, donde no se cura al que sufre, sino que se lo tiene. ¿Para qué dirá usted? Y bueno, para tenerlo. Busque el cuento y lealó, no es muy largo. Tampoco diga que no le avisé si queda espantado y si su mente asocia con cuestiones que ya conoce. ¿Vio cómo son las mentes? Se disparan solitas de puro libertarias. Por eso es mejor sofrenarlas con alguna disciplina, con algún silicio que no ajuste tanto, aunque lastime un poco.
El asunto es que el Sanatorio estaba en el campo y el campo carecía de electricidad. Lo conducía un director buenísimo con la santa colaboración de la jefa de enfermeras. No faltaban los intrigantes, porque siempre el diablo mete la cola. Así, un subdirector conspirador aspiraba a quedarse con el cargo y un conjunto de empleados espasmódicos -la gente- iba y venía entre la beatitud y la perversión. Cerquita, nomás, había un pueblo con parecidas deficiencias energéticas, aunque un intendente progresista y bonachón le hubiera provisto de un mínimo indispensable.
“Parece increíble que un cuerpo tan débil como el mío produzca un dolor tan fuerte”, se quejó un día un interno en el pabellón de los Grandes Dolores, mucho más concurrido que el de los Dolores Intensos y que el de los leves, que pronto dejaron de admitirse porque el lugar se atestó. “De ahí a ver el dolor como una energía malgastada faltaba un paso -el paso de un genio, desde luego- que se completaría con otro más difícil aún: el de encontrar el modo de recogerla y aprovecharla”.
¿No es maravilloso comprender que el dolor es energía y que, como toda energía, puede capturársela, conducírsela y producir beneficios? ¿Para qué curar el dolor, entonces, si se puede cultivarlo?
A poco de la revelación, tan rápidamente captada por la inteligencia divina con que la providencia había agraciado al bueno del director, una cuadrilla de operarios empezó a abrir zanjas y a tender cables entre el pueblo gobernado por el intendente progresista y el Sanatorio de campo dirigido por el santo sabio.
Mérito del director y de la jefa de enfermeras que, no pudiendo curar a sus enfermos, habían conseguido, por lo menos, que les llegara energía. Mérito del intendente que comprendió la necesidad y dispuso de su poder para paliarla.
Pero, ¿traen o se llevan la energía con esos cables?, atinó a preguntarse un empleado.
Fue la última duda que tuvo en salud. Después, una curiosa enfermedad que contrajera en el mismo Sanatorio lo sumó al pabellón de los Grandes Dolores.

¿Y por casa...?

Quino y una mirada sobre la sociedad argentina

Vengo de familia de ferroviarios. Mi padre y mi tío carnal lo fueron; también cuatro de mis ocho tíos políticos. Yo todavía me cocino mis bifes, cuando puedo pagarlos, con una plancha de fundición sacada del ferrocarril. Otras cosas, menos manuables, las fui perdiendo a medida que perdí otras cosas menos estables. Pero, ¿en qué casa de ferroviario se compraba cables para la instalación eléctrica; o bujes, tornillos o bulones; o macetas y portamacetas; o barrales para las cortinas; o pintura para las paredes; o aceite para los motores; o... Si todo podía traerse del ferrocarril, que para eso era nuestro, como satirizaba, domingo tras domingo, uno de los sketchs radiales de "Telecómicos": "Si los ferrocarriles son nuestros / yo quiero vender mi parte", según decía aquella voz que imitaba la marcha del tren.
Y estoy hablando de los honestos -como entiendo que lo fueron mi papá y mis tíos y como lo escribí hace ya muchos años para una revista juninense que se llamaba "El Sol"-. En los talleres de Junín trabajaban, para la época que recuerdo, unos cuatro mil operarios. Supongamos, generosamente, que el ochenta por ciento de ese plantel -tres mil doscientos operarios aproximadamente- fuera gente honesta que sólo traía para sus casas los materiales para el consumo doméstico y multipliquemos valores. Extendamos, después, al resto del país.
Supongamos ahora, no menos generosamente, que un quince por ciento -alrededor de seiscientos operarios- fuera gente honesta, también, pero un poco más solidaria; gente, digamos, que le hacía "la gauchada" a parientes y vecinos para que no se privaran del confort que lucía un ferroviario. Y vuelva a multiplicar. Y vuelva a extender.
Supongamos, finalmente, que sólo un cinco por ciento de aquella masa obrera -sucede en las mejores familias- no fuera gente honesta y admitamos un abanico que vaya del chorrito menor -aquél que disimulaba entre el amplio mameluco, alguna venda de ocasión y otros ardides de Lazarrillo el cobre, el estaño y otras lindezas que traficaba a diario- a los chorros hechos y derechos, conniventes por lo general con alguna autoridad que garantizara la tarea, que arrojaba piezas de todo tipo hacia la calle, por arriba del alambrado, para que recogieran carros y camioncitos que circundaban el perímetro y que trasladaban rápidamente el botín a las también perimetrales fundiciones para reducir de inmediato, para que desapareciera el sello delator que impedía comercializar las piezas libremente. ¿Qué no purifica el fuego al fin de cuentas? Bueno, multiplique y extienda otra vez.
Multiplique, si quiere, operaciones parecidas en otras dependencias del Estado. No se cohíba porque haya sido usted o sus padres o sus familiares o sus amigos; nadie va a preguntarle nada de todos modos, ¡y pasaron tantos años! Solamente multiplique y trate de relacionar, de comprender. Trate de pensar a qué cosa se le llama vaciamiento. Proyecte, si puede, y añada a lo que se roba de manera más virtuosa en tantísimos otros cargos de tantísimas otras funciones. Concluya, elabore una teoría, forme una opinión.
¿Se acuerda cuánto nos molestó que el ex presidente uruguayo Batlle dijera de nosotros, los argentinos, que éramos "todos unos ladrones, del primero al último"? ¡Son tan jodidos los uruguayos estos; y pensar que existen como nación gracias a los argentinos!
Después siguió lo que siguió, lo que todos sabemos. Y desde el ocultamiento de la pobreza, los secuestros y la tortura en manos del Estado represor a la tergiversación de las cifras de desaparecidos y las manipulaciones del INDEC en manos del Estado transgresor, nos acostumbramos a mentir y a que nos mientan. Somos, todos, sobrevivientes de la mentira. Aprendimos a convivir con ella como un chagásico convive con la enfermedad: debilitados, en riesgo permanente, inmunes al asombro. Nada nos sorprende a los argentinos cuando de barbaridades se trata: ni siquiera que maten a un fiscal en la víspera de denunciar a una Presidente en ejercicio.
Por eso es muy difícil, aun por estos días en los que se respira mejor, hacerse una idea clara del estado de cosas, saber a quién creerle, tener alguien en quien confiar. Hasta lo mismo que se denuncia es motivo de sospecha. ¿Fueron activistas despechados los que agredieron y cascotearon o fueron funcionarios que se autoagredieron para reforzar la persecución de los activistas? ¿Fueron las fuerzas de un Estado nuevamente represor las que criminalizaron la protesta o fueron las militancias profesionales despechadas las que se autoagredieron para denunciar los excesos de un Estado represor? ¿Quiénes fueron, quiénes son los que mienten? ¿Quiénes fueron, quiénes son los que actúan? ¿Quiénes fueron, quiénes son los robados y los que roban, los mentidos y los que mienten, los solidarios y los distraídos? ¿Yo, señor? No, señor. Y por casa, ¿cómo andamos?

