Enamorarse de oídas, odiar de oídas

Chávez, Trump, Perón: esos oscuros objetos del deseo.

Cuando Borges refuta la doctrina platónica (‘Historia de la eternidad’, I) desliza, junto con la contundencia de los argumentos, una referencia que me parece magistral. Dice, para ilustrar el comportamiento que el idealismo induce:
“El ejemplo extremo, el de quien se enamora de oídas, es muy común en las literaturas persa y arábiga. Oír la descripción de una reina -la cabellera semejante a las noches de la separación y la emigración pero la cara como el día de la delicia, los pechos como esferas de marfil que dan luz a las lunas, el andar que avergüenza a los antílopes y provoca la desesperación de los sauces, las onerosas caderas que le impiden tenerse en pie, los pies estrechos como una cabeza de lanza- y enamorarse de ella hasta la placidez y la muerte es uno de los temas tradicionales de ‘Las mil y una noches’”.
Así funciona el fanático de cualquier tendencia: enamorándose de oídas. Es decir, enamorándose de lo que le propone -o le impone- un relato.
Toda religión tiene un libro sagrado; toda ideología, un libro capital.
El fanático religioso se enamora de un dios que no vio ni verá y de los arquetipos que lo representan: ángeles, vírgenes, mártires y santos. El fanático político se enamora de una revolución que no ocurrió ni ocurrirá y de los arquetipos que la representan: héroes, líderes, mártires y caudillos. El fanático desprecia “la abstracción” de las instituciones republicanas y su tendencia natural al equilibrio de los poderes. El fanático ama “la encarnación” de la idea y le confía al que la encarna la totalidad del poder. Se es esclavo de un dios como se es esclavo de un líder. La única ley es la que se dicta, nunca la que se debate, se corrige, se perfecciona, se adecua.
Y así como hay un dios y una revolución -el Bien Supremo- para enamorarse de oídas, tiene que haber, de acuerdo con el relato, sendos demonios -el Mal Supremo- para odiar de oídas. ¿Quiénes representan a esos demonios? Todo hereje que cuestione, que discuta o que se oponga al dogma impuesto por el Bien Supremo. Cualquier argumento de esos herejes quedará invalidado de entrada. Se impondrá, como contraparte, el argumento capital y único del fanático, que es el argumento ‘ad hominem’: Si lo dicen Dios o el Líder es bueno; si lo dicen quienes lo cuestionan, es malo y, a quienes lo dicen, se los negará, se los difamará, se los combatirá, se los perseguirá, se los destruirá.
El fanático -religioso o político- se enamora de oídas y odia de oídas. Y se comporta con puerilidad de enamorado. Es un chico caprichoso y obsecuente que se cree portador -¡y merecedor!- de la fuerza y de la verdad. Incapaz de elaborar y de sostener una argumentación, el fanático responde a dictados. Por eso todo idealismo conduce, indefectiblemente, a dictaduras, muchas de ellas totalitarias.
En Latinoamérica sabemos bastante de estos comportamientos, tanto en materia religiosa como en materia política, por derecha y por izquierda, y el giro norteamericano hacia las políticas de Trump -tan nacionalpopulistas, tan latinoamericanas- prenuncia turbulencias de efectos imprevisibles. El idealismo es pródigo en internas -cada gran guerra, en Eurasia, no fue sino una guerra civil- y la América del siglo veintiuno se está pareciendo demasiado a la Eurasia del veinte.

Occidente

Pitágoras

“Con el número dos nace la pena.”
Así concluye uno de los sonetos de “Los aguiluchos”, primer libro de Leopoldo Marechal del que después renegaría su autor, al punto de quitar su mención de la bibliografía.
Recordé ese endecasílabo mientras leía historia de las matemáticas y, en particular, apuntes sobre el pitagorismo.
Por más que ahora se lo confunda con el capitalismo cristiano -y su impronta naturalmente conservadora, no liberal- Occidente es el mundo que emergió y se fue formando sobre la base de la filosofía y la mística de Pitágoras -él mismo, un personaje de leyenda, mitad histórico, mitad mítico- que reveló el “cosmos” como una “creación ordenada” y sujeta a leyes divinas que gobiernan los números (o las ideas, que de eso se trata). En algunos pasajes -en muchos- la existencia de Pitágoras y la de Jesús tocan puntos comunes que no voy a computar ahora. Me interesó, por lo contrario, destacar un aspecto básico de la filosofía pitagórica que estimo medianamente comunicable en la brevedad de este texto.
Para los pitagóricos -como para la Cábala hebrea- cada número tenía identidad simbólica, comenzando por el Uno.
Pero el Uno era algo más que un número. Era la “mónada”; es decir, el símbolo de la razón, de lo definido y lo estable. Lo derecho. Al Dos, en cambio, se lo asociaba con la diversidad y con lo indefinido. Lo izquierdo, lo siniestro. La díada representaba el principio de lo femenino; la mónada, de lo masculino. Y de la unión de ambos, la tríada, surgía la armonía y la perfección. De hecho, con los números triangulares (el 3, el 6, el 10, el 15…) comienza el álgebra geométrica que dará, por ejemplo, símbolos matemáticos como el rosario de cuentas que adoptaron los cristianos.
El Cuatro significaba la ley universal e inexorable; el Cinco, la unión de lo humano -el Dos- con lo divino -el Tres-; el Seis, la procreación y el primer número perfecto (un número es perfecto si resulta de la suma de sus divisores menores que sí; el Siete, la virginidad (ni crea ni es creado), la salud y la luz; el Ocho, la amistad, la plenitud y la reflexión; el Nueve, el amor y la gestación; y el Diez -la década o ‘tetractys’- era el símbolo de Dios y del universo en tanto resultaba de la suma de los cuatro primeros números: 1+2+3+4=10.
Aquel joven Marechal probablemente intuyó que del dos en adelante se es consciente. Y que tomar consciencia desvela al ser humano. La unidad protege, por eso las autocracias se imponen a partir del pensamiento único, del principio único, del relato único, del partido único, del mando único. La dualidad, por su parte, diverge y con la divergencia se inicia la siempre “penosa” negociación.
Presumo que Marechal -que militó en el bando del pensamiento único- habrá revisado el aserto del endecasílabo que cito y habrá concluido que “la pena” de la historia es, para cualquier ser humano, más grata que “la feliz unidad”. O, dicho de otra manera, la diversión del infierno preferible al inamovible aburrimiento del paraíso. Quizá por eso renegó de su libro. Quizá por eso también los paraísos -divinos o terrenales- entusiasman cada vez a menos gente. Aun a costa de atravesar la pena.

Ese maridaje tan dañino entre política y religión

Iluminados

Hacen tanto daño, consciente o inconscientemente, quienes creen y tiran porque sí no más que la felicidad es una decisión, que el triunfo es una voluntad, que la paz se alcanza con la oración y que la libertad se alcanza con un juramento.

Son resabios culturales de siglos y siglos de educación para la mansedumbre y la obediencia; pero está claro que somos humanos, no ovinos. La felicidad, el triunfo (entendido como triunfo en la vida, como realización de la persona), la paz, la libertad son contingencias por las que vale la pena entregarlo todo, pero de ninguna manera dependen de las decisiones unipersonales, las voluntades, las plegarias y los juramentos. Es más, quienes así creen son los primeros que se frustran y se violentan, contra ellos mismos y contra los otros, cuando al cabo de un tiempo nada resulta como lo dibujaron con entusiasmo idealista o religioso.

