A Francina, mi hija,
con quien conversamos el tema una tarde,
antes de la cuarentena.

1. Introducción

Trataré de no enredarme en abstracciones ni en complejas teorías que se fueron construyendo en Occidente desde hace dos milenios y medio.

Para mí la belleza radica en la mujer.

Supe deslumbrarme con la naturaleza en múltiples manifestaciones de lo celeste y lo terreno, con la flora y con la fauna, con el arte que ha dado el genio humano y con la idea que todo lo esclarece: con la poesía, con la filosofía, con la ciencia. Todo es bello, en un punto.

Pero a mí me conmueve la belleza materializada en la mujer: obra cumbre de la creación, si fuéramos creacionistas, o de la evolución, según pienso.

Y si algo me propuse cuando imaginé este trabajo es no basar mi tarea en un estereotipo. No hablar de una mujer ideal, sino de la mujer que transita los mismos espacios que transitamos cualquiera de nosotros.

Prescindiré, por lo tanto, de íconos consagrados por la cultura, de bellezas emblemáticas que todos sabemos reconocer, y me concentraré en seis mujeres de mi entorno, más o menos próximo, sobre las que puedo evaluar el conjunto.

Hay una vertiente exterior, física; hay una vertiente interior, anímica y moral; y hay una irradiación, aquello que se transmite. Estas tres vertientes son las que me permiten considerar el conjunto y evaluarlo como unidad.

Va de suyo que conozco a estas seis mujeres. Que las he tratado en diferentes ocasiones, las he visto y las veo actuar, las sigo en sus desempeños personales y sociales. Va de suyo, además, que las quiero; porque me resultaría imposible hablar de la belleza de manera integral si faltara el componente afectivo. Se quiere lo bello. Y porque es bello se lo quiere. No tengo, sin embargo, compromiso con ninguna. Y eso me permite presumir de tanta objetividad como sea posible en el tratamiento de una cuestión naturalmente subjetiva.

Imagino el desarrollo como una estrella de seis puntas -o hexágono estrellado- donde cada punta equivale con las otras cinco. Imagino esa estrella flotando en el espacio, sin arriba ni abajo ni costados. Y la imagino proyectada en un tiempo infinito, aunque sea finita la percepción que moviliza mi trabajo y aunque sean finitos los modelos.

Lo que busco, en definitiva, es fijar un momento de la historia.  Si se prefiere, de mi propia historia. Aun cuando sospecho que la historia de cada ser humano comprende la historia de la humanidad. Y ese momento está marcado por un criterio de belleza.

Trabajaré con dos elementos básicos: uno, sendas fotografías de las seis mujeres que incluiré; otro, el material que me provea la memoria.

Cierro esta introducción con los nombres de las seis modelos: Azul, Camila, Noelia, Rocío, Sofía y Virginia. Cada una, un tipo, como trataré de demostrar; un patrón de belleza representativo de la belleza del mundo. O, en términos más precisos: cada una, un arquetipo.

2. La contradicción fundamental

Parto de una contradicción, que me inquieta desde hace mucho y me motiva variadas reflexiones, pero que con la foto de un amigo cobró dimensión definitiva: para ser perfecta, la belleza debe contener alguna imperfección.

Si así no fuera, escaparía de las posibilidades de comprensión humana y se haría ininteligible.

Supongamos que Dios o que la Idea o que el Número gozaran de perfección perfecta. Pues bien: se me antojan inasibles. Puedo merodear sus confines llevado por otras manos y por otras mentes más fuertes que la mía, pero no puedo comprender ni apreciar la belleza que a cada uno le fuera adjudicada.

Lo mismo me pasa con el arte, visual o musical: hay una esfera a la que yo no accedo y que me impide la plenitud del gozo que toda belleza auténtica supone.

Encuentro, sin embargo, belleza suprema en una piedrita que pateo por casualidad, pero que se me revela única; o en el timbre de una voz particular; o en una textura que le ofrece resistencia a mis dedos; o en un sabor o en un olor que me remite a una fuente inconfundible.

Instalo, de esta manera, el concepto de particularidad. Para ser perfecta, la belleza debe ser particular. Debe corresponderse con una fuente única e identificable. Debe ser auténtica, no elaborada ni producida por terceros actores.

Durante las décadas de los sesenta y los setenta del siglo veinte, la editorial Columba había lanzado una prestigiosa serie de estudios y de ensayos sobre distintos aspectos de las humanidades y las artes que conformó la Colección Esquemas. Muchos de aquellos títulos comenzaban con la pregunta ¿Qué es…? Y de uno de ellos, “¿Qué es la belleza?”, nació la idea que intento desarrollar. Pero fue en otro de aquellos títulos, “Psicología de la creación artística”, de Omar Argerami, que ya abordé por comienzos de los ochenta en un ensayo sobre el símbolo, donde encontré el párrafo que transcribo y que me servirá como disparador:

“Pocas veces se duda al calificar de ‘bello’, ‘hermoso’, ‘feo’, ‘desproporcionado’, ‘lindo’, o de cualquier otra categoría referente a la belleza un objeto que se presente a nuestra consideración. El problema aparece cuando se quiere definir qué es lo hermoso, lo feo, etc.; es decir, cuando se intenta llegar a la esencia de la hermosura, la fealdad, la proporción, o la grandiosidad.”

No será mi intención definir ninguna categoría; tampoco presentar un objeto delante de mí. Como sucede con toda mi poesía, yo necesito que el objeto me hable, me interpele, se abra a mí y me obligue a abrirme. Necesito interactuar con el objeto. O, dicho de manera más precisa, necesito que el objeto se subjetive. Por eso elegí trabajar con personas. Con mujeres que interpelaron mis sentidos, mis sentimientos y mi inteligencia. Y que interactuaron conmigo, en diferentes momentos y de diferente manera.

Cada una de esas mujeres ocupará un capítulo. Y si alcanzo el ambicioso objetivo que me propuse, al final del ensayo señalaré las conclusiones. Antes, trabajaré sobre la foto de un ave. Una foto para mi gusto magistral del artista juninense Gustavo Goyeneche. Y digo magistral advertido por el propio artista de que se trata, según el análisis técnico, de una foto fallida.

3. El ala del halcón

Foto: Gustavo Goyeneche

Describo la escena que se me presenta:

Un halcón típico de la llanura bonaerense, conocido como carancho, despliega la potencia y la pesadez de su vuelo en proximidades de un cardal.

El cardal está florecido y ha invadido el alambrado vecino a una tranquera. La madera presenta evidentes signos de vejez: hongos, musgos, líquenes, cicatrices que cuartean la varilla y el poste. Los hilos de metal y el herraje visible que oficia de bisagra parecen flojos. El interior del terreno se ve brumoso, difuso. Todo remite a un campo abandonado. Sólo los plumerillos lilas avivan un poco la sufrida flora.

Si trazáramos una diagonal, de izquierda a derecha y de arriba abajo, que partiera en dos triángulos equivalentes el rectángulo de la fotografía, veríamos que el paisaje descripto ocupa íntegramente el triángulo inferior. El superior, en cambio, ofrece un cielo limpio.