Ese pecado, la soberbia

Según el desaparecido (¿en un accidente?) Omar Bello, Francisco no se conforma con ser Papa, quiere ser Santo

 Es costumbre extendida –que las redes sociales potencian hasta lo grotesco- oponer un par que se considera virtuoso: humildad-aceptación de Dios como absoluto,  a otro par que se considera vicioso: soberbia-no aceptación o cuestionamiento de Dios como absoluto. Y esto, además de servir al poder que somete desde múltiples ángulos, se contradice en sí.

Humildad es una expresión de origen latino (humilitas) que proviene de otra, ‘humus’, cuyo significado es ‘tierra’. Se considera ‘humilde’, por lo tanto, a todo a aquél que acepta su condición terrena, sus limitaciones como ser finito y natural, y su carácter igualitario en cuanto a derechos y posibilidades con todos sus congéneres, ocupe la posición que ocupe, pertenezca a la etnia que pertenezca, haya alcanzado los honores que hubiera alcanzado.

Soberbia, en cambio, proviene de ‘superbia’, es decir, de considerar que se pertenece a una condición superior a la de sus vecinos por haber sido elegido, para nacer o para convertirse por iluminación providencial,  por el dios o por los dioses. De allí que al soberbio se lo asocie, indefectiblemente, con el arrogante, con el jactancioso: ¿qué puede ser más honroso que haber sido elegido por Dios, pibito? ¿qué parte no entendiste? ¿o no sabés todavía que este Dios justo elige a los biennacidos como yo ( o a los que se someten, como ellos) y excluye a los malnacidos como vos (o a los que se resisten como…? ¿o no sabés, todavía, de qué se trata la Nobleza de los Cielos; de sus escudos, sus ejércitos y sus títulos preferenciales; de sus tropas de arcángeles, ángeles y santos que nos protegen a nosotros, poquitos, pero portadores de toda la Verdad, de toda la Humildad, de toda la Bondad y de toda la Pureza por la Gracia de Dios que nos eligió a Nosotros, a Nosotros, a Nosotros?

Sobre la tierra viven siete mil millones de personas y la historia, es decir la documentación escrita de los conocimientos alcanzados por la humanidad, tiene alrededor de siete mil años. Nada frente al par de millones de años que lleva evolucionando esa misma humanidad. ¿A cuántos millones de personas representa, realmente, cada dios? ¿puede, una ínfima minoría como la católica, por ejemplo, imponer su dios a todos los demás y tratar de ‘soberbios’ a quienes cuestionan a ese dios? ¿o responde esa minoría, consciente o inconscientemente, a la manipulación dominadora que le viene formateando el pensamiento desde hace siglos y la utiliza como frente de combate?

No tengo nada en lo personal contra las creencias y la fe de las personas. Pero se me hace deber moral exponer que no reconozco mayor soberbia que la de todos aquéllos que se sienten hijos de ‘un dios verdadero’ y que rechazo, rotundamente, el calificativo de soberbio para quienes, con las herramientas terrenas que disponen –sin disfraces, sin mitras, sin coronas, sin palios, sin bastones, sin anillos, sin símbolos- y sin auxilio superior ninguno buscan, equivocada o acertadamente, los caminos de libertad, justicia, paz y razón que hagan posibles un desarrollo sano de la humanidad toda, en toda la tierra y para todas las etnias. Ellos son mis auténticos hermanos, los de la tierra, los del humus y la humilitas.

(Publicado en Facebook el lunes 3 de marzo de 2014, a la hora 16,42)

"Tirar todos para el mismo lado"

Tirar, ¿para dónde?

El nacionalismo populista tiene una virtud que hay que reconocer. Ante cualquier gansada -propia, comprada o alquilada- que diga o escriba cualquiera de sus partidarios, están todos los demás acompañando y suman, de esa manera, número o apariencia de número para la causa. No importa cuánta pobreza real y estructural fomentan y fosilizan con sus políticas: borran las evidencias, acallan a los pobres entreteniéndolos con miguitas o, si las miguitas no alcanzaran, con el sojuzgamiento prepotente y la descalificación moral. Viven de la mentira y de los mitos -más próximos a cualquier religión que a la política-, pero son coherentes en la insistencia con que defienden las mentiras y los mitos que los convocan. Ven en sus creencias resumida la totalidad de las cosas -por eso son totalitarios de alma- y embisten a cuanto extraño se les oponga con pasión taurina. Pueden ser calmos y festivos mientras no se los perturbe y se los deje crecer en la sinrazón que deviene lucrativa para unos pocos, pero se vuelven violentos y feroces apenas se les oponen razones que los descolocan y que, lógicamente, no pueden rebatir con argumentos. Ellos representan el Bien y todos aquéllos que los contradigan -coincidan o no entre sí- son representantes del Mal que debe ser combatido y destruido en una batalla permanente y sin fin.
Los que estamos en la vereda de enfrente -llamémonos liberales, demócratas, republicanos, agnósticos o como quieran o queramos llamarnos- adolecemos, en cambio, de un vicio radical: Proponemos, ante cada oportunidad, "tirar todos para el mismo lado"; propuesta que contradice la diversidad y la pluralidad que nos caracteriza y que constituye, por lo tanto, una falacia de la que no sabemos cómo liberarnos. Y nos olvidamos que vivir en democracia y libertad no es "tirar todos para el mismo lado" -eso nos volvería religiosos y totalitarios como los nacionalpopulistas-, sino reconocer las diferencias naturales y lógicas, respetarlas, negociar cada espacio y cada tiempo, discutir cada razón y hallar puntos de coincidencia siempre provisorios y siempre perfectibles y renovables que nos permitan convivir aun en el disenso que enriquece.
Es más difícil, claro, que alcancemos acuerdos duraderos y tarda más en llegar el ansiado equilibrio sin padres protectores que nos dicten lo que tenemos que hacer. Pero cuando el equilibrio se alcanza, los resultados son mejores y mucho más prolongados que las espasmódicas fiestas del nacionalpopulismo. Ese estado de prosperidad en el equilibrio inestable es lo que se llama 'desarrollo' y hacia el 'desarrollo', se supone, coincidiremos en querer avanzar.