La vida bien llevada es equilibrio entre sensaciones,  sentimientos, emociones  y razón, pero en el marco de un cuerpo físico,  orgánico y finito que nace y se desarrolla en un contexto; es decir, en un conjunto infinito de circunstancias, naturales y sociales, que no maneja la persona. Eso y no otra cosa es el lenguaje. De allí que hable de equilibrio. Lo demás es puro voluntarismo, pura propaganda de los poderes hegemónicos auspiciada por los brujos, de ésta y de todas las épocas, nos hablen desde el centro de la tribu, desde el púlpito de las iglesias, desde el diván de sus consultorios, desde el atril de sus despachos, desde la tribuna pseudo-revolucionaria o desde los best sellers que inundan los mercados y llegan a los hogares con pretensión de conocimiento y de información.

Si revisamos la historia, siempre las peores dictaduras, las peores tiranías, los más crueles despotismos, el terror y el horror tuvieron formato religioso: alguien, en nombre de la divinidad, se arrogaba el poder, clasificaba entre buenos (los propios, los acólitos, los nacionales, el pueblo) y malos (los ajenos, los infieles, los extranjeros, los bárbaros) y sacrificaba en nombre del bien (el dios, los dioses, el espíritu, la idea) que decía encarnar.

Siempre. En todas las épocas. En ésta, también. Y avanzamos por el siglo veintiuno, que se supone el de la información y el conocimiento.

 

(Publicado en Facebook el viernes 21 de febrero de 2014, a la hora 11,05)

La piedra, los hechos, la nación

El 29 de febrero de 1912 se cayó la Piedra Movediza de Tandil. Rodó por la ladera del cerro en el que hizo equilibrio desde tiempos inmemoriales y se partió en pedazos. Ése es un hecho. La Piedra Movediza, como unidad granítica de alrededor de trescientas toneladas que despertara la curiosidad de tantas generaciones, dejó de existir.
¿Por qué se cayó la Piedra?
Para responder sobre el hecho comienzan las conjeturas.
Que haya caído justo el día de más de un año bisiesto contribuye a alimentar leyendas y especulaciones. Leyendas y especulaciones que van desde la voluntad de los dioses hasta la decisión política. Y un extremo y el otro tienen sus argumentos; también los tienen, como cabe esperar, las teorías más razonables.
La causa del balanceo consistía en un punto pequeño de la base que hacía contacto con un vértice redondeado y bien pudo operar una aburrida ley de la física que erosionó esos puntos y rompió con el equilibrio.
Pero hubo otras teorías.
Unas hablaron de supuestos atentados por parte de los explotadores de canteras, que se molestaban con la presencia de turistas testigos de la explotación. Otras, de una supuesta orden que venía de los tiempos de Rosas, quien habría mandado sin éxito que se la tirara a través de una yunta de bueyes (quizá por seguridad), asunto que habría preocupado a sucesivos gobiernos. También se analizó la posibilidad de que la onda expansiva provocada por los barrenos de las canteras desgastara la base donde se sustentaba la Piedra. Y aun, que las botellas que arrojaban los turistas para que el movimiento las quebrara produjera una acumulación de fatiga.
No hace muchos años, otra decisión política decidió volver a montar una réplica. Pero, como sucede con la Casa de Tucumán, todos saben que se trata de una réplica y la magia se perdió. Esto también es un hecho que admite cantidad de lecturas.
Lo que quiero significar con la anécdota es que hay un solo tipo de verdad objetiva y que esa verdad objetiva la determinan los hechos, comunes en cuanto hechos a hombres y animales; todo lo demás, incluidas las causas y las consecuencias, son subjetivaciones de la interpretación humana.
Lleve el lector la cuestión al ámbito que considere oportuno y la relación será siempre la misma. Los hechos son incontrastables; las interpretaciones, apenas posibilidades, conjeturas, ejercicios de especulación teórica.
Un hecho de estos días es que la Argentina de aquellos tiempos, como la Piedra, se cayó, no existe más. Las teorías que expliquen las razones pueden ir de un extremo al otro. Pero, consumado el hecho, caben dos posibilidades: montar una réplica, que siempre será una réplica -es decir, una falsedad, una ilusión provisoria- o fundar otras fuentes de atracción a partir de lo que hay, de los pedazos que quedan.

El miedo a las palabras

 

El problema comienza con nuestra definición como especie: somos humanos porque somos sujetos de lenguaje. Y no al revés, como mayoritariamente aprendimos. Esto significa dar por cancelada aquella corriente que propone al lenguaje como un instrumento, como una ‘herramienta’ inventada por la razón humana para comunicarse, invertir los términos y decir, sin vueltas, que la razón en un emergente –producto e instrumento a la vez- del desarrollo del lenguaje.

Qué elementos físicos y biológicos incidieron para que, en algún momento de la evolución, cierta especie de primates desarrollara en sus cerebros la capacidad lingüística escapa a mi voluntad de comprensión. La neurociencia avanza, sin embargo, y cada vez se conoce más respecto del funcionamiento del cerebro. Recientemente, incluso, y me ocupo de ello por separado, un equipo de investigadores de la Universidad de Oxford, liderado por Franz-Xaver Neubert, dio con el punto frontal del cerebro donde se procesa el lenguaje y quienquiera puede buscar información. Mi atención, en esta nota, apunta para otro lado.

El razonamiento es éste: Como sujetos del lenguaje, comunicamos en forma permanente y continua. Más allá de lo que consideramos la Lengua, es decir, la oralidad y la escritura, los humanos transmitimos información que puede ser decodificada por los otros humanos en cualquier situación: hablemos o permanezcamos callados, gesticulemos o no, actuemos o nos mantengamos inmóviles. El famoso reproche doméstico “¿Qué te pasa a vos que no hacés ni decís nada?” podría ser, aunque burdo, un ejemplo ilustrativo de lo que quiero decir.

Si se diera por válida mi conjetura, a la definición seguiría una ecuación: a mayor ejercicio lingüístico, mayor desarrollo del pensamiento. Esto no invalida otro famoso reproche, “Pensá antes de abrir la boca”, al contrario, lo ratifica, porque ‘abrir la boca’ es una de las tantas opciones lingüísticas que tiene el sujeto y no necesariamente la más apropiada en situaciones confusas o de tensión.

Adonde quiero llegar, es a la idea de que la ‘palabra’ es material constitutivo de la humanidad y que cualquier situación, por estática o dinámica que fuere, todo cerebro humano la traduce en palabras, aunque no la comunique. Y el problema que quiero instalar es que, siendo el humano un sujeto social, si a esa palabra no se la confronta, no se la coteja y no se la actualiza de manera constante, se debilita, degenera, se pervierte.