A metro escaso por encima del alambre avanza un halcón hacia el pasado. De derecha a izquierda.  Fiero. Como si buscara venganza en el ámbito de un mundo que ya no late.

Las garras, desprovistas en vuelo de función, le pesan colgadas de los muslos. El plumaje de la cola, abierto en abanico. Pequeño, el cuerpo, en proporción con el volumen del ave. Y la cabeza, al servicio de un pico amenazante y feroz. Gris y anaranjada, muestra el arma la curvatura característica de las aves rapaces. Provoca pavor. Y las alas, enormes, coronan esa máquina voladora y viva. Se las ve desplegadas a un tercio de su capacidad de movimiento. Como si buscaran la fuerza suficiente que empuje hacia el destino. Bellas y terribles. Pródigas en reflejos donde predomina el marrón.

Para el ojo experto, sin embargo, la imagen presenta una imperfección. Y tal imperfección descalificaría la foto en un hipotético concurso.

Sucede que el punto de articulación del ala izquierda quedó levemente recortado por el margen superior de la fotografía. Y el detalle, que para mí potencia la belleza, tropieza con las reglas caprichosas de la valoración artística: el ave no fue centrada por el foco. Accidente que provoca el movimiento.

Me permito comparar la energía que genera el accidente con la imponente obra que el genio de Miguel Ángel Buonarrotti plasmó en el sexto retablo de la parte central de la bóveda, en la Capilla Sixtina, cuando el dedo de Dios creador no llega a tocarse nunca con el dedo de Adán recién creado. En ese salto de bujía está, precisamente, la chispa de la Creación. En esa interrupción que detona el pensamiento radica la fuerza expresiva, la fuerza sugestiva de la belleza. Descubierta la falla potenciadora nadie se aviene a mirar en derredor.

Con el ala tronchada del halcón pasa lo mismo. Algo fuera de margen potencia la imaginación. Y la escena se vuelve creíble. No es un ave fijada en un plano. Es la vida que explota en el vuelo del halcón.

Belleza en movimiento. Energía que rompe cualquier límite que quisiera oponérsele. Perfección en aquello que los técnicos juzgaran imperfecto.

Esto es lo que a mí me motiva para distinguir la belleza: su particularidad, la singularidad del accidente en beneficio del conjunto.

El halcón fotografiado por Gustavo Goyeneche es absolutamente bello porque está soberanamente vivo. Porque vuela. Porque amenaza. Porque avanza. Porque irradia. Porque transmite su intención.

Un halcón centrado en una fotografía técnicamente perfecta sería un halcón muerto.  Aunque pareciera que volara. Una desgraciada e inoportuna parálisis de la vida.

4. Asir la belleza

Seis mujeres hermosas pueden ser suficiente para asir la belleza.

Tengo desplegadas ante mi vista varias fotografías de las seis. Todas fueron tomadas por ellas mismas -o por algún cercano- y me fueron obsequiadas en distintos momentos durante los últimos diez años.

Diez años será, por lo pronto, el período de corte de este trabajo. Son mujeres contemporáneas, en la plenitud de la edad y representativas de una generación. Entre milenials y centenials; porque, diez años, aproximadamente, separan a las mayores de las más jóvenes. Son, como adelanté, mujeres del común. Sin divismo ni aspiraciones estelares, aunque bien las podrían tener. Llevan su belleza como algo natural y esa virtud es lo que me atrae. No la presumen. La comparten con sus familias, sus amigos, sus novios, sus parejas, sus afectos más próximos. No sé si son las más hermosas -cada uno tendrá sus propias preferencias-, pero son las más hermosas que hallé para este período de corte. Período en el que fui madurando la idea que trato de plasmar; primero, con dos de ellas y después, con las otras cuatro que completan, a mi entender, un espectro de belleza bien definido y bien argentino. En sus rasgos, sus físicos, sus desplazamientos, sus conductas y sus gestos uno descubre la mujer argentina, el resultado de una mujer que se formó como herencia de una multiplicidad de factores y que se replica en las distintas ciudades, las distintas provincias. Un orgullo, en definitiva, para quienes habitamos el país.

No las compararé. Sé que evitar la comparación es tarea difícil y sé que cada lector hará la suya, explícita o implícitamente. Pero ninguna de las seis resiste comparación. Cada una es singular en su tipo. Cada una materializa la belleza de manera particular. Y si de jugar con la abstracción se tratare, diría que son, en todo caso, las seis puntas complementarias de un hexágono estrellado.

Empecé este capítulo hablando de asir la belleza. ¿Cómo asir lo inasible por definición? La fotografía es instrumento elocuente. Pero no es del todo cierto que una imagen valga por mil palabras. Toda imagen, en última instancia, requiere traducción. Porque es el pensamiento el que fija un concepto para siempre, el que lo graba limpio en la memoria cuando los sentidos se empiezan a saturar. Y sólo se puede pensar a partir de la palabra. Aun el número perfecto la necesita, se llame ‘Pi’, se llame ‘e’, se llame ‘proporción áurea’. Sin lenguaje verbal el pensamiento es imposible. Y pensar la belleza, y fijarla a través del concepto partiendo de una imagen sensorial, es vía posible de asirla, de comprenderla, de gozarla.

Las seis modelos que elegí para mi trabajo saben que es un deleite pensarlas. Por sus singularidades. Por sus tics, sus voces, la energía que transmiten. Por ese detalle -o suma de detalles- que las caracteriza. Por la leve imperfección de cada una.

Cada paisaje o cada geografía que descubrimos; cada flor, cada pájaro o cada bestia; cada obra monumental del arte humano, de la ciencia humana, pueden ser bellos simultánea o sucesivamente. Todo depende de cómo se disponga el ánimo del observador. Y de esa belleza que vamos descubriendo, nuestra memoria retiene los hitos. Los eleva al sitial de preferidos, los distingue. Aun cuando viviéramos rodeados por la belleza -algo impropio e inusual- un puñado de referencias conformarán nuestro patrón. Referencias naturales o referencias culturales. Obras de Dios, como quiera que se lo conciba, u obras del Arte.

Desde este punto de observador que me reservo, y desde este presente, mi patrón de belleza reconoce seis hitos. Alfabéticamente nombrados: Azul, Camila, Noelia, Rocío, Sofía y Virginia. En ellas, en sus tipos, en sus particularidades me detendré en los próximos capítulos.

Las conozco. Me enamoré de dos. No, de las otras cuatro -porque es inefable y caprichoso el enamoramiento-, pero bien podría haber sucedido. Uno de los objetivos de este ensayo es que todo lector se enamore de las seis. Porque si amor es lo que profesamos por la Quinta Sinfonía o por La última cena o por el Conjunto de Mandelbrot o por El Aleph -también por el tigre de bengala o las Cataratas del Iguazú- no hay razón que impida que ese mismo amor lo profesemos por seis maravillosas mujeres.