Cuatro páginas de apretada memoria

Un "Che" Guevara casi irreconocible, ¿así se entrevistó en Puerta de Hierro con Perón? (Foto tomada del Instituto Manuel Dorrego)

 

. Alguien celebra desde el estribo de un viejo coche sobrehabitado el derrocamiento de un Presidente constitucional.
. Alguien azuza la división del pueblo entre ‘anglófilos’ y ‘germanófilos’ y alienta una fingida neutralidad ante la expansión del nazismo.
. Alguien que se formó con Mussolini se levanta en armas contra sus antiguos camaradas y les impone el rumbo a seguir.
. Alguien alimenta con dineros públicos el crecimiento geométrico de su propia imagen.
. Alguien se asocia con el sector más recalcitrante de la Iglesia Católica para alcanzar la presidencia de la nación.
. Alguien recibe, alberga, protege y garantiza cambio de identidad a una cantidad indefinida de criminales nazis que huyen tras la derrota y el suicidio del Führer.
. Alguien persigue y encarcela opositores –también manda que se torture a muchos de ellos- y entorpece el trabajo de la prensa libre.
. Alguien ordena que todos los niños aprendan a leer con libros de propaganda y exaltación de su imagen.
. Alguien usa la imagen de su esposa enferma para consolidar un poder que empezaba a serle esquivo y después la humilla públicamente obligándola a renunciar a la candidatura con la que soñó.
. Alguien también escribe ‘Viva el cáncer’.
. Alguien rompe con sus antiguos socios de la Iglesia Católica y ordena que le quemen varios de sus templos.
. Alguien desde el supremo poder de la república cooptada atemoriza a su pueblo por cadena nacional amenazando con que ‘caerán cinco de los otros’ por cada uno de los propios que caiga.
. Alguien ordena los infames bombardeos sobre la Plaza de Mayo por los que mueren cantidad de civiles.
. Alguien, tras el golpe de estado que acaba de encabezar, anuncia que ‘No hay ni vencedores ni vencidos’ antes de renunciar por imposición de sus propios camaradas.
. Alguien que había gobernado con la suma del poder público huye y se asila en el exterior.
. Alguien fracasa en su intento por restituir el viejo régimen y termina fusilado con un grupo de camaradas en los basurales de José León Suárez.
. Alguien que había prometido institucionalizar la república se constituye en nueva y férrea dictadura que proscribe al líder exiliado, a su partido y a sus símbolos.
. Alguien entiende que prohibir que se pronuncie el nombre del dictador derrocado alcanzaría para justificar y coronar el éxito de su propia dictadura.
. Alguien que sobreestima la inteligencia que lo distingue piensa que podrá pactar con el líder exiliado, usar sus fuerzas, llegar al gobierno y gobernar de acuerdo con su intención.
. Alguien que desconfía de los unos y de los otros se asocia con un grupo de camaradas que se identifica con el azul y se enfrenta con sus pares que desconfían de los mismos, pero que se identifican con el colorado.
. Alguien decide que es tiempo de acabar con la parodia tras la visita de un muchacho pintón y promitente, pero con boina y con ideas raritas.
. Alguien se anticipa a los golpistas y golpea primero.
. Alguien que se encargaba de imaginar nuevas leyes se encuentra de pronto con que tiene que ejecutar las que están. Y que las que no están ya les serán dictadas.
. Alguien decide que es tiempo de emprolijar las cosas, al menos para la tribuna, y convoca a elecciones.
. Alguien se convierte en Presidente con apenas el 23% de los votos.
. Alguien que desde la actividad gremial había crecido a su amparo, cree que puede reemplazar al líder que opera desde el exilio y hacer política en su nombre; pero sin él.
. Alguien, por supuesto, se encargará de liquidarlo.
. Alguien, que circunstancialmente cambiara la boina por un engominado gardeliano y la ropa de fajina por un buen casimir, cree que podrá convencer al líder y lo visita con su apetitosa propuesta revolucionaria.
. Alguien desalentado y despechado morirá tiempo después en la selva de Bolivia acribillado por las balas militares.
. Alguien de rango insuficiente pide la renuncia del Presidente constitucional; como no la obtiene, pero a cambio recibe una lección de dignidad que ofende su altanería, lo saca a empujones de la casa de gobierno.
. Alguien con cara de morsa y con cerebro de morsa se adueña del poder y se molesta y censura la edición de una publicación humorística porque en tapa lo había caracterizado como morsa.
. Alguien en nombre de la misma morsa ordena que los bastones de la policía irrumpan en la universidad.
. Alguien ajusta en nombre de la morsa y empiezan a perderse los primeros ceros en la inacabable carrera por el desprestigio y la desvalorización de la moneda nacional.
. Alguien se levanta en contra de la morsa desde Córdoba, Rosario o Mendoza, que son los escenarios pioneros.
. Alguien que fuera monaguillo y que estudiara en el Nacional Buenos Aires se junta con otros alguien que fueran monaguillos y que estudiaran en el Nacional Buenos Aires; se sienten jóvenes, superiores y fuertes, aptos para encarnar la ‘revolución desde arriba’.
. Alguien con los otros alguien deciden necesario presentarse en sociedad con una demostración de osadía y de arrojo. Se acuerdan de aquél que echó por tierra el lema ‘Ni vencedores ni vencidos’; lo conocen porque lo frecuentan, lo visitan, lo secuestran, lo mantienen un tiempo cautivo y finalmente lo matan.
. Alguien les admira el patriotismo, el compromiso y el coraje.
. Alguien incluso los distingue como ‘juventud maravillosa’ y como ‘reserva de la patria’.
. Alguien les confía operaciones que se empiezan a multiplicar.
. Alguien les financia las operaciones.
. Alguien que venía de lecturas opuestas y de fallidas experiencias románticas en el norte del país resuelve conveniente asociarse con los porteños católicos.
. Alguien les cede lugares, santos y profanos, desde donde operar.
. Alguien les facilita la logística.