Existe abundante bibliografía sobre ‘palabras tótem’, ‘palabras emblema’, ‘palabras fetiche’ que configuran valores masivos sobre los que no me extenderé. Pero advertiré que, en los principios como ahora, del valor de uso que se les asigne a tales palabras en una cultura dependerá el funcionamiento político y social. Por ejemplo: Cuando yo era chico, escuchaba a vecinos y familiares que utilizaban el adjetivo ‘hereje’ y el sustantivo ‘herejía’ para calificar, amonestar, sancionar, penalizar actos de violencia. “Es una herejía lo que hizo con ese animal” o “Mirá cómo trata a su mujer ese hereje” eran expresiones comunes y corrientes, y sospecho que lo son todavía en algunos sectores menos informados. ‘Herejía’ significa contradicción de un dogma, de una verdad presuntamente revelada o dada por cierta; y ‘hereje’, consecuentemente, es el que contradice. ¿Cuál es la violencia? ¿en qué punto se confunde la herejía con la crueldad? De grande, como tantas otras cosas, fui comprendiendo que el valor de uso negativo de los términos ‘herejía’ y ‘hereje’ tienen la impronta de las grandes religiones monoteístas que se impusieron en buena parte del mundo –no sin violencia y sin crueldad, valga la paradoja-, la impronta de los ‘grandes relatos’, que invadieron las conciencias y se adueñaron de los pensamientos y las conductas de las grandes mayorías. Si ‘el Dios’ dijo tal cosa y uno contradice a ese dios indemostrable, comete herejía, ‘se rebela’ como el ángel caído y merece que se lo condene, eternamente desde lo simbólico, y concretamente desde lo físico, torturándolo y matándolo si es necesario. Entonces se invierten los términos para justificar semejante sinrazón: el cruel se viste con el ropaje del justo, del ángel bueno defensor del buen dios, y el mote de cruel se le asigna al hereje. Allí nace la asociación y la confusión que, en el caso que propongo, se extendió por siglos. Todos tenían miedo de ser herejes cuando yo era chico; muchos deben conservar todavía el miedo de serlo. Son harto conocidos, aquí y en el mundo, en el presente y en la historia, los procesos que no tuvieron el mínimo reparo en llegar al máximo grado de crueldad, a través de la tortura y el exterminio, en nombre del dogma y de las ‘buenas costumbres’. ‘Ateo’, ‘sectario’, ‘moro’, ‘judío’, ‘marxista’, ‘negro’, ‘infiel’ fueron, entre otras y como pasó con ‘hereje’, algunas de las palabras que sembraron el miedo en las conciencias, paralizaron o desviaron las conductas y diseminaron el terror con sus horribles consecuencias.

Piense, si llegó hasta aquí y conviene en algo con todo lo que se dijo, qué valor de uso tienen, o se les quiere dar, hoy, en la Argentina, a palabras tales como ‘gorila’, ‘liberal’, ‘neoliberal’, ‘antipatria’, ‘cipayo’ y a otras como ‘revolución’, ‘militante’, ‘nacional y popular’, ‘jefe o jefa espiritual’, ‘caudillo’, etc., etc., etc.

 

(Publicado en Facebook el miércoles 29 de enero de 2014, a la hora 19,53)

Si quiebra la república

 

Si descartamos la revolución, por utópica y por extrema, quedan dos maneras de alcanzar el poder político necesario para gobernar: convenciendo al votante –persuadiéndolo como dijera Raúl Alfonsín- o comprando su voluntad –seduciéndolo como le gusta al peronismo en cualquiera de sus variantes y, si no alcanza, recurriendo a ‘la caja’-.

 La primera de esas maneras es más lenta, fatiga, necesita trabajar, sobre todo en el campo de la educación y la cultura; ojo: de la educación y la cultura, no de la instrucción y el adoctrinamiento. Sus resultados, si se tiene éxito, son más duraderos y más felices. La vía de la persuasión es la que eligen los demócratas y los estadistas.

La segunda es explosiva y tentadora; apta para golosos, apurados, inmorales y potenciales traidores dispuestos a cambiar de bando según la oferta que se cotice mejor. Sus resultados están a la vista desde hace décadas y no se necesita abundar demasiado: ciclos cortos de aparente bonanza -que por lo general dependen de factores externos, de políticas internacionales que no manejamos-  y un continuo estado de crisis y zozobra. De perderlo todo de la noche a la mañana y de volver a empezar.

Nunca un partido o una fracción política, ni aquí ni en el mundo, tendrá mayorías propias para imponer sus maneras. Ni siquiera el peronismo, que tampoco se sabe bien qué es. Las mayorías son fluctuantes, elásticas, poco informadas por lo general, y hay que saber conquistarlas y reconquistarlas cada vez que la república democrática necesita revalidar el poder y la capacidad de gestión de sus sucesivos gobiernos que, preferentemente, también deberían ser alternativos. Para eso existe el voto libre y para eso existe la división de poderes y la representación política que garantiza control.

Si se embrutece tanto una sociedad al punto de que estas cuestiones se olviden y desaparezcan, es bastante poco lo que puede esperarse acerca del desarrollo y la felicidad de nuestro pueblo. Pero no a la larga, a la corta nomás: si quiebra la república, la miseria, la violencia, la mezquindad, la ruindad están ahí no más, a la vuelta de la esquina.

 

(Publicado en Facebook el viernes 1 de junio de 2012, a la hora 13,57)

Vivir y morir en subjuntivo

Presidente Fernández / si fuera, si se pareciera

 

“Si Evita viviera / sería Montonera”, coreaban los imberbes. “Si Perón hubiese fusilado a Menéndez en el 51 habríamos ahorrado mucha sangre del pueblo”, tuiteó el maestro D’Elía. “Estoy muy orgulloso de firmar este contrato, es lo que hubiese querido el Comandante”, declaró el Diego de la gente tras asegurarse, en indicativo, los petrodólares que paga a sus soldados un gobierno casi podrido de  Maduro.

Por más que buena parte de la intelectualidad y de la colonia artística se esfuerce en disimularlo, vivimos una realidad en subjuntivo. Y, lo peor de todo, morimos también por ella.

¿De qué se trata?

Ya dije, uno de estos días, que somos humanos porque somos sujetos de lenguaje. Digo, para refirmar aquello, que el verbo es cerebro motor. Quien no maneja adecuadamente el uso de los verbos es más o menos analfabeto; es decir, menos humano a medida que achica su dominio sobre los modos que orientan la intención y sobre los tiempos que marcan los momentos, las oportunidades. Fue Alicia Dujovne Ortiz la que en algún artículo llamó a la Argentina “el país del gerundio”, esa forma verbal impersonal y larga que nunca se resuelve ni resuelve nada: “¿Cómo andás?” –pregunta uno-; “Tirando”, responde, por lo general, el otro. Pero el problema es más complejo.

El problema es que son pocos, ya, los que dominan el uso de los verbos como para saber qué dicen cuando dicen algo, o qué les dicen a ellos, o qué les quieren decir. Me acuerdo el enojo y la reacción que hubo, hace una década más o menos, en una comisión de docentes de lengua que la UNNOBA trataba de capacitar, en vano, para formar ingresantes, cuando dije que no se daba más verbos en las escuelas porque los docentes no sabían cómo se conjuga. Escándalo interno y palos para el mono. Solución, ninguna. Y la cosa, sin entrar en detalles, funciona así:

Mientras el indicativo precisa, da certeza, afirma, define; el subjuntivo genera dudas o plantea deseos y probabilidades. Como dudas, deseos o probabilidades que son, nunca las acciones mencionadas en subjuntivo podrán probarse. Por eso, a quienes argumentan los hechos del pasado o de la historia usando el modo subjuntivo se los desacredita por argumentar de manera contrafáctica, es decir, contra los hechos que realmente ocurrieron. ¿Quién puede saber qué hubiera sido Evita de haber vivido? Ninguna línea de ‘La razón de mi vida’, ningún libro de lecturas de la época permiten aventurar que hubiera sido algo más que la subordinada esposa del general Perón, sumisa y obediente hasta la renuncia.  Siga el razonamiento para con el hipotético fusilamiento de Menéndez o la improbable contratación de Chávez.