Azul: carnal, poderosa, versátil; arquetipo de belleza de toda una región.

Camila: grácil, fresca, familiar, cercana; arquetipo de las clases trabajadoras que buscan progresar desde lo que ha venido a llamarse movilidad social ascendente.

Noelia: intensa, pasional, agreste; arquetipo de belleza étnica, salvaje, natural.

Rocío: luminosa, adorable, dulce; arquetipo de belleza juvenil levemente desprejuiciada, levemente melancólica.

Sofía: hipnótica, celestial, etérea; arquetipo de misterio divino, de distancias insondables.

Virginia: libertaria, pícara, bullanguera, barrial; gorrión que da vida a los charquitos con sólo visitarlos.

5. Azul

Azul Policani

¿Cómo empezar a definir la belleza por la tersura de un mentón? ¿por una boca entreabierta que deja ver la hilera superior de unos dientes adolescentes y blancos y que obliga a imaginar la lengua que los encima, pero que no asoma, y que uno, sin embargo, espera con lujuriosa avidez? ¿cómo empezar por esa mano apenas insinuada, que adelanta su anular hacia la comisura y que subraya un gesto entre infantil y pícaro?

Azul es el arquetipo de la seducción. Genera imágenes con olor a sexo. Nadie provoca el deseo de manera parecida.

Su cuello, fibroso y esbelto, lo hubiera codiciado Modigliani. Su pelo, moreno y sedoso, habría hecho las delicias de Gauguin.

Todo en Azul es sensualidad. Su torso, potente y proporcionado; sus pechos, generosos y firmes; sus brazos fuertes, sus manos delicadas.

Sostiene la cadera poderosa sobre dos piernas perfectamente plantadas. Y sabe proponerse como sujeto de perpetua excitación.

Inquieta. Provoca fantasías.

Sin embargo, no todo en Azul tiene olor a sexo. Es, por lo pronto, una mujer versátil. Lleva en la sangre las aptitudes de la actriz y sabe cambiar de pose y de mirada conforme la cámara se lo exige; sabe modelar la risa; sabe transmitir un dolor oscuro y hondo; sabe interpretar el enojo y el miedo; sabe que el misterio cautiva y que la ternura convoca.

Mira fijo, de frente.

De contextura naturalmente voluptuosa, encarna el papel de la mujer dominante. De aquella que todo lo puede, aun cuando alguna tristeza o algún dolor de orígenes inciertos le laceren el alma.

Sociable e íntima a la vez, es capaz de estallar a carcajada limpia. O de llorar, interiormente y en silencio.

Le gusta saberse la más bella y no es fácil que le puedan competir. Pero no se piensa superior. No finge humildad, la practica. Es confiable y buena persona; altruista, solidaria y honesta. También compinche de quienes elige para compartir su camino.

Quiso la naturaleza -acaso lo quiso la genética que heredó de su mamá- legarle un encanto singular que por mucho excede su anatomía. Perfecto el óvalo de su cara; perfecta, allí, la distribución de los órganos; perfecto, el marco del cabello que cuida con especial dedicación.

Una estatura por debajo de los parámetros estéticos requeridos por la industria y cierto ligero sobrepeso motivado por la misma voluptuosidad, le quitaron tal vez la posibilidad de brillar en las pasarelas. Pero le dieron, a cambio, una impronta de belleza latina que la propone como emblema de la geografía que habita. Nadie representa mejor que Azul la belleza típica de la llanura pampeana. Síntesis de mujer de la Europa meridional, que ha nacido y crecido en este suelo y que ha tomado de la mujer autóctona rasgos y gestos y actitudes, se erige como prototipo. Visceral, caliente, pródiga; familiera, decidida, competente.

Canaliza su vocación artística a través de la fotografía. Hace gala, con ella, de buen ojo y de buen gusto. Y conforma un raro caso por el que es habitual que la fotógrafa supere en belleza a todas sus modelos.

Cariñosa, accesible, cabrona; un tanto ciclotímica, sanguínea; entregada con pasión a cada causa que estima justa; noble, leal, creíble; Azul atrapa. Difícil olvidarse de ella una vez que se la conoce. Difícil no soñar con su compañía y con su cuerpo. Difícil, imagino, sostener sus beneficios si acaso se los alcanzare. Su fidelidad, su lealtad, su correspondencia se las debe merecer. Soberanamente apetecible, se maneja con autonomía y sobriedad. Breva jugosa, fruta a punto de maduración, Azul es una maravilla de aquéllas que no abundan. Una gema viva de preciados quilates.

6. Camila

Camila Crosatto

Ama el mar. Es el mar. Ama Claromecó. Lleva en la piel el color de su arena.

Nació en octubre. Usted imagine ese mes en el hemisferio sur; en un país, como la Argentina, de clima moderado. Usted imagine el placer de caminar por la mañana, con el sol a medio levantar, con el rocío que llena de perlitas una gramilla joven y fragante. Perlitas que alguna vez adornarán el lóbulo de su oreja. Usted imagine que salió con una campera liviana y que el movimiento relajado de su cuerpo lo invita a quitársela. Imagine los árboles estrenando follaje, los jardines y los canteros de las plazas rebosantes de flores, los pájaros celebrando la ceremonia anual, aquélla que traerá los pichones para alegrar sus nidos.

Usted imagine que se atreve a silbar, como si les copiara el trino, como si ofreciera su música al día que lo agasaja.

Usted está feliz. Acaso ni se ha dado cuenta. Acaso ignore los motivos, porque el mundo se empeña en hostigarlo sin reparar en estaciones. Pero sonríe igual. Igual respira hondo y llena los pulmones. Se deja llevar por la energía que llega de algún lado.

Conocí a Camila no hace tanto en un café de transición. Llegó para renovar el aire en un ambiente que sabía a rancio.

Locuaz, extrovertida, sociable, se interesó por un grupo de lectura que yo conducía y era común que se quedara escuchando los debates, con la bandeja o la rejilla en la mano, tratando de aprender, dispuesta a participar.

Esperaba con entusiasmo cada viernes e hizo que también los esperara yo. Las demás tardes, durante la semana, solía venirse hasta mi mesa, sentarse si el trabajo se lo permitía, contarme de sus cosas, conversar. Formada y culta, cada charla devenía una delicia.

Grácil, fresca, portadora de un timbre de voz que armoniza con su físico y de un carácter suave y firme al mismo tiempo, Camila traía consigo la primavera, la hacía vibrar en la penumbra de los atardeceres de invierno.

Fueron pocos los meses que la traté. Los suficientes como para saber que alguna vez escribiría sobre Camila.

Bella. Con esa belleza intrínseca de las cosas naturales, Camila se revela como la novia que sueña cualquier niño cuando todavía cree en el amor, en un amor que se proyecte para toda la vida. La novia -como decíamos en la escuela los chicos de mi tiempo- para poner en la mesita de luz, para dormirse con el encanto de su risa, con el arrullo de sus labios; para rezarle, para adorarla.