. Alguien recuerda que es tiempo de repatriar al líder para que ordene el caos y complete su ‘inconclusa’ revolución.
. Alguien que viene de la facción azul y que encabeza una nueva dictadura opina públicamente que al líder ‘no le daría el cuero’. Su yerno atruena, mientras tanto, con el ‘argentino hasta la muerte’.
. Alguien mata a diestra y a siniestra: adultos y menores; hombres y mujeres; uniformados y civiles; ajenos y propios.
. Alguien pone fecha al retorno del líder y se monta la fiesta popular; alguien, cuando llega, le sostiene el paraguas.
. Alguien que ni sueña con llegar a famoso presta su nombre para que el líder proscripto acceda al poder y mientras tanto ‘gobierna el país’ por cuarenta y tantos días.
. Alguien abre en ese tiempo las puertas de las cárceles.
. Alguien, levantada la proscripción, organiza el retorno definitivo del líder para que retome el gobierno. Se monta una segunda fiesta popular, con un par de millones de personas movilizadas y eufóricas que nunca verán a su líder, pero que serán testigos de la masacre que su nombre acontece.
. Alguien decide que es tiempo de acabar con el señor del paraguas y lo acribillan a balazos.
. Alguien dice que al líder con esa muerte ‘le cortaron las piernas’.
. Alguien que al poco tiempo será poderoso, opera en las sombras y con extraños mecanismos, pero al amparo del mismísimo líder.
. Alguien concluye que el líder los empezaba a defraudar; alguien, por el contrario, que la juventud ya no le parecía tan maravillosa.
. Alguien ordena el retiro de la Plaza, mientras el líder se lleva a otro lugar ‘la más maravillosa música’.
. Alguien que lo sucederá con más pena que gloria anuncia su muerte entre sollozos.
. Alguien decide que es momento propicio para acelerar la sucesión e intenta primerear a la multitud de herederos.
. Alguien se radicaliza, alguien pasa a la clandestinidad, alguien organiza clandestinidades paralelas.
. Alguien forma y ordena los escuadrones de la muerte.
. Alguien gobierna como puede entre Chapadmalal y Ascochinga.
. Alguien de un lado y alguien del otro hace bastante tiempo que dejaron de responderle.
. Alguien que después disputará la presidencia firma un decreto para ‘aniquilar la subversión’.
. Alguien ordena la remoción de la Junta Militar y le confía a los nuevos componentes la tarea de aniquilamiento.
. Alguien cercano a la Junta Militar irá confeccionando el programa para una situación que ya no tiene retorno.
. Alguien se entera por la radio de que el gobierno constitucional había caído durante la mañana de un 24 de marzo. Lejos de preocuparse o entristecerse, festeja con los amigos y con la familia.
. Alguien con voz ceremoniosa le informa al festejante –y a los millones de festejantes que se replican en el país- de qué manera ‘se recuperaba el orden’ a través de una sucesión de comunicados que perfilan el consiguiente ‘proceso de reorganización’.
. Alguien ordena los primeros secuestros y las primeras matanzas; después, los primeros apremios ilegales y las primeras torturas.
. Alguien cuestiona los ‘procedimientos’, alguien confirma que ‘resultan necesarios’.
. Alguien denuncia los excesos públicamente, alguien ordena que lo maten.
. Alguien empieza desesperarse por la desaparición de familiares, vecinos y conocidos.
. Alguien que vio guarda silencio; alguien que oyó guarda silencio; alguien que se enteró guarda silencio; alguien al que le mostraron no creyó.
. Alguien lava su conciencia al conjuro milagroso del ‘algo habrán hecho’.
. Alguien empieza a rodear la plaza con un grito desgarrado y silencioso que reclama justicia.
. Alguien empieza a transitar con cuidado y a desconfiar de todos y de todo.
. Alguien nuevo desaparece cada día, a la vista de todos y con destino incierto.
. Alguien pone una bomba y la hace estallar debajo de la cama de su amiga adolescente.
. Alguien celebra con alborozo el Mundial de fútbol y alguien, incluso, se abraza en el festejo con el carcelero que acostumbra torturarlo.
. Alguien con impunidad le grita al mundo que los argentinos somos tipos ‘derechos y humanos’.
. Alguien también populariza los papelitos.
. Alguien define a los desaparecidos como: ‘Eso, desaparecidos; no están’.
. Alguien le suministra la comunión al definidor.
. Alguien imagina desde su delirio una contraofensiva exitosa y manda a morir a los pocos que se habían salvado.
. Alguien disimula con plata dulce las heridas sangrantes de un país que agoniza.
. Alguien aprovecha la simulación y monta su carrera de abogado exitoso.
. Alguien autoriza la timba de financieras y bancos y la economía estalla en pedacitos, arrastrando en su desmadre a los arrastrados de siempre.
. Alguien decide conveniente distraer el disgusto ‘recuperando’ Malvinas.
. Alguien desafía al Principito que atraviesa el Atlántico al mando de su flota.
. Alguien llega desde Roma para ponerlo en su lugar y 'aconsejarle' que se rinda.
. Alguien esconde los sobrevivientes al regreso para salvar las apariencias de una derrota digna.
. Alguien deduce que es preciso buscar una salida democrática y nombrar un dictador de transición.
. Alguien se preocupa para que antes se pacte con sindicalistas, religiosos y políticos la impunidad de los salientes.
. Alguien negocia en el extranjero dineros sucios de secuestros y extorsiones con antiguos enemigos.
. Alguien pergeña la aparición de la virgen, para que distraiga la atención y ocupe en la construcción del fastuoso templo que en su honor encomienda a parte de los desocupados por las quiebras siderúrgica y textil en la conflictiva zona del milagro.
. Alguien, enseguida, ve oportuno reactivar el turismo.
. Alguien que ganará las elecciones cuando nadie se lo esperaba manda que se investigue y que, si cabe, se juzgue y se condene a los responsables del terrorismo y del terrorismo de estado.
. Alguien trata de abortar el intento, pero un pueblo advertido y cansado se lo impide.