Cierro. Nadie que pretenda ser creíble puede razonar en subjuntivo. Las acciones expresadas en subjuntivo son indemostrables, sólo sirven para especulaciones utópicas, para ejercicios de autosatisfacción. Mi conclusión, por lo tanto, va en indicativo: no les creo, no les acepto sus argumentos, no me obligan,  los rechazo.  Mi deseo sí va en subjuntivo: ojalá se hubieran dado cuenta, ojalá se den cuenta todavía. La posibilidad que barajo va en potencial: sería un milagro que esto se revierta. Pero, así y todo, mi exhortación la expongo en imperativo: no les demos el gusto a los farsantes, no cedamos frente a sus mentiras y sus argumentaciones indemostrables, no bajemos los brazos; leamos, sepamos, informémonos, razonemos, aprendamos, tratemos de comprender. Nos va la vida (y la forma de morir, nuestra y de nuestra gente) en ello.

 

(Publicado en Facebook el martes 25 de febrero de 2014, a la hora 19,46)

La brecha

Fastuoso templo levantado en El Campito -donde 'eligió' la Virgen- cerrando el circuito turístico costero

 

 Sé que no coincidirán ni los unos ni los otros. Es probable, incluso, que se molesten y hasta que se irriten. Sin embargo es el precio para mantener cierta coherencia: debo serme fiel en lo que pienso y en lo que siento.

 Lo que pienso es que dos estafas mantienen moralmente sometida a gran parte de la humanidad desde tiempos remotos: la religiosa y la ideológica. Lo que siento es que, en tiempos de corte como los que se viven, la brecha tiende a volverse irreparable. Y no importa quiénes, cuándo ni por qué motivos organizaron y corporizaron los dogmas; lo que importa es que antes como ahora los dogmas están siempre al servicio del poder. Brujos y sumos sacerdotes, políticos y economistas son quienes capitalizaron y capitalizan los dogmas. Creyentes y acólitos los que los padecieron y los padecen. Élites y mayorías. Aristocracia, en el peor sentido que puede dársele al término, o, lisa y llanamente, oligarquías tiránicas y despóticas.

 No voy a empantanarme en este texto con cuestiones originales, creacionistas y principistas; no es la intención. Hay obras monumentales para consultar si se quiere abordar la problemática desde lo religioso, como “La rama dorada”, de James Frazer, o la “Historia de las creencias y las ideas religiosas”, de Mircea Eliade (también los libros sagrados, como los contenidos en la Biblia o el americano Popol Vuh) o desde lo ideológico, como el Diccionario de Filosofía de José Ferrater Mora o la Historia de la Filosofía, de Hirchsberger (y también libros fundacionales como “La República”, de Platón; “La Política”, de Aristóteles; “La ciudad de Dios”, de San Agustín; “El Príncipe” de Maquiavelo; “Utopía”, de Tomás Moro; “Leviatán”, de Hobbes; “El capital”, de Marx; o la “Gaudium et spes” y la “Populorum progressio”, ambas surgidas del Concilio Vaticano II y bajo la impronta intelectual de Pablo VI, sólo por citar algunos imprescindibles). El lector inquieto e interesado, si no lo hizo aún, debería incursionar por toda esta bibliografía y, si fuera posible, de manera autónoma, es decir, por afuera de las universidades, los cenáculos, las escuelas, las capillas.

 Lo que yo pretendo, aquí, es instalar la inquietud y plantear la conjetura de las dos estafas que anulan, o cuanto menos demoran, el conocimiento de las mayorías. Esa es la auténtica brecha: la que separa la minoritaria sociedad del conocimiento, dueña del poder y por lo tanto sometedora, de la ignorancia extendida y mayoritaria que no reconoce límites de clases.

 Nunca un dios podrá ser mostrado a ninguna sociedad de individuos mentalmente sanos. Un santo o una virgen, tampoco; por eso a la hipotética testigo del último y más resonante episodio de la estafa religiosa que se consumó en la Argentina, como es la supuesta revelación de la Virgen del Rosario de San Nicolás, se la mantiene virtualmente secuestrada desde 1983 en una diócesis que figura entre las más corruptas y más poderosas del país (péguese una vuelta por San Nicolás, cuando tenga tiempo, recorra el circuito turístico, hable con la gente, pregunte por la industria de la fe asociada a la política, a la industria de la construcción, a los negociados inmobiliarios, a la hotelería y a la gastronomía y pregunte, ya que está, por qué no se esclareció el asesinato del Carlos Horacio Ponce de León, el obispo muerto durante la misma dictadura en la que apareció la virgen).

 Y nunca podrá ser mostrado tampoco, a ninguna sociedad de individuos mentalmente sanos, el paraíso socialista (comunista, fascista o maoísta, para el caso es lo mismo) si no es a base de violencia, muerte, persecución, prisión, tortura, propaganda, censura, control, imposición.

 El punto de contacto entre la estafa religiosa y la estafa ideológica está en los personeros. Entiéndase: no entre los monarcas, los jefes o los líderes reales; entre los personeros. Esa especie de capataz o negociador intermedio, de caudillo, de puntero o de pastor, un poco inteligente, un poco temerario, un poco paranoico, un poco perverso, bastante orgulloso y bastante incapaz que cree haber sido iluminado por dios o por la sabiduría revolucionaria, a veces por ambos, y conduce, siglo tras siglo e indefectiblemente, a las mayorías al abismo para beneficio de unos pocos. El miedo, las culpas, el temor a lo desconocido, la falta de confianza en las fuerzas propias y en las razones ajenas, la negación de la muerte y la necesidad de creer en una trascendencia, la superstición se suman al desconocimiento de las mayorías y les facilitan la tarea a tales personeros. Latinoamérica, hoy, es el campo experimental por excelencia para los operadores de las dos estafas. Se la mienta como ‘reserva moral’ del mundo o se la mienta como la ‘gran patria nacional y popular’. Los latinoamericanos, cuanto menos, deberíamos estar informados. Y atentos.

 

(Publicado en Facebook el domingo 2 de febrero de 2014, a la hora 21,57)

Lo contrario y lo contradictorio

Lo contrario puede conciliarse; lo contradictorio, no. Por ejemplo, puede aceptarse que una persona diga la verdad y mienta varias veces al día, todos los días (de hecho, la mayoría de las personas nos comportamos así, según sean las cuestiones y las circunstancias, y es facultad del receptor discernir qué toma y qué deja, qué acepta y qué no). Lo que no puede aceptarse es que se diga que no se afirmó lo que se afirmó o que se niegue la existencia de lo mismo que se está experimentando.

 En síntesis: puede conciliarse con los vicios y las debilidades instintivas; con la perversidad, que es siempre intencionada, no.

 

(Publicado en Facebook el jueves 9 de enero de 2014, a la hora 11,00)

Lo óptimo: ¿entre el talento y la disciplina?