Alta, esbelta, castaña, en extremo atractiva, es un deleite verla caminar. Seduce desde el mismo desplazamiento. E irradia una serena y movilizadora energía.

En un libro de poemas que le regalé puede leerse que “la única belleza ante la que me rindo es aquella que aparece / a cara lavada y a ropa de calle / en cualquier rinconcito de un pueblo cualquiera”.

Camila obliga mi rendición.

Es de Tres Arroyos. Bien podría serlo de cualquier pueblo de nuestra llanura. Tiene la impronta de las chicas de pueblo, de ésas que se llevan todas las miradas y todos los suspiros. Camila es una chica común. Y en la cualidad de común es donde radica su particular hermosura. Se distingue. Tiene luz propia, una luz que se convierte en su marca de referencia.

Algunas fotos que quiso regalarme la definen.

En una mira al mar, de perfil, sobre la arena. El día se adivina ventoso, el pelo se adivina húmedo. Impaciente, el mate que sostiene con una mano se adivina ansioso por confortarla, por entibiarla por dentro, por tener el privilegio de un beso reparador. Concentrada en lontananza, la mirada de la mujer transmite paz. Un gozoso momento contemplativo.

Hay dos versiones de Camila igual de atractivas:

La Camila seductora, la de los mohines entre tiernos y pícaros, la que mira como si guardara un secreto; y la Camila angelical, la que tuerce levemente el cuello sobre un hombro y regala su mejor sonrisa.

Aquélla es capaz de llevarse la mano al mentón, a la boca; ya para limpiar la cerveza que derramó sin querer, ya para abrigarse con el cuello de la polera. Le brillan los ojos color café. Finge una ingenuidad, una torpeza. Dan ganas de besarla. Dan ganas de abrazarla fuerte, de apretarla contra el pecho.

Ésta ofrece sus dientes de niña -de paletas un tanto grandes-, su remerita floral, su pulóver negro donde los gatos que adora dejaron sus huellas. Camila se divierte con el detalle. Es, de alguna forma, una gatita más y podemos pensarla ronroneando cuando una mano amada le acaricia la cabeza.

De cara angular, con pómulos pronunciados que subrayan la tersura de las mejillas y la extensión de la boca, luce algunas pecas como florcitas silvestres. Nariz griega. Cejas pecadoras. Pelo lacio que transita por distintas tonalidades del castaño.

Todo lo demás es proporción.

Cuello moderado, buen talle, brazos largos, muñecas y manos delicadas. Por allí se ven unos tatuajes; delicados, también, como el conjunto.

Viste con sobriedad. Parece no gustarle la ostentación y mantiene un perfil reservado. La sé, sin embargo, proactiva y con gran capacidad de resolución. También cálida, cordial, amable. Atrapa la atención desde cada uno de sus gestos. Y fascina y cautiva cuando habla.

Belleza extrema de lo simple, modelo de buen gusto.

Bien podría asociarse a Camila con las sirenas de los cuentos. Y no le disgustaría, como dije, habitar en el mar. No habría, en tal caso, navegante que se resistiera a sus encantos.

No sé si peligrosos, como los del mito homérico. Peligroso, en todo caso, es cruzársela: conmueve a primera vista, captura a medida que se la conoce, impide que la memoria ejerza su derecho a olvidar.

7. Noelia

Noelia Paz

Verla es entrar en el corazón de la tormenta. Exponerse a los vientos. Paralizarse ante un espectáculo magnífico y estremecedor.

Sin embargo, el espectador no retrocede, no se ampara, no busca refugio. Poseído por una fuerza sobrenatural se entrega casi con devoción. Ansía ser devorado por ese vórtice, arrastrado, deglutido.

Tal es la fuerza de atracción de esta mujer, nacida en un pequeño pueblo del noroeste bonaerense, que rompe con todos los patrones de comparación.

Étnica y agreste -dos cuestiones sobre las que volveré-, Noelia parecería provenir de ignotas regiones del espacio interestelar, de los orígenes mismos, de ese Big Bang que desvela a la ciencia y que habla de partículas en constante interacción y en constante transformación, de energía oscura, de sonido atronador. Remite a sistemas planetarios enteros tragados por una gigante roja, fundidos en una supernova, perdidos en un agujero negro. Es materia concentrada, impenetrable. Absoluto misterio. Y atractor de cuanto existe.

Pero ríe. Y cuando ríe se hace la luz desde el fondo de la negrura universal. No sé si sabré definir la belleza encarnada en Noelia. Es un desafío mayor, porque es indefinible por antonomasia. Prototipo antes que modelo. Inimitable.

Iré, por lo tanto, con cuidado. Sondearé los bordes del misterio si no me fuera permitido penetrar en él. E iré ensamblando las múltiples piezas de un rompecabezas fascinante para inducir, si no la totalidad, al menos los contornos.

El cuerpo parece esculpido. Tallado en madera noble por el más inspirado escultor. Un Rodín de nogal. Nada disuena. Hombros, cuello, clavícula; brazos, manos, torso; pechos, cintura, vientre; caderas, piernas y pies. Proporción animada en un cuerpo moreno de veintitantos años que no pasa inadvertido. Tampoco pasa inadvertida esa piel tersa y mate que honra las caricias del sol.

Tiene porte. Luce espléndida. Sabe posar. Sabe sentarse, moverse, desplazarse. Todo de manera natural y espontánea. Preciosa. Como si no le pesara semejante belleza.

Acaso es Noelia el emergente de la belleza con la que se encontraron los conquistadores.

Cuentan los relatos de época que quedaron fascinados. Que los jóvenes cuerpos de aquellas aborígenes les hicieron pensar que estaban en el Paraíso. Potentes y livianos. Virginales. Apetecibles. Motivadores de una lujuria inédita. También libertarios e indómitos. Amazonas, aquéllas, como ésta del siglo veintiuno.

Noelia mira y cuando mira el espectador queda inerme. No hay voluntad que se resista a dejarse atrapar por esos ojos negros, por el magnetismo que atrae. Son los ojos, sí. Pero es, sobre todo, la fuerza que Noelia imprime a su mirada. Fuego negro que enciende, que abrasa, que reduce. Relámpago que parte la oscuridad.

Sobria, con pocos adornos que potencien la privilegiada anatomía, si Noelia seduce desde el físico, cautiva con el rostro.

Frente amplia. Tez morena. Grandes ojos negros aindiados. Cejas más bien rectas. Perfectas y proporcionadas las orejas y la nariz. Pómulos fuertes, mentón afilado y una boca que no se puede dejar de soñar: ancha, carnosa, con el labio inferior levemente adelantado, con el superior que se acorazona, con las comisuras marcadas, dispuestas a contener la expansión de sensualidad. Parece dibujada, aunque late con pasión. Y descubre, con la sonrisa franca, un engarce de dientes muy blancos, grandes y parejos.

Cuando ríe, los pliegues que dibuja la cara entre los pómulos y el mentón conforman una suerte de cajita de música. Puede oírsela, incluso, desde el fulgor de una foto. Puede percibirse el perfume que exhala. Perfume que huele a violetas y a frutos del bosque. A moras, a grosellas, a arándanos.