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Hasta acá lo que mi memoria cascoteada y desprolija se permite recordar en un paseo de democracia a democracia. Después, con la consolidación institucional, llegarían episodios que más o menos conocemos todos y que quedarán para ser revisados en mejor ocasión.
No sé si serán muchos los que hoy, 24 de marzo, se tomen el trabajo. De los que fueren, cada uno dará formas a sus propios recuerdos, a sus propias emociones y a sus propias vivencias, a sus convicciones más íntimas y a sus fuentes más confiables de información. Para eso se supone que existe este feriado. Aun cuando el turismo explote en todas partes a caballito de una idea magistral que se heredó de ‘la derecha’. ¡Oh, sorpresa! Como sucediera con el Prode, basamento de la explosión incontenible de los modernos juegos de azar, que tanto rinden y que tanto se multiplican y empobrecen al pueblo en beneficio de campañas electorales y financiación de favores, fue el viejo ‘gorila’ Francisco Manrique, un protagonista prominente en aquellos tiempos de fusilamientos en el basural, quien ideara los ‘feriados largos’ para favorecer el turismo cuando ocupó una secretaría al efecto durante el gobierno de Alfonsín. A esta gestión ‘nacional y popular’, tan distinta y tan distante de la derecha ‘gorila, reaccionaria y golpista’, le cabe el mérito de haber anexado los feriados puente para perfeccionar el ‘método Manrique’ de distracción y recaudación.
Tal vez sea lo que amerite el feriado, tal vez ni siquiera; nos diga lo que nos dijera la meneada propaganda.

 

(Texto publicado en mi Página de Facebook el 24 de marzo de 2015)

La vara

Cid Campeador

“Grado a Ti, señor Padre, que estás en lo alto” -expresa el Cid, héroe entre los héroes para la tradición española y cristiana, reconociendo que por encima de su fama y su gloria -también por encima de su caída- estaba Dios como Padre. Es decir: como principio y causa, como orientador y acompañante; como hospitalario sostén. ¿Quién es más importante para el anónimo juglar que compuso el Poema: el Cid o Dios?
Con mis hijos, con la mamá, con amigos, solemos intercambiar opiniones en charlas de sobremesa o de café acerca de los intérpretes de la canción y de la música que nos gustan. Y es común que se plantee preguntas parecidas: “Sabina me gusta más que Serrat” -dice uno o una-; bien, pero sin Serrat, ¿Sabina sería posible? ¿O sin Bob Dylan -como enriquece otro?
Jueguitos como éste pueden extenderse hasta que la imaginación y el conocimiento lo permitan; lo que me interesa abordar en este texto es la cuestión de la paternidad o la maternidad como valor comparativo, como medida de referencia imprescindible para la filiación.
Es teoría que desarrollo en distintos ensayos -sobre todo, en “La cancelación de lo útil” (www.claudioportiglia.com) – que entre todos los útiles que diseñó el hombre a través de su evolución, hasta consolidarse como criatura superior y dominadora, Dios constituye el útil supremo, el único al cual se subordinó después de haberlo inventado. ¿Por necesidad? ¿por comodidad? ¿por miedo a lo que se mantiene fuera de su comprensión y su alcance? ¿por culpa? ¿por disponer, desde la inteligencia de unos pocos, de un instrumento infalible para la dominación de todos los demás?
Lo cierto es que la historia la protagonizaron los hombres -aun las historias épicas, las historias sagradas y las vidas de santos-, pero Dios o, en su defecto, los dioses sobrevolaron y sobrevuelan todas las historias como reaseguro: principio y fin, alfa y omega, según las reiteradas formulaciones del lugar común.
Esto viene a cuento por dos razones.
Una, porque leyendo esta mañana un artículo de Borges sobre la literatura portuguesa -acerca de la cual opina que, aun teniendo notables como Camoens, Eça de Queiroz o Sá de Miranda, no influye sobre las otras literaturas nacionales como sí lo hacen la española u otras literaturas europeas- descubro y subrayo este pasaje: “Como Boscán, Sá de Miranda es menos importante para la literatura que para la historia de la literatura; sus obras valen principalmente por el ambiente que formaron, por el estímulo que dieron a otros”. Me pregunto: ¿es menor el mérito de Boscán y de Sá de Miranda? ¿o es, cuanto menos, igual que el de los grandes escritores que los sucedieron y que se nutrieron con sus novedades para generar, a la vez, nuevas influencias, nuevos puntos de quiebre, nuevas rupturas fertilizadoras, nuevas éticas y nuevas estéticas? ¿Cómo imaginar a Garcilaso sin Boscán? ¿cómo imaginar el Siglo de Oro sin Garcilaso? ¿cómo imaginar a Machado o a Darío sin el Siglo de Oro?
La otra razón -subsidiaria y concomitante- es tratar de evaluar cuán alto deberían colocar la vara los padres o las madres fundadores para que sus hijos o sus discípulos la superen. O, puesto en otras palabras y pensando en el progresivo mejoramiento de la condición humana, ¿cuánto y hasta dónde debe apretar Dios para impulsar a la prole sin ahorcarla? ¿cuán amorosa y contenedora debería ser su prestación para que anime y provea sin que discapacite?

Punto de vista

 

Sé que hay conceptos socialmente instalados, que gozan de prestigio, pero con los que suelo no coincidir. Son los relacionados con las ideas de totalidad, de verdad, de absoluto. De pueblo, incluso, cuando se lo pretende unidad homogénea o, en su defecto, cuando se lo pretende representación uniforme y excluyente de una clase o de un sector.

No puedo ser católico, como es obvio, ni puedo ser marxista. Pero tampoco puedo servirme de una elasticidad que esté tan bien en un sector como en el otro; o en todos a la vez, disimuladamente.

En mi país no gustan demasiado los tipos como yo. A mí tampoco me gusta demasiado mi país. Y sin embargo lo amo y no lo dejaría, como ya lo expresé.

Para ir al grano:

No puedo concebir una verdad absoluta –ni terrenal ni divina-; no puedo suscribir, en consecuencia, ninguna religión –ni sagrada ni pagana-.

No puedo concebir la totalidad sino como armónica suma de las partes en constante mutación y, por lo tanto, imperfectas a la vez que perfectibles.

Del mismo modo, no puedo concebir el universo sino como caos en busca de ordenamientos transitorios.

Para no irme demasiado lejos, con riesgo de perderme sin posibilidad de volver, no creo en fórmulas que, aun bienintencionadas, me parecen carecientes de lógica. Por ejemplo:

No creo en un amor para siempre; y hasta el mismo concepto ‘siempre’ me parece resbaloso, por totalizador.

No creo, en la misma dirección, que pueda firmarse para siempre ningún tipo de contrato; menos el conyugal, mucho menos el social, y menos que menos el político.

Sin embargo, creo en los sistemas humanos y en la mecánica que los mueve y los adapta y que, como los sistemas y la mecánica del universo, se ordenan transitoriamente a partir de coincidencias parciales que tienden a la armonía.