Guillermo Vilas: talento y disciplina

Guillermo Vilas fue –es- el más grande tenista argentino de la historia. Los que tenemos mi edad, los que tienen más, difícilmente veamos que peligre esa condición. ¿Fue el mejor? No. Sabatini, Clerc, Coria, Nalbandián, Del Potro lo superaron en talento. ¿Entonces? Entonces, lo de Vilas fue pura disciplina. ¿Alcanza? No, depende de la voluntad. ¿Por ejemplo? Por ejemplo, Vilas supo, desde chico, que era superado por casi todos los jugadores de élite en cada una de las categorías que atravesó. No se planteó, sin embargo, correrlos desde atrás ni disputarles supremacía en un terreno en el que sabía que perdería; se planteó multiplicar las horas de entrenamiento –frontón, carrera, gimnasia, peloteo, fuerza; frontón, carrera, gimnasio…- y se planteó seguir una rigurosa y equilibrada dieta para tratar de equiparar lo que, en otros, la naturaleza había provisto. ¿Triunfó? Depende. Para los argentinos es bastante difícil comprender el triunfo. Número 1, aunque lo mereció, no fue. Torneos de Grand Slam ganó cuatro (dos veces Australia) y nunca Wimbledon, en el que incluso le costaba avanzar. Llegó a la final de la Davis, pero la perdió y, según muchos observadores, por su mala predisposición hacia Clerc que le competía –y lo superaba- en el ranking de la ATP. Aun así, integra el Salón de la Fama, es el argentino más ganador, con más de sesenta torneos, uno de los mayores récords del mundo en canchas lentas y el inventor de jugadas que patentó para siempre, como ‘la gran Willie’, y que mereció la reverencia en cancha del mismísimo Manuel Orantes. Cuando llegó al circuito, Connors, Ashe, Nastase, Orantes lo superaban; cuando estuvo en su plenitud, lo superaban Borg, Mc Enroe, Lendl; cuando empezó el declive, ya estaban Clerc,  Wilander y, enseguida, Beker.  ¿Adónde quiero llegar?

Adonde quiero llegar es a la cuestión de la disciplina.

Hablar de la disciplina por la disciplina misma es tan absurdo como hablar de los hipóteticos cielos. Nunca una exposición sobre esos temas nos conducirá a un resultado satisfactorio en tanto nos manejamos en territorio de las probabilidades. ¿Es probable que sólo con talento se pueda prescindir de la disciplina? Es probable. Deportistas de todas las épocas, no sólo tenistas, y de todas las nacionalidades lo demostraron, de Garrincha a Agassi. ¿Es probable que con sólo disciplina se pueda prescindir del talento? Es probable, y volvemos al ejemplo de Vilas que también podríamos ensanchar. Pero de lo que no se podrá prescindir es de la toma de conciencia de cada uno de los sujetos involucrados. ¿Qué se plantean como objetivo? ¿qué disponen como recursos? ¿Cómo armonizan los recursos naturales con la voluntad que hará posible el trabajo necesario?

Y  esto viene a cuento, abriéndome ya de las cuestiones deportivas, por ciertas falacias que dominan las creencias sociales y conducen, inexorablemente, a resultados fallidos y a consecuencias no deseadas. 

La solidaridad bien entendida

Migrantes a los que se obliga como ganado

Advierto que abrumaré con números, si no interesa cotejarlos puede suspenderse la lectura.

Advierto, también, que este texto lo motivaron una foto: la del chiquito muerto sobre la playa griega, que se viralizó; un posteo mío: el que antecede al presente; un intercambio sobre el particular y la catarata de opiniones que leo y escucho, cada una con razones que se sospecha suficientes, pero ninguna con propuestas ciertas, como no sea la  del acuerdo entre Francia y Alemania para distribuir los migrantes, que por ahora, y hasta conocer destinos y condiciones, celebro. Después, se verá y se analizará con mejor información.

Los números:

Europa, toda Europa, tiene una superficie de 10.180.000 km2 y una población estimada en 742,5 millones de habitantes. La densidad media es de 32 h/km2; con picos (si excluimos casos excepcionales como El Vaticano, Mónaco, Liechtenstein, Malta, San Marino o Luxemburgo) de 498 h/km2 en los Países Bajos (Holanda) y de 367 h/km2 en Bélgica, para los de mayor densidad, y de 8 h/km2 en Rusia y 16 h/km2 en Noruega, para los de menor.

Entre los grandes países europeos, exceptuando la mencionada Rusia, el Reino Unido y Alemania superan los 230 h/km2 y todos los demás –Francia, España, Italia, Turquía oscilan entre los cien y los doscientos habitantes por kilómetros cuadrados.

El Estado Islámico (ISIS por sus siglas en inglés) domina, según datos más o menos confiables, una superficie aproximada de 56.000 km2 con una población, también aproximada, de seis millones de habitantes, en el sector ocupado entre los estados de Siria y de Irak. La densidad dominada es de alrededor de 107 h/km2, es decir, equivalente a la de una gran nación europea. Van, según amenaza de sus líderes, confirmada por los hechos que día a día nos espantan a todos, por El Líbano, Jordania, Israel, Turquía y hasta España y Portugal, tal una infausta réplica de la época de expansión del Islam. Todos esos territorios son considerados ‘tierra santa’ para el hipotético califato. No difiere de lo que los cristianos, católicos o protestantes,  consideraron y practicaron en su momento.

La vida no vale nada para ISIS, la cultura como pudiéramos concebirla desde aquí, tampoco. Vale el dogma y el mandato que dicen obedecer en nombre de su dios. Obviamente –como sucede con todo dios- interpretado por ellos.

La población vive horrorizada. Además de otras cuestiones que huelga analizar, los que pueden o creen poder, huyen. Y así se llena el Mediterráneo de muertos o de milagrosos sobrevivientes bajo el mismo mote de ‘migrantes’.

¿Qué debe hacer Europa? ¿qué cabe esperar de los denostados gobiernos occidentales? ¿qué espacio cierto existe para la declamada ‘solidaridad humanitaria’? ¿por cuánto tiempo existe?

Desde que empecé en la docencia, y como ejercicios de pensamientos especulativo para que se aprendiera a trabajar con hipótesis y no con fantasías, mitos, milagros y promesas divinas, planteaba a mis alumnos la siguiente probabilidad:

La Argentina, donde cómodamente vivimos y cómodamente criticamos a diestra y a siniestra, tiene una superficie de 2.780.000km2 y una población estimada en 43,14 millones de habitantes, con una densidad de 16h/km2; es decir, equivalente a la inhóspita Noruega. Tiene, además, clima benigno y variado, variados suelos, excelente y abundantes fuentes de agua, yacimientos para cualquier tipo de explotación (digámoslo todo en voz baja, por si se enteran los chinos).

China, con 1.400 millones de habitantes y una densidad de 143 h/km2 que se amontonan en las llanuras y los valles habitables; y la India, con casi 1.300 millones de habitantes y una densidad de 378 h/km2 concentran el 37% de la población mundial, estimada en unos 7.500 millones. Prescindo de citar, para que el agobio sea menos agobio, cifras de Pakistán, Bangladesh, Indonesia.

Cuándo estos países exploten y buena parte de sus pobladores deba salir al mundo para buscar nuevo hábitat, ¿hacia dónde se supone que apuntarán? ¿hacia la cercana y poco poblada Rusia, casi inhabitable en su extensísima estepa congelada? ¿hacia la también más cercana, pero superpoblada y superconflictiva África? ¿hacia países como Noruega? ¿o hacia países como la Argentina?

Un 5%, nada más, de la población china (70 millones) prácticamente duplica la población argentina. ¿Con qué los frenaríamos? ¿con las armas que sobrevivieron al vaciamiento kirchnerista? ¿con las nuevas montoneras de ‘pelotudos’, ‘lanceros’ y ‘boludos’, tal especificaba un amigo recordando los tiempos de la independencia? ¿con la calidez solidaria con que acogimos a los inmigrantes europeos de los siglos 19 y 20? ¿con las recomendables terapias de grupo de nuestro ejército de psicólogos y psicoanalistas? ¿con Magnetto, acaso, que todo lo puede? ¿o con los muchachos para la liberación?