Y el pelo -¡ay, el pelo!-; racha azabache, hoguera de llamas negras que enciende e intimida. Allí, en la tupida y ondeada cabellera nace la tormenta. Allí se pierde el equilibrio, se entrega la razón. El pelo de Noelia nos remite a La tempestad de Shakespeare y uno se siente indefenso ante el fenómeno, pequeñito delante de la maravilla, absorto frente a la corriente que se derrama en catarata.

Conozco bien a Noelia. La quiero. Tengo un profundo respeto por su persona. Admiro sus virtudes morales y su capacidad intelectual. Admiro sus valores humanos. Hizo de la psicopedagogía profesión y de la honestidad, un culto. Es abierta, competente y amable. Razona con simpleza, pero con profundidad; mérito doble. Y expone sin pudor sus emociones. Amiga fiel de sus amigos, novia que soñaran los románticos de cualquier patria y de cualquier edad, Noelia representa esta tierra.

Y representa la originalidad de su raza.

Las representa de manera salvaje, más allá de su refinamiento. Por eso lo de agreste y lo de étnica.

Cálida, amena, sincera; humilde, graciosa, potente; brilla en cuanto se propone.

Y se propone metas altas, aunque accesibles. No juega con lo ideal ni con lo utópico. Piensa, siente como mujer. Y como mujer aspira de la vida lo mejor que la vida puede darle. Ni menos ni más.

8. Rocío

Rocío Ludueña

“…cuando se formaron los primeros átomos, el universo se volvió transparente y lleno de luz. Esa luz ha llegado hasta nuestros días en la forma de un débil fondo de radiación…”

El entrecomillado puede leerse en la introducción que Alberto Casas González hace para su ensayo sobre ‘La materia oscura’. Bien podría referirse a Rocío.

Luz y transparencia. Ningún sustantivo la definiría mejor.

Quiso la vida que nos conociéramos el año que azotó la pandemia y toda la humanidad entró en crisis. Quiso que por aquellos días se convirtiera en mi ángel guardián.

Venía disimulada entre las ropas de una moza de café. Bonita, como todas las mozas, porque así las eligen. Pero distinta. Maravillosamente extraordinaria.

Al principio Rocío fue un deleite que se desplazaba entre las mesas, que tendía los manteles con obsesión de geómetra. Un bello pasatiempo visual entre lectura y lectura, entre sorbo y sorbo de un cortado espumoso que me preparaba con celo y que acompañaba con una medialuna. Después supe que reservaba una crocante, apenas recibía la bandeja de la confitería, para “el de la mesa 18”. Tendría que ir viendo esos detalles, tendría que atravesar el atractivo de su físico para descubrir lo que habitaba el interior.

Intentaré caracterizar esta mujer de la que pronto me enamoré sin remedio:

Primera entre las bellas. Noble. Con una sensibilidad que no desmienten sus altibajos emocionales. Pulcra, inquieta, frontal.  Prolija y consecuente. Algo frágil de salud, soñadora. Centenial, como me gusta llamarle, de almendra y miel. Regatonera. Inconstante. Un tanto contradictoria. Ejemplo de esas mujeres que la pelean desde abajo. Que saben lo que es sacrificarse para vivir con dignidad.  Que cargan con su belleza como peso y factor de peligro, antes que como beneficio y privilegio. Foco inevitable de acoso. Sabe, sin embargo, tomar decisiones. Sable plantarse con valentía y buscar refugio en quienes entiende que puede confiar.

Guerrera y pichoncito a un mismo tiempo.

Empezaré por los tatuajes, que son muchos. Más de veinte. Y que conozco en detalles porque Rocío así lo decidió.

Dibujos y cifras. En castellano y en inglés. Con referencias precisas y con otras que mueven la libre interpretación. En los brazos, las manos y los dedos. En los muslos y los tobillos. En el pecho, en el vientre, en los hombros, en la espalda. Cada uno es una isla de placer, un sitio paradisíaco donde uno querría abandonarse, olvidarse de todo, liberar los sentidos, dedicarse a vivir.  Lo mismo, con los pearcings: uno, en la aleta derecha de la nariz, tenue estrella que titila; otro, en la lengua; otro, en el ombligo, breve temblor que se percibe al tacto cuando la mano descansa en esa cálida planicie del vientre. Territorio de clima benigno, el vientre de Rocío. Recorrerlo es tutearse con la felicidad.

De estatura más bien baja, menuda toda ella, Rocío encarna la divina proporción tal como nos la reveló Leonardo. Hombros anchos, de deportista; clavícula marcada, cuello elegante; pechos medianos, redondos y simétricos; también flexibles. La estrechez de la cintura destaca una amable curvatura de las caderas. Firme, la cola; y piernas, de ensueño. Es eléctrica y alegre. Goza de muy buen humor. Y un detalle que la destaca: le gusta disfrutar de la paz de la pesca; un domingo, temprano, mientras levanta el día.

Ni diseñada, mejor.  

Suele sorprender la naturaleza con maravillas portentosas. Rocío es una de ellas. Acaso, la mayor que conozco.

No temo las objeciones que mereciera el lugar común si digo que su cara es la de un ángel. De frente amplia, cachetoncita, con el mentón afilado y una hendidura que extrema su sensualidad. Hendidura que se corresponde con los hoyuelos de las mejillas. Amplia y sabrosa la boca. Pequeña y ancha la nariz, con un leve respingo. Y el núcleo emisor de la energía que irradia: los ojos. Ojos de almendra como nunca vi.

Cuando los abre, se enciende la mañana. Recién entonces amanece. Y el día se endulza, se acaramela. No hay dolor ni tristeza que puedan con el ánimo si nuestros ojos se cruzan con los de Rocío. Del color de la miel, sugestivos, sugerentes, valen por todas las tardes soleadas del invierno. Porque fueron hechos para dar calor.

Transmiten, además de vitalidad, una infinita ternura.

Y miran con la pureza de las conciencias limpias. De los que nada deben. Sobre todo cuando brillan humedecidos por la emoción; o por cierta impotencia, o por algún disgusto.

Abraza fuerte la Rochi. Abraza con el alma. Con la fuerza caliente y desprejuiciada de su juventud.  Cada abrazo renueva la confianza, nos devuelve la fe.

Paradoja de lo extraordinario, aunque frágil y tierna, la fuerza que emana de Rocío es una fuerza arrolladora. “Todo va a estar bien” es su lema. Y todo está bien si nos asiste. Lleva, con veinte años, la experiencia de los que mucho han vivido. Acaso porque trabaja desde pequeña. Acaso porque, bella como el sol, no teme los rigores que le ajan las manos, no teme la fatiga y el cansancio que la mandan a dormir a la hora en la que salen sus amigos. Es guapa en la doble extensión del concepto.

No sólo la amo: yo admiro a Rocío. La llevo como ejemplo y estandarte. La cito cada vez que puedo. Me dejo guiar.