Descreo, por considerarla falaz, de la antinomia ‘competir o compartir’. Descuento que la solidaridad y la justicia social son valores sumamente apetecibles que deben cultivarse y administrarse con dedicación y esmero, pero valoro de idéntica manera la competencia que caracteriza el comportamiento animal y, consecuentemente, el superador comportamiento humano que ha sabido y sabe civilizar la competencia meramente instintiva o pasional.

Porque la competencia existe, existe la ley; porque la ley existe, existe la armonía; porque la armonía existe, se puede compartir. Cualquiera de estas instancias escritas con minúsculas: son contingencias, no totalidades ni eternizaciones.

En esta línea de comprensión, valoro por igual el respeto (la cosa del pecho) que la idea (la fuerza de la inteligencia) y que el amor (la entrega del espíritu). Me molesta cualquier atropello contra esos valores, incluso el que se deriva de ellos mismos puestos en competencia. Pretender que un valor prime sobre los otros conduce a criterios piramidales de totalidad.

Amo, pienso y respeto; tengo derecho a esperar correspondencia y tengo la obligación de corresponder a los demás.

No me gusta, por lo mismo, que se me ignore, se me calle, se me maltrate. Exijo que mi presencia –aun en minoría, aun en soledad- valga como cualquier presencia.

La propaganda –un catecismo, un libro de instrucciones sagradas también lo son-, la hipocresía y la demagogia que las resume contradicen la pluralidad, atentan contra la armonía y generan violencia.

La libre expresión, la sinceridad y el diálogo –es decir, el dar forma en conjunto a cada conocimiento- son sus contracaras.

Aspiro a vivir en paz. También en movimiento.

El orden, los miedos, la reacción

 Por definición, el reaccionario es un conservador del orden establecido como él lo conoció. Si conoció el orden católico, será un tozudo católico; si conoció el orden estalinista, será un furioso estalinista; si conoció el orden militar o fascista, será un militarista o fascista disciplinado. No importa si antes de que él viviera hubo otros órdenes que funcionaron mejor o si después, mientras envejece, otras propuestas ofrecen mejores expectativas. El reaccionario es cobarde y es necio; no acepta cambios ni modificaciones de ninguna naturaleza que alteren su corsé mental. Todo fanático, sea de lo que fuere, del fútbol  o la música a la política o la religión, es un reaccionario. Difícil entenderse con tipos así, difícil dialogar. Difícil, por lo tanto, que madure una democracia hasta dar sus mejores sabores, sus mejores calores, sus mejores semillas. Difícil porque la democracia se construye sobre la base del diálogo, que significa dar forma al conocimiento de a dos, dar forma a un sistema en conjunto. La democracia es diálogo. Y la república, el único sistema político conocido hasta ahora que lo permite. Pero la república, la cosa de todos, no el republicanismo que, como todo ‘ismo’, es una reacción más, una forma del fanatismo temeroso y obsecuente.

Hoy, en Latinoamérica toda y en mi país, la Argentina, muy especialmente, los reaccionarios son mayoría. Superpueblan la derecha, como es tradicional, pero también la vieja izquierda, que degeneró en populismo nacionalista y cerril. La revolución transita por los senderos del conocimiento y el coraje, pero son poquísimos los que están dispuestos a explorarlos.  El panorama, entonces, se oscurece. Puede pronosticarse un desenlace poco feliz, porque cuando el reaccionario se ve acorralado; como todo miedoso, como todo obsecuente, como todo necio; huye atropellando, provoca violencia, desata el caos al que tanto temía.

El fútbol, tan considerado por los latinoamericanos y por mis compatriotas en particular, ofrece buenos ejemplos para comprender por analogía. Primero porque, como la religión, genera los fanatismos más irreductibles: en ambos casos la pasión enceguece  la razón, por lo que el humano se animaliza y el más astuto se sirve del más imbécil, como lo demuestra por estos días una perversa publicidad de telefonía móvil, protagonizada por un chiquito encantador que deja a la sociedad un mensaje temerario. Es el famoso encanto de las sirenas que viene amenazando y mostrando su peligrosidad graciosa desde los míticos tiempos de Ulises y La Odisea. Segundo porque, como se ve en mi país con claridad, no importa que haya o no enemigos ciertos que acechen desde afuera. No alcanzó, para frenar la violencia y las muertes, con que la AFA y el Gobierno, tan reaccionarios y tan necios la una como el otro, prohibieran el acceso a los estadios de público visitante. Se matan por el botín entre los hinchas de un mismo equipo, se destruyen entre pares; y siempre con la complicidad más o menos explícita de los bobos que les compran entradas, gorritos, banderines, viajes, estacionamiento o protección. Estos, los bobos, son el sostén de toda la reacción. El reaccionario –miedoso y cobarde- ve enemigos por todos lados, desconfía hasta de la sombra que proyecta y generaliza, desde esa desconfianza irracional, la teoría del complot permanente. Si me defiende es mi amigo, si no, mi enemigo. A lo Escobar Gaviria. Entonces las barras se destrozan entre sí, las dirigencias se destrozan entre sí, los planteles se destrozan entre sí. Esto, en la jerga, se llama corrupción. Y la corrupción es el caldo de cultivo de los mayores desastres históricos.

Se ha dicho, con razón, que toda guerra es, de algún modo, una guerra civil. Este año se cumple el centenario de la primera Gran Guerra que enlutó a todo el mundo durante todo el siglo pasado. Si uno revisa la historia, se informa sobre los antecedentes, observa las reacciones, analiza la calidad humana de  los líderes, describe los hechos y observa las consecuencias verá, sin mucho esfuerzo, que con las variantes propias de la época y el territorio, la cosa empezó de manera bastante parecida a lo que ocurre hoy en América Latina. Abundan los intereses encontrados;  abundan los líderes inescrupulosos y nocivos, de un lado y del otro del espectro político, pero también entre moralistas, intelectuales y religiosos que buscan espacio y momento para que progresen sus quintitas; y abundan, principalmente, los reaccionarios, que se multiplican a medida que se multiplica la ignorancia, siempre alimentada por la comodidad.

Es una observación la que hago, no se trata del apocalipsis. Pero como nunca antes en sus dos siglos de historia independiente, América Latina está acechada por los fantasmas de su propia reacción. Hay tiempo, todavía, para darse cuenta.

 

(Publicado en Facebook el jueves 13 de marzo de 2014, a la hora 11,30)

Crecen así

Ajusticiamiento callejero

-¿Pero vos atropellarías a una persona que se te cruza? -le pregunté, en clases y no mucho tiempo atrás, a un alumno que maneja desde hace rato, fuera incluso de su propio distrito.