¿Estaríamos, por otra parte, dispuestos a convivir con legiones migrantes que traerán, por supuesto, sus dioses, su cultura, sus nociones de gobierno, administración de justicia, administración económica, educación y otros etcéteras? ¿o pretenderíamos que ‘se adapten’ a las costumbres de ‘nuestra casa’?

Si podemos responder estas preguntas con algún grado de seriedad, con honestidad intelectual y con tranquilidad de conciencia, tal vez tengamos la autoridad moral suficiente como para cuestionar a Europa, al mundo, a las organizaciones internacionales, a los sistemas imperantes. Mientras no sepamos cómo hacerlo, lo mejor –lo más sano- es mantener un respetuoso silencio y admirar a los que –con menos purismo, pero con materializaciones que golpean nuestra devoción por lo abstracto- hacen lo que pueden para cuidar de los propios y buscar un lugar de habitabilidad para los ajenos. No es poco; se lo entienda o no se lo entienda como ‘solidaridad humanitaria’ en nuestra nomenclatura de virtudes siempre deseables.

(Publicado en Facebook el jueves 3 de septiembre de 2015, a la hora 21,55)

La política

Tapa del libro que Carlos Auyero me regaló cuando lo conocí / síntesis de su pensamiento republicano

Yo amo la política. Entiendo, y con el debido respeto por las demás, que junto con la poesía, el periodismo y la docencia conforma la tetralogía de profesiones más nobles. Por eso las preferí.  Mi paso por la política partidaria, sin embargo, fue breve. También lo fue por el periodismo, ya que nunca trabajé para ninguna empresa ni cobré por ninguna nota (tampoco las acepté por encargo) y lo ejerzo de manera puramente vocacional y ocasional. La poesía no sé si me eligió a mí, por eso no voy a extenderme. Y con la docencia, de la que sobrevivo los últimos veinte años, me llevé –me llevo- a las trompadas. Pero quiero hablar de la política.

El breve paso por la actividad reconoce dos motivaciones fuertes. Una, la esperanza que se abrió hacia 1982, después de Malvinas, con lo que sería, un año y medio más tarde, la recuperación de la democracia; la otra, el fuerte impacto que me produjo la ética de los principios al servicio de la ética de las consecuencias que encarnó la persona de Carlos Auyero. Nunca antes (yo era demasiado joven), nunca después (ya fui demasiado escéptico) encontré otra persona, relevante como lo fue Auyero para la política argentina, que combinara con tanta precisión pensamiento y conducta y que inspirara, por lo mismo, la imprescindible confianza. Tal vez alcance, para subrayar lo que digo, mencionar la anécdota de su muerte: Carlos Auyero cayó fulminado por un infarto en un programa de Mariano Grondona, defendiendo aquel pensamiento y aquella conducta. Creo, por lo menos no me consta documentación en contrario, que nunca lucró con la política. Creo, también, y de allí mi pronto alejamiento, que llevado por la pasión o por la necesidad buscó los peores socios, tanto dentro del partido en el que militaba, la Democracia Cristiana -rejunte de hipócritas, advenedizos, acomplejados, resentidos y culposos-, como en el peronismo –tan maleable y tan corrupto desde siempre- o en el Partido Intransigente, tan radical y tan comunista que terminó descuartizado.

¿Sirven los tipos como Auyero para llevar una política adelante? ¿son compatibles la ética de los principios –es decir, la de los valores en los que creo y en los que me apoyo- con la ética de las consecuencias –es decir, la toma de conciencia cierta de los efectos que produzco llevando mis valores a la práctica y a veces, incluso, imponiéndoselos a los demás? No tengo respuestas, no las encontré. Tampoco para el periodismo y para la docencia, por eso mis prevenciones. Con la poesía es distinto; la poesía es, por naturaleza y hasta por definición, una actividad inútil y gratuita y en eso reside su fortaleza, su perduración, esa aura o ese espíritu que la distingue como fuente del lenguaje, como principio de humanidad, como poíesis. Ahora, yo puedo elegir ser o no ser político, periodista o docente; no puedo elegir ser poeta: me toca o no me toca, puedo meterle entusiasmo y laburo, de hecho se los meto, pero si ella no me elige a mí no pasa de un amor platónico, como ese que se tiene por personas que nunca se enteran. Entonces queda la política, la única actividad que debería ser inútil y gratuita como la poesía y que uno –todos- sí puede elegir. La política se define como “lo propio de la gente”, lo que es del interés de todos, del pueblo. Pero no de ese pueblo recortado que quieren ver tanto los déspotas como los falsos revolucionarios; del pueblo, de todos, de esas congregaciones de seres iguales, humanos, que deciden un destino común por cultura, por identificación, por cercanías a veces inexplicables, por voluntad, por deseo. La política, digo, no debería ser rentada. Alcanzaría con que los pueblos se respeten, primero, en sus diferencias, y no reconozcan, después,  ningún poder, ni terreno ni hipotéticamente celestial, como no sea el poder del diálogo: única institución realmente humana que puede dar forma a la vida en común.

Por eso, como estarán pensando, amo a la política pero no puedo participar. Y escribo. Como se le escribe a una amada que nunca responde.

 

(Publicado en Facebook el jueves 27 de febrero de 2014, a la hora 13,40)

¿De qué nos hablan cuando nos hablan?

Venezolana de Televisión, Maduro y Pajarito

A propósito de los 30 años de democracia en la Argentina

 

No se comprende, no es coherente con la historia de la que provienen, que estos militantes de la causa nacional y popular –tal como se autodenominan los incondicionales defensores del gobierno cámporo-cristinista- exhiban tanto odio, tanto desprecio, tanta hostilidad para con la prensa libre argentina y los organismos internacionales críticos del ‘modelo’ y la gestión cuando ellos mismos, o sus familiares mayores, clamaban en los ’70 y los ’80 por la presencia activa en nuestro país de Amnesty Internacional, del gobierno de James Carter, del Parlamento y la prensa norteamericana, de los parlamentos y la prensa europea, sobre todo de los Estados más afines, aunque estuvieran gobernados por personajes como Adolfo Suárez, Giulio Andreotti, el Papa Wojtyla o Valery Giscard D’Estaing. No había tanto purismo ideológico cuando lo que estaba en juego era la vida y la seguridad de los argentinos en manos de la dictadura. Y está muy bien que no lo haya habido: el purismo nunca sirve para mucho, sea en el ámbito que fuere. Pero, por lo mismo, se debería comprender que en una república vigente y en un mundo libre haya opiniones divergentes, cuestionamientos más o menos serios, críticas y hasta encendida oposición. Esto es la democracia por la que tanto se clamó, al menos si no se mentía desde los sectores con los que ahora se identifican los muchachos. Así funciona la democracia en los pueblos libres: digan y hagan lo que piensan que deben decir y hacer los que gobiernan –tienen medios de sobra para ello y cada día los incrementan más- y dejen decir y hacer a la oposición, por opuesta que fuere a los intereses de quienes gobiernan. Por algo gobiernan desde hace once años; tuvieron los votos, actúen conforme a la Constitución por la que juraron y asumieron hasta que no los tengan más.  Pero no esperen que aceptemos, como la Venezuela de Maduro, que hoy o mañana se nos diga “Voy a endurecer las normas aunque me llamen dictador”, porque quien lo dice, acepta que lo es, aunque haya ascendido por los votos, como Mussolini o Perón en sus momentos (también, aunque plebiscitarios, los tuvieron Aramburu, Onganía, Videla y Galtieri y los busca Milani) y dictaduras en la Argentina, ya no más, muchachos, nunca más, ‘Nunca más’.