Dejar que Rocío me guíe es una manera de reconocer que la vida no sabe de edades. Que mucho tenemos por aprender los que mucho aprendimos. Y que la juventud es un detalle que no invalida la sabiduría. Al contrario. Con la Rochi se refirma y fortalece. Porque sabia -y valga la perogrullada- es aquella persona que sabe vivir.

Ni siquiera terminó la escuela. Adeuda tres materias, que rendirá algún día, y escribe, como todo centenial, con alguna dificultad. Pero resuelve los problemas con claridad meridiana. La misma que me transfiere cuando estoy confundido. La que tanto enamora.

“Te voy a extrañar mucho” -le dije cuando se fue del bar. “Pero yo voy a ir a visitarte” -me dijo convencida.

Y cumplió.

Nos vemos con relativa frecuencia. Y cuando no, paso horas con sus fotos delante. Orbito como un satélite sujeto a las leyes de la gravitación. Rocío es el centro de mi sistema planetario. Diminuto sistema de dos que forma un universo.

Un día le confesé que la amaba como un hombre demasiado grande puede amar a una mujer demasiado jovencita. Me miró. Me dijo: “Yo también”. Y el retrato que estaba construyendo me quedó inconcluso.

9. Sofía

Sofía Favignano

Tenía veintitrés años cuando conocí el mar. Nunca antes había ido y desde chico lo imaginaba como un cielo de agua. Pero, no.

Llegaba a Mar del Plata por trabajo, con el auto que me proveía la empresa. Recuerdo que entré por Luro y que, instintivamente, atravesé la avenida. La ansiedad me martillaba las sienes. Era invierno, hacía frío; mucho frío. Desemboqué en Punta Iglesias, estacioné, me calcé el Gamulán y me fui derechito al espigón de los Pescadores. El enorme cartel de Balcarce me serviría, después, como referencia.

Quedé extasiado.

Por la inmensidad que saturaba los ojos; por el rumor que ensordecía; por el viento que me golpeaba con fuerza; por el olor penetrante; por las olas que rebasaban la contención de piedra y que me mojaban la cara y el pelo que comenzaba a escasear.

Para mí, que ni lo tuve ni lo tengo demasiado claro, fue la experiencia más cercana a la de encontrarme con Dios.

El mar no era un cielo de agua. El mar era toda la potencia de la Tierra; una vastedad que complementaba la serena vastedad del cielo para que los humanos tomemos conciencia de nuestra pequeñez. Yo, que nunca me había desplazado demasiado lejos de mi Junín, estaba allí, absorto, frente al mar océano, el mismo sobre el que leyera infinidad de historias maravillosas y fantásticas.

Cuarenta años después, delante de un puñado de fotos, escribo desde la soledad de mi casa sobre una sensación parecida. Sofía me devuelve al mar océano y al espectáculo de un cielo inconmensurable. Tal es el éxtasis que provoca la estampa de esta mujer impar.

Transita su plenitud. Esa edad que da a la mujer absoluto dominio de sí misma y que la planta en la vida como su creación suprema.

Y si es la mujer -entendiendo por ello la mujer genérica- la suprema materialización de la belleza, Sofía es su particularización. Nadie más femenina.

Tres íconos del arte universal me servirán para caracterizarla:

Uno, ‘El nacimiento de Venus’, de Botticelli; otro, ‘Mujer de ojos azules’, de Modigliani; el tercero, ‘La niña afgana’, esa fotografía extraordinaria con la que Steve Mc Curry inmortalizara el rostro de Sharbat Gula.

Completo:

Alta, delgada, elegante, fina, Sofía cautiva cuando clava los ojos. Paraliza, atraviesa la médula. Provoca un escalofrío, un estremecimiento que procede de lo más profundo del cuerpo y que obliga a pensar en la existencia de hadas y de ángeles. Obliga a creer que Campanita y Cenicienta, que Blancanieves y la Bella Durmiente, que Julieta, Alicia, Helena o Dulcinea no fueron creaciones de la literatura, sino los ancestros de los que heredó sus genes.

Hay una palabra que, infelizmente, gastó el abuso: es la palabra ‘diosa’. Atribuida a cualquier mujer razonablemente atractiva, perdió su significación. Sofía, sin embargo, lo es. Una diosa olímpica que provocaría el amor desenfrenado de Zeus y los celos irremediables de Palas o de Afrodita.

Reservada, prudente, portadora de una sensible timidez, desconozco los sentimientos íntimos y las concreciones amorosas de Sofía. Deduzco que las tendrá. Pero es de tal magnitud la belleza que la agracia que parece una mujer inalcanzable, una mujer que habita esferas demasiado distantes de este mundo.

Describirla sería redundar. Parte por parte de su cuerpo y de su rostro son la mismísima perfección. Exquisito, el talle. De durazno, la piel. Piernas que soñaría cualquier tenista rusa. Extremadamente sensual, su físico privilegiado.

Me detendré en lo que estimo sus rasgos de excelsitud:

Los ojos: impiadosos en su glacial claridad. Turbulencia de mar embravecido o diáfana serenidad de un cielo despejado. Depende de las circunstancias. Hondos, hipnóticos, seductores. Inquisidores. Resistir sin temblar una mirada de Sofía resulta una vana aspiración.

La boca: un damasco maduro para morder.

La nariz: recta, mediterránea, perfecta. Eje que articula una constelación de pecas que subrayan y singularizan la personalidad.

El pelo: campo de cebada a punto de cosecharse. Delicia de hebras ondeadas y castañas que invitan a la perpetua caricia.

Y las manos: pulcras, finas, largas, cuidadas. Pabellón que luce sus uñas esculpidas con pretensión de sala principal.

Sofía es arte vivo.

Y es mujer de soberano esplendor.

Suave, tierna, serena, encantadora, suma, a las evidentes virtudes de su físico, una emoción templada; un carácter amable, pero firme; una sensación de lejanía que, sin embargo, se azucara con el trato.

Pasar por sus dominios y no enamorarse de ella exigiría, como sucedió con Ulises en su regreso a Ítaca, atarse al palo mayor de la nave, vendarse los ojos, taparse los oídos, negarse a respirar.

10. Virginia

Virginia Zusbiela

Difícil decir sobre Virginia algo que aún no haya dicho. Son diez años -diecisiete desde que la conozco-, tres libros de poemas, cantidad de momentos sublimes y un amor incondicional.

Cenas, desayunos, mateadas, confidencias. Ansiedad si tardaba en responderme. Cosquillas para elegir cada regalo.

Diez años de un amor sin destino, pero intenso como no conocí.

No sé si caben las explicaciones; este amor, sin embargo, las tiene. Virginia -la Virgi con ‘g’ bien africada, bien italiana- es la mujer más potente que se cruzó en mi vida, dueña de una belleza compleja, difícil de tipificar.

Tendría que recurrir a Neruda y ‘Los versos del capitán’ para ser más preciso.

“Hay más altas que tú, más altas.

Hay más puras que tú, más puras.