-No; si no tengo el seguro al día, no -fue su respuesta, entre inocente e inconsciente.

 Viven así, crecen así; sus familias razonan así por reputadas que fueren, y lo transmiten tal como lo razonan, con o sin voluntad de daño. Muchos docentes tal vez lo entienden así, aunque lo callen o lo disimulen. El mismo ámbito de pertenencia diaria admite como normal que sea así; nadie se asombra ni mueve un dedo ni levanta la voz por cuestiones como éstas que son caldo de todos los días. Importan uno y su entorno inmediato; los demás son cosas, circunstancias, accidentes. Y si el seguro nos cubre...

 Llévese el caso de la anécdota, uno entre tantos y si se quiere nimio, a cada espacio de encuentro y participación social, a cada calle o cada ruta, a cada competencia, a cada tribuna y cada honor mal entendido, a cada boliche, a cada escuela del nivel que sea, a cada rencor y a cada resentimiento, a cada envidia, a cada disputa menor por celos o amoríos menores, a cada viaje, a cada recital y se comprenderá por qué los argentinos nos acostumbramos a vivir de tragedia en tragedia, rasgándonos las vestiduras en arrebatos pseudojusticieros, que alimentan las redes y la televisión, pero devueltos al chiquero de nuestras bajezas ni bien las luces se apagan y las aguas se calman un poco.

 

(Publicado en Facebook el jueves 1 de mayo de 2014, a la hora 14,30)

Rosas, Yrigoyen y Perón según Tristán

Perón y el peronismo según una caricatura de José Antonio Ginzo "Tristán"

De promesas y frustraciones:  el lúcido análisis de un argentino notable

 

Con estrechos vínculos familiares en Junín, José Antonio Ginzo, Tristán, nació en el partido de Lincoln el 22 de julio de 1900 y falleció en Buenos Aires en 1968. Artista plástico, caricaturista  y escritor, dibujó durante años para La Vanguardia, donde compartió espacios y trabó una singular amistad con otro notable de la literatura argentina, Enrique Anderson Imbert, quien alguna vez lo recordara así: “...José Antonio Ginzo y yo trabajábamos juntos  en una de las salas de redacción de La Vanguardia. Fueron los años más nobles de mi vida. Yo escribía glosas; Ginzo las ilustraba con el seudónimo Tristán. Nos inspiraba el mismo amor a la Argentina, el mismo impulso de justicia social, los mismos ideales de decencia y de libertad. Siempre, en esa colaboración, tuve la certeza de que las líneas a tinta de Ginzo aventajaban, en expresión y efectividad, mis lentas palabras de periodista. Ah, es que Ginzo no se limitaba a dibujar lo que yo decía, sino que repensaba el tema por su cuenta”.

Esto que narra Anderson Imbert ocurrría hacia 1940 y los datos fueron tomados de un magnífico artículo que Rubén Américo Liggera escribió para el número 4 de Junín es Plural (13 al 19 de febrero de 1998, pp 12 a 15). En el mismo artículo se reproducen algunos fragmentos de Franqueo simple, libro que Tristán editara en 1961 con sello de Ediciones GURE, Buenos Aires y que llegara a mis manos por donación del recordado profesor Nicolás Campasso. De Franqueo simple, precisamente tomo el texto que reproduzco para Las doce y una, convencido de que echará una luz necesaria a la visión distorsionada de la historia que impone, en la actualidad, el poder dominante.

Claudio Portiglia 

("Las Doce y una" Número 2, pp 3 y ss / Noviembre de 2010 / Junín, Bs. As.)

 

 

Las tres frustraciones

La primera se llamó Juan Manuel de Rosas.

Cuando Rosas llegó al poder, favorecido por los errores tácticos del partido unitario, hay en el país un deseo de paz y de orden; se acepta, como mal menor, la presencia de un gobierno fuerte que ponga fin a la anarquía y al atropello. Rosas es el hombre aparente; es el “labrador honrado”, algo así como un Cincinato criollo, muy popular en la campaña bonaerense, que une a su prestigio social una sólida posición económica. Se le sabe enérgico y de espíritu práctico. Cuenta con la confianza de los caudillos federales. Sus antecedentes políticos son tranquilizadores. Como solución de emergencia, Rosas es el hombre.

El antiguo virreynato no ha podido evitar un penoso proceso desintegrador; las Provincias Unidas, a su vez, se han desangrado y empobrecido en su cruzada emancipadora y en extenuantes contiendas civiles; y para remate, la guerra con el Brasil, ganada en el terreno militar, se pierde en el terreno diplomático. El país pide concordia, olvido de los agravios, canalización inteligente de todas las posibilidades argentinas. Se espera, en suma, un gobierno autoritario, pero capaz de conjugar, con criterio realista, los tres grandes verbos rivadavianos: poblar, educar, legislar.

Rosas, estanciero de maciza mentalidad colonial, hace todo lo contrario. Trae consignas de odio y exterminio, mancha su nombre y el de su patria con crímenes execrables, y en casi veinte años de poder absoluto, nada crea de estable y duradero. Pudo organizar el país y no quiso. Se proclama el campeón del federalismo y ejerce de hecho el centralismo más crudo. Y frente a las pretensiones de Francia e Inglaterra, cuando se cuadra como adalid de la soberanía nacional en realidad está defendiendo con habilidad y firmeza los privilegios del puerto y la aduana de Buenos Aires, pilares económicos de la oligarquía porteña.

Y al final tiene que acabar con el Ilustre Restaurador una cuña del mismo palo, Urquiza, cuya grandeza es poco apreciada todavía por aquellos que siguen haciendo historia nacional con prejuicios localistas.

¿Cuánto nos ha costado la frustración Rosas? Por lo menos, veinte años de trabajo fecundo, experiencia institucional y desarrollo económico. Son veinte años perdidos que aún nos pesan, porque a estas alturas deberíamos contar con cincuenta millones de habitantes, haber superado esa media docena de problemas de organización y estructuración que venimos arrastrando hace un siglo y ser uno de los pueblos más adelantados del mundo.

En cambio...

 

 

La segunda se llamó Hipólito Yrigoyen.

A partir del setenta, la Argentina crece en forma vertiginosa y desordenada. Es la era aluvial, según José Luis Romero. La vieja oligarquía, con el capital y el trabajo extranjeros, se enriquece y se esnobiza, obediente al imperialismo británico que ha tomado pacífica posesión de nuestra economía. Es la tan mentada época de las vacas gordas y los peones flacos, que algunos añoran y otros tratan de resucitar.