 

(Publicado en Facebook el jueves 13 de febrero de 2014, a la hora 14,25)

¿Quién y cómo nos enseñó lo que sabemos?

 Es común, cuando nos faltan razones, que echemos mano a  ‘lo aprendido’. No es común que atendamos lo aprendido cuándo ni enseñado cómo y por quién. Así solemos quejarnos de la democracia, porque no es cómo me la enseñaron; de los derechos y la justicia, porque no son como los aprendí; de la república, porque no es como me dijeron en la escuela; de la verdad, porque no es como me la pintó ningún sacerdote, ninguna catequista,  ninguna religión.

Somos seres humanos y, por lo tanto, sujetos de lenguaje. Ningún animal que no sea el humano lo es. Esto significa que convertimos en abstracciones –en ideas, imágenes  y conceptos- cada una de las instancias concretas en las que vivimos. Cuando digo que un animal cualquiera transmite amor, el animal no lo sabe, yo le adjudico ese valor; cuando digo que una bestia –un animal, al cabo- transmite ferocidad o agresividad, la bestia tampoco lo sabe, yo lo interpreto así.

Quiero decir, con esto, que por el solo hecho de ser humanos cada uno de nosotros comunica en todo momento: hable o deje de hablar, haga o deje de hacer, gesticule o deje de gesticular, se mueva o permanezca inmóvil. El mensaje que se transmita dependerá, en cualquier caso, de las habilidades lectoras de quien esté enfrente.

Concluyo, por lo tanto, que no importa demasiado lo que se diga, lo que se enseñe, lo que se predique, lo que se pontifique. Cualquier receptor, con sólo observar el cómo, sabrá si creer o no, si aceptar o no, si darle o no entidad y validez a todo cuanto se diga, se enseñe, se  predique, se pontifique. En eso consiste aprender, en eso consiste educarnos y capacitarnos.

 

(Publicado en Faceobook el sábado 18 de enero de 2014, a la hora 15,05)

Los derechos, los perros y la ignorancia de los hombres

"La ciudad y los perros"

Como las generaciones menores de cuarenta no tienen vivencia sobre lo que fue la dictadura y el avasallamiento de los derechos humanos, como muchos mayores tampoco, aunque hayan sido contemporáneos y, por lo tanto, testigos, deben pensar que la democracia es aburrida y buscan las mil y una maneras de inventar acción que los entretenga, motivos que los empujen o causas que los ennoblezcan. Y eso está bien mientras no se exagere ni se sobreactúe, sobre todo en cuestiones que después se convierten en problemas. Graves, a veces.

Una de esas cuestiones es la relacionada con los animales. Empiezo diciendo que estoy en contra de cualquier tipo de maltrato al animal, que desde chico me enfrenté con los que cascotean perros y despanzurran sapos, que no cazo desde que tomé conciencia de la muerte inútil, en plena pubertad, y que no me gustan ni las domas ni las riñas de gallo ni las corridas de toro ni los zoológicos ni el estrés al que se somete a las mascotas en programas estúpidos como los de Tinelli o Kaczka.

Dicho aquello, me parece tan absurdo como peligroso equivaler animales y personas. Y en esto también hay límites. Respeto todo lo que se haga de puertas para adentro en lo concerniente a mimos y cuidados: alimentación seleccionada, medicación, ropa de marca, juguetes, huesos de plástico saborizados, camas, baños adaptados, peluqueros, manicuras, psicólogos. Dudo que para las mascotas signifique algo más que fatiga y malestar, pero lo respeto. También respeto el derecho del animal doméstico al paseo público en compañía de sus dueños y bajo responsabilidad de sus dueños. Ahora, la ciudad fue concebida por el ser humano para el desarrollo de la vida social en las mejores condiciones posibles: no podemos dejar que la invadan los animales por la simple razón de que los animales no comprenden las normas cívicas.

Esto, que a muchos les resultará antipático, viene a cuento por la cantidad de propaganda que circula por ahí –por aquí, por la red, principalmente- y que en algunas ocasiones roza la estupidez.  Alguien que firma ‘César Millan’ acuñó la frase: “No hay perros agresivos, sino humanos ignorantes”.  Alguien, no sé si el mismo ‘Cesar Millan’ ni con qué objetivos, la fijó en un cuadrito con la imagen de un tipo mirándonos a los ojos, interpelándonos,  y el cuadrito circula como caramelos para el día del niño. En cada reproducción no faltan, por supuesto, los conmovidos comentarios de las buenas y los buenos defensores de las causas nobles. Bien: lo que allí se dice es una falacia; o sea, una falsedad que provoca daño. Lo sabe cualquier víctima, pequeña o adulta, de cualquier animal callejero en cualquier ciudad, en cualquier pueblo de cualquier parte del mundo, pero en particular en las ciudades y los pueblos de los aburridos argentinos.

El peor enemigo de los derechos es la sobreactuación de los derechos. El peor enemigo de la verdad es la sobreactuación de la verdad. Derecho y verdad son abstracciones humanas, porque el animal no piensa y si piensa, no lo escribe. Todo lo que se legisle, por lo tanto, se legislará desde lo humano. Todo lo que se interprete sobre ‘lo mejor’ para el animal también se interpretará desde lo humano, el animal no tiene voz. No hay equivalencia en ningún caso. Búsquese lo mejor, legíslese como se entienda adecuado, comportémonos como gente de bien, amemos y protejamos no sólo a nuestras mascotas, sino a la naturaleza toda. Pero no exageremos, porque termina mal, porque se paga caro.

 

(Publicado en Facebook el viernes 10 de enero de 2014, a la hora 11,02)

Tortura

Ilustración alegórica tras el ataque terrorista a Charlie Hebdo

 

La picana, la parrilla o el submarino seco; el caballo, la rueda o el cinturón de castidad; son instrumentos de tortura física tan bestiales como las bestias humanas que los implementaron, hayan sido militares y civiles de la dictadura argentina en tiempos del Proceso o hayan sido cardenales, obispos y píos devotos de la Inquisición católica durante la modernidad. No cabe más comentarios sobre ellos que lo que se sabe y que lo que se dijo: repugnan, nos avergüenzan como especie y como sociedad, provocan heridas y odios que nunca cierran.

Sin embargo, no son los de la tortura física los únicos instrumentos de tortura.  Hay formas de horadar el ánimo, la autoestima, la cordura, la razón de las personas que de manera más imperceptible por la sutileza, pero con efectos iguales o peores, se emplearon y se emplean junto con las otras o reemplazándolas. La tortura es, aunque resulte obvio afirmarlo, el más perverso de los métodos de anulación y aniquilamiento que se utiliza desde cualquier poder para someter y dominar.

Abunda la bibliografía sobre la cuestión. Una práctica, entre tantas, que se daba durante los totalitarismos europeos; llámense fascismo, nazismo o estalinismo; y que se da, paradójicamente, en las más evolucionadas democracias capitalistas, como la norteamericana, es la de obligar a un ‘castigado’ a cumplir horario y permanecer en su puesto de trabajo, pero solo, sin asignarle tareas y haciéndolo sentir permanentemente vigilado. Salvo que se tenga una fortaleza psíquica fuera de lo normal, las mentes de las personas estallan pronto en tales circunstancias.

Algo semejante sucede cuando, por una conjura armada desde el poder, se les niega a las personas la evidencia.  Eso que ven no está, no existe. Eso que sufren lo imaginan, es una sensación. Eso que les falta en realidad les alcanza, y hasta les sobra.