Hay más bellas que tú, más bellas.

Pero tú eres la reina.”

Y claro: Si nos distrajéramos con los detalles, Virginia quizá no habitaría la cima, pero en conjunto no resiste comparación. Es la cima. Es única. Y, como la luz, sólo se define por su presencia.

Presencia.

De eso se trata. Vida en un constante y perpetuo fluir. Vibración. Ondas que emanan de su persona y se expanden por el aire. O por el barrio. Porque es, ante todo, esa chica de barrio capaz de codearse con los dioses: la aspiración de cualquier mujer.

¡Qué goce, qué inigualable goce provoca la compañía de Virginia!

Su risa, su voz, su simpleza, su aleteo. Gorrión de las mañanas. Vida que se derrama desde los aleros, desde las copas de los árboles, desde las terrazas de los edificios.

Son tantas, tantísimas las imágenes que guarda mi memoria:

La de aquella indiecita que jugaba una prenda cuando cursaba el quinto año. Desnudo, el cuerpo que apenas cubrían un taparrabos y un corpiño de arpillera. Flamante. Voraz. Perturbadora. Hija recién parida por la Tierra. Toda temblor, toda jugo.

La de aquella mañana en la que compartimos el primer desayuno; chiquitos, sus ojos, por el madrugón y el sueño.

La de la noche de su egreso del Profesorado; espléndida con su vestido de plata y gualda, con sus aros de plumas y su pelo con rizos; con la sonrisa enorme que se plasmó en la foto y con las sandalias que fuéramos a buscar tomados de las manos.

La de aquella primera cena a solas.

La de la tarde en la que me regaló su camperita de la secundaria, camperita que por supuesto conservo, dedicada especialmente, con una inscripción en la espalda donde se lee “Virshi”, para que su nombre sonara como lo pronunciaba yo.

Y ésta de una foto que atesoro, cuando ya estaba lejos, brindando para una Navidad, con un vestido negro que le marca el talle; generoso, el escote; y las piernas más bellas.

La Virgi es la mujer de las novelas románticas, de las películas de amor, de los sueños eróticos, de los sueños más tiernos.

De caderas poderosas y cintura delgada; amplia de caja y con pechos moderados; finísima la piel que dora el sol; rubio el cabello, seductor su flequillo; Virginia configura un prototipo. Sobre todo cuando se sienta frente a uno, levanta los ojos, esquiva el mechón y se muerde los labios.

Sensualidad extrema; virgen, fogosa, natural.

Tiene brazos y manos de bailarina y un cuello trabajado por delicado cincel. Lo toca con cadenitas y colgantes y luce, en su dorso, una significativa leyenda: “C’est la vie”.

Pícara, honesta, llana; con un dejo de soberbia que disimula; segura de sí misma; testaruda, pertinaz, emprendedora. Se mueve y provoca un torbellino difícil de contener.

No acepta, por lo general, que se la contradiga. Y si impone su criterio, lo impone con amabilidad. Casi por decantación.

Le gusta saberse deseada y admirada. Y no le cuesta el menor esfuerzo conseguir que se la desee y se la admire.

Bullanguera, volátil, alegre, divertida. Íntima cuando las circunstancias lo ameritan. Y, sobre todo, libertaria.

Vive en pareja, necesita saberse contenida. Pero no se somete al amor; menos a lo que pudiera tener el amor de posesivo.

Dueña de su vida, apunta lejos.

Temeraria, aunque consciente de los riesgos que implica la temeridad, también es consciente de sus límites. Y es, ante todo, una mujer de coraje.

A un cuerpo espectacular cabe añadir la particularidad de su cara. Cara que conmueve con gestos y mohines; y, a veces, con lágrimas que brotan con facilidad.

Ojos tintos y triangulares. Triangular, la boca: grande y apetitosa. Cejas finas. Nariz más bien ancha, sobre todo a la altura del puente. Pómulos pronunciados, mentón perfecto, orejas para lucir. Le gusta que sea con variedad de aros, con buenas piedras, con diferentes modelos.

Y le gusta la ropa. La deportiva, que es su pasión; y la de fiesta, que es su coronación.

Huele de manera deliciosa. Sabe elegir las fragancias, adaptarlas a su personalidad.

Conocer a Virginia es resignarse a quedar prendado.

Puede parecer distante, y hasta fría, si se lo propone; pero sabe estrecharse y dar calor del bueno. De ese que repara cualquier aflicción.

Sé que no he podido mantener la objetividad. Pero, aun desde la subjetividad que lo impulsa, no será sencillo cuestionar la honestidad de este retrato. Virginia es la belleza encarnada en grado superlativo; no porque se lo afirme desde aquí, porque así lo atestiguan quienes la conocen. Porque así la celebran. La perfección, insisto, se hace plena a partir de las imperfecciones, como traté de demostrar en el capítulo tercero con el ala del halcón.

Un privilegio, para mí, saberla cercana. También, una responsabilidad. Definir la mujer que se ama y que es, por mérito propio y por gracia natural, indefinible me deja una sensación de incompetencia que sabrá disimular la indulgencia del lector.

11. Conclusiones

Dice una leyenda -no tan leyenda- que Newton se inspiró en la caída de una manzana que se desprendió del árbol para intuir la atracción de los cuerpos. Intuición que derivaría en la mayor hazaña científica anterior a la teoría de la relatividad general y a la mecánica cuántica: la ley de gravitación universal.

Dice otra leyenda -no menos verdadera- que Leonardo da Vinci profesaba una real pasión necrofílica que le permitió trabajar con cadáveres en ambientes irrespirables hasta dejar el legado más completo sobre la morfología del cuerpo humano.

La intuición de uno, la rigurosa pasión del otro, marcaron la historia: sintetizaron lo que hasta entonces había sido y abrieron los caminos para lo que habría de ser.

Tanto para Newton como para Leonardo -por las citadas y por otras proezas- el móvil necesario fue la búsqueda de la belleza que contiene la verdad.

Belleza y verdad van de la mano desde los tiempos de Platón. Al menos, si se quiere ser honesto.

Lejos de la genialidad de aquéllos, toda mi vida de poeta se orienta a partir de los criterios de belleza y verdad. Criterios cuestionados y hasta negados por las más diversas corrientes de pensamiento. Pero virtudes secretamente buscadas -y perseguidas- por la inmensa mayoría.

Los humanos queremos ser bellos y queremos ser veraces. Fundamos, para ello, categorías ideales que nos contengan ante la imposibilidad, que advertimos temprano, de concretar semejante aspiración.

Y queremos vivir rodeados por cosas bellas y verdaderas, aun cuando desde la contradictoria naturaleza que nos caracteriza hagamos tanto como esté a nuestro alcance para destruir toda belleza y toda verdad.

En esta paradoja se sintetiza lo que llamamos el ‘espíritu’.

El arte, la moda, el deporte -y, si es sana, también la política- socorren, en parte, el desasosiego que provoca la paradoja. Un fondo de insatisfacción, no obstante, tortura el espíritu de los seres humanos. Incluso el de aquéllos que no dudaríamos en calificar como los elegidos, los agraciados, los afortunados.