En ese impulso, sin embargo, hay una zona en la que el progreso y la ilustración se han detenido: la política. Allí impera la ley del fraude, la violencia y el acomodo. No existen partidos políticos; existen empresas electoralistas con las que la oligarquía se mantiene en el poder. (La excepción, desde 1898: el socialismo.) Pero ocurre que los hijos de los “gallegos” y de los “gringos”, los nuevos argentinos, exigen un lugarcito bajo el sol. Son abrumadora mayoría. Para evitar o demorar un catastrófico derrumbe oligarca, Sáenz Peña logra su famosa ley electoral.

Es cuando aparece y llena el primer plano la figura nebulosa y desconcertante de Yrigoyen.

No ha escrito un libro, no ha pronunciado un discurso, ni siquiera se conoce su persona física, pero ha creado un mito: es el Mesías que esperan las masas argentinas, ansiosas de nuevos rumbos y nuevos horizontes. Esperan de Yrigoyen –el primer presidente elegido por el voto popular, y fustigador implacable de los vicios del “régimen falaz y descreído”- que afiance la estabilidad jurídica, que sanee las costumbres políticas y administrativas, que dignifique la función del maestro, que acelere el progreso cultural, que frene los excesos del privilegio, sea éste social, militar o eclesiástico. En síntesis, algo semejante a lo hecho en la orilla de enfrente por Batlle y Ordóñez. Programa nada subversivo y de promisorias proyecciones en el futuro.

Yrigoyen nada hace. Desperdicia su tiempo, sus energías y sus indudables buenas intenciones en una política menuda, de vuelo bajo, inoperante primero, contraproducente después. En lo económico y social, su fórmula es no innovar. Se aprueban algunas leyes obreras, de inspiración socialista, pero no se vacila en reprimir con mano durísima las protestas de los trabajadores. Quizá la explicación está en que Yrigoyen llegó al gobierno con un tremendo atraso mental. Posiblemente en 1900 hubiera hecho una discreta administración de corte paternalista; en 1920, con los colazos de la postguerra y las sacudidas de la revolución rusa, los problemas resultantes  superaban sus modestas condiciones de estadista. Nunca supo distinguir a un socialista de un anarquista, y menos de un comunista.

Cayó sin pena ni gloria. Ni se defendió ni lo defendieron. Su gran popularidad de nada le sirvió en la hora crítica. Quizá por un tardío complejo de culpa, los que ahora invocan su nombre y su ejemplo, llenan de honores oficiales su memoria. A su frustración debemos los argentinos esa serie de saltos en el vacío que el país está dando desde 1930.

 

 

La tercera se llamó Juan Domingo Perón.

El cuartelazo del 43 derriba a la oligarquía fraudulenta. Los coroneles creen en una victoria nazi que los hará procónsules de Hitler en América del Sur. Pero sucede que el Eje es derrotado. ¿Qué hacer? ¿Insistir en ese callejón sin salida, volver a fojas uno o retornar contritos al seno del radicalismo? No saben a qué santo encomendarse.

Como por arte de magia, aparece entonces el hombre providencial, un coronel astuto, ambicioso e inescrupuloso que inventa el justicialismo. ¿Qué es el justicialismo? Es la noble, la anhelada justicia social, pero a la manera de Perón.

El hallazgo es oportunísimo. Los trabajadores argentinos son parias en su propia tierra. La oligarquía industrial-ganadera, que ha acumulado ganancias fabulosas durante la segunda guerra mundial, se muestra intratable frente a las justas demandas obreras. Perón, hombre fuerte de la dictadura militar desde 1944 y llevado al poder en 1946 por un esperanzado movimiento de masas, juega a dos puntas: permite que la oligarquía siga amontonando riquezas, pero la convence de que arroje algunas migajas a sus asalariados. Porque migajas son si se comparan los beneficios del empleado con las del empleador.

En última instancia y en dos palabras, el tan sonado justicialismo es esto: una demagogia de apariencia obrerista, servida por una propaganda que hubiera envidiado el doctor Goebbels, por el soborno de muchos dirigentes sindicales y por mejoras hábilmente dosificadas y estrepitosamente pregonadas.

Perón –y esto es lo que lo condena ante el juicio histórico- pudo haber realizado esa gran revolución incruenta que reclama el estancamiento argentino. Podía hacerlo. Tenía en sus manos todos los elementos necesarios: materiales, legales y psicológicos. Y tenía un mandato que cumplir. En cambio, y con una irresponsabilidad que pasma, repite, modernizándolos, los peores vicios de los clásicos unicatos criollos: suprime las libertades básicas, saquea los cuantiosos fondos públicos, envilece la moneda, politiza pro domo sua las organizaciones obreras, desprecia los valores morales e intelectuales y mandonea al estilo fascista. Al final, rodeado de obsecuentes, chapuceros y malandrines, pierde el sentido de la medida y el decoro, y termina por confundir gritos con ideas. Y el tinglado se viene abajo cuando grupos civiles, un  diez por ciento del ejército y casi toda la flota se sublevan en 1955. Perón sólo atina a huir. Porque –conviene recordarlo- este coronel astuto, ambicioso e inescrupuloso, es también cobarde.

No podemos apreciar todavía la magnitud de la frustración Perón, agravada por los desaciertos de sus sucesores, pero la desgraciada situación del país nos está diciendo que sus efectos son más graves y más profundos que en las anteriores, porque aquí se afectó el temple moral de la nacionalidad y se malogró estúpidamente la liberación económica y social del pueblo argentino.

Ojalá sea esta frustración la tercera y última.

 

José Antonio Ginzo, Tristán

Tomado de su libro Franqueo simple,

Ediciones GURE, Buenos Aires, 1961; pp. 101 a 105

Los tres pasos del aprendizaje

ENSEÑANZA: Esto es una pistola. Éste es el cargador, éste el percutor, éste el gatillo. Éstas son las balas. Éste es el seguro. Tiene tal alcance y tal grado de impacto. También tal grado de reacción al gatillar.

INSTRUCCIÓN: Así se toma la pistola. Aquél es el blanco. Tomá la pistola, apuntá, tirá.  Ensayá hasta tomarle la mano. Firme, pero relajado. Respirá bien. Acomodá el cuerpo. Concentrate en lo que hacés. Entrená todos los días.

EDUCACIÓN: ¿Es necesario usar una pistola? ¿para qué?