Mi país, que hace diez años apostó por un gobierno que se encaramó en el poder y se lo apropió a caballo de la reivindicación de los derechos humanos, se encuentra sometido por buena parte de aquellos reivindicadores. Y su pueblo, asediado por la pobreza, la ignorancia, la inseguridad, el tráfico, la trata, el juego, el frío y el calor, es víctima de la peor de las torturas: la de negarle ostentosamente y ridiculizándolo que le pasa lo que le pasa, que sufre lo que sufre, que ve lo que ve y que siente lo que siente.  Desde hace un tiempo, además, se sabe vigilado. Y calla. O disimula.

 

(Publicado en Facebook el lunes 6 de enero de 2014, a la hora 23,45)

Cosas que importan poco un 31 de diciembre

 

 

Ignorar es bueno y motivador. Si no se ignorara la vida consciente carecería de sentido, ¿alguien se imagina una vida conociéndolo todo? ¿qué incentivos, qué atractivos tendría vivir? La muerte, incluso, a la que se conoce como destino inexorable, pero a la que se ignora desde lo empírico y lo pragmático, es buena y motivadora; también necesaria. ¿Alguien se imagina lo que sería soportar una vida sabiéndose inmortal? Nada de lo que se hiciera tendría sentido, ¿para qué si, pasare lo que pasare, siempre pero siempre se estaría allí, presenciándolo todo? Claro que estas cosas no se piensan, salvo que se esté muy solo y muy de gusto un 31 de diciembre; lo que se piensa, por lo general, es lo contrario: se piensa en la inmortalidad, aunque se ignore para qué.

Ignorar es bueno y motivador dije. Y todo ser humano, aún el más agraciado por la sabiduría, ignora casi todo, aunque la vanidad pudiera llevarlo a suponer lo contrario. En tal caso, y en un punto, el sabio se equipararía con el ignorante absoluto, que es aquél que lo ignora todo; también ignora que ignora. No faltará quien me cruce observándome que si alguien es ‘sabio’ bla bla bla; pero eso también es ignorancia y en todo caso lo tratamos otro día.

Precisamente con estas palabrejas, con el calificativo ‘ignorante’ y con el abstracto ‘ignorancia’,  arranca el problema. También se multiplican los disgustos y se aceleran los malentendidos y las ofensas. El uso del verbo ‘ignorar’ se lo tolera bastante bien; el uso de sus derivados sustantivo (ignorancia) o adjetivo (ignorante), no. Curioso.

Hay un exceso de escolaridad, por supuesto, en esta manera estrambótica de reacción. La escuela, una institución tan obsoleta para los tiempos que corren como la iglesia o el matrimonio, se ha empeñado a lo largo de la modernidad en identificar al conocimiento con la inteligencia y la cultura. Pero esta es una verdad relativa, como son las verdades. Es obsoleto el matrimonio, porque cualquier contrato que obligue de por vida es inhumano; es obsoleta la iglesia, porque cualquier mito institucionalizado es una estafa moral; y es obsoleta la educación escolarizada porque los patrones de conducta que mueven a las generaciones de hoy no responden a las pautas ni las planificaciones que confunden conocimiento con inteligencia y con cultura. Howard Gardner y Thomas Hoerr, entre otros, se ocupan profusamente de estas cuestiones y de allí surge el concepto de ‘inteligencias múltiples’ que vanamente se busca insertar en el sistema escolarizado. Inútil. La realidad corre mucho más rápido que las buenas intenciones y tiene su propia lógica, su propia mecánica, su propio sentido de la oportunidad. No voy a desarrollar, por lo tanto, las teorías de Gardner y Hoerr que quedarán para mejor momento o para analistas o comentaristas  más pacientes y más aptos.  Voy a concluir con una opinión que, como son las opiniones, aparecerá repleta de subjetividad y de ignorancia:

Desde la universal ignorancia que traemos de la escuela, nos cuesta diferenciar entre la persona ‘inteligente’ y la persona ‘culta’. Las confundimos, mezclamos o sumamos sus características, elevamos nuestra consideración por ellas, a veces hasta el punto de encandilarnos u obnubilarnos, que son dos grados opuestos del mismo fenómeno: enceguecernos, aturdirnos, no ver, no oír. En pocos trazos: es ‘inteligente’ la persona que ve, se ubica, entiende y comprende; es ‘culta’ la persona que se informa, lee, mira, escucha, observa, asimila y retiene. Son paradigmas de personas ‘inteligentes’ el electricista que nos resuelve un problema de instalación, el pibe de la calle que se las rebusca para sobrevivir, el ejecutivo en cualquiera de sus manifestaciones, el estafador en cualquiera de sus manifestaciones, Mauricio Macri, Marcelo Tinelli, Néstor Kirchner, Wanda Nara. Son paradigmas de personas ‘cultas’ el profesor de artes, el bibliotecario, el abanderado en la mayoría de las instituciones, el presidente de una sociedad de escritores, el psicólogo, el sociólogo, el ideólogo, el militante, los integrantes de Carta Abierta, Aliverti, Víctor Hugo Morales, Nelson Castro.

La persona ‘inteligente’ que no se cultiva es precoz, estalla de golpe, deslumbra, crece, arrasa, genera envidias y celos, suele ser tan exitosa como inimputable, suele acumular fama y poder  hasta que implosiona sin dejar demasiadas huellas que la trasciendan. La persona ‘culta’ de inteligencia limitada desarrolla su vida en una grisura que siempre la deja insatisfecha, porque entiende que estaba para más y que el mundo, la sociedad o el sistema no terminan de comprenderla. A una y a otra, es decir, a la persona ‘inteligente’ sin cultivarse y a la persona ‘culta’ de inteligencia limitada, les molesta sobremanera que se los califique como ignorantes. Una y otra conforman, por sumatoria, buena parte de la masa social. Los que viven al margen, otra parte importante de la masa social, viven al margen porque ignoran hasta que ignoran; por lo general ostentan una libertad de maniobra que nunca tienen, siguen como ovejas a cualquier pastor y cada tanto se rebelan, más por resentimiento que por rebeldía, aunque son fácilmente sofocables y domesticables. Y los que consiguen cultivar convenientemente la inteligencia natural, es decir, aquéllos que suman ‘voluntad de poder’, como decía Nietzsche inspirándose en Schopenhauer, constituyen la ínfima minoría que construye la historia, “en el quinientos diez / y en el dos mil también”. Son paradigmas de este tipo de personas desde los fundadores de pueblos hasta científicos como Favaloro o Maldacena, artistas como Piazzolla o César Pelli, estadistas como Sarmiento o Perón, escritores como Borges o Marechal, periodistas como Botana o Terragno, empresarios como Amalita o Costantini, comunicadores como Antonio Carrizo o Guerrero Marthineitz, deportistas como Newbery o Zanetti, y cada uno de los guías y maestros que, aun ignotos para la mayoría y sin entrar en consideraciones morales que pudieran distinguirlos, en algún momento de la vida nos abren los ojos y nos llevan a comprender. Yo tuve unos cuantos, pero recuerdo a tres con especial agradecimiento: Aníbal Ottonello, que me enseñó a ver cuando aún era un niño,  Osvaldo Ruosi, que me enseñó a leer cuando pasaba los veinte, y la Virgi, que pasados los cincuenta me enseñó a comprender en el más llano y más simple de los sentidos del vivir.

 

(Publicado en Facebook el martes 31 de diciembre de 2013, a la hora 13,30)