Hay tantos criterios de belleza y verdad como personas que los piensen. Algunos, más o menos próximos entre sí, más o menos aceptados por un conjunto importante de pensadores, fueron y son sistematizados a lo largo de la historia. Otros, los más, se pierden, se licuan en el devenir.

He querido, cuando imaginé este trabajo, plasmar mi propio criterio de belleza en busca de una verdad que pueda legar como resumen y síntesis. Y concluí, con introspección, que la belleza -en su expresión consumada- se encuentra en la mujer. No en esa mujer ideal que soñamos desde la fantasía ni en los estereotipos de época que encarnan algunas modelos, algunas estrellas de las pantallas o los escenarios, algunos íconos del arte universal. Sino en esa mujer que conocemos, que por contingencias de la vida nos toca frecuentar y que sentimos, de manera inequívoca, que hiere nuestros sentidos y nuestros sentimientos. Los hiere de buena manera: para despertarlos, para hacerlos vivir.

Todos conocemos un puñado de mujeres que nos han inquietado. Y todos podríamos reconocer distintos estados de inquietud en distintas etapas, en distintos momentos de corte de nuestras vidas.

Yo tomé como período de corte la segunda década del siglo veintiuno. Período que me trajo hasta la frontera de la madurez con la ancianidad y que me permite, además de capitalizar vivencias y experiencias, despojarme de todo prejuicio y de toda atadura para llamar las cosas por su nombre. Período que me permite, en definitiva, enfrentarme con la verdad de lo que soy, de lo que quiero, de lo que pienso. Es decir, de ejercer la libertad.

Amo, como dije, a dos de estas seis mujeres. A Virginia, desde 2010; a Rocío, desde el año en curso. Y el amor que siento por la última no desplazó ni mermó el amor que siento por la primera. Porque el amor es compatible desde distintas perspectivas. Y, en el espacio de inteligencia común que construimos, las dos lo corresponden. Amo también otras mujeres que fueron y que son trascendentes para mí, pero que a los fines que persigo en el presente ensayo quedaron afuera del período de corte.

Podría hablarse de un amor platónico, no lo sé. Mi memoria graba un episodio que ahora viene a cuento. Cenábamos, una noche, con ella y una prima; yo intentaba precisar lo que bullía en mi cabeza y la Virgi me sorprendió: “Ey, qué platónico; yo soy bien real”. No supe decir nada.

De Azul, de Camila, de Noelia y de Sofía no necesité enamorarme para que me interesaran la conciencia.  Están. Por qué razones uno se enamora o no me resulta en absoluto inexplicable. Pero las seis me perturbaron y me perturban los sentidos, me despiertan las más hermosas sensaciones, me hacen sentir con plenitud. Y me obligan a pensarlas, a pensar. Deslumbramiento, arrobamiento, admiración. Todo eso me provocan las seis; y más. Son seis mujeres talismán, por llamarlas de alguna manera. En torno de ellas transcurren muchas horas de auténtico goce estético; y, si cabe, de verdadera pasión.

Las elegí porque responden a seis estilos diferentes. Cada una por sí misma, y las seis como totalidad representada en la figura del hexágono estrellado, conforman mi concepto de belleza y un camino de aproximación a la verdad. Algo así como mi cielo. Con ello justifico -si no mi vida, porque tiene otras aristas de plenitud, como la familiar- mi pretendida condición de poeta.

Y acaso porque son seis mujeres comunes, confío en que cada lector sabrá construir su propio cielo. En todas partes habitan Azul, Camila, Noelia, Rocío, Sofía y Virginia. Hay que estar atentos y saber mirar. Captar lo que las distingue. Valorarlas. Respetar el lugar que ocupan y ponernos a sus lados. Comprender que son imprescindibles. Cuidarlas. Y merecerlas.

12. En síntesis

He concluido, casi, este trabajo y sé que omití más de lo que expuse. También que me repetí. No son voluntarias la omisión ni la repetición: atribúyase a mi incapacidad para asir la belleza, que era uno de los propósitos movilizadores. Lo intenté y me queda, como gratificación, las devoluciones que cada una de las seis mujeres que elegí como paradigma me hicieran de sus respectivos retratos.

Vale el intento. Y, más aún, vale lo que queda por hacer después de haberlo intentado: queda insistir.

“La cosa más bella que podemos experimentar es el misterio -supo afirmar Einstein-. Es la fuente de toda ciencia y arte verdaderos.”

Y es esa aspiración humana a develar el misterio lo que nos empuja a buscar.

Toda mi vida se orientó por la búsqueda. A veces sin saber con precisión qué buscaba. Pero fiel a un instinto, a una intuición que me impulsó desde pequeño, que formó mi carácter y mis conductas. No siempre concordantes con el entorno. Propios, no obstante; y, como propios, irrenunciables.

Mi primer y olvidable librito de poemas, que escribí por los diecinueve o veinte y publiqué a los veintidós, se titulaba “Develando sueños”. Poco, tal vez nada, hay para rescatar en él si de poesía se hablara. Sólo la autenticidad de una voz y de una manera de pensar que empezaban a buscarse. Y que sabían, ya entonces, que para buscarse a uno mismo hay que buscar en lo que se intuye complementario:

“Te busqué cada mañana en una calle, en una flor, en una estrella; / te encontré cada noche en una isla de mis sueños.”

Comprendí, con el tiempo, que aquello que llamara sueños es el misterio por develar que contiene la realidad. Así devine poeta realista. Porque es la realidad la más fantástica de las aventuras.

También la más bella -a pesar de sus horrores- y “la única verdad”.

Próximo a la salida, buscar me llevó hasta seis mujeres que resumen la belleza del mundo. Únicas y, a la vez, paradigmáticas. En cada una de ellas podrán reconocerse otras mujeres. Podrán equivalerse o superarlas. Podrán construir sus propios marcos de referencia, sus propios criterios de valoración y de autovaloración.

Porque, como queda dicho, en todas partes habitan las bellezas únicas. Sólo es necesario que aparezca un sujeto que las distinga. Y una voz que las fije. La realidad está hecha con palabras. Nunca podrá pensarse lo que no se puede nombrar.

Azul, Camila, Noelia, Rocío, Sofía y Virginia iluminan los espacios por donde nos movemos. Las agracia una triple vertiente: belleza física, belleza anímica y moral, belleza de irradiación. Y son tan reales y tan comunes como puede serlo el vecino. O como el árbol que está en nuestra vereda y que no siempre vemos; ese árbol que nos regala cada día un brillo diferente, una rama nueva; más nidos, más vuelos y más cantos.

Partimos de la belleza. Nos aproximamos bastante a la verdad. Ellas, mis seis musas, lo hicieron posible. El hexágono estrellado se distanció de la metáfora y alcanzó su envergadura de símbolo. Yo no puedo más que celebrar y agradecer.

Gracias!
Junín, Buenos Aires; primavera de 2020